La palabra “periodista” se remonta a 1693 y ha sido definida como “alguien que se gana la vida editando o escribiendo para un periódico o periódicos publico/s”.
En tiempos modernos, el periodista ha crecido hasta significar mucho más que alguien sólo involucrado en la producción de periódicos impresos: se ha convertido en sinónimo de ser reportero en cualquier medio de noticias. (…)
Al llamar a Heródoto y otros cronistas griegos y romanos de su tiempo historiadores se ha creado una disciplina de la historia, una forma de mirar el mundo y de reportar cómo luce el mundo en un momento preciso en el tiempo. Etiquetar a Heródoto como un periodista puede no cambiar lo que escribió, pero cambia nuestra percepción acerca de dónde se originó el periodismo, cómo fue recibido y cómo el periodismo mismo fue tolerado o ridiculizado o criticado (…)
Los historiadores modernos reconocen que los historiadores antiguos difícilmente estaban a la altura de la definición de lo que un historiador debería ser. El historiador antiguo es acusado de no preocuparse demasiado acerca de qué es verdadero o falso, ni de cuándo ocurrieron los hechos; era aficionado a inventar citas y discursos y apoyarse a menudo en leyendas en lugar de hechos; le gustaba lo sensacional e inusual y a menudo aceptaba el rumor ocioso, el chisme maligno y los dichos como hechos (…)
Resulta que los mejores historiadores antiguos eran esencialmente buenos reporteros, testigos presenciales que recreaban lo que ocurría en los asuntos públicos y militares, y en la alta sociedad. El historiador griego W. Kendrick Pritchett dice que, a diferencia de muchos historiadores del futuro, Heródoto de Halicarnaso “era un observador de las costumbres libre del deseo de encajar todo lo que había visto en una teoría”. Era esencialmente “un reportero de lo que había visto, aún si no lo entendía, y de lo que había oído si parecía por alguna razón que valía la pena reportarlo, sin que necesariamente creyera en ello”.
La palabra historiai significaba originalmente una investigación de las acciones de los seres humanos en el pasado, no historia como se entiende en tiempos modernos. Heródoto establece claramente desde el comienzo exactamente lo que intenta hacer. En las líneas de apertura de sus historiai, dice: “Aquí están presentados los resultados de la indagación realizada por Heródoto de Halicarnaso. El propósito es evitar que los rastros de los acontecimientos humanos sean borrados por el tiempo y preservar la fama de los logros importantes y extraordinarios de griegos y no griegos; entre los asuntos tratados figura, en particular, la causa de las hostilidades entre griegos y no griegos”. Como dicen los traductores Janet Lembke y C. J. Herington, estas historias deberían ser llamadas “Investigaciones”.
Heródoto no nació en Atenas, sino en Halicarnaso (en tiempos modernos, la ciudad turca de Bodrum), aproximadamente en la época de las Guerras Persas (492-449 AC), y viajó por el mundo del Mediterráneo oriental.
Era bastante parecido a un típico corresponsal de guerra, con todas las virtudes y defectos del corresponsal extranjero y doméstico en funciones. Sus Historias coloridas son una pieza fascinante, llena de anécdotas, folklore, inscripciones, digresiones sobre geografía y costumbres. Él humaniza la historia, dando vida con carácter y hazañas individuales a los grandes acontecimientos históricos con los cuales su público estaba familiarizado. Heródoto probablemente creó sus Historias escritas en base a lecturas orales que dio durante cierto período de tiempo en Atenas y otras ciudades griegas, recordando cosas que había visto y oído en sus viajes.
En una de las lecturas públicas de su historia, se dijo que un joven aristócrata ateniense dejó la función llorando –sobre-estimulado por la actuación y la información vívida que se había presentado ante él. Ese hombre era Tucídides, que se convertiría, para la estimación moderna, en uno de los más grandes entre los historiadores griegos.
Como Heródoto, Tucídides contó la “historia de los grandes acontecimientos del pasado reciente… Las obras de Heródoto y Tucídides juntas crearon un campo intelectual que todavía llamamos por el nombre que Heródoto dio a sus propias investigaciones: historiae, o historia”, dice el traductor Robin Waterfield.
