Spaghetti, obra que obtuvo el 1º Premio de Dramaturgia del Instituto Nacional de Teatro, se estrenará el 7 de mayo de 2011 en el Teatro Del Pueblo a las 22.30.
Autores: Mariano Cossa y Gabriel Pasquini.
Dirección: Rubens W. Correa.
Elenco: Alejandra Balado (Cocinera), Héctor Bidonde (Leonardo), Mariano Gladic (Melzi) y Federico Barroso Lelouche (Rey Francisco I).
Escenografía y vestuario: Rene Diviu
Iluminación: Leandra Rodríguez
Música original: Mariano Cossa
Funciones: Sábados a las 22:30 y domingos a las 17:30
Localidades: $ 50.- Estudiantes y jubilados: $ 25.-
Teatro Del Pueblo – Av. Roque Sáenz Peña 943 – 4326-3606
***
(A continuación, el Acto I de Spaghetti. Para descargar todo el texto, clickear aquí (pdf) o aquí (doc) )
PERSONAJES
LEONARDO DA VINCI: A esta altura, se parece a su autorretrato de Turín, un anciano de largas barbas blancas y larga cabellera, con frente amplia y expresión cansada. Desde siempre utilizaba una túnica rosada hasta la rodilla. Tiene 66 años.
REY FRANCISCO I DE FRANCIA: En la época en que transcurre la obra contaba con 25 años de edad y había accedido al trono cuatro años antes. Seguramente aparenta 30 o 35.
FRANCESCO MELZI: Aprendiz y discípulo de Leonardo desde que tenía quince años; ahora tiene 28, aunque puede aparentar un poco menos. Proviene de una noble familia milanesa.
LA COCINERA: Puede ser hombre o mujer. Edad indefinible, aspecto andrógino. Voz con características femeninas pero algo forzada.
LA ACCION TRANSCURRE A LO LARGO DEL AÑO 1519 EN UN CASTILLO DE FRANCIA.
EL AMBITO ES UNA MEZCLA DE TALLER, LABORATORIO Y COCINA MEDIEVAL. ESTA DESORDENADA, SATURADA DE OBJETOS –ALGUNOS EXTRAÑOS Y OTROS RECONOCIBLES. EN MUEBLES Y RINCONES HAY LIENZOS, PINTURAS, CABALLETES, PINCELES, UN LAUD, INFINIDAD DE PAPELES MANUSCRITOS, MIENTRAS QUE EN EL FUEGO VARIAS OLLAS DESPIDEN VAPOR. CERCA DEL CENTRO, HAY UN MUEBLE-MESADA, DONDE LEONARDO COCINA, TRABAJA, ETC. ES IMPORTANTE QUE EN ALGUN LUGAR SE VEAN, PUESTOS SIN NINGUN CUIDADO, LA “SANTA ANA” Y “LA GIOCONDA” DE LEONARDO. A UN COSTADO SE DEBE VER AL “SAN JUAN BAUTISTA”, ACOSTADO DE MANERA QUE SU DEDO APUNTE, EN LUGAR DE AL CIELO, AL MUEBLE-MESADA.
A UN COSTADO, LA COCINERA TRABAJA SOBRE UNA SEGUNDA MESADA. MANIPULA OBJETOS Y ANIMALES DE DIMENSIONES RIDICULAS.

ACTO I
COCINERA: Si bien podría pensarse que el desayuno debe ser la comida más importante del día, es aconsejable no saturar al organismo a horas tan tempranas con alimentos muy pesados; incluso es deseable no ingerir sólidos hasta más entrada la mañana. La jornada traerá otros platos, dulces o amargos, salados, picantes, nutritivos, jugosos…(PONE CARA DE HAMBRE. LUEGO, CON RESIGNACIÓN) Mientras tanto, se puede distraer el hambre con la lectura de algún poema, un paseo corto por los jardines, presenciando los divertimentos de algún músico o volatinero -si es que hubiera alguno despierto a hora tan impropia de ellos. O –lo más saludable para el alma- con la debida oración (SE PERSIGNA), asistida –si es posible- por un cardenal o, en su defecto, obispo (AGITA LA OLLA HUMEANTE EN QUE COCINA, COMO SI FUERA UN PEBETERO DE INCIENSO). Una vez que el cuerpo reclama la ingestión, con sus habituales sonoridades, se recomienda no ceder brutalmente a tal demanda, evitando las patas de cerdo rellenas, terneras y capones, las ostras y las trufas. Mente y cuerpo, a estas horas, pueden funcionar correctamente con una dieta consistente en: las ancas de seis ranas (no muy grandes), la pezuña hervida de una oveja, una fuente de aceitunas y no más de un plato de polenta fría con huevos y sardinas. Si esta dieta resultara estricta en demasía, puede agregarse como complemento el muslo de un colimbo hervido; para la correcta preparación del colimbo debe tenerse en cuenta que –aunque es esta un ave pequeña- su carne puede resultar un poco dura, por lo que el ejemplar debe permanecer colgado durante seis semanas antes de ser cocinado; se hierve entonces en agua de ajo con una pequeña cantidad de pimienta durante una hora y media, se retira del agua y se lo deja reposar otro tanto en agua de rosas. Una vez que empieza a tornarse verde, (DE ABAJO DE LA MESADA SACA UNAS ALAS QUE SE CUELGA, CON CORREAS, DE LOS HOMBROS), el pájaro puede servirse.
