Alma Guillermoprieto, la bailarina que se convirtió en cronista de las desventuras latinoamericanas

March 31st, 20117:59 pm @

0


Todo empezó con un sueño roto. Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949) no quería ser periodista. Cuando ya sumaba años contando los principales acontecimientos de América Latina, relata que dudaba cuando tenía que llenar un formulario. “¿Qué ponía? ¿Bailarina fracasada? Yo no me sentía periodista, yo hacía de cuenta que lo era”. El rechazo de la compañía de danza que anhelaba alcanzar la empujó a un exilio voluntario en La Habana, donde llegó profesora de baile y salió convertida en cronista. A través de una trayectoria de más de 30 años, Guillermoprieto ha cubierto la guerra civil salvadoreña, el ascenso y caída de la guerrilla peruana Sendero Luminoso, la guerra sucia en Argentina, la Nicaragua pos-sandinista, el conflicto armado en Colombia y la lucha contra el narcotráfico en México. Ha trabajado en The GuardianThe Washington Post, ha sido jefa de información de Sudamérica para Newsweek (“donde descubrí que no sirvo para el trabajo de oficina”, apostilla) y ha colaborado en The New YorkerThe New York Review of Books. Ha escrito, además, una decena de libros. El más reciente, Desde el país de nunca jamás (Debate), una recopilación de crónicas que recorren los últimos 30 años de la historia latinoamericana.

En sus artículos no hay cátedras sobre “realidades latinoamericanas”, pero sí relatos que rebosan detalles: los hay trágicos, inverosímiles, chuscos y los que mezclan todo lo anterior. El tono es sobrio y a la vez cercano, como el de las cartas que se escribían con tinta y viajaban en sobres. Sea en São Paulo, en La Habana, en Bogotá, en San Salvador, en Ciudad Juárez o en Buenos Aires, Guillermoprieto cuenta lo que pasa, aun cuando cuesta creer lo que pasa. “Soy una escritora que reportea”. ¿Cuál es la diferencia? “Yo busco llegar después de que se acaban las noticias y contar lo que me interesa, que puede ser absolutamente insignificante”. Así, una crónica firmada en São Paulo arranca con la caída en desgracia en diciembre de 1990 del carismático presidente brasileño Fernando Collor de Mello, y deriva en el extraño asesinato de Danielle Pérez, una actriz que murió víctima del actor que interpretaba a su pareja en una telenovela, que conmocionó al país.

Aun con su larga trayectoria de cronista, la bailarina no ha desaparecido del todo. Asoma desde la primera vez en que uno la conoce. Guillermoprieto roba algunos segundos para estirar su espalda, cansada del viaje transatlántico. La elegancia de sus movimientos refleja los años en que estudiaba danza en Nueva York, trabajando como camarera por las mañanas y practicando por las tardes. Su meta era llegar a los mejores escenarios del mundo. Pero un día, al final de un ensayo, el legendario Merce Cunningham le dijo que existía una plaza para trabajar como profesora en La Habana (Cuba). En 1969, la oportunidad habría sido atractiva para muchos. No para ella. Empacó lo que quedaba de su sueño y se refugió en la capital cubana, “un buen lugar para esconder mi humillación”, recuerda. Pero Cuba la cambió para siempre. “De Cuba salí como una revolucionaria fervorosa, y a lo largo de todos estos años he ido debatiendo conmigo la misma cuestión: ¿cómo mejoramos una sociedad? Me queda claro que el modelo marxista leninista no es la vía, porque los seres humanos somos un poquito flojos, un poquito promiscuos, pero también somos grandes soñadores”. A Fidel lo describe como “el político más decimonónico aún vivo”, y añade que Cuba le “duele enormemente porque representó lo mejor que podíamos ser y ahora es terrible que, 60 años después, sea un país tan triste y pobre”.

