La comuna de Buenos Aires, por María Moreno

May 13th, 20113:01 pm @

0


Si simplemente se cumpliera la Constitución el sistema se derrumbaría mañana

A Eduardo Grüner le dicen “el Conde”, quizá porque su modo de ofenderse en la polémica jamás suele ceder a la chabacanería: mantiene un aire de cortés desapego ante la causa perdida que, sin embargo, suele defender con cartas de jugosa retórica. Como se verá a lo largo de esta conversación, acostumbra explotar los chistes que el lenguaje trama a pesar del sujeto que lo utiliza: fino polemista, cultiva menos el arte de la injuria que el estilete lacaniano que juega con homofonías y finge lapsus para ironizar sobre el adversario. Profesor titular de Teoría Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA –en la que se desempeñará como vicedecano a partir de marzo [de 2002]– y de Literatura y Cine en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad, Eduardo Grüner también ha ocupado con su palabra el foro de los cafés, históricos ámbitos del complot y el debate. Sociólogo de profesión, es, como muchos de los intelectuales de los años setenta, un “laico” en diversos espacios como la literatura, la economía, el psicoanálisis y la estética, que él articula con voluntad política. De ahí que haya preferido a las revistas culturales –Sitio, Cinegrafo, Diatriba, Pasajes– como el ámbito más cómodo para sus intervenciones y para que sus escritos no corran el riesgo de ser denominados papers, tampoco carnets de escritor. Sus libros Un género culpable, Las formas de la espada y El sitio de la mirada lo ubican como ensayista que escribe sobre otros ensayistas, marcando un mapa personal en la tradición argentina.

—Se les suele cuestionar a los intelectuales el que participen de las asambleas barriales desde una posición voyeur o bien se los invita a callarse en nombre de lo que podrían ser las “cosas concretas” o de esa necesidad de hacer política partiendo de cero que campea en el clima general de los cacerolazos.

—Es que ahí hay una cuestión que se fue conformando a medida que se desarrollaban las asambleas –esto lo sé a través del relato de muchos compañeros–, y es que hay un gran rechazo no sólo a los liderazgos políticos de la clase política tradicional, sino al intelectual. Uno no se puede presentar en una asamblea como profesor de la Facultad de Filosofía y Letras. Lo asocian a “ahí viene el catedrático a darnos clases sobre lo que tenemos que hacer”. Por otra parte los dirigentes e intelectuales de los setenta –no estoy calificando a la totalidad sino a una importante mayoría– se reconvirtieron a la clase política más o menos oficial. Algunos al alfonsinismo, incluso al menemismo o al Frepaso. Otros trataron de recuperar algo del espíritu original con otra letra y en lugares más localizados: en la escritura, en la universidad, en las cátedras, en la academia o ¡colaborando en Página/12! Me parece que los primeros a este tren lo perdieron y los segundos, de los que yo formo parte, estamos más atentos que realmente sabiendo qué hacer. Porque en el fondo nos damos cuenta de esto: ¿cómo nos vamos a presentar en las asambleas de una manera que no implique autorizarnos por algún currículum más o menos prestigioso aunque nadie por supuesto lo conozca?, ¿como profesores universitarios?, ¿como autores de determinados libros? Es más fácil para Federico Luppi.

—¿?

—La asamblea de mi barrio se hace en una placita que queda al lado de la estación Belgrano R. Ese espacio tiene su historia. Allí hace varios años se intentó poner un supermercado Coto y entonces hubo una gran movilización dirigida por Federico Luppi, que vive ahí a la vuelta, y que en la asamblea que se hizo al día siguiente de la del 19, se transformó, no diría en el líder sino en un referente. O sea que también puede convivir en una asamblea una mezcla de cholulismo, historia del barrio y cara conocida progre que siempre hace películas de Adolfo Aristarain. Si bien en la mayoría de los barrios hay una historia anterior, el problema es cómo pasar de ese ámbito de lo privado barrial al ámbito de lo público, porque todo esto tiene mucho de microfísica, que es bastante poco en un momento en que la cosa pública entra en juego de una manera muy fuerte. Hay toda una historia de lo que ahora aparece como novedad. Existen piqueteros con ese nombre desde el año 93. Del mismo modo que ya desde fines de los años ochenta y principios de los noventa hubo movimientos de rebelión. En Tres Arroyos, por el asesinato de Nahir Mustafá se quemaron comisarías y prácticamente se tomó el pueblo. Las movilizaciones en torno a María Soledad se prolongaron muchísimo tiempo. Lo que pasa es que en ese momento el reclamo no era tan claramente político. Si bien lo era en sus efectos y objetivamente porque los que tenían que solucionar esos problemas eran las autoridades públicas.

—En la Asamblea Interbarrial aparece con mucha insistencia la idea de un gobierno del pueblo, de una democracia directa.

—Como principio no me parece nada mal. El tema es no sólo que eso no funciona en una sociedad compleja sino que nunca existió en el sentido pleno con que la gente lo entiende. La democracia directa es supuestamente algo que inventaron los griegos en el siglo V antes de Cristo. Y en esa época, para llegar al ágora de Atenas desde el campo –era una sociedad agraria– se tenía que viajar tres días a lomo de burro. Entonces, finalmente era un número muy pequeño de ciudadanos el que ejercía el voto. Pero ya había ahí, por detrás de lo que sucedía a campo abierto en el ágora, algo semejante a partidos políticos, arreglos en los pasillos, presiones, lobbies. Todo eso es un invento de la cultura occidental desde sus mismos orígenes. Lo cual no quiere decir que esté bien. Aquí hay dos cuestiones. Por un lado, preguntarse qué se está diciendo realmente –yo no tengo respuesta, solamente asociaciones libres– cuando se dice “que se vayan todos”. Creo que, independientemente de que la gente lo sepa o no –y la sociedad no es irracional y sabe que, al ser compleja y con millones y millones de habitantes con las necesidades más diversas, tiene que haber alguna forma de representación–, lo que en realidad se está discutiendo no es con quiénes reemplazar a los que están sino cuál es la lógica de producción de esos representantes. Si no, nos quedamos en la lógica del consumo. Uno elige representantes cada cinco años, cada dos años, como uno elige artículos en el supermercado sin que nadie le pregunte si realmente son los que uno necesita y ni sepa bajo qué lógica se producen esas mercancías. El mercado político funciona de esa manera. Pero el hecho de que se discuta el proceso de producción mismo de los representantes, aunque no se sepa con qué se va a sustituir –si a través de las asambleas barriales, de los movimientos de piqueteros, o de la Interbarrial de Parque Centenario–, implica la idea de que se llegó a un límite de la lógica del sistema político dominante y hay que pensar otra que todavía nadie sabe cuál es. ¿Se va a embarcar lo que se llama “la clase media” en una lógica verdaderamente radical de refundación de este sistema de producción de representantes? Yo empezaría por interrogar, cuestionar, lo siguiente: si hay o no hay una nueva alianza de clases. Porque si yo digo “alianza de clases” estoy presuponiendo que hay clases constituidas que entran en alguna política de negociación entre ellas. Pero, con la historia de este país lo que tenemos son jirones, retazos, ruinas de clases. Uno puede leer a Karl Marx, puede leer a Max Weber y en ninguna de sus definiciones, que son opuestas entre sí, va a encontrar la posibilidad de que los piqueteros o los desocupados constituyan en sí mismos una clase.

