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UNA NEWARK ECUATORIAL
El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos. En el ángulo sudoeste de la ciudad, en el barrio judío de Weequahic, apenas nos enteramos, como tampoco oímos hablar de la siguiente serie de casos desperdigados por casi todos los barrios de Newark excepto el nuestro. Hubo que esperar a la festividad del Cuatro de Julio, cuando ya se habían registrado cuarenta casos en la ciudad, para que en la primera plana del periódico vespertino apareciera una noticia titulada «Las autoridades sanitarias alertan a los padres sobre la polio», donde se citaba al doctor William Kittell, inspector del Consejo de Sanidad, quien había prevenido a los padres para que observaran detenidamente a sus hijos y, en caso de que un niño mostrara síntomas como dolor de cabeza, garganta irritada, náuseas, rigidez de cuello, dolor en las articulaciones o fiebre se pusieran en contacto con el médico. Aunque el doctor Kittell reconocía que cuarenta casos de polio eran más del doble de los que solían producirse al comienzo de la temporada, quería dejar claro que aquella ciudad de 429.000 habitantes en modo alguno sufría lo que podría considerarse una epidemia de poliomielitis. Aquel verano, como todos, había motivos de preocupación, y era necesario adoptar las medidas higiénicas apropiadas, pero aún no había razones para que cundiera la alarma que, veintiocho años atrás, habían mostrado los padres durante el brote más largo de la enfermedad jamás producido: la epidemia de polio de 1916 en el nordeste de Estados Unidos, cuando se habían dado más de 27.000 casos y 6.000 fallecimientos. En Newark había habido 1.360 casos y 363 muertes. Ahora bien, incluso en un año en que el número de casos era el habitual, cuando los riesgos de contraerla eran mucho menores que en 1916, la polio, una enfermedad paralizante que dejaba al niño permanentemente impedido y deforme o incapaz de respirar fuera de un recipiente metálico cilíndrico –un respirador artificial llamado «pulmón de acero»–, o que podía conducir desde la parálisis de los músculos respiratorios hasta la muerte, causaba a los padres de nuestro barrio una considerable aprensión y alteraba la tranquilidad de los niños que gozaban de vacaciones veraniegas y podían pasarse el día, hasta bien entrado el largo crepúsculo, jugando al aire libre. La preocupación por las funestas consecuencias de enfermar gravemente de polio se acrecentaba al no existir ningún medicamento que tratara la enfermedad, y ninguna vacuna que proporcionara inmunidad. La polio, o parálisis infantil –como la llamaban cuando se creía que la enfermedad infectaba sobre todo a niños de corta edad–, podía atacar a cualquiera y sin ninguna razón aparente. Aunque quienes la padecían eran generalmente niños o adolescentes hasta los dieciséis años, también los adultos podían resultar gravemente infectados, como le había ocurrido al entonces presidente de Estados Unidos.
Franklin Delano Roosevelt, la víctima más famosa de la polio, contrajo la enfermedad cuando era un vigoroso hombre de treinta y nueve años; a partir de entonces tuvieron que sostenerle para que pudiera caminar y, aun así, debía llevar unas pesadas abrazaderas de acero y cuero desde las caderas hasta los pies sin las que no hubiera podido mantenerse erguido. La institución benéfica que Roosevelt fundó cuando estaba en la Casa Blanca, la March of Dimes, obtenía dinero para la investigación y la ayuda económica a las familias de los afectados, pues, aunque era posible una recuperación parcial o incluso total, con frecuencia esto solo ocurría al cabo de meses o años de costosa terapia y de rehabilitación en el hospital. Durante la recogida anual de fondos, los jóvenes norteamericanos donaban sus monedas de diez centavos a la escuela para ayudar a la lucha contra la enfermedad e introducían el dinero en las huchas que pasaban los acomodadores en los cines, y tanto en las paredes de tiendas y oficinas como en los pasillos de las escuelas del país entero aparecieron carteles con las frases «¡También tú puedes ayudar!» y «¡Ayuda a combatir la polio!» bajo imágenes de niños en silla de ruedas, una guapa chiquilla con abrazaderas en las piernas que se chupaba el pulgar o un niño acicalado con abrazaderas en las piernas, que sonreía heroicamente lleno de esperanza… Aquellos carteles hacían que la posibilidad de contraer la enfermedad les pareciera incluso más terriblemente real a unos niños por lo demás sanos.
