La Presidenta, por Sandra Russo

August 9th, 20117:00 am @

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Los vestidos ocupan otro capítulo especial de su infancia, y delatan también, aunque ella no se detenga en eso, el rasgo de un país en el que la clase trabajadora tenía acceso al satén, al terciopelo y a la gasa. Los vestidos, las muñecas y los libros fueron los pilares de esa infancia.

–Mamá siempre volcaba sobre nosotras, mi hermana Gisele y yo, todo lo que no había podido lograr. Su propia infancia debe haber sido más dura, con menos muñecas, seguro. Porque a mí me compraba todas. La muñeca Pierangeli, la muñeca Viviana, las muñecas más lindas. Tenía el jueguito de dormitorio, con la comodita y la camita, la cocinita, el roperito. A mí también me vestía como a una muñeca de torta. Los vestidos me los hacía ella… Qué increible, mirá vos, los vestidos, ya de chica. Me estoy acordando ahora que había una pollera negra toda plisadita, una pollera plato, que era de mi mamá, con la que yo jugaba a ser ella. Muchos años después encontré una igual en Chocolate y me la compré. Todavía la uso, tengo un apego especial por esa pollera. Cuando me la ponga te aviso para que la veas. Y los vestidos, me acuerdo de algunos. Eran muy trabajados, muy esmerados. Un vestido de broderie que me hizo para un cumpleaños. Tenía una faja de terciopelo color coral. Divino. Otro que me acuerdo era de gasa celeste, plisada, con botoncitos de strass acá atrás, en la espalda y con cuello bebé. Ese también tenía una faja de tela un poco brillante y de un celeste más intenso. ¿Será por eso que me gustan tanto las fajas y los cinturones? ¿Será por esos vestidos que me hacía mamá? Qué raro es esto de remover las cosas. Mi tía Noemí murió de cáncer muy joven, pero cuando yo era chica la veía maquillarse y me encantaba. Mamá y mi tía se arreglaban mucho, pero mi tía era la que se maquillaba. Mamá no tanto. Mi tía era la loca por las carteras… ¡Mirá vos, las carteras! Y era coqueta, muy coqueta. Me acuerdo de sus manos, de sus uñas siempre perfectas, siempre manicuradas, las uñas rojas. Me crié con esas dos mujeres que eran muy femeninas, que no abjuraban de su condición de mujeres. Al contrario: se reafirmaban. Me acuerdo de otro vestido, de un vestido azul de una tela increíble… ¿Dónde habrá conseguido mamá esa tela? (…)

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(…)

Le miro la cara sin maquillaje todas las veces que puedo sin ser grosera. Sé que verla así es excepcional. Esperé mucho para llegar a este momento de conversación distendida en su casa de El Calafate, y entretanto charlé con otros colegas que viajaron aquí para las entrevistas previas a las elecciones de 2007. Las únicas que dio. Me habían dicho:

–No tenía una gota de maquillaje. La mina es preciosa igual.

Cuando ella habla, se abstrae y se mira para adentro, y yo la miro a ella. El pelo largo no está peinado, sólo cepillado. Le cae con fuerza sobre los hombros. No le voy a preguntar nada sobre las extensiones porque me parece una boludez, aunque hay una diferencia ostensible en la melena de quien fuera Primera Ciudadana y ahora es Presidenta. Hace poco me mandaron por mail la protesta de un lingüista por la insistencia de Cristina en imponer esa palabra: presidenta. El lingüista explica que en castellano la terminación en “e” implica a los dos géneros , y que es incorrecto decir presidenta así como decir gerenta o intendenta. Pero en esa explicación leo además que “el género masculino incluye al femenino”, de modo que creo que hay que decir presidenta, que hay que rebelarse contra esa regla que vuelve subalternas a las mujeres y nos hace costillas semánticas de los varones. Me parece políticamente justo decirle Presidenta.

 

La piel está humectada, tiene esa luminosidad tenue, esa flexibilidad bienhechora que dan las buenas cremas. Cuando están muy delineados, los ojos atraen mucho la atención. Ahora se funden en la cara. Las pestañas, sin rimmel, tienen menos importancia y en cambio se pone en evidencia el castaño de los ojos. Libre de maquillaje, la cara de Cristina es la de una mujer de mediana edad que tiene las marcas de tiempo, pero que las armoniza entre sus rasgos. Es linda a secas, si la belleza, como dicen, está asociada a la proporción. La nariz es pequeña e interviene mucho en su gestualidad, frunciéndose o inflando sus aletas cuando describe algo que le da rabia . La boca tiene brillo y no ahorra dientes cuando se ríe a carcajadas. Uno se queda mirando esa cara y buscando algo que le falta, y al rato descubro que son las cejas, que en público están muy marcadas y ahora son finas y casi invisibles.

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Repasando la historia de Cristina, la imbricación de su vida con la de su marido, se llega a la construcción de un tipo de familia que le permitió desplegar su vocación política sin renunciar a nada de eso otro, lo del eterno femenino: la maternidad, la coquetería, la seducción. Hay un tipo de mujer, raro y al que ella pertenece, que nos ratonea a todas, porque en el fondo ninguna quiere renunciar a nada, y todas querríamos ser lindas, inteligentes y exitosas, pero no podemos con todo. Ese es uno de los fondos negros del rechazo que Cristina suscita en el imaginario gorila, y que ha sido usado y agitado desde el 2008, cuando las mujeres que apoyaban al “campo” reprodujeron un odio que venía de los tiempos de Evita pero que había que ajustar a Cristina. Las críticas de género que ha recibido, sostengo generalizando un poco, han sido de dos clases: del lado masculino se ha agitado el desprecio por la mujer; del lado femenino, se desplegó la envidia.

Las mujeres somos muy envidiosas de otras mujeres que percibimos o suponemos mejores que nosotras. Es feo, pero es así. Todavía somos, en algunos repliegues de nosotras mismas, remotas chimpancés anhelantes de que el macho dominante se detenga en nuestro celo. Y cuando hay otra que exhibe atributos que son fuegos artificiales al lado de nuestras llamas de fosforitos –ésta es la pasta base de la envidia: que alguna pueda lo que otra no, y la sensación de ser portadoras de una pobre llama de fosforito-, hay envidia. Claro que el “macho dominante” ahora es una metáfora abierta a muchas posibilidades. Bien puede tratarse del poder.

No hemos aprendido qué hacer con esos sentimientos. No sabemos cómo trabajarlos internamente. Brotan de nuestra inseguridad. Crecen en nuestras áreas restringidas hasta para nosotras. No le llamamos así, envidia. Tapamos eso con explicaciones que aunque sean estúpidas se pueden contar en la sobremesa con amigas.

Hay un exceso en Cristina Fernández que otras sienten como una afrenta. Puede gustar o no gustar como dirigente política, pero cuando no gusta, y son otras mujeres las que lo expresan ese disgusto muchas veces también es excesivo. En 2008, circuló un correo electrónico que decía: “Demostrémosle a esa mujer que se cree más de lo que es, que es una simple mujer”. Lo firmaba otra mujer.

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(…)

Valeria la recuerda en el departamento de Juncal y Uruguay, cuando Néstor ganó la Presidencia y ella era la flamante Primera Ciudadana. Invitó a todo su equipo a su casa, y hubo bombones y café. Esa tarde Cristina le mostró a Valeria una lapicera preciosa, cara, de marca, que ella le había regalado a Néstor para que fuera la lapicera de un Presidente. Estaba allí, en su estuche, deslumbrante.

-¿Vos podés creer que le regalo esta belleza y el animal anda por ahí firmando con su Bic?- se rió Cristina. Néstor usó una Bic durante todo su mandato.

La coquetería de Cristina y la desprolijidad de Néstor siempre se complementaron extrañamente bien. Estela de Carlotto ha relatado que en esa época también fue invitada con algunos Hijos y Nietos a ese departamento, y que Néstor, al que no conocía todavía, apareció de pronto en el living para saludar y despedirse.