—Mucho menos la clase media.

—En la sociología más clásica, la clase media siempre fue una categoría residual. Si leemos a Marx, en la clase media cae todo lo que no es proletariado, todo lo que no es burguesía y él jamás hubiera utilizado la expresión “clase media”. Hablaba de pequeña burguesía en la que trataba de identificar sectores distintos. Max Weber define las clases por el lugar que ocupan frente al mercado y no frente a las relaciones de producción. Alguien que no puede consumir nada no ocupa ningún lugar frente al mercado. Las llamadas “clases medias” ocupan por lo menos veinticinco lugares diferentes frente al mercado, porque ¿qué lugar comparable puede tener la señora de Belgrano R que veranea en Miami o en el Caribe con el empleado bancario que gana cuatrocientos pesos por mes y además se quedó sin trabajo antes de ayer o se está por quedar pasado mañana?

—¿No habrá nuevas categorías que todavía son difíciles de definir?

—Toni Negri trata de dar cuenta de transformaciones sociales económicas y políticas muy reales que se han venido dando en las últimas décadas en la conformación de esto que él llama “el Imperio” y que sería un tema para discutir. Me parece que está bien cuando, en alguno de sus textos, dice que, en realidad, no es cierto que haya desaparecido el proletariado sino que prácticamente la sociedad entera se ha transformado en una fábrica. Cuando él habla de la fábrica social y sustituye la idea de proletariado por la de multitud parecería poder dar mejor cuenta de esta multiplicidad de situaciones que la han complejizado.

—¿Qué significan las nociones de “trabajo inmaterial” o “intelectualidad de masa”?

—Básicamente a lo que se refieren los que hablan de esto es que la transformación profunda que se ha operado en los medios de producción, que hoy son mucho más complejos que las máquinas del capitalismo clásico, requiere una dosis de lo que ellos llaman “trabajo inmaterial”, es decir una dosis de trabajo intelectual –no es lo mismo manejar una computadora que una de esas viejas máquinas a vapor de los inicios del capitalismo–. Sin duda, esto ha contribuido a borrar los límites entre lo que clásicamente se llamaba trabajo intelectual y trabajo manual. Salvo en los extremos más brutales, esos límites son prácticamente inexistentes. No se puede negar que esto ha producido una transformación que, como dice alguien por ahí, casi ha logrado una mutación antropológica. Si uno define a la especie humana por la manera en que se produce a sí misma transformando la naturaleza, esa producción de sí misma no es igual, no digo que a la de hace dos siglos, sino a la de hace treinta años. Ahora, ¿qué concluimos de todo esto? Que las nociones tradicionales de clase social tienen que ser interrogadas. Pero ¿para hacerlas desaparecer? Salvo que alguien me lo demuestre de la noche a la mañana, seguimos viviendo en el capitalismo, seguimos viviendo en un sistema donde hay propiedad privada de los medios de producción, que polariza en ricos y pobres. Y eso conforma clases que se han visto alteradas a veces de manera muy profunda en su composición tradicional. Pero me pregunto si detrás de esta idea de “multitud”, detrás de estos movimientos que estamos presenciando ahora no hay también una especie de lógica,paradójicamente conservadora, tendiente a tratar de recomponer las clases como tales. Cuando la clase media sale a pedir que se le devuelva su propiedad privada, cuando los desocupados salen a pedir trabajo, lo que están diciendo es “queremos ser de nuevo clases en serio”. Es decir, “quiero ser un proletario, quiero ser un trabajador, tener un lugar de pertenencia y entrar en alguna de las grillas que los sociólogos han construido para analizar la sociedad”. O “quiero tener de nuevo mi pequeña propiedad que definía mi lugar de pequeñoburgués en una estructura social mínimamente previsible y más o menos clara”. Como eso evidentemente no va a suceder en el contexto del modo de producción actual y menos en un país como el nuestro y en las sociedades periféricas empobrecidas y destrozadas desde todo punto de vista, tendremos que ver qué sucede. Entonces yo entiendo perfectamente la desconfianza profunda que a muchos les puede provocar la historia de una clase media que, en términos generales, y salvo honrosas excepciones, en la historia argentina, siempre ha estado del peor lado.

—Blas de Santos definía al dinero de los ahorros como el de un consumo diferido.

