Todos los años, puntualmente, con el inicio de la Feria del Libro, se inicia también la ronda del menosprecio en los aspirantes a happy few de nuestra literatura. Los argumentos son tres y siempre los mismos, a esta altura lugares comunes. Por eso vale la pena mirarlos de cerca: cada uno es cierto a su manera, pero también a su manera cada uno es sospechoso. El primero advierte y se alarma de que, cada vez más, dentro de la Feria, la literatura queda en desventaja frente a las figuras del espectáculo, que no contentas con adueñarse de las masas desde las pantallas, también se proponen robarse a los pocos lectores verdaderos que circulan desprevenidos y a quienes venderán, bajo hipnotismo, sus biografías no autorizadas.
El segundo es de tipo economicista, línea de Lazzari: sostiene que los libros en la Feria, después de todo, no están más baratos que en la librería del barrio, donde el librero amigo (además) hace descuentos a los fieles compradores de cada semana. ¿Para qué entonces fatigarse hasta la Rural y pagar encima una entrada? Este argumento se complementa con la afirmación (falsa) de que todos los libros de la Feria están también en cualquier librería de Buenos Aires.
El tercero es fóbico-xenofóbico: a la feria del Libro va demasiada gente. Gente que no se interesa lo suficiente por la verdadera literatura, que hace cola sólo por el Fernet Branca, que no tiene el hábito de leer y compra infaliblemente libros equivocados (de autoayuda, de recetas de cocina, o bestsellers infames). Estudiantes llevados a desgano por sus maestros, curiosos que entran y salen de las salas sin saber a quién escuchan, grupos familiares que lo toman como un paseo y sólo piensan en sentarse a comer un pancho. Los happy few irían encantados a la Feria si hubiera entrada calificada y pudieran encontrar sólo a otros happy few (y a las promotoras de Fernet Branca).
Sobre el primer argumento: es cierto que la Feria es un terreno de disputa cultural, al que tratan de extender su dominación los medios y figuras más poderosas. Pero sigue siendo un espacio donde el protagonista mayor y predominante es el libro (los libros) y por lo tanto un terreno propicio y potencialmente favorable para salir al encuentro de nuevos lectores, intentar expandir sus gustos y hábitos, romper el cerco, y extender el alcance de la literatura. Darle la espalda a este espacio porque se estaría “contaminando” de otras cosas, regalar graciosamente los millones de visitantes que la Feria conquistó a lo largo de años largos y difíciles, abandonar el terreno, no parece el mejor modo de dar esta batalla.
Sobre el segundo: la Feria es mucho más que la suma de todas las librerías de la ciudad. En particular, en la Feria están a la vista los catálogos y parte del fondo de todas las editoriales, y también de editoriales extranjeras que no tienen distribución en Argentina, de libros de otros países que nunca llegarían de otro modo, de ejemplares inhallables. Y todos los títulos están reunidos, a la distancia de un click de la computadora y de unos pasos por un pasillo. De modo que es un lugar ideal para la búsqueda del tesoro y para encontrar eslabones perdidos, aún de las bibliotecas más exigentes y sofisticadas. Que tire la primera piedra el que no encontró, nunca, un libro que buscaba.
Sobre el tercer argumento: hay mucha gente, sí, y quizá lo mejor de la Feria sea esa enorme cantidad de gente que convoca. A mí nunca me parece demasiada. La Feria, otra vez, no es una librería, el templo al que acuden los ya convencidos. La Feria es un espacio intermedio, amigable, una oportunidad cada año para el mejor de los proselitismos, para invitar nueva gente, para incorporar a la lectura a generaciones jóvenes, para mover y hacer girar la rueda de la literatura. Pero quizá, como siempre, lo que verdaderamente temen los que desprecian la Feria, lo que les disgusta en el fondo, es que la gente camine por sus jardines privados, que muchos se enteren de qué se trata y terminen incluso por leer los mismos libros que ellos. Porque la mayor felicidad de los happy few no suele ser la literatura, sino saberse, o creerse, justamente, unos pocos.
