Conurbano: diario de un presidente de mesa, por Eduardo de Miguel

August 16th, 20113:12 pm @

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7.15 am. El colectivo llegó bastante rápido para ser domingo tan temprano y en el Gran Buenos Aires. El pasaje mezcla presuntos convocados como yo, con restos jóvenes de la vida nocturna del sábado en el Gran Buenos Aires. Diez minutos de viaje. Miro la dirección de la avenida, leo la citación y me bajo a esa altura. Era el límite, la frontera, el lejos de mi niñez, hacia el Este. Pero me bajo y zas… Ninguna escuela. Me siento extraño otra vez. Seis calles de error en el aviso oficial, que resuelvo con una rápida consulta en la estación de servicio.

7.30 am. Llego a la escuela. Me recibe el suboficial de Gendamería –Luciano Romeo dice su chapa. Alto, más espigado que fornido, morocho y correcto. Está a cargo de la custodia del sufragio. Me quejo. “Sí, todas las citaciones llegaron mal”. Ah.

En la población de la escuela, los citados al azar somos minoría. El número y el rumor lo imponen los fiscales enviados por los partidos, con el oficialismo a la cabeza. Se mueven en pequeños grupos, con un líder visible. Deben ser lo que los diarios llaman “punteros de la política”. Qué mesa es ésta, preguntan. Por ahora la 1004, digo. Una mujer entra al aula muy decidida. ¿Perdón?, digo. Voy a acomodar todo, afirma, y se detiene. Ya lo acomodé, dije. Pssst, refunfuña. Yo había leído que como “presidente”, mi autoridad en la mesa era incuestionable. Ojo con los fiscales, me había advertido mi hermana, que tuvo algunas experiencias previas por ser maestra, las más buscadas por la justicia electoral para este asunto. ¿Estaré sobreactuando? Mientras, abro mi gran proyecto del día, mi propio relato en Twitter: “Este ciudadano ejerce como presidente de mesa en el GBA. Resultados, llamar 20 hs!”

7.35 am. Doy una mirada al lugar: es un aula junto al mástil interno –bandera arriba, ni muy celeste ni muy blanca, un San Martín de bronce a un lado y un cuadro del clásico Belgrano cruzado de piernas al otro. “Mi” cuarto oscuro. Imagino las boletas apoyadas en esos pupitres muy usados. El piso es de baldosas de granito, eso sí, firmes y barridas. De adorno, un televisor de tamaño ochentista, en una esquina, de espaldas (¿?) a la clase, ostentosamente enjaulado para evitar robos.

Así es el resto. La escuela pública 61 es un edificio modesto, dejado y viejo, en los límites donde mi barrio San José se asoma al distrito de Quilmes por el Este. El patio central, en el cuerpo principal, es un rectángulo que no pasa de los diez metros por treinta, con cuatro o cinco aulas a un lado. Hace frío, menos de diez grados, y está húmedo. En el muro opuesto hay sólo tres pantallitas de gas, tan chicas que se pueden tapar con las dos manos abiertas. Desde el tinglado alto de chapas cuelgan, tímidos, unos ventiladores de techo de tres palas. También están allí los baños de “caballeros”, como dice un cartel mal pintado sobre la pared. No los necesito ahora. Ni me asomo.

7.45 am. El Correo Argentino, encargado de entregar urnas, boletas, planillas, etcétera, no aparece. Faltan dos presidentes de mesa, se reemplazan con suplentes. Se reparten las aulas para cuarto oscuro, una por mesa electoral. O esa es la intención, pero no. La escuela tiene 12 aulas y hay 14 mesas; habrá que ajustar. Me entero de eso después de acomodarme en una bien cómoda, mal incitado por el gendarme. Ahora vuelve con otras órdenes y reasigna todo. Tengo la 1004, la última de la lista. Todo cambia. Ahora, al fondo, a las aulas de un anexo trasero, a la intemperie. Ah, y a compartir el aula con la 1003. Hmm, ¿eso vale? Twiteo otra vez. “7.45. Ni la urna tengo. GBA. Esto viene lentooooo”.