—Yo voy a una cuestión, si usted quiere llamarla solemnemente, más filosófica. La clase media pide que le devuelvan el dinero y muchos dicen “se va a conformar con eso y se enoja solamente por eso”. En Página/12 salió el otro día un artículo muy discutible pero con algunas cosas interesantes de Tito Cossa. Ahí él dice algo así como que Zamora es el político más respetado y la clase media sería capaz de votarlo olvidándose de su trotskismo o lo que sea, pero la prueba de fuego sería cuando Zamora, de ser elegido, hiciera todo lo contrario de Duhalde salvo devolver la plata del corralito. Porque si no, ¿la plata para repartirle a los pobres de dónde va a salir? Hay que redistribuir el ahorro nacional. En un caso así veríamos si la clase media pasó a un nivel de conciencia política. Pero el dinero no es sólo un medio de pago. No es tener plata para viajar a Miami o hacerse una operación. En los dos casos, que son totalmente distintos, se está comprando mercancías. Georg Simmel ha escrito una monumental filosofía del dinero. El primer tomo de El capital está dedicado a examinar el dinero como representante universal del fetichismo de la mercancía. El dinero en el capitalismo es el único concepto universal que tenemos y la moneda, el símbolo fetichizado, si se quiere, de lo que se suele nombrar como la soberanía nacional. Como equivalente general es, en el plano económico, el representante de un concepto político que define a la modernidad como tal y que es el de la ciudadanía universal. Esta abstracción de la igualdad de la ley es paralela a la abstracción de la igualdad de todas las mercancías, de todo lo que se puede consumir ante esta ficción de generalidad que es el dinero. Entonces, cuando Duhalde o quien sea sale y le dice a la gente “¿Sabe qué? Ese dinero no está” o “A ese dinero lo cambiamos por otra cosa que son dólares” o “El dinero está pero ahora vale la mitad de lo que valía hace quince días”, lo que se está devaluando, lo que está desapareciendo ahí es este mismo imaginario de una equivalencia universal, de que haya un país. Tratar de reconstruir una especie de filosofía o antropología filosófica del dinero en este momento del mundo y en particular de nuestro país, me parecería una tarea intelectual y política de primera magnitud. Sobre esa base es desde donde se va a poder empezar o por lo menos a plantear la cuestión de si se están recomponiendo o no las famosas clases sociales puesto que el capitalismo presente es cada vez más un sistema basado en la especulación financiera y cada vez menos en la producción en el sentido clásico. El dinero se ha vuelto la fuerza productiva dominante.

Hay en el movimiento de los cacerolazos y las asambleas, por un lado el reclamo al gobierno, un constante exigir o repudiar en los lugares simbólicos pero, cada vez más, un intento de formas de acción extraparlamentarias. Es como si la multitud se hubiera vuelto sobre sí, dándole la espalda a eso que puede simbolizar la Casa Rosada.

—Hasta uno puede pensar que si se sigue yendo a la Plaza de Mayo es porque es la más grande y no necesariamente porque siga representando –al menos con la misma fuerza– la dimensión simbólica que tuvo en otras épocas. Hay un corte que fue operado originalmente por la clase política y del que el pueblo se hizo cargo. Ya llevamos muchos años en que progresivamente la clase política daba la espalda y se iba separando cada vez más de sus supuestas bases y transformándose en una lógica cerrada sobre sí misma con sus propios negocios, sus propios intereses –no estoy hablando necesariamente de intereses mafiosos–. Entonces, es como si la gente hubiera dicho: “Bueno, ustedes hicieron esto, entonces nosotros nos hacemos cargo”. Pero también: “Vamos a presionar para el juicio a la Corte, para que nos devuelvan el corralito, nos den trabajo”. Obviamente esto es peticionar a las autoridades pero también es extraordinario porque de pronto nos damos cuenta de que, bajo determinadas circunstancias políticas, la ley puede ser revolucionaria. Si simplemente se cumpliera la Constitución el sistema se derrumba mañana. Y este momento es interesante porque es el de desnudar la estricta imposibilidad que tiene el sistema de cumplir los objetivos que se ha impuesto a sí mismo. En ese sentido está todo en cuestión.

—Me gustaría que comentara los reportajes a Alejandro Kaufman, Horacio González y Blas de Santos que salieron en Página/12 los lunes anteriores.

—Ante todo quiero decir que me parece muy bien que haya polémica, que haya debate entre los amigos, de los que están del mismo lado que es el mejor debate. Y me parece que es el mejor porque es donde más uno tiene que prestar atención a los conceptos, ser más riguroso con las nociones y los análisis. En cambio, ante los enemigos, la ironía y el insulto siempre tapan una utilización más lábil o más dispersa de los conceptos intelectuales. Alejandro Kaufman pone en varios momentos el dedo en el enchufe sobre todo hablando de la clase media. Pero la cuestión delicada tiene que ver con la oportunidad política, que no es lo mismo que decir el oportunismo. La pregunta es: suponiendo que todo esto fuera verdad, ¿es éste el momento para decirlo públicamente? Es el dilema de Las manos sucias de Sartre. ¿Hasta qué punto puedo yo, no digo mentir, sino ser táctico? ¿Tengo que decir toda la verdad porque la verdad es necesariamente revolucionaria como dice alguien? No digo que esté mal lo que Kaufman hace. Sólo digo que es una pregunta que a mí me surge. Me parece que ése es un punto problemático y delicado que compromete cuestiones éticas y de moral pública. El de optar entre decir toda la verdad o buscar la oportunidad política para ver la relación de fuerzas que permita decirla. Me interesó la posición de Blas de Santos en cuanto a que no hay una espontaneidad completa en estos movimientos y sí una larga historia muy desigual y combinada pero que, finalmente, se está expresando y reprocesando en ellos. Esto no quiere decir que haya habido dirigentes sino que hay una historia. También es interesante lo que él dice de volver a repensar las mediaciones. Porque ahora parecería que todo tiene que ver con la inmediatez del acontecimiento, con la indeterminación de lo contingente, todo ese pensamiento post que está totalmente liquidado. Me gustó que Horacio González sacara e insistiera de nuevo con el término “nación”. Un término absolutamente devaluado por la derecha liberal pero también por la izquierda tradicional. Habría que pensar qué significa en estos momentos en el contexto de la famosa globalización que es falsa. Porque no hay tal globalización en el sentido en que el discurso ideológico dominante la toma. A muchas de las cosas escritas por ahí de Nicolás Casullo yo las suscribo con las cuatro manos. Pero no sé si no habría que plantearlas desde algún otro lado para tener en cuenta también lo indeterminado –y sé que Nicolás lo está haciendo– de las posibles transformaciones de estos sujetos que de pronto salieron a la calle y se sorprendieron a sí mismos haciendo cosas nunca imaginadas.

