Fabian Casas: “Yo no soy un escritor argentino”

May 29th, 20119:37 am @

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Foto: Timo Berger

Lo dice en medio de la conversación. Y lo dice con un acento tan porteño, que cuesta creerle. “Porque, si me preguntás, yo no soy un escritor argentino. No me considero uno. Eso te liquida”. Cuesta creerle a Fabián Casas (46) esa confesión. Cuesta porque es sólo cosa de revisar, al azar si se quiere, alguno de sus libros donde es posible encontrar plasmada la Argentina actual; esa Argentina posmenemista que, tanto en sus poemas, ensayos, nouvelles o cuentos parece inmortalizada de manera urgente.

A la vez, es cierto que Casas funciona, por momentos, como un escritor imposible de encasillar en el término “argentino”. Para entender eso hay que retroceder. Ir a la época en que Casas, llegando a la treintena, estaba sumergido en una depresión. Un amigo lo vio alicaído y le dijo: “Tenés horla”. Algo preocupado, Casas respondió: “¿Horla?, ¿qué es horla?”. Acto seguido, su amigo le dijo que debía leer un cuento de Guy de Maupassant, llamado justamente “El Horla”. “Me lo trajo y lo leí: era la historia de un tipo que se vuelve loco porque lo agarra un enemigo invisible. Y quedé impactado: ¡era justamente como yo me sentía!”. En ese tiempo, Casas llegó a la siguiente conclusión: para no caer en la depresión -aunque, según él, ese estado empalagoso por el cual pasa es una suerte de melancolía aguda- tenía que entrar a otro mundo. Salir de lo que lo rodeaba, o sea, Buenos Aires y sus calles, donde era improbable capear la depresión. Casas agarró el concepto de Maupassant y lo transformó. Creó Horla City, un lugar en donde todo tenía cabida: los poetas que le gustan, los domingos asistiendo a los partidos de San Lorenzo -el equipo de sus amores-, su pasado como boxeador, sus experiencias con las drogas, entre otras cosas.

“Mi literatura es como el bar de La guerra de las galaxias”, dice Casas desde Buenos Aires al teléfono. Es un viernes por la tarde y el poeta argentino hace una pausa y se escapa a uno de los patios del lugar en que funciona la revista El Federal, de la que él es director. “Hay una mina con tres tetas, traficantes de Orión, contrabandistas de Venus, músicos de rock, ex futbolistas. De todo hay en ese bar. Pero eso de tener que representar un territorio específico… eso es lo que te mata”. Se sabe: en un país con una larga tradición literaria, sacarse ese estigma cuesta. Pero Casas lo ha logrado.

El año pasado publicó Horla City y otros, compilación de sus poemas, que lo puso definitivamente en el mapa de la literatura argentina, consiguiendo lo que muy pocos poetas logran: vender.  Y mucho. Más de tres mil ejemplares en dos meses. “Sí, fue raro. Ahora salió una segunda edición y le va bien, ¿eh? Para lo que es poesía, ha sido como un boom”.

Hace unos meses hizo su desembarco en España. La estilosa editorial Alpha Decay publicó Los Lemmings y otros (2005), un libro de relatos. Y le fue tan bien que ya se confirmó la publicación de otros dos títulos suyos en tierras ibéricas. Ahora se prepara para aterrizar en Chile: la editorial Los Libros Que Leo se apronta a lanzar Ocio (2000), una novela breve de larga data, que el año pasado se adaptó al cine (la película tuvo una calurosa recepción en el Bafici del año pasado y pronto estará disponible en el sitio Cinépata). No sólo eso: a fin de año Casas dará una conferencia en la Cátedra Bolaño de la UDP y vendrá como jurado al concurso de cuentos de revista Paula. “Para mí es un honor ser jurado ahí porque estaré con Germán Marín, a quien admiro muchísimo”, dice.