ESCENA I -
SE ILUMINA LA COCINA EN SU TOTALIDAD DONDE LEONARDO HABLA AL AIRE, MIRANDO O REVOLVIENDO OCASIONALMENTE EL CONTENIDO DE ALGUNA OLLA. MELZI ANOTA EN UN FOLIO.
LEONARDO: “El pájaro es un organismo que obra según leyes matemáticas; el hombre por lo tanto, puede construir un mecanismo igual, dotado de los mismos movimientos, aunque de menor potencia y capacidad de equilibrio. Diremos pues, que a tal instrumento fabricado por el hombre, sólo le faltaría el alma del pájaro, la cual debería ser remedada por el alma del hombre. El movimiento del pájaro artificial debiera verificarse siempre arriba de las nubes para evitar que las alas se humedezcan y para prevenir el peligro de las corrientes de aire giratorias. El hombre, en su aparato volador, tendrá libertad de movimiento de la cintura para arriba para poder balancearse como en un bote, de manera que el centro de gravedad de su cuerpo y del aparato puedan oscilar y cambiar de lugar cuando lo exija la alteración de su centro de resistencia. (PAUSA, MAS SOLEMNE, COMO EN UNA ENSOÑACIÓN) El gran pájaro emprenderá su primer vuelo desde el lomo de un gigantesco cisne, llenando de asombro al mundo, divulgándose en mil escritos su fama y dando gloria eterna al nido en que nació.” (PAUSA MAS LARGA, QUEDA ENSIMISMADO)
MELZI: (DESPUÉS DE UN RATO, CAUTO) Maestro… (NO HAY RESPUESTA) ¡Maestro Leonardo…!
LEONARDO: (IRACUNDO) ¿¡Por qué suponer que si he dejado de hablar, también ha cesado el discurrir de mi pensamiento, Melzi!?
MELZI: ¡Perdón, maestro! Creí que habíamos terminado…
LEONARDO: A ninguna persona educada se le ocurriría interrumpir a alguien que habla, pero ninguno muestra el menor pudor para dirigirse a alguien que está a todas luces meditando, siendo mucho más fácil recuperar el hilo de un discurso que la intrincada corriente del pensamiento creador.
MELZI: Le ruego me disculpe, es que… todo esto me es muy confuso y difícil de seguir.
LEONARDO: (INDIGNADO) ¡Confuso! ¡Al joven Melzi, al hermoso e infiel aprendiz le resultan “confusas” las ideas de un viejo decrépito!
MELZI: No es así, maestro. Es más bien que… no le veo la utilidad. Esa ave suya ni siquiera se puede cocinar.
LEONARDO: ¿Y por qué se supone que haya de tener alguna utilidad?
MELZI: Maestro, desde que llegamos a Cloux he estado tratando de que usted organice su trabajo; de que todos esos cuadernos y papeles que hemos arrastrado de Florencia a Milán y luego a Francia, a lomo de mula, no se deterioren más. Pero cuando logro hacer un mínimo orden, después de días de trabajo, leyendo manuscritos al revés con un espejo… usted revuelve todo de nuevo y hace nuevas anotaciones en los márgenes de los viejos… no voy a terminar nunca.
LEONARDO: Ya habrá tiempo, Melzi. No te olvides que por ahora estamos bien acomodados y tenemos resuelta la subsistencia.
MELZI: Con una renta de mil trescientos ducados, está algo más que resuelta. Aunque si no terminamos pronto el retrato que el rey Francisco nos ha pedido, temo que nuestra subsistencia se vea en peligro; no olvide que nos avisó de su visita esta mañana.
LEONARDO: Esta mañana, y mañana, y pasado y ayer… ese hombre no me deja trabajar en paz; todo por una…, por esa insulsa de mademoiselle… ¿qué?
MELZI: …Babou… Por eso creo que deberíamos aprovechar el poco tiempo que nos queda libre para concluir el tratado de pintura.
LEONARDO: El tratado de pintura ya está hecho, nada más hay que transcribirlo de mis apuntes.
MELZI: Como si fuera cosa fácil…, a veces no lo entiendo: usted dice que el conocimiento… la nueva ciencia, debe estar basada en la experimentación y el registro de los datos para facilitar su divulgación…, pero sus escritos son la cosa más críptica y difícil de desentrañar, como si quisiera conservarlas ocultas para el resto del mundo. ¡Esa costumbre de escribir al revés…!
LEONARDO: (MOLESTO) ¡Escribo al revés porque soy zurdo! ¿Tan difícil de entender es? Si escribo con la mano izquierda hacia la derecha, voy ocultando lo que escribo con el puño, y no puedo seguir el hilo de lo que escribo. ¿No es claro? ¡Por eso escribo de derecha a izquierda! ¡No hace falta ser ilustrado para darse cuenta! Es pensamiento común y práctico, Melzi, algo de lo que a veces parecés carecer.
MELZI: ¿Y qué tiene que ver con el pensamiento práctico este escrito sobre hombres-pájaro y máquinas que vuelan? Ya hemos hecho infinidad de estudios sobre el vuelo de los pájaros. Usted mismo ha demostrado por qué la constitución anatómica, el peso, la disposición y forma de los huesos y los tejidos, desde un punto de vista arquitectónico, hacen imposible el vuelo para el hombre.
LEONARDO: Para el hombre, sí… no para el hombre con un artilugio mecánico que se lo permita.
MELZI: Lo cual es más absurdo aún, porque al peso del hombre hay que sumar el peso del artilugio, que de por sí no vuela; entonces ¿cómo dos cosas que no vuelan…?
LEONARDO: En eso estamos trabajando, Melzi.
