Literatura y vida: Oscar Wilde era el retrato de Dorian Gray, por Alex Ross

August 20th, 20115:52 pm @

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Oscar Wilde no era un hombre que viviera con miedo, pero las primeras críticas de “El retrato de Dorian Gray” deben haberlo inquietado. La historia sobre un hombre que nunca envejece mientras su retrato se vuelve decrépito apareció por primera vez en el ejemplar de julio de 1890 de la revista de Filadelfia, con distribución inglesa, Lippincott’s. El Daily Chronicle de Londres calificó el relato como “sucio”, “venenoso” y “cargado de olores pestilentes de putrefacción moral y espiritual”. El St. James Gazette lo consideró “desagradable” y “nauseabundo”, y sugirió que el Tesoro o la Sociedad de Vigilancia deberían procesar al autor. Más ominoso fue un breve aviso en el Scots Observer que afirmó que aunque “Dorian Gray” era una obra de calidad literaria, trataba sobre “temas sólo adecuados para el departamento de Investigación Criminal o una sesión ante la Corte” y sería de interés mayormente para “nobles forajidos y telegrafistas pervertidos” –una alusión al reciente escándalo de Cleveland Street, que había dejado al descubierto un prostíbulo masculino en Londres. Cinco años más tarde, Wilde se vio condenado por “cometer actos de ultraje contra la moral pública con ciertas personas masculinas”.

El furor no era sorprendente: ninguna obra en la cultura establecida del idioma inglés ha estado tan cerca de pronunciar el deseo homosexual. Las páginas iniciales dejan pocas dudas de que Basil Hallward, el pintor del retrato de Dorian, está enamorado de su sujeto. Cuando Dorian descubre sus poderes divinos, lleva adelante varios actos atroces, incluyendo asesinato,pero para la sensibilidad victoriana su acto más nefasto hubiera sido su corrupción de una serie de jóvenes. (Basil dice a Dorian: “Estaba ese pobre muchacho en la Guardia que se suicidó. Eras su gran amigo. Estaba Sir Henry Ashton, que debió abandonar Inglaterra con el nombre manchado. Ustedes eran inseparables”), En los juicios contra Wilde de 1895, los abogados de la acusación leyeron en voz alta partes de “Dorian Gray”, calificándolo como un “libro sodomita”. Wilde fue a prisión no porque amara a hombres jóvenes sino porque hacía alarde de ese amor, y “Dorian Gray” se convirtió en la principal evidencia de esa actitud desvergonzada.

Wilde murió en 1900, en un destartalado hotel de París, a los 46 años. Casi de la noche a la mañana, nació una leyenda: Wilde, el martir homosexual; Wilde, el rebelde moral. Un naciente movimiento por los derechos de los gays lo adoptó como un héroe desafiante. Cuando, en 1967, Craig Rodwell inauguró una librería gay y lesbiana en New York, la llamó la Oscar Wilde Memorial Bookshop, y, luego de los disturbios de Stonewall de 1969, usó la lista de correos de la librería para ayudar a organizar la primera marcha de orgullo gay. Tan recientemente como los tardíos años 80, todavía se podía encontrar jóvenes lectores que lidiaban con su sexualidad mediante la lectura de Wilde. (Por lo menos, podían encontrame a mí). Sea que Wilde se viera o no como parte de una causa, no le faltó coraje. Las múltiples versiones de “Dorian Gray” –el manuscrito más temprano que ha sobrevivido, que está en la Morgan Library; el manuscrito tipeado enviado a Lippincott’s, que Harvard University Press acaba de hacer disponible en una edición “sin censura”; el texto publicado en Lippincott’s; y la versión ampliada en libro de 1891—muestran a Wilde decidiendo, oración por oración, cuán lejos iba a llegar.

La Wilde Bookshop cerró en 2009, una víctima no sólo de la decadencia del negocio de la venta de libros sino del triunfo parcial de la misión de Rodwell. En muchas grandes ciudades, al menos, los gays y las lesbianas ya no parecen necesitar un lugar seguro con forma de local comercial. Y ya no parecen necesitar al tragicómico Oscar; los jóvenes gays de hoy pueden deleitarse con el ingenio y la sabiduría de Neil Patrick Harris. Todo lo que deja a Wilde en un interesante limbo. ¿Qué significará dentro un tiempo, tal vez no muy lejano, cuando la homosexualidad haya dejado de ser un tema incómodo de conversación?

