Somalía, o la incertidumbre, por Jon Lee Anderson

October 9th, 201112:23 pm @

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Otra vez este año, Nuruddin Farah, el exiliado escritor somalí, fue candidateado pero no ganó el Premio Nobel de Literatura; fue en cambio para el poeta sueco de nombre jesuítico: Tomas Tranströmer. Es relativamente poco conocido. Pero, imagino, fuera de los círculos literarios internacionales tampoco lo es Nuruddin Farah, quien, tanto como su nativa Somalía, se aferra a un permanente, aunque enigmático, estribo en los márgenes exteriores de la atención del mundo.

Nuruddin Farah

En cierto modo, la no victoria de Farah entre los grandes y buenos suecos es esperable en alguien de la no-nación de Somalía, un lugar que evoca más un “si sólo…” y “qué hubiera pasado si…” que la mayoría. Buena parte de la producción literaria de Farah es un intento de dar sentido a la miríada de incertidumbres de su país. Años atrás, Farah definió a los personajes somalíes de uno de sus novelas como “sujetos neocoloniales”, gente “que nació en la incertidumbre, vivió en la incertidumbre y murió en la incertidumbre”. Describió a un personaje, un contador de historia, como alguien que, para sobrevivir, “tomaba prestado del futuro porque el hoy no es seguro”.

El Premio Nobel de la Paz es otorgado a menudo a figuras internacionales (Liu Xiaobo, Aung San Suu Kyi) cuyas causas (derechos humanos en China, democracia en Birmania) el Comité desea ayudar a promover; no así con la literatura. Pero la no victoria de Farah, sólo dos días después de que una auto-bomba devastadora mató a 82 personas en Mogadishu, puso de relieve otra vez las perennes incertidumbres de Somalía. Entre los muertos: decenas de jóvenes que esperaban en fila fuera del Ministerio de Educación somalí los resultados de exámenes que podían calificarlos para obtener becas en Turquía. En la estela del caos, la banda afiliada a Al Qaeda que se hace llamar la Shabaab se adjudicó la autoría de los ataques, confirmando que había tomado como blanco específico a los estudiantes.

Hasta el verano pasado, la situación en Mogadishu había cambiado poco. La asesina, violenta Shabaab continuaba disputando buena parte de la capital con el débil gobierno central de Somalía (también controlan mucho del territorio que rodea a la capital, así como la parte sur del país hasta la frontera con Kenia). La mayor parte de la capital somalí era virtualmente una zona a la que no se iba cuando la visité dos años atrás para escribir un artículo en The New Yorker. Fui alojado en la Villa Somalia, el complejo presidencial que entonces era, y todavía es, custodiado por las tropas ugandesas, mantenedores de la paz enviados por la Unión Africana. Contenían a la Shabaab con tiroteos y artillería, y me trasladaron de y hacia el aeropuerto y el puerto marítimo, las únicas otras posiciones que realmente controlaban, en convoyes de vehículos blindados.

Luego vino la hambruna que comenzó a devastar la zona sur de Somalia dominada por la Shaabab. Cientos de miles de somalíes hambrientos atravesaron la frontera del desierto hacia el norte de Kenia, desbordando los campos de refugiados allí y asustando a las autoridades keniatas. Presionadas para mudar sus operaciones a la misma Somalía para detener el flujo de somalíes hacia Kenia, las agencias internacionales de ayuda humanitaria volaron a Mogadishu para montar comederos de emergencia y redes de distribución de alimentos. Junto con la ayuda llegaron cientos de extranjeros y, por primera vez en años, se quedaron en Mogadishu. Sin capacidad para atender a sus propios distritos y obligados a permitir la distribución de comida de agencias de ayuda que habían prohibido en el pasado, la Shaabab fue puesta a la defensiva. Entonces, durante una ofensiva del gobierno en julio, la Shabaab hizo una retirada táctica de Mogadishu, replegando a sus combatientes hacia los bordes de la capital, pero prometiendo continuar su jihad. El martes (4 de octubre de 2011), honró esa promesa.

El jueves, por coincidencia, me había encontrado con un amigo somalí, a quien llamaré Sheikh, en Londres. Sheikh había venido de visita de Mogadishu, donde trabaja contra la Shaabab en los servicios de inteligencia somalíes que reciben ayuda de Occidente. Me contó que él y sus camaradas en el servicio de inteligencia estaban preocupados porque nada había ocurrido en varias semanas; estaba “demasiado tranquilo”, dijo. La presencia de tantos extranjeros en Mogadishu representaba, también, una oportunidad para los terroristas; pese a la retirada, señaló, la Shabaab no estaba derrotada y era probable que intentara algo –un secuestro, un ataque suicida—para hacer sentir su presencia.

Sheikh habló con prudente maravilla de los inesperados avances en seguridad en Mogadishu durante los meses pasados; describió cómo el antes aislado presidente, Sheikh Sharif Sheid Ahmed, había comenzado incluso a hacer visitas regulares a sitios de la ciudad fuera de Villa Somalia. “En cierto modo, todo esto es un regalo que nos ha hecho el hambre”, observó Sheikh. La situación ya había empezado a rendir dividendos y, por primera vez, me dijo, había comenzado a permitirse jugar con ideas de un futuro pacífico. Los turcos habían traído cientos de personas para luchar contra el hambre, apuntó, y su presencia se había hecho cada vez más grande. Parecía como si quisiera liderar el esfuerzo internacional para restaurar a Somalía en el seno de las naciones. Con bajo perfil, habían abierto una embajada y anunciado su intención de rehabilitar la más grande instalación educativa de Mogadishu, un viejo politécnico con capacidad para más de dos mil estudiantes. En algún momento de este mes, Aerolíneas Turcas iba a comenzar vuelos entre Estambul y Mogadishu dos veces por semana. Sheikh mencionó que estaban ofreciendo cientos de becas para estudiar en Estambul –las mismas becas, comprendí luego, que algunas de las víctimas del autobomba esperaban recibir. Vista la decisión turca, indicó Sheikh, otros gobiernos, incluyendo el italiano y el británico, estaban balbuceando promesas de seguir el ejemplo. “Sabemos que todo esto podría acabarse con sólo un incidente negativo”, aclaró Sheikh. “Ha ocurrido antes. Así que nos sentimos esperanzados, pero inseguros”.

Después del ataque, envié un e-mail a Sheikh para saber si estaba OK. Me respondió que sí. “Fue un feo ataque, pero creo que nos dieron oportunidades para explotar y lecciones para aprender”.

Otro amigo somalí, Yassin, me escribió para decir que también él estaba a salvo. “Algunos de mis amigos perdieron la vida y otros quedaron seriamente heridos”, escribió. “Pasé todo el día en el hospital visitando amigos”.

La buena noticia era que Yassin —un joven brillante y autodidacta que ha memorizado varios de los discursos de Barack Obama— había recibido una beca turca. Con una certidumbre prometedora, me informó: “Viajo a Turquía la semana que viene para ir a la universidad. Voy a obtener un título en Ciencias Políticas. Estaré en Ankara durante los próximos cuatro años. Estaré en contacto”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés. 

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