—Existe esa euforia por gritar “¡Argentina! ¡Argentina!”…

—Eso también puede tener el significado de reconstrucción de algún equivalente general contra el cual se puedan destacar las particularidades o las diferencias. Esto es un problema lógico elemental. Si no se tiene un telón de fondo, un horizonte más o menos totalizador, las particularidades no son particularidades sino suma de fragmentos totalmente caóticos. A lo mejor el día de mañana estaremos en condiciones de cuestionar el concepto mismo de nación. La nación ya no tiene las fronteras jurídico políticas de la nación tradicional. Las naciones son inventos totalmente ficticios, sobre todo en un continente como el latinoamericano. Se podría decir que son ficciones. Pero, ¿quién dijo que las ficciones no tienen efectos materiales? A ver si me sale un chiste: La Nación es un concepto que tiene mala Prensa porque hace mucho que se toca el Clarín de que el país ya se ha transformado en un Ámbito Financiero.

***

“Yo no jugaría al truco con esta sociedad”

“Hola, ¿comisaría? Soy Martha, de Crónica, ¿tienen algún muerto para mí?”. La voz rasposa, áspera, como si hubiera sido diseñada por la ginebra tomada de parado en un estaño de los de antes –mármol y grifería de bronces– y el cigarrillo negro sin pausa, no pone ni demasiado énfasis ni demasiada ironía. Ella la acompaña con un gesto de clandestinidad, acercando demasiado la boca al tubo y sin dejar de mirar de reojo a la redacción bochinchera donde, de la antigüedad, sólo queda el sonido de la motorola del cronista que transmite desde el tercer cordón, restadas de la hilera de escritorios las pesadas Remington que, en el caso de la sección “Policiales”, justifican que su nombre coincida con el de las armas largas usadas en la revolución del noventa. La imagen es de la película Tinta roja, un documental sobre el diario Crónica donde Martha Ferro se representa a sí misma como con sordina, a pesar de que sus relatos populares y toda su mímica, que mezcla el ademán del detective privado con el de la reina del hampa, pide biografía no autorizada o historia de vida registrada por alguien con oído absoluto para el habla porteña. Por eso, uno se la imagina levantándose el cuello del impermeable, de espaldas a una rubia sospechosa con cara de Lauren Bacall. Despedida por el director del diario donde era la cronista estrella y delegada gremial, conserva ante la mesa de un bar su antiguo aire conspirativo: se inclina sobre el interlocutor mientras relojea la puerta, la mano desdeñosa alrededor del vaso ancho, como corresponde al protocolo del bebedor duro y parejo, y sin que la ginebra se le suba a la cabeza más que para la pendencia ingeniosa o la réplica de novela negra. Sólo que ahora, en el vaso hay agua mineral. También Fray Mocho debía tener esos gestos cuando entrevistaba a los “chorros” en el Derby, adonde también iba el presidente Carlos Pellegrini. Martha ha leído a Fray Mocho, no porque fuera el creador de la galería de ladrones célebres sino porque estudió Letras. Incluso se enamoró de los beatniks y de Allen Ginsberg (a quien fue a buscar a Nueva York). Bilingüe, trotska como se autodefine, sabe que esas cosas no le sirven para una investigación en La Boca o una temporada en la Isla Maciel. El cronista popular siempre esconde su cultura letrada. Quiere, en cambio, hablar en nombre y con el modo de las mayorías silenciosas, que no es que sean mudas, sino que hablan en los bordes. “¿Te conté de la mina a la que no se la bancaba ni el loro? Rita era adivina y de un día para otro se vistió de Virgen María, víctima de visiones apocalípticas. Tenía un loro puteador que veía todos esos zarandeos para sacarse los demonios y no aguantó más y se fue. Según cuenta la gente, dijo: ‘Chau, Rita, chau’, y se voló tras una bandada de cotorritas”.

A Martha la llaman “populista” porque sus títulos muestran la hilacha de un archivo culto, mientras que cuando el viejo Enrique Sdrech escribía “En la mano derecha de la occisa mayor, se encontraron cabellos de la occisa menor” era porque seguía el género forense sin conciencia de hacerlo. Pero los populistas no son tan populares como Martha en los andurriales del gatillo fácil, entre los chicos de la calle (que le pasan información para que ella denuncie de puño y letra, pero de espaldas a la cana). En una época, todavía como militante y no como cronista, hacía el entre con unos títeres de cartapesta y base de mate, para poner historias proféticas donde el público tenía que avisarle al “chorro” si el vigilante estaba cerca. La cara de Martha está hecha a cuchillo, como la de Patricia Highsmith, pero con una dulzura madonesca, esa que empleaba con toda seriedad cuando, en Crónica, le tomaba la denuncia a una vecina que se creía eso de “Firme junto al pueblo” y reclamaba por el robo de una gallina. Atenta al drama mínimo, a la pérdida que no entra en los titulares, ella escuchaba y, si era necesario, iba al lugar de los hechos y ponía, para imponer respeto, lo que ella cree que es la voz de un montonero. Ahora quiere hacer la biografía de Norma Arrostito que, según ella, había dibujado una rayuela en medio de una plaza de Olavarría, con tinta indeleble, como para la historia.

—El día 19 yo estaba en un corte de ruta en Villafañe y Almirante Brown. Diría más bien que era la cumbre de los cortes. Las cacerolas empezaron a sonar en los conventillos de San Telmo. Ta, ta, ta, ta… Nosotros dijimos “¡Uy! ¡San Telmo está tocando las cacerolas!”. Después me encontré con una amiga mía de Lanús que me dijo que cuando empezaron las cacerolas, la gente del barrio se dirigió hacia la avenida para marchar hasta la intendencia a putear a Quindimil. Fue como un imán. En La Boca, cuando se anunció lo del estado de sitio, uno de los que dirige a los pibes del barrio se asustó. Entonces yo dije “Vamos a la plaza con toda la gente”, y él dijo “No, no, no, porque hay estado de sitio”. “Estado de sitio las pelotas”, dijimos nosotros. Pero igual el tipo desarmó el corte donde había como dos mil personas. Nos fuimos, pero a la mañana yo ya me vine para la plaza. A eso de las nueve y media vine con algunos pibes del barrio, que son pibes medio artistunes, sin laburo, pero que tienen un odio tremendo a la cana porque siempre los llevan por el pelo largo o porque son morochos. Y fue maravilloso. No paraban de venir. Y a mí me encantó porque ahí me acordé de Trotski. Yo estuve por la zona de Diagonal Sur, y me encontré con un pibe de Crónica que contó: “Mataron a un chico ahí en Chacabuco”. Mientras iban avanzando las horas, en el sector donde yo estuve hubo palazos, detenciones, tiradas de pelo. Alguno trajo canicas para tirar a los caballos. Pero los caballos no se caían, nos caíamos nosotros.