“Al mundo le parezco, y esa es mi intención, nada más que un diletante y un dandy; no es prudente mostrarle al mundo el propio corazón”, escribió Wilde. No deberíamos asumir que su corazón nos fue mostrado cuando se convirtió en un ícono gay, o cuando fue canonizado, en círculos bohemios más amplios, como el santo patrón del “Sé tú mismo”. (La frase aparece en el ensayo “El Alma del Hombre Bajo el Socialismo”, de 1891). El esteticismo de Wilde, su culto fanático a la belleza, fueron las más profundas y durareras de sus pasiones, y son ahora su aspecto más radical. Tal vez únicamente la amenaza de una persecusión evitó que Wilde expresara su sexualidad libremente en su literatura; pero puede ser que haya quedado preso también del conflicto moderno de habitar una identidad sin ser definido por ella. El espantoso final de “Dorian Gray” –Dorian apuñalando su retrato frenéticamente —muestra a un hombre perdiendo una pelea con su imagen pública.

Las dos biografías importantes más recientes de Wilde son “Built of Books: How Reading Defined the Life of Oscar Wilde” (Hecho de Libros: Cómo la Lectura Definió la Vida de Oscar Wilde), de Thomas Wright, aparecida en 2008, y “The Secret Life of Oscar Wilde: An Intimate Biography” (La Vida Secreta de Oscar Wilde: Un Biografía Intima), de Neil McKenna, que salió en 2005. Presentan retratos tan contradictorios que es casi cómico. El Wilde de Wright es un intelectual soñador que raramente se aventura fuera del reino literario. Se nos dice que sus padres –el cirujano de ojos y oídos William Wilde y la poetisa Jane Francesca Wilde, que escribió bajo el seudónimo Speranza—acumulaba montañas de libros en su casa, en Dublin, y que el joven Oscar solía leer en la cama, su mente embelesada por cuentos populares irlandeses, poemas románticos y novelas góticas. Wright sugiere incluso que Wilde descubrió su sexualidad en las páginas de Platón. “¿Fue un caso de educación literaria por sobre la naturaleza biológica?, pregunta Wright, como si Wilde no hubiera encontrado atractivos a otros muchachos si el filósofo no hubiera plantado la idea en su cabeza. En este relato, la peor humillación para Wilde no fue el día de su arresto, el 5 de abril de 1895, sino unas semanas más tarde cuando su biblioteca fue rematada.

El Wilde de McKenna, por contraste, es un ser fuertemente sexual que lee para encontrar un lenguaje para su deseo y escribe para pronunciar ese deseo en voz alta. Es saludado como un “mártir en una lucha épica por la libertad de los hombres de amar a otros hombres”. McKenna rechaza la idea, expuesta en biografías anteriores, de que Wilde no tuvo una vida gay hasta poco después de los treinta años, cuando conoció a Robert Ross, un adolescente canadiense con una precoz conciencia de sí mismo, en Oxford. De hecho, algunos de los poemas de juventud de Wilde destilan homoerotismo –“Y me miró con deseo / Y sé que su nombre era Amor”—y su temprana amistad con el pintor Frank Miles, entre otros, tenía un tinte sexual. Pero McKenna interpreta demasiado en base a una evidencia escasa. Es un escritor de la escuela del “casi con seguridad”, y retacea el material que niega su tesis. (No menciona que Miles se sentía notoriamente atraído por las chicas muy jóvenes). Capítulos posteriores se basan en las dudosas memorias de Edmund Trelawny Backhouse, un falsificador y fantaseador, que aseguró que tenía conocimiento carnal no sólo de los protagonistas del caso Wilde sino de Paul Verlaine y la emperatriz china Dowager. Mc Kenna, al obsesionarse con la vida sexual de Wilde, arriba a un retrato curiosamente poco halagüeno. Aprovechándose de jóvenes  admiradores literarios, pagando a muchachos prostitutos, levantándose chicos desde los 15 años, Wilde es despojado de su encanto.

Leer a Wright y a McKenna en sucesión como ver una foto cambiar frente a los propios ojos: un ratón de biblioteca se convierte en un adicto al sexo. Sin embargo, no hay una verdadera contradicción; incontables vidas literarias han virado del trabajo monacal al placer ciego. El propio Wilde sintió por primera vez esta escisión mientras estudiaba en Oxford, en los 1870. En el poema “Hélas!” publicado en 1881, imagina con añoranza una vida de “control austero”, en el que “osé pisar/ las alturas soleadas y de las disonancias de la vida/ logré claros acordes para llegar al oído de Dios.” Pero saborea “la miel del romance” y pierde el equilibrio.

Dieciseis años más tarde, Wilde trazó el mismo arco descendente en “De Profundis”, la devastadora carta del largo de un libro que escribió en prisión a Alfred Douglas, su ex amante: “Cansado de las alturas, fui deliberadamente a las profundidades en busca de nuevas sensaciones“. Nunca encuentra el punto medio entre esos extremos, aunque lo vislumbra. “Todo exceso, así como toda renuncia, conlleva su propio castigo”, dijo, resumiendo “Dorian Gray”.

