Romper los moldes, por Verónica Abdala
La canción más famosa e influyente de la década del 60 afirmaba que las respuestas a las preguntas que millones de jóvenes le hacían al mundo estaban flotando en el viento. Era una forma de decirlo, puesto que el autor era un poeta llamado Bob Dylan y no un matemático. Pero la Historia le dio la razón: desde que escribió y empezó a cantar en público Blowin’in the wind, en 1962, hasta que en 1969 el hombre llegó a la luna, muchas de aquellas preguntas empezaron a encontrar respuesta. Porque allí, allá y en todas partes una nueva generación empezaba a pisar firme en la historia, dispuesta a cambiar un mundo enfermo. La ensayista y escritora Susan Sontag fue, como Dylan a la música popular, la figura que marcó un antes y un después en el campo de la crítica cultural. Su obra no se entiende fuera del contexto de los años sesenta, porque fue resultado y síntoma de los aires de rebelión que definieron aquella década.
La obra que forjó durante las posteriores cuatro décadas fue un fenomenal esfuerzo por otorgar status y contexto a las nuevas tendencias en el mundo del arte y la cultura, después de la fama que siguió a la publicación de su primer obra ensayística, Contra la interpretación, en 1966.
La valoración inicial e sus textos y artículos como piezas que expresaban las claves de un tiempo complejo debe
entenderse en el marco de los acontecimientos sociales, culturales y políticos de entonces: su caldo de cultivo era la necesidad simultánea de millones de personas en todo el mundo de superar viejos parámetros de pensamiento y acción. Los movimientos revolucionarios que se multiplicaban en el planeta, la irrupción e nuevas formas de arte y expresión, la apertura mental hacia nuevos horizontes de conocimiento, fueron partes centrales del contexto en el que se atrevió a enfrentarse al coro de entendidos. Si su primer libro publicado, El Benefactor (1963) no parecía preanunciar la irrupción de una nueva figura, tres años después, Contra la interpretación se convirtió en poco menos que la Biblia de una nueva forma de pensar y analizar la cultura contemporánea.
En aquella, su obra más famosa, la escritora comenzaba a presentar una suerte de gran teoría para entender tanto las vanguardias neoyorquinas y europeas como sus antecedentes, combinando con sutileza el gusto personal con la configuración de un nuevo canon. La auténtica revolución ideológica que significó su incursión como crítica cultural debe parte de su importancia al hecho de que le haya dado rango académico a las nuevas manifestaciones artísticas, en un tiempo en que la crítica tradicional consideraba las llamadas bellas artes como deber excluyente. A partir de ahí, y a lo largo e su extensa carrera como ensayista, Sontag se interesó por una constelación de cuestiones, y en todos los casos demostró una versatilidad inusual para analizarlas desde una perspectiva original.
Cuestiones aparentemente tan alejadas entre sí como la omnipresencia delas imágenes fotográficas en las sociedades contemporáneas, los simbolismos asociados a enfermedades como el cáncer, la tuberculosis o el sida, las guerras, las vanguardias, la literatura pornográfica o las virtudes que debe reunir una creación para ser considerada obra de arte, cobran sentido y se interconectan en sus libros, con resultados a menudo impredecibles. Por encima de esas diferencias, en su obra asoma la reivindicación de los aspectos menos visibles de la cultura contemporánea.
Uno de sus mayores méritos es haber aunado la originalidad y el conocimiento específico con una capacidad infrecuente para abrir al lector mundos de resonancias impensadas.
Su mayor aporte al campo del pensamiento ha sido, en este marco, su apuesta a relativizar las fronteras entre categorías que, hasta su aparición, aparecían como estáticas (la alta y la baja cultura, lo frívolo y lo culto, el arte con mayúsculas y la cultura de masas etc). Intuyó que en la sociedad de consumo las jerarquías tradicionales que regían el pensamiento de parte de la sociedad –tal vez por la labor infatigable de sus colegas más conservadores- evolucionarían hasta asimilarse casi en una misma dimensión. Hacía falta un mecanismo que aceitara los mecanismos de comprensión, y se reservó ese papel para sí misma. En sus libros, demostró que la compartimentación de la cultura era sólo una limitación: las llamadas bellas artes merecen un tratamiento tan serio como las manifestaciones de vanguardia; los grandes escritores pueden compararse con los malditos y hasta los fenómenos más escurridizos permiten reflexiones históricas.
