Somalía: piratas, señores de la guerra y, ahora, la hambruna que puede acabar con todo lo demás

August 2nd, 201111:16 pm @

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“Llevamos 16 días caminando y hace media hora que salimos de Somalia”. Hasán Ali y sus siete compañeros se sientan en la tierra al borde del camino. El paraje es semidesértico, árboles grises quemados por el sol se mezclan con unos pocos aún verdes. El viento levanta el polvo y alivia algo el calor de un sol que cae a plomo sobre los ocho hombres.

Estamos en territorio de Kenia, apenas a dos kilómetros de la frontera con Somalia. Se oye ruido de disparos. Ali se toca los pies y muestra uno de ellos hinchado. “Nuestras familias están ya en Dadaab [el mayor campo de refugiados del mundo, en Kenia]. Somos los últimos, no queda nadie en Dinsor”, cuenta. Detrás de él, el más joven del grupo, Madowa Abdulahi, de 15 años, se dibuja figuras en la piel seca de sus piernas.

Ali era pastor y granjero. Tenía 20 vacas y cinco cabras, pero los animales murieron en marzo debido a la sequía que afecta al Cuerno de África, la peor en los últimos 60 años. “Cuando nos acabamos la poca comida que nos quedaba, decidimos irnos. Vendí mi granja para pagar el transporte de mi familia y nosotros empezamos a andar”.

La mujer y los cinco hijos de Ali compartieron con más refugiados un camión desde Dinsor a Dadaab. Ellos forman parte de las más de 380.000 personas que ocupan un campo construido en 1992 para 90.000 refugiados.

Dinsor, como gran parte de Somalia, se encuentra bajo el control de la milicia islamista Al Shabab. Este grupo, que se considera la rama de Al Qaeda en África oriental, lucha contra el Gobierno somalí para imponer un régimen islámico radical.

El pasado viernes, Al Shabab negó que haya hambruna en dos regiones de Somalia bajo su control, Bakool y Lower Shabelle, pese a lo anunciado por la ONU el 20 de julio.

“¡Al Shabab miente!”, dice Ali, exaltado. “Quieren que la gente se quede allí, quieren que nos muramos de hambre en Somalia. Nosotros intentamos huir de Dinsor hace dos meses pero no nos dejaron, decían que nadie podía abandonar el país, pero ahora ya no impiden a la gente marcharse”.

Entonces todos se vuelven a poner las gastadas chanclas que las dos semanas de marcha han reducido a finas láminas de plástico. “No sé cuándo llegaremos a Dadaab, pero quiero quedarme en Kenia, no quiero volver a Somalia”. Ali y sus compañeros empiezan de nuevo a caminar por el polvo. Aunque no lo saben, aún deben recorrer unos 100 kilómetros antes de llegar al campo de refugiados.

Cerca de allí, un destacamento de soldados kenianos custodia el puesto fronterizo. Un tablón con pinchos y una barrera hecha con ramas de árboles separan Kenia de latierra de nadie. Y 800 metros más allá, empieza Somalia.

Marube Daudi, el oficial keniano al cargo del puesto, explica en su cabaña que apenas pasan refugiados por este punto. “Hemos visto muy pocos somalíes por aquí, deben de evitar este puesto y usar otros caminos”. Mientras habla, de nuevo se escucha ruido de disparos. “No sabemos quién dispara a quién”.

Otro de los grupos que han conseguido cruzar la frontera es el de Ali Hajir, que se dirige a Dadaab junto a su mujer, sus seis hijos y otras seis personas. Llevan 15 días caminando, aunque ellos cuentan al menos con tres carros tirados por burros.

“A finales del año pasado, mi ganado empezó a morir. Hace unas semanas vendí mis tres últimas cabras y decidimos huir”, cuenta Hajir, de 55 años. Su mujer lleva encima al niño más pequeño, Sadiya, de tres años, pero que aparenta tener menos de un año de edad. Las duras condiciones de vida conllevan que muchos adultos parezcan más viejos de lo que son, mientras que la falta de alimentos hace que los niños parezcan más pequeños.

“Dinsor es peor que esto”, dice Hajir mirando a su alrededor, “aquí al menos hay algunos árboles verdes. En Dinsor no queda ninguno y tenemos que excavar hondo para encontrar agua, que además es salada”.

“Ya no nos queda comida, cuando vemos algún coche por el camino lo paramos y la gente nos ayuda con agua y algo de comida, pero estamos muy cansados y todos los niños tienen hambre”, relata Hajir mientras sus hijos miran en silencio con ojos enormes.

Hajir golpea a su burro. Lentamente, con crujidos, el carro empieza a moverse y el grupo se pone de nuevo en marcha por el camino de tierra y polvo en el que esqueletos y cuerpos descompuestos de vacas son testigos de su viaje a Dadaab.

Texto original, aqui.

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MOGADISHU, Somalia — El grupo insurgente Shabab, que controla buena parte del sur de Somalía, impide que la gente que se muere de hambre abandone el país y ha establecido un campamento temporal donde detiene a los desplazados que buscan escapar de su territorio.

El grupo es ampliamente señalado como culpable de causar una hambruna en Somalía al expulsar a muchas organizaciones de ayuda humanitaria occidentales, privando a las víctimas de la sequía de la comida que necesitan con desesperación.

La situación empeora día a día, con decenas de miles de somalíes muertos y más de 50.000 niños al borde de la inanición.

Cada mañana, escuálidos padres con escuálidos niños se tambalean hasta el hospital Banadir, una carcaza de edificio con pisos que hieden a combustible diesel porque es todo lo que tienen las enfermeras para combatir las moscas. Los bebés mueren por falta de equipamiento y medicamentos. Algunos son conectados a goteos intravenosos para adultos –es difícil conseguir versiones pediátricas- y sus cuerpos en riesgo no pueden absorber tal cantidad de fluidos.

La mayoría de los padres no tiene dinero para comprar medicamentos, por lo que familias enteras se sientan en camas de cólera a la vieja usanza, con agujeros del tamaño de una pelota de básket en el medio, turnándose para ir al baño mientras chorrean diarrea.

“Esto es peor que 1992”, dijo el doctor Lul Mohamed, jefe de pediatría de Banadir, en referencia a la última hambruna de Somalía. “En aquel entonces, al menos recibíamos alguna ayuda”.

Grupos humanitarios están intentando acrecentar sus operaciones, y Naciones Unidas ha comenzado a enviar comida de emergencia en aviones. Pero muchos funcionarios con experiencia hablan con un tono desalentador, porque uno de los peores desastres humanitarios de las últimas décadas en Africa ha golpeado a uno de los países más inaccesibles de la tierra. Somalía, en especial el tercio de territorio sureño en el que ocurre la hambruna, ha sido considerado como una zona de acceso imposible por años, una caldera sin ley que ha costado la vida a decenas de trabajadores de organizaciones humanitarias, miembros de fuerzas de paz y soldados norteamericanos desde la batalla del Black Hawk Down de 1993, componiendo un panorama que ha alejado a muchas organizaciones internacionales.

“Si esto fuera Haiti, a esta altura tendríamos docenas de personas en el terreno,” dijo Eric James, un miembro del American Refugee Committee, una organización de ayuda privada.

Pero Somalía es considerada más peligrosa y anárquica que Haití, Irak e incluso Afganistán, y el American Refugee Committee, como otros grupos de ayuda, tiene dificultades para conseguir aquí personal entrenado.

“Se puede decir que mucha gente va a morir como resultado del poco o nulo acceso,” dijo James.

Esto deja a millones de somalíes hambrientos con dos elecciones, más allá de huir del país a los vecinos Kenia o Etiopía, donde hay más asistencia. Pueden rogar por ayuda a un gobierno débil, dividido y de transición en Mogadishu, la capital. El otro día hubo un tiroteo entre fuerzas gubernamentales a las puertas del palacio presidencial. “Estas cosas ocurren”, fue la respuesta de Abdiweli Mohamed Ali, el nuevo primer ministro de Somalía.

O pueden quedarse en territorio controlado por la Shabab, que ha jurado obediencia a Al Qaeda e intentado vaciar su área de cualquier influencia occidental -de música occidental, vestimenta occidental, incluso grupos de ayuda humanitaria occidentales durante una hambruna.

Mucho del Cuerno de Africa, que incluye a Kenia, Somalía, Etiopía, Eritrea y Djibouti, ha sido castigado este verano por una de las peores sequías en 60 años. Pero dos partes controladas por la Shabab en el sur de Somalía son las únicas en las que Naciones Unidas ha declarado una hambruna, utilizando criterios científicos de cantidad de muertos y desnutridos.

La gente de esas áreas que ha sido entrevistada en Mogadishu dice que guerreros Shabab bloquean los ríos para robar el agua a pobladores empobrecidos y desviarla hacia granjas comerciales que les pagan impuestos. La Shabab intercepta a los desplazados que tratan de llegar a Mogadishu y los obligan a quedarse en el campamento que administra a unas 25 millas de la ciudad. El campamento alberga ahora varios miles de personas y recibe sólo un poco de comida. “Me sacaron de un colectivo y me metieron allí”, dijo en el campamento una mujer que pidió no ser identificada.

Varias víctimas que lograron llegar a Mogadishu dijeron que la Shabab amenazaba con matar a cualquiera que abandonara sus áreas, fuera hacia los campos de refugiados de Kenia y Etiopía o hacia zonas del gobierno en Somalía y que la única manera de escapar era escabullirse de noche y eludir los caminos principales.

Hace unos años, la Shabab comenzó a prohibir las vacunas, juzgándolas como un plan de Occidente para matar a los niños somalíes. Ahora, incontables niños sin vacunar mueren de sarampión y cólera mientras decenas de miles de personas desnutridas y sin defensas huyen de las zonas de sequía y se amontonan en campamentos sucios y sobrepoblados.

El otro día, Kufow Ali Abdi, un desposeído pastor que perdió todo su ganado, salió caminando del Hospital Banadir, cargando dulcemente en sus brazos un pequeño paquete envuelto en tela azul. Parecía casi un recién nacido, pero era lo opuesto. Era el cuerpo de hija de tres años, Kadijua, que acababa de fallecer de sarampión.

“Sólo espero que puedan salvar a los demás”, dijo, en alusión a sus otros dos hijos, pura piel y  hueso.

La magnitud del sufrimiento podría cambiar el paisaje político, que ha estado dominado por el caos desde 1991, cuando señores de la guerra organizados en clanes derribaron al gobierno central y, a continuación, despedazaron el país. El Gobierno Federal de Transición –el 15avo intento de gobierno—está tratando de afirmarse y hacer retroceder a la Shabab, y el hambre y el esfuerzo para aliviarlo podrían implicar una enorme oportunidad.

“Podría ser un lavado de cara para ellos, una oportunidad de ofrecer servicios y mostrar que están comprometidos”, indicó Sheik Abdulkadir, líder de una milicia. “Pero si muchas personas mueren, la gente dirá que es culpa del gobierno”.

El hambre podría afectar a la Shabab también, profundizando las fisuras en su organización. Los líderes de la Shabab están empezando a hacer  sus propios acuerdos de cara a la hambruna masiva. Unicef entregó recientemente un cargamento aéreo de comida y medicina a Baidoa, un bastión de la Shabab en Xarardheere, otra ciudad controlada por la Shabab y notoria guarida pirata. Un comandante Shabab declaró en una entrevista el sábado que daría la bienvenida a organizaciones de ayuda occidentales a pesar de las políticas antioccidentales impuestas por sus líderes, que han sido golpeados por las muertes de varias figuras prominentes en los últimos tiempos.

Sheik Yoonis, vocero Shabab, afirmó en un e-mail que la declaración de la hambruna fue “una exageración”. Dijo que los combatientes Shabab no estaban apresando gente en el campamento, pero que la gente se sentía atraída por su “sentido de serenidad y seguridad”. También negó que los Shabab estuvieran desviando agua del río o ahuyentando a las agencias de ayuda.

Sin embargo, muchas organizaciones de ayuda son reticentes a aventurarse en áreas Shabab debido a los obvios peligros –los Shabab han matado a decenas de trabajadores de la asistencia—y por las restricciones impuestas por el gobierno norteamericano. En 2008, el Departamento de Estado declaró a los Shabab un grupo terrorista, convirtiendo en crimen proveerles asistencia material.  Los funcionarios de organizaciones de ayuda dicen que las restricciones han tenido un efecto congelador, porque es casi imposible garantizar que los Shabab no tomarán parte de la ayuda entregada en sus zonas.

Hasta los contratistas de las Naciones Unidas han sido acusados de extraer comida, lo que ha resultado en extensas investigaciones y cortes en asistencia que salva vidas.

Las agencias de ayuda occidentales están tratando actualmente de trabajar por intermedio de las organizaciones islámicas y locales tanto como les es posible, pero los socios somalíes no suelen tener mucha pericia técnica. Y un fuerte combate ha brotado en Mogadishu otra vez, tornándolo peligroso aún para los asistentes somalíes.

“Somalia es uno de los sitios más complicados del mundo para entregar ayuda, más complicado que Afganistán”, indicó Stefano Porretti, quien encabeza los esfuerzos del Programa de Alimentación Mundial en Somalia y recientemente trabajó en Afganistán.

Texto original, en inglés, aquí.

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