Epigramas de este estilo fueron la base de la fama de Wilde, y siguen siéndolo. Suele ser visto como el padrino de la cultura de las celebridades, porque desde el comienzo fue conocido por ser Oscar Wilde. Aún en sus días en Oxford, sus dichos ingeniosos superaban las paredes de la universidad.  (Su primer golpe: “Cada día me cuesta más estar a la altura de mi porcelana azul”.) Al instalarse en Londres en 1879, adoptó las vulgares poses neorenacentistas que inspiraron docenas de caricaturas de la revista Punch () y dos personajes de Patience de Gilbert y Sullivan. Durante su tour de presentaciones norteamericanas de 1882, mantuvo la actitud de un exquisito, tolerando los abucheos de estudiantes universitarios y disfrutando la inesperada admiración de mineros de Colorado. De regreso en Inglaterra, volvió a dar que hablar por un giro hacia lo doméstico, al casarse con Constance Lloyd y tener dos hijos. Sólo con la publicación de “El Príncipe Feliz y otros cuentos”, en 1888, su producción literaria se puso a la altura de su fama. Con esa publicación comenzó la fase más intensa de su carrera. Su ingenio se hizo más filoso: la celebridad se convirtió en un vehículo de subversión.

Las fábulas están bien surtidas de paradojas deliciosas, y, sin embargo, están rodeadas de extrañeza y de tristeza. “El niño estrella” termina con la oración “Y el que vino después de él gobernó con maldad”. Son cuentos de amor imposible: un pescador enamorado de una sirena, una estatua de una golondrina. Los padres victorianos que leyeron los cuentos a sus niños deben haber tropezado en los momentos más juguetones, como cuando el personaje que da el título a “El joven rey” aprieta sus labios contra la estatua de Antinous, el esclavo masculino de Hadrian. Wilde revela la complejidad y el sufrimiento humanos detrás de las superficies lujosas que convocó con tanta facilidad en ondulada prosa irlandesa. El Joven rey está consternado al descubrir que sus súbditos han trabajado con dureza –incluso muerto—para fabricar sus ropajes dorados, pero cuando intenta adquirir una actitud más humilde el reino se rebela en su contra.

Wilde nunca fue un radical manifiesto en el modo de George Bernard Shaw, pero los ensayos imperiosos que publicó entre 1889 y 1891 –“La verdad sobre las máscaras”, “Pluma, lápiz y veneno”, “La decadencia de la mentira”, “El crítico artista”, y “El alma del hombre bajo el socialismo”—cavaron túneles bajo los cimientos morales de la Inglaterra victoriana. Los artistas son trazados como forajidos (“No hay en lo escencial incongruencias entre el crimen y la cultura”), proveedores de ideas peligrosas (mejor resistir “ese sistema espléndido que eleva (a los hombres) a la dignidad de las máquinas”), contadores de maravillosas mentiras que reemplazas las verdaderas sosas, y antinomianos empedernidos, que rechazan “las superficiales doctrinas de cualquier escuela o secta”. En “El alma del hombre”, Wilde imagina una revolución que barrerá con todos los filistinos de clase media. Los avances tecnológicos, predice, liberarán incluso a las clases trabajadoras, asegurándoles unas vidas de ensueño estético. La vaga lógica económica del argumento es un pretexto para Wilde para descargar su furia sobre una audiencia que lo trató como un divertimento menor:

The public make use of the classics of a country as a means of checking the progress of Art. They degrade the classics into authorities. They use them as bludgeons for preventing the free expression of Beauty in new forms. They are always asking a writer why he does not write like somebody else, or a painter why he does not paint like somebody else, quite oblivious of the fact that if either of them did anything of the kind he would cease to be an artist. A fresh mode of Beauty is absolutely distasteful to them, and whenever it appears they get so angry and bewildered that they always use two stupid expressions—one is that the work of art is grossly unintelligible; the other, that the work of art is grossly immoral. What they mean by these words seems to me to be this. When they say a work is grossly unintelligible, they mean that the artist has said or made a beautiful thing that is new; when they describe a work as grossly immoral, they mean that the artist has said or made a beautiful thing that is true.

Esta filípica anticipa la retórica del modernismo. Yeats y Joyce, en especial, sentían una fuerte conexión con su precursor irlandés. Yeats, quien creía que Wilde hubiese sido un gran soldado o político, lo elogió por lanzar “una extravagente cruzada céltica contra la estupidez anglosajona”. Joyce, evidentemente, tomó de los juicios de 1895 para crear la persecusión alucinógena de Leopold Bloom en el capítulo “Circe” del “Ulysses”.