7.55 am. Llega el correo con una hora de retraso, sólo cinco minutos antes de la apertura prevista del comicio. El colega de la mesa 1003, Emiliano, un veinteañero desocupado, me confiesa que se había anotado como fiscal para ganarse los cien pesos o así que paga la justicia electoral por esa función, y que el jueves le llegó impensadamente la citación como presidente de mesa. Mejor para él: ahora serán 200 o 300, creo. ¿Hiciste esto antes?, le pregunta, de rigor, el empleado del correo cuando le entrega las cosas. No, dice, pero cabecea con confianza; se las arreglará. Soy el último en llevarse las cosas. Yo tampoco recuerdo mucho de cuando me tocó ser vocal en los 80. Ahora hice mi curso digital, saqué 91 puntos sobre 100 y me llevó un par de hojas impresas claves. Estoy muy confiado. Pero la verdad es que ya es hora de votar y ni abrí el kit. Tuiteo otra vez. “Dos mesas un aula, preparate”.

8.15 am. “Nuestro” cuarto oscuro, el que compartimos con el “presidente” Emiliano, está en la parte trasera de la escuela, patio semicubierto de por medio, donde temo ser muñeco de un túnel de viento frío. Otras tres mesas van a la parte de atrás, pero un pasillo perpendicular, con un techado relativamente nuevo, las protege mejor. El Sol empieza a pegar desde el Este en un rato.

8.50 am. Después de desarmar el kit, llegan las boletas en rústicas bolsas plásticas negras y precintadas. Las repartimos en los bancos para las dos mesas. Me alivia ver fotos de rostros sonrientes en cada boleta. Los votantes van a tardar menos para identificar su elección, me voy a ir más temprano. Yo mismo lo compruebo, al emitir el primer voto en la urna con el ok de los tres fiscales que me tocan, dos chicos de poco más de veinte que no vienen por militancia, sino por el dinero (no recuerdan bien la lista ni saben quiénes son los candidatos, dicen. Pibes fiscales, les llamo para mis adentros), y Leni Argentina, una retacona con experiencia y bien predispuesta.

10.30 am. Vamos rápido, mucho más rápido que la mesa con la que compartimos cuarto oscuro. No está claro por qué, aunque advierto que no siempre canto el número de DNI a los fiscales, sólo el nombre en las listas comunes para tildarlo, y eso es una debilidad. La corrijo. Además, sello y firmo los documentos con antelación, y eso me permite ganar tiempo. Los votantes tardan más de lo que había imaginado. Las boletas tienen seis partes, pero lo peor debe ser cortarlas, más bien rasgarlas, para combinar candidatos en las seis categorías, desde la de presidente a la de intendente y concejales. Menos mal que esto no es Quilmes. En el diario de ayer leí que tienen más de treinta opciones a nivel local. Tuiteo: 10.30, 10 pct en mi mesa”.

10.40 am. Una chica joven, menuda, ágil, simpática, vota en blanco y lo hace evidente. Abre la puerta, la cierra, casi en el mismo movimiento la vuelve a abrir y vuelve rápido a poner el sobre, livianísimo, en la urna. Contenta, se va saludando agradecida. Desde atrás de la fila, que suma veinte personas o así, salta una voz: una chica se queja de la lentitud del proceso. Le explico lo del cuarto oscuro común. Si no lo arreglas vos quién, entonces, me reprocha. Insisto en disculparme. Es tu trabajo, sube la apuesta. No, subo el tono de voz, fui citado para esto y debo cumplir, aunque me paguen. Sigue refunfuñando. Trabajo en Capital, voy a llegar tarde, lo voy a perder. El Gobierno avisó de estas elecciones hace varios meses, le recuerdo. No le gusta nada, pero llega una fiscal general, corpulenta, cara redonda, aros grandes, presencia. Me dice bajito: ahí tenés unos comprobantes para el trabajo, pero no los saques ahora porque te los van a pedir todos. La chica llega tan enojada a votar que me quita las ganas de ofrecerle ningún comprobante. Se va como llegó, quejándose.