Guillermoprieto fue una de los dos periodistas (el otro es el estadounidense Ray Bonner, de The New York Times) que confirmó los reportes de que el Ejército salvadoreño, auspiciado por Estados Unidos, cometía matanzas durante la guerra civil de El Salvador (1980-1992). Cuando su periódico, The Washington Post, publicó su historia, la Administración de Ronald Reagan (1980-1988) la acusó de mentir. Los hechos le hicieron rectificar. El relato de la masacre de la localidad salvadoreña de Mozote sobrecoge. Hombres, mujeres y niños fueron vejados y asesinados. Pasaron años antes de que el célebre Equipo Argentino de Antropología Forense comprobara la masacre. La periodista intentó hallar un editor latinoamericano para un reportaje sobre la tragedia que Mark Danner escribió para The New Yorker en 1993. “Centroamérica ya no le interesa a nadie”, le respondieron. ¿El panorama ha cambiado? ¿Latinoamérica interesa? “Quiero creer que sí. La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano [fundada por Gabriel García Márquez en 1994, y en la que Guillermoprieto imparte talleres] hace mucho para crear una conciencia regional sobre sí mismos, y, en mi opinión, ha conseguido forjar una o dos generaciones de periodistas que se conciben como latinoamericanos”. En opinión de la periodista, “América Latina ha cambiado y mucho”. Pone como ejemplo Bogotá: “La gestión de dos alcaldes decentes, Enrique Peñalosa y Antanas Mockus, consiguió cambios importantísimos”. Llama la atención el adjetivo que utiliza: decentes. “Yo antes quería revolucionarios, hoy me conformo con que sean decentes. No más. Me importa muy poco si son de derechas o de izquierdas. Solo eso: decentes”.

Después de la matanza de 72 inmigrantes centroamericanos en Tamaulipas, el año pasado, Alma Guillermoprieto coordinó un grupo de periodistas y escritores para redactar los perfiles de los asesinados. El resultado, un conmovedor proyecto difundido a través de la red: (www.72migrantes.com), que será próximamente editado en un libro. “Tenemos la urgencia de investigar el narcotráfico”, explica. La escritora rechaza que México sea un Estado fallido. “Es un país que ha perdido la capacidad de garantizar la vida a sus ciudadanos en trechos demasiado grandes de su territorio, pero un Estado fallido no recauda impuestos ni construye carreteras. Una persona que está loca no se cepilla los dientes todas las mañanas ni sale a trabajar”. El mayor problema para investigar el narcotráfico, subraya, es la dificultad para estudiar su parte estructural. “Porque hay que seguir el dinero y éste tiene la capacidad mágica de volverse invisible. Además, está rodeado de abogados, que son peores que los guardaespaldas. Yo quisiera ver cómo es que se procesa el dinero dentro de Citibank. Eso es lo interesante de Wikileaks, no el personaje de Julian Assange, sino que existe una gran base de datos que nos permite conocer realidades a las que antes no teníamos acceso”.

La peculiaridad de que una latinoamericana cuente la colorida cotidianeidad de América Latina a un público anglosajón juega a su favor. “Trato de contar el cuento bien contado. La intención era escribir una carta para alguien que nunca ha estado ahí y hacerle sentir como si estuviera”. El tiempo también importa. “En cuanto un texto tiene siete años, la gente se asoma para leer cómo eran esos países que ya no reconocemos. El pasado es otro país”. Guillermoprieto, que en su carrera ha conseguido el interés de los anglosajones en una región generalmente dibujada a través de prejuicios y la reflexión de los latinoamericanos hacia su pasado y presente, opina que para el lector español, América Latina debe ser una prioridad. “Es una creación que, más que nadie, pertenece a los españoles. Hace 500 años se murió un mundo. Esa conquista y esa colonización dejaron profundas herencias culturales”, asegura.