En pleno año 2001, cuando Argentina se caía a pedazos por culpa del corralito, ser escritor era un deporte riesgoso. Las editoriales sufrieron rápidamente los embates económicos. Fue ahí cuando Washington Cucurto creó el concepto de editoriales cartoneras, que usaba cartón reciclado para publicar libros a precios módicos y con atractivos diseños. Casas se sumó al proyecto, que se llamó Eloísa Cartonera y tuvo una rápida ascensión: publicó a escritores como Ricardo Piglia, Fogwill y César Aira, y la idea se replicó en varias partes de América Latina.  “Queríamos hacer libros de cartón, pero yo le agregaba el dato de merchandising: llamar a escritores famosos porque la gente es esnob y necesitamos el apoyo de los esnob al principio. Y ahora está en todas partes. Hasta en Rusia y Noruega. Pero no era una defensa de la pobreza, ¿eh? Queríamos publicar la literatura urgente”, dice.

Con este tipo de gestos se ha creado el ADN literario de Casas. Desde que comenzó trabajando como periodista en Clarín (pese a que estudió Filosofía), siempre ha laburado en medios. Por eso, nunca ha tenido la preocupación de publicar frenéticamente y vivir de la literatura. Tampoco ha profesado una admiración por las editoriales extranjeras. Su forma de ver la literatura es sencilla, tal como su vida. Tanto así que, en medio de esta entrevista, narra con soltura la ocasión en que rechazó una oferta de publicación de Anagrama. Sucedió el año pasado, cuando Jorge Herralde, de visita en Buenos Aires, le dejó claro que lo quería en sus filas. “Me dejó una tarjeta y me dijo que le mandara algunas cosas. Mandé y me contactaron. Les dije que estaría bueno mover los libros por otros países de América Latina, pero que no quería que llegaran a Buenos Aires, porque ése es terreno de mis editores de acá. Y en Anagrama dijeron que no, así que yo no quise”, dice. Para Casas, la literatura tiene algo de camaradería: siempre ha sido fiel a su editor, Miguel Villafañe, de Santiago Arcos, una pequeña editorial indie argentina.

-¿En verdad nunca te tentaste de estar en Anagrama?

-Si dependiera de la literatura, le podría haber dicho a Miguel, mi editor, que lo siento, pero que me iba a Anagrama por necesidad. Pero no. Además, me gusta que mis libros vayan creciendo con las editoriales. Lo mejor fue que me publicara una editorial como Alpha Decay.

-Dices que te preocupas de no depender de la literatura, pero me imagino que este último tiempo han sido puras cuentas buenas…

-Bueno, Planeta vendió muchos libros de poemas. Y fui a España a presentar uno, y ahora me van a publicar en Alemania. Pero para mí popular, desgraciadamente, es Tinelli, que es el mal.

Hay pocas cosas más extrañas que pensar en la imagen de un poeta haciendo karate. Pero ahí está: lunes, miércoles y viernes, a las siete de la mañana, Fabián Casas se viste de impecable blanco, con su cinturón azul, y parte a un dojo a pegar patadas y manotazos. Eso, dice Casas, es una de las pocas cosas que lo liberan de la depresión. Todo partió cuando una periodista argentina lo entrevistó y luego de leer Los Lemmings, le dijo: “Tenés que hacer karate”.  Pese a haber practicado boxeo durante seis años, Casas estaba algo reticente al respecto. “Llegué y un maestro japonés me dijo que me sacara los zapatos. Fue bárbaro. Fue como aprender un nuevo idioma. Y me encanta estar en eso: en una fase de incertidumbre”.

Es la misma incertidumbre que, asegura, circula entre los personajes de su obra.  “Yo estoy, desde hace meses, hundido en el ocio. Como, cago, duermo; soy una biología que no tiene rumbo”, dice el narrador de Ocio, que lleva la misma vida que Casas durante sus veintitantos: drogas, amigos y paseos por Boedo, el barrio donde creció y donde suceden varias de sus historias. Eso y -por supuesto- ir a ver a San Lorenzo. Aunque si bien hoy ya casi no va al estadio, debido a que fue padre hace poco, Casas sigue siendo un fanático. Una pasión que, entre otras cosas, lo unió con Viggo Mortensen en una amistad que se acentuó aún más cuando el actor, quien vivió gran parte de su infancia y adolescencia en Argentina, publicó a Casas en una antología de su editorial: Perceval Press. Y, hace unos días, a partir de una nueva visita de Mortensen a Buenos Aires para una filmación, hubo un nuevo reencuentro. “Viggo vino a filmar a Tigre, que es una localidad alejada de Buenos Aires. Y los fines de semana aloja en mi casa. Es un flaco superrelajado. Muy, muy humilde. Y para mí algo muy importante, y que aprendí del karate, es que es una persona tipo eterno principiante. Que siempre quiere aprender. Es muy interesado por todo. Y es muy difícil encontrar gente así. Sobre todo cuando es gente famosa. En España, salimos con Patti Smith y era igual. Tenía la misma actitud”.

