La Sirvienta y el Luchador, de Horacio Castellanos Moya, por Miguel Huezo Mixco
Hemos construido una sociedad horrible. El Salvador se describe con tres v: violenta, vil y vacía. Sí, muy vacía. Vacía y vil. Pero, sobre todo, violenta. El asesinato como forma de resolver las diferencias se ha arraigado desde hace décadas en la cultura salvadoreña mediante un continuado y cada vez más sofisticado ejercicio. La Mara Salvatrucha, nacida en Los Ángeles, que castiga los barrios más pobres de las ciudades del país, y que se ha ramificado como epidemia por buena parte de Centroamérica y México, es hija directa de los torturadores de finales del siglo pasado. Y también de la guerra de liberación. Tres generaciones van ya dándose un festín con los cadáveres esparcidos por doquier como calabazas reventadas en una noche de brujas.
Ahora la violencia campea desnuda de ideologías. Las escenas que se viven a diario, escandalosamente magnificadas por los periódicos y la televisión, parecen venir de la imaginación de un psicópata. Este asunto rebasa la posibilidad de cualquier localismo. Aunque se esfuerce por mantenerse a la vanguardia, El Salvador es solo uno de los peores. La violencia se llena los carrillos y sopla por toda Latinoamérica, y no solo produce cadáveres y mutilaciones, sino que también hace palidecer las ficciones de los escritores, incluidos los más bizarros.
En nuestros países –desiguales, corrompidos, penetrados por el narco y
donde muchos jóvenes deben emigrar o unirse a una pandilla para sobrevivir– la realidad amenaza con volverse cada vez más gruesa. Frente a un horizonte que promete incrementar nuestro bestiario, el trabajo del escritor, ha dicho Horacio Castellanos Moya, consiste en tragar y digerir la cruda realidad “para luego reinventarla de acuerdo con las leyes propias de la fabulación literaria”.
La sirvienta y el luchador, la más reciente novela de este autor, forma parte de una saga que tiene como eje la historia de una familia arrastrada al remolino de la violencia política. Son cuatro libros, publicados entre 2004 y 2011, que debieran leerse como capítulos de una gran novela de época.
El primero, Donde no estén ustedes (2004), cuenta la historia de amor y traición de Alberto Aragón, un alcoholizado exdiplomático que goza de la confianza de los grupos rebeldes y de sectores del gobierno militar durante la guerra civil, y que encuentra la muerte de manera oscura. Luego le siguió Desmoronamiento (2006), que transcurre en 1969, el año de una breve y cruenta guerra entre Honduras y El Salvador, episodio que hace estallar los conflictos entre la hondureña Teti Mira –casada con el comunista salvadoreño Clemente Aragón– y su dominante madre Lena. La historia de los Aragón regresa en Tirana memoria (2008), novela que tiene como trasfondo el alzamiento contra el dictador Maximiliano Hernández Martínez, en abril de 1944. Pericles Aragón, periodista liberal y enemigo del régimen, es llevado a la cárcel, mientras su hijo Clemente escapa de ser atrapado por los militares.
La sirvienta y el luchador es, entre todas, la novela que más crudeza destila en el lenguaje y en las situaciones que describe. Quizás sea como un supremo esfuerzo por arañar la inenarrable realidad de los primeros años de la guerra civil salvadoreña.
La trama transcurre en San Salvador durante unos pocos días de 1980. Los jóvenes esposos Albertico y Brita son secuestrados por un escuadrón de la muerte y llevados a las cámaras de tortura del cuartel de la Policía Nacional, conocido como “el Palacio Negro”. Albertico es hijo del exdiplomático Alberto, sobrino de Clemente y nieto de Pericles Aragón, aparecidos en novelas anteriores. En torno al secuestro se juntan las historias de El Vikingo, un sicario y exluchador profesional; María Elena, empleada doméstica de la familia Aragón, que emprende un viaje al corazón de las tinieblas tratando de dar con el paradero de la pareja; y Joselito, un universitario que apenas ha comenzado a cocerse al vapor de los grupos revolucionarios.
