Chávez, Fidel y el cáncer, por Jon Lee Anderson

19 julio, 2011

Son tiempos traumáticos para el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien recientemente reveló que sufre de un tipo no especificado de cáncer. La semana pasada, Chávez pidió a su Asamblea Nacional permiso para regresar a Cuba, donde pasó la mayor parte de junio, para recibir quimioterapia. Fue allí donde su enfermedad fue diagnosticada por primera vez y donde fue sometido a una operación que extirpó un tumor “del tamaño de una bola de baseball”, como la describió Chávez, de su zona pélvica. Con buen ánimo, Chávez dijo que amaba la vida como nunca antes. Ayer, un sonriente Raúl Castro apareció en television saludando calurosamente a Chávez en el aeropuerto de La Habana.

La decision de Chávz de ir a Cuba por su tratamiento médico –y seguir manejando Venezuela desde allí, en un característico desafío a sus críticos políticos domésticos—corona un largo romance público entre el extrovertido venezolano, que asumió el poder en 1999, y su proclamado mentor político, Fidel Castro. Tan grande es la admiración de Chávez por Fidel y por su ejemplo solitario en un hemisferio tradicionalmente dominado por los Estados Unidos, que ha rumiado en voz alta sobre una eventual fusión de los dos estados aliados en uno solo llamado “Venecuba”.

Chávez también ha hecho un trueque por el cual Cuba, un país generalmente corto de energía, recibe petróleo venezolano a cambio de la pericia de decenas de miles de médicos, maestros e instructores atléticos cubanos. En una nítida ironía que no pasa inadvertida a Chávez, los Estados Unidos continúan comprando el grueso del petróleo de Venezuela, esencialmente subsidiando su generosidad con los enemigos de larga data de los norteamericanos en La Habana.

Pero el apego de Chávez a Fidel y su hermano Raúl (quien maneja ahora la isla como presidente, luego del retiro de Fidel en 2008) es algo emocional, también, más profundo que mera política. Algunos de los hijos de Chávez han pasado extensos períodos en Cuba viviendo y estudiando, y su hermano mayor, Adán, fue por años su embajador personal allí. Chávez mismo ha viajado a Cuba decenas, si no cientos, de veces durante sus trece años como presidente de Venezuela, tratando a Cuba, de hecho, como un territorio offshore en una empresa revolucionaria conjunta en la cual, a pesar de que su bolsillo es mucho más grande, siempre se considera el socio menor.

En 2008, mientras trabajaba en un artículo sobre Chávez para The New Yorker, lo acompañé en una visita de veinticuatro horas a República Dominicana. Abordábamos el avión presidencial para el vuelo de regreso a Caracas cuando Chávez se volvió súbitamente a su entorno y gritó con excitación: “Vamos a La Habana”. Sus ayudantes suspiraron y pusieron los ojos en blanco –era una típica decisión impulsiva de Chávez–, pero no estaban descontentos.

Fuimos a La Habana, y Raúl Castro nos esperaba en la pista del aeropuerto. (Se había convertido en presidente dos semanas antes, debido a la prolongada enfermedad de Fidel, diverticulitis, que casi lo mató). Después de los saludos, Chávez desapareció con Raúl y el resto de nosotros no lo vio hasta que estuvimos de regreso en el avión al día siguiente. Había visitado al convalesciente Fidel, nos informó sonriendo: “¡Está bien y manda sus mejores deseos a todos ustedes!”

En cierto sentido, ya hay una informal “Venecuba”: la Alianza Bolivariana para las Américas, o ALBA, bloque económico de Estados (Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Dominica, Antigua & Barbuda, St. Vincent y The Grenadines) que Chávez ha ayudado a sponsorear y subsidiar. En su pregonada revolución bolivariana, Chávez busca alejar a la región de la dependencia de los Estados Unidos mediante una redefinición de la economía política de Venezuela –y, en última instancia, Latinoamérica—a través de lazos fraternales y formas nuevas, “socialistas”, de intercambio y otros truques con gobiernos de pensamiento similar. Aunque no todos ellos son aliados tan cercanos como los países del ALBA, hay actualmente gobiernos de centroizquierda en el poder en una mayoría de Estados latinoamericanos, incluyendo Brasil (que plantea un contramodelo enormemente exitoso y competitivo al de Chávez). Que esta tendencia haya siquiera tenido lugar se debe, en gran medida, a la influencia de Chávez y a los subsidios económicos basados en el boom petrolero –y a sus lazos cubanos, también–, en un momento de marcado debilitamiento del poder norteamericano en la región.

Si resulta que Chávez tiene que pasar otros seis meses viajando entre La Habana y Caracas por su tratamiento (como su vicepresidente, Elias Juau, sugirió recientemente), teniendo también que administrar los asuntos de Venezuela desde allí, será uno más de los extraordinarios umbrales que ha cruzado. Chávez ya es el insuperable campeón del regreso, un ex paracaidista del ejército que ganó la presidencia de Venezuela en 1998 después de ser amnistiado y liberado de prisión tras una fallida rebelión militar. Esa revuelta de Chavez, en 1992, tuvo lugar casi cuarenta años después de que Fidel Castro comenzara su propia revolución en Cuba con un ataque armado contra los cuarteles del ejército en el lado este del Moncada. Fue un ataque en el que la mayoría de los seguidores de Fidel resultaron muertos y por  el cual fue a prisión,  para ser liberado sólo dos años más tarde, en una mal aconsejada amnistía concedida por el dictador de su país, Fulgencio Batista. Cuando Fidel dejó la prisión, en 1955, logró llegar a México para organizar otro ejército rebelde. Este, por supuesto, tuvo éxito, finalmente.

Después de su propia salida de prisión, en 1994, la primera cosa que hizo Chávez fue volar a Cuba. Esperaba conocer a su héroe, Fidel, para pedirle orientación acerca de su futuro político. Para gran sorpresa de Chávez, cuando aterrizó en La Haba, Fidel lo estaba esperando en el aeropuerto.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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