1.
Cuando Ryszard Kapuściński salió en su primer (y el último tan largo) viaje a América Latina –duró cuatro años y medio, interrumpido por breves retornos a Polonia– ya había pasado varios años en África, trabajando como corresponsal para la Agencia Polaca de Prensa. Había sido testigo de la caída del sistema colonial británico, belga, francés, y en África había hallado su tema, su espíritu. Los grandes líderes africanos, libertadores del yugo colonial de sus países, Nkrumah, Lumumba, Gizenga, Nyerere y otros, se convirtieron en sus ídolos y héroes.
Mientras tanto, en la Polonia Popular, el entusiasmo que había acompañado a la revolución social de los años 40 y 50, y los intentos de reforma del sistema socialista emprendidos en 1956 para deshacerse de sus errores y deformaciones, ya se había desvanecido. Llegó la época de la así llamada “pequeña estabilización“; la burocracia partidaria tomó el poder; todos luchaban por encontrar su propio lugar; la mayoría de la gente se concentraba sobre su vida dentro del cerrado círculo familiar –ya que faltaba espacio en la vida pública. Retornado de África,Kapuściński se sentía en tal entorno como un pez arrojado en la arena. Le faltaba el agua. Escribió entonces un ciclo de reportajes sobre las repúblicas asiáticas de la Unión Soviética y lo hizo como si escribiera sobre su querida África. Así que, cuando llegó la propuesta del jefe de la agencia de prensa de viajar a América del Sur para buscar un segundo lugar en la región –aparte de México- donde valdría la pena abrir una sucursal de la agencia, Kapuściński se sintió como si le hubieran vuelto la vida.
En el 67, América Latina era como un barril de pólvora. Ya desde hacía unos años, la revolución cubana despertaba las esperanzas de los rebeldes y soñadores en la región; en varios países se formaban las guerrillas populares que, con las armas en la mano –como los barbudos de Sierra Maestra– se proponían derrocar la tiranía y el injusto status quo. Kapuściński iba a volver al mundo blanquinegro de los opresores y los oprimidos, donde se luchaba a vida o muerte; al mundo cuya estructura y reglas él entendía (aun sin saber mucho sobre la región al principio); al mundo donde se sentía bien, donde tenía muy claro de qué lado estaba, el mundo que le recordaba los años de su juventud, cuando luchaba por un socialismo justo en Polonia.
Cuando escribía mi libro sobre Kapuściński, una de las amigas de su generación me dijo que, al terminarse la revolución en su país, él fue en busca de otras por todos los rincones del mundo. A América Latina (a Santiago de Chile,concretamente) llegó en diciembre de 1967, en un momento particular, como él mismo decía: exactamente dos meses después de la muerte del hombre que iba a convertirse en una leyenda para varias generaciones de rebeldes, tanto en América Latina como en otras partes del mundo.
2.
Cuando oigo “Kapuściński y América Latina“, lo primero, lo segundo y lo tercero que me viene a la mente es el personaje del Che Guevara.
Kapuściński no tuvo la oportunidad de conocer al Che Guevara, pero sentía hacia el héroe de la revolución cubana y guerrillero incansable la admiración que se tiene por un ídolo, alguien que es un modelo insuperable de comportamiento –en este caso: de valentía, pureza moral, sacrificio personal.
El mismo Kapuściński, en su ensayo “Guevara y Allende“, escribe:
“Allende desea preservar la honestidad ética. De la misma manera se comporta Guevara. Su destacamento no para de capturar prisioneros, soldados rasos y oficiales, a los que suelta enseguida. Desde el punto de vista militar, comete un grave error: los prisioneros no tardan en informar del lugar en que se encuentra el destacamento, del número de sus miembros y de su armamento. Pero Guevara no fusila a ninguno. «Sois libres –les dice–; nosotros, los revolucionarios, somos personas moralmente honestas, no vamos a ensañarnos con un adversario desarmado.»
