Habrá existido un Borges original, del que aún se ocupan los académicos y los memoriosos: el Borges que inventó a Borges. Nosotros lidiamos con otro, el nuestro: el Borges póstumo que comenzamos a gestar cuando aún vivía.
En los años sesenta, la década en que nací, Borges recibió el Premio
Internacional de Literatura y entró en el canon. De pronto, era posible, necesario leerlo –hasta para la izquierda. Ya no había que hacer la literatura de la revolución, sino la revolución de la literatura. Como escribiría más tarde Piglia, Borges era un escritor del siglo XIX que criticaba al capitalismo desde atrás.
En los setenta, Boges elogió a Videla y a Pinochet. Era el Borges del Diario de Bioy: el que creía que la colonización era una misión civilizatoria, que los africanos y sus descendientes eran seres inferiores, que la democracia era imposible y el mejor gobierno para la Argentina una dictadura militar. Cuando el gobierno mexicano masacró a cientos de estudiantes en Tlatelolco, en 1968, Borges –cuenta Bioy– envió un telegrama de solidaridad… al gobierno mexicano.
En los ochenta, cuando se acercaban la democracia y la muerte, firmó una solicitada por los desaparecidos, se hundió en la ecuanimidad y la ironía, y terminó escapando hacia una tumba en Ginebra. Dos años antes había muerto Julio Cortázar, de quien escribió: “Ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”. Lo mismo había dicho, tanto antes, de Kipling; lo mismo esperaba, acaso, que se dijera de él.
En los noventa, el difunto Borges, que había defendido la narración oral contra Joyce, fue transfigurado en precursor de una suerte de literatura de la literatura, en busto y argumento contra el prosaísmo de la novela puramente narrativa. Roberto Bolaño dixit: Arlt fue prosista; Borges, poeta.
En el siglo XXI, Borges ha devenido en una marca, un ícono, una mercancía que sobrevuela cualquier objeción del mercado o la Historia –y, por ello mismo, un asset comercial y político. En octubre pasado, la agencia literaria más importante del mundo lo traficó por dos millones de euros que las ventas de sus obras no compensarán; y Mario Vargas Llosa, por la derecha, declaró su “vergüenza” al recibir el Premio Nobel que no se concedió Borges, un ataque al presunto izquierdismo de la Academia Sueca que justamente su nominación estaba destinada a desmentir.
(Y, a lo largo de esa media centuria y quizás en otra por venir, en nuestras horas de incertidumbre, abrimos las páginas una y otra vez, buscamos una y otra vez el idioma Borges que es uno de los idiomas argentinos, esa lengua que nos habita y nos conforma. Y una y otra vez vuelve a ocurrir, exacta y sin remedio, esa “inminencia de una revelación que no se produce”, a la que, burlona, sabiamente, nos condenó ad eternum).
(Los interesados pueden comparar esta versión original con la que publicó el suplemento ADN, para quien lo hice. Aquí, la reducida versión de ellos que aparece online)



tomas
11 mess atrás
Gabriel bueno el recuerdo; solo un detalle porque conozco al abogado que redactó el primer testamento de Borges (luego lo revocó y como impusieron en Roma: testamento posterior revoca el anterior); quería decirte que borges siempre quiso morir en Buenos Aires y eso Kodama, María lo sabía. Pudo al menos haber cumplido con ese legado. Atentamente.
Dario
11 mess atrás
And apparently, not just ‘our’ Borges…
http://www.huffingtonpost.com/mark-axelrod/the-palin-borges-connecti_b_874487.html
Dario
11 mess atrás
Nobody is that waggish, or that wise…