10.45 am. Hola, me das tu DNI. Hmm, te tengo como que ya votaste. No puede ser. La mujer mira perpleja y yo confundido. Temo haberme mandado una gran macana. La otra posibilidad es que me hayan metido un documento falso. Reacciono como un chico: llamen a alguno de los fiscales generales, esto así no sigue. Ni me planteo seguir con los otros y dejar el caso esperando. El pánico de un fraude en mi mesa me puede.

Son varios con su apellido en la lista, parientes. Llama a su marido por celular  para cometarle el problema. ¿Habrá votado la prima y la tildé por ella en el padrón? Me pasa la llamada. Dale, si la prima ya votó, ponele, quién se va a enterar de que se cruzaron, dejala votar. No, no, señor, y devuelvo el teléfono. Llega el fiscal que pedí al gendarme de custodia, sugiere impedirle votar hasta que se aclare la cosa en la justicia. Me recupero como adulto y le recuerdo lo que leí: jamás negar el voto a un ciudadano con documento habilitado y sin sello de votación estampado. Aparece otro fiscal y se le planta al primero. El “presidente” tiene razón, que vote y que su voto vaya como impugnado con sus impresiones digitales al centro de cómputos para que decidan allá.

Vaya a saber si votó alguien que no era. O si votó otro y yo canté ese apellido y los fiscales ni lo advirtieron.

Me siento un tonto, pero aliviado. La verdad, mi preocupación más grande no es tanto que la mujer vote o no, como que tenga problemas administrativos por la falta de un sello minúsculo en su DNI.

Pasaron 45 minutos. La fila de mi mesa llega hastala Cattorini, comenta un votante. Es la fábrica de envases de vidrio de la zona, varias cuadras más lejos, que era el abismo del mundo en mi niñez.

Qué mal me veo. Tengo ganas de orinar por primera vez, del frío y de los nervios. Miro las caras en la fila y ni lo intento.

1 pm. Me cruzo con un par de antiguos vecinos. Uno me dice que antes votaba con mi viejo, ahora conmigo. Otros me preguntan por mis hermanos.

La fila no cede y el frío tampoco. Pido la cuenta. Llevamos poco más de 100 de los 350 empadronados. Mala señal.

Me decido y llamo al gendarme. Cuídeme la urna, que estoy solo y no puedo abandonarla. Corto la votación y corro a los baños. Pensar que hay criaturas que los usan todos los días así como están, semidestruidos.

Vuelvo corriendo. La gente me felicita por no tardar más.

Después de la 1 pm. Vuelve a la mesa el tropel de fiscales con bolsas negras llenas de boletas para reponer (si faltan) en sus respectivas pilas y para revisar si desordenaron el orden de las boletas en el cuarto oscuro (de menor a mayor por número, de izquierda a derecha). Anduvieron por acá dos o tres veces antes. El trámite se demora más: se quejan de que uno entró solo antes y amontonó boletas de su partido sobre la de otro para taparlo. Somos grandes ya, dice la fiscal general grandota que me ayudó antes y que parece la más dispuesta y experimentada.

Después de las 2 pm. Siguen llegando embarazadas de la mano de los fiscales, punteros o ejemplares-propios-de-un-día-de-elecciones. Dos hermanas caen juntas, con diferencia de pocos centímetros de circunferencia; qué puntería. También una joven con discapacidad intelectual. La acompaña una mujer. Le pregunto si entra sola o la acompaño yo. Saca rápido y enérgica una credencial de fiscal del intendente de Lomas de Zamora. Yo ya hice esto y entro con ellos, me insiste. Cae otro fiscal general que la debe conocer. Guardá eso, que ya sabemos qué vas a votar, guardá eso. Si el señor presidente no tiene problemas entrá, pero guardá eso. Entra, qué le voy a hacer. Al final, era de la 1003, pero como mi mesa quedó junto a la puerta del cuarto oscuro, me tengo que hacer cargo de todo. Tardé dos horas en darme cuenta que debía hacer dos filas diferenciando por mesa. El presidente Emiliano me mandaba de a cinco.

¿Dejo la cartera?, me ofrece, respetuosa, una cincuentona de muy buenos modales. Si quiere, le sugiero (es lo que corresponde). No hay problema, no hay nada, ya me lo robaron todo la semana pasada. Uno de los postergados por las mamás se me queja de perfil (en voz alta, pero mirando a otro lado): ya está, si te dejan entrar con pibes, con bolsos, con carritos, con todo, ma sí…

Antes de entrar, la siguiente ciudadana, veinteañera, un chico de año y pico en el cochecito y otro de no más de cuatro de la mano, menuda, nerviosa, charlatana, me dice –esta vez sí mirándome– que nadie nace de una vaca, que todos salimos por la concha de una mujer, que ella fue abusada desde chica, y que por favor la deje entrar con los nenes porque tiene una denuncia contra el marido policía que la golpea y que no quiere que se los secuestren mientras ejerce el voto.

Uf, pido a algunos de mis fiscales de mesa que reclamen un café a sus amigos del partido. Lo traen. No quiero volcarlo en los papeles (la fiscal ya tiró el suyo y salvé de milagro mi padrón) y lo hago dejar en una silla aparte. Lo olvido.

Después de las 3 pm. El frío aprieta, el viento aumenta y pregunto por qué demonios no traen un café. La fiscal me mira y me recuerda que ya se enfrió sobre la silla. Mi mujer me pregunta cosas por el mensajero de la BlackBerry. Lo tengo en vibrador, porque a la mañana sonó dos veces en el peor momento y el alarde de la tecnología me duplicó la culpa mirando la fila de mi mesa que se extendía por el patio lateral de la escuela, al descubierto, y se perdía en la calle. De Twitter ya me despedí antes del mediodía. Garabateo en un papel cualquiera para defender mis recuerdos en el diario. A los 49, es una obligación más que moral… Me consuelo pensando que en octubre, cuando otra vez tenga que estar ahí, el techo de hormigón que ahora me freeza será mi protección del Sol. Vamos, vamos, vamos.

Después de las 3.30 pm. Te puedo hacer una pregunta, cuánto llevás en la fila. El tipo resignado me dice una hora y media, agarra el documento y se va.

Por fin dejé de confundirme y pongo bien 14/8/2011 en el cuadradito que tengo que firmar, en lugar de 14.434… de mi DNI que escribí un par de veces de manera automática.

Una mujer me agradece los modales. Yo me voy corriendo porque a mi marido lo asaltaron la semana pasada, lo golpearon mal y todavía lo tengo en el hospital. Chau, gracias, suerte, gracias por venir.

Después de las 4 pm. Una joven de apenas treinta me pregunta si no hay otra persona con su apellido. No. Ah, es por mi hermana. Aha. Sí, la que murió. Pero, nada, está muy bien que ya la hayan sacado. Claro.

Después de las 4.30. Quejas y más quejas por la lentitud, las filas. Los fiscales generales se habían acercado con una propuesta dudosa: me llevo a los votantes a otro cuarto oscuro que esté sin fila, ponen las boletas ahí, y vienen a votar a tu urna. Hmmm. Al principio, retuve el documento y volvían. Después, se iban nomás, y les tomaba el voto y el documento a la vuelta. A ver, quién quiere ir a otro cuarto oscuro, vamos, tres, cuatro, cinco, así apuramos.

Me manejan la fila. El voto sigue siendo secreto, supongo, y los dejo.