Los veranos eran húmedos en Newark, una ciudad que se halla al nivel del mar, y como estaba parcialmente rodeada de extensas marismas –un gran foco de malaria, que en aquel entonces también era una enfermedad incontenible–, había nubes de mosquitos que era preciso liquidar con el matamoscas o con la palma de la mano cada vez que, por la noche, colocábamos sillas de playa en los callejones y en los senderos de acceso a las viviendas y nos sentábamos para ponernos a salvo del tórrido calor de nuestros pisos, donde, para mitigar aquellas infernales temperaturas, no había más medios que la ingesta de agua helada o las duchas frías. Esto sucedía antes de la aparición del aire acondicionado doméstico; entonces, cuando un pequeño ventilador eléctrico negro, puesto sobre una mesa para que produjera cierta brisa en el interior, ofrecía escaso alivio cuando la temperatura superaba los 32 grados, como sucedió repetidas veces aquel verano durante períodos de una semana o diez días. En el exterior, los vecinos encendían velas de citronella y rociaban el ambiente con botes de insecticida Flit para mantener a raya a las moscas y los mosquitos, de los que se sabía que eran transmisores de la malaria, la fiebre amarilla y el tifus, y de los que muchos –empezando por Drummond, el alcalde de Newark, que lanzó la campaña «Acabemos con las moscas», extensible a todo el municipio–, creían que transmitían la polio. Cuando una mosca o un mosquito lograban penetrar a través de los mosquiteros de las puertas y ventanas o por una puerta abierta, los inquilinos perseguían tenazmente al insecto con matamoscas y Flit, temerosos de que al posarse con sus patas cargadas de gérmenes en uno de los niños dormidos le inoculara la polio. Puesto que entonces nadie conocía la fuente del contagio, era posible sospechar de casi todo, incluso de los escuálidos gatos callejeros que se acercaban a nuestros cubos de basura en el patio trasero, de los macilentos y hambrientos perros vagabundos que rodeaban a hurtadillas las casas y defecaban en la acera y en la calle, y de las palomas que zureaban en los gabletes de las casas y ensuciaban los escalones de la entrada con sus blancuzcos excrementos. En el primer mes del brote, antes de que el Consejo de Sanidad lo reconociera como una epidemia, el departamento de higiene se puso a exterminar sistemáticamente la enorme población de gatos callejeros, aunque nadie sabía si estos tenían que ver con la polio en mayor medida que los gatos domésticos.
Lo que sí sabía la gente era que se trataba de una enfermedad sumamente contagiosa y que la mera proximidad f ísica a los ya infectados podía hacer que se transmitiese a quienes estaban sanos. Por esta razón, a medida que el número de casos aumentaba imparable en la ciudad, y con ellos el temor de la comunidad, los padres de muchos niños de nuestro barrio les prohibieron utilizar la gran piscina pública del Olympic Park, en la cercana Irvington, les prohibieron ir a los cines con aire acondicionado y tomar el autobús que iba al centro de la ciudad o viajar por el barrio de Down Neck hasta la avenida Wilson para ver a nuestro equipo de la liga menor, los Bears de Newark, que jugaban al béisbol en el estadio Ruppert. Nos advertían de que no usáramos los lavabos públicos, ni bebiéramos de las fuentes públicas, ni tomáramos un trago de la botella de refresco de un compañero, ni nos resfriáramos, ni jugáramos con desconocidos, ni sacáramos libros en préstamo de la biblioteca pública, ni habláramos por teléfono público, ni compráramos comida en un tenderete callejero, ni comiéramos hasta habernos lavado a conciencia las manos con agua y jabón. Teníamos que lavar la fruta y la verdura antes de consumirlas, y mantenernos a distancia de cualquiera que pareciese enfermo o se quejase de alguno de los síntomas reveladores de la polio.
