Víctor Jara: asesinado por la dictadura chilena y … ¿por un alumno del Saint George?

October 2nd, 201112:54 pm @

2


El juez chileno Alejandro Madrid, que investiga el asesinato del cantautor Víctor Jara tras el golpe militar de 1973, busca identificar entre los ex alumnos del exclusivo colegio Saint George de Santiago al oficial militar apodado “El Príncipe”, que presuntamente remató al artista.

Así lo dijeron hoy a Efe fuentes del caso, que precisaron que el juez ya entregó algunas órdenes específicas a una unidad especializada de detectives que trabaja en el esclarecimiento del crimen del autor de target=”_blank”>“Te recuerdo Amanda”, de cuyo nacimiento se cumplieron este miércoles 79 años.

La pista que conduce al colegio Saint George se remonta al año 1969 y a unos incidentes ocurridos a raíz de una actuación de Jara en dicho centro, donde fue golpeado por algunos alumnos por haber cantado una canción, “Preguntas por Puerto Montt”, en la que el cantautor denuncia una matanza de civiles por parte de la policía.

En esa canción, Jara culpa de la masacre de Puerto Montt (sur de Chile) al entonces ministro del Interior del presidente Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y destacado dirigente demócrata cristiano, Edmundo Pérez Zújovic, uno de cuyos hijos era alumno del Saint George cuando tuvo lugar el recital.

Según han declarado algunos testigos en el proceso, cuando Víctor Jara llegó detenido el 12 de septiembre de 1973, un día después del golpe, al estadio Chile, fue recibido por el oficial apodado “El Príncipe”, que lo torturó diciéndole que se tomaba “venganza” por los insultos al ministro Edmundo Pérez que profirió en el Saint George.

Otros testigos han dicho que “El Príncipe”, cuya identidad no se ha podido determinar en todos estos años, ordenó a unos soldados que dispararan a Jara y luego él lo remató.

Aunque varios ex oficiales han declarado como inculpados en el juicio por el asesinato de Jara, hasta ahora sólo ha sido procesado en el caso José Paredes, un ex recluta que fue detenido en junio de 2009 tras confesar que había disparado a Jara por orden de un oficial, aunque posteriormente se retractó.

Durante la investigación judicial han surgido algunos sospechosos de haber sido “El Príncipe”, pero hasta ahora no se han reunido pruebas suficientes para inculpar a alguno de ellos.

Víctor Jara fue detenido al día siguiente del golpe en la entonces llamada Universidad Técnica del Estado (UTE), de la que era profesor y conducido al Estadio “Chile”, convertido en prisión por los militares, que lo sometieron a torturas, según testimonios de supervivientes.

El cadáver de Jara, con casi 40 impactos de bala, fue abandonado en la calle el 17 de septiembre e identificado en el Servicio Médico Legal por su viuda, Joan Turner, la única persona que además acompañó su funeral, en el Cementerio General de Santiago.

El colegio Saint George se destacó durante el gobierno de Salvador Allende por desarrollar programas de integración social, incorporando como alumnos, de forma gratuita, a niños y jóvenes de sectores populares.

Por esa causa, fue el único colegio privado de Chile que fue ocupado e intervenido por los militares tras el golpe de 1973, situación que inspiró hace algunos años la laureada película “Machuca”, de Andrés Wood.

El ministro Edmundo Pérez Zujovic, al que Jara menciona en su canción “Preguntas por Puerto Montt”, fue asesinado el 8 de junio de 1971, durante el gobierno de Salvador Allende, por integrantes del ultraizquierdista grupo Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP).

Aquí, publicación original de este artículo.

***

Al asesino de Víctor Jara lo buscan ahora entre los ex alumnos del Colegio Saint George. “El Príncipe”, le apodan y no ha faltado quien diga que ese joven oficial que dio la orden de disparar contra el cantante fue Edwin Dimter, carcelero del entonces Estadio Chile.

Pero no. “El Príncipe” sigue sin aparecer y ayer, cercanos al juez Alejandro Madrid, encargado de investigar el asesinato, revelaron que al personaje lo buscarán en los anuarios de ex alumnos de el colegio de Vitacura. Incluso, el juez ya habría entregado dado órdenes específicas a una unidad especializada de detectives que trabaja en el esclarecimiento del crimen.

Esta hipótesis se basa en el encontrón que Jara más de cuatro años antes de su asesinato tuvo el cantante con ese Chile de las casitas rosadas, verdecitas, blanquitas y celestitas; cuando participó en un evento cultural del mismo colegio y debió salir por una puerta trasera bajo una lluvia de piedras de los niños rubiecitos que con otros rubiecitos lo agredieron en el colegio high.

El martes 8 de julio de 1969 se cumplían cuatro días desde que el ex ministro del Interior, Edmundo Pérez Zujovic –padre del DC Edmundo Pérez Yoma– presentara su renuncia al cargo por una serie de abusos policiales que tuvieron su punto más álgido en marzo de ese año, cuando diez pobladores fueron asesinados por la policía durante el desalojo de una toma de terrenos a las afueras de Puerto Montt.

Tras el episodio, conocido popularmente como la Masacre de Puerto Montt, Víctor Jara compuso la canción target=”_blank”>Preguntas por Puerto Montt, en la que emplazaba directamente al secretario de Estado a dar la cara por las muertes.

A pocos días de la masacre, los estudiantes y trabajadores organizaron una marcha en repudio al ministro y el actuar de la policía que terminó en un acto cultural en el Parque Almagro al que fue invitado Victor Jara. Allí, el cantante disparó con el fusil de 6 cuerdas que no lo abandonaba:

“Hay que ser más infeliz/ el que mandó disparar/ sabiendo cómo evitar/ una matanza tan vil”, cantó frente a las madres y viudas de las víctimas de la matanza que habían llegado hasta Santiago después del funeral colectivo de sus parientes.

Y con la canción, Jara apuntaba con el dedo:

“Usted debe responder/ señor Pérez Zujovic/ por qué al pueblo indefenso/ contestaron con fusil”.