MELZI: ¡Exacto! ¡En “eso” estamos trabajando! ¡En eso estamos perdiendo el tiempo! ¡Mientras media Italia espera sus tratados de pintura y arquitectura! Si Dios hubiera querido que voláramos, habríamos nacido con alas.
LEONARDO: Claro, y si hubiera querido que pintáramos transpiraríamos solvente, pero no es así. Es una idea de Dios algo anticuada.
MELZI: No blasfeme, maestro. Dios no puede ser anticuado, es uno solo, eterno y omnipotente, es todo.
LEONARDO: Y si es todo, también debe ser anticuado… Creo más bien que Dios hizo las cosas en un principio y después –como todo creador genuino- se aburrió de nosotros y nos dejó inconclusos. Debe haber pensado: “estos seres, tan miserables, tan chiquitos, tan previsibles… me quitan demasiado tiempo para las cosas importantes; les voy a dar algo para que se arreglen solos… una mente con la que puedan ellos terminar de crear su propio mundo”. (VIENDO QUE MELZI SE ESCANDALIZA Y APROVECHANDO LA SITUACIÓN) Después seguramente se dijo: “los dejaré a su libre albedrío y les mandaré una o dos catástrofes cada tanto para que se acuerden de mí; con el tiempo aprenderán a crear sus propias catástrofes”. (SE RIE)
MELZI: ¿No le teme, maestro, al fuego eterno?
LEONARDO: Claro que le temo al fuego… y mucho; sobre todo porque (SEÑALANDO LA COCINA) si ese zapallo permanece en el fuego más tiempo del indicado, cuando nuestros nobles comensales lo partan, se producirá una erupción de zapallo incandescente que desfigurará a toda la dinastía…(MELZI NO PUEDE EVITAR UNA RISITA) …lo que no estaría nada mal, por otro lado.
MELZI: (RIENDO) Y no sería la primera vez…
LEONARDO: (BROMEANDO, JOVIAL) ¡No le permito, jovencito, que haga burla de mi cocina! ¿Que un par de cortesanos hayan muerto de indigestión en la mesa de mi señor Ludovico Sforza? ¡Bien merecido se lo tenían! ¡Bárbaros! Hubieran probado la comida de los Borgia, a ver qué decían. ¿Que mi maravillosa cosechadora mecánica haya decapitado a seis pastores en su primera prueba? ¡Su culpa! Hubiera muerto uno sólo, pero toda la familia se agachó a levantarlo… y claro…
MELZI: Pero gracias a eso la cosechadora mecánica fue muy útil en la batalla por el sitio de Milán…
LEONARDO: (MENOS ALEGRE) Y si…, una función accesoria no prevista.
MELZI: ¿Y cuando le presentó la famosa “insalatta” al arzobispo de Roma, que en vez de servirse y pasarla se la comió toda y después se limpió la boca con las hojas de lechuga? (RIE MAS)
LEONARDO: (MENOS AUN) Bueno…, la costumbre de la iglesia de no compartir…
MELZI: Sin mencionar que Beatriz d’Este murió a la mañana siguiente del banquete preparado en honor de la esposa de su primo…
LEONARDO: (DURO) ¡Bueno, basta! (PAUSA) Además, no fue mi culpa; si los banquetes de los Sforza se hubieran hecho en base a mis recomendaciones, entonces no se hubiera muerto nadie. Pero, ¿cómo esperaba sobrevivir después de engullir un costillar completo y una pierna entera de cerdo…. y embarazada? (MAS PARA SI) ¡Bárbaros! Comedores de cadáveres. (MIRA Y REVUELVE DENTRO DE UNA OLLA)
MELZI: No quise decir que fuera su culpa, maestro. Yo nunca…
LEONARDO: ¡Ah, ah, ah! ¡Tomá nota, Melzi! (CONSULTA ALGUN RELOJ) ¡Once horas y veinticinco minutos, a fuego máximo de leña de sicómoro, (MELZI ANOTA) en agua con sal en proporción de doce a uno…, son suficientes para desintegrar por completo a un pollo mediano sin plumas! Mañana repetiremos el experimento en las mismas condiciones pero… con plumas. O con un ternero completo, si conseguimos una olla del tamaño adecuado.
MELZI: (ABATIDO) Pero, maestro… eso no le interesa a nadie.
LEONARDO: Todo conocimiento es interesante, muchachote, nunca se sabe en qué rincón del saber se encontrará la respuesta a algo que todavía nadie se ha preguntado.
MELZI: Entonces creo que usted ha encontrado la respuesta a cuál es el conocimiento menos útil de todos.
LEONARDO: ¿Menos útil? Veamos: ¿qué es lo esencial para hacer un caldo de pollo?
MELZI: Verduras…, apio, cebolla… no sé…
LEONARDO: Si…, no…, más esencial.
MELZI: …agua, sal, especias…, una olla!
LEONARDO: ¡Pero no, idiota! ¡Si vas a hacer caldo de pollo…!
MELZI: Está bien, pollo…, ya sé…, pollo; muerto y sin plumas.
LEONARDO: ¡Exacto! Ahora bien, si quisieras llevar alimento para un regimiento al campo de batalla, sería muy deseable poder cocinar un buen caldo de pollo que, por otra parte, levantaría la moral de las tropas, en vez de la carne seca, dura y salada habitual. ¿No te parece?
MELZI: Es algo que no me deja dormir.
LEONARDO: Ahora bien, como tan sagazmente intuiste, para eso se necesitaría acarrear pollos al campo de batalla; si los lleváramos muertos se pudrirían enseguida y si los lleváramos vivos, habría que acarrear, además, alimento y agua para los pollos, ¡mucho peso extra para un ejército!
MELZI: Buen argumento para acabar con las guerras…
LEONARDO: Las guerras nunca se van a acabar, pero –ya que no lo has advertido- esta pasta espesa y oleaginosa que ha quedado en el fondo de la olla, no es otra cosa que la esencia misma del pollo; sus líquidos y jugos vitales se han consumido –“consumé”, como dirían nuestros anfitriones franceses-, por lo que todo su sabor y sus elementos nutritivos permanecen ahí. Se puede empacar esta pasta en un odre de cuero y transportarla por semanas o meses a grandes distancias sin que se descomponga, gracias a que está salada. Una vez allí, con sólo agregar agua a la pasta… voilà… ¡caldo de pollo!
MELZI: (SE DA CUENTA DE QUE EL EXPERIMENTO DE LEONARDO ESTA MUY BIEN PENSADO)¿Y será ese el plato que les servirá esta noche a los invitados al bautismo del Delfín?
LEONARDO: No si queremos conservar el mecenazgo de Francisco; ya he sufrido las consecuencias de tratar de incorporar algo de arte en la mesa de los nobles: ¡dos años y medio en la campiña retratando a las amantes de Ludovico…! ¡Qué horror! Nunca podré borrar de mi mente el rostro estúpido de Cecilia Gallerani, repitiéndome una y otra vez (LA IMITA) “-¡El maestro Botticelli hubiera terminado mi retrato, pero mi belleza lo enloqueció!”- ¡Por favor! Botticelli enloqueció el día en que se enteró de que la cúpula de la Capilla la iba a pintar Miguel Ángel…
MELZI: ¿Es la dama con el armiño?
LEONARDO: ¡Armiño! Esa rata espantosa no era un armiño ni por casualidad; era un hurón pintado de blanco que Beatriz, la mujer de Ludovico, le había regalado para ponerla en ridículo delante de toda la corte de los Sforza.
MELZI: (CON CARA DE CIRCUNSTANCIAS) No cabe duda que Beatriz D’Este era una dama de gran imaginación.
LEONARDO: Bah! No tenía otra cosa que hacer (CAVILA, SIN PRESTAR
ATENCION A MELZI). Cuando Francisco se presente, le diré que no pienso terminar el cuadro de su querida; yo no soy un vil retratista. Todas esas distracciones me quitan tiempo para lo realmente importante.
MELZI: Maestro, si me permite… (CON MUCHO CUIDADO) Yo podría ofrecerme para terminar por mi propia mano el retrato de mademoiselle Babou.
LEONARDO: (MITAD SORPRENDIDO, MITAD ESCANDALIZADO) ¿Qué?
MELZI: No veo por qué no, maestro Leonardo, ya otras veces ha sucedido. (SÚBITAMENTE SUMISO). Lo he ayudado en muchas de sus obras…(LEONARDO FRUNCE EL CEÑO COMO PARA DECIR ALGO) Incluso en esta misma; cuando la artritis le paraliza el brazo izquierdo (LEONARDO, QUE HA QUEDADO A SU ESPALDA, LE HACE UN CORTE DE MANGA CON EL BRAZO IZQUIERDO Y LUEGO HACE EL GESTO DE TOCARLE EL CULO PERO NO ALCANZA A HACERLO, PORQUE EL OTRO SE MUEVE DE LUGAR, SIN PERCATARSE DE NADA), he sido yo –bajo su mirada directriz, claro está – quien ha deslizado el pincel por el lienzo… Casi se podría decir que todo el boceto lo tracé yo mismo.
LEONARDO: (CON SARCASMO) ¿Ah sí? Tal vez no necesites más de tu viejo maestro. (DELEITANDOSE ANTE LA CARA DE MIEDO DE MELZI). Tal vez debería dejarte ir, no importunarte más… Serías libre de retratar a todas las amantes de Europa
MELZI: (DISMINUIDO, PERO CON RESENTIMIENTO) No, maestro, por favor, qué haría yo sin usted.
LEONARDO: Qué harías sin los trescientos ducados que te tocan, querrás decir (SIN MIRARLO, CAVILANDO PARA SI). Pero tal vez no sea mala idea. La tal Babou tiene una nariz que parece el monte Etna visto desde el lado norte. Y siempre parece estar pensando “¿qué es eso que me impide ver el piso?” (PONE BIZCOS LOS OJOS PARA IMITARLA). Quien lo pinte enfrentará una tremenda disyuntiva: para evitar que se desmaye de horror al verse en el cuadro, tendrá que arreglarle la nariz y los ojos… Pero, entonces, todas las cortes de Europa dirán que Leonardo… no, que Francesco Melzi es una excelente persona… y un pésimo pintor.
MELZI: (MIENTE) Claro, claro. Sólo quiero salvar su reputación, maestro. Que no se comprometa nuestra… su posición en esta corte.
LEONARDO: Mmm… (SIGUE MEDITANDO SIN PRESTAR ATENCION A MELZI) Hay que vestirla de oscuro; sobresalen menos los horrendos detalles.
ESCENA II –
EN ESE MOMENTO, POR UNA PUERTA LATERAL, MUY POCO SEÑORIAL, HACE SU ENTRADA FRANCISCO (30), EL REY DE FRANCIA. LA COCINERA SE DESHACE RÁPIDAMENTE DE SUS ALAS Y HACE MUTIS.
FRANCISCO: ¡Ah, maese Lyenard, no podría estar más contento de hallarlo aquí! (SALUDANDO) Joven Melzi.
LEONARDO: ¡Excelencia! Es un gran honor el tenerlo en mi taller… nuevamente. Estábamos estudiando con Melzi las proporciones que ha de tener el retrato de mademoiselle…
FRANCISCO: Ah, sí, sí…, estoy ansioso por verlo terminado, pero estoy más interesado en este momento por el menú de esta noche…
LEONARDO: ¿No fue del agrado de la corte la primera comida?
FRANCISCO: Por el contrario, todos han quedado satisfechos… Con excepción, tal vez, de los invitados lombardos, a quienes tanta profusión de vegetales puso de mal humor.
LEONARDO: Justamente, he imaginado para esta noche un plato con carnes que combina los sabores de sus ingredientes de manera sublime y, además, expresa con elocuencia y síntesis, las ideas más avanzadas de nuestro tiempo.
FRANCISCO: (ENTUSIASTA) Sólo un genio como el de Leonardo podría haber logrado algo semejante. ¿De qué se trata?
LEONARDO: Aquí está. (DESTAPA UNA FUENTE. M. Y F. SE QUEDAN MIRANDO EXTRAÑADOS) ¡Dos lonjas de carne con una rebanada de pan en medio!
FRANCISCO: (INCÓMODO) No estoy seguro de entender… (MELZI, APARTE, MENEA LA CABEZA)
LEONARDO: Es simple, Excelencia; la carne representa lo animal, la parte salvaje de la humanidad, el motor de los impulsos más primarios. El pan, por otra parte, es fruto del trabajo, la investigación, la experimentación del hombre en su afán por crear una sociedad más civilizada, de mejorar su existencia, sus condiciones de vida. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. ¿No es esta hogaza resultado y síntesis de la agotadora jornada de nuestra especie desde que el mundo es mundo?. (LOS OTROS LO MIRAN CONFUNDIDOS. LEONARDO PROSIGUE, DIDACTICO) La carne es el instinto, el pan el pensamiento. La carne nos incita, despierta nuestro apetito: nos invita a hincar el diente, a poseer…, pero en ese momento nos llega, como una revelación, el recuerdo laborioso del pan, moderando, dando verdadero valor a la naturalidad de la carne. El espíritu creador del hombre, el hombre absoluto, en la intimidad misma de sus carnes: una muestra estupenda de una cultura en la que el ser humano vuelve a ser el modelador del universo.
FRANCISCO: (PERPLEJO, UN POCO APABULLADO) No sé, no sé…, no me termina de convencer…
MELZI: (TIMORATO, EN VOZ MAS BAJA) ¿Y si fueran dos rebanadas de pan con una lonja de carne en el medio…?
LEONARDO: (FASTIDIADO) ¡Pero no, Melzi! Cambia todo el sentido.
MELZI: Pero así no nos mancharíamos los dedos…
LEONARDO: (ENOJADO) ¡Y a mí que me importan los dedos! Yo estoy tratando de expresar una idea. Carne y pan en el medio significan algo…, Pan y carne en el medio… la mente oprimiendo el instinto…No me gusta, no tiene proporción… (CON AUTORIDAD) ¿No lo cree, Excelencia?
FRANCISCO: (ASINTIENDO, BUSCANDO LA APROBACIÓN DE LEONARDO) Además, mucho pan provoca gases.
LEONARDO: (VENCIDO) ¿Ves, Melzi? Su majestad lo ha expresado de manera mucho más concisa y clara que yo mismo: …“mucho pan provoca gases”. Se puede oler la verdad de esa frase.
MELZI: (CON CARA CULPABLE) ¿Abro una ventana, maestro?
LEONARDO: (QUE TRATA APENAS DE OCULTAR SU FASTIDIO) ¡Todas, Melzi, todas! Apenas si se puede respirar aquí. Me siento sofocado…(TROPIEZA CON UN OBJETO EN EL PISO). ¡Cómo pretenden que piense, que componga creaciones inmortales en estas condiciones! Acorralado por objetos inútiles, cuando podría servirme de mis artilugios, que resolverían por sí mismos el trabajo de un batallón de sirvientes….Si sólo tuviera tiempo y medios para construir el taller adecuado…
FRANCISCO: ¿No está cómodo aquí, maestro Leonardo? ¿No le alcanza un castillo entero, como el que le he brindado, para que dispusiera de él como se le antojara?
LEONARDO: (DÁNDOSE CUENTA DE QUE HA IDO DEMASIADO LEJOS) No, no es eso…
FRANCISCO: ¿Quizás Ludovico lo trataba mejor? ¿Extraña la vida lujosa y disipada de Milán?
LEONARDO: No, no, es sólo que… no me siento yo mismo, tal vez…
FRANCISCO: (LIGERO) ¡Maestro! Lo veo en la plenitud de sus facultades. Lo he traído a mi corte para que nos asombre con su ingenio, sus invenciones, su cocina, sus ocurrencias. ¿No insinuará, acaso, que me he equivocado? El Rey no puede equivocarse; el Rey no se equivoca jamás. Sin duda, se subestima usted. Acérquese, por favor; voy a probárselo. (LEONARDO DA UN PASO HACIA EL. EL REY LO INSPECCIONA) A ver, diga algo inteligente.
LEONARDO: (SORPRENDIDO) ¿Algo…?
FRANCISCO: (DISPLICENTE) … inteligente, maestro. Vamos:
LEONARDO: ….
FRANCISCO: Esperamos, maestro.
LEONARDO: (RECITA, DUBITATIVO) Dice la Ética: el hombre es digno de alabanza y vituperio sólo en aquellas cosas que en su poder está hacer y no hacer.
FRANCISCO: Ah, Aristóteles. Otra.
LEONARDO: ¿Otra? ¿Otra qué?
FRANCISCO: Otra. Otra de esas cosas que usted dice.
LEONARDO: (MIRANDO A MELZI CON COMPLICIDAD) El ordenar es señoril, el obrar es servil.
FRANCISCO: Bien dicho y bien pensado, por Dios. Otra más.
LEONARDO: (ALGO DISMINUIDO) Beata es aquella posesión que es vista por el ojo de su dueño.
FRANCISCO: Así es, maestro, sin duda alguna. Ahora, probemos con un acertijo.
LEONARDO: (DESCOLOCADO) ¿Un…?
FRANCISCO: Un acertijo, Lyenard, por favor; un acertijo para entretenerme. ¿Es mucho pedir?
LEONARDO: (LOS REPITE MECANICAMENTE, CADA VEZ MÁS RÁPIDO) El agua que tocas es la última de aquella que fue y la primera de aquella que viene
FRANCISCO El presente. Pruebe con otro.
LEONARDO: Cuanto más se necesita, más se rechaza.
FRANCISCO: El consejo…. que nunca me dan a tiempo. Más, vamos.
LEONARDO: Cuanto más se teme y se rehuye, más se acerca.
FRANCISCO: La miseria… ¡Más, más…!
LEONARDO: El mar se elevará hacia el cielo y caerá sobre las cabezas de los hombres.
FRANCISCO: La lluvia.
LEONARDO SE VA ENCORVANDO UN POCO. EL BRAZO IZQUIERDO SE LE VA INMOVILIZANDO VISIBLEMENTE.
LEONARDO: La sabiduría es hija de la experiencia.
FRANCISCO: Muy sabio.
LEONARDO: Al que madruga, Dios lo ayuda.
FRANCISCO: Admirable.
LEONARDO: A caballo regalado no se le miran los dientes.
FRANCISCO: Bien…
LEONARDO: Luna llena, buen tiempo se espera.
FRANCISCO: Hmmm…
LEONARDO: (CANSADO Y RESENTIDO) Nueve, el culo te llueve. Ocho, el culo te abrocho. Siete,…
FRANCISCO: ¡Bravo, bravo! Brillante, como siempre (AL PASAR, LO GOLPEA EN EL HOMBRO. LEONARDO SE TAMBALEA) ¿Ha visto que el genio no precisa de ornamento o comodidad alguna para deslumbrar? No vuelva a dudar de mi criterio…. (LEONARDO LO MIRA VENCIDO) Pero había venido a consultarlo sobre otro asunto. Lo que realmente nos ha sorprendido en la comida de hoy han sido esos… esas…, ¿cómo llamarlos?
LEONARDO: (LEVEMENTE REANIMADO) ¿Los testículos de cordero?
FRANCISCO: No, no…, estaban deliciosos. Me refiero a esos… esas cuerdas flexibles, gelatinosas…
LEONARDO: ¡Las colas de cerdo hervidas!
FRANCISCO: Magníficas, magníficas, pero tampoco…. Hablo de esa cabellera blanco-amarillenta… Confieso que en un principio pensamos que se trataba de algún tipo de gusano, por lo que la primera impresión fue de rechazo…
LEONARDO: (CON UNA EXPRESION MISTERIOSA) Ah, los spaghi…
FRANCISCO: ¿Los qué?
LEONARDO: Una invención… mía. No tienen nombre aún; los llamo simplemente “spago mangiabile”, pero no sabría como traducirlo al francés… ¿Melzi?
MELZI: “Espigas”, quizá, “espigas que se comen”… (PIENSA CON DESESPERACION) ¡“Cordeles”! Cordeles comestibles.
FRANCISCO: Mmm… no; no suena nada bien. Tal vez sea mejor conservar el nombre en italiano. El caso es que, luego de examinarlos detenidamente –y más aún al percibir su exquisito aroma- nos percatamos de que se trataba un exótico manjar; nos dispusimos a comerlos y… ahí nos encontramos con el segundo problema: ¿cómo llevarlos a la boca? Alguien sugirió preguntar al maestro de festejos, pero yo supuse que debía tratarse de una especie de acertijo, como esos a los que tan acostumbrados nos tiene nuestro genio florentino. Así que probamos distintos métodos hasta que dimos con el adecuado.
LEONARDO: El trinchador de tres dientes.
FRANCISCO: ¡Ah…! (INCOMODO) ¿Para eso era?
LEONARDO: Claro, ¿para qué si no?
FRANCISCO: (FRIVOLO) Pensamos que era para rascarse la cabellera, aunque
Maximilien lo usó para separarse las garrapatas de la piel, tarea para la cual parece funcionar asombrosamente bien. Incluso le pareció un adminículo muy adecuado para las largas campañas.
MELZI: (BAJITO) …una función accesoria no prevista…
LEONARDO: ¡Gracias, Melzi! ¿Por qué no vas a ver cómo se ablandan los garbanzos?!
(MELZI SE ALEJA, ALGO OFUSCADO) Verá, majestad, el trinchador de tres dientes es otro de mis inventos, creado exclusivamente para comer los spaghi. Se ensartan unos cuantos de ellos entre los dedos del trinche, luego se gira y se tira de él hacia uno; así varias veces a medida que los spaghi van enrollándose en la cantidad que se desee.
FRANCISCO: ¡Sorprendente! Lamento no haberme dado cuenta, le hubiéramos ahorrado mucho trabajo a la servidumbre. Aquello terminó en una pequeña orgía, en fin… En cualquier caso, los invitados quedaron deslumbrados y no dejaron de felicitarme. ¡Ese plato sí que representa lo más avanzado de nuestro tiempo! Maestro, ¡quiero hacer del spago mangiabile el plato oficial de mi corte –en principio-; luego de toda Francia; por último de Europa! En cada comida de cada castillo, palacio, residencia, mansión y torre se cantarán mis alabanzas, se me rezarán gracias, se rendirá tributo a mi nombre. Comerán todos de mi mano; los hombres se harán en el futuro de la materia que yo les proveeré. ¡Que se quede Carlos Quinto con Nápoles! Sus queridas se llevarán a la boca un trozo de Francisco Primero. La iglesia tiene su hostia; yo tendré mis cordeles. ¡Amén! (DIRIGIENDOSE A LEONARDO) Necesito ya mismo la lista de ingredientes y el modo de preparación para poner a todas las cocinas de la corte a trabajar. (AL VER DUDAR A LEONARDO) Enseguida, Lyenard.
LEONARDO: (SORPRENDIDO, PARA SI MISMO) ¿Su Majestad quiere… una receta?
FRANCISCO: Por supuesto: el secreto de su invención más genial.
LEONARDO: (EN EL MISMO TONO) ¿No los planos para confeccionar una bomba centrífuga? ¿No el diseño de un cañón que se cargará por la culata? ¿No provoca curiosidad, acaso, al rey la invención de un tornillo sinfín para elevar el agua?
FRANCISCO: Brillantes, sin duda, pero lo que necesito ahora…
LEONARDO: (SIN ESCUCHARLO) ¿Tampoco la transmisión con correas? ¿Ni siquiera la draga para construir canales? Sin duda, tiene que conmoverlo mi idea de construir un vehículo para navegar bajo el agua, como los peces profundos…
FRANCISCO: Hasta las lágrimas. Pero ahora quiero los cordeles, Leonardo. Es un deseo real.
LEONARDO: (ALGO CONMOVIDO) ¿Ni siquiera le interesará una máquina para… volar?
FRANCISCO: Maestro…, yo le hablo del futuro y la gloria de mi nombre, de mi casa. ¡Del balance de poder en Europa! Y usted me habla de juguetes…
LEONARDO: ¡El balance de poder en Europa…, qué gran peso para que lo soporten mis tiernos spaghi,…! Pesado, en verdad… (CAMBIANDO DE TONO) Nada tengo en más que complacer a Su Alteza, pero me temo que, en este caso, será imposible.
FRANCISCO: (SORPRENDIDO) ¿Imposible?
LEONARDO: Imposible, sí.
FRANCISCO: Imposible… (DESCONCERTADO) No comprendo… ¿No he sido claro?
LEONARDO: Como relámpago en la noche. Como resplandor de un incendio.
MELZI: (PARA SÍ) Que nos va a quemar en cualquier momento.
FRANCISCO: ¿Es que padece de algo? ¿Acaso le falta algo?
LEONARDO: Todo y nada, como el día en que nací, Su Excelencia..
FRANCISCO: ¿Cómo es posible, entonces, que mi voluntad no se cumpla?
LEONARDO: Porque no está en la mía cumplirla, Alteza.
FRANCISCO: (TORVO) Comienzo a pensar que yo estaba equivocado y tenía usted razón… El aire de este sitio lo está desquiciando.
LEONARDO: Por el contrario. Su Majestad me ha devuelto el sentido.
FRANCISCO: Ah, entonces admite que lo había perdido… y diría que no lo ha reencontrado aún. ¿Qué sentido hay en esta rebelión? Ilumíneme, maestro, porque estamos a oscuras aquí (MELZI, TORPEMENTE, INTENTA ACERCAR UN FAROL, LEONARDO LO EMPUJA A UN COSTADO).
LEONARDO: Su Majestad, no soy yo quien se rebela, sino mi creación, que no me obedece. Y esa rebelión causa, inevitablemente, la mía… más allá de mi voluntad.
FRANCISCO: Comprendo las palabras, una a una, pero el sentido aún se me escapa. ¿Cómo ha ocurrido esta subversión del orden natural y divino? ¿Cómo es posible que la creación se alce contra el creador, el súbdito contra su soberano? ¿Qué sortilegio o sacrilegio ha sublevado a los spaghi? ¿Acaso el diablo anda suelto en su cocina?
LEONARDO: Es uno de los misterios de las artes gastronómicas, mi señor: no sé si es bendición o embrujo. Este plato especialísimo, que el paladar real ha detectado como único con tanto acierto, no entrega sus secretos fácilmente a cualquiera, como algunas mujeres. Sólo a Leonardo, su servidor, le ha sido dado el don de su cocción, pero bajo una estrecha regla: que no pretenda legarlo o pasarlo a otros, so pena de perderlo para siempre.
FRANCISCO: Mmmm…. (DESCONFIADO) ¿No hablan los celos del creador? Parece que no tolera usted que otro mortal ponga las manos en su masa… ¿No habrá caído en la arrogancia de los de su oficio? He oído unas historias sobre el tal Buonarotti…
MELZI PONE CARA Y HACE GESTOS DE QUIEN QUIERE PREVENIR UN DESASTRE.
LEONARDO: (CON ODIO CONTENIDO) No ensucie su boca con ese nombre de
perro. Miguel Ángel no sería capaz de hervir una papa…
FRANCISCO: (CON MALICIA) Pero sin duda me diría cómo hacerlo, sin tantos remilgos.