Heródoto escribe del modo en que la mayoría de los periodistas, no los historiadores, escriben acerca de los acontecimientos: narraciones cortas, autocontenidas, que se siguen unas a otras como “cuentas en una cuerda”. No están integradas en un todo conceptual mayor. “Una fuerte frase de apertura establece su empuje inicial y Heródoto, casi como un Antiguo Periodista, siempre lo cierra con un remate, a menudo planteando una variante de la frase introductoria”, apunta Waterfield.
Algunas narraciones componen muchas páginas, algunas un párrafo, algunas interrumpen una narración más larga y algunas son digresiones. La historia es contada en un orden cronológico aproximado con “desvíos súbitos”. Es casi como si Heródoto estuviera realmente escribiendo el primer borrador de la historia –y eso es lo que los periodistas han estado haciendo por siglos.
Heródoto admite esto. Para él, la palabra historiai significa investigación, indagación, pesquisa e información provisional, lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias.
De acuerdo con Waterfield, Heródoto intenta dar a su audiencia “la mejor versión, o versiones, de los acontecimientos pasados” que ha sido capaz de reunir, en base a “los más calificados informantes que pudo encontrar” (…)
Se puede sostener que Heródoto fue el primer escritor que trató de deslindar qué información es confiable y cuál no, usando lo que llamaba “autopsia” –conocer algo mediante experiencia de primera mano y observaciones personales, “estar en un acontecimiento más que reportar lo que ocurrió entrevistando a otra gente” (…)
Algunos historiadores, como James Romm, consideran a Heródoto “como un hombre de muchas vocaciones –un moralista, narrador, dramaturgo, estudioso de la naturaleza humana, quizás incluso un periodista” y admiten que “no hay un buen término en inglés para describir el rol literario de Heródoto en Las Historias” (…)
Heródoto atiende a su audiencia griega del siglo V (…) razón por la que pasa tiempo hablando sobre hormigas “que son más grandes que zorros, aunque nunca alcanzan el tamaño de los perros” o serpientes voladoras: “Fui al paraje de Arabia bastante cercano a la ciudad de Buto para averiguar sobre las serpientes con alas. Cuando llegué allí, vi incontables huesos de serpientes y espinas; había montones y montones de espinas allí —grandes, medianas y pequeñas”(…)
Heródoto va en busca de una buena historia, sin importar quién está involucrado, y gente que no tiene estatus social alguno, los llamados “nadie”, a menudo ocupan el centro de la escena –convirtiéndose en celebridades menores en el proceso.
Marozzi compara a Heródoto con “cualquier editor de un tabloide que sabe que el sexo vende. Heródoto entiende el deseo de su audiencia por lo excitante… Heródto sabe que tiene que retener la atención de la gente sentada con las piernas cruzadas frente a él, con dolor en la espalda y pinchazos en las piernas. Tiene que mantenerlos interesados por horas” (…)
Heródoto hace poca diferencia, sin embargo, entre mito y hecho. La precisión no es su mayor preocupación. Su criterio principal: ¿vale la pena contar las historias que escuchó, a menudo de informantes que tuvieron poco o ningún rol en la batalla? Si la respuesta es afirmativa, las incluye en sus historias. Heródoto escribió: “Cualquiera que encuentre tales cosas creíbles puede hacer de estas historias egipcias lo que desee. Mi trabajo, a lo largo de este relato, es simplemente registrar todo lo que me ha contado cada una de mis fuentes” (…) Dejaba la decisión de creer o no creer la historia a su oyente o lector, aunque ocasionalmente daba su opinión sobre la veracidad de su historia (…)
Al discutir el rol de los argivos, los habitantes griegos de Argos, en la invasion persa de Grecia, por ejemplo, Heródoto hace un gran esfuerzo para explicar: “No estoy en posición de decir con absoluta certeza” si el rey de Persia envió un heraldo con un mensaje a Argon y si una delegación argiva fue, en efecto, a Persia para establecer la amistad mutua. “La única version de los hechos que estoy preparado para afimar es la contada por los argivos mismos. Sé, sin embargo, esto: si todos en el mundo llevaran sus problemas al mercado con la intención de intercambiarlos con sus vecinos, un vistazo a los problemas de sus vecinos les bastaría para alegrarse de volver a casa con los que llevaron hasta allí. En otras palabras, hay cosas peores en el mundo que lo que los argivos hicieron… Después de todo, uno puede oír también que fueron los argivos lo que invitaron a los persas a invadir Grecia, porque habían salido tan mal de su enfrentamiento con los laecedemonios (los espartanos) y sentían que cualquier situación era preferible a su malestar presente”.