—Falta de entrenamiento…

—Además yo venía con una mochila cargada con piedras que me fui juntando, porque la gente ya había empezado a romper vidrios. Y donde junté más piedras fue frente al municipio, que está en obra. También llevaba un kilo de limones, para los gases. Y rompí la boca de agua, para que la gente pudiera beber. Había ido para pelea como cuando peleábamos con Onganía subidos al techo de la Facultad de Filosofía, tirando piedras. Pero el día 20 me di cuenta de que tenía cincuenta y nueve años, porque como una boluda iba adelante y me caía. Entonces me cagaban a palazos y uno de los pibes del barrio tenía que ir a buscarme para llevarme de nuevo para atrás. Hasta que me dijo “Che, Martha, quedate acá porque por buscarte a vos, nos van a cagar a todos nosotros”. Ahí es cuando dije “chau”.

—¿Quedó lastimada?

—Sí. Yo tengo pie plano, y estas caídas me jodieron. Días después terminé en Longchamps con un japonés para que me agarrara a golpes, porque tenía los huesos para todos los wines. Lástima que no tuve tiempo de hacerme una hondera, con una horqueta de árbol o con alambre grueso, dos pedazos de goma y un pedazo de tela. Porque ahí tirás desde quince metros y la piedra llega. Se usa en todos los movimientos populares. Hasta en la Intifada. Volvemos a la época de los cazadores.

—Pero no a la de los cazadores de utopías.

—¿Qué utopías? A lo mejor hay que volver a la literatura gauchesca y aprender a usar las boleadoras…

—Usted nota un deterioro aun entre los infractores de la ley, que antes mantenían un cierto “código”.

—La degradación empezó con la crisis económica y a la crisis se le agregaron otras cosas, no solamente el alcohol, sino la pasta base, el denominado crack, que te vuelve loco. Ayer en Pinzón y Martín Rodríguez andaba un pibe de quince años. Se le acercó un viejo y le dijo “Tomá, comete un sandwich”. Después el pibe entró a robarle un televisor. Entonces el viejo lo vio y lo mató a martillazos. Quince años tenía… La Boca tiene un montón de asentamientos en fábricas cerradas donde antes muchas mujeres tenían laburo y ahora el único que tienen es el de prostitución, en las casas vacías luego de la dictadura. Es que en La Boca iban a desalojar a un montón de gente porque la autopista iba a pasar por la calle Suárez. Pero ¿qué pasó? No se hizo. Entonces quedaron casas solas y empezaron a tomarlas. Hasta hace poco todavía había gente que laburaba. Los hombres en el puerto. Y las mujeres en las fábricas de alimentos, como Bagley y Terrabusi, en algunos textiles de Avellaneda o en el servicio doméstico. Eso se fue terminando. Entonces empezaron las migraciones de gente desesperada que venía de la provincia ya sintiendo el olor de 1986, donde las economías del interior quedaron sumergidas. Sobre todo en el litoral. Se cerraban las fábricas y los desocupados se venían para acá. La Boca era un barrio barato, en el sentido de que no tenías que pagar garantía. Pero en realidad, barato no era, porque una pieza salía doscientos pesos con baño compartido. Por entonces la violencia era por el fútbol. La Boca estaba libanizada.

—¿La ley la imponían los barrabravas?

—Sí. Una barra pertenecía a “el Abuelo” y la otra a “Paquinco”. Si vos saludabas al barrabrava de tu zona te movías tranquilamente, porque la pelea era entre ellos. Al principio la gente arreglaba las casas y pagaba el alquiler. Después se avivaron de que era una estafa y dejaron de pagar. Algunos juicios por desalojo se frenaron y otros no. A partir de 1987 empezó la debacle, con la hiperinflación. Y entonces esa gente que antes cuidaba las pocas cosas que tenía se empezó a pelear por todo. Aumentó el crimen, la violencia doméstica… Pero también hubo otros que lucharon. En la villa, los pibes morían de sida o aparecían muertos baleados por la cana. Entonces la gente se organizó para que no se le vendiera droga a menores de veinte años. En la zona quedan montos que no hacen nada, pero se acuerdan de los años setenta. Hace más o menos un año había un tipo muy pintón que iba por la Plaza Soria. Agarró una nenita. Vino un ex “monto” y le pegó un tiro en las pelotas. Y el otro no preguntó por qué le había pegado un tiro en las pelotas ni hizo la denuncia. Pero así ellos manejan las cosas. ¿Entendés? Viste cómo son los montos: “No andes por ahí haciendo eso porque te partimos al medio”. Pero en La Boca hay más bien una tradición anarquista. No te olvides de que acá se hizo la primera huelga de inquilinos, en 1907. Entonces tiene el problema habitacional siempre metido en la cabeza. Hay agrupaciones que se llaman “Pro Techo”, “Copitos”, que están con este tema de la vivienda, pero no solucionan un carajo. La Boca está a diez minutos del centro, entonces en algún momento van a barrer con todo. Cuando se armó el complejo turístico de Caminito hubo tantos desalojos que ni te cuento. Los fines de semana es coto de los turistas.

—Pero el barrio no está prendido en ese negocio.

