Ordenaba masacres en Congo desde la tranquila Alemania vía Internet, por Laura Lucchini

13 agosto, 2011

BERLIN – En un momento de alta tensión, un rebelde en el Congo intenta desesperadamente contactar a su superior. Está nervioso, debe asegurarse de que la orden recibida significa lo que ha entendido: se trata de vida o muerte, necesita una segunda confirmación. Desde 6100 km de distancia, su jefe en Alemania le ha transmitido una orden clarísima y dramática: “Creen una catástrofe humanitaria”. Es obvio que se trata de acciones que tendrán consecuencias: el guerrillero, cuyo nombre en código es “Radja” ya ha enviado tres mensajes de texto, pero no ha obtenido respuesta.as

Dos horas más tarde, Radja prueba de nuevo. Es el 8 de mayo de 2009, son las 16:19 en Mannheim, Alemania. Ahora, el presidente de las Fuerzas Revolucionarias para la Liberación de Ruanda (FDLR), grupo de rebeldes de la etnia hutu que se hallan en  este del Congo, vuelve del asilo donde acaba de recuperar a su hijo de cinco años y puede responder. La cadena de órdenes puede ser reconstruida gracias a los registros de la compañía telefónica Thuraya, de Abu Dhabi. Los soldados del grupo rebelde hutu entrar en la noche en la pequeña ciudad de Busurungi, en la región de Kivu, disparan a decenas de civiles, masacran a otros con machetes; mueren 96 personas en total, entre ellos 23 mujeres, 26 niños y siete ancianos.

De estas y otras masacres se habla en estos días en Stuttgart, durante el proceso contra Ignace Murwanashyaka, de 48 años, líder del FDLR, el movimiento que representa la evolución actual del ejército y las milicias que perpetraron en 1994 el genocidio contra la etnia Tutsi y que es considerado por las organizaciones de derechos humanos como el artífice de los peores crímenes contra las mujeres, tristes protagonistas de una guerra en la que son sistemáticamente violadas y asesinadas. Para Alemania, se trata del primer proceso desde la introducción del código de derecho penal internacional (VStGB), en 2002.

Ignace Murwanashyaka fue arrestado a fines de 2009 en su casa de Mannheim. Su nombre figuraba desde hace años en la “lista negra” de las Naciones Unidas y sobre su cabeza pesaba una orden de arresto internacional de Interpol. A pesar de todo ello, guiaba su organización a la sombra de una vida tranquila en diversas ciudades de Alemania. La investigación reveló claramente cómo Internet y las telecomunicaciones actuales vuelven posibles llevar adelante guerras tras las murallas seguras de una democracia europea. Se trata de la banalidad del mal de quien conduce, a través de una casilla postal de gmx en Alemania, el conflicto más sanguinario de los que tienen lugar actualmente en el planeta.

La historia de Murwanashyaka fue develada por primera vez en 2009 por el periodista Markus Frenzel, quien entrevistó al jefe de las FDLR en su casa –y obtuvo, por este servicio para la televisión pública Ard, el premio de Amnesty International para el periodismo dedicado a los derechos humanos. Desde el salón de su casa, este hombre delgado con anteojos y palabra fácil miraba a la cámara de Frenzel y decía en perfecto alemán: «Ich bin der President dieser Organisation. Ich weiss ganz genau was geschiet» (soy el presidente de esta organización y sé exactamente todo lo que ocurre). Frenzel ha publicado recientemente un libro que se llama Leichen im Keller (Cadáveres en la bodega), en el que intenta comprender cómo es posible que un país europea permita que ocurran episodios como este.

«Murwanashyaka vivía en Alemania, esto se sabía desde la orden de arresto de la Interpol. Del mismo modo, su nombre figuraba en la lista negra de las Naciones Unidas, y allí se decía “residente en Alemania”. Ponerse en contacto con él fue increíblemente simple. Hasta hace pocos años atrás la organización tenía una página de Internet, fdlr.org, que era la la homepage internacional de los rebeles: allí aparecía su nombre y su número de teléfono celular», contó Frenzel en una entrevista con Linkiesta.

Difícil, también para este periodista que ha asumido un rol fundamental en el arresto del líder ruandés, explicar cómo ha sido posible. La Cancillería alemana no ignora que en Congo está en marcha una guerra que ha causado unos siete millones de muertos desde 1994 hasta hoy y representa “una de las guerras más atroces de la actualidad en el mundo entero”. Simplemente, según Frenzel, “no se alcanzaba a imaginar que este hombre pequeño, delgado y aparentemente débil pudiese figurar, de hecho, entre las cabezas de la guerra”.

