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A principios de los años noventa, comencé a viajar por todas partes para trabajar con aliados de otros países. Por entonces me enorgullecía de saber más sobre tráfico internacional de desechos que cualquier otra persona que no integrara mi equipo de Greenpeace.
Pero cuanto más viajaba, más advertía la enorme cantidad de cosas que no sabía ni comprendía.
Lo primero que me causó gran impresión fue la amplia gama de tareas que llevaban a cabo los activistas de la India, Indonesia, las Filipinas, Haití y Sudáfrica, por ejemplo. Conocí a muchísima gente que trabajaba en una mescolanza mayúscula de asuntos: agua, bosques, energía, e incluso la situación de las mujeres y el comercio internacional.
Al principio, di por sentado que mis colegas de otros países se veían obligados a abarcar una gran cantidad de asuntos porque el personal era escaso; me compadecía de ellos porque tenían que hacer tareas múltiples mientras yo me daba el lujo de dedicar toda mi atención a un solo problema.
Luego de un tiempo, tuve una revelación: todos esos temas estaban interrelacionados.Mientras desenmarañaba los hilos que llevaban de un tema a otro, comprendí que la cuestión de la basura –o cualquier otro problema particular, para el caso– no puede resolverse en aislamiento. La dedicación exclusiva a un asunto particular no me daba buenos resultados; por el contrario, retardaba mi capacidad de entender el contexto del problema, de ver el cuadro general.
Y así pasé de husmear en bolsas de basura a examinar los sistemas globales de producción y consumo de bienes manufacturados, o bien lo que los académicos llaman economía de los materiales. Comencé a trabajar cruzando una y otra vez la frontera entre dos disciplinas que para el mundo moderno no sólo están nítidamente separadas, sino también mal avenidas: el medio ambiente (o la ecología) y la economía.
El problema es que muchos ecologistas en realidad no quieren ocuparse de la economía. Los ecologistas tradicionales se dedican de lleno al adorable oso que está en peligro de extinción o a los majestuosos bosques de secuoyas o a las reservas naturales adonde van para olvidarse de cosas desagradables como la bolsa de valores.
Las especies en peligro de extinción y los lugares prístinos no tienen nada que ver con las estructuras de fijación de precios o los subsidios gubernamentales para la minería o los acuerdos de comercio internacional, ¿verdad? (¿Cómo? ¿Que tienen mucho que ver?) Por otra parte, los economistas clásicos sólo ven en el medio ambiente un conjunto ilimitado de materias primas baratas o gratuitas que sirven para abastecer el crecimiento de la economía. Ah, y también un lugar donde de vez en cuando aparecen latosos activistas que cuestionan la instalación de una nueva fábrica porque se les ocurrió proteger el hábitat de la musaraña del bosque.
Aquí, publicación de este texto en español
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September 16th, 2011 → 1:52 pm @ elpuercoespín
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