Heródoto sí creía en la atribución. Puede haber sido laxo y charlatán en su presentación oral, pero señala qué es investigación, qué es opinión, qué es observación y qué es información obtenida por rumores: “Hasta ahora, mi relato de Egipto ha sido dictado por mis propios observación, juicio e investigación, pero a partir de ahora reportaré relatos egipcios, suplementados por lo que ví personalmente”.
Heródoto escribió: “Quería comprender estos asuntos tan claramente como pudiera, así que navegué a Tiro, en Fenicia, dado que había oído que había un santuario consagrado a Hércules allí, y descubrí que el santuario estaba muy profusamente homenajeado con gran número de ofrendas… Hablé con sacerdotes del dios allí y les pregunté hacía cuánto que el santuario había sido fundado, y descubrí que disentían del relato griego, porque, de acuerdo con ellos, el santuario del dios fue fundado en la misma época de Tiro, lo cual ocurrió hace 2.300 años… Estas investigaciones mías, entonces, muestran claramente que Hércules es un dios antiguo”.
Heródoto también muestra el escepticismo del reportero respecto de creer en todo lo que uno escucha. En su reportaje sobre Hércules, trata de descubrir qué ocurrió realmente: “El relato griego del nacimiento de Hércules está lejos de ser la única cosa insensata que dicen. He aquí otra tonta historia suya sobre Hércules. Dicen que cuando vino a Egipto, los egipcios lo coronaron con guirnaldas y lo condujeron en una procesión con la intención de sacrificarlo a Zeus. No hizo nada por un tiempo y comenzó a resistirse sólo cuando lo estaban consagrando en el altar, momento en el cual masacró a todos. Bien, en mi opinión, este cuento griego muestra una completa ignorancia del carácter y las costumbres egipcios. Porque es contra su religión sacrificar animales (excepto ovejas, toros puramente rituales y becerros y gansos), así que ¿cómo podrían sacrificar seres humanos? ¿Y cómo podría Hércules matar a miles de personas cuando era solo una persona, y (según admiten ellos mismos) ni siquiera un dios todavía? De todos modos, esto es todo lo que tengo para decir en la materia; confío en que los dioses y los héroes verán amablemente mis palabras” (…)
Las narraciones de Heródoto difieren en estructura, foco, tema y ritmo, dependiendo de qué está reportando. Algunas de sus narraciones “son dramáticas, otras son vanales, algunas son dignas de tragedias, con diálogos y todo, algunas son simples catálogos o descripciones de batallas, negociaciones políticas y diplomáticas, o investigaciones etnográficas”, escribe el traductor y comentarista Waterfield (…)
Lo que se olvida a menudo, sin embargo, es el tiempo y el lugar en que Heródoto y los otros historiadores griegos vivían. Las prácticas narrativas que resultan sospechosas hoy eran perfectamente aceptables para la audiencia de Heródoto y sus pares, que amaba una buena historia bien narrada, dice Waterfield: “Se hablaba de tierras extrañas en el pasado distante de las que ni Heródoto ni sus informantes probablemente sabían –sus motivos descriptos, sus historias narradas desde el imaginado punto de vista de sus actores; se suplían detalles vívidos que casi con certeza eran producto de la invención más que de algún recuerdo real” (…)
En algunos aspectos, Heródoto y Homero lidiaban con los mitos de su era como el periodista de hoy lidia con las noticias. En tiempos modernos, escribe el periodista y académico Jack Lule, la noticia, como el mito, “ofrece la estable repetición de historias, la rítmica recurrencia de temas y acontecimientos… (Noticia y mito) ofrecen y repiten historias. Ambas extraen las historias de la vida real. Ambas cuentan historias que plantean cuestiones de la vida pública y social. Y ambas usan las historias para instruir e informar. Son fábulas morales. Advierten sobre desastres y enfermedades, degeneración y decadencia. Cuenta historias de recuperación y confort, de rectitud y reforma. Ofrecen dramas de orden y desorden, de justicia otorgada o negada. Presentan retratos de héroes y villanos, de modelos a emular y marginados a denigrar. Noticia y mito hablan al público y ofrecen historias que forman y mantienen y excluyen y niegan importantes ideas y creencias sociales… La noticia sirve como mensajero; trae, todavía, información de cerca y lejos. Pero la noticia hace más que esto. Ofrece historias eternas que dan sentido y valor a la vida. La noticia suena el mito hacia adelante y da al mito un traje moderno” (…)
La mayoría de los comentaristas cree que Heródoto habló con los participantes reales de la Guerra. Muchas de sus fuentes fueron “hombres de influencia” que podrían haberle dado “la visión oficial de los acontecimientos militares“ o “la perspectiva de una facción específica”, apunta el historiador clásico Truesdell S. Brown.
