Periodismo de guerra: Ratko Mladić y nuestra incapacidad de reconocer el mal, por Ulrich Ladurner

July 2nd, 20117:00 am @

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En el verano de 1995, vi a Ratko Mladić rezando en la iglesia de Bijeljina. Era el 28 de junio, Vidovdan, el día nacional serbio. Había conseguido hacerme con un sitio en la parte trasera de la repleta iglesia y me abrí paso como pude hacia adelante. Mladić llegó junto con Radovan Karadzic, el presidente de la autoproclamada Republik Srpksa (República Serbio-bosnia).

No los había visto cuando un murmullo recorrió la multitud y vi que pasaban a pocos metros de mí en dirección al altar. Recuerdo cuán pequeño y musculoso parecía Mladić al lado del muy alto Karadzic. Era un día caluroso. Mladić tenía el rostro enrojecido. La melena de Karadzic se balanceaba como la cresta de un gallo orgulloso. Llegaron a su sitio en la primera fila, donde papas, oficiales y políticos los esperaban. Saludaron a cada uno con un apretón de manos. Luego, besaron la bandera serbia. Finalmente se sentaron. Se hizo un silencio en la iglesia. Una mujer subió a un púlpito. Vestía de negro, su rostro muy pálido. Miró en silencio a la congregación reunida y comenzó a recitar un poema. Era actriz y dominaba el arte de recitar. El poema trataba de la Batalla de Kosovo en el año 1389, que los serbios perdieron contra los turcos. Entonces comenzó lo que los serbios nacionalistas llaman la dominación extranjera. Duró casi 500 años. En la Batalla de Kosovo murió heroicamente el príncipe serbio Lazar y así entró como mártir en el Reino de los Cielos. Cuenta la leyenda.

Más recitaba la actriz, más el poema se tornaba un lamento. Su voz sonaba opresiva, sombría. A esa casa de Dios llamó a los muertos; los trajo a la vida. Entre la multitud, pude echar algunas miradas a Mladić. Me dio la impresión de escuchar inconmovible.

Mladić ya se había ganado para entonces una fama aterradora. Desde el comienzo de la guerra, en abril de 1992, había puesto tres cuartos del territorio estatal bosnio bajo su control con su soldadesca. Cientos de miles de bosnios fueron expulsados, decenas de miles asesinados. Sarajevo fue atacado y francotiradores serbios disparaban contra todo lo que se moviera. Hombres, mujeres, niños. Estaban los llamados enclaves bosnios como Gorazde y Srebrenica. Desafortunadas ciudades, cuya única suerte era que el General aún no había dado la orden de atacarlas.

Cuando yo lo vi rezar en Bijeljina, Mladić era el comandante del mal. Pero que era un verdadero maestro de la muerte lo demostraría recién once días después de esta misa. El 7 de julio, dio la orden a sus soldados de tomar Srebrenica. También en ese día, en Bijeljina, Mladić estaba rodeado de muerte. Estaba en la voz de la actriz y afuera, en las calles de Bijeljina. Su espesa, negra presencia le robaba a uno la respiración.

Bijeljina queda apenas a seis kilómetros de la frontera serbia. La ciudad fue tomada por las milicias serbias en los primeros días de la guerra. El señor de la guerra Arkan cayó sobre la ciudad con sus matones de Belgrado. Robaron, asesinaron, saquearon y violaron.

Arkan, llamado Zeljko Raznjatovic y de profesión pastelero, era la tropa de choque del nacionalismo serbio. “Viene Arkan!”; llegaba el rumor y la gente huía –tan grande era el horror por sus acciones. El terror era una forma de guerra del general Mladić. Bijeljina lo vivió, pero en la iglesia había ahora una comunidad reunida; encapsulaba su dolor en mito, rezaba a Dios y a los muertos.

Después de la misa, Mladić fue de los primeros en salir de la iglesia. Apenas pude verlo, ya que una multitud lo rodeó como a un popstar o un enviado de Dios que hubiera venido a salvarlos. Él era para los muchos enceguecidos una especie de Príncipe Lazar renacido, que esta vez no perdería la batalla. Recordé que en 1989 –para el seiscientos aniversario de la Batalla de Kosovo– los restos de Lazar fueron exhumados en Belgrado y llevados en larga procesión por todo el país para finalmente volverlos a enterrar con gran pompa en su lugar ancestral, el monasterio Ravanica. Ese acto necrófilo fue un anticipo de aquello que vendría un par de años después. Pronto los bosnios  vivirían en esa cripta. Mladić pisó el umbral de la iglesia, rodeado de soldados. Subió a un coche y se fue a lo profundo de la tierra bosnia, que en pocos días empaparía con la sangre de miles de personas de Srebrenica.

Fui por las calles de Bijeljina preguntando por los habitantes musulmanes de la ciudad. Los pocos que contestaban decían “Se fueron todos, por propia decisión”. Nadie los había expulsado. Todo lo contrario, había la mejor relación con los habitantes musulmanes, pero lamentablemente les faltó confianza en el nuevo orden. Bijeljina era de una pureza escalofriante.

Yo seguí viaje el mismo día a un agujero asqueroso llamado Pale, que la conducción serbiobosnia, en su delirio, habían nombrado capital de la Republica Srpska. Allí entrevisté a representantes de la conducción, escuché sus mentiras. Algunas las escribí, porque no las descubrí. Había emprendido este viaje para entender el lado serbio. ¿Por qué atacaban Sarajevo? ¿Por qué expulsaban gente? ¿De qué tenían miedo? ¿Adónde querían ir con su Estado nacido de la guerra? Yo planteaba las preguntas de un periodista que se hacía un panorama general como su profesión le imponía. Había algo que yo aún no había comprendido: había gente que mataba porque eran malvados. Había maldad en el mundo. Este descubrimiento aún no había calado en mi conciencia. Yo era un hijo de la posguerra europea. Un hijo de Europa, que creía saber lo que es la guerra sólo porque sus padres libraron la más horrible de las guerras, y por tanto la detestaba con todo el corazón.

Pero en verdad yo era de una ingenuidad enorme. Hombres como Ratko Mladić no existían en mi imaginación. Y si existían, entonces debía haber motivos comprensibles para su comportamiento.

Yo no podía creer que uno matara sólo por matar, que se pudiera matar a miles por venganza. Que hombres como Mladić pudieran causar devastación impunemente en medio de Europa.

Después de Pale, los funcionarios serbios me llevaron hacia el este, no muy lejos de Srebrenica.

Fui dando tumbos un par de horas por los alrededores con soldados serbios. Me decían: “Ahí detrás, no muy lejos de aquí, esta Srebrenica!” No se cuán lejos de Srebrenica estaba realmente.

Estaba bajo la protección de estos soldados y un oficial. Me podían engañar como quisieran, ya que no conocía la zona ni tampoco podía moverme libremente. El oficial decía que las milicias bosnias de Srebrenica hacían salidas continuamente y quemaban pueblos serbios. Yo le pedí insistentemente que me mostrara esos pueblos o los refugiados de los que hablaba. Pero él se oponía con igual persistencia. No podemos garantizar su seguridad, me decía. Cuando ahora pienso en esta frase, un escalofrío me recorre el cuerpo. Los mismos hombres que estaban tan preocupados por mi seguridad tomarían Srebrenica un par de días más tarde y matarían a 8000 personas. Y hasta me lo habían anunciado. No se pueden tolerar estos ataques, me decían. Habrá que hacer algo pronto para proteger a los campesinos serbios de la zona. No se puede seguir mirando sin hacer nada. No lo entendí, aún no lo entiendo.

Una semana más tarde, pasé por la ciudad bosnia de Tuzla. Allí pude ver lo que las milicias serbias habían hecho. Srebrenica había caído. A Tuzla llegaron las mujeres que, por orden de Ratko Mladić, fueron separadas de sus maridos y transportadas en buses. La ciudad, que la ONU se había comprometido a proteger, estaba en manos de sus asesinos, sin que nadie hiciera nada. Las mujeres de Srebrenica fueron metidas en tiendas de campaña de la ONU en el campo de refugiados de Tuzla. Era un día de un calor opresivo. El aire hervía. Como muchos otros periodistas, yo iba de tienda en tienda para averiguar lo que había pasado en Srebrenica. Palabra por palabra, frase a frase, tomó forma cierta imagen de la atrocidad. Cuando salí del campo de refugiados acababa de ponerse el sol. La noche proyectaba sus primeras sombras. Camino a la salida, recorrí otra vez la larga fila de tiendas de campaña. Escuché los sollozos, los gemidos, el llanto de las mujeres y niños. Venían de cada tienda. Cuanto más oscurecía, más alto me parecía escucharlos. Se entretejieron en un lamento escalofriante, denso, omnipresente. Revelaba nuestra vergüenza, la vergüenza de los que no hacen nada, de aquellos que fueron espectadores. A la salida del campamento vi a dos enviados de la Unión Europea. Tenían la misión de reunir evidencia sobre lo ocurrido, con bloc de notas y lapicera en sus manos. Ambos llevaban overoles y gorras de beisbol blancos como la nieve, en los que relucían las banderas azules con estrellas amarillas de la UE. Así quería mostrar su neutralidad la UE. Aun aquí, en medio de este mar de sufrimiento, cualquiera debería ver que la UE no tomaba partido en este conflicto –por eso el color blanco. Me avergoncé de ser europeo –por primera vez en mi vida. Hasta hoy sigue ardiendo la vergüenza. Por la noche vi en la televisión del hotel cómo Mladić, en Srebrenica, pasaba frente a los hombres que había separado de sus mujeres y niños y les decía: “¡No se preocupen, no les pasará nada!”. Mientras lo decía eso, terminaban de cavar las fosas comunes y la masacre estaba en marcha. En algún lugar en mi hotel en Tuzla dormían también los hombres blancos de la UE el sueño de los justos, mientras afuera, en el campo de refugiados, los gemidos y llantos de las mujeres y niños no querían callar.

 

Años después, volvería a toparme con Mladić –no en persona, pero en una forma muy directa. En 2008, fui a Kalinovic, el pueblo natal de Mladić. Nadie parecía saber dónde estaba el acusado criminal de guerra. Emprendí una búsqueda para acercarme a él. Fui a Kalinovic, Bosnia. Aquí Mladić fue a la escuela. Nació en 1942 a dos kilómetros de aquí, en el pueblo Božinović.

No pasó media hora desde que llegué a Kalinovic y ya estaba sentado junto a un hombre llamado Sretko Lalović en la cocina. Él servía Sliwowitz y hablaba mucho, mientras su mujer, a su lado, callaba. Lalović ponía fotos sobre la mesa que yo no había visto nunca. Eran fotos familiares de Ratko Mladić. Mi anfitrión era su primo.

En una foto, Mladić está rodeado de su familia. Lleva el uniforme del Ejército Popular de Yugoslavia, su mujer Bosilijka ríe, su hija Ana lo abraza, está radiante. Un rostro honesto, hermoso, mirando a la vida. La foto fue tomada poco tiempo antes del inicio de la guerra. Pocos años más tarde, en 1994, Ana cogería la pistola reglamentaria de su padre y se dispararía. Se dijo que el día antes leyó un reportaje sobre los crímenes de su padre en los periódicos y no pudo soportarlo. Ana tenía 23 años cuando murió. Ya no tendría que sufrir más la masacre de Srebrenica.

Mientras yo contemplaba las fotos, Lalovic bebía Sliwowitz y hablaba sin parar. Él mismo había sido soldado en las colinas alrededor de Sarajevo. No le pregunté si también había disparado a los habitantes como a liebres. Me pareció inútil. Más bebía y más se espesaba la atmósfera en la cocina, más fluía una mezcla de odio y humillación, como un gas invisible, por sus poros. Mladić era su héroe –todavía. Yo quería quebrar esa imagen. Era un forcejeo empecinado y estéril. Al final probé con el peor crimen de esta guerra: Srebrenica. “¿Srebrenica?” respondió Lalovic. “Los musulmanes desenterraron sus muertos de otros sitios y los pusieron allí. Así es, ¡nunca murieron tantos hombres alli!”.

Miré el rostro gris de Lalovic, que otra vez se llevaba un vaso de Sliwowitz a la boca. Seguía hablando. Se me hacía difícil prestarle atención. Me sentía agotado y triste. Ya no tenía más preguntas. Estaba enmudecido.

Un día más tarde, recorrí el cementerio de Srebrenica. Vi a dos mujeres de luto frente a una lápida de mármol. Pensé en Tuzla, en el gigantesco campamento, en el llanto de las mujeres y niños, que se elevaba al cielo –en nuestra sordera.

(Traducción: Nicolás Lorusso)

 

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