—No, porque los señores diputados del barrio se compraron todos los edificios antes, cuando eran fondas de comida por tres pesos. Ahora un café cuesta cinco pesos porque el tipo que viene de afuera ¿qué carajo va a ir a ver a la Recoleta? ¿Lo que ve en Europa? Quiere ir a La Boca, a ver a los pobres, los conventillos, los perros sueltos por la calle. A los turistas también se los roba aunque se mantenga la calle cortada. Porque los chicos aprenden de chiquititos que no hay salida. Eso antes ya se veía un poco en las villas, pero al compás de la crisis económica, todo empeoró en todas partes. Existe una sociedad donde lo único que hay es el valor de uso. Encuentro un auto, agarro y lo robo. Lo uso media hora, lo dejo y me voy a la mierda. Antes había un valor de cambio, entonces al auto lo vendías. Lo hacías reducir. Ahora no. Los pibes saben que agarran un auto y que lo tienen hasta que los bajen a tiros. Porque ¿dónde van a vender eso? Si los gitanos ya no compran nada, están llenos de autopartes. Antes los desarmaban, y en lo de los gitanos sacaban a lo mejor trescientos pesos. Ahora no hay plata ni para los cinco chicos que juntan cartón. No hay circulante. Porque peso que circula se lo agarran para la deuda externa, para los bancos. Y también está el fenómeno de los bonos, que se los van a meter en el orto. Pero ojo, hay muchos jóvenes en las asambleas. ¿Quiénes estuvieron peleando el 19 y el 20 de diciembre? Ningún pelotudo de cuarenta años. Y no todos de clase media. Había muchos pibes medio lumpen. Que son a los que joden porque están de a pie, sin laburo, porque usan la gorrita para atrás, o están a la salida de la villa, por mera portación de cara. En diciembre había pibes de todas partes, desocupados de los barrios, esos que están pelotudeando en las esquinas. Chorros también, pero menos. Hubo pibes que robaron y otros que vinieron a pelear. ¿Lo de los saqueos? Nos dijeron que los chinos compraban la mercadería a los piratas del asfalto. Entonces la gente fue y saqueó a todos los chinos menos a uno que estaba esperando ahí en posición de kung fu para matar a todo el mundo. Porque en La Boca, como los chinos no les dan guita a la policía, la policía hizo zona liberada. Los arrasaron a todos. Cuando los muchachos del Partido Justicialista dijeron “bueno, bueno ¡basta! ¡para atrás!”, la gente les dijo “¡¿qué?!”. Y les pasaron por encima.

—Usted es testigo de varias décadas de violencia popular…

—Sí, pero ahora la cosa sería así: “Hola Martha, ¿cómo te va querida?”. “¿Tenés algún muerto para mí? ¿Algún crimen pasional?”. “No. Todavía no hay nada”. “¿Cómo?, ¿en este país nadie se mata por amor? ¿Todo es por vino?”. Me acuerdo del caso de un albañil en Mar del Plata, que era oligofrénico. Se empezó a cartear con una mina de Jujuy. Carta va, carta viene. La mina le oculta que es paralítica y va a Mar del Plata un poco asustada. Pero él no se enoja. Al contrario. Está contento, porque de esta forma la va a tener ahí sólo para él. Para siempre. Esa, piensa, no se le va a ir. Literalmente ¿no? Pero ahí empiezan a tallar las vecinas del barrio. Le dicen a la mina que tiene que hacer rehabilitación. Que en Jujuy por ahí no había nada pero que en Mar del Plata sí. Ella empieza a hacer rehabilitación y al final logra caminar. Entonces él la mata. Pero hoy el crimen es por la situación política y social. El criminal es la sociedad. La mami se prostituye por un kilo de falda y el tipo se entera. Entonces agarra el cuchillo y lo usa. Pero también las mujeres están matando mucho.

—¿Las envenenadoras?

—¡Ma qué envenenadoras! Las envenenadoras son de clase media. Las mujeres matan con el hacha o con el revólver. Muchas de ellas son mujeres golpeadas. Me acuerdo del sátiro de la dentadura torcida: violaba las minas y las mordía. Tenía las prótesis mal hechas, les dejaba la marca. Y enseguida se lo reconocía. Ahora los asesinos seriales son los políticos. Como “el Turco” Julián, que vive en Palermo. Por eso yo siempre digo que no jugaría nunca al truco con esta sociedad.

—¿Cambió el signo de la miseria?

—En los cuerpos yo veo un cansancio infinito. Porque la miseria te va afeando el cuerpo. Porque si vos no te das por lo menos una ducha una vez por semana, entrás en un círculo del que no te levantás. Acá los chicos, cuando leen, deletrean. Más piojos, violencia doméstica, hambre: las maestras están repodridas. Y ni te digo de la locura que hay con los evangelistas pentecostales. Porque en la Iglesia católica el culto es un poco más sensato. Digamos: voy, me confieso, te perdono, rezá. En el psicoanálisis: decime que querés violar a todo el mundo, no te voy a echar a la mierda; no, te paso por la infancia y chau, te alivio. Con los evangelistas, no: yo tengo que decir cuáles son mis pensamientos en público, lo grito, me dicen de todo, me reputean. Porque la Iglesia ha perdido terreno. Tampoco consiguen ni cura, ni monja, nada. ¿Sabés lo que es una confesión pública? No es un grupo de autoayuda. Todos van a ver quién es más santo y más hijo de puta. Entonces crece mucho la violencia. En La Boca los pobres se maman con un vino de tres pesos con cincuenta los cinco litros. Entonces duermen todo el día. Pero también el hambre da sueño. Es cierto que está el comedor escolar. Pero si hoy hace mucho calor los chicos no van; si llueve, tampoco, si hace mucho frío, menos. La escuela es de todo menos un lugar para aprender. Porque la maestra está matando piojos o consiguiendo un antibiótico. Es decir, no es aquella maestra de cuando vos estudiabas, que te daba un cazote, o un reglazo pero no tenía que darte de comer. Y en tu casa había una mesita para hacer los deberes. Acá no hay nada. Están las escaleras de los conventillos. Claro que por lo menos está la pileta del patio, pero en la Isla Maciel hay una canilla cada veinte casas.

—¿Hace mucho que no va a la Isla Maciel?