Me permito un instante de reflexión política. Con esta mala onda, me parece que el Gobierno va a perder algunos votos.

Tipo 5 pm. Me encara un votante, delgado, musculoso, pelo corto. Este es policía o algo así, me digo. Sus modales, casi, casi lo confirman. Quién está a cargo de todo esto, me inquiere. En esta mesa yo, me atajo; en esta mesa, eh. Cómo permite esta fila, yo quiero votar ahora. Mire, nos dieron un solo cuarto oscuro para dos mesas. Tenés un sobre, dame un sobre.

Lo miro, mido costos y beneficios: otros ya se van llevados por los fiscales; que éste se vaya solo y me deje de joder. Se lo doy, sin mirar al resto de la fila. Se va. Vuelve. Son diez minutos en los que me deja pensando. Me llamaron varias veces “presidente”, nunca me lo creí, pero… Le reclamo el DNI. Mire, primero tengo que confirmar que está en mi padrón y segundo, sepa que está votando en perjuicio de toda esta gente que está esperando. Elevo la voz. Ya mismo voy a pedir a un gendarme de custodia porque yo llevo horas dando la cara y se acabó. No quiero más problemas.

Me replica, también sube la voz y mira al resto: que él se quejó, que consiguió respuesta que yo no le daba y que si los demás no se quejan no tiene la culpa. Qué estás diciendo, tarado, llevamos más de una hora acá, quién te creés que sos. El más grandote de los primeros cinco se calienta, lo acompaña otro y un tercero lo agarra del brazo. Lo miro mal: votá y andate, votá y andate ya. Da dos pasos y lo siguen puteando. Le digo al gendarme cordobés, petisito, no más de 25, que se lo lleve ya. No se anima, me paro, sigue el remolino, vuelvo al gendarme, llévatelo nene. El tipo se escurre, lo siguen puteando, cuando está un poco más lejos recibe un sí, te voy a cagar a trompadas, y qué. El grandote se adelanta, se inclina, me estrecha la mano y me dice, usted tiene razón, siga.

Baja la tensión, baja la temperatura, falta menos de una hora y más de 100 votantes en el padrón. Mamita.

Antes de las 6 pm. Falta poco para el cierre oficial de los comicios y estamos enterrados. Me como otra barrita de cereales, que sabe a gloria. Le pido al gendarme que me custodie la urna, disculpas a la gente, me levanto, cruzo el patio corriendo hacia los baños, cierro los ojos y la nariz, vuelvo al trote, ensayo una llamada a mi casa, no hay señal.

Las mesas del patio grande y cerrado están vacías. Cómo carajo hicieron…

Poco antes de las 7 pm. La 1003 terminó hace un rato. Firmo los últimos votos y pido que se aparten de mi costado izquierdo, donde el Oeste me da lo último de luz natural que queda. Había mirado al techo temprano: el hormigón estaba pelado, una cajita oxidada y ni cables para conectar una puta lamparita de 60.

Cierro la mesa con tres o cuatro miembros de una misma familia. Yo doy por cerrada la mesa. No hace falta acta.

Se me para un flaquito al lado: tengo que votar, dice. Sin mirarlo le digo que naaaaaaa. Ya cerré, viejo. Se queda ahí, levanto la cabeza y veo que es uno de los fiscales de mi mesa. Uy, claro, faltan ustedes, pará que los agrego a mano en el padrón. Perdoname, estoy un poco cansado.

Levantamos todo y nos vamos al cuarto oscuro.

Después de las 7 pm. Viene un fiscal general y sugiere, primero, levantar todas las boletas que quedaron, meterlas en una bolsa y tirarlas; no sirven, dice. Yo había leído que volvían al correo, pero no me inquieta. Ahora, a contar primero los sobres. Dan bien, contando el sobre especial de impugnado de la mujer que ya estaba tildada en el padrón. Arrancamos bien.