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Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es escritor y matemático. Se radicó en Buenos Aires en 1985, donde se doctoró en Ciencias Matemáticas. Vivió dos años en Oxford, Gran Bretaña, con una beca de postdoctorado del CONICET. En 1989 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos Infierno Grande (Planeta). Su primera novela, Acerca de Roderer (Planeta, 1992), tuvo gran recibimiento de la crítica y fue traducida a varios idiomas. Publicó después La mujer del maestro (novela, Planeta 1998). En 2003 apareció el libro de ensayos Borges y la matemática (Seix Barral) y obtuvo el Premio Planeta Argentina con Crímenes imperceptibles, novela que fue traducida a 35 idiomas y ha sido llevada al cine por el director Álex de la Iglesia, con el título Los crímenes de Oxford y un casting que incluye a John Hurt y Elijah Wood.En 2005 publicó un libro de artículos y polémicas sobre literatura: La fórmula de la inmortalidad (Seix Barral). En 2007 apareció su más reciente novela, La muerte lenta de Luciana B., contratada hasta el momento para traducciones a veinte idiomas, y votada por la crítica en España entre los diez mejores libros de 2007. En 2009 publicó en Seix Barral el ensayo Gödel (para todos), en colaboración con Gustavo Piñeiro. Uno de sus cuentos fue publicado en el New Yorker. Es uno de los escritores argentinos más traducidos en el mundo.
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Leo P
1 año atrás
Aprecio algunos de los comentarios de Martinez, creo que he hecho los 3 en ese orden posiblemente.
Pero tampoco creo que la “Feria del Libro” haga de su acción un acto popular. Para que eso suceda, la Feria es una buena oportunidad para que los libros costasen realmente más baratos (hace años era así!). Se podían implementar políticas de bajas de costos asociado a los alquileres de stands o reducciónes impositivas exclusivas para la Feria.
Me gustaría que el sentido final de la Feria es que cada uno se vaya de con un libro bajo el brazo. Eso tendría realmente un efecto multiplicador más allá de el “evento” en sí
Saludos
Josefina Delgado
1 año atrás
Rubén, tu comentario tiene -creo- el valor de lo subjetivo. Yo tambièn prefiero las librerìas a la Feria, las librerías chicas a las grandes, pero también es cierto esto: en la Feria te encontrás con gente, en la Feria hay actividades y a veces resultan interesantes. Despreciar la Feria implica, como dice Guillermo, ampararse en un sentimiento de exclusividad un tanto pasado de moda. Y libros hay muchos y lectores también. Por suerte!
Rubén Levenberg
1 año atrás
Si bien coincido con algunas de las apreciaciones del autor, creo que en es demasiado terminante, porque maneja información muy confidencial o porque se equivoca. Me he tomado el trabajo de hablar con algunos libreros amigos y me confesaron que armaban su stand con la mira puesta en el tipo de público que va a la feria. Los que están muy especializados en Ciencias Sociales agregan para la ocasión una buena cantidad de ejemplares de libros de autoayuda y evitan llevar ciertos textos porque la experiencia les muestra que no los van a vender.
El hecho es que Buenos Aires es enorme y la oferta de librerías es amplísima. Vivo acá hace 30 de los 54 años que tengo y todavía camino por algún barrio porteño y me encuentro con una veta que estaba oculta. Todo eso no se puede llevar ni al centro municipal ni al predio de La Rural ni al parque Pereyra Iraola. Simplemente no cabe en un solo lugar y por ello ocurren dos fenómenos:
1.- Es difícil caminar por los pasillos, es casi imposible entrar a un stand a buscar aquellas perlas ocultas que mencionás y muchos textos valiosos directamente no llegan a los stands.
2.- En los casos en los que las perlitas están, porque alguien se tomó el trabajo de llevarlas a su stand, es muy difícil hojear y mucho menos preguntar o siquiera pensar, porque el ruido y los gritos son la negación de la lectura.
De todos modos, sigue siendo un gran hecho cultural y no está mal pasar por ahí. Pero prefiero la tranquilidad de las librerías y el descubrimiento intelectual con el menor marketing posible. Un saludo afectuoso.