Yalta: espionaje, traición y el reparto del mundo, por Eduardo de Miguel

5 agosto, 2011


 

***

Del 4 al 11 de febrero de 1945, la Conferencia de Yalta reunió a los tres grandes aliados antinazis: el inglés Winston Churchill, el estadounidense Franklin Roosevelt y el virtual anfitrión, el líder soviético José Stalin. Los “Big Three” se habían reunido por primera vez en Teherán en noviembre de 1943 y darían la puntada final al nuevo orden mundial en Postdam, cerca de Berlín, en julio de 1945.

Pero casi todo ese guiso se cocinó en el Palacio Imperial de Yalta, en Crimea, bajo el nombre de “Declaración dela Europa Liberada”. Varias secuencias fotográficas retrataron las reuniones, aunque entre las más reproducidas en Occidente hay una capturada por militares estadounidenses, en la que el frío y las manos disputan el protagonismo a las apariencias de un clima casi fraternal.

De izquierda a derecha, aparecen Churchill, Roosevelt y Stalin, acomodados en duros, austeros sillones, en un patio descubierto del Palacio de Livadia. Las temperaturas medias de febrero en Crimea son bajo cero, lo que explica el gorro de piel de Churchill, su sobretodo militar, muy parecido al de Stalin, y la manta oscura con que cubre su traje de civil Roosevelt, de salud precaria y próxima muerte, a sus 63 años. El inglés llegaba con 71 años y el georgiano, con 67.

En una de esas composiciones, tal vez la más difundida de los tres de Yalta, Stalin curiosea desde su extremo inclinado, entretenido, cerca del hombro de Roosevelt. El norteamericano hace un comentario que Churchill también sigue, con ojos bien abiertos de frente a los dos, y que parece destinado en realidad a los diplomáticos, militares y asistentes próximos al rústico escenario de tres sillas.

Las manos ponen a cada líder en un juego distinto: Stalin se aísla, estrechándoselas. Roosevelt separa las suyas, una sobre la pierna y la otra, aún enfermo como estaba, sosteniendo un cigarrillo. Churchill, habano en boca, usa sus manotas para acomodarse una manga de la capa de abrigos que lo cubren como a una tortuga.

La producción de la “foto de la cumbre” dura dos o tres minutos. Aquellas manos firmaron después un pacto por elecciones en los territorios liberados del Eje, el nacimiento de las Naciones Unidas y el desarme, la desmilitarización y la partición de Alemania en cuatro zonas bajo control de los tres aliados más Francia.

En los prolegómenos que siguieron a la foto y a una cena con caviar y pollo frito, Stalin juró: “No conozco una gran nación que esté intentando ser amo del mundo. Tal vez estoy equivocado, y no puedo verlo todo”.

Pero, detrás, otros veían y hasta escuchaban por él, muy cerca de esa amable hilera de sillones, y más allá de lo que podían captar las lentes fotográficas.

 Entre los cientos de asesores que llegaron con Roosevelt a Yalta se contaba uno influyente, Alger Hiss. Al final de la guerra, el ascenso diplomático de Hiss parecía imparable y Harry Truman, sucesor de Roosevelt, le confió la negociación dela Cartadela ONU.

Pero la carrera de Hiss se truncó de repente, al ser denunciado ante el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC, por sus siglas en inglés), en el comienzo de una larga campaña anticomunista que movilizó a toda la nación.

El periodista David W. Chambers, ex expía de Moscú arrepentido y convertido en informante de Washington tras el pacto de Stalin con Hitler, denunció que había conocido a Hiss en los años 30, antes de su ingreso en el Departamento de Estado, y que había militado con él en el comunismo. El Comité citó a a Hiss y escuchó su descargo –admitió haber tratado a Chambers, incluso bajo otro nombre, George Crosley. Entonces, apareció el FBI de Edgar Hoover con nuevos informes que reforzaban los cargos de “anti-americanismo” y renovaron la presión sobre los protagonistas.

Sin pruebas fehacientes, Hiss demandó a Chambers por 75 mil dólares. Citado otra vez, Chambers delató directamente a Hiss como espía de los soviéticos -por lo tanto, también en Yalta- y entregó cartas, documentos y hasta microfilms que atesoraba dentro de una calabaza vacía y que dio al escándalo el mote de “Pumpkins papers” (Los papeles de calabaza).

Hiss se proclamó inocente entonces y lo mantuvo hasta su muerte, en 1996, pero igual cumplió cinco años de cárcel. Con dos textos, “In the Court of Public Opinion” (1957) y “Recollections of a life” (1988), esgrimió su defensa como pudo, pero su delator Chambers se impuso una vez más en las librerías, con su propio testimonio sobre el escándalo.

Documentos desclasificados en 1995 confirmaron que los soviéticos tenían enlistado como espía a Hiss ya durante las negociaciones de Yalta, cuando era Director de Asuntos Políticos Especiales del Departamento de Estado.

Diez años después de la caída del Muro de Berlín, el ex agente soviético Vasili Mitrokin escribió una versión posterior a los acontecimientos, de fuente rusa, en su libro “La espada y el escudo”:

Stalin estaba mejor informado que sus aliados en Yalta de lo que había estado en la reunión previa de Teherán. Los Cinco de Cambridge, hasta allí no sospechados de ser dobles agentes, proveían un flujo regular de documentos clasificados de la inteligencia militar británica sobre la conferencia… Alger Hiss ya había conseguido convertirse en miembro de la delegación americana.

Chambers murió de un infarto en julio de 1961, días antes de la construcción del Muro de Berlín. Este sería, por cuatro décadas, el máximo símbolo dela GuerraFría que comenzó a librarse en la lejana Yalta.

 

 

 

, , , , , , , videos

Leave a Reply