No se ha sabido del artista Ai Weiwei desde el domingo 3 de abril por la mañana (hora de Beijing), cuando fue detenido en el aeropuerto de Beijing luego de un vuelo de rutina a Hong Kong. Poco después, un equipo de la Policía llegó con una orden de allanamiento a su estudio en el polvoriento pueblo suburbano de Caochangdi. Los oficiales se llevaron a ocho de sus asistentes a la estación de Policía de Beijing, de acuerdo con un mensaje enviado por Twitter desde su oficina poco antes de pasar a un largo silencio. “Hay policía en el frente y atrás, ningún modo para entrar o salir”, decía el tweet. La esposa de Ai, Lu Qing, fue retenida en el estudio por la Policía.
Bajo cualquier óptica, la detención de Ai no fue improvisada. Enseguida la Policía apareció en la casa de su hijo de dos años, que vive con su madre, no
lejos del estudio. Y alrededor de las 2:30 esa tarde, cuatro o cinco oficiales de Policía detuvieron por la fuerza al amigo de Ai, Wen Tao, un ex reportero, llevándoselo en un sedán negro, de acuerdo con alguien que estaba con él en ese momento (el teléfono de Wen ha permanecido apagado desde entonces). Mientras la noche caía en Beijing, no había noticia alguna de Ai, y las calles alrededor de su estudio permanecían clausuradas por la Policía. Una persona del barrio tuiteó: “Todo Caochangdi está (lleno) de policías de civil”.
Beijing está en medio de lo que yo llamo el Gran Frío, una limpieza en marcha de escritores, activistas, abogados y otros, que constituye la más intensa represión sobre la libre expresión en años. Si Ai Weiwei queda detenido, será el arresto de más alto perfil hasta ahora. Como escribí el año pasado en mi perfil de Ai, esta no es la primera vez que es detenido. Pero algunos indicios previos sugieren que esta vez será diferente. La orden de allanamiento, el acarreo de su staff, el nivel de coordinación –no son características de una comisaría local.
Fueron policías locales, después de todo, los que arrestaron a Ai en la ciudad occidental de Chengdu, en agosto de 2009; fue golpeado y, cuatro semanas más tarde, sufrió una cirugía de emergencia por un hematoma –un bolsón de sangre en el lado derecho de su cerebro causado por un golpe. Típicamente, Ai convirtió el encuentro con las autoridades en una meditación sobre el gobierno y el individuo, componiendo un trabajo que yuxtaponía filmaciones que documentaban sus negociaciones con la policía y fotografías de sí mismo en el hospital con tubos saliendo de su cráneo.
La presión sobre Ai ha estado creciendo (parece como si hubiera tipiado esta frase una docena de veces en los últimos años, pero esta vez es especialmente adecuada). En julio, fue puesto brevemente bajo arresto, y en enero las autoridades de Shanghai redujeron su estudio a escombros. Hablé con él a medianoche, un par de días más tarde, y ya había dejado los escombros atrás y regresado a Beijing. “Todo pasa tan rápido. No hay razón para quedarse”, dijo. “Todo quedó en el pasado. Tenemos que mirar hacia adelante”.
Ai está de viaje la mayor parte del tiempo, pero la semana pasada sorprendió con la noticia de que estaba planeando pasar cierto tiempo en Berlín, donde estaba construyendo un nuevo estudio. Se esperaba que le tomaría varios años terminarlo. Declaró a la agencia de prensa alemana que esperaba pasar “tan poco tiempo como fuera posible” en Europa. “Sin embargo, no tendré elección si mi trabajo y mi vida son amenazados de algún modo”.
Aquí, versión original de este artículo, en inglés.
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Paso a paso –tan tranquilamente, de hecho, que los acontecimientos pueden resultar sorprendentes–, China se ha embarcado en la más intensa represión sobre la libertad de expresión en años. Tapados por noticias ocurridas en otras partes en las últimas semanas, China ha estado deteniendo a escritores, abogados y activistas desde mediados de febrero, cuando comenzaron a circular llamados a la protesta inspirados por los levantamientos en Medio Oriente y África. Los contornos ya son claros: de acuerdo con un recuerdo de los Defensores de los Derechos Humanos Chinos, el gobierno “ha detenido criminalmente a 26 individuos, desaparecido a más de 30 y puesto a más de 200 en detención suave”.
Algunos de los desaparecidos han reaparecido; en un caso que ilustra cuán extraño se está poniendo todo por aquí, un novelista y blogger llamó a su asistente para decir que lo seguían tres hombres, y luego se desvaneció por varios días antes de reaparecer en un hospital, diciendo que se estaba “recuperando”, sin especificar de qué. Planeaba irse del país mañana (otros desaparecidos no están incluidos en los números citados arriba: el abogado Gao Zhisheng desapareció casi un año atrás; cuando observadores de derechos humanos en Naciones Unidas pidieron información sobre él esta semana, el ministerio de Relaciones Exteriores les dijo que “respeten la soberanía judicial china” –una poco afortunada elección de palabras, considerando que Gao todavía tiene que aparecer en alguna corte judicial, al menos por lo que todo el mundo sabe).
En algunos casos, la coacción es difícil de definir; Philip Gourevitch escribió el miércoles acerca del escritor Liao Yiwu (en inglés), a quien se prohibió esta semana dejar China, aunque, como es el caso a menudo, no ha sido
acusado formalmente de nada. Pero algo es sorprendente respecto de esta erupción de arrestos, que tiene un potencial impacto en China más allá de lo que la actual cosecha de líderes podría anticipar: las autoridades parecen dispuestas a imponer sentencias incomparablemente estrictas, lo que virtualmente garantiza que nombres que han sido hasta ahora desconocidos para el mundo se conviertan pronto en cause célebre.
La semana pasada, un tribunal impuso una sentencia de diez años al activista por la democracia Liu Xianbin, por “incitar a la subversión del poder del Estado” —los mismos cargos que fueron elevados contra el Premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo. Esa misma acusación ha sido utilizada ahora contra otros tres: Chen Wei, un activista de derechos, de 42 años, en Sichuan; Ding Mao, un antiguo disidente, de 45; y Ran Yunfei, quizás el más conocido de los tres, un escritor con 44.000 seguidores en Twitter.
Un brote de arrestos como este es una de las razones por las que China es un lugar tan difícil de describir políticamente en estos días. Como mencioné hace poco, ha santificado la “estabilidad” a tal punto que cualquier disenso es considerado ilegal, lo que puede ir contra cualquier estabilidad real; se ha desviado del imperio de la ley promoviendo la mediación en lugar del uso de los tribunales, y ha amenazado a reporteros extranjeros con una ferocidad no vista en años.
Y sin embargo, en un nivel fundamental, parece políticamente estable de un modo en que muchos países árabes no lo son. Como he escrito antes, China es una rara criatura: una dictadura altamente funcional. Su economía y servicios de seguridad trabajan con eficiencia –sea apaciguando, contentando o aterrorizando a la gente para disuadirla de la protesta organizada. Por el momento, el daño real puede ser para la estatura internacional de China. El profesor de Harvard Joseph Nye, que disfruta un estatus de estrella de rock en la academia porque acuñó el término “poder suave”, un pilar de la diplomacia china en estos días, ha concluído que la actual ola de arrestos está “torpedeando su campaña de poder suave”. Tiene razón. ¿Recuerdan la ceremonia del Nobel con la silla para Liu Xiabo desoladoramente vacía? China se está preparando para eso –una y otra y otra y otra y otra vez.
Aquí, versión original de este artículo, en inglés.
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Documental “Disturbing the peace” (Perturbando la paz), de Ai Weiwei, presentado en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) en 2010. Ai Weiwei y sus asistentes filman sus negociaciones con la Policía y sus discusiones posteriores. Como se ve, unos filman a otros.
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Ai Weiwei vive y trabaja en el borde noreste de Beijing, en un estudio-complejo que diseñó para sí mismo, una colmena de excéntrica creatividad que un amigo llama “una cruza entre un monasterio y una familia mafiosa”. Edificios espaciosos de ladrillo y hormigón rodean un patio sembrado de césped y bambú. Ai y su esposa, Lu Qing, también artista, habitan un lado del patio y varias decenas de asistentes ocupan el otro. El lugar está organizado con un espíritu de apertura radical: los visitantes pasean sin obstáculos, así como un cocker spaniel listo para el geriátrico, de nombre Danny, y una tribu de gatos semi-salvajes que ocasionalmente destruyen los modelos arquitectónicos de Ai. Este pasea entre los edificios de día y de noche, tornando difícil discernir cuándo está trabajando y cuándo no, una distinción que se ha borrado aún más en años recientes, en la medida en que la frontera entre su vida y su arte ha se vuelto inapresable.
Una mañana de marzo, Ai estaba solo en su comedor, devorando un bol de fideos en la cabecera de una mesa suficientemente larga como para albergar un banquete medieval. La luz del sol entraba a raudales a través de una hilera de ventanas de dos pisos. Sobre la pared a su izquierda había una pieza que hizo en 1993, alterando un poster gubernamental sobre los peligros de los fuegos de artificio, de tal modo que una gran mano vendada estaba ahora mostrando el dedo medio alzado al espectador. “Mi mujer lo odia”, dijo.
Para Ai, sin embargo, el gesto resuena a nivel cosmológico. El Museum of Modern Art (MoMA) posee una serie de fotografías de la Torre Eiffel, la Casa Blanca, la Plaza Tiananmen y otros lugares que presenta su dedo medio extendido en un primer plano borroso –un álbum de viaje profano, que tituló “Estudio de la Perspectiva”. En el Times, Holland Cotter escribió que las
imágenes “ofrecen una idea de la versatilidad de un artista cuyo rol ha sido el estimulante, rompedor de moldes de un académico-payaso”.
A la edad de cincuenta y tres años, Ai tiene un estómago abundante, pelo al rape, una cara carnosa y expresiva, y una barba blanca y negra que se extiende hasta el pecho. La imagen completa es imponente, hasta que revela un humor sibilino y caprichoso. “Su barba es su maquillaje”, me dijo su hermano Ai Dan.
En sus primeras dos décadas como artista, Ai Weiwei produjo una obra ecléctica, si no errática: entre apostar y negociar antigüedades, creó instalaciones, fotografías, muebles, pinturas, libros y películas –el registro de “un adecuadamente brillante conceptualista”, como lo definió Peter Schjeldahl en su revista. Pero en años recientes, las implacables audacia e imaginación de Ai lo han llevado a un rol mucho más prominente, como el innovador líder de la provocación en China. Este año, Ai tendrá quince shows grupales y cinco solistas, incluyendo, en octubre, el codiciado encargo de llenar Turbine Hall, en el Tate Modern de Gran Bretaña. Al anunciar el encargo, el director de Tate, Vicente Todolí, dijo que la instalación de Ai figura “entre las obras de arte más comprometidas socialmente de las que se hacen hoy”.
A veces, Ai puede parecer congénitamente incapaz de cooperar. Es consultor artístico en Herzog & De Meuron, la compañía suiza que diseñó el Estadio Nacional de China para las Olimpíadas de 2008, en Beijing. Pero antes de que los Juegos comenzaran, condenó el evento como una “falsa sonrisa” que escondía los problemas de China. Cuando lo siguen los agentes de seguridad del Estado vestidos de civil –lo que ocurre una y otra vez–, le gusta llamar a la Policía para denunciarlo (que lo siguen desconocidos), lo que desata una confusión entre agencias policiales tipo Hermanos Marx: “una novela del absurdo que termina mal”, como lo define.
Recientemente, se pidió a Ai que creara una obra que pudiera llenar el prominente sitio de Copenhague ocupado usualmente por la estatua de la Sirenita de Edvard Eriksen, que había sido prestada a Shanghai. En lugar de reemplazarla con otra estatua, Ai decidió instalar un sistema de video de circuito cerrado, con una transmisión en vivo de la sirena en su hogar temporario en China. Los daneses pensaron que la enorme cámara de vigilancia que había diseñado no era atractiva. “Esta es nuestra vida real”, dijo él. “Todo el mundo está bajo alguna clase de cámara de vigilancia. No es hermoso”.
Pocos días antes de que habláramos, había dado su apoyo a un grupo de artistas chinos menos conocidos que protestaban contra los planes de demoler sus estudios en nombre del desarrollo. El estudio de Ai no era afectado, pero los artistas se habían acercado para pedirle consejo. Les dijo: “Si protestan y no logran publicar nada al respecto, es lo mismo que si protestaran dentro de sus casas”. Ai y los otros artistas montaron una marcha por la Avenida Chang’an, en el centro de Beijing –un gesto inmensamente simbólico, por la proximidad de la calle a la Plaza Tiananmen. La Policía los bloqueó pacíficamente después de unos cientos de yardas, pero su audacia atrajo la atención mucho más allá del mundo artístico. Pu Zhiqiang, un activista jurídico prominente, me dijo: “Por veinte año, había pensado que protestar en la Avenida Chang’an Avenue era imposible. Él lo hizo. ¿Y qué podían hacer al respecto?”.
Por sus sobreimpuestas identidades como activista y artista, Ai ha llegado a ocupar una categoría peculiar, única: una estrella global del arte que corre un claro riesgo de ir a prisión. “Hay gente que dice que hace un tipo de performance artística”, me dijo Chen Danqing, un pintor y crítico social chino. “Pero creo que ha sobrepasado esa definición hace tiempo. Está haciendo algo más interesante, más ambiguo”. Chen agregó: “Quiere ver qué tan lejos puede llegar el poder de un individuo”.
Ai Weiwei, cuyo padre, Ai Qing, fue una de las figuras literarias más importantes de China, ocupa un nicho incómodo en el mundo del arte contemporáneo de su país: nunca ha sido invitado a realizar una muestra importante en éste y tiene tibias relaciones con sus pares. “Las galerías y las revistas le envían cosas y ni siquiera las abre”, observó Zhao Zhao, un artista más joven que trabaja como uno de sus asistentes. El valor del arte chino se ha disparado en años recientes –empujado por especuladores y una generación de nuevos magnates chinos–, pero Ai ha permanecido en los márgenes, y su trabajo se vende a precios jamás equiparables a la altura de su
reputación: un par de cuencos gigantes de cerámica de perlas de agua dulce se vendieron a doscientos diecinueve mil dólares en Sotheby’s la primavera pasada, y una mesa de madera de tres patas, doblada en el centro de modo que una de las patas descanse contra la pared, se vendió a ciento cincuenta y tres mil en Christie’s en febrero. En lugar de firmar un contrato con un agente importante, que podría asegurarle precios más altos, Ai vende directamente a los coleccionistas o a través de galerías pequeñas. “No me gusta el sistema”, me dijo.
Ai pasa buena parte de su tiempo de viaje; posee un departamento en Manhattan, en Chelsea. Pero cuando está en China su órbita gira estrechamente en torno de su estudio, que ha adquirido un rol en la vida cultural de Beijing similar al de la Factory de Andy Warhol, como imán para gente creativa y mecenas. Como lo definió Philip Tinari, editor de Leap, una revista de arte china, “el peregrinaje ritual a la Casa de Ai” se ha vuelto “una parada obligada para todo itinerario del arte mundial”.
Ai y su mujer no tienen hijos. Él tiene un hijo pequeño de una relación extramatrimonial con una mujer que trabajó en una de sus películas. Viven cerca. Nunca pretendió ser padre. “Ella dijo: ‘Sí, quiero tener un hijo’”, me contó. “Yo dije: ‘Usualmente no creo que deba tener un hijo, pero si insistís, por supuesto, es tu derecho, y me haré cargo completamente de las responsabilidades de padre’”. Ai, que ve a su hijo todos los días, disfruta haberse equivocado respecto de la paternidad. “La así llamada inteligencia humana –no deberíamos sobrestimarla”, dijo. “Cuando un accidente ocurre, puede ser bueno”.
Ai caminó a través del patio del estudio cubierto de nieve hacia la oficina, donde media docena de jóvenes chinos y asistentes extranjeros estaban ocupados en sus computadoras. Varios trabajaban en lo que Ai llama su “Investigación Ciudadana” del terremoto de 2008 en Sichuan, un intento de documentar cómo y por qué tantos niños murieron en escuelas mal construidas. Ochenta piezas de papel estaban pegadas en una de las paredes de la oficina –un esquema que contenía miles de nombres y fechas de nacimiento. Cada día, la oficina de Ai postea en Twitter una lista de los estudiantes nacidos ese día y muertos en el terremoto. “Hoy hay diecisiete”, dijo Ai. “Más que cualquier otro día”.
Se desplomó en una silla enfrente de una computadora y comenzó a tipiar. Desde que descubrió Twitter, la primavera pasada, se ha vuelto uno de sus más activos usuarios en China, con unos 36.000 seguidores. Twitter está bloqueado por las autoridades, pero se puede entrar a través de un servidor extranjero, un simple paso técnico que ha pemitido a Twitter convertirse en una herramienta popular de comunicación en China. Usualmente, Ai pasa al menos ocho horas al día en Twitter; le pregunté cómo había afectado el tiempo que dedica a su arte. “Creo que mi posición y mi modo de vida son mi arte más importante”, dijo. “Las otras obras podrían ser coleccionables –algo que podés colgar en la pared–, pero esa es una perspectiva convencional. No deberíamos hacer las cosas de determinada manera sólo porque Rembrandt las hizo así. Si Shakespeare estuviera vivo hoy, podría estar escribiendo en Twitter”.
No es sorpresa que Ai haya sido puesto bajo un gran escrutinio del gobierno últimamente. Escribió un blog popular durante cuatro años, hasta la primavera pasada, cuando los censores lo bloquearon. Pocos meses más tarde, descubrió que sus cuentas de Gmail habían sido hackeadas y que los parámetros habían sido alterados para reenviar sus mensajes a una dirección que no conocía. Ai dice que su banco ha sufrido investigaciones oficiales para revisar sus finanzas y, en junio pasado, un par de cámaras de vigilancia aparecieron en postes de servicios fuera de su puerta de entrada, enfocadas al tráfico que entraba y salía –no obstante la redundancia de monitorear a alguien que ya transmite hasta las minucias de su vida. Cuando trata de convertir sus documentales en DVDs, los servicios de copiado temen ser castigados por tener relación con él. “Ni siquiera los productores de pornografía lo hacen”, me contó Zuoxiao Zuzhou, un músico de rock que trabaja en las producciones mediáticas de Ai.
(…)
Ai Weiwei siempre sintió que había nacido en la familia errada –o, al menos, poco auspiciosa. Su padre, Ai Qing, con formación de pintor, se mudó a París en 1929, a la edad de 19 años, para estudiar. Allí descubrió el realismo de Dostoyevsky, Gogol y Turgenev, que, como explicó luego, “descorrieron las cortinas de las realidades sociales para mí”. Su más grande influencia, sin embargo, fue el poeta modernista belga Émile Verhaeren, cuyas descripciones del lado escuálido de las ciudades europeas atrajeron la atención de Ai Qing sobre la corrupción y la injusticia en su país. Regresó a China en 1932, pero su involucramiento en círculos de izquierda despertó las sospechas del Partido Nacionalista y fue encarcelado. Incapaz de pintar en prisión, se dedicó a la poesía y después de su liberación se unió al Partido Comunista, donde ganó una reputación por su verso claro y accesible, imbuido del espíritu revolucionario. Estaba especialmente impresionado por el Presidente Mao, para quien escribió un poema que comenzaba “Si Mao Zedong aparece /tempestuoso aplauso brota”. En 1956, cuando tenía 46 años, se casó por tercera vez, y, al año siguiente, su esposa, Gao Ying, una joven miembro del personal de la asociación de escritores, tuvo un hijo.
Por esa época estaba tomando fuerza la Campaña Anti Derechista, una de las purgas de intelectuales de Mao, y se puso en cuestión la devoción de Ai Qing hacia el Partido. Había escrito una fábula, “El sueño del jardinero”, que subrayaba la necesidad de permitir una más amplia franja de opiniones creativas. En ella, un jardinero que cultiva sólo rosas chinas comprende que está “causando el descontento entre todas las otras flores”. Un camarada poeta, Feng Zhi, atacó a Ai Qing, diciendo que había caído “en el pantano del formalismo reaccionario”.
Ai Qing fue despojado de sus títulos y expulsado de la asociación de escritores. Por la noche, se golpeaba la cabeza contra la pared y preguntaba: “¿Creés que estoy contra el Partido?”. Mientras tanto, según record Gao Ying en unas memorias, “Ai Qing y yo”, publicadas en 2007, ella y su marido tenían que nombrar a su hijo. El padre abrió el diccionario y dejó caer el dedo en un caracter: 威, que se pronuncia “wei” y significa “poder”. La ironía era demasiado grande para las circunstancias, así que alteró el tono ligeramente para convertirlo en un “wei” diferente, 未, que significa “todavía no”. Así, su hijo se convirtió en “Todavía No, Todavía No”.
La familia fue enviada a Manchuria y luego a la remota región occidental de Xinjiang, donde Ai Qing recibió el encargo de limpiar los baños públicos, trece veces por día. Para obtener comida extra, la familia recogía los cascos cortados de las ovejas, descartados por los carniceros, y lechoncitos que se habían muerto congelados. Cuando comenzó la Revolución Cultural, las cosas empeoraron. Quienes atormentaban a Ai Qing arrojaron tinta en su cara y los niños le arrojaban piedras. Él y su familia fueron enviados a un área conocida como Pequeña Siberia, en el borde del Desierto de Gobi, donde tenían que vivir en una caverna subterránea que había sido usada para animales de granja que daban a luz. Estuvieron allí por cinco años.
Ai Weiwei prefiere no hablar sobre su padre. Parece saber que la narración es perfecta para manipular y convertir en cliché, y su relación era lejana. Su más
profunda impresión fue ver a su padre limpiar los baños. “Ese período en su vida fue el fondo absoluto, lo más doloroso”, dijo Ai Weiwei. “Intentó suicidarse varias veces”.
Siendo niño, Ai Weiwei se distrajo trabajando con sus manos, haciendo patines de hielo y pólvora. Tenía tal debilidad por las travesuras y las políticas de patio de juegos que su padre lo apodó Cao Cao, como el famoso y astuto estadista chino. Los padres de Ai no podían defender a sus hijos de lo que Ai Dan llamó “la presión y la humillación y la desesperanza”. En referencia a su hermano, dijo: “Era un chico sensible, frágil, así que vió y escuchó más que otras personas”.
Ai Dan, cinco años menor que Weiwei, vive sencillamente en una casa de patio que comparte con su madre. Es escritor, aunque sentí el peso de la herencia de Ai Qing: Ai Dan no ha concluido un texto en años. “El lenguaje chino es demasiado complicado”, dijo, con una débil sonrisa. Me contó que su padre nunca renunció a su fe en el Partido; le pregunté cómo se había explicado su sufrimiento. “Creía que los culpables eran pocos y que los que sufrían eran muchos”, replicó. “Los intelectuales como él creían que su destino no era diferente del destino de la nación”.
Para cuando se permitió a Ai Qing y su familia regresar a Beijing, en 1976, muchos lectores habían asumido que estaba muerto. Volvió a escribir y nunca perdió su instinto por la resistencia. Cuando las manifestaciones de estudiantes llenaron la Plaza Tiananmen en 1989, Ai Qing, entonces de 79 años y en silla de ruedas, pidió ser empujado hasta allí. Con otros intelectuales, firmó una declaración: “Libertad, democracia y el imperio de la ley no son cosas que serán sencillamente concedidas al pueblo un día desde arriba. Todos aquellos buscadores de la verdad y amantes de la libertad deben esforzarse por lograr lo que la constitución promete”. Murió en 1996.
Ai se graduó del secundario el mismo año en que la familia regresó a Beijing. Ya había despertado al arte, y un traductor amigo de la familia le dio libros prohibidos sobre Degas y Van Gogh, que hizo circular como talismanes entre sus amigos (también recibió un libro sobre Jasper Johns, pero las imágenes de mapas y banderas lo dejaron perplejo, y lo mandó “derecho a la basura”). Para practicar dibujo, Ai visitaba las estaciones de tren y los zoológicos, donde podía encontrar sujetos dispuestos a modelar a cambio de nada. Se inscribió en la Academia Cinematográfica de Beijing, no por interés en el cine, sino porque era una de las pocas opciones existentes. La encontró asfixiante y doctrinaria, y se movió, en cambio, hacia un grupo de artistas de vanguardia conocido como las Estrellas, que desafiaba el control del Estado sobre las artes y marchaba bajo el eslogan “Demandamos Democracia Política y Libertad Artística”. También participó en un incipiente movimiento político llamado “Muro de la Democracia”, en el que activistas producían revistas y posters que llamaban a la reforma.
Pero su activismo fue circunscripto. En 1979, Deng Xiaoping puso fin al Muro de la Democracia; su figura central, Wei Jingsheng, fue sentenciado a quince años de prisión, acusado de filtrar secretos de Estado. “Siento que no puedo vivir más en este país”, declaró Ai. Su novia de entonces se estaba mudando a Filadelfia para estudiar y, en febrero de 1981, se reunió con ella.
En los Estados Unidos, Ai estudió inglés y se inscribió en la Parsons School of
Design, en Nueva York. Estaba embriagado por la energía del East Village, que, para él, parecía “como un volcán con humo todavía flotando en la cumbre”. Encontró un departamento de sótano barato cera de la calle 17 y la Seguna Avenida, y pasó sus fines de semana recorriendo galerías, vagando por la ciudad como “un pez de barro guareciéndose donde hay mugre”, según lo relató su hermano en “Notas de Nueva York”, un corto libro que escribió después de una visita.
Parsons resultó una mala elección. Ai sobresalío en su trabajo artístico, pero odiaba la historia del arte: “Quienes sean que fueren las amantes de Picasso, no me interesaba”. Lo dejó e hizo changas –mayordomo, jardinero, niñero, trabajador de la construcción—, y se dedicó, sobre todo, a jugar blackjack en Atlantic City. También ganó dinero como pintor de retratos de la calle, evitando inmigrantes como él, porque trataban de regatear el precio.
Joan Lebold Cohen, una historiadora del arte chino que conocía a muchos artistas chinos en Nueva York en ese tiempo, recuerda haber visitado el edificio de Ai. “Todo el lugar apestaba a orín”, contó. “Su departamento era una sola habitación sin muebles, sólo una cama en el piso, y una televisión. Y estaba pegado a la television”. Prosiguió: “Eran, creo, las audiencias del caso Iran-Contras. Estaba tan excitado por la idea de que el gobierno tendría que atravesar esa limpieza, esa agonía, esa despedazarse. No podía creer que todo eso se hiciera públicamente”.
Eventualmente, el inglés de Ai se tornó suficientemente fluido, y otros artistas chinos comenzaron a buscarlo para que los ayudara a guiarse en los barrios culturales de Nueva York. Su departamento se volvió una famosa nota al pie en la historia del arte chino –una estación de camino donde acamparon muchas de las futuras estrellas de China, incluyendo a los cineastas Chen Kaige y Feng Xiaogang, y al compositor Tan Dun, quien llegó a Nueva York a fines de 1985. “Me introdujo, no sólo geográfica, sino también espiritualmente”, me contó Tan recientemente. “Le pedía: ‘Quiero ver a John Cage. Quiero ver a Laurie Anderson’. Y él siempre encontraba formas de ayudarme”.
Ai pintaba a un paso furioso, pero no tenía compradores, así que cada vez que se mudaba tiraba sus pinturas y comenzaba de nuevo. Enseguida abandonó la pintura y comenzó a explorar las posibilidades de los objetos. Tomó el violín de un amigo, le quitó el diapasón y las cuerdas, y los reemplazó con el asa de una pala (el amigo no estaba muy complacido). Cuando la madre de Ai le envió un par de zapatos de cuero –una posesión preciada en Beijing–, los cortó en rebanadas y los cosió de nuevo para crear un solo zapato con un dedo en cada punta, que llamó “Zapato de Un Solo Hombre”. En 1988, Ethan Cohen, hijo de Joan, puso el violin, el zapato y otras obras en la primera muestra exclusiva de Ai, que Artspeak llamó “un knockout neo-Dadaista”.
En una lectura de poesía en St. Mark’s In-the-Bowery, Ai conoció a Allen Ginsberg, quien había llegado a conocer a su padre en un viaje a Beijing. Comenzó a pasar tiempo con Ginsberg. “Me leía sus poemas”, dijo Ai. “Uno de los que escribió para su mamá –“Sudario Blanco”—y yo no lo entendía del todo, pero a él le encantaba leerlo”. Ai fue acumulando influencias. El primer libro que leyó en inglés fue “La Filosofía de Andy Warhol (De A a B y De Nuevo)”(“era fácil de entender; estaba escrito en lenguaje de Twitter”). Pero nadie lo afectó tan profundamente como Duchamp, cuya subversión de la ortodoxia era excitante para artistas chinos formados en el realismo académico. Una de las primeras obras de Ai fue una percha de ropa doblada para formar el perfil de Duchamp.
Ai comenzó a tomar fotografías y vendió fotos de noticias para el Times. Documentó las protestas en Tompkins Square Park, y tuvo sus primeros enfrentamientos con la Policía. “Ser amenazado es adictivo”, contó más tarde al periódico chino Southern Weekend. “Cuando los que están en el poder se enamoran de vos, te sentís apreciado”. Luego intentó tener su propia protesta. Cuando se supo en Nueva York de la represión en la Plaza Tiananmen, Ai realizó una huelga de hambre por varios días (después de Tiananmen, recibió un permiso de residencia en los Estados Unidos).
El mercado para el arte contemporáneo chino, sin embargo, era pobre. Según recuerda Joan Cohen, “un curador al que contacté me dijo ‘no mostramos arte del Tercer Mundo’”. Cuando contactó al Guggenheim, cuenta, “no solo el curador no me recibió; ni siquiera su secretaria”. Ethan Cohen luchó para encontrar coleccionistas para el trabajo de Ai: “Les retorcí el brazo y les dije: ‘Tienen que poner quinientos dólares para comprar la percha de Weiwei’”. Cuando, en abril de 1993, Ai recibió la noticia de que su padre estaba enfermo, regresó a Beijing.
Ai se mudó al patio de sus padres; caían a menudo artistas para oír acerca del mundillo en Nueva York. Un día de 1994, los visitantes incluían a Lu Qing, una artista de voz suave nacida en Shenyang, siete años menor que Ai. Ese año, ella apareció en uno de los trabajos de Ai más reconocidos: una fotografía en blanco y negro en la que ella está parada entre turistas en la Plaza Tiananmen, levantándose la pollera para mostrar sus piernas y ropa interior (el momento –junio de 1994— era un guiño sobre el quinto aniversario de las manifestaciones de Tiananmen). Ai nunca planeó casarse —“el lugar de descanso final del desesperado”, según lo definió ante su hermano–, pero, después de que él y Lu Qing estuvieran juntos por tres años, ella quiso un compromiso. “Asi que dije ‘O.K., casémonos’ ”, recuerda Ai. “Para mí, es solo una promesa. Quiero decir, ¿qué es el matrimonio, no?”. En un viaje a Nueva York, reunieron a algunos amigos como testigos. “Fuimos a Nueva York y nos registramos allí”.
En esa época, a principios de los noventa, la vanguardia china estaba atomizada y desanimada. “Toda la escena artística se había estancado”, recordó Feng Boyi, un curador independiente y crítico. Feng y Ai querían despertar interés, pero no tenían dinero o permiso para una muestra. Así, junto con Xu Bing y Zeng Xiaojun —artistas que vivían en Nueva York—, decidieron publicar un libro de imágenes y ensayos. Era subversivo imprimir lo que fuera sin aprobación oficial, y ningún editor de Beijing hubiera asumido el riesgo, así que encontraron una imprenta en la ciudad sureña de Shenzhen, que produjo dos mil ejemplares de lo que sería conocido como el “Libro de Tapa Negra” (1994). Lo entregaron a artistas, críticos y otros. Siguieron con el “Libro de Tapa Blanca” y el “Libro de Tapa Gris”, una trilogía que sería altamente influyente entre los artistas de su generación. En sus escritos, Ai puso la mira no solo en la supresión de la creatividad en China, sino también en otro blanco sensible: camaradas artistas que “fallan en generar una crítica independiente” y hallan refugio en “un estilo filisteo de pragmatismo y oportunismo”.
Para 1995, Ai había atraído a algunos protectores poderosos. Uli Sigg, el embajador suizo en Beijing, que estaba reuniendo una vasta colección de arte contemporáneo chino, se convirtió en un ávido aficionado y lo presentó con, entre otros, Harald Szeemann, el curador de la Biennale de Venecia de 1999. En 2000, Ai y Feng Boyi organizaron una muestra como contrapunto a la Bienal de Shanghai. La muestra –que llamaron “Enfoque no cooperativo” en chino y “Fuck off” en inglés—fue calibrado para lograr el máximo antagonismo: la obra más controvertida era una fotografía del artista Zhu Yu comiendo lo que fue identificado como un niño muerto.
Con una reputación internacional emergente, Ai sintió que era probablemente hora de mudarse de la casa de su madre. Alquiló algunos campos de vegetales en el pueblo de Caochangdi, al lado de Camino del
Quinto Anillo, en los bordes de Beijing, y diseñó un estudio-complejo en una tarde. La construcción tomó sesenta días, con un costo de unos cuarenta mil dólares. Ai no tenía formación como arquitecto, pero después de diseñar su estudio recibió una ola de encargos para edificios e instalaciones de arte público. Lanzó una de las prácticas de arquitectura más influyentes en China, que llamó FALSO Diseño. En chino, el nombre suena mucho como “fuck”, aunque también es un guiño a la duradera fascinación de Ai con las cuestiones de autenticidad. “No sé nada de arquitectura”, le gusta decir.
El arquitecto Sir Norman Foster, un coleccionista del arte de Ai y admirador de sus edificios, me dijo que el estilo de Ai era “individualista y maravillosamente efectivo”. Los edificios, dijo, “me recuerdan en ciertos aspectos las obras iniciales en ladrillo de Alvar Aalto en Finlandia, y lo digo como un elogio”. De acuerdo con la cuenta de Ai, la compañía construyó sesenta proyectos en ocho años. Luego, en 2007, anunció abruptamente que salía del negocio arquitectónico. “La arquitectura necesita gran cuidado y un montón de detalle”, me dijo. “Si no podemos asumir una responsabilidad completa, entonces lo dejamos” (…)
En 2005, el website chino Sina invitó a Ai a llevar un blog. No estaba interesado. “Había una computadora en mi oficina, pero nunca la había tocado”, dijo. Sina prometió enseñarle, y Ai comprendió que el blog “tenía un montón de buenas posibilidades”. Al principio lo usaba de modo extraño –posteando decenas, a veces cientos, de fotografías cada día, describiendo a sus visitantes, sus gatos, sus paseos. Estaba poniendo su vida bajo vigilancia, aunque no siempre se tomaba la molestia de mencionarlo a sus invitados. Cuando una delegación del Consejo Internacional del MOMA pasó por su estudio, puso tantas cámaras y micrófonos alrededor del complejo que pescaron al conductor del autobús quejándose: “Carajo, les lleva demasiado tiempo ir al estudio de un artista”.
El blog dio a Ai una audiencia más amplia que la que nunca había encontrado, y enseguida estaba comentando sobre temas que iban más allá del arte. En marzo de 2006, escribió sobre un país llamado “C”, manejado por “glotones gordos y sin cerebro” que “gastan doscientos mil millones de yuanes en beber y comer y una cantidad similar en presupuesto militar cada año”. Se concentró en un tema sensible tras otro. Su asistente Zhao Zhao dijo: “Leía las noticias y decía: ‘¿Cómo puede ser?’. Y al día siguiente, y el día después, decía lo mismo” (…)
A medida que la vida y la obra de Ai se han vuelto más politizadas, se ha distanciado más de sus pares en el mundo del arte chino. Pedí a Feng Boyi, el curador y crítico que trabajó con Ai en la muestra “Fuck Off”, que describiera cómo ven a Ai otros intelectuales. “Algunos realmente lo admiran, especialmente los jóvenes que están fuera de los círculos artísticos”, me dijo Feng. Pero entre los artistas prevalece otra opinión. “Lo atacan”, dijo Feng. “dicen que él sólo quiere hacer escándalo. No admiten su enfoque”.
Para sus detractores, Ai está demasiado listo a satisfacer las expectativas occidentales sobre “el disidente”, demasiado dispuesto a condensar la
complejidad de la China actual en absolutos de blanco y negro que atraen las simpatías extranjeras. El hecho de que Ai exhiba su trabajo sobre todo en el exterior alimenta la crítica de que es más feliz permitiendo a los extranjeros proyectar sus anhelos morales en él que comprometiéndose con las ambigüedades de China (en un punto, tantos comentaristas online especulaban con que había renunciado a su ciudadanía china que Ai se sintió compelido a postear imágenes de su pasaporte chino).
Después de la marcha de los artistas sobre la Avenida Chang’an, una artista llamada Yu Gao posteó una réplica ampliamente leída que llamaba a Ai “traidor”, cuyos gestos extravagantes de protesta habían “destruido la plataforma para discutir” con el gobierno. “Quien quiera pasar por un héroe protegiendo los derechos de la gente, adelante, pero es sólo la máscara de un payaso”, escribió.
La intensidad de esa crítica refleja la sensibilidad de la cuestión que está en el corazón del proyecto de Ai para forzar a los intelectuales chinos a examinar su rol en una nación que todavía no es libre pero no es más la clásica sociedad cerrada. La relación entre los artistas chinos y el régimen ha cambiado dramáticamente en la década pasada. Durante buena parte de los 90, las autoridades hicieron su parte al realizar todos los clichés sobre el arte y el autoritarismo: arrestando a artistas por aparecer desnudos, clausurando shows experimentales y destruyendo colonias clandestinas de artistas.
Pero la rentabilidad ha cambiado las prioridades en todos los bandos. Para 2006, las pinturas de artistas líderes como Zhang Xiaogang, Yue Minjun y Chen Yifei se vendían en subastas por más de un millón de dólares la pieza, y en 2007 las casas de subastas de China continental y Hong Kong saltaron al tercer lugar mundial en ingresos por ventas, detrás de los Estados Unidos y el Reino Unido. Los censores gubernamentales todavía interfieren –retratos satíricos de Mao, por ejemplo, no son permitidos en las galerías regulares–, pero el Estado ha descubierto que el mejor modo para privar al arte chino de su energía rebelde es abrazarlo: después de años de amenazar con demoler Factoría 798, una ex planta electrónica militar que había sido convertida en un conglomerado de galerías y estudios, el gobierno municipal de Beijing la designó como patrimonio cultural. Ahora es un “área de la industria creativa” que atrae a los turistas.
Para entender la crítica a la posición de Ai, visité a Xu Bing, quien se convirtió en alguien prominente en los ochenta, cuando produjo una obra altamente controvertida, incluyendo “Un Libro del Cielo”, un conjunto de libros impresos a mano y rollos compuestos enteramente de falsos pictogramas —una crítica de la prejuiciosa cultura literaria china. Xu se mudó a los Estados Unidos y prosperó, ganando un premio MacArthur y logrando altos precios para su arte. En un momento, él y Ai fueron amigos cercanos —ocupó el departamento de Ai en el East Village cuando Ai se fue y había trabajo en la trilogía de libros de “Tapas”–, pero se han distanciado.
Hace dos años, Xu sorprendió al mundo del arte chino al descartar su estatus de outsider y regresar a Beijing para convertirse en el vicepresidente de la Academia Central de Bellas Artes, la más importante escuela de arte oficial del país. Pregunté a Xu qué pensaba de las actividades políticas de Ai. “Ha sostenido ciertos ideales, como la democracia y la libertad, que tuvieron una profundo impacto en él —cosas que heredó del tiempo de la Guerra Fría”, apuntó Xu. “Estas cosas no carecen de valor –son valiosas— y en la China de hoy él tiene su función. Es significativa y necesaria. Pero cuando volví a China pensé que era muy diferente de cuando él volvió. Este lugar, de hecho, todavía tiene un montón de problemas, como la disparidad entre ricos y pobres, y las cuestiones laborales de los migrantes, etc, etc. Pero realmente ha resuelto muchos problemas. La economía china se está desarrollando tan rápidamente. Yo estoy interesado en por qué ha ocurrido”.
“Mi escuela tiene reuniones todo el tiempo”, prosiguió. Son algo normal en una organización estatal. “Las reuniones, uno descubre, son realmente aburridas e inútiles. Algunas veces, en las reuniones, escribo ensayos literarios y la gente cree que estoy tomando notas, que soy muy dedicado. Pero a veces creo sobre el hecho de que China tenga reuniones cada día, y aún si esas reuniones carecen de sentido, que el país se ha desarrollado tan rápido. ¿Cómo ocurrió? Debe haber una razón. Esto es lo que me interesa”. Agregó: “No podemos mantener una actitud de la Guerra Fría, particularmente en la China de hoy, porque China hoy y China durante la Guerra Fría son dos mundos separados”.
Antes de irme, Xu dijo: “No todos pueden ser como Ai Weiwei, porque entonces China no podría desarrollarse, ¿no? Pero si China no puede permitirse un hombre como Ai Weiwei, bueno, entonces tiene un problema” (…)
Aquí, versión original y completa de este artículo, en inglés.
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Evan Osnos es corresponsal en China para The New Yorker, donde escribe
un blog. Graduado en ciencia política de Harvard, fue corresponsal en China para The Chicago Tribune. Actualmente escribe un libro sobre China.



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