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Es posible que Susan Sontag no hubiera querido que se publicaran sus diarios, las notas personales que escribió desde que tenía 15 años hasta su muerte, cerca ya de los 72, en 2004. Su hijo, David Rieff, que tomó la decisión de editarlos, admite que, en cualquier caso, este no sería el libro que ella habría creado. Es muy probable que, si hubiera aceptado publicar estos textos, lo que su propio hijo duda, Sontag hubiera “intervenido” para organizarlos y presentarlos de otra manera. Y, desde luego, es casi seguro que no hubiera aceptado un título tan detestable: Renacida. Para superar la repulsión que produce la idea de que se está violando la intimidad de alguien, una persona que, para colmo, tiene una brillante y amplia obra publicada, perfectamente suficiente para conocer qué pensaba y cómo analizaba el mundo, sin necesidad de meterse, además, en su casa y en su cama, quizás convenga recordar lo que dijo su compañera, Annie Leibovitz, cuando publicó las amargas fotos de la agonía de Sontag: “Si estuviera viva, por supuesto que este trabajo no se hubiera publicado. Pero está muerta y eso es otra historia. Quiero decir, ella hubiera defendido este trabajo”. Algo así viene a alegar su hijo en el prólogo de este volumen, el primero que aparece de una serie planeada con tres tomos: “A mi madre le apasionaban los diarios y las cartas… cuanto más íntimos mejor”.
Sea pues. Sontag, que hizo en vida muy pocas confidencias sobre su intimidad, está ahora muerta y expuesta. Conste, sin embargo, que Renacida (Diarios tempranos, 1947-1964) no constituye un autorretrato de la autora de Contra la interpretación o La enfermedad y sus metáforas, dos ensayos que marcaron, por su inteligencia, independencia y originalidad, la crítica cultural del siglo XX, sino un retrato en el que ha intervenido la paleta de su hijo, que suprime notas que le parecen aburridas y potencia otras, generalmente las que están relacionadas con la formidable, y muy temprana, convicción de Susan Sontag de ser una persona intelectualmente sobrecapacitada y con su paralela y aparente incapacidad de mantener relaciones sexuales y sentimentales (lesbianas) que no conllevaran un gran sufrimiento. Quien haya leído alguno de los magníficos ensayos de Sontag conoce su manera ferozmente independiente de pensar y su voraz deseo de analizar la sociedad contemporánea, sin dejarse encorsetar por definiciones entre lo serio y lo culto y lo popular y lo frívolo. Ella fue, por ejemplo, quien introdujo en toda una generación el término camp. Su colección de artículos Contra la interpretación (que se publicó cuando tenía 33 años) la convirtió instantáneamente en uno de los pensadores más polémicos e importantes no solo en Estados Unidos, sino también en Europa, que visitó con frecuencia, y en cuyos ambientes intelectuales siempre deslumbró.
Los Diarios tempranos quizás no desvelen, en ese sentido, una personalidad desconocida, pero sí una precocidad y una voluntad de construirse a sí misma inconcebible, si no fuera porque es ella misma quien lo describe y demuestra. La Susan Sontag conocida, admirada y famosa mostró siempre una absoluta confianza en su capacidad intelectual y en su destreza para desentrañar los mitos de las sociedades modernas. Lo asombroso es que cuando tenía 15 años era también consciente de tener un don especial. La jovencísima Sontag (entonces se llamaba Rosenblatt) hace listas interminables (un hábito que mantendría toda su vida) en las que apunta qué leer, en qué pensar, qué hacer. La primera, cuando le faltan tres meses para cumplir 15 años, empieza así: “Creo: a) que no hay un dios personal o vida después de la muerte; b) que lo más deseable es la libertad de ser fiel a uno mismo, c) que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia; d) que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad de una persona, e) que está mal privar a cualquiera de la vida (…)”.
Los diarios no son cuadernos en los que se anotan las incidencias del día sino su apabullante deseo de construirse a sí misma. Con 16 años llega a la Universidad de California y hace por primera vez el amor con una mujer (Harriet, la misma con la que a lo largo de muchos años, intermitentemente, mantendría una relación casi masoquista, dolorosamente detallada en páginas posteriores). Pero entonces, confiesa: “Dios, vivir es enorme” y poco después, “todo comienza a partir de ahora, he renacido”. A los 19 años, acepta casarse con un joven profesor (“me caso con Philip con plena conciencia-temor a mi voluntad de autodestrucción”) con quien tendrá su único hijo (un niño al que no se menciona en el diario hasta que aparece un buen día, cuando ya tiene dos años). Nada, ni el fracaso matrimonial, ni el reencuentro con Harriet, ni esa relación cruel, empañan esa voracidad intelectual ni su enorme voluntad de desarrollarla sin cortapisas. “En el diario me creo a mí misma, no solo registra mi vida real sino que en muchos casos ofrece una alternativa”. “¡Esta pasión es una enfermedad!”, se queja, pero pocas horas antes ha escrito con la misma furia: “Banalidad y dominación (…). Una aristócrata de la sensibilidad así como una aristócrata del intelecto. ¡No me gusta nada, nada, que me traten como una plebeya!”. Sontag tiene en ese momento 25 años. Con dos más, ya de vuelta a Estados Unidos, sigue pensando que amar duele. “Es como entregarse a que te desuellen a sabiendas de que en cualquier momento la otra persona puede marcharse con tu piel”. Cuando el primer tomo de sus diarios se cierra, a punto de publicar Contra la interpretación, Sontag sigue confrontada a los mismos problemas: “El éxtasis intelectual al que he tenido acceso desde mi temprana infancia. Pero el éxtasis es el éxtasis”. Habría que haber pedido a Sontag que pensara si es posible que los seres humanos se diferencien, además de por su inteligencia, por sus más íntimas pulsiones: cómo enfrentarse a la muerte, en los hombres, y cómo enfrentarse al amor, en las mujeres.
Renacida (Diarios tempranos, 1947-1964). Susan Sontag. David Rieff (editor). Traducción de Aurelio Major. Mondadori. Barcelona, 2011. 336 páginas. 20,90 euros.
(Aquí, publicación original de este artículo)
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Fragmentos del primer tomo de su diario.
9/1/48
Leer tan pronto como pueda la traducción de [Stephen] Spender de las Elegías de Duino [de Rilke]
Inmersa, de nuevo, en Gide: ¡qué claridad y precisión! Verdaderamente este es el Gide incomparable, aunque toda su
ficción me parece insignificante, mientras La montaña mágica es un libro para toda la vida. ¡Yo lo sé bien! La montaña mágica es la mejor novela que he leído. La dulce y perdurable atracción con esta obra, el tranquilo y reflexivo placer que me ha producido sin paralelos. Aunque por lo directo de su impacto emocional, por el sentido de un placer físico y el sentimiento de jadeo corto, y lo corto de esas vidas echadas a perder –de prisa, de prisa– por el conocimiento de la vida –en realidad, el sentimiento de la levedad de la vida– elegiría [de Romain Rolland] Jean-Christophe. Pero solo debe ser leído una vez.
Cuando muera espero que se diga “Sus pecados fueron escarlatas, pero sus libros son legibles”. Hilaire Belloc
Inmersa en Gide toda la tarde y escuchando al director Fritz Busch (Glyndebourne festival) en su versión de Don Giovanni (de Mozart). Algunas arias (tan dulcemente sobrecogedoras) las pongo una y otra vez (“Mi tradi quell’ alma ingrata” and “Fuggi, crudele, fuggi”). ¡Si yo las pudiera escuchar para siempre, qué decidida y serena sería!
La tarde perdida con Nat [Nathan Sontag, el marido de su madre]. Me dio una lección de manejo y lo acompañé al cine, pretendiendo que yo disfrutara de una película de tiros.
Después de escribir esta oración, la leo y considero mejor borrarla. Pero mejor que quede como está. Es inútil recordar solo lo placentero –Hay tan poco de esto, de todos modos–. Permítaseme recordar toda la pérdida de tiempo de hoy, para que no sea fácil para mí y así evitar comprometerme mañana.
10/9/1948 (luego de leer el segundo volumen del diario de André Gide)
Lo terminé de leer a las 2.30 de la mañana del mismo día que lo compré. Lo debería haber leído mucho más despacio y lo voy a leer varias veces.
Gide y yo hemos logrado tan perfecta comunión intelectual que hasta sufro el esfuerzo que le debe haber dado sacar cada una de sus conclusiones. Así no pienso ¡qué maravilloso, qué lúcido es! sino ¡Detente. No puedes pensar tan rápido –o mejor– ¡No puedes crecer tan rápido!
Porque no estoy solo leyendo el libro, sino que estoy creando a la vez, y esta experiencia única y enorme ha purgado mi mente de mucho de la confusión y la esterilidad que me ha atormentado durante estos meses terribles.
3/8/1949
Anoche A abrió el Tin Angel y H me invitó a la reunión. Hasta que me emborraché, todo estuvo bastante aburrido –en cambio H estaba muy animada y se pasó toda la noche actuando histéricamente amistosa con todas las mujeres con las que se acostó durante este último año (y que ahora aborrece)–. Parecía que todas estaban allí. La antigua novia de Mary tenía un aspecto melancólico. B y A se emborracharon también, naturalmente, y rompieron una de las ventanas. Puedo imaginar lo que están diciendo esta mañana… Después de estar con un millón de personas, H me abrazó, y para ese entonces yo ya estaba, para decirlo suave, muy divertida… Y entonces apareció una chica rara (H había estado gritando por todos lados “ella tiene solo 16 años… ¿no es asombrosa? ¡Y yo soy su primera amante!”) con ganas de “rescatarme”. H me apretó fuerte “¡tenés que tener alguna experiencia heterosexual, Su!”. Antes me acuerdo que estuvimos bailando y abrazándonos.
1962
La sexualidad femenina: dos tipos. La que responde y la que inicia.
Todo sexo es tanto activo (teniendo el motor dentro de uno mismo) y pasivo (el entregarse).
El miedo de lo que la gente va a pensar –no el temperamento natural– hace que la mayoría de las mujeres dependan de ser deseadas antes de que puedan desear.
El amor como incorporación, ser incorporada. Tengo que resistir eso.
Debe sentirse la tensión en la palma de la mano, como dice el instructor de baile. No se recibe ningún mensaje si está floja.
Trate de pensar esta separación [de Irene] con esa tensión.
Así puedo dar y recibir mensajes… Para no tener que caer en alternativas como “la desesperación- fui rechazada” o “que se vaya a la mierda”.
En esta sociedad, uno debe elegir lo que a uno lo “nutre” [las palabras “caer en” deben estar tachadas], el cuerpo debe imponerse sobre la mente y viceversa. A menos que una tenga suerte o sea muy inteligente, para tratar con las dos cosas cosa que yo no era. ¿Dónde quiero dirigir mi vitalidad? ¿A los libros o el sexo, a la ambición o al amor, a la ansiedad o la sensualidad? No puedo tener ambas cosas. Ni siquiera pensar en la remota idea de tener la posibilidad de tenerlo todo al final.
Algo vulgar, feo, cobarde, contra la vida, snob en la sensibilidad de Henry James + Proust. Glamour de dinero, la suciedad del sexo.
Uno es o un escritor del exterior (Homero, Tolstoi) o del interior (Kafka). El mundo o la locura. Homero + Tolstoi- como la pintura figurativa, tratan de representar un mundo con fines de lucro sublimes, más allá de la sentencia. O-descorchar la propia locura. Los primeros son mucho más grandes escritores… Sólo voy a ser solamente el segundo tipo de escritor.
(Aquí, publicación original de estos fragmentos)



May 28th, 2011 → 9:26 am @ elpuercoespín
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