Literatura rusa: de cómo Putin convirtió a un escritor popular de fantasías en un comprometido disidente

May 1st, 20114:41 pm @

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Una cosa se puede decir del novelista Vladimir Sorokin: tiene el aire de un sabio honesto ante Dios de la vieja escuela rusa. Su presencia se irradia en blancas, exuberantes olas blancas de su cara sin líneas, que parece sugerir que ha salido –mitad monje, mitad león—de los claros del bosque moteados por el Sol por los que alguna vez caminó Tolstoy.

Más allá de esto, los lectores occidentales tendrán que abandonar cualquier expectativa que les despierte el término “novela rusa”.

Sorokin, uno de los escritores más celebrados de Rusia, ha pasado décadas pinchando esas expectativas –típicamente, confrontando al lector con chocantes (pero, siento informar, inolvidables) escenas de violencia, canibalismo y escatología. Cuando se le pidió que respondiera por el santificado rol del novelista en la cultura rusa, respondió: “No sobrestimo la literatura como tal. Para mí, es sólo papel con signos tipográficos”.

No debería ser necesario señalar, dada esta respuesta, por qué ha sido difícil, a veces, presentar sus novelas a una audiencia anglosajona. Como muchos de sus pares durante los años posteriores al colapso soviético, Sorokin ignoró por mucho la edificación moral y utilizó su talento con el lenguaje para crear un mundo sin héroes. Este camino culminó en una salvaje fábula acerca de la Rusia de Vladimir. V. Putin: “El Día del Oprichnik”, que, súbitamente, y por primera vez, ubicó a Sorokin como combatiente en la política rusa.

Sus admiradores en los Estados Unidos esperan que una traducción inglesa de “El Día del Oprichnik”, realizada por Jamey Gambrell, abra las puertas a Sorokin, de 55 años, quien ya es popular en Alemania y Japón. Esta primavera, dos editores norteamericanos lanzaron traducciones de sus novelas el mismo día; y Sorokin aparecerá el sábado por la tarde en el PEN World Voices Festival (pen.org/festival) en Nueva York para discutir su trabajo con el novelista Keith Gessen. Este concertado despliegue –así como un más amplio esfuerzo para hacer que autores rusos contemporáneos estén disponibles para lectores en inglés— es una suerte de un experimento para todos los involucrados.

“Solía haber una historia muy simple sobre la literatura rusa: pensábamos que los buenos escritores eran los que se oponían al régimen”, explicó Edwin Frank, editor de NYRB Classics, que publicó la novela de Sorokin “El Hielo” en marzo. “Cuando perdimos esa historia de Rusia como competidor o enemigo, se volvió mucho menos claro por qué deberíamos estar interesados en ellos”.

En persona, Sorokin es tímido y pensativo; un ex tartamudo, tira palabras al aire tan cuidadosamente como un cajero contando el cambio. En 1980, cuando sus escritos comenzaron a circular como samizdat (NdT: publicación clandestina) en los círculos de vanguardia de Moscú, el misterio central era cómo un material tan violento podía nacer de un joven tan amable.

“Era como si un ícono pintado por Andrei Rublyov vomitara, de tanto en tanto, sobre sus fieles”, contó Pavel V. Pepperstein, artista, a la revista Afisha. Usando una infalible habilidad para la imitación del lenguaje, Sorokin atrae a sus lectores a un trance nostálgico, a veces imitando a sus amados escritores rusos. Entonces, quita el seguro de la granada.

“El Comienzo de la Estación”, un cuento publicado por primera vez en 1985, sigue a dos cazadores que acechan a su presa mientras mantienen una tranquila, campechana conversación, hasta que se produce un giro discordante: la carnada que están usando es una grabación de Vladimir S. Vysotsky, el cantante adorado por los intelectuales rusos, que atrae a un hombre que galopa por el bosque. Le disparan. Y luego, durante una tranquila, campechana conversación, lo destripan y comen su hígado.

Este patrón estaba ya bien establecido para cuando Sorokin publicó la novela “Grasa Azul”, que incluye una escena en la que un clon de Krushchev sodomiza a un clon de Stalin. Por esta escena, un grupo juvenil pro-Putin, Caminando Juntos, presentó una queja contra Sorokin argumentando que distribuía pornografía.

Un día de 2002, un amigo lo llamó para decirle que se había erigido un enorme inodoro fuera del Teatro Bolshoi y que el público era invitado a arrojar sus libros en él. “Tuve la sensación de que había terminado, de algún modo, adentro de una de mis historias”, contó Sorokin la semana pasada, en un departamento de Moscú tan vacío y blanco como un cuarto de hospital.

Pero su divertida reacción se tornó gradualmente en algo parecido al pánico. Un día, un trabajador tocó a su puerta y dijo que tenía la orden de colocar barras de prisión en sus ventanas; otra vez, abrió la puerta y encontró una pila de sus libros, cada una con la palabra “pornografía” estampada encima, dijo. Fiscales del Estado abrieron un caso en su contra por distribuir pornografía, que podría haberle costado una condena de hasta dos años (la acusación fue desestimada). Se le volvió más y más difícil escribir.

“Al final”, relató, “me metí en un automóvil con mi esposa y conduje hacia el Norte”, hasta Estonia, donde vivió en el bosque por un mes.

Aunque es imposible establecer causa y efecto, se lanzó a un ataque frontal contra el gobierno. Después de trabajar durante cinco años en el esotérico y épico relato de ciencia ficción “El Hielo”, escupió “El Día del Oprichnik” en un mes, dijo, como un torrente ininterrumpido de bilis. Describe a Moscú en 2028, separado de Europa por un Gran Muro y gobernado por un tardío Iván el Terrible, protegido por oprichniki, la policía secreta uniformada de negro que tiene por tarde eliminar a los enemigos de éste.

El libro sigue a un oprichnik un su cotidiano día de violación, incendio y muerte, como Solzhenitsyn seguía al prisionero Iván Denísovich en un día en el Gulag soviético.

En una entrevista, unos meses después de que el libro fuera publicado, Sorokin se refirió a un creciente sentimiento de obligación social. “Como narrador, fui influenciado por el underground de Moscú, donde era común ser apolítico”, indicó a la revista Der Spiegel. “Esta era una de nuestras anécdotas favoritas: mientras las tropas alemanas entraban en París, Picasso se sentaba y dibujaba una manzana. Esa era nuestra actitud –uno se debe sentar y dibujar su manzana, sin importar lo que ocurra a su alrededor. Me aferré a ese principio hasta que tuve 50 años. Ahora, el ciudadano que hay en mí cobró vida”.

El libro también llegó a Nueva York, donde Mark Krotov, un editor asistente en Farrar Straus & Giroux, había estado buscando un libro de Sorokin adecuado para la audiencia norteamericana. Pese a su premisa fantástica, apuntó Krotov, “El Día del Oprichnik” no es un mero truco literario, sino un destilado de lo que Rusia ha llegado a ser en la era de Putin.

Avanzado 2008, Farrar, Straus & Giroux anunció que publicaría el libro (En The New York Times Book Review, Stephen Kotkin escribió que “se aparece casi como arte de extendida performance, con sus rituales evocativos y su carácter bizarro”).

Mientras se preparaba para su viaje a Nueva York, Sorokin dijo que comprendía que los norteamericanos podrían verlo como algo familiar: el dedicado escritor-disidente. Esto parece algo extraño para un hombre que, hace veinte años, llamó a la literatura “estética pura, como las pinturas o la cerámica” y a la lectura “un curioso proceso que toca las terminaciones nerviosas y da una suerte de placer”. Pero ahora, declaró la semana pasada, está listo –tentativamente—para admitirlo: le gustaría que su trabajo cambiara las cosas.

“Quizás tengo un deseo de cambiar las cosas, pero ahora mismo no creo mucho en ello”, dijo. “Creo que hay cierto carácter irreversible. Lo que ocurre actualmente no es estancamiento; es destrucción, colapso. Es cierta forma de colapso de un Estado. Y, viste, ¿cómo podés influir sobre eso?”.

“Cumplo mi deber”, añadió. “Escribo sobre lo que ocurre”.

(Aquí, versión original de este artículo, en inglés)

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La literatura rusa del último cuarto del siglo XX es impensable sin Vladímir Sorokin (1955). Escritor innovador y polémico, sus primeras obras no podían publicarse en la URSS, por lo que vieron la luz en Francia y Alemania. Sólo años más tarde, en 1989, en plena perestroika de Mijaíl Gorbachov, comenzaron a aparecer sus obras en Rusia. Ahora acaba de aparecer en España su última novela, El día del oprichnik (Alfaguara).

La grasa azul (1999) provocó un auténtico escándalo. El movimiento juvenil pro-Putin Nashi destruyó sus libros frente al teatro Bolshói echándolos a un improvisado retrete e instigó un proceso en contra de Sorokin por divulgar pornografía.

Sorokin recibió a EL PAÍS en su casa de Vnúkovo, en las afueras de Moscú. Preguntado sobre el sentido de El día del oprichnik (los oprichniks eran los sanguinarios guardias personales de Iván el Terrible), comenta: “Creo que has escrito un zagovór, un conjuro’, me dijo un amigo. El zagovór es un ritual mágico durante el cual se conjura la enfermedad o la muerte, ahuyentándola. La verdad es que no pensé en ello cuando la escribí, pero la idea me gustó y creo que, en esencia, se trata de un conjuro. Quería plasmar una idea que ahora está en la mente de muchos rusos. Se trata de la idea de aislar Rusia, de que se puede levantar una gran muralla y separarse de ese Occidente que sólo le ha traído el mal. Gran parte del equipo de Putin es partidario de esta idea”.

En su libro, Sorokin utiliza el pasado histórico, pero para hacer proyección de futuro: “Si se levanta una nueva cortina de hierro, a diferencia de la época estalinista, Rusia se hundirá en su pasado, es decir, en el siglo XVI, cuando de hecho fue creado el Estado ruso por Iván el Terrible. Si en la época de Stalin la Rusia soviética tenía una nueva forma gracias a la idea comunista y nuevos símbolos, ahora no hay ninguna idea nueva. Sólo existe la idea de aislamiento y, si se realiza, nos veremos en la Edad Media, no sólo ideológicamente, por la manera de pensar, sino también estilísticamente”.

Cristiano ortodoxo convencido y confeso, el novelista no evita criticar a la jerarquía eclesiástica de su país: “Hace tiempo, los jerarcas ortodoxos excomulgaron a Tolstói, hicieron una gran tontería. Hay demasiados imbéciles en todas partes, y la Iglesia no es una excepción”, asegura.

Sorokin se muestra tristemente convencido de que “Rusia está retornando a la Edad Media, y que lo que vivimos ahora no es una fascistización sino una feudalización. Vamos hacia una Rusia feudal donde las autoridades se convierten nuevamente en algo absoluto, incomprensible para el pueblo y que no toma en cuenta para nada al pueblo”.

“El equipo ahora en el poder”, añade, “está muy inquieto, se comporta con mucho nerviosismo y a veces cae en la paranoia. Si nos fijamos en los rostros de Putin y Medvédev [el elegido por el primero para sucederle en el Kremlin], yo diría que transmiten intranquilidad, preocupación”.

El grupo Nashi (Los Nuestros) ve en él la mismísima reencarnación del diablo. Sus miembros destruyeron sus libros públicamente, frente al teatro Bolshói. Él recuerda así aquel aciago día de fascismo cultural: “El asunto me impresionó fuertemente, pero El día del oprichnik no se refiere exactamente a Los Nuestros. Los Nuestros no son exactamente oprichniks, son los hermanos menores de los oprichniks. Es como el komsomol y el PCUS, El grupo Nashi son los komsomoles de hoy. En 2002, cuando ocurrió el conflicto, el poder todavía no era tan descarado e insolente como ahora. Hacía pruebas, y decidió probar qué pasaría si atacaba a los escritores. La causa criminal que incoaron contra mí duró un año, pero al final fue cerrada por orden desde arriba. Porque al poder no le convenía condenarme. Era el año en que Rusia sería invitada de honor a la Feria del Libro de Francfort y no hubiera sido prudente para ellos”.

¿Quiere eso decir que hoy sí sería condenado? “Me contaron que entonces las autoridades tenían la intención de realizar un juicio ejemplar y condenarme a dos años condicionales para crear un precedente. Todavía no se han ocupado de los escritores, pero nadie sabe qué sucederá. Por ahora se ocupan de periodistas y otras categorías, como políticos indeseables”.

La experiencia personal de Vladímir Sorokin se acerca a lo infernal, ya que tuvo que luchar por igual contra la opresión soviética que frente al nuevo zar Putin. “Mis obras son una reacción a la sociedad en que vivimos, con pocas excepciones. Yo comencé con cuentos que, en esencia, eran antisoviéticos, pero mi última novela es ante todo una obra literaria; no se trata de un panfleto o de una sátira pura y simple; eso no me interesa”.

En su opinión, la literatura de la época de Putin se distingue de la anterior en lo siguiente: “En la época de Putin se escriben muchas antiutopías. Si tomamos a Víktor Pelevin, Olga Slávnikova, Dmitri Bíkov y otros autores, escriben sobre lo que sucederá, sobre el futuro. El género de la antiutopía se ha manifestado con fuerza en tiempos de Putin. No es por casualidad. Es una reacción al presente”.

Sorokin no sabe si Putin se atreverá con los escritores, pero avisa: “El poder es impredecible y nadie sabe qué necesitará mañana. Puede que comience una campaña, por ejemplo, de limpieza de la cultura. Ya hay un proyecto presidencial. Putin se reunió con los jóvenes escritores y los instó a escribir cosas positivas. Pero entonces hay que hacer algo con las negativas. Aquí en Rusia no puede haber en la tienda cosas positivas y cosas negativas al mismo tiempo”.

(Aquí, publicación original de este artículo)

 

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