LEONARDO: Créame, Majestad: he intentado antes pasar este secreto, pero en manos de otro sólo ha engendrado contrahechos, monstruos de una fealdad que envilecía a sus poseedores.
FRANCISCO: (MUY SERIO) ¿Me estás diciendo, Leonardo, que te negarás a cumplir un pedido directo de tu rey?
SE HACE UN SILENCIO. MELZI TRATA DE TIRAR DE LAS ROPAS DE LEONARDO DESDE ATRÁS, CON MIEDO, PARA HACERLE UNA SEÑA, PERO ESTE SE MUEVE, MEDITANDO, Y NO ALCANZA A HACERLO. EL REY AGUARDA.
LEONARDO: Hay cosas en este mundo, Su Alteza, que no se doblegan ante los poderosos, por más fuerza que se les haga. Seres, objetos, cuya alma es necesario ganar y que no se abren sino ante el hombre inspirado. Como ciertas mujeres, que, aunque entreguen su cuerpo al rey por obligación, reservan su corazón para el paje, el aprendiz… o el bufón.
FRANCISCO LO CONTEMPLA EN SILENCIO, MUY SERIO. LUEGO, REPENTINAMENTE, SE RIE.
FRANCISCO: Ah, ya comprendo, ya comprendo. Otro acertijo del maestro (SE DA
VUELTA COMO PARA IRSE, FASTIDIADO). Lo resolveremos… de un modo u otro. Buenas tardes tengan, señores (HACE MUTIS)
LEONARDO SUSPIRA, CANSADO Y FILOSOFICO. COMIENZA A RETIRARSE, CON ALGUNA DIFICULTAD, COMO SI RECIÉN AHORA ASUMIERA SU VEJEZ.
MELZI: (INQUIETO) ¿Me deja, maestro?
LEONARDO: (MIENTRAS SE VA) Nunca, Melzi. Nunca. (HACE MUTIS)
ESCENA III:
MELZI HA QUEDADO SOLO. LA COCINERA ENTRA Y OCUPA SU LUGAR EN SU MESADA.
MELZI: (MOFÁNDOSE DE SÍ MISMO) “¿Me deja, maestro?” “¿Abro una ventana, maestro?” “¿Me arrojo por ella, maestro?”
LA COCINERA LO IMITA. SOSPECHANDO ALGO, MELZI SE DA VUELTA DE GOLPE, PERO LA COCINERA LUCE IMPASIBLE
MELZI: (A LA COCINERA, CON RENCOR) Él, él me ha hecho así, él me ha convertido en una broma. Todos estos años, todas estas ciudades, todos estos palacios, talleres, recámaras, en los que he sido su juguete, su hijo, su sirviente, su público, su puta…. Me ha usado como y cuanto quiso. He sido paño de sus humores, sus lágrimas, su esperma… Todo descargó en mí, todo me echó encima, menos lo único que había prometido. (IMITA LA VOZ DE LEONARDO) “Melzi, la puntita nada más”. (CAMINA POR EL TALLER) ¡Ah, si yo fuera Giotto, Masaccio, Brunelleschi…! ¡Si fuera Botticelli, o incluso Miguel Ángel! ¡Sí!, aunque me odiara. ¡Y ojalá me odiara…! (INTROSPECTIVO) Ojalá yo pudiera odiarlo. Pero ni siquiera me ha dejado emociones enteras. Soy otra de sus obras sin terminar, un borrador, un artilugio en ciernes. Melzi, la máquina inútil (SE SIENTA, HUNDIDO, DEPRIMIDO. TOMA UNA COPA DE VINO Y ARROJA UN POCO EN EL PISO). “Me gusta hacerlo despacio, Melzi”. Y ahora ya no hay tiempo. Pronto morirá: se irá y me dejará incompleto, como a todo lo demás. (PIENSA. LA COCINERA LO MIRA Y MELZI SE SIENTE ACUSADO) ¿Qué? ¿Es mi culpa, acaso? ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejarlo? ¿Debí vivir el día sin pensar en el mañana? ¿Saborear esta copa de vino hasta acabarla? ¿No es mejor añejarla para admiración de las generaciones futuras, de la posteridad? ¿Fue ese mi pecado: soñar con perdurar más allá de la muerte? (CAVILA) Pero no he pintado una obra que merezca sobrevivir, no he hecho nada que valga la pena. (SE DA CUENTA). Claro… El morirá y, por el resto de mis días, seré todavía su sirviente, el guardián de su legado… Cargaré con su memoria. Así me recordará el futuro: como el caballo de una estatua, el bastón, el perro fiel.. (MIRA A LA COCINERA COMO PARA COMPROBARLO) ¡Para qué me torturo! ¿Qué sé yo de las generaciones por venir? No son más que sombras: se agitarán cuando yo sea polvo del polvo. Fantasmas, meras hipótesis de mi mente (HACE UNA PAUSA. .LUEGO, CON TONO MÁS LÚGUBRE) No…, son hipótesis de su mente. Es él, el viejo, quien los ve, los imagina…, construye su futuro. Y también el mío.



Anónimo
1 año atrás
¡El texto está buenísimo!. Felicitaciones. Quiero hacerle una pregunta a sus autores, si puedo: Leonardo dice que escribía al revés porque era zurdo y, de esa manera, podía seguir la línea de su pensamiento. Yo soy también zurdo y, en mi época, me obligaban a escribir con la derecha porque si lo hacía con la izquierda enchastraba la página con la tinta (entonces se usaba lapicera fuente). ¿No era eso lo que en realidad le debe haber pasado a Leonardo?