Internet, los links y los libros: la lectura es siempre la misma, por Ricardo Piglia

April 27th, 201112:50 pm @

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Sobre el futuro del libro podemos encontrar lamentos y euforias. Habría que situar el problema en la larga duración. ¿Qué es lo que persiste de las formas de leer y qué es lo que se ha transformado? Tiendo a pensar que el modo de leer –desde la perspectiva que a mí me interesaba en El último lector– no ha variado. Leer ha sido siempre pasar de un signo al otro. Puede haber cruces, cortes y virajes, pero la construcción del sentido, el modo de descifrar los signos al leer, no ha cambiado. Es una práctica de larguísima duración. Desde luego, la lectura supone el aislamiento, el lector es un sujeto que está descifrando una serie de signos y está solo en eso.  Lo que cambia es la escena en la que se lee, y la actitud. No solo el formato en que leemos los textos cambia –y, por lo tanto, la posición del cuerpo–, sino también el tipo de atención.

He construido una especie de modelo histórico un poco en broma, con dos posiciones.

La primera, que podríamos llamar la pose Kafka, es el modelo del lector que se encierra y se aisla y no quiere ser interrumpido.  La ambición de Kafka de encerrarse en un sótano y que le dejaran la comida en la puerta, para poder caminar un poco pero no ver a nadie y estar aislado. O la metáfora que los medios usan siempre: ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta? La lectura perfecta y personal estaría asociada con el aislamiento y el punto extremo sería  estar solo en una isla con un solo libro.

Es una imagen que persiste, la del lector que está concentrado, aislado. Poe teorizó ese modo de leer con su poética de la forma breve: La Filosofia de la composión es una teoría de la lectura. Hay que escribir un texto cuya extension dependa de la capacidad de sostener la atención, un texto que no se pueda dejar y que se pueda leer de un tirón, en un tiempo prefijado. El sentido depende de la concentración, que a su vez depende de un tiempo fijo y de la continuidad.

En ese marco, la interrupción aparece como un fantasma que recorre la historia de la lectura. Podemos seguir esa historia con ciertas situaciones donde la interrupción aparece ficcionalizada, muchas veces como una amenaza Está el relato de Cortázar, el bello relato Continuidad de los parques, sobre la lectura de una novela. La lectura interrumpida supone distintos tipos de situaciones: una es la interrupción propiamente dicha –alguien que entra e interrumpe-, otra es el paso del libro a lo real, y la inversa,  lo real que irrumpe en el momento de la lectura.

Los desarrollos técnicos y la complejidad de la experiencia han ido generando otra figura que yo asocio con Joyce, para ponerle un sujeto, y por el tipo de poética de la escritura que supone. El modelo no es la isla, sino la ciudad, la dispersión, la proliferación de los signos. La lectura no es lineal: el que lee se desvía, está en una red, el tiempo esta fragmentado y es múltiple. Uno podría asociar esta posición con el movimiento en la ciudad, donde todo parece suceder al mismo tiempo.

Por lo tanto  el lector no funciona como aquel que está aislado, o en cualquier escena de aislamiento que se pueda construir, sino que el lector está conectado a una red, y eso la literatura ya lo empezó a mostrar mucho antes de que aparezcan las formas contemporáneas.

Hoy es habitual que un lector esté leyendo un libro y a la vez tiene prendida la TV, está atento a los emails, habla por teléfono, escucha música. La percepción distraída. Podriamos recordar la noción del “lector salteado” de Macedonio. Un lector que se hace cargo de la interrupción, de todo lo que interfiere y lo incorpora a la lectura. Entra y sale, se dispersa, se concentra, se va. Y, desde luego, la prosa de Joyce o la de Macedonio están ligadas a ese tipo de lectura que no es lineal,  o en todo caso infiere la posibilidad de una lectura discontinua.

Otra posibilidad es hacer una historia de la técnica que acompaña y sostiene la lectura y la modifica. Por ejemplo, podríamos hacer  una historia de la luz, de la iluminación. El invento del vidrio, que hace posible las ventanas; el paso de las velas a la luz de gas, a las lámparas –la posibilidad de leer de noche. Esa sería una manera de hacer una historia de la  técnica en relacion con la lectura. Desde luego, las bibliotecas están ligadas a ese tipo de historia, un lugar construido para leer, donde los libros se ordenan,  se acumulan, hay un recorrido, un movimiento más físico: hay que moverse por ese espacio, los pasillos, las galerías, los estantes. se puede ir de un libro a otro. Las bibliotecas no solo acumulan libros, sino que modifican el modo de leer. Producen un efecto paradojal, que es tipico de las grandes bibliotecas: siempre habrá un libro que no hemos leído, la contradicción entre el libro que estoy leyendo y todos los otros libros que están ahí disponibles y que nunca podremos llegar a leer.