La canción se volvió un himno contra el ministro del Interior y según recuerda su viuda, Joan Jara, en el libro Víctor, un canto inconcluso, al poco tiempo comenzaría a significarle problemas con los aludidos. Problemas que escalaron, mutaron, crecieron y ese 8 de julio se transformaron en una lluvia de piedras al escenario del auditorio del Colegio de las Monjas Argentinas.

La semana del 7 de julio de 1969, en el colegio Saint George de Santiago se desarrollaron una serie de actividades y debates sobre los valores tradicionales del sistema educativo del país organizado por el entonces profesor de filosofía Gustavo Miranda.

Las actividades terminarían el martes 8 con la presentación de una serie de artistas en un evento cultural en el colegio de mujeres de Pedro de Valdivia -debido a la gran cantidad de público- y que se cerraría con el show de Víctor Jara en conjunto con el poeta Jaime Gómez.

El público estaba dividido, recordó la viuda de Jara en su libro, y como si de un partido de fútbol se tratara, un bando alentaba al cantante a que siguiera con el show de chichas y limonadas, de Luchines y Amandas, mientras que otro lo abucheaba y le gritaba que tomara su guitarra y saliera por donde había entrado.

Entre el público que lo abucheaba se encontraba nada menos que Francisco Pérez Yoma, de 17 años y estudiante de cuarto medio del colegio, hijo de Pérez Zujovic y hermano del ex jefe de gabinete de Bachelet, Edmundo Pérez Yoma.

El público hervía y Jara pidió calma para recibir de vuelta gritos de “comunista” y “subversivo” que le molestaron al punto de quebrar el acuerdo tácito que tenía con los organizadores del evento: como respuesta a los insultos decidió cantar Preguntas por Puerto Montt emplazando al recién renunciado ministro del Interior frente a su hijo sin saberlo.

La respuesta fue una piedra. Luego más. Y más.

“Cuando supe que Víctor Jara iba a cantar una canción en la cual ofendía a mi padre, le pedí al profesor Miranda que impidera eso, ya que le aseguré que yo reaccionaría violentamente en tal caso”, dijo en ese entonces Pérez Yoma para explicar los hechos en un artículo publicado en El Mercurio el 12 de julio de ese año, titulado Incidentes por penetración Marxista en colegio católico.

“Sin embargo, el profesor Miranda se negó a ello. Cuando Jara comenzó las injurias, yo me paré de mi asiento, pero me obligaron a salir. Recogí entonces piedras y regresé al teatro, lanzándolas al escenario. Después, acompañado de otros dos amigos, salté al escenario y fuimos retenidos por otro artista, en tanto que Víctor Jara emprendía la fuga por la puerta trasera”, explicó Pérez Yoma.

Un compañero de Pérez Yoma minimiza el episodio. Se lo buscó, recuerda ahora y pide reserva de su nombre: “Le pidieron a Victor Jara que no tocara esa canción por respeto a Francisco, pero el huevón la tocó y se fue de combo.”

En tanto, el hijito de su papi luego fue a la universidad y comenzó su problemática y su intrigulis social que años más adelante lo llevaría a ser el protagonista de uno de los mayores escándalos de la vivienda social del país: las agudamente famosas casas Copeva.

Aquí, publicación original de este artículo.

***

Basado en el relato de Danilo Bartulin, médico personal de Allende

El 10 de septiembre de 1973 recibí una invitación para la exposición “Por la vida. Contra el fascismo”, que debía inaugurarse al día siguiente en la Universidad Técnica. Allí tenía que intervenir Salvador Allende e iba a cantar Víctor Jara.

La víspera vi el enorme afiche de la exposición. Una madre amamantaba a su criatura y la sombra de ambos estaba bañada de sangre. Era un llamamiento silencioso, pero muy expresivo, a defender la vida contra el fascismo. Víctor proponía organizar un viaje de propaganda por el país para alertar al pueblo. La exposición antifascista de la Universidad Técnica tenía que marcar el comienzo de esta acción.

Pero el 11 de septiembre la exposición no se inauguró. Salvador Allende hizo aquel día su último llamamiento al pueblo y no en el Foro Griego de la Universidad, sino en el palacio de La Moneda, rodeado por los putchistas

Allende hizo aquel día su último llamamiento al pueblo

Los putchistas se apoderaron de todas las fuerzas armadas. Después de la dimisión forzosa de los generales, correligionarios de Carlos Prats, que encabezaban el ejército de tierra, fueron destituidos de sus cargos el almirante Raúl Montero, comandante de la Marina de Guerra, y José María Sepúlveda, director general del cuerpo de carabineros, que no quería sumarse a los putchistas. En las fuerzas armadas se efectuó una limpia de arriba a abajo. Los fascistas lograron convertir a muchos oficiales en ciegos instrumentos del complot, convenciéndolos de la necesidad de oponerse a la amenaza de exterminio de los cuadros de mando que, como ellos afirmaban, tramaba la Unidad Popular.

Pinochet encabezó el golpe.

El nuevo comandante en jefe, general Pinochet, que en vísperas había jurado fidelidad al presidente Allende, encabezó el golpe. Fascista encubierto con la máscara constitucionalista, Pinochet dio orden de asediar el palacio de La Moneda.

En estas condiciones Allende no se creyó con derecho a llamar al pueblo inerme a la lucha. Quería evitar un derramamiento inútil de sangre, pero decidió aceptar desigual combate en La Moneda. Sabía que con un puñado de los defensores del palacio no podría alcanzar la Victoria militar. Pero el presidente estaba convencido de que el combate que libraría defendiendo el mandato del pueblo, sería una Victoria moral y política de la Unidad Popular. No quería ver derrotada la bandera de la revolución, sino dejarla bien alta. El mandatario del pueblo prefirió morir arma en mano antes que capitular frente a los putchistas, estaba seguro que su muerte no sería estéril.
Jamás olvidaré la firmeza con que hablaba Allende por los micrófonos de la emisora comunista Magallanes. Su voz sonaba sobre el estruendo de las explosiones:

-Ante los hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.

Hice girar la manecilla de la radio portátil. Después de los ataques aéreos las emisoras democráticas fueron callando una tras otra. Pero Magallanes seguía resistiendo. Los putchistas no pudieron interrumpir… seguiremos aquí hasta el final…

El último discurso de Salvador Allende. Luego escuché la voz familiar del locutor, que dijo: “En cualquier momento nos pueden interrumpir, pero seguiremos aquí hasta el final”. En medio de los cañonazos salió al aire la canción de Sergio Ortega “El pueblo unido”, interpretada por Quilapayún. Los que se encontraban en la emisora corearon el estribillo .

Y ahora el pueblo
que se alza en la lucha
con voz de gigante
gritando: ¡Adelante!
¡El pueblo unido
jamás será vencido!

Quienes estaban junto al micrófono sabían que los enemigos abrirían fuego contra ellos. Mi radio emitió un chasquido y una detonación ahogó las voces de los cantantes.

Traté en vano de comunicarme por teléfono con Radio Magallanes cuando cesó de transmitir. Mientras tanto, en el centro de Santiago se levantaba una nube de humo. Los aviones de los putchistas estaban bombardeando el palacio presidencial.

Víctor estuvo en la Universidad, pero no cantó desde el escenario, paseaba con la guitarra entre los estudiantes tratando de animarlos. En torno al edificio el aire se estremecía de las ráfagas de ametralladora.

Ahora voy a ceder la palabra a los testigos de los últimos días de Víctor Jara. El día del golpe lo vio Cecilia Coll, dirigente de la sección artística del Departamento de cultura e información de la Universidad Técnica. La entrevisté en Moscú.

Cecilia Coll: “Víctor alcanzó a llegar a la Universidad cuando los militares golpistas ocupaban las posiciones claves en la capital. Pero la situación todavía era confusa. Víctor pasó por mi oficina y preguntó:

-¿Qué hacemos?

-Vamos a esperar

-¿Qué debo hacer?

-Quedarte aquí. Animar con tus canciones a los estudiantes, académicos y trabajadores.

En espera del posible ataque fue decidido: trasladar a los estudiantes y otros trabajadores de la Universidad a la Escuela de Artes y Oficios. Era un edificio con paredes más resistentes.

Como si fuera ahora veo el rostro de Víctor: llama por [el] teléfono de mi oficina a su esposa Joan.

-Debo quedarme aquí un tiempo. No te preocupes. Espera. Volveré sin falta.

Víctor siempre fue un hombre del deber. Y lo siguió siendo en esta peligrosa situación.

Después sufrí mucho por su muerte. Me sentí de algún modo culpable ante él. No podía perdonarme el no haberlo mandado entonces a su casa. Debí hacerlo. Aunque más tarde los soldados ya emplazaban ametralladoras pesadas en los techos de los edificios cerca de la Universidad, pero hasta el toque de queda todavía era posible salir. Sin embargo, yo pensaba: en la calle lo pueden identificar y matar…”

Por la noche la Universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del intenso cañoneo, los soldados irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos con los estudiantes. El camarógrafo Hugo Araya, que había venido a filmar la inauguración de la exposición, se situó con su camara frente a los “vencedores” triunfantes. Y casi al instante un balazo lo mató. A Víctor junto con otros estudiantes los obligaron a tenderse en el suelo boca abajo.

-Al que se mueva le vuelo la cabeza – gritaban los oficiales.

Durante varias horas los soldados pisoteaban con sus botas a la gente tendida, sin dejar que se levantasen hasta que llegó la orden de trasladar a los “prisioneros” de la Universidad Técnica al Estadio de Chile que, al igual que el Nacional, recibía a los prisioneros cautivos.
***

Poco después del golpe contrarrevolucionario fascista en Chile la prensa del mundo entero publicó la [noticia]. En esta secuencia histórica el “compañero presidente” en el palacio cercado por los putchistas parece un soldado ante el combate, la cabeza tocada con un casco y empuñando la metralleta en la diestra. El rostro del presidente, igual que el de los valientes defensores de La Moneda que lo acompañan, tiene una grave expresión. Salvador Allende murió en su puesto, con las armas en la mano.

Me interesé por el hombre que aparecía en la foto al lado de Allende. Conversando con los chilenos me entere que se trataba del médico particular de Salvador Allende, un tal Danilo Bartulin (nieto de emigrados yugoslavos). El 11 de septiembre de 1973 Bartulin fue testigo de las últimas horas de vida del presidente en el edificio de La Moneda, presa de las llamas.

Por inverosímil que parezca, Danilo se salvó por milagro y emigró de Chile. Me entrevisté con él en México, donde estuve en 1976 por artes del periodismo. Danilo Bartulin me habló del último combate del “compañero presidente”. La conversación ya concluía cuando supe una noticia inesperada. Danilo Bartulin pasó junto con Víctor Jara los últimos días de vida del cantante en el Estadio de Chile.

La entrevista terminó ya entrada la noche. Danilo hablaba pausadamente, con esfuerzo. Lo escuchaba sintiendo que un dolor inextinguible me oprimía el corazón. Reproduzco el relato de Danilo Bartulin:

“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde del 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente un oficial me reconoció:

-Es el médico de Salvador Allende.

El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mí, desabrochó la funda, sacó la pistola y apuntándome a la cabeza dijo:

-Ha llegado tu hora.

Y dirigiéndose a los soldados ordenó:
-Sepárenlo de los demás y déjenmelo a mí.

Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por la tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándolos con metralletas.

Al comandante le dijeron:

-Son los de la Universidad Técnica.

Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso:

-A ese me lo dejan a mí también.

No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara. Varios soldados se animaron: “Aquí está el cantante Jara…”. Pero el oficial les corto:

-Este señor quiere pasar por otro. Es un líder extremista.

Esa calificación era suficiente para justificar el asesinato.

Poco después a Víctor y a mí nos separaron de otros prisioneros y nos metieron en un pasillo frío. Estuvieron pegándonos desde las siete de la tarde hasta las tres de la madrugada. Nos encontrabamos tumbados en el suelo sin poder movernos. Estabamos aislados de otros presos políticos. A eso de las tres de la madrugada vino un teniente que me invitó a sentarme. Empezó a preguntarme sobre Allende y me tendió un cigarrillo. Fumé. Mientras tanto, Víctor seguía tendido en el suelo. Le entregué la mitad del cigarrillo, puesto que el teniente no quiso dar[le] otro a Víctor.

Casi tres días estuvimos juntos Víctor y yo en el Estadio de Chile. A nosotros casi no nos daban de comer. Engañábamos el hambre con agua. Víctor tenía la cara llena de moretones y un ojo cerrado por la hinchazón.

Conversamos mucho en ese tiempo, Víctor me habló de su familia, de su mujer y sus hijas a quienes quería mucho, de sus espectáculos en el teatro y de las nuevas canciones que soñaba hacer… En el mismo estadio donde nos tenían presos, a Víctor le habían aplaudido cuando ganó el concurso de la Nueva Canción Chilena en el festival.

Víctor se mostraba pesimista respecto a su destino. Pensaba que no saldría de allí. Traté de animarlo. Aunque presentía su próxima muerte, seguía siendo el de siempre. Se portaba con valor, con dignidad, no pedía gracia a sus torturadores…”

Aquí interrumpo la grabación de mi conversación con Danilo Bartulin para completarla con los testimonios de otros ex-prisioneros del Estadio de Chile, a quienes también entrevisté.

Rolando Carrasco, ex-director de la radio sindical Luis Emilio Recabarren:

“Dos veces vi a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 o 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Nos saludamos. Al día siguiente pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en este maldito pasillo! De vez en cuando los guardias venían por él y se lo llevaban a no sé dónde.

Ahora era difícil imaginar que todavía el 10 de septiembre estuviéramos bromeando alegremente en la emisora. En los estudios Víctor y yo escuchábamos la grabación de su nueva canción: Marcha de los constructores. El disco tenía que salir pronto. Jara quería que la emisora de la Central Única de Trabajadores fuera la primera en transmitir esta marcha, compuesta a petición de los obreros de la construcción. El 11 de septiembre nuestra emisora fue saqueada por los golpistas al negarse a obedecer a la junta fascista. Al ver a Jara en el estadio, pensé con amargura que seguramente aquella última grabación de Víctor habría sido destruida y el disco no saldría… Víctor estaba reservado y callado, mientras que en mi memoria sonaba la voz del cantante…”

A veces los verdugos dejaban en paz a Víctor Jara y Danilo Bartulin, porque tenían demasiado “trabajo” en el estadio. Después de torturarlo, parecía que se habían olvidado del artista. Fue el propio Víctor que pasó o casualmente lo enviaron con otros prisioneros. He aquí lo que me contó Carlos Orellana, ex-colaborador del Departamento de cultura e información de la Universidad Técnica, que fue detenido junto con Jara:

“Por dentro el Estadio cubierto de Chile estaba iluminado constantemente por los reflectores y no tardamos en perder la noción del día y la noche. Víctor estuvo algún tiempo con nosotros, pero no recuerdo cuando lo sacaron de nuestro grupo. No sé si fue al día siguiente o al tercero de nuestra estancia allí.

“Normalmente en el estadio anunciaban por los altavoces el apellido del prisionero ordenándole presentarse en tal o cual lugar. Pero a Jara lo vino a buscar un soldado. En este momento Víctor estaba sentado entre Boris Navia, jurista de la Universidad, y yo. El soldado se acercó silenciosamente y sin pronunciar una palabra tocó el hombro de Víctor haciéndole señas para que lo siguiera. Tanto yo, como otros prisioneros teníamos la impresión de que los militares no querían decir en voz alta que a Jara se lo llevaban a alguna parte… Cuando el cantante se levantó -seguramente, no pensaba volver sano y salvo-

“Más tarde, ya en el Estadio Nacional durante los primeros interrogatorios, entre las cosas de Boris Navia, encontraron el papel con el poema, lo escondía en un calcetín. El poema denunciaba el fascismo y la dictadura. Los militares creyeron que su autor era Boris y lo apalearon sin piedad. Le quitaron el poema. Pero con la ayuda de los compañeros Boris pudo hacer varias copias a mano del poema. Una de las copias fue a parar a manos de Ernesto Araneda, destacado comunista y ex-senador, que también estaba preso. No sé cómo logró salvar el poema y enviarlo fuera. Después de la muerte del cantante el partido editó en la clandestinidad este poema, que fue rápidamente divulgado y se hizo famoso…

“Por última vez vi a Víctor en el Estadio de Chile, unas horas después de que se lo llevara el soldado. Hubo un momento cuando se podía moverse más o menos libre por las graderías. Se me acercó un estudiante de la Universidad. Había visto a Víctor en un pasillo y en algún momento Víctor le insinuó que quería hablar conmigo. En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros.

Cuando me acerqué al pasillo, Jara pidió al guardia que lo acompañara al baño. Me dirigí allá también. Allí pudimos intercambiar varias frases. Por el rostro ensangrentado de Víctor comprendí que lo torturaban cruelmente. Pero no me llamó para quejarse o pedir algo para él personalmente. A Víctor le parecía sospechoso un “prisionero”, también de la Universidad Técnica que deambulaba por el estadio sin temor, charlaba y hasta bromeaba con los militares. Todo eso parecía muy extraño. Víctor pensó -y tenía razón- que se trataba de un soplón, infiltrado expresamente. Jara creía su deber advertirnos a nosotros, profesores, colaboradores y estudiantes de la Universidad Técnica. En aquellas terribles condiciones Víctor pensaba en sus compañeros. Después de este encuentro no lo volví a ver…”

Más volvamos a la grabación de la entrevista con Danilo Bartulin.

“El estadio, que daba cabida a cinco mil personas, estaba repleto. Para dominar a los prisioneros, por la noche cegaban con potentes reflectores. Ametralladoras pesadas sobre trípodes apuntaban a las graderías llenas de gente para amedrentar a los prisioneros.

“Pronto empezaron a trasladar urgentemente a los prisioneros al Estadio Nacional donde a los militares les era más fácil controlar la situación. En el último grupo formado para ir al Nacional estábamos Víctor y yo. En total éramos unas cincuenta personas. De pronto apareció el comandante Manrique, recorrió la fila y ordenó salir a Víctor Jara, Litre Quiroga, conocido jurista y comunista, y a mí.

-Llévenlos abajo -dijo.

Abajo nos esperaba la muerte “Yo sabía que ‘abajo’ nos esperaba la muerte. Allí tenían habilitada una cámara, en lo que había sido guardarropa y varios baños. Muchos de nuestros compañeros fueron llevados allí, pero nadie volvió. Una vez que me condujeron al interrogatorio y, al pasar, vi un montón de cadáveres, de cuerpos masacrados y desmembrados. Luego sacaban los cadáveres en camiones y los dejaban tirados en la calle.

“‘Abajo’ nos metieron a Víctor y a mí en un mismo baño. En el baño vecino estaba Litre Quiroga. Víctor y yo comprendimos que no teníamos salvación: éramos los últimos prisioneros del Estadio de Chile. Pero inesperadamente se dio la orden de que yo saliera. Víctor y yo nos despedimos en silencio, con una sola mirada. Me llevaron a un camión blindado con el motor en marcha, me metieron dentro y cerraron la puerta. El camión estaba lleno de prisioneros. Así fui a parar al Estadio Nacional. Sólo estando allí comprendí por qué no me habían dejado con Víctor en la cámara de condenados a muerte. Al verme entre los recién llegados, un coronel de carabineros dijo:

“–Es él. Tiene que decirnos todo lo que sepa de Allende.

“Empezaron constantes interrogatorios y torturas. Querían que hiciera ciertas “confesiones” para desacreditar la vida y la personalidad del presidente popular. Tres veces me hicieron pasar por simulacros de fusilamiento…

“Luego supe que el cuerpo de Víctor había sido descubierto cerca del cementerio Metropolitano y el cadáver de Litre Quiroga, en una calle de Santiago. Naturalmente, los militares mataron aquella misma noche a los dos prisioneros que quedaban en el Estadio de Chile y luego arrojaron sus cuerpos en la ciudad para que pareciera que habían muerto en un tiroteo callejero…”

Danilo Bartulin concluyó su relato y recordó que estando todavía yo en Santiago los secuaces de la junta divulgaron la versión de que el cantante había atacado con metralleta a una patrulla militar y esta, defendiéndose, lo mató.
La única arma de Víctor era la guitarra. A Danilo Bartulin lo torturaron para sonsacarle los datos secretos que podía saber el médico particular del presidente. Pero ¿qué “secretos” podía saber el cantante?… A Víctor lo torturaron y asesinaron porque odiaban sus canciones.

Aquí, publicación original de este artículo.

***

(…) Estando preso escribió su último poema y testimonio Somos cinco mil, también conocido como Estadio Chile.

Somos cinco mil

en esta pequeña parte de la ciudad.

Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,

presión moral, terror y locura!

En 1990 la denominada Comisión de Verdad y Reconciliación determinó que Víctor Jara fue acribillado con 44 disparos el 16 de septiembre de 1973 en el Estadio Chile y que fue arrojado a unos matorrales en los alrededores del Cementerio Metropolitano, ubicado a orillas de la Carretera 5 Sur. Luego fue llevado al depósito de cadáveres, donde le asignaron las siglas “NN”, y donde más tarde sería identificado por su esposa, la coreógrafa inglesa Joan Turner. Sus restos fueron enterrados en el Cementerio General de Santiago de Chile. La viuda, años después, mencionaría que el diario chileno La Segunda, al día siguiente al Golpe de Estado, publicó un párrafo que daba a entender que Jara había muerto sin violencia y que su sepelio había sido de carácter privado.

Como homenaje a su memoria, 30 años después del golpe militar, en septiembre del 2003 se puso su nombre al hasta entonces denominado Estadio Chile.

El 29 de mayo de 2009, la Corte de Apelaciones de Santiago de Chile ratificó el encarcelamiento del ex soldado del ejército José Paredes Márquez, quien fue acusado del asesinato del cantante. En el momento de la ejecución, Paredes Márquez era un recluta del ejército chileno que tenía 18 años. Éste declaró que cuando le tirotearon, Víctor Jara ya había fallecido, debido a un disparo en la cabeza efectuado por un oficial de ejército, por lo que el juez encargado del caso ordenó la exhumación de sus restos, con el fin de practicarle una segunda autopsia.

En junio de 2009 se exhumaron por orden judicial los restos mortales de Víctor Jara para la realización de un estudio que determinara las causas precisas de la muerte. El 27 de noviembre de ese mismo año la Fundación Víctor Jara hizo público el resultado del estudio. Según el mismo, efectuado por el Servicio Médico Legal (SML) de Chile y ratificado por el Instituto Genético de Innsbruck, el artista murió a consecuencia de «múltiples fracturas por heridas de bala que provocaron un shock hemorrágico en un contexto de tipo homicida» y que fue golpeado y torturado durante su paso por el Estadio Chile, donde estuvo detenido. Se destaca que se han encontrado más de 30 lesiones óseas producto de fracturas provocadas por heridas de proyectil y otras provocadas por objetos contundentes, diferentes a las heridas de bala.

Bajo la autoridad del juez Juan Eduardo Fuentes Belmar, en 2007 se realizó una investigación sobre el asesinato de Víctor Jara destinada a buscar responsabilidades por el mismo. Se acusó de los hechos a José Paredes, autor confeso de algunos de los disparos (aunque después se retractó), y al coronel retirado Mario Manríquez, que era el responsable del centro de detención, quedando fuera del procesamiento como responsable de la orden del asesinato, señalado por los familiares de Víctor Jara, así como por organizaciones defensoras de los derechos humanos. También fue señalado, por compañeros de cautiverio del músico, el ex coronel Edwin Dimter Bianchi, conocido como “El Príncipe”.

Aquí, versión completa de este artículo.

***

Cansados y con sus manos entrelazadas en la nuca, los 600 académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE) tomados prisioneros por los militares golpistas iban entrando al Estadio Chile, un pequeño recinto deportivo techado cercano al palacio de La Moneda. Un oficial con lentes oscuras, rostro pintado, metralleta terciada, granadas colgando en su pecho, pistola y cuchillo corvo en el cinturón, observaba desde arriba de un cajón a los prisioneros, que habían permanecido en la universidad para defender el Gobierno del presidente socialista Salvador Allende. Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet.

“¡No me lo traten como señorita, carajo!”, gritó un militar al ver a Víctor Jara. Después le dio un culatazo.

Un conscripto confesó que jugaron a la ruleta rusa antes de acribillarlo en el subterráneo

Con voz estentórea, el oficial repentinamente gritó al ver a un prisionero de pelo ensortijado:

-¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto, recuerda el abogado Boris Navia, uno de los que caminaba en la fila de prisioneros.

“¡A ese huevón!, ¡a ése!”, le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero. “¡No me lo traten como señorita, carajo!”, espetó insatisfecho el oficial. Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.

-¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de pura mierda! -gritó el oficial. Navia rememora. Es uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes emblemáticos de la dictadura, porque Jara fue con su guitarra y con sus versos el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende en Chile. Por su impacto y la impunidad en que están los culpables, el crimen de Jara es en Chile el equivalente al asesinato de Federico García Lorca en España.

“Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”, cuenta a este periódico el abogado Navia.

Los prisioneros se habían quedado pasmados mirando la escena. Cuando el oficial, conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado con plena certeza, se cansó de golpear, ordenó a los soldados que pusieran a Jara en un pasillo y que lo mataran si se movía. El autor de canciones como El cigarrito y Te recuerdo Amanda, que Serrat, Sabina, Silvio Rodríguez y Víctor Manuel han incorporado en sus repertorios, entró así al campo de prisioneros improvisado por los militares donde vivió sus últimas horas.

Muchos recordaron a Jara con emoción esta semana, cuando su viuda e hijas y la fundación que lleva su nombre organizaron el funeral que no pudo tener en 1973, la despedida popular que merecía, para sepultar los restos del cantautor, exhumados en junio por orden del juez y devueltos a la familia después de una nueva autopsia, que confirmó las huellas de bala y torturas.

El ensañamiento con Jara fue uno de los signos de la dictadura de Pinochet (1973-1990), que truncó con brutalidad el Gobierno de Allende y los sueños socialistas, dejando un reguero de más de 3.200 muertos y desaparecidos, alrededor de 30.000 torturados y decenas de miles de exiliados. El Chicho, como era conocido Allende, un médico socialista y masón, había llegado a la presidencia en 1970, en su cuarto intento, con el 36% de los votos, encabezando la Unidad Popular, la coalición que reunía a la izquierda chilena en un arco multicolor.

Con un programa que ofrecía reforma agraria, medio litro de leche diaria para los niños y la nacionalización del cobre, principal riqueza de Chile, en manos de empresas norteamericanas, la victoria de Allende en las urnas, la primera de un marxista en Occidente en plena guerra fría, sorprendió a Estados Unidos e insufló esperanzas en muchos países, incluidos los opositores de Franco en España. Un irritado presidente Richard Nixon ordenó en la Casa Blanca intensificar las acciones desestabilizadoras.

Pero en Chile se vivían tiempos de efervescencia. Las movilizaciones sociales iban en ascenso y con Allende en La Moneda, el Gobierno ganó apoyo en las urnas en lugar de perderlo. El cerrojo norteamericano se apretó con el embargo de las exportaciones de cobre, en réplica a una nacionalización en la que Chile resolvió no indemnizar a las empresas expropiadas por haber obtenido ganancias excesivas, mientras la oposición de centro y derecha se reunió en una coalición contra Allende, y la izquierda más radicalizada comenzó a desbordar al Gobierno acusándolo de reformista. La lucha política se exacerbó.

El Gobierno socialista concitó una amplia adhesión de artistas e intelectuales. En los tres años de Allende, Chile vivió un destape cultural como nunca antes y Víctor Jara fue uno de los protagonistas. Hijo de inquilinos campesinos, conoció de la explotación y miseria en su infancia y juventud. Aprendió música por la intuición de su madre. Cuando ella falleció, viajó a Santiago a estudiar teatro. Como director teatral recibió premios de la crítica y la prensa por sus montajes e hizo giras por dos continentes.

Mientras estudiaba dramaturgia, comenzó a tocar y componer con el grupo Cuncumén. Después trabajó con la pléyade del folclor chileno: Quilapayún, Inti Illimani, Ángel e Isabel Parra, Patricio Manns, Rolando Alarcón. Violeta Parra, la autora del universal Gracias a la vida, fue una de las que descubrió tempranamente el talento de Jara como compositor e intérprete.

Militante comunista, Jara defendió a la Unidad Popular con su guitarra, hizo canciones de protesta, pero sus obras mayores, aquellas más sencillas e imperecederas, son las que brotan desde la tierra y de la pobreza de las barriadas periféricas de Santiago, las fuentes de su saber. Víctor creía que “la mejor escuela para el canto es la vida”, recuerda su viuda, Joan Turner, en Un canto trunco, las memorias de Jara. Nombrado embajador cultural por Allende, prefería compadrear en una peña popular a los cócteles de diplomáticos.

Durante el paro de octubre de 1972, con el que la oposición quiso poner de rodillas al Gobierno, junto con decenas de miles de personas, Jara salió a realizar trabajos voluntarios para impedir que la economía se detuviera. En la vorágine escribió Manifiesto, su testamento musical: “Yo no canto por cantar / ni por tener buena voz, / canto porque la guitarra / tiene sentido y razón”.

Con la inflación desbocada, desabastecimiento y mercado negro, el transporte paralizado y con el mayor partido opositor, la Democracia Cristiana, cerrando las puertas al diálogo para encontrar una salida, a Allende casi no le quedan opciones, y muchos creen que un golpe militar es inminente. Resuelve que el martes 11 septiembre llamará a un plebiscito que decidirá si sigue o no en el poder. Enterados, los militares adelantan el golpe militar para ese martes.

El escenario que había escogido Allende para pronunciar este discurso que podría haber cambiado la historia es la sede de la UTE. Nunca llegó. Enterado de la sublevación militar, Allende acude con sus colaboradores más cercanos a La Moneda, a defender la democracia. Dispuestos a todo, los militares bombardean el palacio y Allende, que sólo saldrá sin vida de ese lugar, pide a los trabajadores que permanezcan en sus puestos, pero que no se dejen provocar, y anticipa en su lúcido discurso final que otras generaciones superarán ese momento.

En asambleas por facultad, la comunidad de la UTE resolvió permanecer en la sede universitaria, como pidió Allende. Entre ellos, Víctor Jara, que trabajaba en extensión en la universidad e iba a cantar en el acto de Allende. Habla dos veces por teléfono con Joan y cree que volverá a casa al día siguiente. Esa noche anima a los estudiantes en su último recital, mientras en todo Santiago suenan las balas de los militares.

Al día siguiente, los militares instalan un cañón frente a la universidad y disparan a la rectoría mientras un centenar de soldados vacía sus cargadores. No hay resistencia: estaban desarmados. Rompen puertas y cerrojos y toman prisioneros a los 600 que permanecían ahí.

El infierno está a un par de kilómetros, en el Estadio Chile, rebautizado en democracia como Estadio Víctor Jara. Ahí el cantautor queda tendido en el suelo. A un estudiante peruano que confunden con cubano le cortan una oreja con un cuchillo. A un profesor de ciencias sociales que llevaba pruebas recién corregidas de sus alumnos le piden las dos mejores notas, las entrega y lo obligan a que se coma las hojas. Los amenazan con barrerlos con “las sierras de Hitler”, ametralladoras de gran calibre cuyas balas cortan los cuerpos. Un obrero grita: “¡Viva Allende!”, y se arroja desde las graderías, muriendo desangrado. En el recinto caben apretadas 2.000 personas, pero hacinan a más de 5.000 prisioneros.

El Príncipe tiene visitas de oficiales y quiere exhibir a Jara. Un oficial de la Fuerza Aérea que está con un cigarrillo le pregunta a Jara si fuma. Con la cabeza, niega. “Ahora vas a fumar”, advierte, y le arroja el cigarrillo. “¡Tómalo!”, grita. Jara se estira tembloroso para recogerlo. “¡A ver si ahora vas a tocar la guitarra, comunista de mierda!”, grita el oficial y pisotea las manos de Jara, relata Navia.

“Cuando llegaron más prisioneros y los soldados fueron a recibirlos, Víctor se quedó sin custodia. Entre varios lo arrastramos adonde estábamos y comenzamos a limpiar sus heridas. Llevaba casi dos días sin comida ni agua”, dice Navia. Un detenido consigue que un soldado le regale un tesoro: un huevo crudo. Se lo dan a Jara. Con un fósforo, el cantautor perfora el huevo en ambos extremos y lo sorbe. “Nos dijo que así aprendió en su tierra a comer los huevos”, recuerda.

A Jara le vuelven las energías. “Mi corazón late como campana”, dice. Y habla, de Joan y sus hijas. Dos detenidos logran salir libres gracias a contactos. Varios escriben mensajes breves para que avisen a sus parientes de que están vivos. Víctor pide lápiz y papel. Navia le pasa una libreta pequeña de apuntes, que hoy conserva la Fundación Jara como pieza de museo. Escribe con dificultad sus últimos versos: “Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero”.

Repentinamente, dos soldados lo toman y arrastran, y Jara alcanza a arrojar la libreta. Navia se queda con ella. Comienza una golpiza más brutal que las anteriores, a culatazos. Otros prisioneros lo verán con vida horas después. Un conscripto, José Paredes, confiesa 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos. Es el único procesado vivo en el caso. El otro, el jefe del recinto, el coronel Mario Manríquez, falleció. La primera autopsia, en 1973, revela 44 disparos. La nueva, en 2009, confirma que Jara murió por múltiples impactos. Pero Paredes se retracta de su confesión.

Al anochecer del sábado 15 de septiembre trasladan a los prisioneros del Estadio Chile al mayor recinto del país, el Estadio Nacional. “Al salir al foyer para irnos, vemos un espectáculo dantesco. Hay entre 30 y 40 cadáveres apilados, y dos de ellos están más cercanos. Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco, porque cerca estaban apilados unos sacos de cal para hacer reparaciones, que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar, y después al abogado y director de Prisiones Littré Quiroga”, relata Navia.

A Jara le han quitado el chaquetón que otro prisionero le había pasado porque tenía frío. Esa noche, los soldados arrojan seis de estos cadáveres, Jara entre ellos, junto al Cementerio Metropolitano, en el acceso sur de Santiago. Una vecina reconoce al cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, un trabajador de este servicio, que era comunista, también reconoce a Jara y avisa a su esposa Joan para que lo sepulte antes de que lo sepulten en una fosa común.

El cuerpo del cantautor está junto al de cientos de víctimas en un mesón de la morgue, al final de una fila de jóvenes. Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho. Jara está en su cenit creativo, poco antes de cumplir 41 años, y quienes tronchan su vida no saben que lo están haciendo más universal, a él, pero también a ellos mismos.

Aquí, publicación original de este artículo.

 

 

 

***

 

(Enero de 2012) A meses de la conmemoración de los 40 años del golpe militar de Augusto Pinochet, en septiembre próximo, la justicia chilena ha identificado al supuesto autor material del asesinato del cantautor Víctor Jara. Es un militar retirado que vive en EE UU y cuya extradición pedirá Chile inmediatamente para encausarlo. Otros siete oficiales en retiro han sido procesados por el asesinato, cometido en 1973 en el entonces llamado Estadio Chile de Santiago y que es el de mayor connotación pública que seguía impune.

La investigación del juez Miguel Vásquez determinó que el artista, uno de los símbolos del Gobierno socialista de Salvador Allende, murió el 16 de septiembre de 1973 a causa de “al menos, 44 impactos de bala”, según la autopsia. Las pesquisas judiciales indican que el hombre que apretó el gatillo fue el teniente Pedro Barrientos Núñez, retirado del Ejército.

El testimonio entregado a la justicia en 2009 por José Paredes, que a los 18 años presenció el asesinato mientras realizaba su servicio militar, fue crucial para la investigación. “Lo tenían sentado, tenían unas camillas, esas que son de campaña del Ejército, ahí lo tenían y le daban, le daban y le daban (…) Y Barrientos le dispara… a quemarropa casi”, relató el antiguo recluta. La justicia buscó pistas sobre el acusado, lo localizó en Estados Unidos y en 2010 pidió vía exhorto al FBI que lo interrogara. La diligencia se llevó a cabo en mayo pasado.

Un programa de televisión chileno ubicó a Barrientos hace ocho meses en la ciudad de Deltona, Florida, donde reside desde la década de los noventa y se dedica a la compra y venta de coches. El exmilitar negó su relación con el crimen: “Eso no es cierto. Yo nunca he estado en el Estadio Chile. No conozco el Estadio Chile y no sabía quién era el cantante Jara en esa época (…) Nosotros estuvimos en arsenales de guerra y estuvimos en la parte este de La Moneda [el palacio presidencial]”, dijo a la cadena Chilevisión.

El juez Vásquez, sin embargo, no tiene dudas: “Él le disparó a Víctor Jara”, declaró después de procesarlo como autor de homicidio calificado el pasado 28 de diciembre. El magistrado dictó de inmediato una orden de captura internacional a través de Interpol y prepara una demanda de extradición a Chile, donde el oficial retirado deberá ingresar a prisión, que tramita el Tribunal Supremo y estará lista en unos días.

El investigador también encausó como autor al coronel retirado Hugo Sánchez Marmonti, “el segundo de a bordo en el operativo”. Los cómplices, todos exoficiales, son Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Hasse Mazzei, Luis Bethke Wulf, Jorge Smith Gumucio y Roberto Souper Onfray, que en junio de 1973 lideró un fallido levantamiento militar contra Allende. El episodio, conocido como tanquetazo —rodearon La Moneda con 16 vehículos militares—, fue una de las primeras muestras de la insurrección del Ejército contra el Gobierno de la Unidad Popular a tres meses del golpe de Estado.

Seis de los ocho procesados han sido encarcelados en el Penal Cordillera, una prisión especialmente habilitada en 2005 para los exmilitares encausados por violaciones a los derechos humanos. En un país donde los presos comunes viven en condiciones paupérrimas y de hacinamiento, esta cárcel ha sido criticada por las agrupaciones de víctimas de la dictadura porque sus internos viven en condiciones privilegiadas. Entre los presos, que no sobrepasan la veintena, se encuentra Manuel Contreras, el exdirector de la DINA, la policía secreta de Pinochet.

El magistrado Vásquez estudia en paralelo la situación de Souper Onfray, ingresado en una clínica por problemas de salud. El juez encargó al Servicio Médico Legal (SML) un pormenorizado informe sobre su salud con el objetivo de tomar una decisión sobre un eventual encarcelamiento.

La viuda del cantautor, Joan Turner, que en estos 40 años no ha descansado en su intento de conocer la verdad, señaló hace unos días que había perdido las esperanzas de saber quiénes mataron a su marido: “Realmente yo no entendí nunca cómo funcionaba el sistema judicial chileno y no tenía confianza en que iba a tener resultados”. La exbailarina de origen inglés recordó, además, que, “durante los años de la Unidad Popular, Víctor Jara era un representante de la cultura de Salvador Allende, pero sobre todo era un representante del pueblo más vulnerable”.

El 11 de septiembre de 1973, el día del golpe, la Universidad Tecnológica Metropolitana fue sitiada por los militares. Veinticuatro horas después ocuparon el centro. Apresaron a estudiantes docentes, incluido entre los que se encontraba Jara.

Los soldados llevaron a los detenidos al Estadio Chile (bautizado como Estadio Víctor Jara en 2004), un recinto por donde pasaron cerca de 5.000 opositores. El autor de Te recuerdo Amanda fue reconocido, apartado y trasladado a los camerinos “que eran ocupados como salas de interrogatorios”. Allí “fue agredido físicamente en forma permanente, por varios oficiales”, según la investigación judicial.

El cadáver del cantante fue hallado en los alrededores del Cementerio Metropolitano “con signos evidentes de haber recibido golpes y los impactos de bala”.

 

Diversos testigos que estuvieron en el antiguo Estadio Chile los días posteriores al golpe de Estado de 1973 dijeron durante años que el asesino de Víctor Jara era un oficial del Ejército apodado El Príncipe. Era descrito como un hombre de rasgos germánicos, rubio, de un fuerte vozarrón. Algunos prisioneros, en el transcurso de la investigación, declararon que era el capitán retirado Edwin Dimter Bianchi. El exmilitar, sin embargo, negó haber sido bautizado con ese seudónimo: “Yo no soy el oficial que se ha descrito, ni tampoco di muerte ni maltraté a prisionero alguno en el estadio”, dijo ante la justicia en 2004.

La incógnita sobre la existencia y el papel de El Príncipe que obsesionó a la justicia y a la prensa no ha podido ser resuelta por el juez Vásquez, aunque el magistrado señaló que “no es un hecho relevante para los procesamientos”. Los encausados podrían apelar a instancias superiores de la justicia chilena antes de las condenas definitivas.

El abogado de la familia Jara hizo un llamamiento a los posibles testigos a presentarse ante los tribunales para prestar declaración: “Los soldados que llegaron al Estadio Chile desde otras unidades militares tienen un gran papel que cumplir y no pueden llevarse los secretos a la tumba”, dijo Nelson Caucoto.

El abogado catalogó los procesamientos como “un paso histórico para el país”, aunque remarcó que los avances logrados “han sido obra de los jueces”. “El Ejército no entregó un solo nombre para cooperar en la investigación”, recalcó.

La senadora socialista Isabel Allende, hija del expresidente y portavoz de la familia, lo explica así: “Han pasado ya casi 40 años del golpe de Estado y ahora estamos conociendo los nombres de los oficiales del Ejército que cometieron este atroz crimen. La justicia tarda, pero llega”.

 

Aquí, publicación original de este artículo.

 

 

 

Posts relacionados: