El Viejo
Hay dos tornillos en la pared coloreada por el polvo y el humo de cigarrillo, que alguna vez debe de haber sido blanca. De uno cuelga una araña de bronce con seis portalámparas, dicen acá, de origen holandés.
–¡Roberto!
Del otro, dos rebenques: el de la izquierda tiene mango de plata, surcado por una trama floral de oro; el de la derecha posee una empuñadura de alpaca y una lonja de cuero de punta bifurcada con una dedicatoria marcada a fuego:
A nuestro querido y único Conductor el General juan perón, el 24-2-68. perón igual que cristo terminará con los mercaderes. Agrupación Gráfica Sindical (Lista Verde)
–¡Robertito!
Ni el bronce, ni la alpaca, ni la plata, ni el oro brillan.
–¡Robertito, vení, por favor!
Quien llama a Roberto Velázquez, vicepresidente de la Fundación por la Paz y la Amistad de los Pueblos, es su presidente, Antonio Mario Rotundo. Desde otro ambiente de la oficina viene Velázquez –cincuentón, delgado, la piel trigueña de su Corrientes natal–. Rotundo, sentado detrás de su escritorio, le pide que descuelgue los dos rebenques y los meta en el maletín negro que tiene en la mano, junto con el libro de litografías de Rodolfo Castagna y el alhajero de Eva Perón, que ya están guardados. El correntino obedece.
–Fijate qué es lo máximo que nos pueden dar por esos cuatro elementos –dice Rotundo–. Creo que nos dan tres meses para recuperarlos. Si conseguimos los fondos antes, los retiramos antes. No creo que los perdamos.
Velázquez se va a una sucursal del Banco Ciudad de Buenos Aires a empeñar cuatro de los bienes muebles de Juan Domingo Perón que su viuda, María Estela Martínez Cartas, le donó a la fundación. Es necesario. No hay plata para pagar el alquiler de la oficina, ni los viáticos, ni los honorarios de los abogados, ni los sueldos de los empleados, ni las cuentas de luz, gas, cable, internet, ni la deuda con el bar de acá al lado, donde se desayuna, almuerza, merienda y cena.
–Nuestro patrimonio vale una fortuna, los bienes de Perón valen una fortuna, pero tenemos las cuentas en rojo.
Rotundo no se muestra deprimido al hablar de su crisis. Mantiene un tono de voz calmo y pausado, el de siempre. Le da la última pitada al cigarrillo, lo apaga en el cenicero donde hay diez colillas… ahora once. Vuelve a fijar la mirada en el monitor de su computadora, tiene que mandar un e-mail. Con una mano se acomoda los anteojos, con la otra sostiene el mate. Como si nada. ¿Por qué debería sentir culpa de disponer así de los bienes del General? Si los rebenques estaban ahí, colgados en la pared, juntando polvo.
Es una cuestión de supervivencia. Sobrevivir es la principal preocupación de Rotundo desde que un proyecto de ley de expropiación de los bienes históricos de la fundación, elaborado por legisladores del Partido Justicialista, avalado por el gobierno nacional y festejado por los militantes históricos del peronismo, lo obligó a dar de baja La Subasta del Bicentenario: el remate online de más de catorce mil objetos que, dicen acá, pertenecieron a Perón, Eva e Isabel, muchos de los cuales están en esta oficina. Al cerrarse la subasta se cortó el ingreso de dinero de la fundación.
Le pregunto cuáles eran los precios de base que tenían en la subasta los objetos que mandó empeñar. Permanece en silencio mientras termina de escribir el e-mail. Enciende un cigarrillo. Cada objeto tiene una historia que le da valor, dice. El rebenque de alpaca que le regalaron a Perón los muchachos de la agrupación de gráficos vale, como mínimo, doce mil pesos. El otro rebenque, el que tiene mango de plata y oro, es un lujo, una pieza única: no menos de veinticinco mil. Las litografías de Castagna, un maestro de la pintura argentina, sesenta mil. Y el alhajero de Evita… ah, eso sí que es algo distinto. Es de porcelana de Limoges, muy exclusiva, ¿sabés? Se lo regaló la bailarina y cantante Josephine Baker. Tiene filigranas doradas en los bordes, una pintura campestre en la tapa. Esas cosas no tienen precio… pero está 30 mil pesos.
Suena el teléfono. Rotundo atiende.
–¿Cómo te van a dar tan poco, hermano? ¡Qué barbaridad, carajo!
Cuelga. Era Velázquez. El banco sólo tomó el rebenque con mango de plata y oro a cambio de 250 pesos, el uno por ciento del valor que tenía en La Subasta del Bicentenario.
–No sé cómo vamos a hacer para afrontar los gastos.
Ahora sí hay un dejo de abatimiento en la voz de Rotundo. Es la primera vez que lo escucho así. La situación no parecía tan crítica hace algunos meses, cuando nos vimos por primera vez.
***
Que el jefe de prensa me haya citado en este bar, a menos de cinco metros del edificio donde está la oficina de la fundación, es un alarde de poder: estás acá nomás, pero antes tengo que filtrarte yo. Una vez que le explico mi intención de escribir sobre Rotundo, él hace su trabajo: elogia a su jefe, dice estar cautivado por su personalidad y sus conocimientos sobre el peronismo, enumera la cantidad de notas sobre La Subasta del Bicentenario que han salido en medios de comunicación argentinos y de otros países –porque viste que Perón siempre es una figura que atrae la atención–, cuenta que la fundación demandó judicialmente a algunos periodistas que habían escrito o dicho ante un micrófono cosas desfavorables a Rotundo… La reunión termina en cuanto las tazas quedan vacías.
Pocos días después recibo un llamado del jefe de prensa.
El heredero de Perón, dice, aceptó recibirme.
Las luces hacen brillar las paredes blancas del pasillo del primer piso. Al fondo, la puerta negra es una mancha. Cuando estoy a pocos pasos, la puerta de madera se corre hacia la izquierda antes de que golpee o toque el timbre.
Me recibe Rodrigo, mucho gusto, unos 25 años, flaco, gorro en la cabeza, barba de dos semanas, buzo y pantalón de jogging, zapatillas. Cierra la puerta, la asegura con una cadenita –no hay que abrir cerrojos ni apoyar manos en paneles lectores de huellas dactilares para entrar y salir de esta oficina de tres ambientes, a setecientos metros del Obelisco–. En la antesala hay, a la izquierda, seis sillas y un carrito de servir alrededor de una mesa sobre la que hay una máquina de escribir marrón a la que le faltan un tabulador y la letra Q; la Lexikon 80 del General, dice Rodrigo cuando me ve observarla. A la derecha, bolsas de nylon con cortinados, algunas arrumbadas en el piso, otras apiladas sobre un sillón de pana. Sobre las bolsas cuelga de la pared una foto: peludo, marrón, sentado sobre un sillón en pose esfinge de Giza –las patas delanteras extendidas hacia el frente, el cuello erguido–, Canela, uno de los caniches de Perón. Su dueño lo mira con una sonrisa, los brazos cruzados apoyados sobre el respaldo, un cigarrillo humeante en la mano izquierda.
La antesala se conecta con las otras habitaciones a través de dos puertas. Rodrigo me indica que debo entrar en la de la izquierda. Las paredes están cubiertas de estanterías abarrotadas de libros, discos, carpetas, papeles, vajilla, zapatos, cajitas de porcelana… En el extremo izquierdo, detrás de una mesa rectangular de madera sobre la que hay un televisor y una computadora, se encuentra sentado un hombre que aparenta más de sesenta años. La gorra le tapa la pelada. El aumento de los anteojos le amplifica el tamaño de los ojos pardos. La bufanda le cubre cuello y papada. El pulóver le encorseta la panza. Se levanta –no debe llegar al metro setenta–, deja el cigarrillo en el cenicero y camina hacia el frente del escritorio. Saluda con un abrazo y un beso en la mejilla. Rotundo, encantado. Nos sentamos enfrentados, cada uno en un sillón.
–Yo no soy peronista –dice–. Llegué a querer a Perón por todas las vivencias que tuve con él, porque él tuvo alma de pueblo, amor por el pueblo y entrega al pueblo.