Este principio de honestidad moral es un rasgo característico de la izquierda latinoamericana. También es causa de sus frecuentes derrotas en la política y en la lucha. Pero hay que intentar entender su situación. Todo joven latinoamericano crece rodeado de un mundo corrupto. Es el mundo de una política hecha por y para el dinero, de la demagogia desenfrenada, del asesinato y el terror policial, de una plutocracia implacable y derrochadora, de una burguesía ávida de todo, de explotadores cínicos, de arribistas vacuos y depravados, de muchachas empujadas a cambiar fácilmente de hombre. El joven revolucionario rechaza ese mundo, desea destruirlo, y antes de que sea capaz de hacerlo, quiere contraponerle un mundo diferente, puro y honrado, quiere contraponerlo a sí mismo.
En la rebeldía de la izquierda latinoamericana siempre está presente ese factor de purificación moral, un sentimiento de superioridad ética, una preocupación por mantener esa superioridad frente al adversario. Perderé, me matarán, pero jamás nadie podrá decir de mí que he roto las reglas de la lucha, que he traicionado, que he fallado, que tenía las manos sucias.”
Durante años Kapuścinski decía en las entrevistas y mencionaba en las cartas que iba a escribir un libro sobre su héroe, su “Cristo con un fusil al hombro“, que se fue a luchar y morir por un mundo más justo y más humano sin importarle el precio que iba a pagar por ello. Kapuściński nunca escribió este libro, salvo el mini-ensayo cuyo fragmento está citado más arriba. Le faltó tiempo para eso; lo ocuparon nuevas guerras y revoluciones: en Angola, Etiopía, Irán y Polonia. En vez de eso, tradujo el “Diario de Bolivia“, que les causó dolor de cabeza a los camaradas del partido polaco porque Guevara -aunque un revolucionario rojo, supuestamente “nuestro“ – no era visto con buenos ojos en Moscú.
Durante años, Kapuściński se sintió fascinado también por Fidel Castro. En las disputas con sus amigos, mantenía que Castro era un idealista que no dependía de nadie (es decir: de Moscú), muy diferente de los dirigentes polacos, tan sumisos a los líderes soviéticos.
La fascinación de Kapuściński por la revolución cubana se acabó –según su mejor amigo- a finales de los años 80, pero, a pesar de perder sus ilusiones, nunca se adhirió a la corriente, tan de moda en Polonia, de los críticos de la dictadura de Castro, que la veían, simplemente, como el más horroroso infierno en la tierra. Demasiados infiernos ya había visto Kapuściński… Sólo una vez se permitió criticar públicamente a Castro y el sistema cubano – en 2001, en México. Aun así, su crítica estuvo desprovista de ferocidad y retórica vacía.
Sobre el Che, en cambio, nunca pronunció públicamente ni escribió una sola palabra crítica. Con el paso de los años, seguía considerándolo más bien un idealista que un ideólogo; alguien que, a pesar de sus debilidades y errores, siempre estuvo del lado bueno, luchando por un mundo mejor y sacrificando su vida por conseguir sus sueños. También alguien que encarnaba la tragedia de los rebeldes de los países del Sur en la época de la confrontación entre Oriente y Occidente, cuando todo estaba dominado por aquella rivalidad principal.
3.
Kapuściński vuelve a América Latina un cuarto de siglo más tarde – ya como reportero y escritor de fama mundial (paso por alto unas cortas visitas de carácter incidental al final de los años 70). Invitado por el Instituto Galán en Bogotá, participa en la discusión sobre el conflicto armado en Colombia. La directora del Instituto, Maruja Pachón, le propone a Kapuściński pasar medio año en Colombia para luego escribir un libro que tal vez permita a los colombianos descubrir en ellos mismos algo que no perciben; comprender algo que no comprenden.
Este proyecto nunca fue llevado a cabo, pero, gracias a aquella visita, Kapuściński establece una cooperación con la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por Gabriel García Márquez y dirigida por Jaime Abello. Se siente especialmente orgulloso -lo que se nota en las conversaciones con él en aquel tiempo- de ser reconocido como maestro del reportaje literario por el ganador colombiano del Premio Nobel. Recibe la invitación para impartir talleres para los reporteros de la región seleccionados por medio de un concurso. Realiza tres talleres – en México en 2001, en Buenos Aires en 2002 y en Caracas en 2004.
