Japón: el blog anónimo que contiene todas las emociones que siguieron al desastre

May 10th, 20112:17 pm @

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Días después de que las olas destruyeran vastas secciones de la costa de Tohoku, los pacientes seguían llenando los corredores de hospitales que carecían de agua y calefacción, y los médicos los examinaban sabiendo que los remedios esenciales se habían ido con las olas. Mientras esperaban nuevas provisiones, miraban, impotentes, cómo los más ancianos sobrevivientes del tsunami sucumbían a la hipotermia.

Cuando los rescatistas llegaron, encontraron escenas de devastación propia de una zona de guerra, en uno de los países más ricos del mundo, a menos de doscientas millas de la opulencia de neón de su capital, Tokio.

Una de ellos, una enfermera que formaba parte de un equipo de emergencia despachado desde Tokio, ha escrito sobre sus experiencias en un blog que ofrece uno de los relatos más detallados sobre los efectos del tsunami sobre las decenas de miles que sobrevivieron. Gracias a un traductor anónimo, cada palabra de su diario online está disponible en inglés.

El blog ha recibido escasa atención en los principales medios japoneses, pero ha generado miles de comentarios online, muchos de ellos mensajes de gratitud de evacuados y rescatistas, y otros que simplemente han extraído fuerza de sus palabras. La enfermera ha rechazado ofertas de hacer un libro y pedidos de entrevistas y se ha aferrado a su anonimato, y lo mismo ha hecho el blogger que trasladó su diario al inglés de un tirón.

Tipiado laboriosamente en un celular al final de jornadas agotadoras en los que la enfermera recorría zonas de evacuación y hospitales, el blog relata ocho días que comienzan en forma trepidante y terminan con una reticente vuelta a Tokio. En el medio, hay momentos de desesperación y optimismo, incluso humor. Y olas de lágrimas.

Se abre con la preparación para la inminente tarea en Rikuzentakata, una ciudad de la prefectura Iwate, donde murieron 2.000 de sus 23.000 residentes y el 80% de sus 8.000 hogares fue destruido. Antes de marchar hacia allí, se dice a los rescatistas qué pueden encontrar y se les indica que contengan sus emociones. El jefe del equipo les advierte:

“La situación va más allá de lo peor que puedan imaginar. Si alguno de ustedes vino con optimismo o mero voluntarismo, por favor, abandone el equipo ya mismo”.

“Sin importar lo que ocurra, NO LLOREN. No estamos aquí para expresar nuestra simpatía. Estamos para proveer cuidados y atención médica. Si creen que USTEDES quieren llorar, piensen cuánto quiere llorar la gente que está allí. Las lágrimas de un equipo médico rico de Tokio sólo será una carga o incluso un insulto para ellos”.

La enfermera describe el momento en que llega a la nevada Rikuzentakata, la nariz irritada por un “olor agudo, quemado”, con el único sonido de los helicópteros militares y de los medios sobrevolando una ciudad que, más allá de unos pocos edificios destripados, ya no existe.

Su travesía a pie hacia un sitio de evacuación es punteada por pausas para unir las manos en plegaria cada vez que las tropas extraen otro cuerpo de los escombros. Pasa la primera de muchas noches durmiendo en el suelo, “empacados como sardinas, sin importar el género”, en una choza prefabricada situada junto a una morgue improvisada.

Al final de la primera noche, agotada pero incapaz de dormir, comienza su crónica, interrumpiéndose ocasionalmente en un fútil intento de buscar alivio al repasar viejas fotos y mensajes de amigos: “Había contenido mis lágrimas todo el día, así que me envolvía en una toalla y lloraba hasta que llegaba la mañana”.

En sus caminatas a través de barrios en ruinas, encontraba vecinos en shock y ansiosos por compartir sus experiencias con alguien que venía de afuera:

“Nos dicen que un negro tsunuma de unos 15 metros de alto fue y vino y se tragó todo. Hubo mucha gente que fue barrida mientras se preparaba para huir o incluso mientras huía, después de recibir el aviso de evacuación.