Heródoto nos da los nombres de tres de sus informantes, y Pritchett concluye: “Es fácil suponer que obtuvo mucha de su información de los custodios de varios cultos en los lugares que visitó. Debe haber desarrollado algunas técnicas de interrogación”.
Heródoto no oculta que está contando historias que otros le contaron –dice una y otra vez a su audiencia. “se dice” o “dicen”. Cita sacerdotes anónimos en templos o identifica a cientos de voceros innominados que encontró en sus extensos viajes por sus ciudades, y se asegura de que su audiencia sepa que su información es sólo tan buena como buenas sean las fuentes (…) Tucídides, el bien conocido historiador griego que siguió a Heródoto, criticó a su predecesor por confiar en “transeúntes ocasionales” (…) Aún en la Antigüedad, los relatos de testigos eran sospechados y no se los consideraba completamente confiables, “especialmente cuando los testigos recordaban incidentes traumáticos”.
Como lo planteó Tucídides, más un reportero moderno que Heródoto: “Los combatientes no pueden ver todo y sólo saben, con dificultad, lo que ocurre ahí cerca”. Los antiguos descubrieron que aquellos que toman parte en la acción pueden saber más que nadie, pero que aún estos testigos no saben mucho más que lo que ocurre dentro de su campo de visión.
La religion es usada para explicar mucho lo de que Heródoto reporta. A menudo sus fuentes son oráculos (“los pronunciamientos terrenales de los dioses”). En esto, Heródoto sigue el ejemplo de Homero al describir grandes guerras en las cuales los dioses ayudan a los guerreros-héroes de ambos lados a realizar hazañas de gran coraje y valor. Era una propaganda aceptada que los dioses, si eran enojados, “enviarían grandes penalidades contra la arrogancia humana”.
Mitos y leyendas eran una parte estratégica de la religión y las creencias sociales que los griegos aceptaban con la certeza que sólo una convicción basada en la fe puede tener. Heródoto no tenía razón alguna para cuestonar una narración basada en las creencias religiosas del siglo V AC. Los poderes divinos usualmente proveían el “por qué” las cosas ocurrían, y Heródoto cita a los dioses a través de un oráculo o un sueño o una predicción o una señal.
Confrontado con complejas razones políticas y económicas para ciertos acontecimientos históricos, Heródoto confía en explicaciones simplistas, usualmente religiosas. Al escribir sobre un desastre marítimo persa, dice: “Todo esto ocurrió por voluntad divina, reducir la ventaja numérica de los persas y disminuir sus fuerzas al nivel de las griegas” (…)
El único relato extenso, casi contemporáneo, de la guerra entre Persia y Grecia son los nueve libros de Heródoto, compuestos entre 460 y 430 AC, y basados en sus viajes y entrevistas orales. El problema es que Heródoto, como muchos corresponsales a través de la historia, tenía poca experiencia personal de la guerra o el combate.