Toma del escritorio el cenicero, lo apoya en el banquito de madera que hay a su lado. Apaga el cigarrillo, que ya es sólo colilla. Enciende otro. Mientras larga el humo me dice que no me confunda, que no vaya a pensar que La Subasta del Bicentenario va a servirle a él para llenarse los bolsillos. Todo lo que se recaude, que no deberían ser menos de veinte millones de pesos, se donará a hogares de chicos y otras obras benéficas apoyadas por la fundación. Le pide a Rodrigo que busque el listado de organizaciones que van a recibir ayuda, que me imprima una copia. El asistente, sentado frente a su computadora, le responde que no sabe dónde está el archivo, que le va a avisar cuando lo encuentre.
–Nosotros no estamos obligados a hacer obras benéficas, pero igual las hacemos –dice Rotundo–. Yo… nosotros podemos disponer como queramos de los bienes de Perón, porque Isabel me los donó en 1990… a la fundación. Y eso no fue puro capricho. Ella lo único que hizo fue cumplir con la última voluntad del General, de quien yo fui colaborador durante los últimos años de su exilio en Madrid y amigo personal hasta que murió.
Como heredero que es, cuenta, está embarcado en varias causas judiciales para recuperar lo que le corresponde. Una es para reclamar la titularidad de los derechos de autor de las obras completas de Perón y Evita, y las regalías. Agarra un libro violeta de la repisa que hay detrás suyo, vuelve a sentarse. Me lo pasa: Cartas del exilio, de Juan Domingo Perón, selección, introducción y notas a cargo de Samuel Amaral y William E. Ratliff. Dentro hay una fotocopia del prólogo donde aparece destacado con resaltador amarillo el agradecimiento de los autores a la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, poseedora de los originales de las cartas, y a la Fundación por la Paz y la Amistad de los Pueblos, titular de “los derechos intelectuales de la obra escrita del general Juan Domingo Perón”. Rotundo tiene todas las esperanzas puestas en ese manchón amarillo. Que no me confunda. No hace esto sólo por dinero. Lo que está en juego acá es la palabra del General, muy distorsionada durante años.
La otra causa que lo tiene ocupado estos días es la recuperación de unos dos mil bienes de Evita, que fueron secuestrados en 1955 por la autodenominada Revolución Libertadora y depositados en el Banco Municipal, actual Banco de la Ciudad de Buenos Aires. Hay de todo ahí, dice: un coche, un tapiz regalado por el presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo en la década del 50, porcelanas muy caras, colecciones de armas, ropa, alfombras, adornos, platos de plata de cinco kilos, vestidos de Evita comprados en casas de alta costura de París. Esos objetos valen unos veinte millones de dólares.
–Y al banco podríamos reclamarle otros doscientos millones de dólares de indemnización por cómo se afectó el patrimonio. Entre el 55 y el 89, cuando se hizo el último inventario, se remataron, vendieron, robaron y desaparecieron una cantidad de piezas valiosísimas.
Suena el timbre. Rodrigo se levanta a abrir la puerta. Vuelve a la habitación en compañía de un sesentón flaco, canoso, la barba rala, pantalón de vestir y camisa arrugados, los ojos achicados por el aumento de los anteojos.
–¡Oh, Rodolfiño! –grita Rotundo al abrazarlo. Le pregunta cómo anda y le pide que espere en la otra habitación hasta que termine la entrevista.
Rodolfo es un amigo con pasado montonero, dice, de nuevo en su sillón.
–Estuvo en la cúpula de la organización y siempre mantuvo una conducta de transparencia y honestidad. A ver si se puede decir lo mismo de todos los que hoy dicen que fueron montoneros. Por eso seguimos siendo amigos con Rodolfo.
Cuando le consulto si lleva adelante otro reclamo judicial, no responde de inmediato, entrecierra un poco los ojos, se agarra el mentón con los dedos pulgar e índice de la mano derecha: genera suspenso. Sí, hay otra causa, una causa grande, una causa importante, dice. Tiene que ver con una donación que Eva recibió en 1947, durante la gira que hizo por Europa, de parte de siete de las familias más ricas del continente.
–Perón me contó todo lo que hay depositado en dos habitaciones de un banco suizo. Me dio el inventario y las claves de acceso. Es una fortuna incalculable de unos dos mil objetos. Hay cuadros de Caravaggio, hay un Greco, hay dos manuscritos de Leonardo Da Vinci… ¡Y una pieza de Miguel Ángel! Hay obras de escultores y pintores famosos y joyas y cuadros y oro. En la causa de recuperación de ese tesoro nos patrocina un estudio de abogados de Suiza.
Le pregunto si me deja ver el inventario de El Dorado de Perón. Ríe. Me dice que lo tiene todo en dos hojitas, pero que no me lo puede dejar ver. Insisto durante algunos minutos. Se levanta y empieza a mover papeles en una de las repisas que tiene detrás. De una carpeta de cartón, saca dos hojas blancas impresas en computadora, sin membrete, abrochadas con un ganchito. Me las da. Sonríe con cierta malicia: le debe dar gracia mi ansiedad por conocer lo que él dice que hay en Suiza. En cinco segundos alcanzo a memorizar algunos ítems: oro, Goya, Caravaggio, Da Vinci, joyas, dos mil millones de dólares en efectivo, Van Gogh… Me saca de las manos el tesoro. Su tesoro.
Para cambiar de tema invita a Rodolfo a que se sume a la charla y me cuente la pesadilla que le tocó vivir durante la última dictadura. Rodolfo viene y me cuenta que lo secuestraron en mayo del 78, luego de que impactaran en su cuerpo dos de las casi cuarenta balas que el Ejército había disparado a la camioneta donde estaba escondido. La bala que había recibido en la pierna izquierda se la sacaron. Pero la otra todavía la tiene en la espalda, a la altura del huesito dulce, porque los médicos siempre le dijeron que era más riesgoso sacarla que dejarla. Con la bala en el cuerpo, de recuerdo, una vez liberado se fue a Brasil, donde viviría ocho años exiliado. No como otros compañeros que terminaron asociándose a los enemigos, dice.
–Ahora hay mucha gente en el Gobierno que se jacta de un pasado montonero que no tiene –dice Rodolfo–. Algunos sí fueron cuadros de la organización, pero que no me vengan con que la Presidenta y Néstor eran montoneros. ¡Esa a mí no me la venden! Cuando nosotros estábamos poniendo el cuerpo, ellos dos estaban haciendo plata en Santa Cruz. ¡Qué van a ser montoneros esos dos!
Rotundo se muerde el labio inferior y asiente con la cabeza, mientras toma del hombro a su amigo.
–¿Te das cuenta de lo que te decía? De personas como Rodolfo hablaba cuando te decía de los montoneros honestos, desinteresados, que nunca perdieron el rumbo.
Rodolfo agradece el elogio. Sonríe con la boca y con los ojos chiquitos, detrás de los cristales gruesos.
***
Hablar de Perón en la casa de los Rotundo era para quilombo. No por Fortunata Trefontane, un ama de casa más interesada en la crianza de Mario y Stella Maris que en la política, sino por su marido, José Rotundo, un socialista orgulloso de ser antimilitarista, anticlerical y antiperonista. Eran discusiones de gritos y caras rojas y ojos vidriosos las que el tano, aliado con los parientes radicales y los comunistas, mantenía con la minoría peronista de la familia, que llevaba siempre las de perder. Lo mismo cada comilona de fin de semana, cada cumpleaños, cada Navidad, cada año nuevo. El 55, sin embargo, fue un año de treguas: no había nada que discutir acerca de los cientos de personas asesinadas o heridas en junio en Plaza de Mayo por la aviación naval, ni del golpe de septiembre ejecutado por la Fusiladora…
inútil debatir el dolor. Eso era puertas adentro. Puertas afuera, José hacía un esfuerzo para mantener a raya su instinto político, más cuando en su pequeña empresa maderera tenía que tratar con clientes devotos de San Perón. Los ingresos de Maderas Rotundo le alcanzaban a la familia para mantenerse en la clase media: departamento propio en Palermo, auto último modelo, vacaciones en la playa, colegio privado, clases de piano e inglés para la nena y el nene. Hubo comodidad hasta que José murió en octubre de 1962 por una hepatitis aguda. Fortunata no sabía para dónde ir. No conocía el negocio de la madera, tampoco tenía una profesión, y debía mantener a un hijo de once años y una hija de ocho. Pensó que lo mejor sería seguir el consejo de ese familiar que le había dicho vos vendé todo, querida, y poné el dinero en una financiera para que te dé intereses. Lo hizo. La financiera quebró a los pocos meses. Los colegios privados, las clases de inglés y piano, las vacaciones, el auto, las reuniones familiares de charlas caldeadas… todo se convirtió en el recuerdo de cuando José vivía.
Para escaparle a la angustia, ese verano, Mario se fue de vacaciones a la provincia de Corrientes con la familia de un amigo del barrio. Conoció los esteros del Iberá y Paso de los Libres, ciudad fronteriza a orillas del río Uruguay. Regresó a Buenos Aires decidido a buscar un trabajo para ayudar a su madre. Fortunata ya había conseguido un puesto de celadora en un colegio y hecho todos los ajustes posibles, incluso los tres se habían mudado a un departamento más chico en Floresta. Ahora había que parar la olla todos los días. Mario entró como cadete en un negocio de artículos del hogar, en Belgrano. Durante dos años barrió pisos, limpió baños, lustró aspiradoras y licuadoras, preparó café, acomodó mercadería y atendió clientes.
Una mañana pasó por el negocio de José Kahan, un mayorista maderero que había sido proveedor de Maderas Rotundo. Sintió el impulso de saludar a don José, que lo conocía desde chico. La alegría que se llevó el alemán cuando vio entrar a Marito; hasta le ofreció trabajo antes de que se fuera. Mario le dijo que lo pensaría, que estaba bien en la casa de artículos para el hogar. Después de darle vueltas durante días al asunto, tomó la segunda decisión adulta de su adolescencia: renunciar a su trabajo para, junto a Kahan, conocer el negocio de la madera y, en un futuro, estar preparado para montar una empresa propia. Como protegido de Kahan, aprendió los secretos del rubro, aunque su padre le había enseñado ya a diferenciar la madera de peteribí de la de jacarandá y a ésta de la de nogal.
Era muy rápido para los números, le decían, aprendía bien. Ganó mucha confianza en sí mismo en poco tiempo. No había pasado un año cuando le dijo a don José de tomar un café para explicarle que quería reabrir Maderas Rotundo. Don José lo felicitó y le dijo que contara con él como proveedor. Cada cliente que había conocido a José Rotundo atendía a Mario con esa mezcla de sorpresa y alegría con que lo había recibido Kahan aquella mañana. Que perteneciera al hijo de José facilitó el crecimiento rápido de la empresa. Mario pasó de salir a vender en un auto conducido por un jubilado, ya que él era menor y no tenía registro de conductor, a atender una oficina y un depósito alquilados. Fortunata, que había prestado su nombre y su documento para los contratos de alquiler, lo emancipó cuando cumplió los dieciséis. Como si fuera el adulto que no era, Mario dispuso de su vida. Hasta los dieciocho vivió repartido entre Buenos Aires y Alta Gracia, Córdoba, donde se inició en el rubro inmobiliario con la venta de unos terrenos que eran de la familia. Estaba al frente de Maderas Rotundo, a la vez que compraba propiedades devaluadas que, luego de refaccionarlas, vendía a un precio mayor. No le quedaba tiempo ni para ir a la escuela nocturna.
Abandonó el secundario, no la lectura. Pasaba noches enteras leyendo libros de historia, derecho, medicina, política, geografía… le gustaba todo, no tenía ganas de limitarse a estudiar lo que le impusiera otro. A los diecinueve años, Mario llevaba la vida de un hombre de cuarenta. Ayudaba económicamente a su familia, pagaba sueldos a empleados, firmaba contratos, manejaba cuentas bancarias, analizaba la factibilidad de futuras empresas. Se encaprichaba con negocios, no con trajes o motos. La última idea que había elaborado durante meses era la de una empresa de turismo. Pero para armar una empresa de turismo, pensó, debía antes conocer otros países. Una vez que hubo elegido a los empleados que estarían al frente de sus negocios en su ausencia, fue a una agencia de viajes que estaba en la avenida Córdoba. Se tentó con los descuentos en los pasajes ida y vuelta a Europa de la compañía naviera Costa Line.
Un mes después, en enero de 1970, estaba parado con sus valijas en el puerto de Buenos Aires, el mismo lugar desde donde Perón había partido al exilio casi quince años antes: el destino. Mario abordó con cinco mil dólares en el bolsillo el barco Enrico C, que pasaría por los puertos de San Pablo, Río de Janeiro y Lisboa antes de amarrar en su destino final, Barcelona. Eran sus primeras vacaciones en años. Las últimas habían sido en Corrientes, ese primer verano sin su padre. Es la historia que cuenta Rotundo. Quienes podrían confirmarla o negarla murieron, como Fortunata, o prefieren callar, como Stella Maris y sus primos.
Me quedaban menos de dos mil dólares y una semana de viaje por Europa. Salí un jueves a la noche de París y llegué a Madrid el viernes, muy temprano a la mañana. De la estación me tomé un taxi para ir a una pensión estudiantil que estaba en la calle Zurbano; me la habían recomendado, por limpia y barata, unos amigos franceses. Golpeé la puerta y me atendió una asturiana simpatiquísima de unos cincuenta años. Como había pocos estudiantes, me dio una habitación para mí solo. Me duché, deshice la maleta y bajé a desayunar. Era una cocina comedor grande. Ella había traído de la panadería unos croissants y había hervido unos tazones de leche. La asturiana se sentó al lado mío y se reveló como una gran conversadora: yo quería revisar el itinerario que había escrito en mi libretita y ella, como me daba lata, no me dejaba leer.
–Nosotros, los españoles, queremos mucho a los argentinos por cómo nos han ayudado durante la guerra –me dijo–. Oiga, ¿puedo mirar su libreta para ver qué quiere visitar en Madrid?
Le pasé la libreta.
–Pues aquí están el Museo del Prado, el Escorial, el Monumento a los Caídos, Toledo, pero a usted le falta lo más importante –dijo–. Usted no puede dejar de conocer a Perón estando en Madrid. ¿Cómo no va a ir a conocerlo, que hemos comido gracias a él en las malas?
Y empezó a hablar de Perón. Los españoles de mediana edad tenían entonces muy presente el recuerdo del hambre de la guerra y la ayuda que había mandado la Argentina. Escuché el sermón de la asturiana. Cuando terminé de desayunar, le prometí que iría a ver al General. Salí a la calle y tomé un taxi para ir al barrio de Puerta de Hierro.
–Hombre, usted es argentino –me dijo el taxista–. Así que va a ver a Perón. Yo he llevado tantos argentinos…
Mientras el taxista me hablaba de Perón con el mismo cariño que la asturiana, sentí que se movilizaba algo en mi interior, en el plano espiritual. Desde siempre había creído que ciertos fenómenos guardaban relación con algo superior. Yo tenía la capacidad de detectar el porqué de muchas cosas aparentemente inexplicables. Me acompañaba en el subconsciente una vida paralela donde encontraba el significado y el mensaje de cada cosa, de cada fenómeno. Y la asturiana y el taxista, con todo su parloteo, hicieron nacer en mí el deseo de cumplir con algo que estaba en mi subconsciente y yo debía cumplir: ir hasta Puerta de Hierro, más allá de que lo pudiera ver o no a Perón.
Al llegar tuve una sensación de alegría, porque había mucho verde, muchos árboles; sentí una corriente positiva. La calle Navalmanzano era estrecha, asfaltada. De un lado había un descampado y del otro, la casa de Perón: el cartel que decía Quinta 17 de Octubre y la ligustrina y las columnas y el frente de piedra blancuzca y el verde de las rejas, los dos portones y la puerta chica. Enfrente, un jeep de la Guardia Civil con dos guardias dentro, que bajaron, se me acercaron. Uno se quedó dos pasos atrás del que me preguntó:
–¿Qué desea?
–Vine a conocer la casa del ex presidente Perón.
–Pero qué pena que usted ha despachado el taxi, porque el General está en la sierra de Guadarrama y vuelve dentro de quince días. ¿Usted está en Madrid?
–Sí.
–Bueno, para volverse va a tener que cruzar este camino y tomar un bus que pasa cada quince, veinte minutos y lo lleva
al centro.
Los saludé. Había dado tres pasos cuando sentí detrás mío el crujir de los portones al abrirse. Giré. Era Perón, arriba de su Volkswagen, con la gorra puesta, un caniche en el asiento de al lado. Uno de los guardias me tomó enseguida del brazo. Perón le hizo señas para que me soltara y me llamó con la mano. Me acerqué. Bajó el cristal y yo me quedé mudo. Sentí que ese silencio iba a durar la eternidad. Sacó la mano y dijo:
–Mucho gusto, Juan Perón.
–Mucho gusto, Mario Rotundo.
Nos estrechamos la mano.
–Joven argentino del signo de Libra, lo estaba esperando –me dijo–. Adelante, suba y vamos conversando hasta Madrid.
–No, muchas gracias. Me voy a quedar acá a conocer la zona.
¡Qué pelotudo! ¿Cuántos en la vida hubiesen querido subir al auto de Perón en ese momento para sacarse una foto, darle la mano, mirarlo? Sentí una gran confusión con las dos cosas que me había dicho: que me estaba esperando y que yo era de Libra.
Estaba seguro que me había confundido con otra persona.
–Bueno, pero antes de que se vuelva a Argentina nos tenemos que ver –siguió.
–Sí, sí, con mucho gusto.
–El domingo lo espero, que recibo a otros argentinos. A las ocho de la mañana.
Perón subió el vidrio y se fue. Los portones se cerraron. Los guardias civiles me pidieron disculpas, me explicaron que por cuestiones de seguridad me habían dicho que el General no estaba.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús, tuve la impresión de que la imagen de Perón que acababa de ver ya la había visto antes. Yo, en la Argentina, recibía todas las semanas Panorama. Y en ese momento me acordé de un número de la revista en que había salido publicada una foto de Perón con la gorra, arriba del Volkswagen. Fue como un déjà vu.
Ni viernes ni sábado cumplí con nada de lo programado en mi itinerario de viaje. Caminé como un bólido por las calles de Madrid. Ni sabía por dónde iba, pensando en el lío en que me había metido por aceptar la invitación. Pero ya había dado mi palabra: tenía que ir. La asturiana, en la pensión, me dijo que me veía raro, pero no le conté nada. Todo empeoró la noche del sábado. No pude dormir porque temía quedarme dormido, y, cuando me dormí, tuve la pesadilla de que me quedaba dormido y dejaba plantado a Perón. A las cinco de la mañana estaba despierto. A las seis salí a la calle. Después de comerme un churro con chocolate en una churrería, me encaminé hacia donde me había dejado el bus a mi regreso de Puerta de Hierro. A las siete estaba arriba del bus. Terminó el recorrido, bajaron los últimos pasajeros y yo no reconocía el lugar. Le pregunté al chofer si faltaba mucho para llegar a Puerta de Hierro.
–Pues usted se ha tomado el bus equivocado –me respondió–.Eso es en la otra punta. Tiene unos veinte minutos hasta allí si va caminando.
Enojado conmigo mismo, bajé. En la calle no había nadie, salvo un señor con un perrito y yo. Caminé hasta Navalmanzano. No había un solo coche cerca de la quinta. Sólo estaba el jeep, pero con dos guardias que no eran los mismos que me habían recibido la vez anterior. Cuando estaba a media cuadra, los dos, uno petiso y el otro gordo, se pararon en medio de la calle.
–¡Oiga! ¡¿Usted es Mario Rotundo?! –me gritó el gordo.
–¡Sí!
–¡El General lo espera desde las ocho de la mañana!
Eran las ocho y cuarto.
El guardia civil tocó el timbre. Salió a recibirme una chica que se presentó como Victoria. La primera foto mental que tomé del interior de la casa: un par de escaleritas bajas, mucha piedra gris y blancuzca, a la derecha había un dressoir y a la izquierda, un salón grande con sillones, individuales y mayores, donde estaba Perón con cuatro hombres. Perón se puso de pie para saludarme y presentarme a quienes estaban con él: dos jóvenes universitarios de Mendoza, un sindicalista y un ingeniero. Yo estaba con tremenda confusión porque sentía haberme metido en un baile para el que no estaba preparado. Ellos estaban tomando mate cocido; Victoria me trajo una taza. No había diálogo, sino un monólogo de Perón, en el que los otros acotaban algunas cosas. No abrí la boca. En un momento de la reunión me despisté viendo dos herrajes de bronce y los imaginé de oro macizo; alguna vez, cuando era chiquito, mi padre me había dicho aquello que decían todos los antiperonistas, que los pasillos del Banco Central estaban llenos de lingotes de oro y que se los había afanado Perón. Pero el Viejo me atrapó con todo lo que dijo. Era sabio, era preciso, lo noté transparente, no me dejó dudas. Habló horas de geopolítica, el mundo, la naturaleza, el ser humano.
–General, ha llegado a almorzar el nuncio apostólico –le avisó Victoria a la una de la tarde–. Le trajo la botellita de vino de su pueblo natal que le había prometido.
–Qué lástima, muchachos –nos dijo Perón–. Si no fuera por este compromiso que tenía, almorzábamos juntos.
El nuncio estaba sentado en un sillón, al otro lado de la sala. Perón se levantó y nos acompañó hasta el parquecito de la entrada, donde todo el mundo se sacaba la clásica foto con él. Yo, como había olvidado mi cámara en la pensión, me ofrecí a hacerles las fotos a los mendocinos, al sindicalista y al ingeniero. Los mendocinos me sacaron una foto, que nunca me enviarían.
El Viejo nos saludó desde arriba de los dos escaloncitos, mientras salíamos por la puerta verde chiquita. Yo iba último. Cuando me di vuelta para saludarlo por última vez, me hizo una seña con la mano para que me acercara. Caminé hacia él. Me hizo pasar de nuevo a la casa. Y empezó a hablar de mí:
–Mario Rotundo, usted es una muy buena persona, un buen ser humano, transparente… Y nacimos el mismo día.
–No, General, yo nací el 7 de octubre de 1950 –le respondí nervioso; era obvio que habíamos nacido en años diferentes.
–Usted, como muchos, no sabe que nací el 7 de octubre de 1893, pero me anotaron el 8 de octubre de 1895.
Seguía pensando que me confundía con otro Mario Rotundo, aunque estuviera hablando de mí como si me conociera de siempre.
–Y quizá, si soñó quedarse en España, eso se haga realidad –continuó–. Yo a usted lo estaba esperando.
Ahí se me cayeron las medias. No me animé a decirle nada. No sabía ni cómo tratarlo. Sacó una tarjeta personal de su billetera y detrás escribió avenida José Antonio 31, piso 7, oficina 19. Me la dio y repitió:
–Yo a usted lo estaba esperando desde hacía mucho. Mañana, a las nueve, vaya a esta dirección y vea a mi secretario, el señor José López Rega, que está en Barcelona pero llega esta noche a Madrid. Converse con él a ver qué se les ocurre, a ver si hay alguna tarea para que usted pueda quedarse un tiempo en España.
No pude decirle más que muchas gracias. Salí de la casa totalmente a gusto, pero muy desconcertado. Tampoco tenía idea de quién era ese tal López Rega. Ese domingo pasé por la puerta del edificio de José Antonio para calcular cuánto tiempo tenía de viaje desde la pensión. No podía llegar tarde de nuevo.
Entré al edificio el lunes a las nueve en punto. En el ascensor íbamos un hombre delgado, con el pelo engominado hacia atrás, y yo. No cruzamos ni un hola. Los dos bajamos en el séptimo piso. Él caminaba de un modo decidido. Yo iba como un boludo, desorientado, con la tarjeta que me había dado Perón en la mano, mirando los números de las puertas. Cuando llegué al número 19, el señor que había subido conmigo en el ascensor me dijo:
–Buen día, pibe. ¿Vos sos Mario Rotundo?
–Sí.
–Llegué ayer a las nueve de la noche de Barcelona y el General me tuvo hasta el noticiero de la medianoche hablando de vos.
Era López. Entramos a la oficina. Preparamos café y nos sentamos a hablar.
–A mí me parece que hay una gran confusión en todo esto porque el General me dijo que me estaba esperando –le dije–. ¿No están esperando a otra persona con mi mismo nombre?
–Pibe, vos no lo conocés todavía. El General sabe mucho más de vos de lo que te imaginás.
