En unas oficinas arrasadas de Trípoli, muchos de los archivos secretos de inteligencia de Libia yacen ahora a plena vista. Ayer por la tarde, con un par de representantes de Human Rights Watch, la organización de derechos humanos con sede en Nueva York, y unos cuantos colegas periodistas, pasé varias horas revisando papeles y carpetas y cajas en una oficia que había pertenecido a un alto funcionario del régimen de Gadafi. La oficina, ubicada en una villa custodiada por un puñado de combatientes rebeldes, está situada en una calle residencial detrás del Hotel Intercontinental de Trípoli, un corpulento y gris macizo de cemento todavía en construcción en la costanera de la ciudad.
La oficina fue alguna vez el dominio de Moussa Koussa, un veterano colaborador de Gadafi que huyó abruptamente del país en marzo pasado, a principios de la crisis libia. Se rumorea que lo hizo con ayuda de la agencia británica de inteligencia exterior MI6 (Koussa, de quien enseguida se dijo que estaba cooperando con la inteligencia británica y ayudando a coordinar las operaciones militares de la OTAN contra Gadafi, pasa ahora el tiempo en Doha). Koussa era canciller en el momento de su huida y había servido previamente como jefe de la Organización Externa de Inteligencia de Gadafi.
Encontrar pruebas de actividades encubiertas en un estado policial derrocado como Libia no es sorprendente en y por sí mismo. La oficina de Koussa no era la única que había sido abandonada antes de ser limpiada completamente. Estuve en otras cinco esta semana, incluyendo la oficina de contabilidad de la agencia de inteligencia, donde revisé los informes relacionados con delegaciones extranjeras, invitadas y pagadas por la inteligencia libia, hasta llegar a los recibos de tragos en el Hotel Corinthian de Trípoli, así como los registros de vigilancia. También había un recibo por la compra de doscientos camellos para Gadafi. Estaban allí para cualquiera que quisiera leerlos (incluyendo los que podían contener información falsa o plantada).
Lo inesperado fue hallar evidencia de que tanto agentes norteamericanos como británicos habían mantenido estrechas relaciones con los servicios de inteligencia de Gadafi –y, también, que habían dejado pruebas de esas relaciones, un rastro de cartas que, en algunos casos, comenzaban con el saludo íntimo y coloquial “Querido Moussa”.
Las cartas, encontradas en carpetas separadas con la etiqueta “C.I.A.” y “MI6”, detallan un patrón de cooperación sostenida entre la inteligencia libia y sus contrapartes norteamericana y británica durante la última década. Lo más fascinante es la narración de alianzas cambiantes, duplicidad y complicidad. La relación recomenzó después de la invasión de Irak, en 2003, cuando Gadafi se sinceró ante Occidente respecto de sus propios programas encubiertos para adquirir armas de destrucción masiva —que luego abandonó. Luego, parece haber evolucionado hacia una serie de operaciones estrechamente coordinadas contra sospechosos de terrorismo, algunos de ellos víctimas del controvertido programa de “entregas” de la C.I.A. Uno de los documentos de la CIA ofrece a las autoridades libias una lista de preguntas a plantear a un sospechoso libio que había entregado a estas para ser sometido a interrogatorio.
En un cuarto, había una pared llena de cajas con documentos referidos a muchos países del mundo —de Cuba a Mauritania—y también una serie de sobres fechados que contenían grabaciones de líneas telefónicas intervenidas. Casetes etiquetados con los nombres de las embajadas de Corea del Sur, Japón y España parecían mostrar que la inteligencia libia grababa rutinariamente las llamadas diplomáticas.
En una serie de conversaciones telefónicas que escuché, realizadas en la embajada española en Trípoli en febrero de 2010, por ejemplo, los diplomáticos españoles discutían con ansiedad las potenciales repercusiones diplomáticas del rumor en boga de que a ciento ochenta libios –incluyendo miembros de la familia Gadafi— se les prohibiría viajar a la Unión Europea; los diplomáticos españoles temían que pudiera haber represalias contra los estados de la Unión. Más específicamente, se preguntaban si un alto ejecutivo petrolero español de REPSOL, que estaba en camino a Libia, tendría problemas a su llegada.
En la oficina personal de Moussa Koussa había una caja fuerte que había sido forzada y papeles por todas partes. En medio del desorden había un juego de ganzúas, varios paquetes de té de jengibre y una caja de medicamentos Adalat LA para la hipertensión y el corazón. También tenía archivos de tarjetas que mostraban que había recibido visitas de un amplio rango de funcionarios internacionales –norteamericanos, británicos, europeos, canadienses, malayos, españoles e indios–, muchos de ellos involucrados, como él, en asuntos de inteligencia. Había tarjetas de una cantidad de funcionarios norteamericanos que trabajaban en las embajadas en Addis Abeba y Arabia Saudita, y del Departamento de Estado. La biblioteca de Koussa mostraba un interés, sobre todo, en el espionaje internacional y política. Entre los títulos: “Mi Vida”, de Bill Clinton; el libro de Carl Bernstein sobre Hillary Clinton, “A Woman in Charge” (Una mujer al mando); “Shopping for Bombs” –un libro acerca de la red dedicada a la bomba nuclear del científico atómico A.Q. Khan; “Les Services Secrets Chinois”; y un gran tomo titulado “The Defense of the Realm: The Authorised History of MI5” (La Defensa del Reino: La Historia Autorizada de MI5”), de Christopher Andrews.
También había varias cajas que contenían la transcripción de interrogatorios a Abdel Hakim Belhaj, un ex líder del Grupo Islámico Combatiente de Libia, una organización islamista anti-Gadafi, que fue arrestado en Malasia en 2004; entregado a Tailandia, donde fue mantenido en prisión e interrogado por la CIA; y eventualmente enviado de regreso a Libia, donde pasó seis años en prisión. En un curioso giro de la historia, Belhaj ha surgido como un líder prominente de la rebelión anti-Gadafi. Pocos días atrás, fue nombrado comandante militar de Trípoli por el Consejo Nacional de Transición, el nuevo proto-gobierno apoyado por la OTAN. El 1 de septiembre (de 2011), Gadafi difundió un llamado telefónico grabado: “Tenemos que luchar. Hay muchas tribus que prosiguen la lucha. No habrá rendición ni paz con las ratas”. Era el aniversario 42 de su propia revolución; Muammar Qaddafi era, ahora, el insurgente en fuga.




September 4th, 2011 → 11:36 am @ elpuercoespín
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