Libia: las jaulas de Saadi y los enigmas de la revolución, por Jon Lee Anderson

31 agosto, 2011

Con cada día que pasa, en múltiples formas, los rebeldes de Libia, que penetraron en Trípoli poco más de una semana atrás, han estado llenando el vacío dejado por el fugitivo Hermano Líder, Muammar Gadafi, y su entorno.

En una villa frente al mar antes propiedad de Saadi, hijo de Gadafi, había tomado su asiento un contingente de rebeldes de la ciudad de Misrata. Pedí ser admitido; había oído sobre unas celdas tipo jaula en el jardín de la villa, donde se decía que Saadi había encerrado, a veces, a invitados recalcitrantes. El oficial rebelde que vino a la puerta dijo: “Debe ser un sitio diferente –no hay esas celdas aquí”. La villa era ahora una base militar, indicó, y vedada a gente como yo. Pero me dejó pasar la puerta exterior para contemplarla desde una corta distancia.

A la sombra de un gran garage, varios combatientes descansaban en reposeras. Uno de ellos, un hombre barbado y entrecano que vestía ropa de fajina verde oliva, estaba hojeando lentamente un coffe-table book (libro de mesa) lleno de fotografías de joyas caras, muy al estilo de un millonario que revisa la selección de chucherías para dar a su mujer o amante. El rebelde levantó la vista, y como si se justificara, apuntó lo obvio: el libro era de Saadi. Más allá de donde estábamos, la pared interior del garage vacío estaba cubierta con un mural pintado en forma descuidada, que retrataba a un Lamborghini Amarillo con la palabra “Invidius” al lado. Un joven combatiente con boina roja observó: “el auto de Saadi”. Había desaparecido, junto con Saadi y otros miembros de la familia Gadafi, para cuando llegaron. El rebelde añadió: “Maldito cagón”.

El rebelde a cargo de la villa de Saadi me andaba cerca; después de uno o dos minutos, me pidió que me fuera (Más tarde, un colega que había visitado la villa previamente me contó que las celdas de Saadi estaban ubicadas más allá del garaje, justo fuera de mi vista. Era posible, supongo, que las celdas estuvieran de nuevo en uso). Dijo que él y sus camaradas estaban en alerta, esperando a ver qué ocurriría el jueves primero de septiembre, el aniversario 42 de la Revolución Verde de Gadafi. Pocos días atrás, la voz de Gadafi, en una grabación por teléfono, prometió a los libios una sorpresa para ese día. “Veremos”, dijo el comandante rebelde. “Si nada ocurre, nos volveremos a casa y usted puede regresar y echar un vistazo”.

De tal modo, hay todavía un nerviosismo en la ciudad y alrededores, y mucho en marcha, aparentemente, fuera de la vista, porque, por supuesto, la guerra –o la transición del viejo orden al nuevo—no está, realmente, acabada. Los prisioneros, incluyendo a unos “mercenarios” africanos de aire infeliz, languidecen en una profusión de prisiones de trastienda en la ciudad. En uno de tales lugares encontré unas dos docenas de hombres de países como Chad y Níger que iban de los 16 a los 60 años, algunos de ellos con rostros golpeados y heridas vendadas. Era difícil saber si eran combatientes profesionales o meros trabajadores migrantes que habían sido reclutados a la fuerza por el viejo régimen —ambas circunstancias se han dado en el conflicto libio. Sus carceleros –los rebeldes–, concientes de las acusaciones en los medios de pasados abusos a prisioneros de sus fuerzas, se esforzaron por proclamar que los estaban tratando bien. Era imposible, sin embargo, saberlo con certeza.

Hay también ciudades y pueblos periféricos donde los rebeldes todavía no han confrontado al ancien régime, y batallas, presumiblemente, todavía por librar. En toda Libia, incontables fieles a Gadafi se han metido bajo tierra; algunos pueden tener la esperanza de desaparecer, mientras que otros pueden estar planeando alguna represalia. Los próximos días dirán si esto es meramente la fase de limpieza de una revolución victoriosa o el comienzo de un nuevo conflicto en el que, como en el Irak post-Saddam, los restos del viejo establishment militar y de inteligencia se convierte en insurgente.

Ayer, el último día del Ramadán, las tiendas y unos pocos cafés reabrieron en la ciudad; los voluntarios estaban ocupados barriendo las pilas de basura acumulada que habían vuelto a Trípoli un lugar fétido apenas unos días antes. Ya no estaban los cuerpos de los hombres ejecutados por ambos lados durante los días caóticos de la semana pasada, cuando Trípoli fue tomada; sus restos habían sido levantados de las calles, remolcados y enterrados. Aquí y allá persistía el hedor de la muerte, sin embargo, y los civiles –turistas de guerra—posaban para fotografías junto a vehículos quemados o tanques sobre rotondas cuarteadas en las que se habían librado batallas. Pero, sobre todo, la atmósfera es la de una ciudad que regresa a algo como la normalidad: policías de tránsito de uniforme blanco estaban de nuevo en las calles del centro. En un barrio tenso vecino al aeropuerto, donde días atrás los fieles a Gadafi habían permanecido activos, había ahora bloqueos controlados por los rebeldes. Las efigies de Gadafi, como cómicos espantapájaros, habían brotado en tachos de basura en toda la ciudad o colgaban de cables eléctricos y semáforos.

Después de medianoche, miles de civiles y rebeldes se concentraron en la Plaza Verde –ahora rebautizada Plaza del Mártir–, fuera de la Ciudad Vieja, para cantar canciones revolucionarias, celebrar, festejar. En hileras de columnas blanqueadas que flanquean la plaza, artistas de graffiti ya estaban pintando el arte para profanar y denigrar al líder depuesto: Gadafi como perro, como rata, su cara saliendo de un inodoro. “Sharfufa”, decía el graffiti pintado a spray en árabe, que significaba solo “Pelos parados”, una referencia al peinado tupido y descuidado de Gadafi —una fuente de amplio desprecio entre los libios comunes, asiduamente bien acicalados. Los civiles que nunca habían soñado que verían tales imágenes en público contemplaban en un silencio absorto, todavía sin atreverse a reír en voz alta.

Sobre el escenario, Ali Tarhouni, un exiliado libio que regresó a principios de este año para unirse a los líderes rebeldes después de tres décadas en los Estados Unidos —y quien, más temprano este día, había sido nominado segundo del primer ministro del Consejo Nacional de Transición— saludó a la multitud y preguntó, repetidamente, despertando cada vez más festejos, “¿Dónde está Gadafi ahora?”. A pesar del nuevo edicto para que los combatientes no disparen sus armas al aire cuando celebran (hay personas heridas por las balas al caer), los hombres, incapaces de contener su excitación, disparaban hacia el cielo.

Una mujer caminaba por allí con un gran retrato enmarcado, en blanco y negro, de su difunto marido, un oficial del ejército que se había unido a un movimiento militar que se había opuesto a Gadafi y había sido ejecutado por su temeridad en 1977. Flanqueada por sus dos hijas ya crecidas –que habían tenido uno y tres años, respectivamente, en el momento de su muerte–, abrazaba el retrato de su esposo con ambos brazos y contaba su historia. Sonriendo ampliamente y con una voz llena de felicidad, decía que a él le habría encantado ver llegar este día. Y exclamaba, una y otra vez: “Al hamdulillah”, que significa, aproximadamente, “Gloria a Dios”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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