Prensa y poder: cómo me convertí en enemigo del Estado ruso, por Luke Harding

25 septiembre, 2011

No había duda: alguien había entrado en mi departamento. Tres meses después de llegar a Rusia como el nuevo jefe de la corresponsalía de The Guardian, regresé a casa tarde de una cena. Todo parecía normal. La ropa de los chicos estaba tirada en el corredor, los libros apilados horizontalmente en el living, las confortables ruinas de la vida familiar. Y luego lo vi. La ventana del cuarto de mi hijo estaba completamente abierta…

No estaba abierta cuando me fui cinco horas antes, llevando a mis hijos, Ruskin, de seis, y Tilly, de nueve. Vivíamos en el piso 10 de uno de los edificios de la era poscomunista en Moscú, una torre de ladrillos amarilla y fea en el suburbio de Voikovskaya. Manteníamos nuestras ventanas cerradas. El peligro de que se cayera uno de los chicos era demasiado claro.

Para abrir la ventana, uno tenía que  doblar la manija de plástico blanco hacia abajo 90 grados. Esto sólo era posible desde adentro; no podía haberse abierto de golpe. Pero la ventana estaba abierta, casi provocativamente.

“¿Hubo un robo?”, me preguntó mi hijo, mirando el patio congelado abajo. “No lo sé. Quizás alguien logró trepar por afuera. Quizás fue El Hombre Araña”, dije débilmente.

En un cuarto que no usamos descubrí una grabación silbando en un reproductor. No lo había puesto y mi esposa, Phoebe, había pasado la noche fuera con amigos. Varias horas después, tratando de suprimir una sensación de horror, alarma, incredulidad, sorpresa y una suerte de furia fríamente racional, me desperté. Una alarma de un reloj desconocido sonaba en algún lugar del departamento. Fui al living y encendí todas las luces. El reloj sonaba con fuerza. Yo no lo había programado. Pero alguien más sí –para sonar a las 4.10am. Miré la fecha: era el domingo 29 de abril de 2007.

Era claro que no se trataba de un robo tradicional. Aparentemente, habían entrado por la puerta del frente –los cerrojos no parecían haber sido un problema. Nada había sido robado; nada dañado. El aparente objetivo de los intrusos había sido demostrar que habían estado allí y, presumiblemente, que podían volver. El oscuro simbolismo de la ventana abierta en el cuarto de los niños no era difícil  de descifrar: tené cuidado o tus hijos se pueden caer. Los hombres –asumo que fueron hombres— se habían desvanecido como fantasmas.

Yo conocía bien la identidad de mis fantasmas –o de la agencia que los había enviado. Quince días antes, el 13 de abril de 2007, el oligarca ruso y abierto crítico del Kremlin Boris Berezovsky había dado una entrevista a mi periódico en la cual llamaba a un derrocamiento violento del régimen de Vladimir Putin. Desde entonces, la agencia que sucedió a la KGB había adquirido un gran interés en mí.

Después del fin el comunismo y la Unión Soviética, la KGB había adquirido un nuevo nombre. Era ahora el Departamento de Seguridad Federal (FSB, por sus siglas en inglés). Era una organización de seguridad del Estado doméstica. Su trabajo era el contraespionaje. Aparentemente, esto se refería a mí. Mi nombre había estado en el texto de tapa de The Guardian, junto con el de dos colegas con base en Londres. Horas después de la primicia de Berezovsky, mi nueva, extraña, vida comenzó.

Alguien hackeó mi cuenta de correo electrónico. Una persona que decía ser de la “oficina del Presidente” llamó a mi oficina y pidió mi número de celular. No se lo di. Una mujer de mediana edad, vestida informalmente y con –observé—un corte de pelo más bien malo de los años 70, apareció fuera de mi puerta a las 7am. Cuando la abrí, me examinó y se fue.

Dos días después de la publicación, volé de Moscú a Londres en Aeroflot para un funeral familiar. Había pasado el último control de seguridad cuando alguien me golpeó, fuerte, en el hombro. Me volví. Era un joven, vestido con una campera de cuero –el inconfundible uniforme del espía de la KGB. Sonreía con ironía. “Hay algo mal en tu saco”, dijo, con un fuerte acento ruso.

Tras el despegue, fui al baño. Me saqué el saco y la camisa. No había nada en ellos. Pero no sabía cómo lucía un micrófono.

En el pastiche de la Rusia neosoviética creada por Putin desde que se convirtió en presidente, el FSB se ha convertido en el poder preminente sobre el país –una organización enorme, secreta, con prodigiosos recursos, que opera fuera de la ley, de acuerdo con su propio conjunto de reglas (también secretas). El FSB se siente con poder para aplastar a cualquiera que sea considerado enemigo del Estado. Esto incluye a la pequeña y desmoralizada banda de políticos de la oposición. Incluye a activistas de los derechos humanos; a trabajadores de organizaciones no gubernamentales extranjeras; y a hombres de negocios que no cumplen las nuevas reglas del régimen –obedecer al Estado y no meterse en política. Incluye a diplomáticos extranjeros, especialmente británicos. También parece incluir a periodistas occidentales que causan problemas. Más peligrosamente, incluye a los traidores.

Era claro para mí –y, aparentemente, también para el gobierno británico—que había una dimensión FSB en la muerte en Londres del disidente ruso Alexander Litvinenko. Había muerto en un hospital de Londres en noviembre de 2006, tres semanas después de beber una taza de té verde envenenada con un radioactivo polonio-210. Litvinenko era un ex oficial del FSB. También su supuesto asesino. El hombre que aparentemente le había pasado la copa era Andrei Lugovoi. Pero la identidad de la persona que había enviado al asesino seguía siendo un misterio. ¿Fue Putin, como afirman los amigos y la familia de Litvinenko? ¿U otras fuerzas oscuras dentro del Kremlin, interesadas en provocar una crisis entre Moscú y Occidente?

Para la época del asesinato, ex agentes de la KGB –un grupo duro conocido como siloviki— se habían adueñado de posiciones clave en el Kremlin. En 1999, Putin se había convertido en jefe del FSB. En 2000, fue elegido presidente y rápidamente elevó a miembros de los servicios de seguridad a las gobernaciones de las provincias, ministerios y directorios de compañías estatales. La KGB estaba de regreso.

Los sociólogos estimaron en 2003 que los altos funcionarios del Kremlin con antecedentes militares/de seguridad eran un 25 por ciento del total. Para 2006, el número de siloviki “afiliados” –incluyendo agentes oficiales y no oficiales— era un sorprendente 77 por ciento. Los siloviki veían la caída de la Unión Soviética como una catástrofe humillante. Su misión –según la veían—era restaurar la perdida grandeza de Rusia.

Meterse en los departamentos de la gente era una vieja técnica de la KGB, diseñada para intimidar y acosar en lugar de matar. Si la persona se quejaba a la policía, los oficiales de este responderán educadamente sugiriendo que uno era paranoico. Después de todo, ¿cómo se queja uno de una violación de domicilio cuando los culpables trabajan para el Estado?

Tres semanas después de la entrevista de Berezovsky, recibí una llamada telefónica. Era el FSB. El artículo había causado furor dentro de Rusia, hasta provocar que los políticos del usualmente horizontal parlamento ruso exigieran la extradición de Berezovsky de Gran Bretaña, que el sistema judicial británico había rehusado una y otra vez. En mayo de 2007, el FSB lanzó su propia investigación criminal sobre nuestro artículo. El fiscal en jefe de Rusia, Yuri Chaika, ya había acusado a Berezovsky de fraude –lo acusaba de robarse 4.3 millones de libras de Aeroflot–, pero era claro que otros cargos fortalecerían el caso y podrían poner al gobierno briánico en una situación embarazosa. El funcionario del FSB, que no se identificó, fue educado pero firme: “Tiene que venir a vernos”, dijo. Mi rol en el artículo de Berezovsky había sido modesto, respondí. Sólo había telefoneado al urbano vocero del Kremlin, Dmitry Peskov, y le había pedido alguna reacción. Pero esto no conmovió al hombre del FSB. “Le sugiero que traiga un abogado”, dijo.

Tres semanas después de la llamada, me encontré con mi abogado, Gari Mirzoyan, un veterano de las cortes criminales de Moscú, fuera de la prisión de Lefortovo, un gris edificio de tres pisos rodeado de alambra de púas y vecino al centro de Moscú. En tiempos del comunismo, Lefortovo era la más notoria cárcel de la KGB y no un lugar en el que los periodistas fueran admitidos normalmente, especialmente los extranjeros. Una gran puerta de metal reforzado se abrió. Adentro había una pequeña recepción, escondida por un espejo plateado de una sola cara: el oficial de servicio nos podía ver, pero nosotros a él no. Una mano sin cuerpo apareció, tomó mi pasaporte y mi teléfono. Nos dieron permisos para subir. El ascensor tenía antiguos barrotes de cárcel; era, en efecto, una jaula móvil. Parecía descender a la prisión interna de Lefortovo, en forma de K, donde todavía se retenía a un pequeño número de detenidos, en su mayoría presos políticos. Viejas videocámaras registraban nuestros movimientos desde las escaleras; el corredor tenía puertas de madera similares y anónimas. Llegamos al cuarto 306 y golpeamos.

Respondió el mayor AV Kuzmin. Para mi sorpresa, era joven –29 o quizás 30 – y vestía un uniforme verde oliva del FSB. El hecho de que investigara el caso Berezovsky –en nombre de la Presidencia– sugería que estaba ascendiendo rápidamente. En su escritorio había una fotocopia a color de la tapa que The Guardian dedicó a Berezovsky. Me la arrojó. “¿Podría confirmar quién es usted?”, me preguntó.

“Luke Daniel Harding”, dije.

“¿Cuánto ha estado en Moscú?”.

“Tres meses”.

“¿Puede decirme en qué circunstancias tuvo lugar la entrevista con Berezovsky?”.

“Tuvo lugar en Londres”.

“¿Cómo lo sabe?”.

“Me lo dijo el departamento legal de The Guardian”.

Y así siguió. Al principio, parecía que no era realmente un interrogatorio, sino un procedimiento burocrático. Luego, comprendí que el objetivo no era descubrir la verdad, sino intimidarme. Kuzmin conocía las respuestas de antemano. Para entonces, el FSB había, aparentemente, entrado en mi departamento, interceptado mi teléfono y hackeado mi correo electrónico; no había mucho que pudiera sorprenderlos. Después de 55 minutos, Kuzmin declaró terminada nuestra entrevista. Firmé mi testimonio. Quería tomar algo, pero rechacé el agua mineral, temiendo –sin razón, estoy seguro—que pudiera haber sido adulterada con algo.

La presencia invisible del FSB continuó; la agencia se convirtió en una parte intangible de mi vida en Moscú –a veces en alta voz, a veces por lo bajo, con alguien en el cuarto trasero moviendo el volumen de la persecución hacia arriba y hacia abajo. Que alguien escuchaba mis llamadas se hacía claro casi todo el tiempo. Agentes del FSB cortaban la línea cada vez que mi conversación derivaba hacia áreas sensibles. Decir palabras como “Berezovsky” o “Litvinenko” implicaba el fin inmediato de la conversación. (Por un tiempo, reemplacé Berezovsky con la palabra “banana”. Sorprendentemente, parecía funcionar). Las discusiones sobre la política del Kremlin también terminaban mal, con el frustrante tuuut-tuut de la línea desconectada.

A principios de diciembre de 2007, concerté un encuentro con Olga Kryshtanovskaya, la  principal experta rusa en élites del Kremlin e investigadora del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias. Sentado en su living, calzando un par de sus pantuflas para visitantes, le pregunté sobre los métodos del FSB. Tenían una estación de escucha en algún lugar de Podmoskovi –los suburbios de Moscú–, dijo. Su existencia era un secreto de Estado. El FSB tenía un departamento especial dedicado a espiar a los diplomáticos extranjeros, añadió; probablemente, también tenía uno para vigilar a los periodistas extranjeros. Los encargados de las escuchas recibían órdenes de a quién escuchar. ¿No era un trabajo aburrido? “Lo que los sostiene es la idea de que están sirviendo a su país y derrotando a sus enemigos”, respondió. Aquellos que habían trabajado en la recolección de inteligencia –incluyendo a Putin y a Sergei Ivanov, el duro ex ministro de Defensa– tendían a ser más brillantes y flexibles. Los más fanáticos de línea dura venían de la contrainteligencia, sugirió, y los pintó como zombis. “Este gente fue educada en la Unión Soviética. Son super-aislacionistas. No conocen nada acerca de Occidente. Se los alimentó con propaganda para zombis y acabaron por ser fanáticos ortodoxos”.

La membresía de este, el más secreto de los clubes, ofrecía ciertos beneficios –beneficios que compensaban el relativamente irrisorio nivel de sueldos. “Si trabajás para el FSB, no tenés que preocuparte por la ley. Podés matar a alguien y no pasará nada”, indicó Kryshtanovskaya. Pregunté sobre el asesinato de Litvinenko. Altos oficiales le habían admitido en privado que el asesinato debió haber sido una operación del FSB, dijo ella. No tenían remordimientos por el blanco –un traidor a Rusia y alguien que merecía ser asesinado–, pero no les gustaba el modo chapucero y enredado en que se había ejecutado la operación.

Le devolví las pantuflas en el umbral. Ella me dio un consejo. “Tenga cuidado”, dijo. ¿Por qué? “Porque usted es un enemigo de Putin”, replicó, como si fuera una obviedad.

Para agosto de 2008 habíamos dejado Voikovskaya y nos habíamos mudado a una dacha de madera en la colonia artística de Sokol, en el noroeste de Moscú. La casa era un paraíso en medio de la locura de la ciudad: crecían lirios del valle cerca de nuestra puerta, enredaderas de Virginia cubrían la cerca de vallas. El ciclo de acoso del FSB aparentemente se había agotado. Y entonces, el 7 de agosto, estalló la guerra en Georgia. El detonante fue el enclave separatista de Osetia del Sur, manejado de hecho por Moscú y el FSB. Durante las siguientes tres semanas, reporté lo que había visto mientras las columnas rusas marchaban de la capital de Osetia del Sur, Tskhinvali, hacia Tbilisi. La desastrosa incursión del ejército georgiano en Tskhinvali había sido aplastada; lo que quedaba de las fuerzas del presidente Mikhail Saakashvili se retiró en forma caótica. En los pueblos de la frontera georgiana cercanos a Osetia del Sur, irregulares de ésta se lanzaron a arrasar y asesinar. Respaldados por el ejército ruso, mataron a civiles étnicamente georgianos (adolescentes primero), saquearon autos y muebles, e incendiaron casas. Era una limpieza étnica de siglo XXI, y así lo conté. Estas matanzas cometidas por aliados de los rusos no fueron reveladas dentro de Rusia. En cambio, la televisión controlada por el Estado celebró la largamente planeada invasión de Georgia como una operación de mantenimiento de la paz.

Cuando volví a Moscú, el humor hacia los periodistas occidentales era agrio y vengativo. El 25 de noviembre de 2008 tuve un encuentro poco feliz con Boris Shardakov, el funcionario de Cancillería responsable de la acreditación de los periodistas británicos. “¿Por qué se queda en el país?”, preguntó. “¿No teme su familia que si se queda le puede ocurrir algo desagradable?”. ¿Era una amenaza? Lo parecía.

Al mismo tiempo, el FSB retomó y aumentó su campaña de brutalidad. Las entradas en mi casa y mi departamento se hicieron numerosas. Llevé un registro.

29 de octubre-2 de noviembre de 2008. La ventana de arriba a la derecha de nuestro cuarto abierta. Cerrada cuando nos fuimos. Pilas sacadas del sistema de alarma en todos los cuartos de la casa.

8 de diciembre de 2008. Calefacción central desconectada. Timbrado que parece de un celular desde el piso de abajo en medio de la noche. No puedo encontrar la fuente. El timbrado continúa.

30 de enero de 2009. Entrada en la oficina de The Guardian. El fondo de pantalla que muestra a Phoebe y los chicos borrado de mi computadora. La pantalla bloqueada. El teclado limpiado. La puerta y el cerrojo duros.

3 de febrero de 2009. Email a la Embajada Británica regresa con el mensaje borrado y “NULL” escrito en él.

Para entonces estaba claro que los servicios de seguridad estaban preparados para continuar su campaña hasta que recibiera el mensaje y me fuera. Los allanamientos no carecían de humor. Una vez encontré un libro de bolsillo al lado de la cama que ofrecía consejos sobre cómo lograr mejores orgasmos.

El 30 de junio de 2010, el FSB entró en mi oficina de nuevo. Desconectaron Internet, abrieron la ventana y dejaron el teléfono descolgado, cerca de mi laptop. El mensaje era claro: todavía estamos aquí. Ese día había escrito un artículo sobre Anna Chapman, la espía que fue parte de una red de agentes “durmientes” rusos descubierta en los Estados Unidos. La visita noctura fue un recordatorio de que estaba, otra vez, cubriendo temas que el Kremlin considera fuera de los límites. La mayoría de los medios noticiosos en Rusia –incluyendo, pese a los esfuerzos de sus más valientes corresponsales, la BBC—obedece a una serie de reglas informales, todas las cuales había roto. Los temas tabú incluyen la corrupción en el Kremlin, las actividades de las agencias de inteligencia de Rusia y los abusos contra los derechos humanos cometidos por agencias federales y sus aliados locales en el atormentado Cáucaso Norte, y cualquier especulación sobre la fortuna personal de Putin, que algunas fuentes estiman en 40.000 millones. Cables diplomáticos norteamericanos afirmaron que hay “capitales secretos” en el exterior. Putin lo ha negado.

Mi visa y mi acreditación rusas vencieron el 27 de noviembre de 2010; como en años previos, había pedido su renovación a la Cancillería.

La llamada, el martes 2 de noviembre de 2010, resulta inesperada. Estoy en Londres, inmerso en la lectura de los cables secretos de WikiLeaks sobre Rusia. La Cancillería rusa me convoca a una reunión urgente. Rehúsan explicar sobre qué. Regreso a Rusia y el martes 16 de noviembre me presento al departamento de prensa del ministerio. Me dicen que rompí las reglas del permiso durante un tour de prensa de Greenpeace al Ártico ruso,13 meses antes, y durante una visita a Ingushetia en marzo de 2010. Como resultado, mi acreditación no será renovada. El FSB está detrás de la decisión. Señalo que otros periodistas de Reuters y AFP carecían del papeleo exigido en ambos viajes. Pregunto si el presidente Medvedev –aparentemente interesado en modernizar Rusia y atraer inversores extranjeros– está al tanto de mi expulsión. No hay respuestas a mis preguntas. Pero el comportamiento calmado de Oleg Churilov, cabeza del departamento de prensa, durante esta conversación me hace pensar que la orden de deportarme ha venido desde lo más alto. Le advierto que habrá un escándalo. No parece importarle.

Mis cuatro años en Rusia terminan, pues, de modo dramático: con una expulsión de manual, al estilo soviético. Soy el primer corresponsal occidental fijo en sufrir este destino desde el fin de la Guerra Fría. Estoy estupefacto. Pero mi expulsión no es, reflexiono, una sorpresa. Es algo que siempre he aceptado como una posibilidad real, aun si remota. Los corresponsales occidentales en Moscú se encuentran al menos una vez al mes en reuniones informales conocidas como el “hack pack”. Seis meses antes, una joven que hacía una práctica en la Cancillería apareció en el momento de los tragos. Cuando se le preguntó a cuál periodista odiaba más el ministerio, respondió sin pensar: “Hay un tipo llamado Luke Harding –realmente lo odian”.

Mi familia y yo reservamos pasajes para dejar Moscú el miércoles 24 de noviembre. Veinticuatro horas antes de nuestra partida, suena mi teléfono. Es Nikolai, el diplomático junior del departamento de prensa. “Señor Harding, tengo buenas noticias para usted”, dice. “Estamos dispuestos a darle una visa por seis meses, de modo que sus hijos puedan terminar la escuela”.

Parece que soy temporalmente no expulsado, antes de ser expulsado de nuevo.

Las razones son insondables. Podría ser una victoria pragmática de los liberales del Kremlin. También es posible que lo haya logrado la diplomacia británica. Es sólo más tarde que pienso que la vuelta tras puede haber sido el plan original. La decisión del FSB ha descalabrado nuestra vida familiar.

Phoebe, Tilly y Ruskin regresan a Rusia a principios de enero, de modo que los chicos puedan retomar la escuela; yo me quedo en Gran Bretaña a terminar un libro sobre WikiLeaks. En el medio, The Guardian publica cientos de artículos en base a los cables secretos del Departamento de Estado norteamericanos en los que se pinta a Rusia como un “Estado Mafioso”. No son una lectura alegre para el Kremlin. Mi firma está en esos artículos.

El sábado cinco de febrero, el vuelo 891 de British Midland hace su aproximación al aeropuerto internacional de Domodedovo, en Moscú. Siento un inconfundible hueco en el estómago. Al aterrizar, entrego mi baqueteado pasaporte británico. Un funcionario de la agencia de migraciones tipea mis datos. Llama a su jefe. Intercambian mirada y luego largan una risita avergonzada (He observado esto en otras ocasiones y me pregunto si algo pueril, algo burlonamente desagradable, está escrito en el sistema junto con mi nombre –¿el portador de este pasaporte la tiene chica?) Me dicen que me quede a un lado. El supervisor toma mi pasaporte. Unos minutos después, llega Nikolai, otro funcionario.

Antes de que pueda preguntar qué pasa, Nikolai lanza un breve discurso: “De acuerdo con el párrafo 27 de la ley federal rusa, se le rehúsa la entrada a la Federación Rusa”, dice. Por qué, pregunto. “Para usted, Rusia está cerrada”, responde.

Envío un mensaje de texto a Phoebe: “Estoy siendo deportado”. “NO”, responde. Le aseguro que no es una broma.

Nikolai me lleva de vuelta, a través del control, a la puerta número uno de la sala de partidas. Comprendo que estoy siendo enviado de regreso en el mismo vuelo de British Midland en que llegué.

La decisión del FSB de deportarme causa un pequeño escándalo internacional. Después de toda una carrera escribiendo las noticias, me convierto en noticia. Soy tema de debate en el parlamento. Me preocupo por mi familia, varada en Moscú.

Se vuelve evidente que la Cancillería rusa está totalmente despistada respecto de mi expulsión. Las fuentes protestan que ignoran la decisión del FSB de ponerme en una lista negra. El vocero de Putin, Dmitry Peskov, niega que el primer ministro tuviera nada que ver con ello. Quién, exactamente, tomó la decisión, es, pues, un misterio. Es, sin duda, algo embarazoso para las autoridades. Cuatro días después de mi deportación, la Cancillería rusa hace un extraordinario giro y me contacta para decir que puedo tener una visa. Exactamente una semana después de haber sido deportado, regreso. Mi acreditación expira el 31 de mayo de 2011, leo –así que la decisión de darme una nueva visa es sólo una salvada de cara temporal. En tres meses, cuando el escándalo sea olvidado, tengo que dejar Rusia de nuevo.

De regreso en nuestra dacha de Moscú y reunida después de más de un mes de separación, mi familia vota 3-1 en favor de irnos. Sólo Phoebe vota por quedarnos. Ha pasado cuatro años escribiendo sobre la otra Rusia. Mientras yo estaba inmerso en el sombrío mundo de la política del Kremlin, ella ha dado vueltas por Moscú bajo el cielo abierto.

De vuelta en Inglaterra, inmediatamente bloqueo mi puerta de entrada. En cafés y restaurantes, miro sobre mi hombro, al acecho de jóvenes que vistan trajes baratos y estrechos y zapatos marrones. Una vez, escucho voces en ruso afuera, en la calle, y me encuentro siguiendo a dos hombres. Pero, con el tiempo, parece que el viejo mundo se ha ido para siempre. Cuando regreso a casa, las puertas blancas del patio –cerradas cuando partí– siguen cerradas. Los objetos domésticos permanecen donde los dejé. Somos anónimos de nuevo. Y –creo—estamos a salvo.

***

El Nuevo libro de Luke Harding, “Mafia State: How One Reporter Became An Enemy Of The Brutal New Russia” (Estado Mafioso: Cómo un reportero se convirtió en enemigo de la nueva y brutal Rusia) será publicado el 29 de septiembre de 2011 por Guardian Books.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés. 

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