“Tenemos ceremonias religiosas varias veces al año para homenajear al océano, y siempre nos hemos sentido agradecidos… por el océano, y aún así… nuestro guía estaba derramando lágrimas mientras caminábamos.

“Yo misma estaba al borde del llanto, pero me prometí no llorar sin importar qué, así que desvié la vista y miré al cielo nublado.

“Mientras soplaba el viento, una fotografía sepia y una postal de Año Nuevo con la imagen del bebé de alguien llegó volando a mis pies. Y a cada paso hay una bandera roja flameando en el viento. Un montón de banderas –demasiadas para siquiera empezar a contarlas. Estas banderas rojas marcan los lugares en que se han encontrado cuerpos.

“Una anciana está parada frente a una de estas banderas. Podría ser de la edad de mi abuela. ‘Querida enfermera de Tokio, había una casa aquí, que mi marido trabajó tan duramente para construir después de la guerra. Nunca estuvo enfermo ni una sola vez, pero ahora está muerto’.

“Era imposible no llorar”.

La velocidad extraordinaria con que decenas de miles de tropas limpiaron los escombros de los caminos en Rikuzentakata y decenas de comunidades fue un señal de recuperación, simbólica, en última instancia cósmética. Bajo las ruinas, la tragedia humana continuaba:

“Han arreglado las calles y mucha maquinaria pesada ha llegado finalmente a Rikuzentakata. Y a medida que se remueven los escombros, muchos cadáveres emergen.

“Bajo los escombros, escuchó el ringtone de un celular que finalmente recuperó la señal, una vez que el sistema volvió a funcionar, un día antes. Fue muy difícil… doloroso, cuando apareció el cuerpo de una embarazada”.

Sus momentos de duda –musita sobre la futilidad de aplicar vendas a gente que sufre traumas emocionales profundos–  son compensados por pequeños triunfos: la aparición del sol después de días de nieve, la llegada de provisiones médicas y la comida “gourmet” de bolas de arroz, pan y Yakult. El imprevisto retorno de la luz a un refugio es recibido con aplausos espontáneos: “Cuando el esfuerzo de todo el mundo toma forma visible, como esta, me siento alentada a trabajar más duro que nunca”.

La enfermera presencia directamente las secuencias más dolorosas de la narración japonesa posterior al tsunami: el gran número de víctimas entre los ancianos y el desplazamiento de decenas de miles de niños. Los números difundidos por la policía la semana pasada indican que más de dos tercios de las más de 11.000 víctimas identificadas hasta ahora tenían 60 años o más –y que el 90 por ciento de ellos se había ahogado. La edad avanzada de muchos de aquellos que murieron ha llegado a ser una característica definitoria del tsunami. Japón tiene una de las sociedades más “grises” del mundo; en la región de Tohoku, la gente mayor de 64 compone casi un tercio de la población.

También forman una gran proporción de los habitantes de los refugios. En la primera semana después del tsunami, los medios japoneses reportaron que las tropas llegaron al hospital de Futaba, a 10 kilómetros de la planta nuclear de Fukushima, y encontraron 128 pacientes ancianos, muchos de ellos en coma, que aparentemente habían sido abandonados a su suerte. Catorce murieron luego, incluyendo a dos que no aguantaron la travesía en autobús hasta un centro de evacuación.

Nadie sabe con seguridad todavía cuántos niños han perdido a ambos padres, aunque la cifra oficial es de más de cien. Incluye a una niña de cuatro años que vive ahora con su abuela y a dos hermanos que fueron adoptados por su profesor de danza. En uno de sus posts más emotivos, la enfermera escribe sobre su amistad con una “adorable” niña de seis años llamada Luna; el cuerpo de su madre fue extraído de los escombros, aferrado a las muñecas y los libros favoritos de su hija.