Le gusta viajar para impartir estos talleres porque esto le permite entrar en contacto con la región sobre la que quiere escribir su siguiente libro. Después de publicar, en 1998, ”Ébano“, su “summa africana“, Kapuściński anuncia que va a escribir un libro similar sobre América Latina, el cual recogerá sus experiencias, observaciones y memorias de cuando fue corresponsal de la Agencia Polaca de Prensa, y de su encuentro con el continente de hoy.
Un sueño más, un proyecto más, que no iba a cumplirse nunca.
4.
Es una paradoja que Kapuściński, considerado – por lo menos en Polonia – como un experto en América Latina, haya escrito, en realidad, muy poco sobre el tema. En “La guerra del fútbol“, cuyo título sugiere que el libro trata sobre América Latina, dedica apenas unos cuantos capítulos a esta región; la mayor parte del texto trata de África. Igual que en “Cristo con un fusil al hombro“- una gran parte de esta colección de reportajes está dedicada a Medio Oriente y a África; solamente la mitad toca el mundo latinoamericano. Hay también unas cuantas notas sobre México en el primer volumen de “Lapidario“. En total, hay quizás unas 150 páginas de texto. Es una pequeña parte de la obra del escritor y reportero que escribió más de 20 libros.
Sin embargo, Kapuściński hablaba mucho sobre América Latina en las entrevistas, América Latina dejó una impronta duradera en su modo de pensar y percibir el mundo. Aquí hay un ejemplo (se trata de un pequeño libro “Por qué murió Karl von Spreti?“, publicado luego como un capítulo de la edición española del “Cristo con un fusil al hombro“):
“¿Qué motivos me guiaban a la hora de escribir textos como el dedicado a Guatemala? Sobre todo un deseo de defender a aquella gente, a los guerrilleros, su dignidad y sus razones. Y es que uno oye decir barbaridades de estos hombres, historias de lo más difamatorias, porque todo el sistema de información extendido por el mundo es de la derecha. No le oirás decir ni una palabra de cómo son aquellas dictaduras, aquellos regímenes, aquella realidad, que son los que obligan a estos combatientes a lanzarse a la lucha. No hace más que repetir hasta la saciedad su condena a los «terroristas». Pero fíjate en que todos los movimientos de liberación nacional, incluida nuestra resistencia polaca durante la última guerra, han sido definidos por la propaganda oficial como terrorismo. Así, en aquel momento, cuando tras el asesinato en Guatemala de Karl von Spreti se desató toda aquella oleada de difamaciones en un país en el que todos los días mueren asesinadas varias docenas de personas del todo inocentes, mi primera reacción fue una reacción espontánea de protesta y de defensa moral de esas personas. [...]
Lo que tienes alli es una ciudad en la que todas las mañanas te despiertan ráfagas de ametralladora; no hace falta poner el despertador. Si en medio de aquello aparece un grupo de jóvenes maravillosos que están dispuestos a emprender la lucha aunque saben que van derecho a la tumba, pero que no tienen otra salida, ¿cómo vas a llamarlos terroristas? En aquel sistema no se puede contar con lujos como la lucha pacífica o la labor de conciencia ción de las masas y de agitación política porque no existe ninguna posibilidad de hacerlo, ningún mecanismo que permita actuar, tu campo de maniobra es nulo. Estás atenazado, y, si quieres ser un ser humano, lo único que te queda es morir. Así que ¿cómo se puede llamar terroristas a aquellos hombres? Puedo llamarlos combatientes, incluso héroes. No puedo fingir que no existe ese primer terror básico, institucionalizado, contra el cual ellos se levantan, luchan y mueren. Ésta es toda la verdad, y si alguien quiere quedarse con medias verdades o cuartos de verdades, ése se somete y sirve a la falsedad, a la mentira”.
Hoy en día ideas de este tipo no son muy populares.