—Mucho. No quiero ni pensar como estará la Isla Maciel. En el ochenta había mujeres que iban a buscar la grasa de los frigoríficos para hacer chicharrón. Como única comida de los chicos. O buscaban ratas en los basurales. Las limpiaban con vinagre y se las comían. Y también iban a los restaurantes de La Boca –te estoy hablando de los de la villa– a buscar la comida de la basura para lavarla y cocinarla. Porque la Isla Maciel fue territorio del puerto, y el puerto fue desmembrado. Acordate que la Isla había sido zona del ERP. Entonces las minas quedaron muy organizadas. Por ejemplo hicieron zanjas, brigadas para cagar a palos a los violadores y echarlos de la Isla. Había una que se llamaba “Mingocha”, no sabía leer ni escribir, pero aprendió. Fue candidata a concejal en 1983 y sacó bastantes votos, ¡como tres! Y organizaba a las mujeres para jugar fútbol. Me acuerdo que fuimos con unas compañeras del PST a jugar con las pibas de la villa y nos ganaron tres a uno. Pero sobre todo nos cagaron a patadas. Ni te cuento. Éramos unas pelotudas de treinta a treinta y cinco años y las pibas de quince nos daban unas patadas en el orto que nos mataban. Pero en realidad nos felicitaron porque no nos habían goleado. Y estas son las cosas que armaba Mingocha. Le dieron un departamento ahí en las torres. Ella lo pagaba. Después su hijo tuvo un problema con las drogas y se volvieron al Chaco. El marido era paraguayo. Era buena mina Mingocha, una tipa dura, seria, una pesada, parecida a Irene Papas. En la Isla el partido tenía un local. En esa época yo llevaba al payaso Mamarracho y hacía títeres. Me respetan muchísimo, todavía hoy lo que yo digo es palabra santa ahí. Para todo “preguntale a Martha”. Y aparte, por el hecho de que yo me llevo mal con la cana. La historia mía con la Comisaría 24 empezó porque estaba contra la barra brava de Paquinco, que es un hijo de puta. Y a este Paquinco un día justo se le da por pegarle una piña a una amiga artesana. Entonces lo escraché. Lo saqué en el diario y acompañé a mi amiga a hacer la denuncia a la fiscalía, porque si no en la 24 se muere. También participé investigando muchos casos de gatillo fácil y luchando contra los desalojos. Porque el Abuelo también estaba en el negocio del desarme de los conventillos. Entonces, en los desalojos, en vez de intervenir la Justicia, intervenían los matones de este hijo de puta para sacar a la gente y después desarmaban todo para vender la madera. O sea que en vez de desalojarte la cana te desalojaba la barra brava. Yo llegué a vivir ahí cuando trabajaba en La Voz. En la Isla la cana entra y te patea todos los ranchos, cosa que no pasa en La Boca.

—Cuando trabajaba en Crónica se había armado un especie de sistema de cronistas populares.

—Ah, sí. Siempre tuve una especie de vida periodística anónima por los barrios. La gente me sigue llamando. “Martha, Martha, acá hubo un crimen”. “¿Y cómo fue?” “Pa, pa, pa”. “Bueno, averiguame rápidamente quién era el quía y me volvés a llamar. Después yo me voy hasta allá y nos vamos a comer una pizza”. Y lo hago. Hubo un caso que me impresionó y fue el de una nena, Liliana Martí, que vendía estampitas por los trenes y a quien la madre y el cliente ocasional de la madre descuartizaron delante de los hermanitos. Luego la desparraman por ahí y la policía no encontró nada. Entonces me empezaron a llamar chicos de la calle que me decían que ellos sabían quién era la nena. Yo decidí irme hasta San Antonio de Padua para verlos. Y los pibes hablaron como no lo harían ante la policía. Viví veinte días en esa zona. Y era todo muy terrible porque la casa tomada donde vivía la madre de la nena era una casa de desaparecidos. La parca por todas partes. Pensar que la vieja la mató porque no había traído cinco pesos. Me acuerdo que en la panza tenía la patita de pollo que se había comprado en la estación.

—Ahí la información clave fue la de los chicos de la calle.

—Digamos que facilitó la reconstrucción, porque me dieron una serie de detalles y ante la cana se callaron. Yo no soy peronista, pero tengo una familia de peronistas, de patoteros: “¿Che, vos, me entendés lo que te digo o te tengo que fajar?”. Tenía un hermano monto, que se murió hace poco. Yo utilizo ese estilo. Veo a uno medio pesado y le digo: “Vos que sos medio justiciero y yo que soy de Sagitario, cualquier cosa que pase me llamás a mí”. Y el tipo entra. A los fotógrafos de las comisarías, que por cinco centavos venden a la madre, les digo: “Vos, loco, sacale un rollito para la cana, y sacá otro desde distinto ángulo para mí, que te lo compra el diario”. Al principio tenía que explicarles la cosa legal: “Si no son las fotos del sumario, a vos nadie te hace nada”. Ellos siempre están de acuerdo con la policía, pero uno siempre llega al lugar con ellos, y ellos, por cobrar la guita hacen cualquier cosa.

—Usando la jerga policial, usted sabe “hacer hablar”…

—Y… me acuerdo de Sergio Durán, un pibe a quien mataron en una comisaría de Morón. Hicieron la autopsia ante el comisario, el juez y el médico forense. Por supuesto que el tipo estaba recontratorturado, pero en el informe pusieron que murió por un paro cardiorrespiratorio normal no traumático. Y yo conseguí que uno de los policías de la comisaría se quebrara. Es un tipo raro, que hace poemas en lunfardo. Él se había enterado de todo lo que había pasado en la autopsia, que estaba fraguada. Y no lo aguantó. Entonces convencí a los viejos para que pusieran un abogado, porque si no nadie se iba a acordar de nada. Y lo hicieron. Todo lo que el cana me había contado se comprobó en el juicio. Por eso una vez un comisario me dijo: “Vos nunca te comprés un chalet en Morón porque sos boleta”.

—¿Hay buenos informantes zonales o la mayoría aporta datos inútiles o meramente pintorescos?

—A veces venían a Crónica mujeres que habían estado en el campo de concentración y decían que les estaban quemando el departamento con la calefacción. Y ahí te dabas cuenta de que estaban medio “tocame un vals”. Pero me acuerdo de que había una mina de San Fernando, una pequeña burguesa, lectora de policiales populares. Se juntaba con las fuerzas vivas de San Fernando. Se enteraba de cada quilombo, también de crímenes, entonces ella, para mandarse la parte, me llamaba “pasó esto, pasó lo otro”. Entonces yo ponía en las notas “según la Agatha Christie de la zona ribereña”, y la tipa, chocha. Con ella teníamos cubierta la Zona Norte.