La tensión homosexual en la obra de Wilde es parte de una guerra contra la convención que la excede. En el cuento de 1889 “El retrato del Sr. W.H.”, una investigación seudo-académica, metaficcional, sobre los sonetos a un muchacho de Shakespeare, Wilde sugiere solapadamente que el pilar de la literatura británica no era un ordinario hombre de familia. En la obra “Salomé”, de 1891, Wilde convierte una anécdota bíblica en un suntuoso panorama de decadencia. Anarquistas de fin de siglo, especialmente en Alemania, consideraron a Wilde como uno de ellos: Gustav Landauer saludó a Wilde como el Nietzsche inglés.

Thomas Mann amplió la analogía al observar que varias frases de Wilde podrían haber salido de Nietzsche (“No hay realidad en las cosas más allá de sus experiencias”) y que varias frases de Nietzsche podrían haber salido de Wilde (“Nos sentimos inclinados a sostener que los juicios más falsos son los que nos resultan más indispensables”). Nietzsche y Wilde eran, en  opinión de Mann, “rebeldes en nombre de la belleza”.

A comienzos de 1982, Wilde obtuvo un gran éxito teatral con “El abanico de Lady Windermere”, y hasta que fue a prisión se limitó a la comedia social. La agenda subversiva permaneció: Richard Le Gallienne propuso, convincentemente, que Wilde “hizo morir de risa de sí mismo al agonizante victorianismo, y puede decirse que murió de la risa”. Pero la creciente virtuosidad de la técnica dramática de Wilde ocultaba un debilitamiento de su impulso creativo; escribía las obras en medio de largos períodos de inactividad y dependía intermitentemente de viejas frases. “La importancia de llamarse Ernesto”, tan brillante como es, amenaza con convertirse en una colección de los más grandes éxitos. Wilde culpó más tarde a las distracciones de Alfred Douglas por la disminución de su productividad después de 1892; su affair comenzó ese año, después de que Wilde pagara a un chantajista para ayudar a Douglas.

Luego de leer los nuevos libros sobre Wilde, regresé a la biografía de Richard Ellmann de 1988, la cual, pese a algunos errores y excentricidades, todavía domina el terreno. Ellmann brinda el supremo servicio de tomarse en serio a Wilde, primero como escritor y segundo como personalidad. Da con el moralismo anárquico de Wilde, su tono de predicador marginado. “Sus obras creativas casi siempre culminan en el desenmascaramiento”, escribe Ellmann. “La mano que ajusta el clavel verde súbitamente sacude un dedo admonitorio”. Ellman explica mejor que cualquier otro cronista por qué en 1895 Wilde eligió enfrentar a sus acusadores en lugar de escapar al continente. No fue un acto de martirio, o de arrogancia o de autoengaño, sino, más bien, un ejercio de consistencia intelectual. Ellmann escribe que “se sometió a la sociedad a la que había criticado, y así ganó el derecho a criticarla más”.

Dorian Gray emergió de la misma cena que aseguró a Sherlock Holmes la inmortalidad. Wilde y Arthur Conan Doyle cenaron juntos en Londres en Agosto, 1889, como invitados de Joseph Marshall Stoddart, el editor de Lippincott’s. Doyle, como mucho otros, terminó deslumbrado por Wilde. “Se elevaba por encima de todos nosotros, y al mismo tiempo lograba parecer interesado por todo lo que decíamos”, recordó Doyle. Más adelante en ese año, Doyle envió a Lippincott’s su segundo cuento sobre Holmes, “The Sign of Four”, otorgando al gran detective algunos rasgos wilderianos. (Uno puede imaginarse a Wilde diciendo: “Aborrezco la sosa rutina de la existencia. Muero por algo de exaltación mental”). Wilde, por su parte, puede haber tomado algunos trucos del creador de Holmes: partes de “Dorian Gray” son tan truculentas como un procedimiento policial.

La primavera pasada pasé algunas horas revisando el manuscrito autografiado de “Dorian Gray” en la Morgan Library. Cuando Dorian intenta destruir su retrato, el manuscrito lo muestra “haciendo pedazos la cosa”; Wilde luego agrega la frase “de arriba a abajo”. Nicholas Frankel, el editor de la nueva edición de Harvard de “Dorian Gray”, señala que el gesto de evisceración evoca a Jack el Destripador, cuyos crímenes habían llenado los diarios dos años antes.

