Pehuenches: las represas matan a los indios

19 junio, 2011

Los pehuenches o en escritura antigua pegüenches (del mapudungun pewenchesgente del pehuén) son un pueblo indígenamontañés que forma parte de la cultura mapuche y habita a ambos lados de la cordillera de los Andes en el centro Chile y oeste de la Argentina. Habitualmente se caracteriza por basar su alimentación en la recolección de piñones, las semillas de la araucaria o pehuén que crece principalmente a más de 1.000 msnm. Los actuales pehuenches se identifican como aquella población de cultura mapuche que habita exclusivamente a las orillas del alto río Biobío en la zona cordillerana de la VIII Región del Biobío y en el área de Lonquimay en la IX Región de la Araucanía de Chile. En la Argentina existen grupos pequeños de pehuenches en elDepartamento Malargüe de la Provincia de Mendoza y en forma aislada en Arroyo Los Berros, Departamento Valcheta de laProvincia de Río Negro. El Consejo Zonal Pehuenche agrupa al principal grupo argentino en Aluminé, Neuquén.

Su territorio ancestral abarcaba en Chile desde los nevados de Chillán al norte hasta el volcán Llaima al sur, encontrándoselos esporádicamente por el norte hasta el río Maule. En Argentina se extendieron desde el río Diamante al norte hasta el lago Aluminéal sur. Se trasladaban a los valles en invierno (invernada) y subían a lugares más altos en verano (veranada), donde en general realizaban la recolección de los piñones entre marzo y mayo.

Su autodenominación y su idioma original no se han conservado, aunque sí se sabe que formaban parte del conjunto de los huarpesantes de su completa araucanización, como ellos eran altos, delgados y de tez oscura. Para mediados del siglo XVIII todos los pehuenches hablaban mapudungún, aunque su asimilación cultural por los mapuches no fue completa hasta mediados del siglo XIX. Hacia el siglo XVI los mapuches los denominaron pehuenches, y el territorio que habitaban era el butalmapu conocido comoPewenmapu (tierra de las araucarias) o Piremapu (tierra de las nieves). Las tierras al este de la cordillera de los Andes fueron denominadas Puelmapu (tierra del este) (…)

Con el piñón elaboraban harina y una bebida fermentada. Los piñones eran conservados en bodegas bajo tierra. Los frutos de otros árboles, como el molle y el algarrobo, también entraban en su dieta. Utilizaban arco y flecha, y boleadoras de dos bolas para cazarñandúes, guanacos y venados, confeccionadas de tripas y cuero. Utilizaban los cueros de estos dos últimos animales para hacer los toldos en los que vivían varias familias, apuntalados con palos y ramas, a la manera de los tehuelches, aunque de manera más sólida y permanente. Utilizaban también los cueros para hacer prendas de vestir y las plumas de ñandú con adornos. Las vasijas eran de madera y de cuero. Con la llegada de los españoles adoptaron el caballo que obtenían mediante el trueque con tribus vecinas. Incorporaron la lanza larga para cazar al entrar en contacto con los mapuches. Para navegar en algunos lagos construían canoas de juntos a la manera de sus vecinos huarpes. Conocían la plata y el cobre y los utilizaban para hacer aros de adorno a la manera de los mapuches. En determinadas circunstancias se pintaban la cara, los brazos y las piernas.1 Aunque en su territorio se han hallado cerámicas de barro negro cocido casi sin adornos, no se conoce que supieran técnicas de alfarería. De los huarpes aprendieron la cestería. Los hombres más ricos practicaban la poligamia y las tribus estaban constituídas por grupos pequeños que elegían un cacique. Sepultaban a sus muertos en cuevas o los enterraban en terrenos blandos.

De su religión pre mapuche se sabe muy poco. Eran animistas y tenían un dios supremo llamado Gamakia (el cacique), cuya esposa era Gamkiatsëm. El genio del mal era Gualichu, como en otros pueblos afines. La Araucaria tenía un papel mítico importante entre los pehuenches (…)

En 1997 la empresa ENDESA España comenzó la construcción de una segunda central hidroeléctrica en la zona del Alto Bío Bío (con el nombre de Ralco). Algunos de los mapuche-pehuenche que habitaban la zona se negaron a abandonar sus tierras, amparados en la nueva legislación que exigía la autorización de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) para poder permutar tierras indígenas. Ante la negativa de este organismo gubernamental a aprobar dicha permuta el PresidenteEduardo Frei destituyó al director de la CONADI y a la autoridad ambiental que también se oponía el megaproyecto. De esta manera, se inundaron miles de hectáreas de tierras y sitios sagrados para el pueblo mapuche-pehuenche.