En otro pasaje,cuenta cómo habla con un chico que estudia minuciosamente una historieta manchada de barro sobre Doraemon, un gato azul con poderes mágicos:

“Hablé con un chico que tenía fiebre y falta de apetito. Me mostró un libro de Doraemon cubierto de barro. Le preguntó cuál era su herramienta favorita de Doraemon. ‘Antes me gustaba la ozashiki tsuribori (alfombra de pescar), pero ahora mi favorita es la taimu furoshiki (tela del tiempo). Quiero envolver a toda la ciudad con la taimu furoshiki y hacerla volver a lo que era antes del terremoto”.

Para cuando la enfermera regrese a Tohoku, en el verano, el foco de la atención médica habrá pasado de la fase aguda a la crónica, ya que la gente corre el riesgo de perecer por enfermedades asociadas con su vida como evacuados: coágulos de sangre, úlceras inducidas por el estrés, neumonía, presión alta y depresión.

Los niños necesitarán terapia para sobrellevar el trauma de haber visto desaparecer sus casas, y en algunos casos, parientes y amigos. En abril, muchos comenzaron un nuevo año académico en escuelas con demasiados pupitres vacíos.

Los trabajadores de la salud se preparan para un aumento dramático en el número de personas con problemas mentales, especialmente entre aquellos que enfrentan meses de vivir en refugios atestados. Cuidados de larga duración exigirán esfuerzos casi heroicos, como aquellos que ganaron al doctor Takeshi Kanno, de 31 años, en Minamisanriku, que salvó incontables vidas el día del tsunami, un lugar en la revista TIME como unas de las cien personas más influyentes.

“Mucha gente que hasta ahora ha sido capaz de ignorar la realidad y lo que realmente ocurrió, a medida que se reacomoda, comprende que su casa ya no está, o que sus hijos están muertos, y es forzada a confrontar estos hechos”, indicó Toru Hosada, un médico voluntario de Yamada, una ciudad portuaria de la prefectura Iwate. “Muchos de ellos tienen mucha incertidumbre respecto de qué pueden hacer”.

Mientras tanto, el blog de la enfermera anónima parece haber traído alivio a muchos lectores.

“En nombre de la gente de Iwate y de toda la región de Tohoku, quiero expresar mi aprecio por su trabajo. Gracias”, dice uno.

Otro, que tiene familia en Rikuzentakata, escribe: “Hay mucha gente cuyas casas han sido barridas, sus parientes tragados por el mar o salvados. Saber que usted está allí me hace sentir mejor por no estar allí yo mismo. Puede enojarle oír esto, pero, por favor, derrame lágrimas por todos aquellos que han muerto. Muchas gracias. Es peligroso por allí, así que por favor tenga mucho cuidado”.

Mientras se prepara a regresar a Tokio el 23 de marzo, la enfermera ya no sufre las privaciones menores de la vida en el terreno. Se “baña” con toallas húmedas para bebé, deja de preocuparse por su “pelo pegajoso” y limpia su “cara sucia, sin maquillaje” con pañuelos de papel mojados con té oolong.

En cuanto a la ciudad a la que entró con tales presagios apenas una semana antes:

“Rikuzentakata se ha vuelto mi segundo hogar y deseo la restauración de mi patria con todo mi corazón…

“Los verdaderos tiempos difíciles están todavía por delante. A medida que las noticias sobre el desastre comiencen a desaparecer de la TV y otros medios, todo el mundo comenzará a olvidar y los problemas que enfrentan las áreas afectadas aumentarán. Mucha gente enferma, más tristeza. Por supuesto es algo bueno que el resto de nosotros hagamos un esfuerzo por estar alegres y fuertes y volver a nuestras vidas cotidianas del mejor modo posible, pero no debemos olvidar el 11 de marzo”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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Aquí, un programa de Radio NHK, en español, sobre una visita a niños que viven en un refugio al norte de Fukushima. Se puede escuchar hasta el 15 de mayo. Es interesante comparar el relato algo más dramático del enviado español con la austera y poética visión de la enviada japonesa, Arisa Terada.

 

 

 

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