-¿Conociste a Patti Smith?

-Sí, estuvimos como dos días paseando. Ella me preguntaba qué leer acá, qué leer en Chile. Es una mina con una humildad demoledora. Y es muy difícil encontrar gente así. Por lo menos acá, estás diez minutos con cualquier rockero y lo querés ahorcar. Son insoportables.

-Volviendo a lo de Mortensen, me imagino que ahora, especialmente que anda grabando una nueva película en Argentina, te deben preguntar mucho por él, ¿no?

-Ufff, sí. Me piden que les consiga dónde lo puedo ubicar, que si Viggo va a pasar por acá o por allá, qué sé yo. Así que siempre pienso que les voy a decir que estamos peleados a muerte. Algún día voy a decir que Viggo se pasó al Club Atlético Huracán -el equipo rival de San Lorenzo-. ¡Y a ver si así me dejan de romper las bolas!

(Aquí, publicación original de este artículo)
***

Foto: Timo Berger

Fabián Casas (Buenos Aires, 1965), poeta, narrador, ensayista y periodista, es una de las figuras destacadas de la llamada «generación del ’90» en la Argentina. Estudió Filosofía y comenzó a trabajar como periodista en el diario Clarín, a comienzos de los ’90. Fue también editor del diario deportivo Olé. Se desempeñó en la revista deportiva El Gráfico y luego pasó a ser subeditor general y editor general del semanario El Federal. Su carrera literaria se inició también a comienzos de la última década del siglo XX, con la fundación de la revista de poesía 18 Whiskys, junto con otros poetas de su generación, como José Villa, Daniel Durand, Darío Rojo, Ezequiel Alemián, Mario Varela y Eduardo Ainbinder. La publicación editó sólo dos números, pero tuvo amplia repercusión en el ambiente literario de la capital de la Argentina. Para la misma época, publicó “Tuca”, su primer poemario, que fue señalado como emblema de una corriente objetivista. Algunos de sus escritos en blogs forman parte de su libro “Ensayos bonsái”, junto con textos de mayor aliento. En 1998 participó del Programa Internacional de Escritores de la Ciudad de Iowa, EE.UU. En 2007 recibió en Alemania el Premio Anna Seghers. Una antología de su poemas salió en Alemania en el 2009 (traducido poTimo Berger).

Otoño, poemas de desintoxicación y tristeza (poesía, 1988)

Tuca (poesía, 1990)

El salmón (poesía, 1996)

Pogo (poesía, 1999)

Ocio (novela, 2000)

Bueno, eso es todo (poesía, 2001)

Oda (poesía, 2003)

El spleen de Boedo (poesía, 2004)

Los Lemmings (relatos, 2005)

Ensayos bonsái (ensayos, 2007)

Rita viaja al cosmos con Mariano (cuento infantil, 2009)

(Aquí, publicación original de este artículo)

***


Me pregunto
Definitivamente este es mi rostro de hoy.
Ojeras marcadas, pelo desparejo;
los labios hinchados. Nada más.
Me pregunto, porque puedo hacerlo,
cómo será tu rostro de hoy;
mientras tu corazón late al revés,
hace ya cuatro años
bajo la tierra.

Sin llaves y a oscuras
Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.

Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

 

 

Una oportunidad

Caminás con las manos en los bolsillos,
por la rambla, rodeando el mar.
Te acordás de otro tiempo, aquí mismo,
estabas enfermo de la cabeza
y no podías sostenerte de pie,
con elegancia. Sin embargo,
pudiste salir.
Hubo una oportunidad en aquella época.
Ahora mirás el mar, pero no decís nada.
Ya se han dicho muchas cosas
sobre ese montón de agua.

 

Me detengo frente a la barrera

Me detengo frente a la barrera.
Es una noche clara y la luna se refleja
en los rieles. Apago las luces del auto.
Está bien, pienso, es bueno que nos demos un tiempo.
Pero no comprendo nuestra relación;
no sirvo para eso. ¿Acaso serviría de algo?
Tu padre está enfermo y mi madre está muerta;
pero igual podría ir y tirarme encima tuyo
como todas estas noches. Eso es lo que sé.
Ahora la tierra vibra y un tren oscuro
lleva gente desconocida como nosotros.

 

 

Alarma

Durante la noche
suena la alarma de una fábrica
cercana a mi casa.
Mientras fumo,
me pregunto si será un error,
un robo
o algo exclusivo.

 

(Aquí, publicación online de estos poemas)

***

 

El oficio de escribir

1. ¿En qué momento sentiste que ibas a convertirte en un escritor?

La tarde en que entré al dormitorio de mis viejos –era grande y amplio y tenía una mesa delante de la cama matrimonial- y escribí en un cuaderno una historia que titulé “Pomelo”. Lo hice como un juego más –tenía 11 años-.

2. ¿Qué influencia tuvo tu familia en tu formación literaria?

Mi familia es la primera narración. Pasé largas tardes en un costado de la cocina familiar escuchando a mis tías cacareando con mi vieja increíbles historias, no ya de realismo mágico pero sí de Realismo Márcico. Mi abuela –que parecía un líder en el exilio- les mandaba cartas extrañas que ellas citaban y contestaban dictándolas en voz altas. Sí, mis tías me llamaban “María”. Decían: “Ojo que María está escuchando”.

3. A partir de tus múltiples oficios –narrador, poeta, periodista- ¿qué diferencias y qué similitudes formales ves en la materialidad de tu escritura?

Yo sólo escribo poesía. La respiración del texto hace que sea a veces prosa o poema en versos. El periodismo es un oficio que rara vez se cruza con la poesía. El periodismo no puede convivir con el misterio. Wittgenstein decía en su Tratactus que frente a lo que no se puede hablar mejor callarse la boca. El periodismo no soporta ese silencio. Habla, habla, etc.

4. ¿Tenés un plan definido antes de comenzar a trabajar en un texto literario o te dejás llevar?

Sí, tengo un plan. Que invariablemente fracasa. Y entonces en vez de escribir yo, dejo que me escriban las situaciones. Hay que tener los pies bien puestos en la tabla de surf. Si no te vas a la mierda.

5. ¿Qué tipo de ámbito necesitás para escribir?

Cuando empiezo a escuchar la músiquita puedo escribir en cualquier parte.

6. ¿Escribís en papel o directamente en la computadora?

En cuadernos y en computadora.

7. ¿En qué momento sentiste que habías adquirido “oficio”? ¿Qué cosas te lo indicaron?

Tengo oficio en el periodismo. Sé que empiezo una nota y que la voy a terminar. Qué cosas van en la cabeza y cuál es el foco. En poesía no tengo oficio.Tengo vértigo.

8. ¿Pensás en un tipo específico de lector al escribir?

Sí, pienso en mis amiguitos del barrio de Boedo donde crecí.

9. ¿Qué estás escribiendo en este momento?, ¿cuáles son tus proyectos literarios a corto y a mediano plazo?

Bueno, estoy escribiendo un libro grande de relatos, una novela, varios ensayos sobre manifestaciones que me gustan y un libro de poemas que va al tun tun. Cuando termine todo esto, me voy a quedar callado.
La obra

10. ¿De dónde viene esa constante de tus personajes de vivir aislados como “islas”, como pasa en la novela corta “Ocio” y queda sugerido en muchos de tus poemas”?

De mi maestro Schopenhauer. Básicamente él enseña que estamos yendo a penales con Caronte y que mientras nosotros pateamos al medio y despacio, éste lo hace siempre al ángulo.

11. En tus cuentos y novelas el narrador suele tener una perspectiva bastante distante, muy distinta al “yo” de tus poesías, mucho más cargadas de emoción. ¿Qué podés decir en relación con eso?.

Lo voy a pensar, no sé.

12. ¿Qué lugar tienen el fútbol y el barrio en tu obra?

El barrio como caja de resonancia de miles de historias, es la partitura de mi musiquita. Soy de San Lorenzo, esto tiñe mi personalidad, es decir, en terminos Heideggerianos : “soy-un-ser-para–la Copa Libertadores”.

 

Los nuevos

13. ¿Qué autores surgidos en los últimos años te resultan interesantes?

Daniel Durand, Martín Gambarotta, Alejandro Caravario, Daniel Helder, Washintong Cucurto, Alejandro Ferreyra, Sergio Raimondi, Juan Desiderio, Laura Wittner, María Medrano, Roberta Iannamico, Ezequiel Alemián.

14. ¿Esos autores se diferencian de los surgidos en los 80 o en los 70 o sólo los continúan?

Pienso el arte como un continuo. Lo original es “querer”. Cada nuevo autor resignifica al anterior, expande la sensibilidad de la época y hace que el lenguaje brille.

15. En el caso de que se diferencien, ¿cuáles son los cambios que notás en la literatura argentina producida por autores nuevos en los últimos diez años?

Creo que la literatura argentina, por suerte, perdió seriedad. Se Sacó al Sabatismo de encima. Pero no perdió seriedad a costa de ser ridícula (como en Rayuela) si no que se permitió jugar en serio.

 

La literatura y la vida

17. ¿Qué relación existe entre la obra de un escritor y su propia vida?

La obra es una parte de la vida del escritor.

18. ¿Escribís acerca de personas que conociste o tus personajes son producto de tu imaginación?

No tengo imaginación.

19. ¿En algún momento te autocensuraste por no lastimar u ofender a alguien?

No.

20. ¿Qué obras y qué escritores te impresionaron especialmente en tus años de escritor cachorro?

Lo que escribían mis amigos de la 18 Whiskys, buena parte de la literatura en lengua inglesa y Giannuzzi, Saer, Gelman, Lamborghini (Leónidas) Zelarayán (fundamental) Willians, Pound, Cisneros, Beckett, Kafka, Musil, Piglia, Gandolfo, Gombrowicz, Fualkner, T.S. Eliot, Larkin, Arlt, Borges, Aira, etc.
Pregunta final

21. Según tu punto de vista: ¿Cuál es hoy la función social del escritor?

Hacer que el lenguaje brille.

(Aquí, publicación original de esta entrevista)

***

Por Demetrio Iramain Poeta.