Sus descripciones de geografía son vastamente superiores a sus descripciones de la batalla. Heródoto es débil en historia política y militar de los persas porque está reportando acontecimientos dos décadas o más después de que ocurrieron; la gente que le prove información es, a menudo, poco confiable; y pocos, si alguno, tuvieron acceso directo al consejo interno de la corte y el alto comando persas. El resultado es una narración que responde, para ponerlo suave, mejor a los estándares históricos de un Tolstoi o un novelista que a los de un historiador. Por esto, Heródoto representa un conflicto militar político como una serie de anécdotas personales. Sus perfiles de personalidades proveen una mejor, y a veces única, fuente de la invasión persa, pero nunca ofrece un sentido completo de la batalla, sólo viñetas y episodios unidos a través de individuos interesantes.
Su relato de la Batalla de Salamina ofrece un ejemplo el modo en que describe un conflicto militar. Al discutir el modo en que la batalla comenzó, cita tres fuentes conflictivas: la versión ateniense (un barco se “enredó inextricablemente con un barco enemigo –y así el resto de la flota griega se sumó (al combate) al venir en ayuda…”), la versión eginense (“… pero los eginenses dicen que fue un barco que había sido enviado a Egina… el que la comenzó”) y “otro relato” que “afirma que una mujer fantasmal apareció y, en una voz que llegó a cada hombre de la flota, dio a los griegos sus órdenes, primero reprendiéndolos con estas palabras ‘Insensatos, ¿cuándo van a dejar de retirarse?”.
Heródoto continua luego su historia de la batalla concentrándose en dos samios y cómo les fue en la batalla (“Podría enumerar los nombres de un montón de capitanes jonios que capturaron barcos griegos, pero me restringiré a mencionar a dos samios…”). Trata de ser honesto con el lector-oyente: “No estoy en posición de decir con certeza qué griegos o persas en particular lucharon”, y luego ofrece una viñeta excitante sobre cómo les fue a los barcos de Artemisa en la batalla (…)
Probablemente, Heródoto tuvo tantas dificultades como Tucídides para anotar literalmente lo escuchado. Como muchos reporteros anteriores a los aparatos de grabación, ambos historiadores intentaron recrear discursos capturando tanto del original como fuera posible. Los críticos creen que Tucídides fue más preciso y riguroso en esto que Heródoto. (…) Heródoto ha sido acusado en tiempos modernos de ser un autor de docudramas, un novelista, un mentiroso que inventaba sus fuentes, un sensacionalista, un exhibicionista y, también, un periodista. Pero nadie negará que amaba una buena historia, especialmente una con hechos sorprendentes y que pasaba más tiempo reportando lo que pasaba en el agora, las calles y los campos, así como los campos de batalla —todo el tiempo a la pesca de un detalle fascinante, un cuento folklórico maravilloso o una anécdota shockeante–, que preocupándose por si un incidente o una personalidad es importante en el gran esquema de las cosas.
Aún en la Antigüedad, Heródoto era objeto popular de críticas fuertes y apasionadas. Era acusado de sensacionalismo y prejuicio, por su amor a lo bizarro, lo inusual, lo fabuloso, lo que inspiraba asombro, y lo maravilloso. Cuando apareció Tucídides, con su énfasis en el reporteo sólido de cómo eran las cosas, las críticas contra Heródoto se hicieron más fuertes y más ruidosas (…)
Plutarco acusó a Heródoto de prejuicio y falsa representación, y lo comparó con el borracho Hipoclides: “como Hippclides, quien se paró sobre la cabeza arriba de una mesa y gesticulaba con sus piernas”, Heródoto “danza alejándose de la verdad y exclama ‘A Heródoto no le preocupa eso’”.