Estos pocos textos de Kapuściński sobre América Latina contenían tanta carga de involucramiento emocional que su autor empezó a ser asociado con América Latina de igual modo que con África, sobre la que había escrito mucho más. “La guerra del fútbol“ y “Cristo con un fusil al hombro“ se convirtieron en emblemas de la pasión de Kapuściński por el tercer mundo y –en particular, el segundo libro– de su modo de pensar, y los dos libros tratan del mundo latinoamericano. Quien sabe –tal vez en estos textos sobre el mundo latinoamericano de dictaduras y rebeliones, injusticias y sueños de un mañana mejor, consiguió transmitir pensamientos y emociones (“la esencia de las cosas“, como solía repetir); lo que otros no fueron capaces de hacer en centenares de páginas de voluminosos tomos.
¿Por qué, entonces, no escribió su “summa latinoamericana“? No hay una respuesta clara –sólo podemos hacer conjeturas.
En sus apuntes del viaje por la región que fue una preparación para trabajar sobre el libro, escribió:
“Mi gran tema han sido los grandes movimientos de los humillados y oprimidos que luchaban por la dignidad y el derecho a una vida mejor, pero los humillados y oprimidos de hoy no luchan por nada, sino que intentan adaptarse, hacerse con esa migaja que consiguen arañar para sí, cavarse un nicho privado lo más cómodo y calentito posible y desde él escudriñar a izquierda y derecha, a ver qué más cosas podrían agenciarse.”
En otro lugar de los mismos apuntes añadió:
“Se me ha acabado el tema, que era el drama del poder, pues ahora el poder ya no vive dramas, sino que, como mucho, teme que se descubran sus cuentas bancarias y vaya a parar a la cárcel.”
Podemos considerarlo como una respuesta a la pregunta “¿por qué no escribió aquel libro anunciado sobre América Latina?”, pero yo veo aquí una reflexión pasajera, una observación interesante, un reflejo del estado de ánimo. Porque dentro de poco Kapuściński empezó a fascinarse por los zapatistas mexicanos y el subcomandante Marcos, en el que veía una nueva encarnación de su predilecto Che. En los nuevos movimientos étnicos y de los pobres, excluidos anteriormente de la participación en la política, veía el gran despertar de los ausentes y callados. Después de volver de México, en 2001, hicimos juntos una entrevista, a la que titulamos „Primavera de los Pueblos latinos“. Kapuściński dijo:
“Ahora América indígena se está despertando. No sólo en México, pero en todos los lugares donde las comunidades indígenas son aún fuertes, es decir, en Perú, Bolivia, toda América Central, Colombia, Venezuela, Ecuador, Paraguay y Brasil. Este es un fenómeno que se extiende por toda la región. Los indios cobran conciencia étnica y reclaman igualdad de derechos para sí como miembros del nuevo mundo multicultural del siglo XXI”.
Aunque durante su estadía en México –indagado por los periodistas – evitaba pronunciarse claramente sobre Marcos, en Polonia abiertamente rechazaba las sugerencias de que Marcos fuera un radical rojo: un rebelde, pero no un revolucionario; alguien que es crítico, pero no aspira a alterar el orden y tomar el poder. Se sentía que Kapuściński compartía las opiniones de este rebelde:
„Una vez más voy a referirme a lo que dice Marcos, que el mismo mercado libre no es un peligro. Sin embargo, la globalización lo puede ser, aunque no necesariamente. Marcos dice que las élites económicas de México y de otros países no se dan cuenta que el peligro no llega desde los movimientos sociales reivindicativos, sino del gran capital. Porque las burguesías locales no serán destrozadas por los rebeldes, sino que serán absorbidas por los grandes centros financieros.”
Uno de los participantes de talleres impartidos por Kapuściński, Boris Muñoz, me contó que tres años más tarde, durante la estadía de Kapuściński en Caracas, los periodistas preguntaron al maestro que opinaba sobre Hugo Chávez, un personaje que despierta muchas controversias. La respuesta de Kapuściński, tal como lo recordó Boris, fue, más o menos, esta (la estoy resumiendo):
-Ni durante los talleres ni durante los encuentros con otros periodistas se pronunciaba abiertamente sobre lo que pensaba de las controversias que Hugo Chávez despertaba en Venezuela. Los que querían oir en sus palabras la desaprobación a la tendencia autoritaria, podían oirla. Si lo querían… Porque Kapu no dijo nada definitivo. Finalmente, alguien le preguntó: ¿Qué consejo podría dar usted a alguien que quiere practicar periodismo en el país tan polarizado políticamente como es Venezuela? Y otra vez, una respuesta muy cautelosa. Ofreció un discurso en el que, por un lado, se distanció del autoritarismo, y por el otro, intentó convencer a los periodistas para que sean más abiertos a los cambios sociales que ocurrían en Venezuela y América Latina. Se podía percibir cierta simpatía hacia Chávez, o por lo menos, eso parecía.
