El acróbata de los azotes
En la educación de un príncipe de Inglaterra cumplía un papel fundamental el Niño de los Azotes. Cuando el príncipe cometía un error o una transgresión, se propinaba al Niño de los Azotes el castigo que estaba prohibido descargar sobre la sagrada persona de Su Majestad.
El famoso acróbata italiano Archange Tuccaro, autor del primer tratado sobre saltadores y volatineros (Trois dialogues, Paris, 1599) fue contratado para enseñar el arte acrobático al emperador Maximiliano de Austria. De acuerdo al relato de un testigo presencial, cada vez que el monarca cometía una torpeza mientras realizaba una de sus volteretas en el aire, un joven saltimbanqui caía al suelo en su lugar. A causa de la poca habilidad natural de Maximiliano para este tipo de ejercicio, los jóvenes acróbatas, con los huesos rotos, debían ser frecuentemente reemplazados.
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Blacamán y Koringa
El fakir cubano Blacaman con ayuda de su discípula (y luego competidora) Koringa hipnotizaban leones y cocodrilos en el circo mexicano. Sus detractores afirman que los leones estaban drogados y los cocodrilos fingían por dinero.
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Gétulos y paquidermos I
Se cuenta que los númidas del norte, los gétulos de las mesetas y los garamantas del desierto poblaban la región del Sahara. Se cuenta que los gétulos, hábiles con la jabalina, formaron parte del ejército romano como tropas auxiliares pero los garamantas no. Se cuenta que los gétulos cuidaban de los elefantes en el viaje por mar que los llevaría finalmente hasta Roma y su circo, donde se veían obligados a matarlos para deleite y diversión de casi todo el populacho y de algunos poetas, como Estacio y Marcial. Se cuenta que la travesía era larga y difícil: gétulos y paquidermos, poco habituados a viajar en barco, se mareaban. Se cuenta la patética historia de un gétulo enamorado de su elefanta que prefirió clavar la jabalina en su propio corazón antes de que asesinar a su amada, cuya vida fue perdonada por la conmovida plebe. Se cuenta el nacimiento, casi dos años después, de un elefante un poco tonto, que sin embargo aprendió en pocos meses a manejar la jabalina con la trompa. Se cuentan en Roma, como en cualquier otro lado, muchas historias disparatadas cuya comprobación es difícil o imposible.
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El deseo secreto
En el fondo del corazón de cada niño, de cada madre, de todo espectador, anida el deseo secreto de ver caer al trapecista, de verlo destrozarse los huesos contra el suelo, derramada su sangre oscura sobre la arena, el deseo esencial de ver a los leones disputándose los restos del domador, el deseo de que el caballo arrastre a la ecuyere con el pie enganchado en el estribo, golpeando la cabeza rítmicamente contra el límite de la pista y para ellos hemos inaugurado este circo, el mejor, el absoluto, el circo donde falla la base de las pirámides humanas, el tirador de cuchillos clava los puñales (por error, siempre por error) en los pechos de su partenaire, el oso destroza con su zarpa la cara del gitano y por eso, como las peores expectativas se cumplen y sólo se desea lo que no se tiene, los anhelos de los espectadores viran hacia las buenas intenciones: asqueados de calamidades y fracasos empiezan a desear que el trapecista tienda los brazos a tiempo, que el domador consiga controlar a los leones, que la ecuyere logre izarse otra vez hacia la montura, y en lugar de rebosar muerte y horrores, el lugar más secreto de su corazón se llena de horrorizada bondad, de ansias de felicidad ajena, y así se van de nuestro espectáculo felices consigo mismos, orgullosos de su calidad humana, sintiéndose mejores, gente decente, personas sensibles y bien intencionadas, público generoso del más perfecto de los circos.
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Nudo gordiano
El carro de Gordias, rey de Frigia, estaba atado con un nudo tan complicado que nadie lo podía desatar. Según el oráculo, quien fuera capaz de deshacer ese nudo conseguiría conquistar toda Asia Menor. Solo Alejandro Magno fue capaz de encontrar la solución: cortó el nudo con un tajo de su espada. Pero este no es el caso, amigos, les ruego que tengan un poco más de paciencia, insiste la joven contorsionista, ante los hombres que la sacaron en andas de la pista y desde hace tres días están tratando de desanudarla.
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Analía
7 mess atrás
Acabo de descubrir a Ana Maria Shua via Twitter por otro microcuento que publico Ñ, Naumaquias y Pantomimas.
Me parece increíble la capacidad de resumir en líneas todo el sentido de un cuento.