(Aquí, artículo completo)

***

En septiembre de 2004 fue inaugurada la represa Ralco. Gerentes, accionistas e ingenieros de Endesa brindaron aquel día sobre el imponente muro de 150 metros emplazado sobre el río Biobío. Los acompañaba lo más selecto de la Concertación gobernante. A seis años y cuarenta kilómetros montaña arriba, caminos intransitables y casas enterradas en la nieve dan cuenta del lado B de una tragedia que afecta a 93 familias y que hoy amenaza con repetirse en la Patagonia. Pedro Cayuqueo estuvo allí en el 2009 y este es su relato.

“Antes teníamos una o dos hectáreas de tierra en Ralco Lepoy. Apenas nos alcanzaba para criar algunas aves, animalitos y hacer huerta… Acá Endesa nos pasó veinte hectáreas promedio por familia”, me cuenta José Millanao, 58 años, miembro de la comunidad pehuenche El Barco, en la cordillera de la octava región. “Lo vimos como un avance pero hoy estamos casi peor. Los animales se nos mueren en invierno, los mata la nieve o se acaba el pasto y no hay forraje… Los estamos vendiendo todos para comprar mercaderías o pagar deudas”.
Millanao es uno de los 184 comuneros pehuenche que a fines de los años ’90 aceptó permutar sus tierras a Endesa para posibilitar la construcción de la represa Ralco en el Alto Biobío. Vivía en la comunidad Ralco Lepoy, a orillas del río, y se trasladó junto a su familia montaña arriba hasta el Fundo El Barco, uno de los dos lugares elegidos por la entonces trasnacional española para trasladar a las familias afectadas directa o indirectamente por el emplazamiento de la central. El otro fue El Huachi, en las cercanías de Santa Bárbara.
“No pudimos negarnos. La situación estaba mala allá en el bajo, no había trabajo, no teníamos tierra, animales y Endesa prometió ayudarnos. Un día pasó un bus de la empresa y nos trajeron con mi señora a ver las casas que se estaban construyendo aquí. Era verano y estaban los maestros, meta pega… se veían bonitas las casas, eran grandes y tenían un fogón. Decidimos permutar. Quedaba lejos, pero creímos que valía la pena”, recuerda Millanao. Le bastó soportar solo uno de los nueve inviernos que lleva en la zona para darse cuenta que el paraíso bien podría transformarse en un infierno.
-Acá es muy duro, en los inviernos caen dos, tres, hasta cuatro metros de nieve y no se puede hacer nada en varios meses porque la nieve lo tapa todo. Antes, Endesa limpiaba con su maquinaria los caminos, pero ya no. Antes también había una asistente social de la empresa, anotando los problemas que había y tratando de buscar soluciones. Pero cuando se terminó la represa, nunca más la vimos. Toda la gente que Endesa traía para ayudarnos desapareció de un día para otro -recuerda Millanao.
EL BARCO
El Barco queda a casi 80 kilómetros del poblado de Alto Biobío, antiguo campamento maderero hoy reconvertido en cabecera de la comuna más pobre de Chile según la última encuesta CASEN, y puerta de entrada a los cajones cordilleranos. El camino bordea primero el lago artificial de la represa Pangue para alcanzar, en poco más de una hora de zigzagueante trayecto, la comunidad Quepuca Ralco, aquella del cementerio inundado por el embalse y cuya dramática historia relata el documental “Sitio 53”. Una hora más de viaje y se arriba a la comunidad Ralco Lepoy, tierra de las emblemáticas “ñañas” (abuelas) Nicolasa y Berta Quintremán, las mismas que por largos años mantuvieron a raya los planes de Endesa en la zona.
El lugar donde alguna vez estuvo la casa de Nicolasa se encuentra cubierto por el lago artificial. Berta, porfiada como un viejo roble, si bien terminó permutando parte de su propiedad -el propio presidente Lagos la visitó para rogarle que lo hiciera-, no aceptó jamás abandonar su casa ubicada a media falda entre el cerro y el imponente lago. Allí la encontramos, como siempre, calentando el agua para el mate en su pequeña e improvisada ruca-fogón y regañando por igual a sus chanchos, perros y a este par de periodistas étnicos “citadinos” que la visitan sin previo aviso y que, por si no bastara, poco y nada logran entender las palabras en mapudungun con que ella saluda, recibe e interroga.
-Debieran hablar mejor su lengua, si son buenos mapuches como dicen que son… Qué diría su maire, su paire, si los viera -nos regaña una y otra vez.
La charla-reto se prolonga por más de una hora. En español, la mayoría del tiempo; en mapudungun, cuando la memoria nos lo permite. Tras una última ronda de mates, seguimos viaje montaña arriba, hacia la tierra de los “endesados”, como aún denomina la “ñaña” Berta a todos aquellos pehuenches que optaron por permutar sus tierras. “Ellos traicionaron su tierra”, nos dice, al tiempo que desea buen viaje. “Peukayal ñaña”, le digo. Una sonrisa se dibuja en su rostro.
Media hora de trayecto y arribamos a Chenqueco, pequeño caserío de colonos chilenos que cobija la única escuela internado de la zona y una posta de salud que funciona una o dos veces a la semana sólo en verano, porque en invierno ni hablar. Desde allí se sube hacia El Barco, por un camino en evidente mal estado. “Es que para arriba a nadie le interesa construir represas”, nos explica don Jorge, dueño de uno de los dos únicos almacenes del poblado. “Este camino lo tienen botado… la empresa, el Estado, a nadie le interesa. En invierno no sube ni baja nadie. Ni a caballo”, me señala.
Bienvenidos a Siberia.

