El miedo, última razón para combatir por Gadafi

4 octubre, 2011

Omar Matug no las tenía todas consigo como soldado, luchando en nombre de su líder Muamar Gadafi.

Su ciudad natal, Tarhouna, era conocida por ser un bastión de fieles al ex dictador libio, situado a las afueras de Trípoli. Así que cuando estalló la guerra a principios de año, Matug fue llamado a filas.

Su brigada, al igual que todas las unidades que sirvieron a Gadafi, se desmontó y después se reagrupó, de manera que los soldados que combatían codo con codo no fuesen de las mismas ciudades. Se les cortó de inmediato el acceso a los canales de televisión Arabia y Al Jazeera. Y cuando la OTAN comenzó sus ataques aéreos, les trasladaron a zonas rurales.

En abril, sin embargo, en lugar de participar en la invasión de Misrata, Matug dejó su arma y se entregó a las fuerzas rebeldes. Después salió en televisión para pedir al resto de los soldados que hiciesen lo mismo.

Pero más de un mes después de la caída de Trípoli, y pese a no tener casi ninguna esperanza de ganar, algunos soldados leales al dictador continúan luchando, entre la espada y la pared, para defender la ciudad de Sirte, el último bastión de Gadafi.

Los soldados leales que se han rendido o han sido capturados dicen que hay una serie de factores que impulsan a sus camaradas a seguir luchando, incluyendo la esperanza de recibir una recompensa económica y el temor a una guerra civil. Pero la principal razón por la que siguen luchando, aseguran, es el temor a represalias.

“Yo tuve comandantes de Sirte”, dice Matug, que tiene en las muñecas cicatrices por el trato recibido mientras estuvo retenido en la prisión de Misrata, controlada por los rebeldes. “No quieren rendirse; creen que les van a ejecutar”.

Badr Omar, un profesor de inglés de 35 años que se las ingenió para huir de Sirte a principios de semana, asegura que a muchos hombres les han dicho que si los rebeldes toman la ciudad violarán a sus mujeres e hijas.

Omar se encuentra entre la media docena de hombres que han escapado de Sirte y que han contado a GlobalPost que Mutasim Gadafi, un oficial del Ejército de Libia y quinto hijo de Muamar Gadafi, se encuentra todavía en la ciudad, arengando a las tropas por la radio y hablando con los civiles en persona.

Mutassim ha acusado a los rebeldes de violaciones y de otras atrocidades, asegura Omar.

“Llega en un camión por la noche para dar a los jóvenes cigarrillos y armas y para hablarles de las fuerzas que siguen luchando en Bani Walid y Ghadames”, dice. Omar asegura que vio a Mutassim con sus propios ojos hace tan sólo unos días.

Cuando Omar decidió huir, intentó convencer a su padre y hermanos para que le acompañasen. Pero dice que se negaron, y juraron que continuarían luchando hasta morir en Sirte. “Todo por nada, por tener información errónea”, se lamenta. “No luchan para ganar, sino para proteger a sus familias”.

El temor a las represalias no es infundado. Varias organizaciones internacionales, incluidas Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han documentado amplios abusos por parte de las fuerzas rebeldes y han pedido al Consejo de Transición Nacional que ponga freno a los ataques por venganza.

Los soldados leales a Gadafi dicen que también hay otros motivos que pueden estar motivando a los que aún quedan luchando a favor del dictador.

“Cuando vi la bandera nacional revolucionaria”, dice Omran, que vive en una ciudad cerca de Misrata, “me sentí como si perteneciese a un país diferente. Nosotros sólo conocemos a Gadafi, no conocemos otra cosa”.

Dice que los soldados leales que él conoce luchan todavía porque simplemente creen que están del lado correcto. Señala además que las informaciones que se difundieron al principio del conflicto, especialmente Al Jazeera, dieron datos falsos y engañosos sobre el uso de ataques aéreos por parte de Gadafi. “Eso hizo que sólo viésemos la televisión estatal”, indica.

Mohammed Ibrahim, cuyo hermano es un portavoz de Gadafi, asegura que la chispa que desencadenó la revolución (cuando agentes de seguridad gubernamentales dispararon contra manifestantes desarmados en Bengasi) no tuvo lugar. “Los soldados de Gadafi sólo dispararon a gente con armas”, dice. “La televisión estatal emitía poca propaganda, si se compara con la propaganda de los medios internacionales”.

Los hombres de la ciudad de Tawerga, en donde viven unos 35.000 libios negros, dicen que se han puesto del lado de Gadafi porque la gente que vive en el cercano bastión rebelde de Misrata lleva mucho tiempo maltratándoles.

“No es un problema de Gadafi. Es un problema de blancos y negros”, dice Hassan Emnasser, un refugiado de Tawerga. “La gente de Misrata no trata bien a los de Tawerga. Es difícil conseguir un trabajo, así que se han sumado a las fuerzas de Gadafi”.

Emnasser dice que tiene mucho más que contar, pero no se atreve porque cree que los rebeldes de Misrata le vigilan de cerca. “Si oyen lo que hemos dicho, nos matarán”, dice su mujer, Sami.

La amenaza de guerra civil también es algo que motiva a muchos soldados a seguir luchando. Omran dice que se necesita un líder fuerte central como Gadafi para evitar la ruptura del país.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

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