Entonces, como dice García Márquez, ¿el oficio del periodista es el más bello del mundo? “Siempre y cuando los reporteros tengamos una libertad que muy pocos tienen. No sé de alguien que sea tan libre como yo, voy a ver las cosas que quiero ver, las veo de la forma en que quiero verlas, me meto en los lugares donde nadie más se puede meter. Es un privilegio. El trabajo literario de las crónicas es querer embrujar a los lectores. Decirles que confíen, porque les contaré algo fascinante, mágico, insólito”. ¿Y, pese a la revolución digital, la confianza sobrevive? “Los editores se han equivocado muchísimo con Internet, algunos piensan que acabará con la necesidad humana de narrativa y eso no puede ser. Nacemos contándonos historias. Nosotros no somos lo que somos, somos la historia que nos contamos de quiénes somos. Y tenemos la necesidad de escuchar lo que dicen los demás. Queremos escuchar el cuento”.

(Aquí, publicación original de este artículo)

***

Desde el país de nunca jamás

Por Alma Guillermoprieto.

Prefacio

Entre las cosas que nunca me propuse: ser reportera; pasar una vida completa recorriendo el tremebundo hemisferio latinoamericano; vivir sin sosiego; padecer —no meses, sino años eternos— el calor del trópico al que soy tan poco afín; considerarme escritora; encontrarme frente a esta acumulación enorme de artículos viejos y recientes y reconocer que, sin querer queriendo, a tontas y a locas y muchas veces a salto de mata, los escribí yo.

Todo ha sido un accidente que empezó, tal vez, a los veinte años, cuando me rechazaron en una compañía de danza en Nueva York. Por despecho, acepté entonces una invitación de las Escuelas Nacionales de Arte en La Habana para ir a dar clases de danza contemporánea.

Hasta ese momento mi vida se enmarcaba en la rutina dura, absorbente, y maravillosamente predecible de la danza. Vivía en Nueva York, trabajaba de mesera, y todas las tardes asistía a un estudio a tomar las clases de las que dependen los bailarines para habilitar y perfeccionar la escritura que hacen con el cuerpo. Con suerte, hay también ensayos con algún coreógrafo. Con suerte, hay presentaciones ante un público grande, o de diez personas. Con suerte hay aplausos sinceros. Pero lo real, el sustento, el pan de una vida en la danza es la clase diaria, con su horario puntual, sus ejercicios repetidos como oraciones, su sudor y su éxtasis. Pero en fin… divago. Quise entrar a la compañía de una coreógrafa a la que idolatraba, no me aceptó. Me ofrecieron una plaza en el lugar que menos me hubiera podido interesar en todo el mundo, me pareció un buen lugar para esconder mi humillación, y aterricé en una Cuba aún en plena efervescencia revolucionaria. Nunca volví a ser la misma. Tampoco volví a bailar. La fe revolucionaria es dura, y exige sacrificios absolutos: la danza me pareció de repente una disciplina frívola.

Ocho años más tarde, estalló una revolución en un país tan pequeño y pobre que cuando se me ocurrió contar, descubrí que tenía apenas dos millones y medio de habitantes y diez elevadores. Un país chiquito y un dictador de caricatura, y sin embargo la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dinastía de los Somoza fijó los ojos del mundo en Nicaragua durante algunos meses fugaces y emocionantes como pocos en el desdichado siglo xx. En el remolino de esos días hasta yo fui a parar a Managua, ansiosa por presenciar un nacimiento tan portentoso. Hasta ese momento jamás se me había ocurrido escribir un reportaje, pero me pagó los gastos del viaje un pequeño medio de gran prestigio por aquel entonces, Latin American Newsletters, que se editaba en Londres. Por casualidad, por desgracia, por accidente, por suerte, conocía a uno de los editores desde hacía algún tiempo, y él había intentado convencerme un par de veces de que me vendría bien ser reportera. Estalló la revolución en un país del que nadie había oído hablar, faltaron corresponsales, y ahí fui a dar. Así comenzó este libro.

Quien merodee por los textos que lo componen razonablemente preguntará cuál es el tema central de tamaña colección. Y en realidad, aparte de tratarse de textos de una misma autora, y sobre una misma región, que es América Latina, no salta a la vista su coherencia. Pero si bien en el momento de estar haciendo un reportaje rara vez tuve conciencia de tener propósito alguno, salvo el de entregar a tiempo, a la distancia puedo ver cómo fueron cambiando mis preocupaciones. No aparecen las notas que escribí desde Nicaragua porque mi falta de oficio es, quizá, demasiado transparente en esos textos. Dos años más tarde, logrado el derrocamiento de Anastasio Somoza, la atención de la prensa se volvió hacia El Salvador, en donde una serie de grupos guerrilleros se consolidaba bajo un solo mando colectivo y se preparaba para imitar a los Sandinistas. Lo que fue desde un inicio un conf licto más complejo —regido absolutamente por los juegos de ajedrez de la Guerra Fría, a diferencia de la insurrección primera en Nicaragua— fue también un laboratorio incomprensible de la crueldad humana.

Es necesario en este punto una pequeña explicación histórica. El artículo «Los campesinos salvadoreños describen los asesinatos en masa» narra la masacre más grande, hasta donde sé, cometida en América Latina durante el siglo xx. El asesinato de cerca de ochocientos hombres, mujeres y niños en el remoto caserío de El Mozote fue realizado por el Batallón Atlacatl —tropa élite antiguerrilla del ejército salvadoreño— que en ese entonces recibía equipo, asesoría y entrenamiento del gobierno de Estados Unidos. Los asesores estadounidenses que supervisaban al Atlacatl no planearon la matanza, pero esta ocurrió, como dicen en Washington, bajo su guardia.

Conscientes de que los gobernantes salvadoreños que apoyaba la Administración Reagan eran, algunos más, otros menos, criminales, el Congreso de Estados Unidos exigía el derecho de certificar que las juntas militares salvadoreñas presentaban avances en su respeto por los derechos humanos antes de liberar los fondos necesarios para sostener la guerra. Era un ejercicio que no por ser hipócrita dejaba de ser arisco: demócratas y republicanos lo utilizaban para lucirse ante el palco, sin dejar de autorizar un solo cheque a la cuenta de los matones. En enero de 1982, durante los más álgidos debates en el Congreso sobre los crímenes de guerra del gobierno salvadoreño, mi amigo y colega del New York Times, Ray Bonner, me avisó que la guerrilla salvadoreña lo había invitado a entrar a su zona de control en la provincia de Morazán, frontera con Honduras. En ese momento, aunque trabajaba sin contrato y me pagaban centavos por palabra, yo era de hecho la encargada de la cobertura de Centroamérica para el Washington Post. Moví cielo y tierra para obtener mi propia invitación, y cinco días más tarde logré entrar. El artículo narra lo que encontré.

La publicación simultánea de dos artículos paralelos sobre la masacre en las páginas de los dos diarios más importantes de Estados Unidos enfureció a la administración Reagan. Una ofensiva de contrainformación logró aplastar el escándalo que tendría que haberse dado. Tampoco entraron más periodistas a la zona del crimen. Para llegar a El Mozote había que hacer un recorrido sumamente arduo, penoso tanto para los viajeros como para sus escoltas guerrilleros, y la comandancia no volvió a gastar recursos en otro viaje parecido. La noticia de la masacre pasó casi inadvertida en El Salvador, y una generación completa creció sin enterarse de lo que ocurrió en una zona aislada por la geografía y por la ferocidad de la guerra.

No fue sino hasta diez años después que, como parte de los acuerdos de paz entre la guerrilla y el gobierno salvadoreño, se autorizó una excavación forense en la zona de la masacre. El legendario Equipo Argentino de Antropología Forense comprobó cuán exactos habían sido los artículos de Ray Bonner y los míos. Lo digo no con orgullo sino todavía con asco y rabia. Con tristeza también tengo que decir que cuando quise encontrar un editor latinoamericano para el implacable reportaje sobre la masacre que escribió Mark Danner para la revista The New Yorker en 1993, no hubo quien quisiera publicarlo. «Es que Centroamérica ya no le interesa a nadie», me aclaró un editor mexicano. Y tenía razón.

Salí de El Salvador marcada por la necesidad de entender la violencia —y la indiferencia ciudadana ante ella— que parecía ser nuestro sino como latinoamericanos. Es uno de los temas constantes  de este libro, y el que predomina en la primera parte.

Para los escritores no hay experiencia inútil. A partir de 1986 estuve a cargo de la corresponsalía para Sudamérica de la revista Newsweek: fue la última, y casi la única vez, que tuve un empleo fijo, y en su momento lo único que agradecí fue la oportunidad que me dio la revista de comprobar que las oficinas y el manejo de personal no son lo mío. Además, terminadas las dictaduras y las grandes revoluciones latinoamericanas, el público estadounidense fue perdiendo cada vez más el interés por la región; Newsweek, que se guiaba por las encuestas para elegir sus notas, publicó muy poco de lo que escribí para ellos. Renuncié el día que cumplí dos años en el puesto.

Pero ahora agradezco de corazón los infinitos viajes que hice por cuenta de la revista, porque sin darme cuenta, aproveché cada minuto. Al momento de renunciar había adquirido un continente entero, y una visión de América Latina como un inmenso país unido por mucho más que su idioma y sus usos y costumbres, sus ciclos caudillescos y dictatoriales, la afición de sus mujeres por hacerse pasar por rubias, y la de sus hombres por ser conocidos como «licenciado » o «doctor». En la década de los ochenta, específicamente, los latinoamericanos vivimos los trabajos, las esperanzas, y también las desilusiones del retorno a la democracia en todas las antiguas dictaduras. Padecimos también las múltiples crisis monetarias y los desfalcos catastróficos en las economías de la región. Y sufrimos, en conjunto y como individuos, la infinita soledad. Una región que había sido por milenios campesina se consolidó en unas cuantas décadas como urbana, y, amén de la pobreza, la devastación cultural de este cambio dejó a los nuevos habitantes de las ciudades aislados de sus familias, atrapados en vastas extensiones de grisura y fealdad, huérfanos de identidad y a la merced de dos grandes fuerzas: el fanatismo de movimientos como Sendero Luminoso, y el consumismo depredador. La segunda parte de esta antología narra los sueños y padecimientos de los nuevos ciudadanos latinoamericanos bajo las condiciones de una modernidad que nunca acaba de llegar.

No todas son tragedias, por cierto. O si lo son, son tragedias montadas con una desfachatez moral tan grande que terminan en una especie de hilaridad. Pongo «El acertijo de Raúl» como ejemplo. Por último, hay una trilogía sobre Cuba y la gigantesca presencia de Fidel Castro, el político más decimonónico del hemisferio, y paradójicamente el que nos inspiró los sueños más fogosos de revolución y modernidad. De alguna manera, esta colección es la crónica de mi relación cambiante con el mito de Fidel, pero en estos tres artículos esa relación es explícita.

Durante la mayor parte de las tres décadas que abarca este libro escribí —a pesar de los hechos sangrientos y la maldad lacerante de tantos protagonistas de nuestra historia reciente— con una especie de optimismo sombrío. Latinoamérica fue siempre mi continente de la esperanza. Recuerdo que, a mediados de los ochenta, agobiada por tanta sangre y tanta dureza, salí de Centroamérica y pasé un año en Europa. Recorrí fascinada sus calles y monumentos, comí bacalao con patatas y no arroz con frijoles, soñé con quedarme en una región sin alacranes, hambrunas, ni gobernantes asesinos, y regresé a casa al año cumplido, convencida de que en Europa estaba todo hecho y en América Latina estaba todo por hacer. En efecto, mirando las estadísticas, hay un enorme movimiento hacia delante en estos años: sobreviven más niños al trauma del parto, mueren los adultos a una edad cada vez mayor y viven más sanos, tiene ya acceso al alfabeto y a la electricidad la inmensa mayoría de la población. Hubo, incluso, un momento en que se dieron elecciones presidenciales más o menos libres y más o menos en orden en todos los países de la región (salvo Cuba, claro), y apareció en embrión un ser participativo y ciudadano que permitió soñar con la llegada —dos siglos después de la independencia, cinco después de una colonización traumática— de la anhelada democracia. Fueron años en que me pareció posible escribir una columna gastronómica («El último de los placeres») y sembrar un jardín.

Escribo esto al 1 de enero del 2011. En el 2010 asesinaron a diez periodistas en México y nueve en Honduras, todos en relación al narcotráfico. En agosto del año pasado setenta y dos emigrantes que viajaban juntos por México con la esperanza de cruzar la frontera de Estados Unidos fueron secuestrados y asesinados por alguno de los grupos que viven del narcotráfico. En Perú reaparece un grupo de senderistas, y sobrevive gracias a las rentas que le proporciona el cultivo ilegal de la coca. En Río de Janeiro quien recorra las favelas se encontrará con niños de diez o doce años con ametralladora, haciendo guardia frente a los territorios de los jefes del tráfico. En el continente entero es raro el gobierno que no cuente con algún alto personaje ligado directamente al tráfico ilegal de drogas. En Guatemala y El Salvador los herederos de los que hicieron las guerras de los años ochenta luchan ahora a sueldo del narcotráfico, armados hasta los dientes. En la frontera norte de México, y también en la frontera sur, son cientos —o tal vez miles— los muchachos que ejecutan las tareas macabras dictadas por los dueños de la droga. Si la esperanza es una piel que nos recubre y nos protege del terror de la muerte y el vacío existencial, los empleados del negocio han sido desollados. No es por accidente que entre las diversiones inventadas por los sicarios del narcotráfico una sea la de arrancarle la piel en vivo a sus víctimas. En el Gran Guiñol de la violencia que ha generado la prohibición de las drogas y su consumo, todo es metáfora, y todo cadáver es autorretrato.

La corrupción generada en los estados latinoamericanos por el dinero del narcotráfico difícilmente se podrá sanear en las décadas venideras, aun suponiendo que se legalizaran mañana todas las sustancias prohibidas. Ni, legalizando, se resolvería el problema de los cientos de miles de jóvenes que hoy día conocen un solo oficio, que es el de la violencia. La guerra que se inventó Richard Nixon contra unas plantas y alguno que otro producto de laboratorio lleva ya cuarenta años generando muerte y destrucción, y los alegres consumidores de fin de semana —quienes constituyen el grueso del mercado—llevan también sus décadas adquiriendo productos que les llegan coagulados de sangre. La legalización del consumo y la producción de todas las sustancias que actúan sobre el ánimo y la percepción resulta imprescindible, pero tendría que ser mundial, y desde ya llegará tarde, si es que llega, pues es difícil que todos los países miembros de las Naciones Unidas aprueben la medida. (Es mucho más fácil concebir un cambio en la legislación de Estados Unidos o Francia que en la de China, por ejemplo.)

Mientras tanto, la cultura se transforma. No solo están los famosos narcocorridos y los menos conocidos homevideo. Están la religión, la moda, la conversación (pues últimamente en México hacemos esfuerzos por hablar de otra cosa) el arte y, sobre todo, la política, todos terrenos marcados por los valores del narcotráfico, entre los cuales destacan el machismo y el consumismo desaforado. El trabajo que tenemos por delante los reporteros será cada vez más arduo, y ante semejante panorama cuesta trabajo ser optimista o, incluso, no desesperarse.

Y sin embargo nunca, en estos años de esfuerzo, se me ha ocurrido nada mejor que hacer que lo que hago, ni escribir otra cosa que lo que me ha dictado incansablemente la curiosidad por la gente de un continente-país que es el mío. Me gusta por echao p’alante, fibrudo, y tesonero, y también por impredecible y surrealista. Agradezco la visión de dos arco iris enlazados en las alturas de los Andes colombianos, y, en el altiplano boliviano, la fulgurante rebanada de luna que se reflejó una noche en el vasto espejo cristalino del salar de Uyuni. Agradezco la sed devoradora que sentí en una larga y precaria caminata por las serranías de El Salvador, porque nunca antes ni después el agua me supo como la que bebí al final de esa jornada. Agradezco la bendición que me echó Celina Andrea da Silva, mae-de-santo umbandera en una mágica favela de Río de Janeiro. Agradezco también el saludo que envió un grupo de indígenas zapatistas a sus hermanos campesinos e indígenas allá donde yo les había contado que vivía: la ciudad de Nueva York. Son regalos de un oficio generoso.

(…)

***

El Playón, El Salvador. Los zopilotes están cebados. Su color es el mismo de la explanada de roca volcánica gris y negra que se extiende a lo largo de veinticinco kilómetros a espaldas del volcán San Salvador, el centinela que cuida de la capital de El Salvador.

A primera vista, parece como si las rocas estuvieran vivas y aletearan y se tropezaran en bandadas sobre la basura humeante y las botellas rotas. Pero son zopilotes y están atareados limpiando otro esqueleto. Y esto es El Playón, un campo de lava atravesado por una carretera principal flanqueada de basura por ambos lados. Como muchos otros vertederos, El Playón se convirtió hace poco —nadie sabe con certeza cuándo— en un tiradero clandestino de cadáveres. Pero la extensión del lugar lo hace único. Hay tantos cuerpos —varias docenas, quizá un centenar— que ya nadie se molesta en recogerlos.

Desde mediados de septiembre están apareciendo noticias en los periódicos locales sobre los cadáveres arrojados al Playón, pero según la Comisión Salvadoreña de Derechos Humanos las autoridades locales «ya ni siquiera se molestan en venir a hacer el reconocimiento de los cadáveres o en hacer las diligencias para su traslado a la morgue o para su entierro».

Desde hace mucho tiempo, la aparición de cuerpos mutilados es parte de la rutina del brutal enfrentamiento civil en El Salvador. Los cadáveres se arrojan de noche y aparecen en los vertederos a la madrugada. La Comisión de Derechos Humanos —de la que forma parte la Iglesia Católica— y la Consejería Jurídica aseguran que en los últimos diez meses más de diez mil personas —sin contar soldados o guerrilleros muertos en combate— han sido asesinadas en El Salvador por motivos políticos. Acusan al ejército salvadoreño y a las fuerzas policiales de ser responsables de la mayoría de las muertes. Los voceros del ejército culpan de la violencia a la oposición guerrillera. Ambos bandos admiten que sus afirmaciones carecen de pruebas convincentes.

Uno de los interrogantes cruciales en la definición de las políticas estadounidenses hacia El Salvador se refiere a la capacidad de su Junta de Gobierno, conformada por civiles y militares, para controlar la violencia casual. Los descubrimientos en El Playón indicarían que la violencia contra los civiles se ha mantenido estable a lo largo del año. La Comisión de Derechos Humanos afirma que en los últimos dos meses aproximadamente setecientos civiles han sido asesinados al mes, el promedio en 1981. El ejército y el presidente de la Junta, José Napoleón Duarte, contraatacan asegurando que la Comisión y la Consejería Jurídica están al servicio de la izquierda y que manipulan los hechos y los datos a favor de la guerrilla que lucha por derrocar al gobierno desde comienzos del año.

La violencia campea en este país pequeñito, pero todo parece indicar que el punto muerto en el enfrentamiento militar ha sido superado por la oposición izquierdista en las regiones del norte y del oriente, y que esta avanza con ímpetu. Por su parte, el componente civil de la Junta, controlado por la democracia cristiana, padece el asedio de cinco partidos de extrema derecha que exigen la renuncia del gobierno antes de las próximas elecciones para la Asamblea general.

La discusión sobre los responsables de la violencia es estridente y enconada, pero en medio del horror sofocante del Playón reina un silencio pavoroso, ocasionalmente roto por una lagartija que se desliza entre las pilas de basura salpicadas de rocas. Las verdaderas víctimas de la guerra salvadoreña son estos civiles, cuyos cadáveres salen a f lote cada mañana en la superficie del mar de lava.

Un cuerpo recién arrojado yace al borde de la autopista y a las once de la mañana los zopilotes han dado buena cuenta de él. Diez metros adentro, una pila de huesos se levanta al lado de dos cuerpos  claramente identificables como de un hombre y una mujer. Cuando el grupo de reporteros avanza, los zopilotes se alejan revoloteando pesadamente.

Desde la autopista y por entre el campo de lava se ha cavado un camino que otros han transitado recientemente, como lo demuestra la ropa ensangrentada que va apareciendo: un par de pantalones, una camisa, una camiseta; al final del camino aparece un descampado del tamaño de un diamante de béisbol cubierto aquí y allá por fémures, huesos pélvicos y escápulas entreverados con cientos de botellas de Tic Tac, el aguardiente local. Un reportero y un fotógrafo encuentran treinta calaveras al lado de grupos de esqueletos relativamente intactos. Desisten de contar.

Los esqueletos están por todas partes. Las calaveras por lo general exhiben la dentadura completa, señal de que las víctimas eran jóvenes. En El Salvador, donde la desnutrición es común, a un campesino de cuarenta años de edad le quedarían muy pocos dientes. La ropa es de civiles, y no son pocas las faldas, las blusas, los zapatos de trabajo de mujer.

Hay latas con huecos de balas y botellas boca abajo en las rocas filosas con picos de hasta un metro de altura, lo cual parece indicar que el lugar también sirve de campo de tiro. No es tan fácil explicar, en cambio, la pila de huesos astillados que se extiende a lo largo de varios metros. Los fragmentos, de unos cuantos centímetros, han sido perfectamente blanqueados, parecería que incinerados. Unos pasos más allá se ve la caja de cartón de una granada de mortero y un poco más lejos, otra.

Un fotógrafo local que visitó el lugar la semana pasada dijo que se había topado con una mujer que acababa de encontrar la ropa de su hermano y la había enterrado, en un gesto simbólico. «Había tantas calaveras que no podía saber cuál debía enterrar», recordó.

El coronel Alfonso Coto, vocero de las fuerzas armadas, explicó desde el país de nunca jamás que al ejército le resultaba imposible controlar el área de El Playón o investigar los cadáveres arrojados. «Sencillamente no contamos con tanta gente —dijo—. Le pedimos al FBI y a la Interpol que nos ayudaran a investigar el asesinato de cuatro americanos que trabajaban con la Iglesia y las únicas pruebas que lograron reunir fue un cartucho de G3, que usan tanto el ejército como la guerrilla. Es muy difícil.»

The Washington Post, 6 de noviembre de 1981.

(Aquí, publicación de esta selección)

***

Cómo escribir sobre las guerras del narcotráfico en México? Hay solamente un número limitado de formas para recordar a los lectores los desesperados actos de sacrificio humano que ocurren a diario en este país, o las a día de hoy calamitosas estadísticas: las casi 28.000 personas muertas en batallas o asesinatos relacionados con las drogas desde que accedió al poder el presidente Felipe Calderón hace casi cuatro años, los miles de secuestros, de actos gratuitos de violación y tortura, el número en aumento de niños huérfanos.

Por razones que probablemente ni siquiera ellos mismos acaben de entender, los diversos clanes narcos de México y las organizaciones responsables de tanto derramamiento de sangre se han aficionado a la atención pública, y para mantenerla han desarrollado una truculenta puesta en escena de muertes, una exhibición itinerante de mutilaciones grotescas y ejecuciones. Pero no obstante las constantes innovaciones, una horrenda degollación es, al fin y a la postre, muy parecida a la siguiente. El punto de saturación del público llega enseguida, y en la cobertura periodística de la guerra, donde prima el suceso como en todas las noticias, ha llegado a ser el punto en que la gente vuelve la página para seguir hojeando…

(Para seguir leyendo este texto, clickear aquí)

 

 

 

Posts relacionados: