
En un país que se despierta cada lunes por la mañana con una lúgubre cuenta de asesinatos en el fin de semana, no sorprende que la gente se haya vuelto hacia los santos en busca de ayuda.
Pero los hombres sagrados que se invoca en Venezuela no son nada virtuosos. En una nación con una de las tasas más altas de asesinato del mundo –unos conmocionantes 14.000 al año, en promedio–, cuyos habitantes bromean a menudo que sería más seguro vivir en Bagdad, aún los beatificados portan armas (…)
Ismael y su pandilla son el último añadido al culto de María Lionza, una religión que cree que los muertos coexisten con los vivos y pueden ser canalizados a través de médiums.
(…) De acuerdo con la antropóloga y experta en cultos, profesora Daisy Barreto, de la Universidad Central de Venezuela, los Santos Malandros comenzaron a ganar adherentees después del Caracazo, tres días de disturbios en las calles de Caracas en 1989 que amenazaron con tumbar a la democracia más duradera de la región.
“El culto de María Lionza, a diferencia del catolicismo, no es estático y constantemente incorpora nuevos ‘santos’ que reflejan la situación del país”, indicó Barreto. “Los médiums comenzaron a recibir a estas figuras de tipo criminal para reflejar la ola de crimen que el país ha experimentado después del Caracazo”.
Lo más peculiar, quizás, acerca del culto es la diversidad –en verdad, dualidad— de sus fieles. Ismael es buscado tanto por gente que quiere protección del crimen como por criminales que necesitan ayuda para sus actividades ilegales.
“En un mismo día puedo recibir a una madre que quiere que Ismael aleje de su hijo de las drogas y el crimen, y a un muchacho que quiere que Ismael le ayuda a encontrar un arma”, relató Santiago Rondon, un brujo o sacerdote espiritista del culto. “Ismael fue un ladrón, pero no un mal ladrón. Robaba para dar a la gene y no para sí mismo, lo que le da la capacidad de conectarse con los dos lados”.
Ismael hace algo más que entender a sus fieles. Con incontables versiones de quién fue y cómo vivió, refleja las esperanzas y temores de los venezolanos. “Él es nuestro espejo”, dice Berta Carvallo, una maestro de la zona de bajos ingresos de Caracas (…)
Ricardo Bolívar, un líder comunitario de Guarataro, una de las zonas más pobres y peligrosas del oeste de Caracas, explicó el razonamiento de quienes van al culto por ayuda.
“Él puede responder a nuestras plegarias porque recorrió las mismas calles que nosotros”, dijo. “Conoce lo que vivimos, lo que sufrimos. No lo heredamos de los españoles”.
“Ismael y la necesidad de una fe alternativa se encuentran aquí, en los lugares donde la ley formal no llega, donde hemos sido abandonados por las estructuras formales y estamos forzados a crear nuestros propios recursos”.
Aquí, versión original de este artículo, en inglés.
***
La mujer me mira fijamente y dice que Tomasito está posado detrás de mí, protegiéndome. Me interroga sobre mi curiosidad por los Calé. Le contesto cualquier excusa y sigo indagando sobre el origen de esta peculiar corte, aferrando aún más mis manos en las estampitas de los malandros que acabo de comprar. No tengo nada que temer, son las 4:00 p.m. y estamos en plena avenida Baralt, pero algo en el ambiente me inquieta, una presencia que siento y no puedo ver.
“De todos los santos, ellos son los que tienen menos luz por ser más humanos que el resto y tener poco tiempo en el lado espiritual. Fueron delincuentes en vida”, explica Ligia, una santera que vende estatuillas y pociones en un puesto de buhonería en el centro de Caracas.
Si bien la Corte Malandra es parte del culto marialioncero (conformado por la Santísima Trinidad Alternativa de María Lionza, el cacique Guaicaipuro y el Negro Felipe), en la mayoría de las tiendas esotéricas que hay en la avenida Urdaneta, avenida Lecuna, avenida Baralt y Quinta Crespo, no saben ni dicen nada de los santos Calé, mucho menos venden objetos relacionados con ellos. La razón: no son bien vistos en muchos círculos de santería por tratarse de malandros que cargan energías negativas.
Pero Ligia se siente diferente al resto de las consultoras de la zona y dice que cree en las segundas oportunidades, así sean después de la muerte. “En vida hicieron mucho daño, porque, aunque era por causas nobles, ellos robaban a la gente. Pero ninguno de ellos mató, nunca. Eran malandros que decían: ‘hágame el favor y me da lo que tiene, señora’. No como los de ahora, que así le des la plata te pegan un tiro”.
Me asegura que no está en la santería para hacer dinero y que sólo quiere ayudar a la gente. Por eso me habla sin reservas de la Corte Malandra. “De todos, el de mi preferencia es Jhonny. Para mí él es clase aparte. Era un muchacho bien, su familia tenía dinero, vivía en Los Chaguaramos. Lo que pasa es que la droga lo llevó hacia las malas juntas y lo mataron. Cada vez que lo veo, siento demasiada pureza, lo adoro”, me confiesa viendo hacia el vacío.
Los santos malandros eran en vida individuos comunes y corrientes que, tras 10 años de su muerte, pasaron a formar parte de una comunidad divina a la que el resto de los mortales comenzó a rendirle culto.
Aunque vivieron durante la década de los años 70, la revelación de sus espíritus y la adoración por parte de los creyentes aumentó luego de los sucesos del “Caracazo” o “Sacudón” de febrero de 1989, cuando el aumento de la gasolina desató una rebelión popular en contra de las duras medidas económicas tomadas por el entonces presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. A partir de ese suceso, y en los años siguientes, la violencia callejera y las represiones incrementaron sus índices a niveles casi insoportables.
El “Caracazo” es punto de inicio de este fenómeno ya que, según Fernando Coronil y Julie Skurski (en Dismembering and Remembering the Nation: The Semantics of Political Violence in Venezuela) tras este acontecimiento el pueblo pasó de ser la “fundación virtuosa de la democracia” a convertirse en parásitos sociales que debían ser disciplinados por el Estado.
A diferencia del concepto de malandreo como forma de rebelión e innovación que plasmó Juan Carlos Echendía en el CD “Venezuela Subterránea”, en este contexto la figura del malandro es prueba de la discriminación que se tiene hacia los ciudadanos con menos recursos económicos. Todos, alguna vez, hemos sentido el acecho de un malandro en alguna esquina de la ciudad, ya que desde finales del siglo XX se le han atribuido a este personaje características de violencia, agresividad y criminalidad dentro del imaginario urbano. Para ser un “malandro en potencia”, solo basta pertenecer a una de las zonas marcadas y tener algunos rasgos de esta cultura satanizada.
En el trabajo de investigación “Memorias afligidas. Historias orales y corpóreas de la violencia urbana en Venezuela” de Francisco Ferrándiz Martín se apunta que los malandros son “espíritus más bajos, más terrenales, de menor luz mística dentro de la jerarquía del panteón de María Lionza, cercanos a las ánimas del purgatorio”. Es decir que están en un primer nivel de lo que sería la escala espiritual (encabezada por la reina de Sorte y los santos católicos) y están más próximos a las tentaciones y pecados mortales.
Quizás por eso cuando poseen el cuerpo de un mortal, éstos reaccionan bailando, riendo, cantando, fumando y bebiendo. Piden drogas y se muestran nerviosos si hay algún efectivo de seguridad en un perímetro de varios kilómetros. Y es que aun muertos siguen siendo delincuentes.
Sin embargo, testimonios de los seguidores de la Corte Malandra aseguran que son motivos nobles los que impulsaron a estos santos a robar, hurtar, amenazar y cometer otros delitos. Especies de Robin Hood locales que, como el legendario héroe, tuvieron que someter a los más potentados para abastecer de alimentos y dinero a los pobres. Los valores de justicia popular y la solidaridad en la comunidad están arraigados en éste culto como principales mandamientos.
Si estos hombres que después de la muerte han hecho el bien (probablemente para redimir sus culpas) llegarán a tener el mismo prestigio de figuras como María Lionza, Santa Bárbara o el propio José Gregorio Hernández, no puede saberse aún. Lo que sí es cierto es que –al igual otras creencias espirituales o del mismo estado social del país- la Corte Malandra se resiste a cualquier forma de análisis racional.
Ya se habla de una nueva corte, la Corte de los Encantos, conformada por niños que murieron en trágicas circunstancias. En el mundo de la santería, como en el musical o deportivo, pasan las euforias y nuevas figuras se posicionan como las favoritas desplazando a las anteriores. No obstante, al igual que la necesidad del hombre de creer en fuerzas superiores a él, la Corte Malandra nunca dejará de existir. Como los malandros en la historia de la humanidad (entendiendo el malandreo en la acepción de Juan Carlos Echendía) y la delincuencia en las grandes urbes.
En el Cementerio General del Sur, detrás del panteón de María Francia (entrando a la derecha) se puede observar a “La niña”, una joven que es
guardiana de la tumba de Ismael desde que un disparo en la cabeza la dejó cuatro meses en cama.
Al parecer, el verdadero nombre de Ismael, el padre de la Corte Malandra, es Juan Francisco Carrillo y su tumba no está tan próxima a la entrada del camposanto. Unos santeros, hace más de 20 años, lo habrían fundado allí para hacer más fácil el acceso. Las autoridades custodian permanentemente el lugar, ya que muchos devotos consumen alcohol y drogas en las inmediaciones.
“La niña” cuenta que como cuidadora de las ofrendas de los santos malandros ha visto pasar a generales de las fuerzas armadas, policías e incluso abuelitas y mujeres que son golpeadas por sus parejas.
Otro de los espacios emblemáticos de la Corte Malandra es el callejón Eduvigis de la zona 7 de Petare. También conocida como “la calle de los brujos”, este sitio es lugar de encuentro para devotos y médiums de la corte que dan asesorías y practican rituales. Dicen que en la calle La Paz, de la zona colonial, se puede ver caminar a Ismael con un tabaco en la boca y calzado de una 38.
Ligia, santera y vendedora de objetos y productos esotéricos en la avenida Baralt, explica que a los santos malandros se les pide por familiares o amigos presos, con problemas de conducta, drogas o actos delictivos. También para salir ilesos de tiroteros, enfrentamientos o calles peligrosas.
A diferencia del culto a María Lionza (en el que las promesas se pagan en bailes de candela -caminando sobre brasas- y ponen en riesgo la vida como ocurrió con dos personas que fallecieron por incineración en las montañas de Sorte, estado Yaracuy, la pasada Semana Santa Santa) en la Corte Malandra el devoto debe ofrecer al santo en agradecimiento un cirio de siete colores, un cigarrillo, un vaso de anís o ron y una canción de salsa.
El canto más recurrente en las ceremonias de la Corte Malandra es “La Cárcel” del Sexteto Juventud, pero también aceptan merengues y las tradicionales piezas santeras como “María Lionza” de Rubén Blades. Hay algunos que piden marihuana o bazuco, así como también armas blancas como un chuzo o puñal de fabricación casera.
Las estatuillas de los santos malandros, armadas con revólveres, lentes oscuros, vestidos con camisas y gorras de la NBA, pueden adquirirse en las tiendas esotéricas. Estampitas, collares con cuencas de diferentes colores y jabones también conforman la iconografía de esta pandilla milagrosa.
Ismael: Originario del barrio Lídice de Caracas murió apuñalado en una pelea en la parroquia 23 de enero. Según ha dicho en algunos rituales, los barrios Guarataro y Pinto Salinas también eran parte de su territorio. Se dice que era un ladrón inofensivo, defendía su zona de la incursión de otros malandros y robaba bancos para repartir el botín entre los vecinos más necesitados. En varias ocasiones, amenazaba a los dueños de abastos y supermercados mientras los pobres saqueaban el local y huían cargados de alimentos.
Isabelita: Figura líder de la Corte Malandra. No se tiene seguridad sobre su verdadera procedencia pero cuentan que pertenecía a una familia adinerada y fue violada a los 12 años de edad. Se casó con un hombre negro, de Barlovento, estado Miranda, que le fue infiel con una amiga. Por esa razón juró vengarse de todos los hombres. Su estatuilla no puede estar en un altar santero que también tenga la figura de algún negro. Tiene amplio poder para resolver toda clase de problemas.
Tomasito: Murió de 132 tiros (sin contar la balas que pasaron por el mismo hueco) durante un intento frustrado de robo a un banco. Sus cómplices (que creía sus amigos) lo dejaron solo al llegar la policía.
Jhonny: Muchacho de buena familia. Vivía en un apartamento que sus padres le compraron en Los Chaguaramos. Su pecado fue no cumplirle a unos jíbaros que le dieron muerte. Se dice que es el más pacífico de la Corte.
Elizabeth: Su estampilla reza: “De recia personalidad y esbelta figura, Elizabeth irradia dominio y poder. Invóquela en momentos difíciles y logrará un gran apoyo. Téngala con usted en algún lugar visible de su hogar. Ofréndele velas rojas”. No es la misma que salía en televisión.
Otros santos son Petróleo Crudo, Miguelito, Pez Gordo, Luis Sánchez, Juan Hilario, Ramón, Freddy M (no se sabe si su apellido era Martínez o Machado), William, Yiyo, Jacobo, Antonio y El Ratón, entre otros (…)
Aquí, publicación online de este artículo.
***
María Lionza, cantada por Rubén Blades.
***
En Venezuela, localizado específicamente en la población de Chivacoa, estado Yaracuy, existe una montaña que forma parte de un monumento natural. Allí, en la Montaña de Sorte, nace un mito que se ha extendido por toda América. Se trata del mito y culto a María Lionza, mejor conocida como la “Reina Maria Lionza”. Comprenderlo para los que no han nacido en este país de exótica flora y fauna y de extraordinarios relatos, quizás no sea tan fácil. Para los que nacimos aquí y en mi caso particular, que nací y vivo muy cerca de donde crece el culto, es parte de mi vida cotidiana.
Explicarlo, escribir o investigar sobre el Mito de María Lionza es tarea harto ardua. No porque no existan bibliografías sobre el tema, sino más bien por los innumerables artículos, investigaciones, programas de televisión, documentales, testimonios y experiencias personales que el escaso conocimiento espiritual no permite comprender, y que, finalmente abarrotan de información al investigador.
No obstante y para empezar a ordenar las ideas, hablemos del mito. Uno de los autores más respetados es Gilberto Antolinez, reconocido como uno de los pioneros y versados en la historia de María Lionza. Antolinez publicó la versión más antigua del mito en la revista Guarura, en 1939. La versión de Antolinez cuenta “que para el fin de la cosecha, los nirguas del núcleo principal de la tribu, recibieron de su gran piache o moján un doloroso presagio: que a un cacique de la tribu le nacería una niña con los ojos de tan extraño color que, de mirarse en las aguas de la laguna, no podría ver sus pupilas. Además, tan pronto como esta niña de ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco de la imagen brotaría una monstruosa anaconda, que causaría la ruina de los nirguas”.
Fue tan grande la aflicción de la tribu que desde entonces, cada vez que a un cacique le nacía una niña, pasaba angustia de muerte hasta que le anunciaban que, como siempre, en las mujeres de su raza, la recién nacida tenía los ojos negros. Para evitar que se cumpliera el horrible presagio, sólo la madre y sus guardianas tenían permitido ver a la niña a quien le estaba prohibido tener cualquier lámina pulida que pudiera servir de espejo. Pero llegó el día en que se cumpliría la profecía. La doncella de los ojos de agua salió en un descuido de sus cuidadores y llegó hasta la orilla de la laguna encantada. Se miró en las aguas profundas y de repente empezó a moverse el agua y a producirse un remolino. Fue transformándose el rostro de la joven en serpiente. Así se convirtió en la anaconda, dueña del agua, quien fue creciendo hasta hacer que las aguas se desbordarán. Se extendió tanto que llegó hasta el valle del Yaracuy (centro occidente de Venezuela) por un lado y por el otro, hasta el lago de Tacarigua (hoy de Valencia).”Tanto creció la sierpe, que finalmente estalló dando un roletazo, vibró; se desmadejó y quedó inerte, la cola en Sorte, cerca de Chivacoa (estado Yaracuy), y la cabeza en Tacarigua (estado Carabobo)”.
Pero ésta no es la única versión que existe sobre el mito. Hermann Garmendia, citado por Manara, señala que “María Lionza fue una dama española que vivió en Barquisimeto (ciudad ubicada al occidente del estado Yaracuy), a mediados del siglo XVIII, y cuyo verdadero nombre era María Alonso” Se basa el cronista en un documento encontrado en las viejas Escribanías del Registro Principal del estado Lara y que data de 1750, donde se asienta un traspaso de una hacienda de cacao destinada como fuente de recursos económicos al convento de San Francisco, en Barquisimeto. Por su parte, Francisco Tamayo coincide con Antolinez en que “María Lionza en su aspecto más antiguo fue una divinidad del ciclo cultural matriarcal libre difundido por los arawak, fortalecido más tarde por el patrón de las divinidades femeninas chibchas de Cundinamarca, tales como Bachué, Furachoque, Chía, Yubecayguaya”.
En cambio, Rodríguez Cárdenas, citado por Manara ”no acepta de plano que el mito de María Lionza sea de origen indígena, sino que es fruto de la inventiva del pueblo –“el pueblo indio, el pueblo negro, el pueblo de todos los colores”, descripción muy acertada de nuestra mezcla étnica y cultural. Manara también cita a Juan Pablo Sojo, para quien es evidente que el mito es de origen negroide, y resalta la semejanza entre María Lionza y Yemanyá. Basa su argumento en que el mito cosmogónico de los negros Yorubas del África occidental fue traído a América por los esclavos, quienes en Brasil muy pronto observaron la analogía entre Yemanyá y la Uyara de los indígenas.
Tal como lo señala Barreto, el mito encarna al menos tres diferentes órdenes: un orden mítico-religioso, un orden histórico y otro de ficción e invención del recopilador. Añade la autora, que el mito de María Lionza es “una historia legendaria de múltiples variantes que, al ser registrada por escrito, comienza a sufrir deformaciones, (..) sin embargo, el hecho de pasar por una etapa de composición literaria no significa que el mito de María Lionza pierda su sustancia mítica-sagrada y no sea más que literatura”.
Uno de las explicaciones más aceptadas es que el mito tiene sus orígenes en los grupos prehispánicos caquetíos y Jirajaras, etnias que poblaron el occidente venezolano en lo que hoy corresponde a los estados Falcón, Lara, Yaracuy y Cojedes. El culto a las lagunas, a sus dueños y sus encantos, el uso de las cavernas como lugares consagrados a los rituales y los que relacionan la inundación con el fin y resurgimiento del mundo indígena, son algunos de los elementos propios de los antiguos mitos y cultos indígenas.
La resistencia que tuvieron estas creencias presentes en la esencia religiosa de cultos y prácticas como María Lionza, no es extraña. Los testimonios de los cronistas de la época reflejan que los grupos étnicos mayoritarios al momento de la conquista fueron los caquetíos y los jirajaras. Barreto explica que en el censo levantado en 1776, en ocasión de la visita del Obispo Martí a estas zonas geográficas, las cifras de pobladores era la siguiente:
Indios en el pueblo 800 Indios fuera del pueblo 500 Vecinos españoles en el pueblo 80 Vecinos españoles fuera del pueblo 685
El exceso en cantidad de población de los indígenas y la prohibición de uniones entre éstos y otros grupos étnicos, hizo posible que las creencias de los primeros se mantuvieran más puras. Luego, tras la estabilización de la conquista, se estrechan las relaciones entre los diferentes grupos raciales, dando origen al mestizaje.Esto favoreció que los indígenas transmitieran gran parte de su tradición cultural, la que a su vez, se mezclaría para dar origen entre muchos otros, al culto que hoy conocemos como María Lionza. Tomando las palabras de Marcel Mauss, citado por Barreto, aunque personalmente difiero del concepto de religión dado al culto, el mito fue “sujeto a necesarias y nuevas interpretaciones que fue creando algo así como un mito de ese mito, configurándose como la religión de salvación colectiva que, en los años siguientes, se extiende a toda la geografía del país hasta llegar a ser hoy, la religión más popular de Venezuela, y que traspasando sus fronteras, ha penetrado en los países vecinos.
Mito y Culto están íntimamente relacionados. El culto de María Lionza parece ser producto de un proceso lento de acumulación que recoge rituales ancestrales indígenas, africanos y europeos; que se hacen sentir en las primeras décadas del siglo veinte y que dio origen a la deidad que hoy conocemos: la Reina María Lionza.
En su composición interna, el culto obedece a una jerarquización a través de las denominadas cortes: la principal, integrada por la Reina María Lionza, el indio Guaicaipuro y el negro Felipe, en una perfecta trinidad sincrética. A ésta se subordinan las demás cortes, como la india, conformada por los diferentes caciques venezolanos; la médica donde está el Dr. José Gregorio Hernández, famoso medico nombrado “venerable” por el Vaticano y por quien se lucha desde hace años para su canonización, José María Vargas y Luis Razetti; la Vikinga; la africana, constituida por las siete deidades yorubas, Changó, Ochún, Eleguá, Yemayá, Adcitada; entre otras. Asimismo, los espíritus que conforman estas cortes se han sincretizado, al incorporar elementos de otras culturas.
Reconocidos artistas, personajes populares, héroes legendarios como Simón Bolívar son parte de los espíritus con los cuales se puede conversar a través del “cajón” o médium en cualquier sesión espiritista.
El propósito del culto, es la cura física y espiritual de los practicantes y creyentes, además de un fin muy utilitario, como es solicitar prosperidad en los negocios, el trabajo, el amor y las relaciones sociales. El acceso al culto, ya sea como practicante o creyente, se desarrolla de acuerdo a un complejo ceremonial. Esto incluye la iniciación (desarrollo espiritual del banco o sacerdote), las coronaciones (bautismo), o la simple consulta. El tiempo que dure la iniciación va a depender de la capacidad de cada persona o de lo que en el argot del culto de le denomina “luces”, es decir, poder para comunicarse con el mundo de los muertos.
El centro principal de la práctica de este culto es el Monumento Natural María Lionza, conocido también como la Montaña de Sorte y Quibayo, decretado el 18 de marzo de 1960. Está ubicado en la población de Chivacoa, estado Yaracuy; dentro del Macizo de Nirgua. Existen otros lugares para la práctica del Culto como Agua Blanca, en el estado Portuguesa, “además de la gran cantidad de centros existentes en todo el país donde se atiende a una población de miles de personas, que se mueven desde cualquier parte del territorio nacional y también desde Colombia, las Antillas Holandesas, República Dominicana y Trinidad y Tobago” (Acosta y Guanipa).
Las curaciones se realizan tanto en centros urbanos como en los lugares
naturales donde se enfoca el culto: Sorte, Quibayo o cualquier otro. Cuanto se trata de trasladarse hasta estos sitios, los pasos del preceremonial consisten en la preparación de la caravana, es decir, grupo de asistentes, organizada por el director del centro espiritual. Al llegar se elige el lugar en donde se realizará la ceremonia, el cual se purifica antes de proceder a la instalación del altar. La limpieza se realiza con pólvora, agua bendita, amoníaco, tabaco e incienso. A continuación se monta el altar con la iconografía de las diferentes cortes, las velas y las ofrendas, que incluyen comidas, bebidas espirituosas, flores, frutas, cigarros, etc. y se elaboran los oráculos magnéticos, especies de símbolos que se dibujan en el suelo y que tienen poderes especiales, conforme al caso o consulta. Terminado esto, se comienza la sesión (ceremonia) que consta de velaciones, consultas o coronaciones, según corresponda.
Al comenzar la ceremonia, hay toques de tambores y se entonan cantos y rezos con el fin de invocar a los espíritus. Al incorporarse (entrar en trance) el médium, se comienza con la sesión de consultas y curas. La comunicación entre el creyente y el espíritu se realiza a través del triángulo: creyente-oficiante (médium)-espíritu; el banco también sirve de enlace entre el creyente y el espíritu. Según las investigaciones de Acosta y Guanipa, este triángulo es guiado por la trilogía universal: padre, hijo y espíritu santo.
(…) El carácter de las prácticas no es incompatible con el catolicismo, inclusive la mayoría de los creyentes y practicantes, dicen ser católicos devotos. En este punto, es importante resaltar la presencia de divinidades católicas en los altares, como por ejemplo, el Sagrado Corazón de Jesús, Santa Bárbara, La Virgen del Cobre y la consecuente participación de los creyentes en ceremonias cristianas como San Juan Bautista o la procesión de la Divina Pastora, extraordinaria expresión de fe que se realiza cada año en Barquisimeto (…)
En la actualidad, existe una industria elaboradora de mensajes ligados con el mundo esotérico que se ha ido masificando de una manera organizada. En este sentido, uno de los principales canales de televisión venezolanos transmite un programa de televisión de alta sintonía; donde existe manifiesta manipulación de los ceremoniales del mito, curaciones, “recetas” y elementos del culto. Además del mercado de productos utilizados para limpiezas, sanaciones, la suerte, el amor, el trabajo, la dominación, etc; unido a la proliferación de las llamadas perfumerías esotéricas.
Sin embargo, mito y el culto de María Lionza traspasan las fronteras de este campo cultural. Como dijera Marcel Mauss: “se ha configurado como la religión de salvación colectiva (…),se extiende a toda la geografía del país hasta llegar a ser hoy, la religión más popular de Venezuela, y que traspasando fronteras ha penetrado en los países vecinos” (…)
Aquí, publicación online de este artículo (completo).



October 1st, 2011 → 12:56 pm @ elpuercoespín
0