–Pero yo no tengo una vida pública…
–No, no, no. El General sabe de vos aunque no te haya visto nunca ni tenga una referencia tuya dada por nadie. Él sabe quién sos vos.
Quedé pasmado.
–Tengo que hablarte con total claridad –siguió López–. Nosotros pasamos momentos muy difíciles acá, estamos acotadísimos de dinero. La gente piensa que tenemos una fortuna, pero la estamos pasando muy mal.
–Mire, López, yo le quiero aclarar algo: no vine a buscar ni a pedir absolutamente nada.
–Ya sé. Te cuento nuestra realidad porque el General me habló de que sería muy importante que te quedaras un tiempo en España. El asunto es a quién le podemos pedir que te dé un trabajo para que puedas solventar tus gastos.
–Despreocúpese, yo puedo buscar un trabajo. Igual tengo que pensar si me quedo o no.
–Lo único que te pide el General es que, tomes la decisión que tomes, lo llames y le digas lo que vas a hacer. Va a estar pendiente de lo que decidas. Él almuerza a la una y cena a las nueve. Llamalo a las nueve que lo vas a encontrar seguro en la casa.
Saludé a López, salí del edificio y, en un puesto de diarios, compré un periódico. Me senté a leer los clasificados y a tomar un descafeinado con leche en la cafetería Nebraska, en la esquina de la oficina. Encontré un aviso de una distribuidora de libros que buscaba jóvenes que quisieran viajar al interior de España. Lo marqué y me fui hacia allá. Don Félix Hernández, el dueño de la Distribuidora Ibérico Venezolana, me contrató como vendedor y me pidió que al día siguiente viajara a Sevilla. A las nueve de la noche del lunes llamé a la quinta para avisar que ya tenía trabajo y me quedaba. El General se alegró mucho, y me pidió que lo llamara mientras estuviera de viaje.
El grupo con que me tocó trabajar en Sevilla era muy indisciplinado, hacía lío en las habitaciones del hotel. Yo siempre había sido elegido, año tras año, mejor compañero en el colegio primario: se me daba muy bien el tema de la comunicación, de liderar un grupo, de acompañar hacia un orden mayor.Tuve una charla con todo el grupo y pedí un mejor comportamiento. A los dos días, don Félix me ascendió a jefe de grupo, y me mandó a recorrer La Coruña, Asturias, Oviedo, Gijón y el País Vasco con un grupo de catorce personas. Sin importar dónde estuviera, hablaba por teléfono con Perón cada noche. Él me decía qué lugares, qué monumentos tenía que visitar en cada ciudad, me hablaba de las costumbres de cada región. Se me había hecho cotidiano hablar con él. Ya no lo sentía como el General, sino como mi amigo.
Cuando regresé a Madrid, Perón me invitó a almorzar a la quinta. Me esperaba sentado en el jardín. Sobre la mesita redonda de chapa había dos camparis. Después de almorzar tuvimos una larga sobremesa. Me habló de los regionalismos de España, de la Iglesia Católica, de la masonería.
–Sea libre, Rotundo –me dijo–. Nunca firme la hipoteca de su alma con ninguna religión, secta, organización ni logia. Yo tuve muchas ofertas pero nunca firmé nada.
Ya me había dado cuenta a esa altura de que el Viejo era una excelente persona, auténtica, que no quería sacar nada de mí. Me pasaba por la mente cómo mi viejo habría cambiado su forma de pensar si hubiera conocido a Perón como lo estaba conociendo yo. Estábamos terminando la sobremesa cuando llegó Isabel y me saludó:
–¡Ah, tú eres el famoso Mario Rotundo!
–Estamos en problemas si empieza a hablar Isabelita –dijo Perón–. A ella hay que pagarle para que hable y pagarle el doble para que se calle.
Al rato llegó López. Le dijo algunas cosas a Perón y, antes de irse de Puerta de Hierro, me invitó a tomar un café en la oficina. Cuando entramos al edificio me dijo que me despidiera del departamento porque lo tenían que entregar la semana siguiente: ya no había dinero para pagar el alquiler. Yo tenía en el maletín la liquidación de las ventas del mes y medio de la gira. Fui a hablar con el administrador del edificio. Le pregunté si me podía ofrecer un departamento más económico. Me mostró uno y le pagué ahí mismo el alquiler. Volví a la oficina donde López me esperaba ansioso. En cuanto le conté, agarró el teléfono para comunicarle al Viejo lo que había hecho.
–Si lo hizo, él sabrá por qué –le respondió Perón a López, del otro lado de la línea.
–¿Cómo vas a pagar el alquiler, pibe? –me preguntó López, con el teléfono al oído.
–Yo ya tengo un plan –le respondí–. Vamos a armar una distribuidora de libros.
–¿Escuchó, General? –preguntó López.
–Sí, qué buena idea –respondió Perón–. ¿López, se acuerda de aquella sociedad que usted hizo una vez para importar y exportar, pero que no se usó para nada? ¿Cómo era que se llamaba? ¿Termun? ¿Tercer Mundo?
–Sí, Termun por TERcer MUNdo.
–Bueno, como sea que se llame, pásesela a Mario.
Le propuse un arreglo a don Félix: yo entrenaba a sus jefes de grupo a cambio de que me avalara para pedir mercadería a las diferentes editoriales. Aceptó y armé la distribuidora de libros, con la colaboración de mi amigo Ricardo Granados Dávila, uno de los mejores vendedores que había tenido a cargo mientras había sido jefe de grupo. Una vez que empezamos a facturar, los ingresos de la empresa se dividían en cuatro: una parte para pagar los gastos de la oficina, otra para los gastos personales míos, otra para la quinta 17 de Octubre y la última, fondo de reserva. Yo sólo necesitaba dinero para pagarme la habitación del hotel Magerit donde vivía, a pocas cuadras de la oficina. Mis negocios en la Argentina no me preocupaban: los controlaba por teléfono, con la ayuda de la gente de confianza que había dejado a cargo.
Mario Rotundo es la prueba viviente de cuán infiel le era Perón a Eva.
Mario Rotundo es un hijo que Isabel tuvo de soltera, en la época en que vivía más de noche que de día.
Mario Rotundo es familiar de López Rega.
Mario Rotundo ríe. Esas, dice, son mentiras con las que lidia desde la época en que estaba en Madrid y todos, tanto los periodistas como los agentes de inteligencia que espiaban al General, intentaban explicar quién era ese pibe de veinte años sin militancia política que estaba en la intimidad de Puerta de Hierro. Le pregunta a Rodrigo, que está sentado frente a su computadora, si sabe dónde quedó el ejemplar de Panorama. Le responde que está en su escritorio o en alguna repisa. Rotundo se levanta del sillón para buscar. Encuentra la revista y me la da.
¡Riiiing!
Atiende el teléfono.
–Gabriel, mire, nosotros estamos haciendo todo lo necesario… Yo ahora estoy ocupado… Es muy simple, Gabriel, nosotros ya recibimos la carta documento que nos mandó. Ahora queremos encontrar a la persona responsable a la que le hemos dado el dinero y nos tiene que reintegrar la suma que le dimos… Mire, si yo no lo encuentro, veré qué es lo que hacemos. Lo que le digo es que sea lo suficientemente educado, del mismo modo que yo soy con usted –reclama, crispado–. Nosotros le vamos a contactar en el momento en que tengamos definido el tema. ¿Okey? Usted… Mire… No, no, no… Usted es un maleducado, y con usted no quiero hablar más. No llame más aquí. ¿Okey?
Cuelga el tubo de un golpe. Bufa al sentarse. Tiene la cara colorada. Cuenta que este Gabriel es un repugnante, un asqueroso, un maldito. La cosa es así: intercambió cheques con el hijo de una amiga para obtener fondos de emergencia en estos momentos difíciles y… me dice que es mejor concentrarnos en Panorama.
¡Riiiing! ¡Riiiing!
Atiende.
–No llame más… Usted es un maleducado… Si insiste, voy a hacer una denuncia policial. ¿Okey? Muchas gracias. Hasta luego. Golpe de tubo. Lo que pasó fue que el hijo de la amiga depositó los cheques sin fondos y desapareció. Me pide disculpas.
Volvamos a la Panorama del 20 de abril de 1971. En la tapa hay una foto de Perón, sentado en un sillón con respaldo alto, un cigarrillo en la mano izquierda. Sobre la imagen, en el margen superior izquierdo, una tira anuncia “Informe exclusivo desde Madrid” y, en el pie, el título intriga “¿Y si vuelvo?”.
¡Riiiing!
Levanta el tubo sólo para colgarlo y cortar la llamada. Este Gabriel le mandó una carta documento exigiéndole el pago de un cheque sin fondos. Y el hijo de la amiga, que fue quien se lo dio, sigue desaparecido, en lugar de venir y dar la cara. Se disculpa de nuevo. Me pide que lea el texto marcado en la segunda columna de la página trece de Panorama. En un párrafo donde se repasan algunas de las actividades realizadas por Perón en esos días dice: “También el jueves envió a Mario Rotundo, un pariente de López Rega, con cartas para Buenos Aires”. Aunque él no tenga vínculo sanguíneo con el secretario del General, aclara, esa oración es una de las tantas pruebas que hay de sus días en Puerta de Hierro.
¡Riiiing! ¡Riiiing!
Levanta el tubo y corta.
–Ayer le dije a este Gabriel que me diera tiempo para resolver este problema… Estamos con muchos problemas. Yo estoy muy cansado del país, del estado psíquico de la gente. Tenemos un cuerpo social enfermo.
¡Riiiing!
Levanta el tubo y se lo lleva al oído.
–Si sigue jodiendo lo voy a denunciar –le advierte con calma–. No puede amenazarme y putearme por teléfono.
Cuelga y desconecta el cable del teléfono. Enciende un cigarrillo.
Tuve problemas desde el momento en que entré al círculo íntimo de Perón. No podía ir al consulado argentino porque era territorio enemigo. Encima, tenía un asunto pendiente con el Ejército. Antes de viajar a Europa, había presentado los trámites de excepción del servicio militar por ser único hijo varón de madre viuda y sostén familiar, pero no los había completado. Era un desertor. Perón me hizo hablar en Madrid con Jorge Paladino, que era delegado suyo en la Argentina y tenía muy buena relación con los militares. Paladino me hizo una nota para que un militar me llenara la libreta de enrolamiento. Viajé a Buenos Aires el 27 de diciembre de 1970. Hablé con el militar que me había recomendado Paladino y dejé de ser un desertor.
Para ese entonces yo conocía a Paladino y a todos los otros personajes que formaban parte del entorno de Puerta de Hierro. Ya Perón me había dado el manejo de la clasificación de la correspondencia, que era abundante y provenía de distintos lugares del mundo. Fui asumiendo muchas responsabilidades, como manejar la agenda de visitas. Me encargaba de recibir a los personajes políticos que venían: representantes de Gamal Abdel Nasser, Charles De Gaulle, Mao Tse-tung y otros presidentes del mundo. También iban personas que no tenían que ver específicamente con la política, como Klaus Nickel, uno de los principales jefes rosacruces del mundo. Lo recibí en varias oportunidades a Nickel, que era muy afectuoso conmigo. El secretario era López, no yo. Él se encargaba de que no faltara nada en la casa ni en la oficina. Yo era un colaborador externo, un amigo que colaboraba. Así llegué a manejar más cosas yo que López. Cosas especiales.
El General me asignó en el 71 una misión secreta: hacerme cargo de Larín Barrero, sobrino del presidente Roberto Levingston, que iba a viajar a España con un mensaje confidencial para Perón. El general Levingston estaba jaqueado por las manifestaciones populares y las acciones de los grupos guerrilleros. Necesitaba llegar a un acuerdo político con el Viejo para mantenerse en la Presidencia y no ser derrocado por sus compañeros de armas. Barrero iba a estar menos de veinticuatro horas en Madrid. Tuve que conseguirle una habitación en el hotel Magerit para que descansara un poco con su custodio, mientras esperaba ser atendido por el General. Cuando llegamos a Puerta de Hierro, Perón invitó a Barrero a sentarse en el living. El emisario sacó la propuesta de Levingston y dijo:
–¿Quiere responder a cada punto a medida que los voy leyendo?
–No, no, lea todos los puntos de corrido que yo, al final, se los respondo todos juntos –contestó Perón.
–Pero mire que la propuesta de Levingston tiene muchos puntos…
–Ya le dije: lea de corrido que después le respondo todo. Vamos a grabar la charla para que le lleve las respuestas a su tío en un casete.
Entre los ofrecimientos de Levingston figuraban la devolución del grado de general del Ejército, la restitución de los bienes confiscados después del golpe del 55 y la posibilidad de volver a la Argentina por la puerta grande, en un plazo de tiempo a determinar según las condiciones políticas del país.
–Dígale a su tío que a mí llegar a ser general no me costó nada más que dejar caer las hojas del calendario –le contestó Perón–. A mí lo que me costó fue llegar a ser Perón, y eso ni me lo quita ni me lo devuelve nadie. Respecto de los bienes, yo no tengo ni jamás tuve un interés personal sobre las cosas materiales.
La reunión terminó. Llevé a Barrero al hotel para que descansara. El General se metió en su despacho para escuchar cómo se había grabado la reunión. Por la tarde, volví a la quinta a buscar la grabación para llevársela a Barrero.
–No hay casete –me dijo el General–. Mi voz salió gangosa. No se entiende nada. Así que dígale a este muchacho que espero que tenga buena memoria, porque va a tener que transmitirle al tío lo que recuerde de cada una de mis respuestas.
Fui a buscar a Barrero y le dije lo que había pasado. Quedó pálido. Lo llevé hasta el aeropuerto de Barajas y regresó a Buenos Aires. A los pocos días de la visita fugaz de Barrero, el general Alejandro Agustín Lanusse se enteró de ese acuerdo secreto que no se había concretado y aceleró la caída de Levingston.
¿Cómo se había enterado Lanusse? Perón le había mandado el casete… la voz no se escuchaba para nada gangosa.
Rita Pavone no conoció a Eva: tenía siete años cuando murió la segunda esposa de Perón. Tampoco leyó alguna de las biografías que se han escrito sobre ella ni sus libros La razón de mi vida y Mi mensaje. Todo lo que la italiana sabe de esa mujer es lo que le contó su marido, el también cantante Teddy Reno, quien dice haberla conocido en una de sus visitas a Buenos Aires, y lo que se enteró viendo el musical de Andrew Lloyd Webber y la película protagonizada por Madonna. Nada más. Lo cuenta ella misma, de puño y letra, en la carta con la que se excusa por no asistir a la inauguración del monumento a Eva, construido por la fundación de Rotundo en la misma parcela del Cementerio Mayor de Milán donde estuvo enterrada como María Maggi de Magistris.
–Invitamos a Rita porque es admiradora de Evita y canta una versión en italiano de “No llores por mí, Argentina” que es con-mo-ve-do-ra. ¿La escuchaste?
Me pregunta Rotundo, mientras hojeo el librito que documenta esa ceremonia realizada el 26 de julio de 2005. Le respondo que no la escuché. Otro que por escrito agradeció la invitación y pidió disculpas por no estar presente fue el presidente italiano de aquellos años, Carlo Ciampi. Los invitados destacados que no faltaron fueron un funcionario jerárquico de la comuna milanesa, el entonces embajador argentino en Italia, Victorio Taccetti, y el cura italiano Giulio Madurini. Después de los discursos llegó el cierre apoteósico ideado por Rotundo: Taccetti puso una ofrenda floral, mientras sonaba de fondo “No llores por mí, Argentina”, en la versión de Paloma San Basilio.
–¿Esa versión sí la escuchaste? Es más conocida.
Le devuelvo el librito. Lo guarda en una repisa. Se sienta detrás de su escritorio.
Madurini estuvo el 3 de septiembre de 1971 en Puerta de Hierro para evitar que Perón se quebrara emocionalmente al recibir el cuerpo de Eva. En ese momento era el director de la Obra Cardenal Ferrari de Milán. Su antecesor en el puesto, Giovanni Penco, le había dado en 1957 a la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu la idea de enterrar el cuerpo en el Cementerio Mayor con un nombre falso. Madurini sentía que estaba en deuda con Perón.
Rotundo no estuvo en la quinta durante la entrega. Se la perdió por una cuestión de horas.
–Las semanas previas a la devolución del cadáver fueron muy complejas, estábamos con mil cosas en la cabeza, con mil cosas para hacer –dice–. Permanentemente nos llegaban versiones sobre el destino de Evita. Nos llegaron a decir que la habían tirado al Río de la Plata… ¡como a los desaparecidos!
Cierra los ojos, se rasca el mentón. La primera vez que vio el cadáver, cuenta, fue en compañía de Perón. No estaban nada bien, ni el Viejo ni Eva. Él pasaba largos momentos sentado solo al lado del cuerpo. Estaba en estado de shock, había perdido varios kilos en pocos días… estaba venido abajo, pobre. Ella estaba torturada: el pelo apelmazado, la nariz rota, el cuerpo con quemaduras de cigarrillos. De arreglarla se encargaron Isabel, López Rega y las mujeres que trabajaban en la quinta, porque no había dinero para pagar lo que pedían algunos especialistas. El doctor Pedro Ara, que la había embalsamado, pidió una fortuna que no había para repararla. Una vez limpio, el cadáver fue acomodado sobre una tabla de madera cubierta con una tela. Lo taparon con un velo.
–Hubo distintos velos con los que se cubrió a Eva –cuenta–. Uno lo hicieron sus hermanas, Blanca y Erminda, cuando viajaron desde la Argentina. Otro lo hicieron las monjas del convento de la Merced y lo puso sobre el cuerpo el padre Elías Gómez Domínguez, el mismo que casó a Perón e Isabel en España. Ese velo hecho por las monjas es el que Antonio Mata compró en la subasta que hicimos en 2004 en Christie’s, y luego donó al Congreso de la Nación. Mata era un español al frente de Aerolíneas Argentinas: quería tener un gesto de cortesía con el gobierno argentino.
Rotundo tiene una anécdota sobre ese velo. En los 90, él e Isabel vivían en Madrid, en el mismo edificio de la calle Casado del Alisal. Ella lo despertó una noche con un llamado telefónico para que fuera urgente a su departamento. Él fue. Cuando entró al dormitorio encontró a Isabel parada sobre la cama, con la cara pálida, a los gritos. Ella le contó que durante media hora había estado dando vueltas en el aire una luz blanca que después se había vuelto de un celeste intenso. La luz había salido de un mueble de símil madera donde estaba guardado el sudario de Eva. Rotundo debió llevarse el mueble para que Isabel dejara de gritar y saliera del estado de pánico. Por eso, dice, le da risa cuando lee o escucha que López Rega, en el cenit de su delirio esotérico, hacía acostar a Isabel al lado del cadáver para pasarle el alma de Eva.
Vio varias veces el cuerpo, asegura, en distintos lugares de la quinta: el sótano, la planta baja, el living… Le apunto que varios testimonios de la época coinciden en que el cadáver siempre estuvo en el desván. Hace de cuenta que no dije nada. Dice que Gómez Domínguez era uno de los pocos curas que visitaba Puerta de Hierro, al igual que Hernán Benítez, el confesor de Eva. Benítez era amigo del padre Alfonso Vera. Al momento del bombardeo a Plaza de Mayo, en junio del 55, Vera era capellán de la Policía Federal Argentina.
Estuvo al lado de Perón mientras caían las bombas, lo vio agarrarse la cabeza y llorar por la conspiración de la que era víctima. El cura conocía la verdad de boca del General, pero luego tuvo la confirmación de fuentes masónicas: el gobierno peronista no había ordenado que se quemaran la Curia y las iglesias para vengar los muertos de la plaza. Los incendios se habían provocado desde el interior de los edificios, según un plan tramado en Inglaterra por masones del rito celeste escocés para generar en la sociedad un mayor rechazo al peronismo. Vera debió exiliarse en el Paraguay porque los militares lo querían matar: sabía demasiado. Hace pocos años murió en el hospital Tornú, viejito. Todo esto está contado por el propio Vera en un casete, dice Rotundo.
Le pregunto si me permite escucharlo. Andá a saber dónde está… son tantos los documentos recopilados en tantos años. Capaz que está en la sede de la fundación, en Paso de los Libres. Habría que buscarlo, dice.
El General tenía una vida tranquila en Madrid. A la oficina de Termun iba un par de veces a la semana. Aprovechaba esas salidas para ir al cine, almorzar en ciertos restaurantes que le gustaban mucho y tener reuniones. También le gustaba visitar herboristerías para comprar determinadas hierbas. Le fascinaba la medicina natural. Tenía un programa de cuidados durante el año: en cada uno de los cuatro equinoccios que marcan el cambio de estación, él sabía a qué parte del cuerpo le iba a dedicar una limpieza: el corazón, el sistema circulatorio, las vías respiratorias y la próstata, que lo tenía mal desde hacía tiempo. Preparaba, por ejemplo, un té de cola de caballo, ortiga y flor de malva para limpiar los riñones. A mí me hacía tomar esos tés. El resto del tiempo estaba en la quinta, trabajando, leyendo, cuidando el jardín, jugando con sus perros, que eran descendientes de Canela. Perón hablaba mucho con sus caniches.
Esa tranquilidad no se alteró ni la vez que lo quisieron matar en la sierra de Guadarrama. El General se preparó para salir en su coche hacia una reunión en un hotel de la sierra. Le pregunté si quería que lo acompañase, porque yo presentía que algo se iba a modificar en el universo. Me dijo que gracias, pero prefería salir solo. Cuando estaba a punto de subirse al auto, me dijo:
–Presiento que en la reunión me esperan hombres armados.
Mario, llame al guardia civil.
Los guardias registraron el lugar de la reunión y tal cual: había personas armadas que respondían al gobierno de Lanusse. Él no le tenía temor al atentado. Lo habían querido matar antes de radicarse en España, mientras había estado exiliado en Paraguay, Panamá, Venezuela y República Dominicana. Siempre había salido ileso porque sabía por dónde podía venir el tiro y modificaba su esquema en el momento para esquivarlo. El problema era que teníamos encima a todos los servicios de inteligencia. Como en la casa había micrófonos ocultos, el Viejo no hablaba de ciertos temas cuando estaba adentro. Si él quería hablar de cuestiones delicadas, te hacía una seña para que salieras al parque con él. Al aire libre, hablaba de todo y a fondo.
Pero la cosa se puso más complicada cuando se empezó a hablar del Operativo Retorno. Una mañana, me fue a buscar al hotel Magerit para explicarme cómo tenía que mirar en las vidrieras el reflejo de las personas que me iban a seguir. Hicimos esa práctica durante dos días, de una vereda y de la otra. A los pocos días de que Perón me instruyó empezaron los seguimientos. Eran tan intensos que no nos quedó otra que montar una oficina de inteligencia propia. En el despacho del General había ficheros con información sobre infinidad de personas: antecedentes laborales, vínculos familiares, filiación política y religiosa. Sabíamos todo de mucha gente.
Justo en esa época en que estábamos en la mira de todas las agencias de espionaje, el Viejo hizo en una entrevista unas declaraciones muy fuertes contra Estados Unidos. Le llegó una citación de la Dirección Nacional de Seguridad española. Yo lo acompañé a la cita. Nos recibió un oficial que le pegó un reto muy desagradable: le dijo que si continuaba haciendo declaraciones que pusieran en riesgo la política exterior de España, el gobierno español iba a verse obligado a echarlo del país.
–El bien es patrimonio de la humanidad, y todo lo que se haga y se diga para el bien de los pueblos no puede estar condicionado por presiones de ninguna naturaleza –le respondió Perón–. Yo soy un hombre libre y puedo decir lo que pienso.
Ante situaciones difíciles, él mantenía la calma, pero se le notaba la firmeza, la seriedad. El cruce con la Dirección Nacional de Seguridad es una de las pruebas de que Perón y Francisco Franco no eran amigos. Las que sí eran amigas eran Isabel y Pilar, la hermana de Franco. Por esa amistad nos llegó un negocio a Termun: hacer Consumo Popular, una revista de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes de Madrid, para orientar el consumo de las amas de casa. Isabel escribía con el seudónimo Maesma –MAría EStela MArtínez– una columna que se llamaba “De mujer a mujer”, sobre temas de salud y estética. López Rega publicaba cuentos con su nombre y hacía el horóscopo con la firma de Profesor Daniel, como lo llamaba Isabel. Consumo Popular, que duró tres números, fue el mayor contacto que hubo entre Perón y Franco. Ellos se vieron las caras una sola vez en sus vidas: en junio de 1973, cuando el Generalísimo fue a despedir al Viejo al aeropuerto de Barajas antes de que regresara definitivamente a la Argentina. Franco ni siquiera lo había llamado por teléfono para saludarlo cuando se embarcó en el fallido Operativo Retorno del 64, ni en el exitoso del 72.
El Viejo me incluyó en la lista de personas que iban a viajar en el avión de Alitalia para acompañarlo en su regreso a la Argentina, después de diecisiete años en el exilio. Yo me excluí porque mis cortocircuitos con López Rega ya existían, y no quería trasladarle al Viejo ningún tipo de preocupación por una situación interna que a él iba a dolerle mucho. Él estaba cento per cento seguro de mí; yo no era un soldado que le molestara o le perturbara. No se visualizaba en ese momento el crecimiento de poder que López tenía sobre Perón… a pesar de que yo ya percibía algo extraño.
Llegué a la Argentina unos días antes que Perón. Él me había encargado una serie de cuestiones que tenían que ver con la logística del viaje: terminar de preparar la casa de la calle Gaspar Campos, mantener charlas importantes con una serie de personas y resolver el esquema de seguridad con Juan Esquer, su custodio. En Madrid habíamos recibido información de que iban a atentar contra él en algún momento del viaje, cuyo itinerario era Madrid-Buenos Aires-Asunción-Lima-Madrid. Con base en una estrategia que habíamos armado juntos, reservé pasajes en distintas aerolíneas con nombres falsos para bloquear lugares en los aviones. Yo manejaba bien ese tema porque ya había empezado a trabajar como agente de turismo. En uno de mis viajes a Buenos Aires, había alquilado una pequeña oficina en la calle Paraná. Ahí funcionaba Asesoría Turística, mi primera empresa de turismo.
La mañana del 17 de noviembre del 72 fui a la CGT a hablar con el teniente coronel Jorge Osinde, a quien López había encargado la seguridad del acto de Ezeiza, para que me autorizara a pasar con mi auto a la zona donde estaba montado el escenario. Me dio una letra A grandota, blanca, que tuve que pegar en el parabrisas delantero. Yo era una de las trescientas personas que tenían esa A e integraban el comité de recepción. Aproveché ese beneficio para llevar conmigo a seis conocidos que militaban en la tendencia revolucionaria del peronismo. A pesar de tener la A me pararon en un montón de retenes militares a lo largo de la autopista Ricchieri. En cada control recordé que el Viejo me había advertido que un grupo de militares y civiles iba a tratar de hacernos daño a quienes pertenecíamos al entorno de Puerta de Hierro.
Una vez en Ezeiza, los seis que iban conmigo se fueron por su lado y yo fui al hotel Intercontinental. Ahí me encontré con Arturo Frondizi y otros invitados especiales. Almorzamos juntos.
Cuando el avión estaba por aterrizar yo no fui a la pista con los otros integrantes del comité de recepción. Por poco no salí en la foto en la que José Ignacio Rucci lo cubre con el paraguas.
Perón se instaló en el hotel con López e Isabel, pero yo no vi a ninguno de los tres. Después del almuerzo se me acercó un custodio y me dijo:
–Mario, parece que van a bombardear Ezeiza.
Transcurrían las horas y no nos dejaban salir del hotel. A la tarde, el General me mandó buscar. Subí a su habitación.
–Parece que nos vamos a tener que quedar toda la noche, Mario –me dijo Perón–. Hay algunos chicos que quieren hacer una travesura. Así que esté atento.
–Estaré atento.
–Muchas gracias por haber colaborado con mi regreso.
–De nada, General. Usted fue el que hizo todo. Yo me voy a quedar en la puerta del hotel para ver cómo avanza la cosa.
–No, tome una habitación y descanse.
–No se preocupe que yo me arreglo.
Salí de la habitación. Me instalé en la puerta. La gente se fue con el correr de las horas. Al anochecer quedábamos cuatro gatos locos: algunos agentes de inteligencia del gobierno, integrantes de la custodia de Perón y yo.
–La mano se pone pesada, así que tené esto –me dijo un tipo que yo ni conocía, mientras me daba una ametralladora–. Parece que nos van a bombardear.
Tuve la ametralladora escondida debajo del saco un rato. Después busqué al tipo que me la había dado y se la devolví. Ahí me avisaron que tenía que ir a la cafetería del hotel porque nos íbamos a reunir con un enviado del gobierno de Lanusse. Apareció el brigadier Ezequiel Martínez, que era secretario de Planificación. Era un grupo reducido de personas el que estaba en esa reunión: otros colaboradores del General, militares y custodios de civil. Martínez se subió a una mesa y nos dijo que tuviéramos calma porque estaba negociando para que todo se desarrollara en paz.
–Nosotros sabemos que hay ciertos grupos que no quieren que Perón esté en el país –dijo Martínez–. Pero el gobierno va a cumplir con el compromiso asumido. Perón va a trasladarse a Gaspar Campos.
La reunión duró poco. Volví a la puerta del hotel dispuesto a pasar allí toda la noche. Hasta el amanecer me dijeron no menos de veinte veces que iban a bombardearnos. A eso de las seis de la mañana llegó la autorización para dejarnos salir del hotel. Y salimos en caravana hacia Gaspar Campos, que ya era un mundo de gente. No pude entrar a saludar al General. Lo vi recién algunos días después, cuando estaba por irse de nuevo al exterior.
La mujer está a punto de desmayarse. El llanto le desfigura la cara, le sacude el cuerpo: la agota. Se tapa la boca con la mano, como si tratara de mantener dentro suyo la poca energía que le queda para estar en pie. Sufre… en blanco y negro, enmarcada en el televisor que hay sobre el escritorio de Rotundo.
–La última vez que vi a Perón fue en la quinta de Olivos –dice Rotundo–. Habrá sido en junio del 74, poco tiempo antes de que viajara a Paraguay para despedirse del presidente Alfredo Stroessner. Tuvimos una reunión de unos cuarenta minutos. Lo vi bien, pero noté que se estaba despidiendo de todo el mundo –no se lo ve afectado por el primero de julio, aniversario de la muerte de quien, dice, fue su amigo. Él es una contradicción que desborda las diecisiete pulgadas de la pantalla. Tiene el uniforme sin arrugas, el fusil al hombro, el casco bien calzado, la espalda erguida, el brazo izquierdo cruzado a la altura del pecho y la mirada húmeda, puro sufrimiento, clavada en el ataúd que hay sobre la cureña. Parece un nene disfrazado, no un soldado.
–Me sentí mal físicamente desde que salí de Olivos hasta que falleció. Ese primero de julio yo estaba en mi oficina de la calle Maipú, donde funcionaban Asesoría Turística y Mundelca, que era otra empresa mía, pero de exportación e importación, y empecé a aflojarme, aflojarme, aflojarme… hasta que a la una y pico de la tarde, cuando murió, me fui a casa. Caí en cama con una especie de gripe que no era gripe.
Escoltado por cuatro granaderos a caballo, el jeep militar que remolca la cureña avanza despacio entre la multitud. En cada cuadra hay mil, tres mil, siete mil, diez mil personas… imposible calcularlo en la imagen de Crónica TV.
–No fui al velatorio ni al entierro. Lo único que hice fue bajar a la puerta de casa para ver pasar la cureña. Cuando la vi, me tuvieron que sostener porque me caía al piso: me habían bajado las defensas. Una vez que pasó, subí de nuevo a mi departamento y me quedé en cama. No tenía depresión ni nada de eso. Al día siguiente de que lo sepultaron volví a trabajar.
Cuatro granaderos, quizá los mismos que acompañaron el recorrido del jeep, entran en el Congreso con el cajón sobre los hombros. Lo apoyan sobre un catafalco, bajo la cúpula del Salón Azul. El edificio está rodeado por miles que, bajo la llovizna invernal, esperan su turno para despedir a Perón.
–No lloré en ningún momento.
***
Miguel Prenz es periodista. Nació en Bahía Blanca, en 1979. Colaboró con Soho y C (revista dominical de Crítica de la Argentina).
Es secretario de redacción de Maxim y docente de TEA.




Francisco
11 mess atrás
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