Efectivamente, Kapuściński tuvo mucha comprensión para las razones de la popularidad del líder venezolano y de los cambios sociales que había iniciado. Consideraba a la revolución de Chávez (si ésta es una revolución, es tema para otro ensayo) como parte de un despertar de los pobres del continente, de la América étnica – y con este proceso él simpatizaba abiertamente. No obstante, ya que entendía los mecanismos y las tentaciones del poder que descríbia en sus mejores libros, se reservaba espacio para la crítica de políticos concretos y sus decisiones. Al expresar su simpatía por los nuevos movimientos, a la vez fue muy cauteloso formulando sus opiniones acerca de políticos concretos, en particular, si se trataba de opiniones positivas que consideraba como un tipo de crédito de confianza intelectual. En su vida había visto demasiados líderes nobles que, al llegar al poder, se convertían en megalómanos narcisistas y tiranos.
De las conversaciones que tuve con Kapuściński en los últimos años de su vida, llevé la impresión de que él se daba cuenta de cuantas cosas habían cambiado en el continente y cuanto trabajo le costaría –treinta años más tarde – comprender y describir esta nueva América Latina. El sueño de escribir este libro nunca lo dejó, pero siempre posponía su realización para más tarde, como si tuviera el presentimiento de que le iba a faltar fuerza, energía y tiempo para escribir una obra que exigía tanto trabajo y tantos viajes.
5.
Lo que fascinaba a Kapuściński de América Latina estaba muy lejos de lo que se pensaba sobre este continente en su país. Sus héroes latinos de los tiempos de la guerra fría fueron tratados en Polonia como los que querían acarrear igual desgracia para sus sociedades como la que nosotros habíamos sufrido bajo el gobierno del partido comunista. Hasta los camaradas partidarios, a quienes los ídolos de Kapuściński deberían ser ideológicamente cercanos, les consideraban –en el mejor caso – locos impulsivos y, sobre todo, renegados que se rebelaron contra Moscú.
Después de la caída del socialismo real, poco cambió en esta materia: los héroes de Kapuściński son considerados como unos epígonos peligrosos de las dictaduras rojas, no importa cuánto se distancien de estas dictaduras.
Kapuściński no libraba batallas por sus opiniones e ideas, no fue un polemista a quien le gustaba luchar, refutar argumentos, asestar golpes. Decía y escribía lo suyo. Fue querido por ser nuestro gran escritor que alcanzó éxito en el mundo, pero no se escuchaba lo que él tenía para decir –sobre América Latina, entre otros temas– y no se lo escuchaba intencionalmente. ¿Por qué? Porque, entonces, sería necesario referirse a ello, y en Polonia esto sería aplastante para Kapuściński. Pero que quede claro: yo mismo creo que fue precisamente Kapuściński el que tenía una visión lúcida del continente y de sus conflictos. En cambio, sobre las ideas acerca de América Latina dominantes en Polonia flotan los espectros del anticomunismo radical juntado con la ignorancia.
En América Latina, tanto en el pasado como en los últimos años, Kapuściński encontraba las ideas, el lenguaje y los personajes de la vida política cercanos a su visión del mundo. Aquí también tenía sus discípulos, a veces muy fieles, a veces severamente críticos –pero más conscientes que muchos polacos de quién fue, qué escribía y qué pensaba sobre el mundo.
Políticamente, intelectualmente y espiritualmente, fue América, y no Polonia, la verdadera patria de Ryszard Kapuściński.
Medellín, 10-12 marzo 2011




March 25th, 2011 → 1:33 pm @ elpuercoespín
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