Alguien me pide un texto de mil palabras, de unas mil palabras, poco menos, poco más, y recuerdo la conocida frase que dice que una imagen vale más que mil palabras. ¿Vale más? No lo creo. Creo que mil palabras valen mucho más que cualquier imagen. En estas mil palabras puedo decir que nací en el barrio de Parque Chas, donde viví hasta los trece años, y que cada tarde me perdía
en bicicleta por el laberinto de sus calles arboladas, que iba a una y a otra y a otra de sus tres plazas –la de la vuelta de casa; la del Trébol; la otra, que quedaba un poco más lejos- al salir de la escuela, doble turno la escuela, todo el día, pero después de la merienda –café con leche, siempre, y pan con manteca y azúcar que rodaba por la manteca y se quedaba ahí-, al fin salía con los otros amigos, los de la plaza, no los de la escuela, con quienes era aún más feliz, en un tiempo que por entonces pasaba de otra forma, cuando llegara el año dos mil yo tendría treinta y cuatro años, ¡treinta y cuatro años!, sería todo un viejo, pensaba, pero en el año dos mil los autos flotarían por sobre las calles como en el dibujo animado de los Supersónicos, yo podría conducir al fin el auto de Meteoro y la infancia era eso, el olor de una flor llamada Dama de Noche plantada al frente de mi casa, en el pasaje Nápoles, a tres cuadras nomás de la Escuela Petronila Rodríguez, media manzana entera -y sus dos patios con juegos, y alrededor un jardín para las clases de botánica, allí el gusanito ese, y allí el caracol, que saca sus cuernos al sol- en la otra media manzana la iglesia de San Alfonso, y en medio el Pasaje Sofía, donde a veces con los chicos íbamos a pelear, y peleábamos, y ganábamos y perdíamos y nos enojábamos unos con otros hasta que volvíamos a amigarnos, desde mi aula se veía el campanario aquel y las palomas, que iban y venían por completo libres de aquí para allá mientras yo seguía en la escuela desde temprano hasta las cinco de la tarde, cuánto faltará para las cinco de la tarde, mamá me ponía un alfajor en el bolsillo del guardapolvo pero a la iglesia de San Alfonso no me dejaba ir, nosotros somos judíos, decía, y éramos los únicos judíos en toda la cuadra, y yo el único judío en todo el grado, en toda la escuela tal vez, pero con los chicos del barrio no pasaba nada, íbamos hasta la Agronomía –cuidado al cruzar la Avenida Los Incas, cuidado al cruzar Constituyentes– para jugar al fútbol entre nosotros o con cualquier equipo que hubiera por ahí -pero más entre nosotros- y yo, que no era muy habilidoso, debía ir siempre al arco, me mandaban al arco todo el tiempo para que no perdiera la pelota, para que no perdiéramos, y tanto me mandaban al arco que aprendí a atajar, después del partido trepábamos a un árbol de moras y de allí bajaban las moras, frescas, jugosas, me como unas cuantas y tiro otras tantas para los que, abajo, las manos extendidas, no se animaban a trepar, la boca toda entintada pero qué ricas las moras, y qué bueno después que mamá me esperara con milanesas, qué rico, coca cola no había casi nunca, sólo en cumpleaños y en días de fiesta, y por la noche, porque el calefón casi nunca andaba, mientras papá todavía no llegaba del trabajo –llegaba cansado, papá, y a veces de mal humor– mamá ponía ollas y cacharros sobre las cuatro hornallas y así nos lavaba el pelo, a mi hermana y a mí, primero a mi hermana y después a mí, la caricia tibia del agua tibia en la cabeza y cerrar los ojos, si ahora cerrara fuerte los ojos todavía podría sentirlo, ese estar ahí con mamá y mi hermana y papá que siempre llegaba después –y a veces, por suerte, llegaba de muy buen humor– estar todos juntos y protegidos en esa casa de la que siempre mis padres debían algún mes de alquiler, la plata nunca alcanzaba para nada aunque a veces sí, y nos íbamos a comer afuera, todos a un restaurante y todos vestidos de domingo aunque era martes, -papá tal vez había ganado en las carreras- y allí iba yo de una mesa a la otra de aquel restaurante para jugar al mozo, en el antebrazo una servilleta de tela doblada en tres y allí sí había coca cola para todos en botellas chiquitas, y había Suprema Maryland y de postre Banana Split, si cerrara los ojos podría volver a probarlo, no queda tan lejos la infancia, pasaron treinta años nada más, y aquí estoy, y aquí sigo, en el año dos mil cumplí al fin los treinta y cuatro y no era tan viejo como pensaba, pero los autos no andaban por el cielo y en lugar del de Meteoro yo tenía un auto cualquiera, muy moderno, sí, muy bonito, airbag y dirección asistida y todo eso, pero no era el de Meteoro y ya no me importaba, y qué había pasado entonces con la infancia, adónde había quedado, aunque si cerrara los ojos, si los cerrara, pero no, no lo sé, no lo creo, y después conocí a mi mujer, y después tuvimos a nuestros dos hijos, y al fin llega el momento de poder pasarles algo de todo aquello, algo del recuerdo de todo aquello de lo que no me puedo desprender, de lo que no quiero desprenderme, pasarle a mis hijos algo de todo aquello y asegurar para ellos lo mejor de la infancia, que estén contentos, que la pasen bien, y que un día, cuando sean grandes y alguien les repita esa conocida y vieja frase de una imagen que vale más que mil palabras, puedan decir que no es verdad.
***
Diego Paszkowski (Buenos Aires, 1966): Ganador del Premio de Novela del diario La Nación por “Tesis sobre un homicidio” (Sudamericana, 1999; DeBolsillo 2007) y autor de “El otro Gómez” (Sudamericana, 2001) y de “Alrededor de Lorena” (Mondadori, 2006). Docente de talleres literarios en el Centro Cultural Ricardo Rojas y otros. Director de colecciones de Narrativa Joven.



Alexis
1 año atrás
Muy bueno!