Lecciones fúnebres: del Che a Ben Laden, por Jon Lee Anderson

May 3rd, 20116:08 pm @

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Hay algunas analogías exactas entre la historia de la vida y la muerte de Osama Ben Laden y la de otro fuera-de-la-ley político, quien, hace tiempo , “declaró la guerra” a los Estados Unidos. Ernesto “Che” Guevara, el revolucionario argentino-cubano y cercano hombre de confianza de Fidel Castro, no fue terrorista pero sí un ideólogo comunista que abrazó el cambio político violento y desafió a los Estados Unidos intentando iniciar guerras de guerrillas en todo el mundo –para crear “uno, dos, tres, muchos Vietnams” a los que atraer a las fuerzas armadas norteamericanas, socavar su fortaleza y, en última instancia, dar luz a un nuevo orden mundial socialista. El paradero de Guevara había sido un tópico de misterio internacional e intrigada especulación desde que desapareció de vista en Cuba en 1965; se rumoreaba que podría estar liderando las fuerzas guerrilleras en ciernes en Bolivia o en alguna otra parte, pero nada era seguro. Cuando los Estados Unidos, eventualmente, lo rastrearon y ayudaron a matarlo en Bolivia, hubo otra buena porción de secreto acerca de las circunstancias de su muerte y el modo de disponer de su cuerpo.

Cuando, en la mañana del 9 de octubre de 1967, el Che fue ejecutado por los rangers del ejército boliviano en una operación supervisada por la CIA, su cuerpo baleado fue transportado por un helicóptero hasta el pueblo cercano de Vallegrande. Esa tarde, después de que unas monjas hubieran lavado su cadáver, el difunto Che fue sometido a exhibición pública en el lavadero del hospital local. El cadáver fue visto por cientos de curiosos locales y por un puñado de periodistas, que lo fotografiaron y filmaron. Para entonces, el alto comando militar de Bolivia había emitido un comunicado en el que informaba que el Che había muerto de heridas sufridas en combate. Guevara había, de hecho, muerto por heridas de bala –pero no en combate. Después de ser herido y tomado prisionero, vivo, había sido retenido una noche en una escuela de piso de tierra de un pequeño poblado rural. Fue interrogado por un agente de la CIA y oficiales bolivianos, y luego ejecutado con un disparo a corta distancia por un sargento boliviano, que se ofreció como voluntario para el trabajo. El agente de la CIA a cargo ordenó al verdugo del Che que le disparara debajo del cuello para que pareciera que había muerto en combate, y así se hizo. En la noche del 10 de octubre, el hospital de Vallegrande fue acordonado mientras dos expertos forenses de la Policía Argentina, que había llegado en secreto ese día, tomaban las huellas digitales del Che para compararlas con sus propios registros. Las manos del Che fueron amputadas, puestas en jarros con formaldehído y dejadas en poder del jefe de inteligencia de Bolivia. Luego, a altas horas de la madrugada, sin mirones civiles, el cuerpo del Che fue llevado a una pista aérea de tierra en el borde de la ciudad, donde una excavadora hizo un gran foso, y arrojado adentro, junto con los cuerpos de varios camaradas muertos. A continuación, la fosa fue cubierta. Para cuando el hermano del Che, Roberto, llegó a la mañana siguiente, para identificarlo y reclamar sus restos, el cuerpo ya no estaba. Los militares crearon una confusión. Uno dijo que el cuerpo había sido trasladado por un helicóptero y arrojado en la selva lejana; otro dijo que había sido cremado y las cenizas se hallaban dispersas. En ese punto, se bajó un manto de secreto y se hizo claro que aquellos que sabían dónde habían terminado los restos del Che no iban a hablar. El objetivo, según explicaron luego algunos de esos oficiales, era que no querían que existiera una sepultura adonde la legión de admiradores del Che pudiera peregrinar a venerarlo. Más que ninguna otra cosa, querían que la potencia del mensaje del Che muriera con él.

Costó veintiocho años que la verdad viera la luz. En 1995, durante mi investigación de la  biografía del Che, un general retirado del ejército boliviano rompió el silencio y me contó sobre el entierro secreto en la pista. El cuerpo del Che fue, eventualmente, encontrado, exhumado y repatriado a Cuba, donde fue vuelto a enterrar con todos los honores de Estado en 1997, lo que provocó gran acritud entre los exiliados cubanos, que lo vieron como un golpe de propaganda del régimen de Castro –como era. Cada año, decenas de miles de cubanos y turistas extranjeros visitan el mausoleo del Che en Cuba, así como otros visitan la escuela boliviana donde fue ejecutado, que se ha convertido en un museo-templo. Mientras tanto, a pesar de la prueba de ADN hecha pública y el testimonio de expertos forenses que examinaron los restos del Che, hay quienes persisten, en vano, en negar que se tratara realmente el cuerpo del Che –como si eso pudiera de algún modo disminuir el poder de su legado, que aún es, pese a todas las tontas remeras y postérs, de una potencia única.

Con su “entierro marino” de Osama Ben Laden, los Estados Unidos han buscado presuntamente prevenir una saga de “dónde esta enterrado” igualmente larga y persistente. En cuanto a la posibilidad de que el sitio donde fue muerto se convierta en templo, ello no está en sus manos, por supuesto, sino en las de los militares paquistaníes. Puede resultarles incómodo que su enclave exclusivo en Abbottabad —poblado, como se dijo, por importantes oficiales paquistaníes y sus familias—se convierte en un sitio de peregrinaje para los seguidores extremistas de Ben Laden. Presumiblemente, Paquistán destruirá la casa en que vivió, pero ¿qué harán con el terreno en que se encuentra? Como los bolivianos, pueden siempre recurrir el secreto militar y edificar un muro, pero tendrá que ser tanto físico como figurado. Esto, también, será incómodo, porque el lote vacío y amurallado será un recordatorio permanente de que Osama Ben Laden vivió sus últimos días entre ellos. Pero quizás no. ¿Quién dice?

 

(Aquí, versión original, en inglés, de este artículo)

http://www.newyorker.com/online/blogs/newsdesk/2011/05/burial-lessons-from-che-to-bin-laden.html

 

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