Con estos personajes, Castellanos Moya relata no solo las crispadas relaciones de una sociedad que se encamina a la guerra civil, sino también las de los habitantes de los calabozos del cuerpo policial, quienes se disputan los cuerpos de sus víctimas no solo para martirizarlas, sino también para procurarse placer sexual. El Vikingo participa en aquel jolgorio: propina puntapiés, abofetea y hasta le escupe en el ano a una de las prisioneras.
La novela incursiona también en el mundo de María Elena. Ella es un alma buena que no sabe dónde se encuentra parada. Pronto se dará cuenta de que camina sobre un estercolero. Guarda el origen de su hija, Belka, como un oscuro secreto personal. A su vez, Belka, que trabaja como enfermera en el Hospital Militar, es seducida por
el médico jefe y reclutada para atender a los sicarios heridos en las operaciones encubiertas. Luego, están los grupos revolucionarios, sus procesos de iniciación, su azarosa vida secreta, viviendo sus combates con la emoción de un juego peligroso y despiadado.
Todos los personajes se miran envueltos en una vorágine de conspiraciones, luchas callejeras, capturas, tiroteos, sesiones de tortura. Es una sociedad sin descanso ni tregua por causa de la violencia. Y las muertes se repiten, una tras otra. Muerte contra muerte.
La novela está claveteada con una violencia que asalta e interpela al lector y lo convierte también en una víctima. La violencia es el gran personaje de esta novela y de toda la saga de la que forma parte. Una violencia que Horacio Castellanos Moya utiliza para iluminar la tragedia de tres generaciones.
(Aquí, publicación original de este artículo)
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MM: Las películas, las novelas, ¿son el testimonio de que con el gobierno de izquierda que ahora manda en El Salvador estaría dispuesto a revisar y enmendar su pasado, como está haciendo, por ejemplo, Argentina?
H Castellanos Moya: Bueno, son dos niveles distintos. Un nivel sería la voluntad de revisar el pasado. La llegada de un gobierno de izquierda después de 20 años de mandato de la extrema derecha abrió un espacio psíquico, moral, emocional, para revisar el pasado. Por primera vez el Estado apoya la investigación del asesinato de monseñor Romero; claro, no podía dar un apoyo al asesino. Porque la Alianza Republicana Nacionalista (Arena, partido conservador) se fundó sobre la sangre de monseñor Romero; es decir, es ese crimen lo que da cimientos a ese partido que gobernó El Salvador durante 20 años. Ahora, el Estado recupera héroes de la época y Arnulfo Romero es el héroe por excelencia en El Salvador; un héroe paradójico, porque es un hombre católico, conservador, un hombre que nunca se alinea con la Teología de la Liberación, es un hombre que ve la realidad como es: horrible. Entonces, retomando, lo que hay ahora en El Salvador es una revisión. El segundo nivel, que es el nivel de la justicia, no estoy seguro hasta dónde llegará. En Argentina eso fue posible porque el Ejército fue derrotado por Inglaterra en la Guerra de las Malvinas. Quedó un Ejército quebrado que tuvo que someterse. En el caso de El Salvador, la democracia llega a partir de un pacto de las dos élites que combatieron durante 10 años, y ese pacto incluye la amnistía. Difícil que este gobierno pueda remitir la amnistía. Criminales de ambos bandos están formando parte activa de la sociedad, todavía las heridas están muy calientes y un intento por dejar sin efecto la amnistía crearía una desestabilización tremenda en El Salvador. Se necesita que se estabilice el proceso democrático, que las generaciones del Ejército que estuvieron involucradas en las masacres y en los grandes hechos de represión sean reemplazadas totalmente, que ya no tengan ningún poder real.
MM: ¿La sociedad salvadoreña es como la chilena: dividida?
HCM: Sí, totalmente. Es una sociedad totalmente polarizada. Hay una derecha, hay una izquierda, “mita y mita”. La Guerra terminó hace 20 años y en ese tiempo no ha podido surgir nada en medio: la izquierda por un lado, la derecha por el otro.
MM: ¿Hace cuánto que no va a su país?
HCM: Fui hace seis meses. Cada vez que voy tengo una sensación extraña. Por un lado siento que nada cambia, y por el otro hay mucha intensidad. El Salvador es un país muy intenso. La gente allí cree que el mundo es El Salvador, es una sociedad muy encerrada en sí misma, propia de un país pequeño, un poco aislado. Así que tengo sensaciones ambivalentes. La criminalidad y la pobreza son las mismas, y al mismo tiempo la sociedad se mueve mucho. Creo que el cambio cultural más profundo que se está dando en El Salvador es la emigración hacia Estados Unidos. El 25 por ciento de la población vive allí y mantiene a su país con las remesas.
MM: ¿Tiene muertos que lamentar de la guerra civil?
HCM: Claro. De hecho, la pareja central de mi novela son muertos míos.
MM: Su destino literario está atravesado por El Salvador y parece ser que eso no cambiará.
HCM: No, en todo caso, si alguna vez amplío mi universo o mi espacio geográfico, los personajes tendrán la misma enfermedad: serán salvadoreños.
MM: ¿Se siente a veces el gran y único representante de la literatura salvadoreña contemporánea?
HCM: Hay buenos escritores en El Salvador. De mi generación te mencionaría a Rafael Menjívar. Acaso yo he sido quien más suerte ha tenido porque estoy fuera, y tal vez esa circunstancia me ha permitido desarrollar una obra. El Salvador es bastante hostil para la literatura, porque pese a que ya no se tiene el mismo grado de animadversión que se tenía antes hacia todo lo literario, tanto la izquierda como la derecha despreciaban la literatura y a todo lo que tenía que ver con un escritor. ¡Por eso mataron a Roque Dalton! ¿Cómo te explicas que un país mate a su propio poeta nacional? En El Salvador, cada vez que se quería hablar mal de alguien se decía que era poeta. En Nicaragua pasa todo lo contrario. Allí todos son poetas a causa de Rubén Darío, que es quien le da realmente sentido a la nación. Mucho más que Augusto Sandino. En El Salvador ser escritor era algo insultante, y si bien las cosas cambiaron en los últimos tiempos, todavía no se reconoce a la esfera de la literatura por sí misma.
(Aquí, publicación original y completa de esta entrevista)
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Horacio Castellanos Moya nació el 21 de noviembre de 1957, en la ciudad de Tegucigalpa, capital de la república de Honduras. Fue trasladado a San Salvador en los primeros años de su infancia. Vivió en la capital salvadoreña hasta 1979, período en el que tuvo que abandonar también sus estudios de literatura, desarrollados en la Universidad de El Salvador. Tras su salida del país se dio a conocer su antología poética La margarita emocionante, donde compiló trabajos de seis poetas, entre ellos Mario Noel Rodríguez, Miguel Huezo Mixco y él mismo.
Residió durante medio año en Toronto, Canadá, en cuya York University
cursó estudios históricos y de áreas comunes. Volvió a su ciudad natal, en cuya Universidad Nacional laboró de marzo a julio de 1980. Establecido en San José (Costa Rica), de agosto de 1980 a septiembre de 1981 se desempeñó como corrector de pruebas en la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA).