-Me voy a comprar los zapatos-dice Estela que Néstor le dijo a Cristina. Todos entendieron que eran los zapatos para la asunción.

-Néstor, que no sean mocasines-le pidió Cristina.

-Cristina- le tapó la boca él, mientras se iba.

-¡Por lo menos que no tengan hebilla!-alcanzó a gritarle Cristina antes de que cerrara la puerta.

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(…)

Sobre la fiesta del Bicentenario Cristina empezó a hablarme en El Calafate, y sobre el Museo del Bicentenario –ya inaugurado- me habló también en México. Primero habló de cómo se organizó el festejo del 25 de Mayo de 2010, y luego de cómo fue allí, en México, que nació el compromiso de proteger el Siqueiros que es la estrella del nuevo Museo. Aunque, como ella explicitará, el Siqueiros es también una herramienta para motorizar otra idea más ambiciosa, que es contar la historia argentina.

La enorme fiesta del 2010 fue un punto alto en la historia reciente. Fueron quizás esos días la demostración empírica, corporal y emocional de que la Argentina no vive el clima de crispación que fogonean los grandes medios. Que hay un espíritu lo suficientemente expandido y masivo como para haber hecho de los festejos de los 200 años de la Patria una experiencia personal imborrable y multiplicada por millones.

En El Calafate, Cristina empezó a hablar de los preparativos de esa fiesta cuando buscó un ejemplo para explicarme que ella no es obsesiva, sino perfeccionista. Entre reunión y reunión se ocupa de las obras que no terminan nunca en la Rosada.

Nunca hubo tantos cambios allí. Cambios estéticos y simbólicos. En la Presidencia de Cristina se inauguraron El Salón de las Mujeres y el de Los Patriotas Latinoamericanos. Pero la innovación más espectacular fue la recuperación de la ex Aduana Taylor, ubicada sobre el punto geográfico exacto de la fundación de la ciudad, para instalar allí la obra del muralista mexicano que fue recuperada.

En los dos casos, Cristina se zambulle en el relato de cómo fue organizado el trabajo. Lo hace con un grado de detalle y detenimiento que llega a darme la impresión de que, si no le cambio de tema, no hablará de otra cosa. Le pregunto si ocuparse de cuestiones estéticas, arquitectónicas, históricas, la entretiene. Di en la tecla. Decididamente, dice, sí.  “Necesito hacerlo”.

-Lo del Bicentenario fue maravilloso. Yo armé todo con Parrilli. Esto va a ser así, esto va a estar acá. A Zannini lo tenía podrido. Le contaba cada cuadro de Fuerza Bruta, porque el proceso de trabajo consistió en que yo les dije los temas, ellos desarrollaron las ideas, y yo volvía a reordenarlas. Lo fuimos conversando en diferentes reuniones. Yo incluí la Vuelta de Obligado. La idea de la Argentina Voladora fue de ellos. Pero ellos habían puesto a los pueblos originarios después de la Argentina Voladora y yo les dije no, la preexisten, tiene que pasar antes. El cuadro de la Constitución lo discutimos. Habían venido con la idea de que la Justicia se quemaba junto con las urnas, y yo les dije no, no, acá la Justicia siempre permaneció, no la tocaban, cerraban el Congreso y metían en cana al Presidente, pero la Justicia seguía. ¡Y Zannini y Kirchner me escuchaban como si yo estuviera diciendo pelotudeces, como si cada vez que me ponía a trabajar en eso me hubiese ido a la peluquería! Cuando una semana antes empezaron a cortar las calles, Néstor llegó hecho una furia. “Levantá eso, está todo el tránsito cortado, nos van a putear”, me dijo. Yo le decía “dejame de hinchar”. Y cuando empezó a llegar la gente… fue increíble. Yo sabía. No sabía que iban a ir tres, cuatro millones de personas, pero por algo elegí la 9 de Julio (…)

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