Lo que no se puede leer, lo que falta,  acompaña a la lectura, forma parte de la experiencia misma. Son cuestiones ligadas a la lectura como posibilidad y están conectadas con el debate actual sobre qué sucede con la lectura en la red, con las conexiones multiples, la superposición y la acumulación, el paso de un texto a otro.

La literatura ya había intentado dar cuenta de la posiblidad de  las lecturas múltiples, simultaneas, sucesivas. Borges ha dado el paso de la imagen de  la biblioteca como espacio de saturación y de lectura sucesiva, a la invencion  de una imagen que se acerca a la experiencia de la lectura simultanea y a  la web. Eso está en “El aleph”, desde luego, un modelo de simultaneidad, de visión instantanea, todo el universo concentrado en  un punto. La clave, creo, es que se mantiene la relación personal, aislada, se trata de una visión privada que se abre a todos los signos pero el sujeto sigue solo ahí frente a esa pantalla microscópica.

Con esto quiero decir que las novedades son siempre novedades, desde luego, porque en el contexto en que funcionan  tienen un sentido propio, pero uno podría establecer una arqueología de todas estas imágenes y figuras que hoy se discuten a partir de las nuevas tecnologías.

La velocidad, la instantaneidad, tienen que ver con el material, con los signos, que llegan más rápido, están más cerca; pero la velocidad de  la lectura sigue siendo la misma, con pocas variaciones,. Depende de la materialidad, del cuerpo, de la mirada, es muy personal, tiene un ritmo subjetivo, como  la respiración.

(Los cambios de ritmo, suponen a veces cierta patología, cierta alteración: La lentitud del  asma en Proust, en Lezama, en Saer; el jadeo acelerado en Celine, en Kerouac, en Lamborghini.)

La lectura veloz fue una especie de chiste idiota. Lo que se ha acelerado es la posiblidad de acceso a los textos y a los signos, pero no la lectura misma.

La instantaneidad de la percepción está ligada a la imagen, no al desciframiento de los signos. Obviamente no es lo mismo ver una imagen que leer un texto. Hay un cambio de ritmo. Se pueden intercalar y entreverar palabras e imágenes, pero habrá siempre una distancia que básicamente es temporal.

Cuando se dice que una  imagen vale más que mil palabras se quiere decir que la  imagen llega más rápido, la captación es instantanea, la percepción tiene  la misma velocidad que la imagen. Mientras que leer un texto de cien palabras o de mil palabras, cualquiera texto que sea, tiene otro tiempo.

Hay una lentitud de la lectura, digamos, así, un tiempo para capar el sentido, difícil de cambiar. Los modos actuales de abreviar y usar letras  que concentran palabras, tipico en los emails y en los mensajes de texto, una suerte de taquigrafía personal, son un intento de acelerar el desciframiento, porque la lectura  es siempre más lenta que la circulación de los textos. Para acelerar se tiende al criptograma, a la señal; recordemos que Alan Turing que está en el origen de la cibernetica, empezó como criptografo y descifrador de mensajes codificados durante la Segunda Guerra. Y hoy todos estamos en una escena de criptografos, sujetos inciertos que descifran y protegen la lectura con los password.

En realidad, para acelerar la lectura habría que sustituir las letras por números, para que los mensajes se pudieran leer más rapido, pero eso nunca puede funcionar –el lenguaje es insustituible, no se puede inventar, todo esperanto es cómico, la comprensión universal e instantánea no funciona.

El lenguaje tiene su propia temporalidad; más bien, habria que decir que es el lenguaje  quien define nuestra experiencia de la temporalidad, no sólo porque la tematiza en los tiempos de  verbo, sino porque el lenguaje impone su propio ritmo. En todo caso, la poesía es la que ha llegado más lejos en  los cambios de velocidad en el lenguaje, acelerar la comprensión de sentidos múltiples con pocas palabras. Y el límite será siempre el hermetismo, el idiolecto. Podríamos pensar en Mallarmé o en Haroldo do Campos o en Oliverio Girondo para definir un uso cyber de la lengua.

En definitiva, insistiría en los cambios minímos que ha sufrido la actividad del que lee; los signos nos siguen viniendo uno tras otro y hay que entrar en ese recorrido lineal. Después los podemos alterar, podemos intercalar un texto en otro, pero siempre habrá un movimiento lineal, dificil de acelerar y de alterar.

***

Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1941) es uno de los escritores argentinos contemporáneos más reconocidos a nivel nacional e internacional. Ha publicado las novelas Respiración Artificial (1980), La Ciudad Ausente (1992), Plata Quemada (1997)y Blanco Nocturno (2010), y los libros de relatos La Invasión (1967), Nombre Falso (1975) y Cuentos morales (1995). Guionista, crítico, ensayista y profesor, ha publicado diversos trabajos sobre Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Domingo Sarmiento, Macedonio Fernández, la escritura misma, la lectura, etc. Entre otros, ha publicado Crítica y ficción (1986), La Argentina en pedazos (1993), El laboratorio del escritor (1994), Formas breves (1999) y El último lector (2005).

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