SIBERIA
Cuando se enteraron de los beneficios que contemplaba el “Plan de Relocalización” de Endesa, algunos pehuenche no dudaron en permutar sus tierras. Se trataba -en teoría- de un negocio redondo: pocas tierras, erosionadas e improductivas a orillas del Biobío, a cambio de nuevos terrenos, animales, modernas viviendas, electricidad y una calidad de vida digna de habitantes de los alpes suizos. La infraestructura básica prometida por Endesa alentaba sus sueños helvéticos: el paquete incluía una casa habitación de 66 metros cuadrados, un fogón de 20, una bodega de 70 e incluso un espacioso corral para los animales. Las parcelas serían entregadas cercadas y con instalaciones sanitarias y de agua potable funcionando. Para esto, la empresa ordenó construir redes de alimentación que incluyeron 22 kilómetros de tuberías, debido a lo distanciado entre sí de las viviendas.
Adicionalmente, Endesa contempló un sistema de riego en aquellos sectores donde era posible potenciar la agricultura y que involucraba 220 hectáreas de “praderas” para las familias. El plan incluía programas “culturales” y de “etnoturismo” como nuevos polos de desarrollo local. La punta de lanza de esta estrategia sería el Complejo turístico emplazado por Endesa en la laguna El Barco, hermoso paraje a diez kilómetros de la comunidad con zonas de camping, picnic, senderos de trekking, estacionamientos, baños y agua potable. Todo ello, claro, administrado por los propios pehuenches. ¿Quién podría oponerse a tanta maravilla junta?
Domingo Puelma, 61 años y padre de cinco hijos, no pudo. Más aún: fue uno de los dirigentes pehuenche que encabezó el proceso de negociaciones de las familias relocalizadas luego en El Barco. Le tocó, por tanto, escuchar de boca de los propios gerentes de Endesa las promesas y convencer más tarde a sus hermanos. Hoy, igual que el ex dirigente José Millanao, se siente estafado y, peor, responsable de la situación que padece gran parte de los miembros de su comunidad en estos confines cordilleranos.
-Participé activamente en las negociaciones, junto al peñi Ricardo Gallina y otros de Lepoy y Quepuca. Veíamos que era favorable para nuestra gente permutar las tierras. Había mucha pobreza, casi ningún futuro para nuestros hijos y el ofrecimiento de Endesa lo encontramos bueno, vimos que era mejor que lo poco y nada que teníamos -explica. Y sigue:- Sabíamos que estaba lejos, que los inviernos eran duros, pero nos juraron que por al menos diez años nos estarían apoyando con proyectos, maquinaria, asistencia. Endesa prometió que iba a construir nuevos caminos, puentes, que habría locomoción todos los días, forraje para los animales… Todo eso decía la permuta que firmamos.
Aquella promesa se denominaba “Plan de Asistencia de Continuidad” y si bien no era parte oficial de lo firmado, constituía un compromiso público de Endesa que los pehuenches asumieron como parte del acuerdo. Aparte de los beneficios propios de la relocalización (tierras, animales y casas), la empresa se comprometía a seguir apoyando a las familias, al menos hasta que lograsen la autosustentabilidad e independencia en la utilización de los bienes recibidos, plazo que los estadísticos de la multinacional cifraron en diez años.
“Algunas cosas se cumplieron al inicio. Algunas veces mal, otras a medias, otras bien. La asistente social de la empresa siempre nos decía que todo demoraba. Pero el tiempo pasó y comenzamos a darnos cuenta que nos estaban mintiendo, puro chamullando como se dice”, cuenta Puelma. “La luz eléctrica, por ejemplo, que prometieron instalar apenas llegáramos, no apareció sino años más tarde. Y ahora a todos nos están cobrando. Al que no paga, simplemente se la cortan. En mi casa estamos con velas porque no tenemos plata para pagar. Tenemos los postes y los medidores de bonito en nuestras casas”, agrega.
El tiempo también hizo su parte. Las casas, por ejemplo, se gotean en invierno, la madera se pudre por su mala calidad. Los puentes están casi todos a punto de caerse y la micro funciona solo a veces, dependiendo del tiempo, de la nieve.
-Hemos reclamado, pero nos dicen que Endesa no tiene responsabilidad, que debemos reclamar a las autoridades -denuncia el dirigente.
Puelma escuchó las promesas de Endesa. Hoy mira lo que han cumplido. Se queja:
-Fuimos engañados, estafados.

DESIERTO
Las características del lugar aconsejaban no realizar en El Barco ningún intento de reasentamiento humano. A escasos diez kilómetros del límite con Argentina, la zona siempre había sido un territorio hostil para los antiguos pehuenches, que sólo lo visitaban para las “veranadas”, nunca en invierno. Esto lo sabían sobre todo los antiguos inquilinos chilenos. Según nos relataron los funcionarios de la Sub-agencia de Chenqueco de la Empresa de Abastecimientos de Zonas Aisladas (antigua ECA), las cinco familias que antiguamente vivían en El Barco, mientras fue propiedad privada, debían ser abastecidas todo el año por el dueño del fundo con víveres adquiridos a ellos.
Es más: durante la Reforma Agraria, en la década de los 70′, cuando varios y extensos fundos del Alto Biobío fueron parcelados y expropiados por el gobierno para asentar campesinos, solo uno se salvó: El Barco, que fue mantenido en propiedad privada debido a que “carecía de condiciones necesarias para asentamientos humanos”.
¿Sabían esto las autoridades que aprobaron el plan de relocalización? Un estudio elaborado por Raúl Molina y Martín Correa para la Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI), antecesora de la CONADI, se los dejó más que claro a comienzos de los 90’. Denominado “Las Tierras Pehuenche del Alto Bio-Bio”, establece que las tierras de El Barco constituían “veranadas”, debiendo ser “bajados” sus animales durante el invierno hacia las partes bajas de la cordillera, “donde los inquilinos del fundo arrendaban talaje para su mantención”.
Sendos informes de organismos gubernamentales alertaron además sobre esto. En 1998, en plena etapa de evaluación de las permutas por parte de la CONADI, un informe sobre el plan de desarrollo productivo de los predios El Huachi, Santa Laura y El Barco, por el entonces intendente Martín Zilic, señalaba que el fundo estaba “en el límite de la desertificación” y que “no debería usarse en actividades agropecuarias”, si lo que se buscaba era cautelar la sustentabilidad de la cuenca hidrográfica a la que pertenecía. La comisión encargada de elaborar el informe la integraron profesionales de la Seremi de Agricultura, del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria de Chillán, INIA-Quilamapu, del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) y de la Corporación Nacional Forestal (CONAF). Demás está decir que los resultados del documento fueron silenciados y sólo conocidos tras una denuncia del actual senador del MAS y por entonces diputado de la Bancada Verde, Alejandro Navarro.
Endesa también lo sabía. Originalmente, propuso El Barco como “medida de mitigación ecológica” por la pérdida de unas 3.000 hectáreas de bosque nativo que quedarían inundadas o serían afectadas por el megaproyecto. La empresa planteó un esquema de manejo similar y complementario al de la Reserva Nacional Ralco. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, cambió su postura y abiertamente presentó el fundo como espacio para la “relocalización” de las familias pehuenche afectadas por la inundación de sus tierras.
-Endesa sabía que estas tierras no eran aptas para vivir y nosotros de alguna forma también. Pero confiamos en los apoyos que nos prometieron para el futuro, en los proyectos, en su Plan de Asistencia. Nos faltó asesoría, saber más de estas cosas. Imagínese, muchos que viven aquí son gente que no sabe leer, escribir… y ellos llegaban con abogados, antropólogos, psicólogos, con un regimiento de gente para convencernos. ‘Van a tener progreso’, nos decían. ‘Piensen en sus hijos’. Yo me pregunto, adónde están ahora todos ellos -dice Domingo Puelma.

(Aquí, publicación original de este artículo)

***

Poco o nada se sabe, y menos se dice, de que en las comunidades Mapuche-Pehuenche, tanto en el Alto Biobío como en el bajo, adonde muchas de ellas han sido relocalizadas por Endesa, la principal causa de muerte serían las lesiones autoinflingidas, es decir el suicidio. Un reportaje especial.

 

Por Cristián Opaso para Azkintuwe

 

Lejos de vivir una situación idílica en sus nuevas parcelas, más cerca de la supuesta “civilización” y los servicios sociales, los Pehuenche relocalizados por el proyecto hidroeléctrico de Ralco parecen estar viviendo lo contrario: un verdadero infierno. Se está cumpliendo al pie de la letra uno de los elementos del desastre anunciado por aquellos amplios sectores ciudadanos e incluso un puñado de altos funcionarios de gobierno (varios de los cuales resultaron despedidos por sus posturas) que desde principios de los 90s cuestionaron los proyectos hidroeléctricos, alertando que podrían significar un golpe mortal a la biodiversidad de la zona y a la existencia del Pueblo Pehuenche. Lo que es aún más trágico: están muriendo por sus propias manos.

Pero en realidad eso es sólo lo que pereciera a primera vista. Porque si escarbamos en la historia reciente, y más atrás, sin duda los principales responsables de la difícil situación actual por la que atraviesa el pueblo Mapuche-Pehuenche son las empresas eléctricas que han invadido sus tierras –y sus cómplices en el gobierno- que impusieron sus anticuadas mega-represas, desconociendo el espíritu y la letra de las leyes supuestamente creadas para proteger a los pueblos originarios y al medio ambiente. Empresas llamadas Endesa y Colbún (para no dar el nombre de gerentes y otros empleados que se repiten) que insisten hoy en seguir construyendo mega-represas, tanto en el BioBio como en la Patagonia.

Hablamos del infierno Pehuenche, porque ¿de qué otra manera puede referirse uno al hecho de que dos jóvenes un día se emborrachen, maten a su madre, la quemen y luego mutilen su cuerpo, cortándole la cabeza y haciendo desaparecer el resto? O, ¿cómo puede uno referirse a la vida de aquel que, no pudiendo suicidarse tirándose a un barranco, decida por fin intentar apaciguar su dolor dejarse caer para siempre el fondo de un pozo negro lleno de excrementos?

No es todo lo que se ve en el Alto Biobio, por cierto, y es muy probable que de no haber habido en el Alto Biobio en la década de los 90s la encarnizada lucha que hizo historia y sentó importantes precedentes, no habría comuna propia en la zona, quizás no habría aún sido ratificado el Convenio 169, que debiese comenzar a otorgar ciertos derechos y no habrían las enormes manifestaciones de hoy en contra del proyecto Hidroaysen.

Pero poco o nada se sabe, y menos se dice, de que en las comunidades Mapuche-Pehuenche, tanto en el Alto Biobío como en el bajo, adonde muchas de ellas han sido relocalizadas, por lo menos desde mediados de esta década, la principal causa de muerte serían las lesiones autoinflingidas, es decir el suicidio. Las altísimas tasas han llegado a casi triplicar el promedio nacional. Las cifras son incompletas y difíciles de conseguir -incluso parecen a veces ser ocultadas o minimizadas a propósito-, pero lo claro es que la enorme incidencia de suicidios entre los Pehuenche se mantiene a niveles elevadísimos y no muestra claras señales de disminuir.

Las “lesiones autoinflingidas”

La primera constatación oficial del altísimo nivel de autoeliminación de los Pehuenche la tuvimos cuando hacen un par de años, en el hospital de Santa Bárbara, por casualidad vislumbramos en un monitor de computador las cifras de mortalidad de la recientemente constituida comuna de Alto Biobío, comuna que fuera creada como parte del acuerdo entre el gobierno de Lagos y las cuatro familias Pehuenche que se resistían a permutar sus tierras para la construcción de la central Ralco y que terminaron negociando un acuerdo avalado por la Organización de Estados Americanos, OEA.

En el documento, con el logo del gobierno de Chile y la identificación de la Unidad de Bioestadística del Servicio de Salud Biobío, cuyo título es “Mortalidad por 20 primeras causas de defunción, Comuna Alto Biobío, Año 2007” aparece -como la principal causa de muerte de ese año- las “lesiones autoinflingidas por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación en la vivienda”.

En otras palabras, el suicidio como principal causa de muerte entre los Pehuenche del Alto Biobío. Luego de ruegos varios, logramos obtener una copia del documento. Enhorabuena. Al examinar las cifras con detención vemos que curiosamente las tasas de suicidio están desagregadas entre aquellas autoinflingidas dentro de la vivienda y otras en “lugar no especificado”. Si bien esto parece corresponder a categorías usadas internacionalmente, es muy distinto hablar de 4 casos entre 36, lo que equivale a una tasa de 42.63 por cada 100 mil habitantes, a 6 casos entre 36, lo que equivaldría a una tasa ¡50% más alta!.

Es más, las cifras oficiales nacionales entregadas por el Ministerio de Salud mencionan sólo 4 casos de suicidio para ese año en el Alto Biobío, a pesar de que las cifras recopiladas en la localidad son substancialmente mayores.

Pero, incluso con esa diferencia, las cifras del Ministerio de Salud muestran un incremento en el número de suicidios para al año siguiente 2008, a 5 casos. Las cifras demoran bastante tiempo en ser procesadas y divulgadas. No se ha podido tener acceso a otras fechas.

Pero a pesar de las dificultades en recopilar estadísticas completas y certeras –y posteriormente tener acceso a ellas-las autoridades han tenido que reconocer el grave problema e intentar implementar acciones para solucionarlo, aunque al parecer no se ha logrado variar las preocupantes estadísticas. Un documento interno al que tuvimos acceso reconoce el alto nivel de intentos de suicidio en la zona Pehuenche y se señala alarma por la efectividad de los métodos utilizados para quitarse la vida.

Eficientes para matarse

“Es preocupante, que la prevalencia de intentos de suicidio obtenida en la comuna sea mayor que la media nacional, pero aún más preocupante es la elevada letalidad que alcanza esta causa, lo que podría explicarse debido a que los métodos más frecuentemente utilizados son de alta efectividad a la hora de quitarse la vida (ahorcamiento)”, continúa un estudio llevado a cabo por el doctor Nelson Inzulza y el sicólogo Alvaro Basualto, titulado “Intentos de Suicidio en Alto BioBío 2006-2007”. Ese año, la tasa del Alto Biobío, según las cifras del Ministerio en Santiago fue de 42.64 por cada cien mil habitantes, comparada con una tasa nacional de 11.6 por cada cien mil habitantes. Esto significa una tasa casi CUATRO veces mayor que la media nacional.

Es más, en el estudio encargado a los profesionales de la salud se habla de 7 personas fallecidas entre el año 2006 y marzo del 2007, pero esa cifra podría ser aún mayor. Según la publicación pehuenche “Kume Rakiduam” de marzo del 2007, sólo entre noviembre del 2006 y enero del 2007 y sólo en una comunidad, la de Butalelbún, se quitaron la vida Clemencia Pereira Vita de 78 años, Alberto Rebolledo Manquepi de 18, Gabriel Paine Manquepi de 22 años y Humberto Pererira Manquepi de 17 años. Tres de estas personas menores de 20 años. Lo que coincide con lo que señala el estudio encargado a los profesionales de salud, que indica que “el grupo con más intentos suicidas fue el de 11 a 20 años, con 8 intentos (36 %)”.

Curiosamente, una de los lugares que fue identificado como primordial para la prevención fue el Liceo de Ralco, cuyo rimbombante nombre es “Liceo Técnico-Profesional Intercultural Bilingüe Ralco”. El liceo fue financiado conjuntamente por el gobierno y la empresa Endesa, como compensación por los impactos de la represa Ralco y luego de fuertes movilizaciones y bloqueos de caminos ocurridos el año 1998. Pero los jóvenes no están sólo violentándose a si mismos; algunos lo están haciendo con su entorno familiar.

El horror de los relocalizados

El caso de violencia intrafamiliar ocurrido recientemente al interior de la comunidad AllinMapu, en el sector de La Peña, o El Huachi (la trampa en mapudungún) fue cubierto profusamente por la prensa, como suelen hacerlo los hechos de violencia más extremos. La madre llamábase Eva Marihuan y tenía 54 años. Dos de sus hijos, Juan Antonio MarihuanPichun de 31 y Juan Alejandro Marihuan Marihuan de 23, están detenidos y habrían confesado su participación en el asesinato, la quemadura y el desmembramiento de su madre.

Ocurrió todo en el sector adonde sobrevive el centenar de familias relocalizadas por Ralco y ha llevado a que finalmente la prensa, luego de más de diez años, comience a descubrir a estos relocalizados y a los de Pangue, la primera de las represas construidas en la zona. Estos últimos fueron relocalizados, ¡por segunda vez! por la represa Angostura, en construcción en las afueras de Santa Bárbara.

Según Claudio González, sociólogo, profesor de la Universidad de Concepción y Doctor en Estudios Internacionales de la Universidad de Denver el impacto de la construcción de las represas en la zona ha significado un grave quiebre y uno de los principales motivos, junto al alcoholismo, que estás detrás de la alta tasa de suicidios. “El impacto ha sido descomunal y les está pasando la cuenta” reflexiona González.

“Llegaron más de dos mil trabajadores a la zona. Ellos tuvieron los peores trabajos, si los tenían… Cambió toda la morfología del Alto Biobío. Muy rápido y violento el cambio”, dice el profesor, que sabe de lo que está hablando (…) estudió la situación de las cerca de 100 familias relocalizadas por el proyecto Ralco.
“Ellos están aún peor. Perdieron la conexión, perdieron todas las tradiciones”, señala el profesor penquista.

Quizás la clave del cambio en la situación son los propios Pehuenche. Lo decía José María Pereira, de la comunidad de Trapa Trapa, padre de Humberto Pereira, quien se quitó la vida a los 17 años. “Mis lágrimas y el espíritu encontrarán su consuelo cuando mi pueblo Mapuche-Pewenche encuentre su propia identidad y sea orgulloso por lo que es…que unidos podamos ser autónomos y que nosotros mismos autodeterminemos lo que es nuestro propio desarrollo como Pueblo libre y sin contaminación político-partidaria ni religiosa”.

Tres veces me he topado estos días con Aurelia Mariháun, hermana de la fallecida Eva. Aurelia fue una de las cuatro mujeres Pehuenche que resistieron hasta el final el proyecto hidroeléctrico de Ralco. Quizás por eso ha logrado sobrevivir de mejor manera. Me cuenta que es el tercero de sus hermanos que muere asesinado. Y que un cuarto se había tirado al río por penas de amor. Yo no sé qué decirle para consolarla, mientras miramos a la distancia el volcán Callaqui arriba en la cordillera. Noto que sus ojos están llorosos. También los míos.

(Aquí, publicación original de este artículo)

 

 

, , , , , , , antropologías

Leave a Reply