¿Y ahora? ¿Voy anotando aparte, uso las planillas, saco todos los votos, cuento de a uno, cuento al final? Mierda, ni el curso ni el folleto decían nada. Ni borracho me pongo a leer ahora el librito de reglamento nacional electoral o como se llame.

Me mando. Uno por uno.

Me llega un irónico mensaje de casa: que cómo va, que trate de no resultar secuestrado por un comando en el GBA. Llamo: vos no entendés, no sabés lo que fue esto. No, no, vos no entendés. Ni abrí los sobres. No, no, no, no me esperes, mañana te levantás a las 4 asi que hacé tu vida.

8 pm, más o menos. Tercer sobre, dos votos a intendente. Uy, empezamos, así va a ser toda la noche.

Qué fácil ser periodista y decir por radio que va a ser un escrutinio complicado. Mierda, extraño estar tirado en la cama, haciendo zapping por los canales de noticias, midiendo quién dice más gansadas con ningún dato para sostenerlas. Pero estoy en el baile. La fiscal que me acompaña propone anular todo el voto. Noooo, defiendo, acá se votan seis cosas, el votante se equivocó en una, le anulo el voto a intendente, viejo, el resto entra. Llamen a un fiscal general.

Llega la que me acompañó con buen humor desde temprano, la que lidió con los cuervos repositores de boletas. Es abogada. Me da la razón. ¿Bueno, y cómo hago, llevo la cuenta de los nulos aparte? Abro otro delante de ella y resultan boletas rotas a propósito. Ah, mirá, si querés anotar todo, preparate para quedarte toda la noche… En general, se pasan como en blanco y chau.

¿Los paso en blanco? Debería, tal vez. ¿Debería?

Mirá, hay algunas mesas que ya cerraron y el Correo les está viniendo a retirar todo. ¿Queeeeeé? Por segunda vez en el día, me pregunto cómo carajo hicieron.

Después de las 9 pm. Empezamos a contar. Viene un fiscal general, el mismo que no quería dejar votar a la chica de la identidad cuestionada. Me dice: primero empezá por el montón más grande. Obvio, el azul y blanco oficialista. Obvio, quiere saber los números para pasarlos.

Obvio no: vamos a empezar por los partidos más chicos para hacerlos más rápido. Después de todo, soy “el Presidente”. Mueve las cejas, disconforme, se da media vuelta y pasa a dar sus consejos a la 1003, con la que compartimos el procedimiento.

La única pantallita de gas del aula no alcanza. Pido permiso y antes de contar por partido y por categoría me zampo el triple de miga blanco en blíster que esperaba desde el mediodía. Le robo la gaseosa naranja a uno de los fiscales y procedo.

Después de las 10 pm. Y sí, sabía que iba a ganar, pero esto es too much, 153 de 293 votos. Y yo que pensé que se iban a enojar por la fila, qué boludo. Bueno, por ahí influyó y hubiera sido más paliza todavía. Acá, en el Gran Buenos Aires, qué esperabas… ¡Epa! Mirá el del milagro, bien, bien. En cambio, estos muertos, que se jodan por aliarse así.

Los cortes son pocos, uno de cada diez o menos, eso lo hace más fácil. Sumemos.

En la planilla pongo el impugnado y todo con ceros el resto de los no válidos.Vuelco las cantidades, sumo. Mierda, no puede ser, da como 300 y pico y votaron muchos menos.

A contar todo otra vez, no lo puedo creer, no lo puedo creer. Miro al techo, uno de los pibes fiscales se va afuera. Dudo, seguí muy de cerca el conteo del oficialismo, los chicos no me pueden mover así la planilla –tiene que ser el otro, sí, el otro. El pibe se mostró rápido y bueno para las cuentas (ni me lo esperaba) y descansé en él sabiendo que al final la suma delataba. Y delató: hizo algo mal.

Reviso, claro: el otro tenía 30 y pico, no ciento 30 y pico. Sobraba un uno.

Ajusto el recuento de las boletas de ese partido, pero tengo que remarcar toda la planilla original, porque, además, descubro lo obvio: los votos que faltan en cada categoría son los declarados “en blanco” por descarte. A remarcar.

Me alivia saber que debajo de cada planilla va la firma de aval de los tres fiscales.

Cerca de las 11 pm. Pido a uno de los fiscales que me llame al correo, que voy terminando. Pero descubro que tengo que hacer los telegramas, que no son cortos sino la copia de tooooooda la planilla de escrutinio. Joder, basta, basta.

Pido ayuda a la fiscal amiga, Lina, nunca te voy a dejar de agradecer la paciencia. Pago la ayuda firmándoles a los fiscales las planillas mellizas de las mías que los partidos les exigen para hacer su control y darles el dinero por la jornada. Ni recuerdan el número de la lista que fiscalizan: lo tienen que preguntar o lo inventan, no sé ni me importa.

Llega una fiscal de partido y me dice que otras tres mesas esperan el correo y que yo seré el último. Bufo, blasfemo y me pongo a leer el folleto para ver qué va en la urna resellada, qué va en la bolsa de papel marrón grande y qué va en el sobre de papel madera. Ordeno todo. Los de la 1003 todavía hacen las planillas. Dejo de sentirme un perdedor por una vez desde que mande el último, lejano tuit.

Como no tengo señal, no puedo contar el resultado final. Pensar que una amiga decidió seguirme hoy, seguro la decepcioné.

11 pm. Segundo milagro, llega el correo. Mirá, pibe, sé qué hay un montón de papeles, pero sólo sirven unos pocos, haceme caso. ¿Pusiste los telegramas duplicados? ¿Qué, duplicados? Noooo, me quiero morir, si el otro fiscal me dijo que era por si yo tenía un suplente de mesa, naaaaaa… Además, acá el folleto dice que hay que duplicar las planillas de escrutinio, que eso sí que lo hice… Hmmm, sí, claro, tenés razón (menos mal que el tipo sabía; qué habrá hecho con los otros). Recibe todo, firmo la faja de la urna. Ahora te voy a dar para que cobres, dame ese sobre celeste, te firmo el certificado… ¿Y los datos míos y de la mesa y todo eso? No, eso llenalo vos. Según el número de tu DNI, en esa fecha vas a cobrar, creo que son 300 pesos. Chau.

11.05 pm. Cruzo la avenida desierta. Viento y más frío. Bendito 278, letra A, que llega enseguida. Me quedan las monedas justas, 1,50 para hacer las cincuenta cuadras derecho hasta la otra punta de Temperley, donde mi hermana me cuida el coche en la puerta. Ni en broma lo dejaba frente a la escuela todo el día… Me ofrece una manzana para el camino, la rechazo, le sugiero emigrar a Cuba, donde hay partido único y una sola lista para contar, y parto.

11.45. Llegando al Obelisco, me cruzo con unos kirchneristas que tocan bocinas. Escucho algunos números y comentarios en la radio. Mierda, toda una mesa testigo la mía, che. Los mismos números. Habla Alfonsín, dice que en octubre, en octubre, se sabrá la verdad, al final, cuando baje la bandera negra… En mi mente se forma la imagen de una bandera a cuadros. Perá… Con lo que me queda de entendimiento, recuerdo que en automovilismo la bandera negra es eliminación de la carrera. Ah, ahora sí entiendo, claro. Menos mal que avenida Córdoba está vacía, qué placer.

00.20 pm. Llego a casa, en Chacarita, Ciudad de Buenos Aires, donde hago mi vida  hace casi 25 años.

Lunes 8.30 am. Abro el diario. Veo una foto del ex futbolista Ruggeri, el Cabezón, el Hacha Ruggeri, sentado como presidente de mesa en algún barrio donde le tocó. Se ríe para el fotógrafo…

¿De qué carajo se ríe?

 

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