El 18 de septiembre de 1981 llegó a la ciudad de México, donde permaneció por una década y fungió como redactor en la Agencia Salvadoreña de Prensa (SALPRESS), corresponsal de la revista brasileña Cuadernos del tercer mundo, analista político de la empresa privada ANAFAC y editor de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información. Entre septiembre de 1986 y enero de 1987 se trasladó de la ciudad de México al pueblo de Tlayacapa (Cuernavaca), donde escribió su primera novela, La diáspora, dedicada a contar las experiencias de los intelectuales salvadoreños exiliados a causa del conflicto armado (1979-1992). Esta obra ganó el Premio Nacional de Novela 1988, patrocinado por la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Al finalizar el período bélico salvadoreño (1979-1992), regresó a San Salvador a participar en la fundación del primer medio impreso de la posguerra: el semanario Primera plana (San Salvador, 1995-1996).
Como periodista se ha desempeñado como corresponsal, editor y director de diversos periódicos y revistas en las capitales mexicana y salvadoreña. Sus escritos han sido difundidos por numerosas publicaciones periódicas de Hispanoamérica, entre las que se encuentran el diario La opinión (Los Ángeles, California), las revistas Tendencias y Cultura (San Salvador, El Salvador), el periódico semanal Journal do Pais y Cuadernos del tercer mundo (Río de Janeiro), los diarios El día y Excélsior (México), las revistas Proceso, Casa del tiempo, Plural, Límite sur, Estrategia y La brújula en el bolsillo (México).
Residente por algunos meses en España, después de esa estancia dio a conocer sus obras, entre ellas La diabla en el espejo (novela, Barcelona, Casiopea, 2000) finalista del premio internacional “Rómulo Gallegos”, en su edición del año 2001.
Con El asco Castellanos Moya logró una repercusión internacional. Es una novela que realiza un homenaje a los personajes de Thomas Bernhard que incluso logró impresionar al traductor al español del escritor austríaco. Se publicó en 1997 y ya lleva siete ediciones en El Salvador, en donde se convirtió en el libro de culto de los últimos años, pasando de mano en mano.
Sus relatos han sido traducidos e incluidos en antologías en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, El Salvador y Costa Rica. Residente en la capital mexicana, trabaja en la actualidad como editor en jefe de la revista política Milenio semanal.
Definido por Roberto Bolaño como un “melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”, El Salvador, Horacio Castellanos Moya es una de las voces más provocadoras y originales de la literatura centroamericana de posguerra. Su obra es una exploración crítica de la temática y retórica de la violencia. La gratuidad del crimen, los abusos de la derecha y de la izquierda, el deterioro de las utopías revolucionarias y el desencanto de los que lucharon por ellas, son algunos de los motivos que aparecen en sus historias, en las que hace gala de un estilo depurado, nervioso y contundente. Un eficaz uso del monólogo y del lenguaje coloquial son dos de los rasgos más característicos de su escritura.
(Aquí, publicación original de esta reseña biográfica)
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DOMINGO, 17 DE AGOSTO DE 2008
Al centro y violento
Horacio Castellanos Moya nació en Honduras y fue criado en El Salvador. Vivió en varias ciudades de América latina y actualmente reside en Pittsburgh, Pennsylvania. La diáspora y el exilio se entrelazan con la publicación de El asco (Tusquets), novela de “imitación” de Thomas Bernhard que le valió repudios y amenazas en San Salvador desde su aparición, en 1997. En esta entrevista, Castellanos Moya habla de su obra en plena expansión y difusión, y del desencanto producido por Centroamérica, un Edén que se convirtió en zona caliente y violenta.
Por Alejandro Soifer
(…)
En medio de todo este barro Horacio Castellanos Moya dice: “No tengo idea de quién estará construyendo el imaginario nacional en Centroamérica: a las élites no les queda tiempo porque están concentradas en el saqueo y la rapiña, los intelectuales sobreviven tratando de parecer simpáticos al gran capital y al poder político, y al pueblo no le queda más energía que para buscarse la próxima comida”.
Se entiende, no es la voz de un improvisado comentador sino la de un escritor nacido en Tegucigalpa, Honduras, y criado ya de niño en El Salvador –que además pasó gran parte de su vida recorriendo y viviendo en distintas ciudades de América latina, en especial Ciudad de México–.
Si hay alguien, entonces, que hoy en día pueda pensarse como emergente de una literatura centroamericana y que logre trazar los límites de un mapa difuso, es él.
La literatura de Castellanos Moya, al igual que su idea sobre la posibilidad de la construcción de ese imaginario, no deja de referirse una y otra vez a la situación política, social e histórica de la región. Centroamérica es un mapa nuevo a construir y él lo sabe: “No tengo ninguna intención instructiva en mis novelas. Los datos históricos los incluyo porque me los pide la trama. Ahora bien, no puedo negar que Centroamérica, por ser una zona periférica poco tratada literariamente, al menos en el terreno de la ficción, me ofrece suficiente material que puedo manejar a mi antojo” (…)
Thomas Bernhard en San Salvador
La primera novela de Castellanos Moya lleva por título El asco. Thomas Bernhard en San Salvador y la referencia al gran escritor iconoclasta austríaco parece ineludible a lo largo de páginas en las que el narrador reconstruye el monólogo de Edgardo Vega, un exiliado salvadoreño en Canadá que ha tomado como nombre para sí el de Bernhard y que se dedica, en ese monólogo, a destruir uno a uno todos los mitos de la esencia nacional salvadoreña:
“Te podrás imaginar, Moya, como si yo considerara el patriotismo un valor, como si no estuviera completamente seguro de que el patriotismo tuviera que ver con esas repugnantes tortillas grasosas rellenas de chicharrón que de haberlas comido hubieran destrozado mi intestino, hubieran agudizado aún más mi colitis nerviosa, me dijo Vega.”
La influencia bernhardiana se desparrama también en varias de sus obras que tienen a su vez, el tono de cinismo destructivo y los títulos en clara resonancia: Insensatez, Desmoronamiento, La diáspora.
La diferencia está en vivir al sur, podría decirse. La diferencia de Castellanos Moya es el haber nacido y vivido en el trópico, en la zona caliente donde una novela como El asco no fue recibida con escándalos en palacetes imperiales austríacos sino con la concreta amenaza de muerte que lo llevó al exilio (…)
La tentación de asociar esta mirada y reflexión desde un emergente de la literatura latinoamericana y encastrarla con cierta tradición nihilista europea de posguerra parece fuerte. Aunque él piense lo contrario: “Es significativo que un intento de respuesta a esta cuestión se encuentre en Respiración artificial quizá la primera novela latinoamericana profunda y explícitamente infectada por Bernhard. Pero yo no creo que lo que se escriba en América latina sea eco y respuesta a lo que ya se escribió en Europa. La literatura europea de las últimas décadas, con contadas excepciones, no me dice nada; me parece una anciana agonizante preocupada por sus galas y porque no le arrebatés el monedero”.
Si la literatura europea agoniza, Castellanos Moya le roba ese monedero y se apropia para sí del desencanto. Y lo mezcla con dosis de un humor inusual.
Roberto Bolaño escribió en el posfacio agregado a la reciente reedición de El asco que Castellanos Moya “es un superviviente, pero no escribe como un superviviente”. Castellanos Moya como superviviente y exiliado: el escritor que nació en Honduras, vivió en El Salvador, recorrió América buscando su lugar y no se detuvo, sino que siguió en tránsito, construyéndose a sí mismo y luego produciendo una literatura donde esto se trasluciría (…)
“Mi segundo libro de cuentos, publicado en México en 1987, se titula precisamente Perfil de prófugo –dice Castellanos Moya–. Años después de publicarlo, en un momento de claridad, comprendí que la huida era mi impronta, que si algunos de mis personajes huyen y siempre están incómodos donde están, es en buena medida porque ésa ha sido mi experiencia y la conozco desde dentro.”
