Arquitectura: en Cantón ya existe la gran Ópera del futuro

26 julio, 2011

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Dice mucho sobre el estado de la arquitectura actual que el más bello teatro de Ópera construido en el mundo en décadas esté en un distrito comercial sin personalidad, ubicado en el límite de esta ciudad, que no tenga artistas residentes y que su programa sea de segunda  (..)

Diseñada por Zaha Hadid, la nueva Opera de Cantón (Guangzhou) es hermosa de ver. Es también un magnífico ejemplo sobre cómo un solo edificio puede rescatar un ambiente urbano moribundo. Sus formas fluidas –que han sido comparadas con un grupo de rocas en el lecho de un río, sus superficies erosionadas por la corriente—dan un súbito foco a la energía a su alrededor y hacen ver todo el área con nuevos ojos. (…)

Es difícil imaginar que el lugar en que está erigida resultara particularmente prometedor cuando Hadid lo vio por primera vez. El proyecto está asentado en el borde de un gran parque sin gracia que es el centro del plan maestro del distrito, a unos quince minutos en auto del centro de la ciudad. Una enorme biblioteca, un edificio kitsch diseñado para parecer un libro abierto, linda con él por el Este; una torre de 103 pisos y vidrios oscuros está justo detrás suyo, haciendo parecer diminutas a las pocas personas que circulan por las calles de abajo. Pero la belleza del diseño de Hadid radica en parte en la habilidad con que entreteje sus formas con las de este contexto insípido. Llegando desde el parque, los visitantes suben por una grandiosa escalera o siguen una larga rampa que se dobla en diagonal pasando un pequeño y secundario salón antes de llegar a la plaza de ingreso en frente del hall central. Las curva de granito y vidrio del hall sobresalen en ángulo sobre la plaza. A la derecha y ligeramente hacia atrás, el salón pequeño, de casi la mitad de su tamaño, es como una gran roca oscura. Las dos estructuras dan forma a una serie de pasadizos a través y alrededor del sitio. Los visitantes pueden pasar de un hall a otro, por ejemplo, y bajar una escalera hasta llegar a un camino angosto en el fondo, o pueden seguir una amplia rampa de cemento que se desprende de ese camino y baja en espiral a una más pequeña plaza exterior rodeada por una piscina reflectante y unos pocos locales comerciales. Otro camino te lleva de regreso al parque o a la calle principal.

Algunos verán en las plazas un recuerdo de los espacios públicos alienantes de las pinturas de de Chirico y las películas de Antonioni. Y uno de los objetivos de Hadid a lo largo de los años ha sido la recuperación de esa clase de extenciones vacías, que pasaron de moda en los años 70 y 80. La diferencia está en su habilidad para transmitir un sentido de cuerpos en movimiento. El diseño aquí nunca es estático; no hay ese sentido opresivo de control presente en algunas obras de arquitectura clásica, con sus líneas perpendiculares y rígidas. En algunos puntos, las curvas de los caminos crean una sensación de aceleración, empujándote hacia adelante; en otros, crean espacios íntimos en los que holgazanear. Para cualquier lado que des la vuelta, se abren rutas inesperadas, de modo que nunca sentís que la arquitectura te manipula.

La sensación de espacio y posibilidades continúa en el lobby, un ambiente lleno de aire, estilo catedral, sostenido por balcones que se curvan alrededor de un auditorio de 1,800 sillas. La luz se cuela por una ventana facetada que envuelve el frente del lobby. De noche, ofrece una vista del horizonte luminoso de la ciudad.

(…) La secuencia de espacios conecta la ópera con el parque que la rodea, recuperando lo que hasta ahora era un espacio apenas usado. Igualmente importante, instala la ópera y sus cimientos como parte del espacio público, algo que pertenece a todos, no sólo a la elite de los conocedores de ópera.

Muchos de los 75.000 paneles de piedra exteriores fueron tan mal colocados que ya han debido ser reemplazados. Algunas partes del enyesado en los lobbies parece haber sido colocado por alguien sin entrenamiento que nunca antes una palita de albañil. (Hay un punto en que es evidente que alguien intentó cubrir con más yeso un pedazo de caño que sobresalía de una pared del lobby).

Pero vale la pena recordad los desafíos que enfrentaron muchos de los tempranos Modernistas, que forzaron los métodos de construcción al límite que planteaba su búsqueda por un nuevo tipo de arquitectura, y frecuentemente no podían encontrar gente con las herramientas o el conocimiento para seguir su guía. Esto ocurrió especialmente en los países menos desarrollados –y que, por eso mismo, abrazaron el modernismo con especial fervor.

En algunos sentidos, China se parece a Italia justo antes del comienzo del último siglo, o a Rusia en los años 20: países cuya fe en la modernidad era empujada, en parte, por sus inseguridades sobre su propio atraso. Visto en esa luz, la Opera de Cantón es un monumento a un momento particular en la historia de China, como también en la carrera estelar de Hadid.

Texto original, en inglés, aquí.

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La primera mujer en ganar el Premio Pritzker de Arquitectura (suerte de Premio Nobel del rubro) desde su creación, hace 26 años, Zaha Hadid, (1950-) ha establecido un acercamiento radicalmente nuevo a la arquitectura al crear edificios como el Rosenthal Center for Contemporary Art en Cincinnati, con múltiples puntos de perspectiva y una geometría fragmentada que evoca el caos de la vida moderna.

Las palabras de apertura de la convocatoria (…) en 2004, fueron: “Su carrera arquitectónica no ha sido tradicional o fácil”. Todos los arquitectos tienen que pelearla, pero Hadid parece haber peleado más que la mayoría. Su determinación, su singular falta de concesiones, son materia de leyenda, aunque, como comentó un escritor, como en un huracán, “las tormentas están todas en el exterior”. En parte, es simple temperamento artístico, necesario, quizás, para crear una arquitectura contundente como la de Hadid. Y en parte es el mecanismo de supervivencia requerido para crear esa arquitectura en lo que aún es una profesión claramente machista. Diva, la llaman sus críticos, aunque, como replicaron las remeras vestidas por el staff de Hadid en la inauguración de su primer gran edificio público, el Cincinnati Art Center, en 2003: “¿Me llamarían diva si fuera un tipo?”.

La contundencia de Hadid es su maldición y su bendición. Una maldición porque un carácter fuerte puede hacer que los clientes salgan corriendo. Hasta hace poco Hadid era más famosa no por los edificios que había construido, sino por lo que no –preservado sólo por sus imágenes vigorosas, dramáticas. A menudo, como es el caso de la Cardiff Bay Opera House, estas oportunidades para construir se perdieron de modo bastante espectcular. Al final, sin embargo, su contundencia es una bendición. Al igual que la selección natural en la arquitectura, ayuda a eliminar proyectos y clientes débiles, de modo que, cuando la arquitectura es construida, al fin, es de voluntad tan fuerte como su creador.

Zaha Hadid fue marcada desde muy temprano. Nacida en 1950 en Bagdad, creció en un Irak muy diferente del que conocemos hoy. El Irak de su infancia era liberal, secular, orientado hacia Occidente, con una economía en rápido crecimiento que floreció hasta que el Partido Ba’ath tomó el poder en 1963, y donde su familia burguesa intelectual jugó un importante papel. El padre de Hadid era político, economista e industrial, cofundador del Partido Democrático Nacional Iraquí y líder del partido Democrático Progresista Iraquí. Zaha no veía razón por la cual no debiera ser igualmente ambiciosa. Había muchas mujeres ejemplares en el Irak liberal, pero en arquitectura, ni hablar en el Medio Oriente, eran escasos en los ’50 y ’60. No importó. Después de la escuela en Bagdad y Suiza, un título en matemáticas en la American University en Beirut, Hadid se inscribió en la Architectural Association, en Londres, en 1972.

La AA de los ’70 era el perfecto lugar para aspirantes a arquitectos ambiciosos y de criterio independiente. Con Alvin Boyarsky como director, se convirtió en el terreno más fértil para la imaginación arquitectónica, hogar de una generación precoz de estudiantes y maestros que ahora son nombres fundacionales, como Rem Koolhaas, Daniel Libeskind, Will Alsop y Bernard Tschumi. Fue un período en que se abandonó el modernismo optimista anterior a 1968, entre la incertidumbre económica y el conservadurismo cultural. También en arquitectura, el modernismo democrático era percibido como un fracaso y había un movimiento de péndulo hacia el posmodernismo historicista y la conservación. Los teóricos de la AA hicieron lo opuesto. Rechazaron el kitsch postmodernista para volverse aún más modernistas. Como serpientes arrojando la piel, descartaron los fallidos proyectos utópicos del “primer” modernismo para pensar uno nuevo con una más sofisticada idea de la historia y la identidad humana, una arquitectura que corporizara el caos y la desconexión de la modernidad en su propia forma.

Zada Hadid

Si Hadid fue atraida por alguno de sus tutores, fue por Koolhaas, quien trabajaba sus ideas sobre la neo-modernidad en libros como Delirious New York, de 1977. Cuando Hadid se graduó, ese mismo año, Koolhaas le ofreció un puesto como socia en la nueva firma que compartía con Elia Zenghelis, la Office for Metropolitan Architecture (Oficina para una Arquitectura Metropolitana). Pero no duró mucho allí. Koolhaas la describió en ese momento como “un planeta en su propia órbita”. Hadid tenía sus propias ideas sobre arquitectura que alimentar. Y fue una larga incubación. Comenzó a enseñar en la AA mientras desarrollaba su propio estilo de arquitectura neo-modernista, uno que retrocedía hasta las raíces del modernismo en el constructivismo y el suprematismo de principios del siglo XX.  Su proyecto de tesis, un hotel en el Hungerford Bridge de Londres, fue bautizado como el Tectonik de Malevich (Malevich’s Tectonik), en referencia al suprematista Kasimir Malevich, quien escribió en 1928: “podemos percibir el espacio sólo cuando nos separamos de la Tierra, cuando el punto de apoyo desaparece”. La arquitectura de Hadid se desarrolló en consecuencia, creando un paisaje que, metafóricamente –y, quizás, algún día, literalmente–, parece alzar vuelo.

Se puede llamar a su obra moderismo barroco. Clacisistas barrocos como Borromini rompieron las ideas del Renacimiento de una sola perspectiva en favor de espacios vertiginosos diseñados para elevar los ojos y el corazón hacia Dios. Del mismo modo, Hadid rompe tanto el modernismo formal clásico, atado a reglas, de Mies van der Rohe y Le Corbusier y las viejas reglas del espacio —paredes, cielorrasos, frente y contrafrente, ángulos rectos. Luego las rearmó en lo que llama “un nuevo fluido tipo de espacialidad” de perspectivas múltiples y geometría fragmentada, diseñada para corporizar la caótica fluidez de la vida moderna.

La arquitectura de Hadid niega su propia solidez. Aun sin crear formas que metamorfoseen y cambien –todavía materia de ciencia ficción–, Hadid crea el sólido aparato que nos hace percibir el espacio como si metamorfoseara y cambiara a medida que pasamos. Quizás sabiamente, dice poco acerca de la teoría. A diferencia, digamos, de Daniel Libeskind, no dice que una figura simboliza esto o aquello. Y porta su identidad cultural de modo ligero. Visiblemente, y de una forma diplomática que no le es característica, se niega a hacer comentarios sobre la situación en Irak. Hadid deja que sus espacios hablen por sí mismos.

Esto no significa que son meros ejercicios de forma arquitectónica. Su obsesión con la sombra y la ambigüedad está profundamente enraizada en la tradición arquitectónica islámica, mientras que su naturaleza fluida, abierta, es una respuesta políticamente cargada a los paisajes urbanos crecientemente fortificados y no democráticos.

Todo lo cual hubiera sido imposible sin el advenimiento del diseño asistido por computadora que da a los arquitectos casi infinita libertad para crear cualquier forma que deseen. Construir realmente este nuevo tipo de espacios es otra cuestión. Formas tan melodramáticas requerían una inversión significativa, tanto financiera como de ingeniería.  En los 80, se tomaron los primeros pasos tentativos cuando arquitectos como Peter Eisenman y Frank Gehry comenzaron el largo proceso de convencer al público de amarlos, y a clientes de invertir en ellos. Hadid fue elegida como parte de la exhibición seminal Arquitectura Deconstructivista en el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, la primera muestra definitiva de la nueva generación. Los críticos la amaron, pero la mayoría de los visitantes del museo hallaron desconcertantes las nuevas formas, particularmente las de Hadid. Ella presentó sus ideas en pinturas impresionistas, abstractas, pensadas para transmitir el sentimiento de sus espacios. Hadid explicó que los dibujos de la arquitectura convencional no podrían nunca ser el vehículo del “sentimiento” de sus espacios radicales y fluidos, pero las pinturas sí. Tomó tiempo, sin embargo, que la gente las entendiera.

Lentamente, comenzaron a surgir clientes curiosos, dispuestos a gastar dinero en llevar a la práctica la peculiar nueva arquitectura de Hadid. Fue un comienzo balbuciente. Su primer gran éxito, The Peak, un spa diseñado para Hong Kong, nunca se construyó. Tampoco lo fueron los edificios en el Kurfürstendamm de Berlín, o un centro de arte y medios en Dusseldorf. Su primer proyecto construido, The Fire Station en el complejo de producción de la firma de muebles de oficina Vitra en Weil-am-Rhein en la frontera suizo-alemana, fue un éxito formal pero no uno práctico. Los bomberos se mudaron a otro edificio y el edificio devino un museo de la silla.

Su proyecto más famoso, sin embargo, fue el diseño que ganó el concurso de la Cardiff Opera House en 1994 y fue abandonado por la Millennium Commission después de la ruidosa oposición de lobbistas locales, en particular políticos de Cardiff temerosos de que la arquitectura de elite fuera “impuesta” desde Londres a un ciudad galesa. Gran Bretaña todavía estaba hasta el cuello en la cultura arquitectónica y política conservadora que había emergido en los años 70. El gusto popular se hacía gradualmente más atrevido pero las ideas de Hadid eran demasiado. Fue una experiencia aleccionadora, que la envió de vuelta a su oficina por varios años, pero de la que aprendió. Más tarde adquirió una visión filosófica sobre Cardiff; lo vio como un punto de quiebre en su carrera. Ha aprendido cómo hacer que su trabajo sea construido.

Paulatinamente, funcionó. Una rampa de ski en Innsbruck, luego una estación de tranvía en Estrasburgo. Irónicamente, fue el medio-oeste norteamericano, tradicionalmente conservador, del que le dio su verdadero salto a la consagración. The Rosenthal Center for Contemporary Art en Cincinnati, Ohio, fue una oportunidad para implementar sus ideas a gran escala y concebir una nueva y sensacional aproximación a la experiencia de curaduría y de museos, que imaginó como un “kit” de partes, explica, que los curadores pueden adecuar a cada exhibición. Las galerías están adentro de tubos oblongos que flotan arriba del nivel del suelo, y entre los que zigzaguean hacia el cielo rampas con forma de cintas. “Es como una extensión de la ciudad, el paisaje urbano¨. Literalmente. Está diseñado como “una alfombra urbana¨, con un extremo atravesando la vereda en la esquina más transitada de Cincinnati, para jalar a los transeúntes desprevenidos. Adentro, la alfombra se enrolla en la entrada, sube por la pared trasera, señalada por franjas de luces que te guían como en una pista de aterrizaje hacia los pasillos, que trepás como un niño en una plaza de juegos, rebotando de una obra de arte a otra, empujado por una arquitecta que apila espacio en una alta torre de viñetas deliberadas, llevando tu mirada por espacios ìntimos y trompes d’oeils y afuera del edificio por  ventanas cuidadosamente colocadas. “Se trata de pasear”, dice Hadid, “de hacer pausas, mirar hacia afuera, hacia arriba, a los costados”. Su nuevo espacio impresionista se hizo realidad. The York Times lo describió, sin exagerar, como “el más importante edificio de los Estados Unidos desde la Guerra Fría”.

Cincinnati tapó la boca a todos aquellos que decían que la arquitectura de Zaha Hadid era imposible de construir. Y las ideas desarrolladas para Cincinnati ya estaban siendo perfeccionadas en otros proyectos de gran escala, como el Centro Contemporáneo de Arte MAXXI, en Roma (que abrirá el año próximo), el edificio central de BMW en Leipzing y el Centro de Ciencia Phaeno en Wolfsburg (ambos proyectos en Alemania abrieron en 2005). Cincinnati fue crucial por dar a Hadid la confianza necesaria para ganar una sucesión de encargos: una terminal de ferry en Salerno, Italia; una estación de tren de alta velocidad en Nápoles; una biblioteca, archivo y centro de deportes en Montpellier; Operas en Dubai y Cantón, un centro de artes escénicas en Abu Dhabi, residencias privadas en Moscú y los Estados Unidos e importantes proyectos de diseño urbano en Bilbao, Estambul y el Medio Oriente. Aún en la conservadora Gran Bretaña, su hogar adoptivo, Hadid completó hace poco el Maggies Centre, para pacientes con cáncer, en Kirkaldy, Escocia. Este modesto proyecto marcó el comienzo de una plétora de trabajo en Gran Bretaña, incluyendo un museo del transporte en Glasgow, una galería para la Architecture Foundation en Londres, un desarrollo de uso mixto en Hoxton Square y el Centro Acuático para las Olimpíadas de 2012 en Londres. Sin lugar a dudas, Hadid ha establecido su reputación como una de las más importantes y apasionantes arquitectas contemporáneas. Al trascender el reino de la arquitectura en papel hacia la forma construida, sin duda completará muchos proyectos memorables en el futuro.

Texto original, en inglés, aquí.

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