Vamos a comer Caetano / vamos a devorarlo, deglutirlo, masticarlo. / Vamos a lamerle la lengua”, canta Adriana Calcanhoto. Así, la cantante gaúcha hace suya cierta tradición antropofágica en la cultura brasileña, muy saludable por cierto, que plantea la necesidad de, en determinado momento de su desarrollo, terminar con lo anterior, “comerse” a Caetano Veloso, para nutrirse y hacer nacer una nueva expresión cultural, renovada y distinta.
En la Argentina no es tan así. El año pasado, el poeta Fabián Casas se sintió molesto cuando un grupo de escritores guillotinó uno de sus libros en el acto de presentación de la antología que los reúne. Si Hamlet duda le daremos muerte, se titula el libro que da voz a 52 poetas nacidos en los ’70, algunos de ellos inéditos. Con el provocador gesto, esta suerte de “poetas del Bicentenario” quería representar la necesidad de terminar con la retórica del reviente, los clichés de la antipolítica y los protagonistas de la escena poética de los años noventa, y pasar al frente.
La firma de Fabián Casas en una solicitada en favor de la candidatura de Hermes Binner lo explica todo. En ese texto, que también suscriben Beatriz Sarlo, Tomás Abraham y Federico Andahazi, entre otros, se justifica el apoyo al gobernador de Santa Fe en la peregrina idea de que aún “persiste una gran deuda social” y que “a pesar del crecimiento económico a tasas formidables de los últimos ocho años, la disparidad en el acceso a los derechos económicos y culturales es dramática y millones de argentinos y argentinas viven en la pobreza y aun en la indigencia”.
Lejos de aceptar ser guillotinado, y junto a su libro el horror social de los ’90, Casas se dedica a buscar militantemente rastros de menemismo para justificar en el escenario social de hoy su vieja arte-poética. No acepta bajo ningún concepto que el país ha cambiado sensiblemente en beneficio de las dos terceras partes de la juventud que en aquellos ’90, cuando él publicó su primer libro, parecía condenada a poner “monedas en las vías, / miran pasar el tren que lleva gente / hacia algún lado. / Entonces corren y sacan las monedas / alisadas por las ruedas y el acero, / se ríen, ponen más / sobre las mismas vías / y esperan el paso del próximo tren./ Bueno, eso es todo”, como escribió en su poema “Paso a nivel en Chacarita”, de su libro Tuca.
Casas asume así una extraña forma: la de ser el “Pino” Solanas de la poesía, el Lanata de las letras argentinas. Sin dudas, su estética extraña al menemismo. Necesita de él. Pero en vez de cambiar sus formas poéticas, opta por agachar la cabeza ante la nostalgia de aquella devastación social e inventa una situación política a conveniencia de su voz lírica: la que le presta el soporte Binner. Error: esa, y no otra, es la “izquierda demasiado pedagógica” que escribe peor que la derecha, según observara en una entrevista reciente.
Muchos pibes y pibas ya no se quedan al borde de la vía mirando pasar el tren. Arduas luchas mediante, el paraíso marginal de la tuca, la cerveza y el ocio (no el “ocio creador” del que habló Luis Luchi 40 años antes), dio paso a otra criatura social mucho más edificante, comprometida con su circunstancia, cercana a la agitación poética que propuso otro vecino de aquel paso a nivel: Roberto Santoro, desaparecido desde junio de 1976, cuyo nombre titula una plaza sobre la Avenida Forest.
Sería ingenuo plantear que los jóvenes de hoy son activos militantes políticos, pero es igualmente falaz no advertir lo evidente: la presencia cada vez más explícita de los sub 40 en instancias clave del Estado, en la conformación de centenares de grupos que asumen militancias territoriales y en la definición de un proyecto colectivo para el país, que sea generoso con la gente que lo habita y no sólo con los poetas que luego escribirán sobre él, bebiendo en la fuente de sus desmesuras. ¿El pueblo necesita revolución o bellos poetas malditos?
Así como el descalabro social que inauguró el menemismo fue musa inspiradora para narrar de mil maneras ese desgarramiento, desde 2003 asistimos a un hecho poético de nuevo tipo: la reconstrucción de esa tierra arrasada que fue la Argentina. El 27 de octubre del año pasado, esa nueva épica alcanzó su punto máximo: la salida a la calle en oleadas de un pueblo dolorido pero entusiasta, con un único propósito: sostener a la presidenta ante la muerte inesperada de su esposo y ex mandatario, y defender contra los noventistas de todos los colores agazapados en las sombras de la institucionalidad y los resortes hegemónicos de la cultura dominante, la alternativa política de las clases subalternas que Cristina Fernández conduce y sintetiza.
En su poema “Ezeiza”, Casas se burla de su interlocutor, su primo, parte de una generación de argentinos que “se colgaron de los árboles de Gaspar Campos / y fueron a esperar el Duce a Ezeiza, / tuvieron que soportar / que el viejo no les trajera la revolución / sino la peste”. Parece un berrinche de niño bien ante el fenómeno peronista, pero es bastante más. Apunta al sueño revolucionario de toda una generación. Su primo tranquilamente podría ser Kirchner. “Príncipes violentos de los setenta / ¿Qué podemos hacer por ustedes? / No se convirtieron en políticos / ni se exiliaron, ni están / con dos enes en el pecho debajo de la tierra…”, se pregunta unas líneas antes, y algunos versos después concluye “a la gente le gusta pensar / que la vida cambia. Y muchos viven pendientes / de cosas que no le van a suceder nunca”.
Esa lectura posmoderna de la generación perseguida por el terrorismo de Estado, encandilada por las luces del centro que irradiaban fin de la historia, muerte de las utopías y caída del Muro de Berlín, fue superada por los propios acontecimientos. Los versos de Casas resultan un buen acercamiento para quien quiera leer en clave poética lo que nos pasó a los argentinos en el menemato. Pero concluidos los ’90, así como están no sirven más. En esta parte del mundo, tan dolorida de injusticias, la necesidad de “matar a los padres” y nacer a lo nuevo no es un asunto de vanguardias literarias, sino un mandato de la historia. No hay otro modo de ser y vivir. Vamos a comer Fabián Casas.

Aquí, publicación original de este artículo.

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