Nacido en Ruanda, en Butare, en 1963, Murwanashyaka vive en Alemania desde 1989. En los años en que estudiaba Ciencias Políticas en la universidad en Bonn, participó en la organización de movimientos universitarios trasnacionales que simpatizaban con los Hutu. En 2000, obtuvo asilo político y desde entonces vive en Mannheim. “Despues del genocidio de Ruanda, la entera jerarquía Hutu cambió completamente, porque, de improviso, las figuras de peso, tanto los representantes políticos como los vértices militares, fueron perseguidos por crímenes de guerra contra la humanidad. Esto significa que los otros líderes estaban desacreditados y debían ser sustituidos velozmente. Una importante figura política que estaba detrás de los Hutu era Joseph Kabila, y fue justamente él quien se convirtió, de algún modo, en el protector de Murwanashyaka», explicó Frenzel.

Es necesario agregar que Murwanashyaka es un hombre culto, con una formación excelente, sabe hablar y negociar, y sobre todo no tiene las manos sucias. Por todas estas razones, aparece de pronto como un candidato perfecto para conducir la organización. Desde 2001 realiza actividades diplomáticas para el FDLR. En 2005 está ya entre los líderes de la organización, al punto que es arrestado en Alemania al año siguiente, pero puesto en libertad poco después por falta de pruebas. Deberán pasar todavía varios años para que las autoridades alemanas se den cuenta que tienen el “mal” en casa.

“La conducción de las guerras ha sido, desde siempre, sólo una cuestión de comunicación, y hoy la comunicación es más simple y rápida que nunca. Yo puedo mandar una orden desde Mannheim y un segundo más tarde llega a soldados en un pequeño pueblo en la selva”, explica Frenzel. El contacto entre Murwanashyaka y sus tropas era cotidiano: los guerrilleros le mandaban propuestas por e-mail, las leía, hacía observaciones, respondía y ellos obedecían. Simple y eficaz.

El líder de los rebeldes está tan seguro de su posición en Alemania y tan orgulloso de su rol que no pensó dos veces antes de conceder la entrevista en la cual admitió ser presidente de las FDLR.

«Antes de la entrevista, tuve la sensación de que no sabía qué estaba haciendo. Pero cuando lo entrevisté me di cuenta de que estaba absolutamente seguro de que en Alemania no le podía ocurrir nada. Era buscado desde hace años por Interpol, si encontraba en la lista negra de las Naciones Unidas, tenía bloqueadas sus cuentas en bancos extranjeros, había sido objeto de investigación por parte de los principales juristas alemanes, pero vivía sin ser molestado”, indicó Frenzel. “Naturalmente, también la vanidad jugó un rol. Se puede observar también en el juicio: como mira a las cámaras, cómo sonríe, cómo se mueve. Es una persona orgullosa y quería decir públicamente que era el presidente».

En el proceso de Stuttgart está acusado de ser responsable de 39 crímenes de guerra y 26 crímenes contra la humanidad. Las pruebas, esta vez, son mucho más consistentes que en 2006: “Hay registros de los contactos telefónicos. Hay un documento que fue encontrado por las Naciones Unidas en Kivu en el que se describe su posición en el liderazgo de la FDLR: se trata de una declaración oficial con membrete y dice de modo muy claro que él tiene la responsabilidad en la conducción de las operaciones militares. Hay también una orden vía sms: ‘Causen una catástrofe humanitaria contra la población civil’. El Consejo de Seguridad de la ONU interceptó el mensaje en 2009”.

Hay todavía muchos en Alemania que dudan que se pueda llegar a una condena del imputado. En primer lugar, porque los fiscales alemanes dependen del apoyo legal ruandés; de otro modo, no podrían interrogar a testigos de ese país. La fiscalía general de Ruanda tiene todo el interés en que se llegue a una condena rápida de Murwanashyaka, a tal punto que en el pasado pidió la extradición. La defensa denuncia la dificultad en convocar testigos que podrían derribar la acusación, por el riesgo de que deban enfrentar “amenazas, torturas y muerte”. Y es por esto que ha elegido como línea describir a Ruanda como “un país de tortura”, “un Estado fallido”, “una dictadura”: una tesis que seguramente no será difícil sostener.

Aquí, versión original de este artículo en italiano.

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