Pero el exilio es dolor también y no queda superado por el giro sarcástico: “Yo estoy fuera del juego. A principios de los ’90, cuando terminaba la guerra civil, regresé a El Salvador con el entusiasmo de quien quiere colaborar en la construcción de algo nuevo. Con un grupo de amigos, fundamos una revista mensual y luego un periódico semanal, del que fui director; pero el gusto nos duró poco tiempo. La realidad era demasiado dura, áspera a las nuevas ideas. Yo me largué de nuevo. De Centroamérica procede mi material para escribir ficciones, pero considero que esa zona es irredimible en términos históricos” dice Castellanos Moya.
Robocop en América latina
Algo es seguro: la literatura latinoamericana parece haberse sobrepuesto a ese shock llamado boom y su inundación de las napas de producción.
Si en Colombia Mario Mendoza y Fernando Vallejo (éste desde México), por mencionar sólo a un par, hicieron sonar con furia su voz del desencanto estetizando a niveles de complejidad y barroquismo verbal la experiencia de la violencia interna, del hermano enemigo y la destrucción institucional que sobrevino a las guerras civiles, revoluciones incompletas y contrarrevoluciones de sangre, en esa línea puede inscribirse tranquilamente gran parte de la obra de Castellanos Moya. “La violencia exacerbada es parte intrínseca de las sociedades centroamericanas que yo recreo en mis ficciones; no es algo buscado o puro contexto, sino que está en la esencia misma de lo narrado. Luego, cuando he hablado de cultura de la violencia me refiero a sociedades donde la vida vale un par de pesos, la voluntad y el placer de matar están enraizados en buena parte de las élites y la población, y el sistema judicial naufraga en medio de la corrupción generalizada”, señala.
Quizá podría encontrarse un momento fundante de esa violencia en El arma en el hombre, novela capital de Castellanos Moya ya que lo narrado en ella se recupera y fluye en otras de sus narraciones, reconstruyendo diversos aspectos de la acción desde otros puntos de vista y perspectivas.
En esta novela el narrador se encarna en Robocop, tropa de asalto desmovilizada al finalizar la guerra civil en El Salvador (que, incluso, dice haber recibido instrucción militar en Panamá y que cuando se queda sin cadena de mando sobre sí se encuentra solo, perdido y con sus armas como único material con el que salir adelante en esta nueva sociedad):
“Mis únicas pertenencias eran dos fusiles AK-47, un M-16, una docena de cargadores, ocho granadas fragmentarias, mi pistola nueve milímetros y un cheque equivalente a mi salario de tres meses, que me entregaron como indemnización”.
Robocop, mitad máquina mitad hombre en la película de Paul Verhoeven (1987), es en este caso un hombre que no conoce otro lenguaje que el de la violencia. Y no es casual entonces que sea esta novela el núcleo medular de gran parte del resto de la obra de Castellanos Moya; donde se condensa la mayor violencia, el mayor dolor, la mayor cantidad de exilios y traslados, traiciones, muertes y donde el lenguaje adquiere su forma más acabada y perfecta. Un tono de latigazos verbales que no expresan emoción, que se limitan a informar cómo se procede a la faena.
Robocop, como personaje, es un hallazgo porque al igual que los asesinos niños de Vallejo en La virgen de los sicarios sustituye cualquier impulso primario (hablar, el sexo, amar, comer) y lo reemplaza por el de dar la muerte. Robocop sintetiza un tipo social que se construye en la violencia sin sentido; un tipo que tiene sobre sí el movimiento esperpéntico de la violencia que caracteriza, en gran parte, a las sociedades latinoamericanas actuales.
Castellanos Moya dice acerca de su personaje: “Robocop es un sobreviviente –un criminal desalmado, según la ley– que aprovecha los conocimientos aprendidos en la guerra para mantenerse a flote en las nuevas circunstancias. Un par de generaciones de salvadoreños somos sobrevivientes y construimos nuestra identidad a golpes de timón y con lo que tenemos a mano”.
La construcción de la identidad de Robocop como golpe de timón es la de una violencia como el último estertor de un agonizante.
“No me gustó la forma como me miraba. Tomé el dinero y le disparé en la sien” relata Robocop uno de sus crímenes.
Precisamente, será el asesinato de Olga María de Trabanino, relatado en la novela como una misión más (“La sorprendí en la cochera. Venía con sus dos pequeñas hijas. Le disparé una vez en el pecho y luego le di el tiro de gracia”), el eje sobre el cual girará su novela La diabla en el espejo, y será referido en otras como El asco y Donde no estén ustedes, que retoma a José Pindonga, acaso la contracara de Robocop, el héroe romántico y melancólico, un ex periodista y detective privado encargado de investigar la muerte de Olga María, torpe en todo lo que hace y quien provoca los momentos más hilarantes de la obra de Castellanos Moya. Violencia y sarcasmo. Destrucción y cinismo. Robocop y Pepe Pindonga encarnan una dualidad estética en la obra de Castellanos Moya.
La experiencia de la muerte es una presencia, como sombra o realidad concreta y cotidiana, que atraviesa toda la narrativa de Castellanos Moya, como si fuera un río subterráneo que contamina todo lo que toca. Esa experiencia física afirma al mismo tiempo que subvierte la estética del naturalismo; lo que en ella era sangre interna que trasmitía por generaciones el gen de la derrota o del mal, aquí se ve como una especie de río imaginario de fluidos corporales que interconectan las distintas obras de Castellanos Moya (…)
“Quizá la sangre de esos cien mil muertos es la que los hace apestar de esa manera tan particular” dice Thomas Bernhard en El asco (…)
¿Cómo fue tu experiencia de militancia política?
–Yo nunca encajé en ninguna militancia, deserté incluso antes de ser boy scout; la obediencia me cuesta mucho. En los primeros años de la década del ’80 hice periodismo en apoyo a las fuerzas revolucionarias que entonces peleaban en El Salvador, pero pronto descubrí las trampas y los crímenes, y salté del barco cuando aún ondeaba la bandera de la “inminente” victoria. Me gustaría creer que la fuerza que me movió entonces tenía que ver con la dignidad y con cierta textura moral, más que con las ideologías o la ambición política.
¿Te arrepentís de algo de lo que escribiste en El asco?
–Si comienzo a arrepentirme de algo terminaré arrepintiéndome de todo. Escribí lo que tenía que escribir y he pagado un precio por ello. Nada más.
–¿Qué sentido particular tiene escribir en América latina?
–Latinoamérica siempre ha sido un territorio hostil a la literatura en términos de lectores, y ahora con la golpiza a las clases medias lo es más. Cuando alguien procede de un lugar como del que yo procedo, escribir no tiene ningún sentido, a menos que sea un impulso inevitable, una tara genética, como decía Onetti.
–Tu nueva novela se llamas Tirana memoria. ¿Cómo significás esta tiranía?
–La memoria es tirana porque nos mantiene girando en rollos, y en esos rollos están estampadas las experiencias traumáticas, las cuentas pendientes, las heridas; también, por supuesto, los recuerdos positivos, pero no con la misma intensidad. La memoria del dolor es inmensamente más fuerte que la memoria del placer, creo. Tirana memoria sucede en su mayor parte en El Salvador y gira alrededor de una mujer conservadora, católica, buena persona, cuya vida de pronto da un tremendo giro cuando su marido es apresado, por opositor al régimen, en el vórtice de un golpe de Estado; tiene vasos comunicantes con Donde no estén ustedes y Desmoronamiento.
–Tu literatura interesa mucho en Europa. ¿Hay alguna posibilidad de que termine convirtiéndose en una especie de exotismo latinoamericano?
–La verdad es que nadie sabe para quién trabaja. Y para mí, tener lectores ya es ganancia; cómo me vean o lo que opinen esos lectores sobre mis libros viene después, y nada puedo hacer sobre ello.
(Aquí, publicación original de este artículo, en forma completa)
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June 25th, 2011 → 12:46 pm @ elpuercoespín
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