Muro de Berlín: el periodista, la fuente y la primicia

September 13th, 20111:17 pm @

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Puerta de Brandenburgo, 13 de agosto de 1961

***

Mañana del viernes 11 de agosto de 1961

A los 26 años, Adam Kellett-Long, de Reuters, era el único corresponsal occidental asentado en el Berlín Oriental comnista, y eso le quedaba bien. Una bandada de reporteros disputaban noticia a noticia en Berlín Occidental, pero él tenía Berlín Oriental para sí, por un arreglo a través del cual el gobierno de Alemania del Este pagaba sus cuentas a la agencia dándole oficina y acreditación. (El líder comunista germano oriental Walter) Ulbricht llamaba a Kellett-Long “mi pequeña sombra”, en reconocimiento de la constante presencia del periodista.

Aún así, la llamada al teléfono de la oficina de prensa de Alemania del Este aquella mañana resultaba inusual, urgiendo al joven reportero británico a que cubriera una sesión de emergencia en la Volkskammer (parlamento), en la Luisenstrasse, a las 10 am de ese viernes 11 de agosto. Usualmente, se salteaba las reuniones de la Volkskammer, porque que sus editores no eran proclives a publicar sus reportes sobre ellas. Pero si sus custodios de Alemania del Este estaban tan ansiosos de que asistiera, debía haber una razón.

El consejo aprobó ese día lo que Kellett-Long consideró una “enigmática resolución”: en su relato, indicó que los parlamentarios habían dado vía libre a algunas medidas que el gobierno de Alemania del Este deseaba aplicar a  la “vengativa” situación en Berlín (…)

Fuera del recinto de deliberaciones, Kellett-Long apuró a su fuente más confiable, Horst Sindermann, a cargo de las operaciones de propaganda del Partido Comunista. “¿Qué es todo esto”, le preguntó.

Sindermann fue menos comunicativo que de costumbre. Estudió al joven periodista inglés a través de los gruesos cristales de sus anteojos, sus mechones de cabello oscuro cruzados sobre su cabeza calva, y le dijo con tono medido, casi de negocios: “Si fuera vos, y estuviera planeando dejar Berlín este fin de semana, no  lo haría”. Enseguida, se esfumó entre la mutitud.

Kellett-Long recordaría después: “No podías tener un aviso más fuerte en un país comunista de que,  fuera lo que fuere, iba a pasar ese fin de semana”.

El reportero británico chequeó las últimas noticias difundidas, pero no encontró indicios. Sender Freies Berlin, la radio americana de Berlín Occidental, había reportado esa mañana otro récord de llegadas de germano orientales al campo de refugiados de Marienfeld. Kellett-Long había bromeado con su esposa que, según sus cálculos, Alemania del Este quedaría enteramente vacía para 1980.

La radio Deutschlandsender, de Berlín Oriental, no informó nada sobre refugiados esa mañana o sobre cualquier otra cosa que ayudara a Kellett-Long. En cambio, difundía una nota sobre el segundo hombre en orbitar la Tierra, el cosmonauta soviético Gherman Titov, quien había rodeado el globo diecisiete veces en 25 horas y 18 minutos antes de retornar a salvo. El logro fue “sin precedentes en la historia de la humanidad”, dijo la radio, y destacó que demostraba una superioridad socialista que el flujo de refugiados se empecinaba en contradecir.

En un esfuerzo adicional por seguir la pista de Sindermann, el reportero condujo hasta el Ostbahnof, la principal estación de Berlín Oriental para los arribos desde el resto de Alemania del Este, donde a menudo monitoreaba el movimiento de refugiados. El número de viajeros parecía mayor que el usual, pero más lo  impactó la fuerte presencia de policías uniformados y de civil.

La policía estaba actuando agresivamente con la multitud, reteniendo a docenas de viajeros al parecer al azar, liberando a unos y arrestando a otros. El británico anotó en su libreta: “una escalada en las operaciones de la policía”. Sin embargo, le pareció que las autoridades de Alemania del Este estaban perdiendo la batalla y tratando de contener un mar con las manos.

Volvió a su oficina y escribió una historia que hizo sonar campanillas en las redacciones de todo el mundo. “Berlín contiene su aliento en este soleado fin de semana”, escribió, “a la espera de drásticas medidas que eviten el flujo de refugiados hacia Berlín Occidental”. Apoyado en las insinuaciones de Sindermann, sostuvo que la respuesta de las autoridades sería “inminente”.

Era un lenguaje fuerte y pesimista, justo el tipo de reporte audaz que había hecho a Kennett-Long tan impopular entre sus superiores. Pero él estaba seguro del envío. Kellett-Long consideraba que había varias posibilidades para lo que podía pasar. Y las enumeraba para sus lectores: las autoridades de Alemania del Este podían endurecer sus controles sobre los viajeros. Podría imponerles severos castigos a los que arrestaran tratando de dejar el país. Otra historia, más grande todavía por supuesto, sería que los alemanes orientales cortaran todas las rutas.