—¿Está participando en las asambleas?

—Voy a la de la Plaza Dorrego, donde hay de todo. Muchos se quejan porque también van los comerciantes de San Telmo. Entonces la gente por ejemplo dice: “Tenemos que hacer la jornada del día 16 acá en la plaza”. Entonces por ahí salta un comerciante y protesta: “No, porque ahí están los bares, las mesas y las sillas”. “Y qué, si la plaza es pública”, le contestan. Entonces ahora la gente tiene la plaza. También proponen “tiradas de las torres”.

—¿Tiradas de las torres?

—Sí porque en las torres de Puerto Madero sólo se puede construir hasta el piso 17, pero están construyendo algunas de cincuenta pisos. Y debido a esto se están muriendo unos patos que se llaman macarenas. San Telmo es bastante democrática… Claro que siempre hay infiltrados. En un momento la gente quería ir a hacer un escrache a Coto. Entonces salieron unos y dijeron: “No, a Coto no. Si tiene precios más bajos”. Y los otros contestaron: “Che, ¿ustedes qué son?, ¿accionistas de Coto?”. El problema es que no hay que hacer más huertas orgánicas. Hay que hacer la reforma agraria. ¿Acaso con un terrenito de cinco metros por ocho va a comer todo el barrio de San Telmo? El otro día veía en el noticiero una tipa tirada ahí en Diagonal Norte y Florida, haciendo gimnasia. Le habían dejado la guita en el corralito y ella decía que tenía una hipertrofia muscular, y como ya no podía hacer la gimnasia reparadora para su enfermedad, iba a venir a hacerla ahí. Otra tipa gritaba: “Me tengo que hacer la dentadura y tienen mis mil quinientos pesos ahí”. Y mostraba la boca desdentada.

—¿Va como militante a las asambleas? ¿Qué le queda del Movimiento al Socialismo?

—El balance histórico que hizo el Partido Comunista con la dictadura fue una mierda. Muchos que vienen del PC, pero enojados, se quedaron con la cosa organizativa. Entonces no dejan que nadie les diga lo que tienen que hacer. Por ejemplo, hay muchos periodistas desocupados que van a las asambleas y dicen: “Hagamos un boletín”. Y la gente tiene la necesidad del boletín, pero, carajo, que lo escriban ellos. Si se equivocan, que se equivoquen. Si no somos siempre los mismos hijos de puta que estamos aparateando. Me gusta la asamblea de Avellaneda porque tiene un componente más proletario. En la de Avellaneda todo el mundo habla, aunque nos tengamos que quedar hasta las cinco de la mañana. Tenés cinco minutos, si no los respetás, te bajan. En la de Parque Centenario está el PC. Entonces empiezan con “cerró la lista de oradores” y después te dan una palmada o te hacen una moción de orden bien stalinista. A la asamblea de Caminito la maneja el Partido Obrero y yo voy a hacer la contraasamblea en el playón, que es un espacio que ganaron los pibes del barrio para practicar con la murga. En los setenta nosotros éramos los que llevábamos la verdad, ya acabada, cómo iban a ser las formas de tomar el poder y todo lo demás. Y no prestábamos atención a eso de que no hay que sustituir a las masas. Está en la historia. Marx dice que la fuerza de las armas es increíble, pero que la fuerza de la conciencia cuando las masas deciden, lo puede todo. El 19 de diciembre el régimen entró en la etapa final. Y no lo decidió ni el Partido Obrero, ni el Movimiento al Socialismo, lo decidió la gente.

—¿Podría hacer un poco de futurismo?

—El gobierno sale a reprimir dando merca a los grupos de lúmpenes. Ya empezaron, en Moreno el día que asumió Duhalde y se trajeron a la patota. Esa es la vieja arma del peronismo de derecha, usar a la patota. Vos viste a D’Elía el otro día –otro hijo de puta para mí– diciendo “si no hacen lo que decimos vamos a quemar la Argentina”. En Brukman la patronal quiere quebrar la fábrica. Las minas dijeron “no”. Pero ¿cuánto van a aguantar? En Colonia Hinojo, por ahí por Olavarría, tomaron una fábrica de queso. Pero después, ¿a quién le vendés el queso? La Serenísima nos reventó a todos. Entonces no pudieron seguir adelante con la producción. En Crónica el gerente le dijo a la comisión interna: “Héctor García no quiere saber nada más con el diario, si quieren las llaves aquí las tienen”. No las agarraron, y yo me quería matar.

***

María Moreno nació en Buenos Aires. Es periodista, narradora y crítica cultural. Fue secretaria de redacción del diario Tiempo Argentino  y creadora del suplemento “La Mujer”. En 1984 fundó una revista Alfonsina, primera publicación feminista del periodo democrático. Ha escrito la novela El affair Skeffington (Bajo la Luna, 1992) y los libros de no ficción El petiso orejudo  (Planeta, 1994), A tontas y a locas (Sudamericana, 2001),  El fin del sexo y otras mentiras (Sudamericana, 2002), Vida de vivos (Sudamericana, 2005) y  Banco a la sombra (Sudamericana, 2007). En 2005 creó el programa  Portarretratos para el canal Ciudad Abierta. En 1999 recibió el Premio Nexo (ong dedicada a la temática gay) por su labor antidiscriminatoria, y en 2007 el premio TEA “Al maestro con cariño”. En 2002 obtuvo la beca Gugghengeim para investigar sobre política y sexualidad en las militancias de los años setenta,  y en 2010 un premio a su trayectoria de la Agenda de las Mujeres. Es directora de la colección “Nuestra América” de la editorial Eterna Cadencia. Es editora fundadora de El Teje, el primer periódico travesti latinoamericano, y coordinadora de un taller de crónica periodística en el Módulo 2 del Complejo Penitenciario n°1 de Ezeiza. Escribe en el suplemento “Radar” de Página/12.

Posts relacionados: