Libia: avanzan los rebeldes… ¿hasta dónde?, por Jon Lee Anderson

March 27th, 20113:28 pm @

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27/3/11

La ciudad oriental de Ajdabiya cayó en manos de los rebeldes –otra vez—temprano el sábado, diez días después de que fuera tomada, en una operación relámpago, por las fuerzas de Kadafi, que habían sido expulsadas a fines de febrero. Una columna de vanguardia de hombres de Kadafi se retiraron hacia el oeste bajo intenso bombardeo de la coalición (europeo-norteamericana) una semana después de que los primeros ataques aéreos y misiles Tomahawk salvaran a Benghazi.

La semana pasada, los habbab—como se llama a los jóvenes rebeldes— habían sostenido un nuevo frente en el borde norte de Ajdabiya, yendo y viniendo y, mayormente, esquivando fuego de tanques y cohetes, a lo largo de un arenoso trecho del camino unas cinco millas fuera de la ciudad. Durante una visita que hice hace pocos días, la munición enemiga caía cerca y los shabbab, como siempre, se habían retirado precipitadamente, en pánico. Tenían buenas razones: ocho rebeldes habían volado por el aire en un vano y ostentoso intento de atacar a las fuerzas de Kadafi una o dos horas antes. (En la refriega, casi fui aplastado contra el guarda-rail por una pick up cargada de combatientes y manejada temerariamente; se desvió en el último instante). Se estaba volviendo obvio que el número de combatientes en el frente estaba disminuyendo y que la línea estaba retrocediendo. Los reporteros comenzaron a preguntar a los líderes del Consejo revolucionario en Benghazi sobre su incapacidad para comandar sus pregonadas “fuerzas especiales” (ostensiblemente, ex tropas del ejército bajo el comando de oficiales profesionales auténticos, a diferencia de los frenéticos e indisciplinados manifestantes-convertidos-en-esgrimidores-de-armas shabbab, que han predominado) que, según habían afirmado durante días y días, habían estado operando en algún lugar. Nunca pudimos verlos y, si existían, se habían demostrado incapaces de detener la huída de los rebeldes, en dominó, de Bin Jawad a Ras Lanuf, de allí a Brega, de allí a Ajdabiya y de allí de regreso a Benghazi. ¿Dónde estaban? “No sabemos”, era la respuesta inicial. Pero, a medida que pasaba la semana y los rebeldes no avanzaban pese a los bombardeos diarios de los aviones aliados, reconocieron la verdad: “No hay ejército”.

Eventualmente, con todo, hubo movimiento, a medida que los rebeldes hallaron la vía para entrar y salir de Ajdabiya utilizando pequeños caminos en el desierto, y volvieron con la noticia de que las fuerzas de Kadafi estaban posicionadas en cada uno de los bordes de la ciudad pero desperdigándose demasiado para controlar toda la ciudad. Los rebeldes los hostigaron, pero la columna de Kadafi era demasiado fuerte para vencerla. Luego, en la noche del viernes, se difundió el rumor en Benghazi de que una de las puertas de la ciudad había caído y que los hombres de Kadafi eran expulsados hacia la ciudad petrolera de Brega, cincuenta millas al oeste.

Era verdad. El sábado por la mañana, algunos amigos y yo nos unimos a un convoy creciente de automóviles que se dirigió a través de noventa millas de desierto a Ajdabiya y la encontramos abandonada por las tropas, y también por la mayor parte de sus habitantes. Casi cada casa o departamento a lo largo de las avenidas que atravesaban la ciudad había recibido disparos y algunos tenían grandes agujeros producidos por cohetes o balas de tanques. La basura de la guerra yacía por todas partes, con algunas características libias: casquillos de municiones, botellas plásticas de agua, gomas quemadas y cascos consumidos de tanques y otros vehículos; ropa, también: especialmente, extrañamente quizás, ropa interior masculina, que está tirada por donde voy (se dice que los soldados libios a menudo cambian sus uniformes por ropas civiles cuando escapan).

En el hospital del centro de la ciudad había un cargamento de restos humanos. Eran soldados de Kadafi, algunos de ellos muertos a tiros, algunos quemados, los miembros ennegrecidos con huesos protuberantes en medio de un amasijo de carne y ropa de fajina. Los hombres se reunían alrededor de ellos para mirar, cubriéndose las narices por el olor, y a tomar fotos con sus celulares. La mayoría de sus comentarios era despectivo.

En una rotunda del centro, había un tanque abandonado –uno de decenas por toda la ciudad—con jóvenes reunidos alrededor, esforzándose por posar para las fotografías. Enseguida llegaron más jóvenes para disparar sus armas y bailar alrededor para más fotografías, a medida que más cámaras llegaron para tomarlas. (Más tarde, el tanque fue prendido fuego y eventualmente explotó, en un estruendo masivo que se escuchó en toda la ciudad. La columna de humo podía verse a millas de distancia).

En todas partes había hombres y niños buscando entre los detritus, cargado misiles Grad en camionetas y cajas de cohetes y munición de morteros en otras. Un hombre pasó al lado nuestro con un tanque en un camión que se dirigía a Benghazi. Parecía un civil. No había policía ni soldados que pudieran hacerse cargo o prevenir el saqueo. Los muchachos disparaban ametralladoras y RPGs al cielo. Un amigo vio cómo uno de ellos aterrizaba sobre una pequeña cabaña cercana, demoliéndola.

Seguimos un torrente irregular de automóviles que se dirigía al sur, hacia Brega, donde habíamos estado por última vez hacía dos semanas, antes de que cayera. El camino estaba vacío excepto por vehículos blindados y tanques y pick-ups totalmente quemados y grupos de carroñeros expectantes y mirones –agregados irreales a un paisaje de desierto prístino de dunas y colinas ornadas de matas. Fuimos hasta el desvío a Brega. Había combatientes allí, reunidos para intercambiar información y decidir qué hacer en pick-ups armadas para la guerra.

El rumor –rumores y habladurías son las formas en que la información es transmitida en esta guerra ahora, porque los celulares no funcionan en el desierto que está más allá de Ajdabiya—era que el camino estaba libre por otras veinte millas, todo el camino hasta un pueblo llamado Bishr, en ruta a Ras Lanuf. Habiendo abandonado Ajdabiya, los hombres de Kadafi habían seguido marchando, parecía, y disparaban para cubrir su retirada.

El domingo quedó claro que no se habían detenido para luchar en Ras Lanur o en la siguiente ciudad, Bin Jawad. Los rebeldes habían tomado ambas –y habían llegado tan lejos como la última vez. Ahora la pregunta era si los rebeldes se reagruparían o avanzarían derecho hasta Sirt, el bastión de Kadafi, a menos de cien millas de distancia. Para los rebeldes, Sirt es el escenario de la inevitable batalla decisiva, donde el poder de Kadafi deber ser quebrado para poder, luego, terminar con su dominio sobre el país.

Si funciona lo de Sirt, dicen, Trípoli caerá. Es una declaración de fe, aunque no necesariamente realista.

¿Pueden hacerlo? No sin muchos más bombardeos aéreos, eso es cierto. Pero la idea los sostiene y, a pesar de su enfoque algo amateur de la guerra, los rebeldes parecen haber aprendido uno de sus requerimientos esenciales: que la guerra, ganarla o perderla, no depende tanto de proezas o equipo, sino de un estado de ánimo.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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