El cuento original publicado en la revista, de unas cincuenta mil palabras, contiene todos los elementos familiares de la versión en forma de libro, que es el que la mayoría de la gente conoce. Lord Henry, un esteta mefistosfélico que parece ser el vocero de Wilde, visita el estudio de su amigo Basil Hallward y se fascina por un cuadro que se exhibe allí. Basil confiesa su atracción por el modelo del cuadro. Cuando Dorian entra, Lord Henry lo seduce intelectualmente con una filosofía del hedonismo. (“La única manera de liberarse de una tentación es sucumbir a ella”.) Dorian, entristecido por la idea de que debe envejecer mientras su retrato permanece igual, quisiera que lo contrario ocurriera. Una magia como de cuento de hadas se apodera de la escena. Dorian se enamora de una joven y talentosa actriz llamada Sibyl Vane, y la arroja a un costado cuando decide que la alegría del amor ha vuelto banal su arte. Ella se suicida. El rostro en el retrato adquiere un aspecto cruel. Mientras Dorian se regodea en el libertinaje, Basil fisgonea en su vida secreta y se pregunta sobre el estado de su alma. Dorian, que ha escondido el retrato en su ático, muestra a Basil el rostro ahora espantoso y lo mata. Cruzan su mente pensamientos de arrepentimiento, pero decide borrar el único registro que queda de sus crímenes: el retrato. Cuando lo apuñala, cae muerto, su rostro deformada hasta lo irreconocible. En el mismo momento, el retrato recupera su belleza.

En el manuscrito de la Morgan, la mano de Wilde fluye con confianza, como si tomara dictado, pero la apariencia de fluencia puede ser engañosa: el autógrafo es probablemente una copia de un borrador anterior que ha desaparecido. Aunque Wilde es celebrado como el mayor conversador de los tiempos modernos, editaba su prosa con meticulosidad. Los párrafos iniciales, que describen el estudio de Basil, son una obra maestra de la evocación precisa, y los cambios manuscritos de Wilde agudizan aún más las imágenes. En un pasaje que compara el “sordo estrépito de Londres” con el “bordón de un órgano”. Wilde inserta la palabra “distante” antes de “órgano”, agregando un tinte de remoto pavor religioso.

Al mismo tiempo, las revisiones de Wilde al diálogo inicial entre Basil y Lord Henry descubren una creciente ansiedad, una urgencia por bajar la temperatura emocional. Exclamaciones sobre la belleza de Dorian dan lugar a observaciones más reservadas sobre su “buen aspecto” y “personalidad”. “Pasión” se convierte en “sentimiento”, “dolor” se vuelve “perplejidad”. El lápiz de Wilde evita que Basil mencione la vez que Dorian rozó su mejilla y que anuncie que “el mundo se vuelve joven para mí cuando sostengo su mano”. Y cuando Basil explica por qué oculta la pintura a los visitantes de las galerías de Londres, se le impide decir que “donde hay amor verdadero, verían algo malo, y donde hay pasión espiritual sugerirían algo vil”. Es revelador que Wilde elimina los indicios de una relación previa entre Basil y Lord Heny. Borra una descripción de Basil “tomando la mano (de Lord Henry)”. Un pasaje está tan tachado que es casi ilgible,pero el él Lord Henry parece reprender a Basil por haberse convertido en el “esclavo” de Dorian, y luego larga: “Odio a Dorian Gray”. Al final, Wilde elimina cualquier indicio de celos y da a Lord Henry la máscara de un esteta divertido: “Basil, esto es maravilloso! Debo ser a Dorian Gray”.

Aun antes de que Wilde enviara su manuscrito al tipista, entonces, dudaba sobre su contenido homoerótico, y especialmente sobre las páginas dedicadas al deseo de Basil. El foco en Basil no es sorprendente, dado que Wilde declaró más adelante: “Basil Hallward es lo que yo creo que soy: Lord Henry, lo que el mundo cree de mi: Dorian lo que quisiera ser –en otras eras, tal vez”.

Cuando el manuscrito tipeado llegó a las oficinas de Filadelfia de Lippincott’s, le tocó dudar a Joseph Marshall Stoddart. Sus cambios están señalados en la nueva edición de Harvard. Stoddart no era un mojigato, y se movía en círculos poco convencionales; cuando Wilde fue a los Estados Unidos, Stoddart le presentó a Walt Whitman. Pero el editor conocía sus límites públicos. El, o un socio, cortó otras confesiones de Basil sobre el retrato –“Había amor en cada línea, y en cada toque había pasión”—y varias descripciones de los desvaríos nocturnos de Dorian, incluyendo una oración que podria describir el antiguo ritual del “cruising” [ir de levante y mantener relaciones en lugares públicos]: “Un hombre con ojos curiosos lo había mirado repentinamente a la cara, y luego lo había seguido con pasos furtivos, pasándolo y volviendo a pasarlo varias veces”. Stoddart, al estilo norteamericano, no tenía problema con la violencia.

“Dorian Gray” no logró escandalizar a los Estados Unidos. Inglaterra era, por supuesto, otro asunto. Aunque Wilde ya tenía en mente ampliar el cuento para convertirlo en novela, sin duda reaccionó a las insinuaciones de la prensa. Se hicieron más referencias al contacto físico entre los personajes masculinos. Tan significativas como las depuraciones son los agregados: seis capítulos, en total unas veintiocho mil palabras. Proveen nuevos episodios de comedia social, nuevas aventuras para Dorian en los fumaderos de opio, un bosquejo completo de la desafortunada Sybil Vane, y un argumento secundario que involucra a James Vane, el hermano de Sybl, que busca vengarla. El nuevo material de a “Dorian Gray” un peso novelístico, incluso un costado político. El capítulo sobre los Vane, por ejemplo, pone de relieve la aterciopelada vida de Dorian. Sin embargo, estas excursiones a la alta y baja sociedad se sienten un poco como distracciones montadas. Hay demasiadas formulaciones prolijas –“Era su belleza la que lo había arruinado, su belleza y la juventud por las que había rezado”—colocadas como un reaseguro para la clase media.

La versión que Wilde envió a Lippincott’s es la mejor ficción. Tiene el ritmo veloz y extraordinario de un cuento de hadas moderno; y “Dorian” es el mayor de los cuentos de hadas de Wilde. Wilde dejó en claro desde el comienzo que no sólo quería mostrar la emoción y los placeres de una vida despiadadamente estética sino también sus límites y peligros. El horror del fallecimiento de Dorian es tan integral a la concepción de la obra como cualquier giro espeluznante en Poe, y mirando las últimas páginas del manuscrito uno casi puede ver los labios de Wilde haciendo una mueca cruel mientras escribía. Bajo el brutal párrafo final, firma su nombre en trazos de cuchillada, como empuñando un cuchillo. Ellmann lo sintetiza así: “flota bellezamente en la superficie, y morirás feamente en las profundidades”. Wilde se corre de su personaje consumado para echarle una mirada fría al estilo de vida de buscador de sensaciones por el que es conocido.

El aspecto más problemático de la revisión de Wilde es el prefacio de la novela, con su famosa cabalgata de epigramas: “Revelar el arte y ocultar al artista es el objetivo del arte”; “No hay libros morales o inmorales”; “Todo arte es completamente inútil”. Estas líneas, junto con nuevas ocurrencias para Lord Henry (“El arte no influye sobre la acción… Es soberbiamente estéril”), relacionan con las cartas que Wilde escribió a los críticos y lectores luego de la publicación en Lippincott’s. Equivalen a una defensa formalista, proponiendo el cuento como un objeto autónomo en el que lectores distintos perciben ideas distintas. Pero el arte revela al artista, e influye sobre la accion, por más impredecible que sea. En la narrativa de Wilde, los libros son descriptos como agentes “venenosos” que entran en el torrente sanguíneo: un libro francés cuyo título no es dicho que Lord Henry le da a Dorian revela nuevos panoramas de vicio. En el manuscrito tipeado, nos enteramos de que el libro es “Le Secret de Raoul”, de Catulle Sarrazin –probablemente un nombre ficticio para la novela de 1884 de Huysman, “Against the Grain”, que describe un encuentro gay más explicíticamente de lo que Wilde nunca osó. (Wilde lo leyó durante su luna de miel). Por sobre todo, está el cuadro de Basil, que destruye tanto a su creador como a su sujeto. Cuando Mallarmé leyó el cuento, marcó con aprobación la frase “era el retrato el que había hecho todo”. El arte no es inocente, insinúa Wilde. La violencia puede ser cometida en su nombre. En efecto, el siglo veinte creó muchos Dorian Grays: espíritus puramente diabólicamente tan envueltos en estética que se despojan de humanidad. La anatomía de la confusión entre el arte y la vida de Wilde sigue siendo pertinente con cada nuevo furor por películas, canciones o video games escabrosos.

Aún en la versión final del libro, Wilde se niega a moralizar, a decirle al artista qué hacer o al lector qué pensar. Cada individuo debe idear su propio código ético. Cuando Wilde escribió que todo exceso, así como todo renunciamiento, trae consigo su propio castigo, es claro que tenía en mente el contraste entre Basil, que sólo puede concebir su amor por Dorian en términos abstractos, y Dorian, que está tan resuelto a abrazar lo físico que se vuelve loco. Los dos hombres tienen malos finales. Lord Henry, en cambio, sale indemne, sus palabras más malvadas que su camino.De hecho, Basil lo acusa de ser secretamente virtuoso: “Nunca decís nada moral, y nunca hacés nada malo”. Lord Henry propugna un tipo peculiarmente contemporáneo de moderación, satisfaciendo su mente pero no su cuerpo, usando a Dorian como a un hedonista sustituto. (Hoy, Lord Henry pasaría mucho tiempo en Internet). Hay algo triste en él, porque, a diferencia de Basil y de Dorian, no se compromete. Su vida es vicaria.

Lo que comienza como una fábula seductora termina como una pesadilla modernista. Sólo un personaje experimenta algo parecido a la alegría espontánea, y es Sibyl Vane, cuando decide abandonar la vida artística y dedicarse a Dorian. “Estoy harta de las sombras”, le dice. “Significás más para mí de lo que el arte lo hará nunca”. Trágicamente, Sibyl no se da cuenta de que Dorian ha intercambiado su alma por la de la pintura; como otros, está atrapada por el hechizo de la imagen.

Lo espeluznante sobre la vida de Wilde es que él tampoco puedo escapar a la lógica infernal del “cuadro”. Su propio libro presenta propiedades “venenosas”. Alfred Douglas lo leyó en Oxford y, según su propio testimonio, lo releyó trece veces. Resolvió conocer al autor. Era la fantasía de Wilde hecha realidad; Dorian bajando de la tela. Pero tenía un alma fea; como Wilde reconoció en “De Profundis”, el odio lo excitaba más que el amor. Wilde, Basil hasta el

El 18 de febrero de 1895, el Marqués de Queensberry, el padre de Douglas, hinchado de odio, escribió en una tarjeta de visita las palabras “Para Oscar Wilde, afectado sodomita” y la dejó en el club de Wilde. Urgido por Douglas, Wilde cometió el error de demandar al Marqués por libelo –una decisión catastrófica no sólo para su carrera sino también para su dignidad, dado que, como escribió más tarde, fue forzado a presentarse como un “campeón de la respetabilidad de la conducta, del puritanismo en la vida y de la moralidad en el arte”.

En el juicio, el abogado principal de Queensberry, Edward Carson, debía demostrar que las palabras de la tarjeta eran justificadas. De modo que se dedicó a establecer que Wilde ya había publicitado sus inclinaciones por escrito. “Dorian Gray” se convirtió en el recurso principal de Carson, y eligió tratarla como si se tratara de la historia de vida de Wilde –una movida irónica, porque en sus páginas Basil se queja de que “los hombres tratan al arte como si tuviera por fin ser una forma de la autobiografía”. El abogado remarcó un pasaje que había aparecido en la versión de Lippincott y fue cortado más tarde: “Es bien cierto que te he adorado con un sentimiento más romántico que el que un hombre usualmente concede a un amigo… Admito totalmente que te adoré loca, extravagante, absurdamente”. Siguió este interrogatorio:

CARSON: ¿Usted ha adorado extravagantemente alguna vez?
WILDE: ¿Quiere decir financiera o emocionalmente?
CARSON: ¿Financieramente? ¿Cree que estamos hablando de finanzas aquí?
WILDE: No sé de qué habla usted.
CARSON: ¿No lo sabe?
WILDE: Debe hacerme una pregunta clara.
CARSON: Confió en que me explicaré muy claramente antes de terminar.

Wilde estaba obviamente perturbado por el cruce. Era como hablar con un niño de ocho años que no podía separar a un actor de su rol. Se defendió hábilmente, pero Carson lo estaba ablandando para el golpe. Detectives privados contratados por Queensberry habían reunido a los chicos de alquiler y jóvenes cholulos que habían atendido las necesidades de Wilde y no hubo respuestas agudas en la siguiente ronda de preguntas: “¿Se volvió íntimo de un joven llamado Conway?… Vendía periódicos en el muelle de Worthing… ¿Puso sus manos adentro de sus pantalones?… ¿Le entregó de tanto en tanto sumas equivalentes a quince libras?”. La convocatoria a los allegados a Wilde hace de espantoso eco de la lista de jóvenes que se dice que Dorian ha arruinado.

Durante los dos funestos juicios penales que siguieron, Wilde tuvo un momento magnífico que también involucró a “Dorian Gray”. Mientras era interrogado sobre el tema del poema de Alfred Douglas acerca del “Amor que no osa decir su nombre”, Wilde súbitamente optó por defender ese amor en lugar de negarlo. Con emoción, anunció que ese amor era “tan puro como perfecto”, que “permeaba grandes obras de arte como las de Shakespeare y Miguel Angel”. De acuerdo con una transcripción, dijo: “Es hermoso, fino, es la más noble forma de afecto”. Estba citando casi directamente de “Dorian Gray”: “En el amor que (Basil) le tenía -pues realmente era amor- nada había que no fuese noble y espiritual. No era la simple admiración física de la belleza que nace de los sentidos, y se extingue con el cansancio de éstos. Era un amor como lo habían conocido Miguel Angel y Montaigne, y Winckelmann, y el propio Shakespeare”

El discurso de Wilde provocó silbidos en el auditorio y una valiente explosión de aplausos. Al menos un miembro del jurado votó contra el veredicto de culpabilidad, lo que obligó a realizar un nuevo juicio. Se desató un pánico político: los hombres que rodeaban a Lord Rosebery, el Primer Ministro, temían que si Wilde no era condenado serían acusados de proteger a un degenerado. (Rosebery tenía un motivo personal: se rumoreaba que habían sido el amante de un hermano mayor de Alfred Douglas, Francis, que había muerto en 1894, probablemente por suicidio). Comenzó una segunda acusación , esta vez con el Procurador General a cargo, y resultó exitosa. El juez Wills, que presidía, describió el caso, en forma rimbombante, como “el peor… que he juzgado jamás”.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la humillación de Wilde generó tanta simpatía como disgusto, particularmente entre aquellos más desencantados con las ostentaciones del Imperio Británico. “Cuando el veredicto fue anunciado, las prostitutas bailaron en la calle”, escribió Yeats. Y en el submundo gay, el desafío de Wilde abrió una puerta a la esperanza. En la edición de 1906 de su libro “Inversión Sexual”, Havelock Ellis notó que los juicios de Wilde “contribuyeron en forma general a dar carácter definitorio y autoconciencia a las manifestaciones de homosexualidad” y citó a un corresponsal que decía que los sufrimientos de Wilde lo hicieron sentir “listo para dar el golpe, cuando llegue el momento, por lo que consideramos correcto, honorable y limpio”.

Wilde vaticinó su triunfo póstumo. “No tengo dudas de que venceremos, pero el camino es largo y rojo de martirios monstruosos”, escribió al pionero de las campañas por los derechos gay George Ives. Aún así, las categorías muy delimitadas de la sexualidad contemporánea lo hubieran desconcertado. Le atraían las mujeres tanto como los hombres, si bien ni remotamente de modo tan fuerte, y el colapso de su matrimonio puede haber tenido mucho tanto ver con diferencias tanto de temperamento como sexuales (Uno lo puede ser como otro varón victoriano que ejercía su derecho a la recreación extramatrimonial). Más aún, podría haber resistido la tendencia hacia la normalización de los círculos gay —el impulso de una cultura adversativa a abolirse a sí misma. Cuando hablaba de ganar la batalla, probablemente no tenía en mente ganar el derecho a entrar en el ejército y casarse por la iglesia.

“El mundo sólo gira hacia adelante”, dicePrior Walter al says al final de  “Angels in America” de Tony Kushner, una “fantasía gay” estrenada en 1991, un siglo después de la publicación de “Dorian Gray.” Prior sigue así: “Seremos ciudadanos. Ha llegado el momento”. Viendo la producción de la obra maestra de Kushner por el Signature Theatre la primavera pasado, pensó en cuando había cambiado en veinte años, ni hablar en cien. Cuando estaba en la universidad, el SIDA echaba un manto de temor sobre la vida gay y yo luchaba para reunir el coraje y decir a mis amigos más cercanos quién era. No podría haber imaginado que el matrimonio gay sería legal en media docena de estados o que yo mismo me casaría.

La transformación es casi de sueño. Sin embargo, dudo que Wilde reconocería en nuestro mundo la utopía con la que soñaba en voz alta en “El alma del hombre bajo el socialismo”. Un hombre impregnado con la literatura de los antiguos griegos, que modeló su ser en base a los escritos de Balzac y Stendhal y Pater, que leyó a Dante cada día en la prisión, podría haber visto un nuevo tipo de infierno en el triunfo global de la cultura pop norteamericana. La medicina prolonga la vida y lentifica el envejecimiento, pero la satisfacción personal es una mercancía elusiva como lo era para Dorian Gray. El prejuicio disminuye, la ignorancia crece, el mundo gira hacia adelante y hacia atrás. Pocos de nosotros desearíamos regresar al Londres de Wilde, con sus superficies opulentas y su corazón salvaje. Pero Wilde podría estar contento de permanecer allí, saboreando sus alegrías y tristezas. Nadie vive feliz por siempre jamás.

Texto original, en inglés, aquí.

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