En el interior de las prisiones secretas de Siria, por Dorothy Parvaz

May 19th, 201112:17 am @

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Estaba parada sobre dos charcos del tamaño de un puño de sangre pegajosa y manchada tratando de adivinar por qué había siete sirios furiosos gritándome. Sólo uno de ellos –a quien llegaría a conocer como Mr. Shut Up (Señor Cerrá la Boca) durante mis tres días en un centro de detención, donde tantos sirios “desaparecidos” son retenidos—hablaba inglés.

Mirándolos buscar en mis bolsos y observando el juego de esposas que colgaban del camastro encajado detrás del escritorio que se hallaba en medio de la habitación, supuse que estaba siendo arrestada –o, al menos, en proceso de ser detenida.

“¿Por qué están haciendo esto?”, pregunté.

“¡Shut up! ¡SHUT UP! (¡Cerrá la boca! ¡Cerrá la boca!)”, dijo Mr Shut Up.

Había llegado momentos antes, arrastrada por los cabellos desde un auto donde había sido encajada entre dos hombres armados. Habían tratado de convencerme de que me estaban llevando a mi hotel, pero, por supuesto, sabía que no había modo de que personal de seguridad vestido de civil fuera tan amable como para escoltarme hacia mi reserva.

Logré, sin embargo, resistirme a usar una venda por la fuerza, razonando que, si iban a dispararme, realmente no necesitaban un motivo.

Después de unos 20 minutos, salimos de la autopista y atravesamos dos puestos de control. Para entonces, el más bien manoseador guardia de seguridad a mi izquierda había puesto mi chal sobre mis ojos.

Guardias armadas abrieron un portón a lo que parecía un complejo militar, poblado por decenas de hombres en ropas de civil, acechando en una atmósfera sólo adecuada para romper cabezas –tan fuerte era la sensación de violencia inminente.

Bienvenido a mini-Guantánamo: quizás uno de muchos en Siria donde opositores y transeúntes por igual han sido cogidos en una enorme red arrojada por un gobierno cada vez más paranoico desde el comienzo de las protestas varias semanas atrás.

Había terminado aquí porque un escaneo de mi equipaje había revelado que tenía un teléfono satelital y una conexión móvil a Internet –del tipo disponible comercialmente, nada especial, y justo el tipo de cosa que uno podría necesitar al viajar a un país de comunicaciones intermitentes.

Y más aún, si eso era considerado sospechoso, mi pasaporte norteamericano, con su visa patrocinada por Al Jazeera, sellaba el asunto. Los agentes parecían no ponerse de acuerdo sobre qué era yo o qué era peor: una espía norteamericana de Israel o una reportera de Al Jazeera –ambas estaban bastante a la par.

Cegada por el pañuelo, fui conducida a la primera de mis tres celdas –un cuarto pequeño y casi vacío, de unos tres pasos de ancho y cinco de largo. En el piso, sobre una manta de un marrón ratil, estaba sentada una joven cuya cara estaba hinchada de llorar. Dijo que tenía 25 años y era de Damasco, e indicó que había estado allí por cuatro días. No sabía por qué la había elegido la Mukhabarat, el servicio de inteligencia sirio.

Dijo que era asistente de ventas en una tienda de ropa, y los stilletos de diseñador que se hallaban en un rincón de la celda parecían desmentir cualquier sugerencia de que se tratara de una chica que había abandonado su casa para participar en las protestas. Dijo que había estado hablando por teléfono cuando la cargaron en un auto, la vendaron y se la llevaron.

No tenía idea de dónde estaba o cuánto tiempo estaría allí. No le habían permitido contactar a su familia.

Nuestros ojos se movieron al calendario de un mes entero que había sido marcado sobre la pared,  una artesanía del anterior ocupante. Con sólo una mirada, ambas nos preguntamos cuánto más estaría ella allí.

Un hombre vino hasta la puerta un par de veces antes de sacarme de la celda, esposarme y vendarme, y conducirme a lo que parecía un patio.

Me empujó contra una pared y me dijo que permaneciera allí. Mientras lo hacía, escuché dos interrogatorios y golpizas, a unos diez metros de donde me hallaba en ambas direcciones.

Las golpizas eran salvajes, las palabras pronunciadas por los golpeados apenas gritos roncos –”Wallahi! Wahalli!” (“¡Lo juro por Dios! ¡Lo juro por Dios!”) o, simplemente, “¡La! ¡La!” (“¡No! ¡No!”).

Estuve allí por lo que pareció una eternidad, antes de que alguien se aproximara.

“¿Para quién trabajás?”, preguntó entre dientes.

“Al Jazeera. Online”.

“¿Estás sola?”.

“Tan sola”.

Fui conducida a una segunda celda, esta con manchas de sangre en la pared. Descubrí lo que parecía un rincón sin sangre y me senté hasta que fui convocada de nuevo –alrededor de medianoche.

Fui esposada y vendada, pero esta vez, antes de que lo hicieran, alcancé a ver a un joven de no más de 20 años encadenado a un radiador fuera del pasillo. Tenía un anotador en sus rodillas, estaba vendado y temblaba tan fuerte que apenas podía sostener la lapicera con la que probablemente se esperaba que escribiera algún tipo de confesión.

Mientras tanto, las golpizas y los gritos continuaban afuera.

Fui llevada a través de un laberinto de escaleras antes de entrar en una oficina donde mi interrogador me esperaba. Logré convencerlo de que permitiera que me quitaran la venda.

El hombre –llamémoslo ‘Firass’—era algo corpulento y podia ser afable cuando quería (parecía preocupado por que hubiera mujeres retenidas en el lugar y trataba de hacerme las cosas más confortables).

Firass incluso se disculpó por el hecho de que nuestra “entrevista formal” tuviera lugar en un cuarto que contenía una cama, cajas de papas y una heladera.

“Es que estamos tan ocupados estos días”, dijo.

Quería preguntar por qué la Mukhabarat estaba tan ocupada si una minoría tan pequeña causaba problemas, pero no parecía un momento prudente para hacerlo.

Firass hablaba muy buen inglés y, al principio, parecía convencido de que yo era una espía.

Luego se concentró en Al Jazeera, colocando a la cadena en el mismo nivel que Human Rights Watch. La cadena había estado creando “un gran problema” a Siria con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, dijo.

Después de horas de preguntas, me envió a una habitación diferente, una oficina sin usar por largo tiempo donde una adolescente aterrada estaba durmiendo sobre un sillón.

A la mañana siguiente, mi nueva compañera de cuarto y yo tratamos de conocernos, sin intercambiar demasiados detalles, lo que nos habían prohibido. También ella había sido arrancada de las calles de un suburbio de Damasco por razones que no podía entender.

Había estado allí por ocho días cuando la encontré y parecía enferma. La comida que nos daban tres veces al día –fétida, al azar y, a veces, podrida— tenía, más que nada, el efecto de hacerla vomitar, pero estaba demasiado hambrienta para dejar de comer totalmente.

Había un médico en el sitio, aparcado junto a un cartel que decía “Assad Manda”, pero la chica parecía demasiado asustada para ver al doctor –comprensiblemente.

Pasábamos la mayor parte de nuestros días escuchando cómo un joven era interrogado brutalmente –a veces atado en posiciones forzadas hasta que se oía como si se le estuvieran quebrando los huesos, según veíamos desde la ventana de nuestro baño (un baño sin agua, excepto por una canilla en un lavabo repleto con unos 10 centímetros de aguas servidas).

Una tarde, la golpiza que oímos era tan severa que pudimos escuchar claramente al interrogador incrustando sus botas y puñas en el sujeto, casi en trance, gritando preguntas o acusaciones rítmicamente a medida que los golpes aterrizaban en lo que parecía la boca del estómago del prisionero.

Mi compañera de cuarto se estremecía y lloraba, recordándome (o quizás a sí misma) que no golpeaban a las mujeres aquí.

Hubo una breve pausa antes de que la golpiza recomenzara y mi primer impuso fue cubrirme los oídos, pero luego pensé: “Si este hombre está gritando, ¿no debería oírlo alguien?”

Después de todo, a juzgar por el sonido del tráfico y de lo que podía ver a través de nuestra ventaja, no había casas cerca –sólo una autopista, un viejo complejo de seguridad y lo que parecía ser una vieja prisión; unos pocos edificios oficiales que habían visto mejores días. Es todo lo que podía ver desde nuestra celda.

Cuando uno de los agents de la Mukhabarat vinieron, mi compañera de celda les rogó que le permitiera usar su celular para llamar a sus padres, lo que, por supuesto, no iba a ocurrir.

Preguntó sobre las golpizas que habíamos escuchado fuera y se le dijo que los hombres que estaban siendo castigados eran asesinos que habían disparado a la gente en Deraa.

Más tarde, Mr Shut Up vino y se llevó a mi compañera de cuarto para interrogarla, lo que me preocupó. Volvió una hora más tarde, sin resolución aparente para su problema. Todavía miraba por la ventana y lloraba, preocupada por sus padres, preguntándose si o cuándo los vería de nuevo.

No pude evitar preguntarme: ¿qué amenaza presenta una chica para el Estado sirio como para que tengan que retenerla en esta habitación podrida? ¿De qué tenían tanto miedo?

Después de tres días, Firass me dijo que era libre de volver a Catar –algo por lo cual estaba muy agradecida.

Incluso me llevó hasta la oficina de su jefe –otra vez, recuerden, nadie tiene nombres aquí–, donde recibí una clase sobre la cobertura que hacía Al Jazeera de los problemas en Siria, sobre todo concentrándose en cómo una pequeña, pequeña minoría estaba causando problemas a una esencialmente feliz mayoría.

En mi vía de salida del complejo, se me permitió finalmente verlo por lo que era –un conjunto rasposo de oficinas y bloques de celdas con imágenes de Bashar al-Assad, el presidente sirio, enmarcadas en una clase de stands metálicos que podrían promover tragos dos-por-uno en un cine, ubicadas a pocos metros unas de otras. El efecto era farsesco.

Fui llevada al aeropuerto, pero ciertamente no me permitieron regresar a Catar. En cambio, fui arrastrada, pateando y gritando, a un vuelo que se dirigía a Teherán (había entrado a Siria con un pasaporte iraní). Llámenlo una extraña clase de “entrega extraordinaria”, si quieren.

Las autoridades sirias habían alegado ante los iraníes que yo era una espía –un cargo que puede costar la pena de muerte en Irán.

Afortunadamente, en mi caso, los hechos me avalaron. Después de un par de semanas de interrogatorios, el investigador iraní encargado de mi caso determinó que no era una espía, sino una periodista.

El miércoles, sin dramas ni incidentes, fue liberada y puesta en un vuelo de madrugada de Teherán a Doha –era una simple cuestión de aprobación judicial.

Aunque he escrito en forma crítica sobre algunas de las políticas iraníes, fui tratada con respeto, cortesía y atención durante mi detención allí.

Mi cuarto era inmaculado, mi interrogador infaliblemente amable y las mujeres que me cuidaban en el Centro de Detención de Mujeres Evin vieron que todas mis necesidades fueran atendidas –especialmente las pastillas para dormir que necesitaba, porque, cada noche, sin falta, escuchaba hombres gritando en Siria “¡Wallahi! ¡Wallahi!” y me preguntaba cómo se curarían alguna vez sus heridas.

Aquí, versión original de este artículo y un video de una entrevista con Dorothy Parvaz, ambos en inglés

 

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