Kellet-Long no podía imaginar esa última alternativa. En ese caso (razonaba), estaría escribiendo sobre una potencial guerra.

 

Grosser Döllnsee, Alemania del Este, 5 pm.

Walter Ulbricht aparecía extrañamente relajado ante los invitados de su fiesta, en los jardines de Grosser Döllnsee, a unas 25 millas de Berlín. El predio gubernamental de recepciones, conocido como “La casa entre abetos”, había sido alguna vez el coto de caza del comandante nazi de la Luftwaffe Hermann Göring, algo que los invitados de Ulbricht sabían pero no mencionaban.

La fiesta de Ulbricht tenía un doble propósito. Primero, ponía en cuarentena a funcionarios a los que más tarde involucraría en su operación, en un ambiente herméticamente sellado. Segundo, ejecutaba una maniobra de distracción. Algunas agencias de inteligencia occidentales que monitoreaban sus movimientos reportarían que el líder de Alemania del Este organizaba una fiesta de verano en su retiro de la campiña.

Sus propios invitados especulaban sobre por qué habían sido convocados. Algunos advirtieron una cantidad inusual de soldados y vehículos militares en los bosques vecinos a la residencia. Pero ninguno había alertado a los colaboradores de Ulbricht haciendo demasiadas preguntas.

El sol de agosto golpeaba mientras los invitados se reunían a la sombra de los abetos en la colina, junto a un tranquilo lago vecino. Para quienes permanecían dentro de la residencia, Ulbricht ofrecía un film, una popular comedia soviética con el título alemán Rette sich wer kann! (Cada hombre para sí mismo), sobre el caos a bordo de un carguero ruso que transportaba leones y tigres.

Sólo un puñado de invitados de Ulbricht sabía que a las 4 pm su jefe había firmado la orden que daba a (Erich) Honecker luz verde para poner en marcha la Operación Rosa. Junto a él, habían estado los principales actores de la cadena de mando: los miembros del Politburó Willi Stoph and Paul Verner, a cargo del gobierno; el ministro de Defensa, Heinz Hoffmann; el ministro de Seguridad del Estado, Erich Mielke; el ministro del Interior, Karl Maron; el ministro de Transporte, Erwin Kramer; el ministro adjunto del Interior, Fritz Eikemeier; y el presidente de la Policía del Pueblo, Horst Ende.

Parados junto a él, Honecker había informado a sus oficiales sobre sus misiones para esa tarde, y ninguno había presentado objeciones. Les entregó a cada uno sus instrucciones escritas, firmadas “Con saludos socialistas, E. Honecker”.

(…)

 

Berlín del Este, 7 pm.

El corresponsal de Reuters había creado semejante alboroto con su cable del viernes, en el que predecía un inminente acontecimiento en Berlín, que su editor de noticias, David Campbell, había volado hasta allí para seguir la historia en persona.

Temprano en la tarde de ese sábado, los dos hombres buscaban una confirmación de la aparente primicia de Kellett-Long. “Nos ponés en un lío aquí”, le dijo Campbell a su joven reportero. “Mejor que pase algo”.

Releyendo su historia, Kellett-Long se preguntaba si debía haber usado un lenguaje menos hiperbólico. Anduvo en auto con su editor por Berlín Oriental, buscando en vano la crisis que había vaticinado. Todo lo que veía era un hermoso día con piscinas llenas de gente y cafés colmados.

Quizás ocurriría  más tarde, dijo a su jefe.

(…)

 

Grosser Döllnsee, Alemania del Este, 10 pm.

Ulbricht observó su reloj. “Vamos a tener una pequeña reunión”, dijo a sus invitados.

Eran exactamente las 10 pm, tiempo de reunir a los invitados de su fiesta en una habitación, para hacerles el anuncio. Estaban cansados, satisfechos, listos para irse a casa, después de haber compartido con él más de seis horas. Más de uno estaba borracho o, al menos, entonado. Todos se reunieron obedientemente.

Ulbricht les informó entonces que la frontera entre Berlín Oriental y Berlín Occidental quedaría cerrada en tres horas. En un edicto impreso, que los ministros deberían aprobar, autorizaría a las fuerzas de seguridad germano orientales a poner “bajo debido control la frontera aún abierta entre las Europas socialista y capitalista”.

“Alle einverstanden?” (¿Todos de acuerdo?), preguntó Ulbricht, y tomó nota del silencioso asentimiento de la mayoría.

Luego les informó que no podrían abandonar la residencia de Döllnsee hasta que la operación estuviera en marcha para darle toda la seguridad necesaria. Pero –ofreció– había mucha comida y alcohol todavía por disfrutar.

Nadie protestó. Como le había dicho Ulbricht al embajador soviético Pervukhin días antes: “Comeremos juntos. Compartiré con ellos la decisión de cerrar la frontera, y estoy completamente convencido de que aprobarán la medida. Pero, sobre todo, no los dejaré ir hasta que la operación no esté completada”.

“Sicher ist Sicher”!, había dicho. Más vale prevenir que curar.

 

Oficina de Reuters, Berlín Oriental, 10 pm.

Kellett-Long estaba más preocupado por su carrera que por la suerte de Berlín.

Eran las diez de la noche en punto, y no tenía hechos adicionales que sostuvieran su historia sobre el decisivo fin de semana. Volvió a la estación Ostbahnhof para encontrar alguna inusual y buscar al vendedor que habitualmente le proveía la primera edición del Neues Deutschland, el diario del Partido Comunista, que solía tener noticias importantes.

Buscó ansiosamente entre sus páginas, sitiéndose “destrozado” por encontrar sólo noticias de rutina con “nada que sugiriera lo que estaba por ocurrir”.

Los editores londinenses de Kellett-Long, empujados por la demanda de los suscriptores de la agencia, lo presionaban para que enviara una historia que justificara su reporte anterior o lo desestimara. “No puedo así como así enterrar mi cabeza en la arena”, se dijo, mientras empezaba a escribir nuevos encabezados.

“Contrario a lo que se esperaba…”, tipeó primero.

“Contrario a lo que se esperaba… ¿qué?”, se preguntó.

“Qué aficionado que soy”, murmuró.

Arrancó la hoja de papel y la tiró. Envuelto en nervios, fumó un cigarrillo tras otro.

(…)

 

Oficina de Reuters, Berlín Oriental, 1 am del domingo 13 de agosto de 1961.

Poco antes de la 1 am, observó la teletipo de la agencia de noticias de Alemania del Este despedir su mensaje de buenas noches. Decidió empacar todo y pensar en un nuevo empleo en la mañana.

Justo entonces sonó su teléfono, y una voz que no reconoció le advirtió en alemán que no se fuera a dormir. A la 1.11 am, su teletipo volvió a la vida. Leyó un decreto de 10 mil palabras del Pacto de Varsovial. Luego, se frustraba, porque la impresora no iba tan rápido como él. El texto  hablaba de cómo “gente engañada”, es decir los refugiados, estaba siendo reclutada por espías y saboteadores. En respuesta, los estados miembros del Pacto de Varsovia se aseguraban de que “salvaguardas confiables y un control efectivo fueran establecidos en torno al entero territorio de Berlín”. La declaración confirmaba a los aliados de la OTAN que el Pacto de Varsovia no interferiría las  rutas de acceso a Berlín Occidental.

Kellett-Long corrió a su automóvil y manejó hacia la frontera para ver lo que estaba pasando. Fuera de una pareja abrazándose en un portal, vio sólo una ciudad desierta, según bajaba por la Schönhauser Allee, cerca de su propia casa; así que dio la vuelta por Unter den Linden hacia la Puerta de Brandeburgo.

Allí, un policía agitó una bandera roja para detener su automóvil.

“Me temo que no podrá ir más allá”, le explicó el policía, con tranquilidad. “Die Grenze ist geschlossen” (la frontera está cerrada).

Kellett-Long intentó regresar por Unter den Linden a su oficina para enviar su reporte, pero lo bloquearon en la plaza Marx-Engels, una plataforma importante para soldados germano orientales. Otro policía con una baliza roja bloqueaba el tráfico para que pudiera pasar un larguísimo convoy de vehículos cargados de policías y soldados de uniforme. Parecía que no terminaba nunca.

Corrió de vuelta a su oficina y envió un seco reporte que haría sonar los teletipos de las agencias de noticias alrededor de mundo. Fue fácil de escribir. “La frontera Este-Oeste fue cerrada hoy temprano…”. Y continuó con un reporte en primera persona:

“Hoy más temprano, me convertí en la primera persona en conducir un automóvil de Berlín Oriental a través de los cordones de la policía desde que comenzaron los controles de frontera, poco después de la medianoche… La Puerta de Brandeburgo, principal punto de cruce a través de las dos mitades de la ciudad, fue rodeada por la Policía de Alemania del Este, en algunos casos armada con subametralladoras, y miembros de los paramilitares ‘combatientes de fábrica’”.

Encendió la radio de Alemania del Este y escuchó que los locutores leían un decreto detrás de otro sobre las nuevas restricciones para viajar y cómo debían ser aplicadas. Envió nuevos reportes tan rápidamente como pudo. Le pareció  curioso que la radio de Alemania del Este difundiera música moderna, jazz del suave, entre uno y otro interminable decreto.

“Así que esto es todo lo que están haciendo…”, pensó para sí. “Sólo leyendo decretos y pasando buena música”.

De “Berlín 1961”, de Frederick Kempe, Editado por Putnam’ Sons, Nueva York, 2011.

 

 

 

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