Plutarco no ahorra nada al acusar a Heródoto de calumniar por insinuación; de exagerar; de importar su imparcialidad (citando los defectos de alguien e incluyendo una virtud para mostrar que no albergaba prejuicio); de condenar con elogio débil y citando fallas irrelevantes; de ser más severo de lo necesario; de siempre mirar a lo peor y elegir la versión más deshonrosa de una anécdota para dañar una reputación; y de duplicidad, al “decir que no cree lo que, por supuesto, quiere que el lector crea” (…)
Plutarco escribe que el estilo de Heródoto , “al ser simple, libre y ajustarse fácilmente a su tema, ha engañado a muchos… porque no es solo (como dice Platón) una extrema injusticia hacer una exhibición de ser justo cuando uno no lo es; pero es también la más alta malignidad fingir simplicidad y moderación y ser, mientras tanto, realmente el más malicioso”. Dice que se siente “obligado a defender a nuestros ancestros y la verdad contra esta parte de sus escritos, ya que aquellos que detecten todas sus otras mentiras y ficciones necesitarán muchos libros”. Llama a la malicia de Heródoto “más cortés y delicada” que la de otros escritores, “pero toca más cerca y causa una más fuerte impresión –no diferente de la de aquellos vientos que, al soplar secretamente a través de grietas estrechas, son más agudos”(…)
Heródoto es muy consciente del problema de la verdad y parece preocupado al respecto en sus escritores más que cualquier otro historiador griego (…) Sin embargo, Homero sigue siendo su modelo. Esto se convierte en un problema para Heródoto y muchos historiadores antiguos. “La imitación se revela en cosas tales como la elección de tema: la guerra; la caracterización del tema; la máscara o persona del historiador (una compleja amalgama de poeta épico, héroe épico en general y Odiseo en particular, por lo tanto tanto “dentro como “fuera” de la narrativa); el tamaño de la obra; la expansividad y cantidad de digresiones del tratamiento narrativo; el lenguaje, vocabulario, rito; la introducción en la narrativa de conferencias y conversaciones dramatizadas; la representación épica de escenas de combate; “catálogos” formales de fuerzas opuestas; la intervención divina directa en asuntos humanos; una posición moral y teológica general”. (…)
Heródoto combina así historia con literatura, “incorporando cosas ciertas, cosas falsas, cosas de estatus indeterminado, grandes y pequeñas cosas, cosas del pasado remoto y de tiempos históricos, cosas tanto griegas como bárbaras; vasto en alcance pero con un foco ajustado, preocupado tanto por la documentación como por la gran masa de detalles específicos… (…)
Heródoto monta el escenario para que Tucídides cree un nuevo estandar para la historia –y el periodismo. Heródoto creó, hasta ese moento, una de las grandes compilaciones de “evidencia humana y documental” sobre la guerra en su Historia de la Guerra del Peloponeso. Tucídides decidió escribir historia contemporánea, y no antigua, porque creía que “la historia contemporánea es la única historia que merece su nombre porque es la única forma en la que el historiador tiene una chance razonable de descubrir la verdad” (…) Como cualquier buen reportero, Tucídides no pidió disculpas por ni embelleció lo malo que hacían sus compatriotas. “Para su ojo imparcial, poco importa si son o no sus compatriotas”, escribe Norwood. (…)
Tucídides confiaba en sus propias observaciones y en fuentes informadas, pero no “nos dice cuándo era un testigo presencial y cuándo no lo era… no nombra informantes, no da razones para elegir una versión de una historia por encima de otra” (…) Confiamos en su integridad aunque hay poco en el texto propiamente para apoyar esa premisa. (…) como Heródoto, creó un método de trabajo que los periodistas han emulado durante siglos, un método de reportear que es consistente con el método que el periodismo ha venido practicando desde tiempo antiguos, creando una imagen del periodista en la cultura popular que es tan válido hoy como lo era entonces.
Texto original, en inglés, aquí.
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Joe Saltzman es un periodista premiado y profesor de periodismo de la USC Annenberg School for Communications, en los Estados Unidos. Dedicó 15 años a investigar y catalogar imágenes de periodistas en películas, programas de televisión y de radio, avisos comerciales, dibujos animados y literatura popular. Su vasta colección incluye miles de horas de programas de TV y viejos programas de radio, que hace poco puso al alcance de todos en el proyecto “La Imagen del Periodista en la Cultura Popular”, del Norman Lear Center de Annenberg, que dirige. Salzman, que dicta un curso llamado La Imagen del Periodista en la Cultura Popular, ha ganado tres premios como profesor desde que está en USC. Sigue trabajando activamente como periodista.



August 15th, 2011 → 4:21 pm @ elpuercoespín
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