Se consideraba que la mejor protección de un niño contra la polio era que huyera de la tórrida ciudad y pasara el verano en un campamento en las montañas o en el campo, o bien a unos cien kilómetros de distancia, en el litoral de Jersey. La familia que podía permitírselo alquilaba un dormitorio con derecho a cocina en una pensión de Bradley Beach, un lugar formado por una playa de arena, un paseo marítimo entarimado y unos chalets alargados que ya llevaban varias décadas siendo populares entre los judíos del norte de Jersey. Allí la madre y los niños irían a la playa para respirar el fresco y tonificante aire del océano durante toda la semana, y el padre se reuniría con ellos los fines de semana y en vacaciones. Por supuesto, se sabía que tanto en los campamentos de verano como en las poblaciones costeras se daban casos de polio, pero como no eran tan numerosos ni mucho menos como los registrados en Newark, existía la creencia generalizada de que mientras que los alrededores de la ciudad, con sus sucias aceras y su insalubre atmósfera, facilitaban el contagio, instalarse en un lugar desde el que se veía u oía el mar, o en el campo o en las montañas, era la mejor garantía para eludir la enfermedad. Así pues, los privilegiados favorecidos por la suerte desaparecían de la ciudad durante el verano, mientras que los demás nos quedábamos allí haciendo exactamente lo que no debíamos, pues se sospechaba que el «esfuerzo excesivo» era otra posible causa de la polio: repetíamos un turno de lanzamiento de pelota tras otro y jugábamos un partido de softball tras otro en el ardiente asfalto del patio del colegio, nos pasábamos el día corriendo bajo el calor extremo, bebíamos con avidez el agua de las fuentes prohibidas, entre uno y otro turno de lanzamiento nos sentábamos en un banco, apretujados, aferrando en el regazo el desgastado y mugriento guante que fuera del campo usábamos para secarnos el sudor de la frente y evitar que nos llegara a los ojos, hacíamos el payaso y conversábamos con los polos empapados y las zapatillas apestosas, sin pensar que nuestra imprudencia podría condenar a cualquiera de nosotros a estar encerrados de por vida en un pulmón de acero y a que se hicieran realidad los más atroces temores físicos.
Solo una docena de niñas, más o menos, aparecían por allí, en su mayoría chiquillas de ocho o nueve años a las que normalmente se las veía saltando a la comba en un extremo del patio que daba a un callejón propiedad de la escuela y que estaba cerrado al tráfico. Cuando las chicas no saltaban a la comba, usaban la calle para jugar al tejo, a la petanca, correr las bases, o se pasaban el día entero haciendo botar alegremente una pelota de goma de color rosa. A veces, cuando las niñas saltaban a la comba doble, haciendo girar dos cuerdas en direcciones opuestas, uno de los chicos aparecía espontáneamente y, apartando a la niña que estaba a punto de saltar, brincaba y se ponía a gritar burlonamente la canción favorita de las chicas mientras saltaban, enredándose a propósito con las cuerdas que pasaban a toda velocidad por encima de su cabeza. «¡H, mi nombre es Hipopótamo…!» Las niñas le chillaban «¡Basta! ¡Basta!», y pedíanayuda al director del centro de verano, quien solo tenía que gritar desde el lugar del campo en que se encontrase al alborotador (casi siempre era el mismo chico): «¡Déjalo ya, Myron! ¡Deja en paz a las chicas o te vas a casa!». Entonces la airada protesta remitía. Pronto las cuerdas restallaban de nuevo en el aire, y una saltadora tras otra entonaba la canción:
¡A, mi nombre es Agnes
y mi marido se llama Alphonse,
venimos de Alabama
y traemos albaricoques!
¡B, mi nombre es Bev
y mi marido se llama Bill,
venimos de las Bermudas
y traemos berzas!
C, mi nombre es…
Con sus voces infantiles, las niñas que estaban en el extremo del patio improvisaban de la A a la Z y empezaban de nuevo, aliterando los nombres al final del verso, a veces de una manera absurda, en cada ocasión. Al saltar y corretear con entusiasmo –excepto cuando Myron Kopferman y otros como él se entrometían y las imitaban tontamente–, mostraban una energía asombrosa. A menos que el director del centro las llamara y les pidiese que se pusieran a la sombra de la escuela para protegerse del calor, no abandonaban aquella calle desde el viernes de junio en que finalizaba el trimetre de primavera hasta el martes posterior al Día del Trabajo en que comenzaba el trimetre de otoño y solo podían saltar a la comba después de la escuela y durante el recreo.
Aquel año, el director del centro de verano era Bucky Cantor, quien, debido a una deficiencia visual que le exigía llevar unas gafas de gruesos cristales, era uno de los pocos jóvenes que no estaba luchando en la guerra. Durante el curso anterior, el señor Cantor se había convertido en el nuevo profesor de educación física de la escuela elemental Chancellor Avenue, por lo que a muchos de los que frecuentábamos el centro de verano ya nos conocía de sus clases de gimnasia. Aquel verano tenía veintitrés años, y era graduado por South Side, la escuela de enseñanza media de Newark a la que iban alumnos de diversas razas y religiones, y licenciado por la Universidad Panzer de Educación Física e Higiene, en East Orange. Medía aproximadamente un metro sesenta y cinco, y aunque era un excelente atleta y un temible competidor, su estatura, combinada con su vista deficiente, le había impedido formar parte de los equipos universitarios de fútbol, béisbol o baloncesto, y en las competiciones entre centros docentes había limitado su actividad deportiva a la jabalina y la halterofilia. Coronaba su cuerpo compacto una cabeza de buen tamaño, cuyos rasgos estaban formados por ángulos muy pronunciados: pómulos anchos y muy marcados, frente alta, mandíbula angulosa y una nariz larga y recta con un puente prominente que prestaba a su perfil la agudeza de una silueta grabada en una moneda. Sus labios carnosos estaban tan bien definidos como sus músculos, y tenía el cutis atezado durante todo el año. Desde la adolescencia llevaba el pelo muy corto, al estilo militar, un corte que hacía resaltar sobre todo sus orejas, no porque fuesen demasiado grandes, que no lo eran, ni tampoco porque las tuviera muy pegadas a la cabeza, sino porque, vistas de lado, su forma era muy parecida a la del as de picas de la baraja o a las alas en los pies alados de la mitología, con unos extremos superiores que no eran redondeados, como lo son en la mayor parte de las orejas, sino que casi terminaban en punta. Antes de que su abuelo le pusiera el apodo de Bucky, los amigos de la infancia con los que jugaba en la calle le llamaban As, sobrenombre inspirado no solo por su precoz excelencia deportiva sino por la insólita configuración de sus orejas. El conjunto de los planos oblicuos de su cara hacía que los ojos de color gris humo –unos ojos alargados y estrechos como los de un oriental– parecieran profundamente encajonados, como si no estuviesen insertos en órbitas, sino en cráteres. La voz que surgía de aquel rostro delineado con tanta precisión era, inesperadamente, bastante aguda, pero no por eso el aspecto del joven resultaba menos imponente. Era un rostro de hierro forjado, resistente al desgaste, revelador de una asombrosa energía, el rostro de un joven robusto en quien podías confiar.
Una tarde de principios de julio, dos coches llenos de italianos del instituto East Side, muchachos de entre quince y dieciocho años, aparcaron en la entrada de la calle residencial que había en la parte de atrás del edificio, donde estaba situado el patio. El East Side se encontraba en el sector de Ironbound, el barrio pobre industrial donde hasta entonces habían sido más numerosos los casos de polio en la ciudad. En cuanto el señor Cantor los vio llegar, dejó caer su guante al suelo –estaba jugando como tercera base en uno de nuestros encuentros de softball– y corrió hacia los diez forasteros que se habían apeado de los dos coches. Su trote era atlético, con los pies torcidos hacia dentro, y los niños que jugaban en el patio ya lo imitaban, así como su resuelta manera de elevarse mientras apoyaba en el suelo la parte anterior de la planta del pie para avanzar y la ligera oscilación de sus fornidos hombros al caminar. Algunos de los chicos habían hecho suyo su porte en general, tanto dentro como fuera del terreno de juego.
–¿Qué venís a hacer aquí? –les preguntó el señor Cantor.
–Estamos propagando la polio –respondió uno de los italianos. Era uno de los primeros que había bajado del coche y dado unos pasos con aire arrogante–. ¿No es así? –añadió y, pavoneándose, se giró hacia el grupo, que le apoyaba.
En aquel momento el señor Cantor se percató de que estaban buscando pelea.
–Más bien parece que estáis propagando problemas –le dijo el señor Cantor–. ¿Por qué no os largáis de aquí?
–No, no –insistió el chico italiano–, no hasta que hayamos propagado algo de polio. Nosotros la tenemos y vosotros no, así que hemos pensado venir aquí y propagarla un poco.
Mientras hablaba, el muchacho se balanceaba sobre los talones hacia delante y hacia atrás, para mostrar lo duro que era. El descaro con que tenía metidos los pulgares en dos presillas delanteras de sus pantalones era tan útil para expresar su desprecio como su mirada.
–Soy el director de este centro –dijo el señor Cantor, señalando por encima del hombro hacia nosotros, los niños–. Os pido que os marchéis. Aquí no tenéis nada que hacer, y os pido cortésmente que os vayáis. ¿Qué decís?
–¿Desde cuándo hay una ley contra la propagación de la polio, señor director de este centro?
–Mira, la polio no es ninguna broma. Y hay una ley contra la alteración del orden público. No quiero tener que llamar a la policía. ¿Qué os parece si os marcháis por propia iniciativa antes de que llame a los agentes para que se os lleven de aquí?
En aquel momento, el jefe de la jauría, que era por lo menos quince centímetros más alto que el señor Cantor, dio un paso adelante y escupió en el suelo. Dejó allí un viscoso gargajo, a unos pocos centímetros de las zapatillas del señor Cantor.
–¿Qué significa esto? –le preguntó el señor Cantor.
Seguía hablando con voz serena y, con los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, era la encarnación de la inflexibilidad. Ningún alborotador del Ironbound iba a ganarle la batalla ni a acercarse a sus chavales.
–Ya te he dicho lo que significa. Estamos propagando la polio. No queremos que os quedéis sin ella.
–Oye, basta ya de gansadas –dijo el señor Cantor, y dio un rápido y furioso paso adelante, situándose a pocos centímetros del rostro del italiano–. Te doy diez segundos para que des la vuelta y te largues con los demás.
El italiano sonreía. En realidad, no había dejado de sonreír desde que se había bajado del coche.
–¿Y entonces qué? –preguntó.
–Ya lo he dicho. Voy a llamar a la policía para que se os lleven de aquí.
Entonces el italiano escupió de nuevo, esta vez al lado de las zapatillas deportivas del señor Cantor, y este llamó al chico que había estado esperando para ser el siguiente en batear y que, como todos nosotros, observaba en silencio cómo el señor Cantor se enfrentaba a los diez italianos.
–Jerry –dijo el señor Cantor–, corre a mi despacho y telefonea a la policía. Diles que les llamas de mi parte y que necesito que vengan.
–¿Qué van a hacer, encerrarme? –le preguntó el jefe de los italianos–. ¿Van a meterme en el talego por escupir en tu preciosa acera de Weequahic? ¿También eres el dueño de la acera, cuatro ojos?
El señor Cantor no respondió; se limitó a permanecer entre los chavales que habían estado jugando a la pelota en el terreno asfaltado a sus espaldas y la pandilla de italianos, todavía en la calle, en el borde del patio, como si cada uno de ellos estuviera a punto de tirar el cigarrillo que estaba fumando y blandir un arma de repente. Pero cuando Jerry regresó del despacho del señor Cantor en el sótano, donde había seguido las instrucciones y telefoneado a la policía, los dos coches y sus amenazadores ocupantes habían desaparecido. Unos minutos más tarde, cuando llegó el coche patrulla, el señor Cantor pudo darles los números de matrícula de ambos vehículos, que había memorizado durante el enfrentamiento. Solo después de que la policía se hubiera ido, los niños que estaban detrás de la valla empezaron a ridiculizar a los italianos.
Resultó que había esputos en toda la amplia extensión de la acera donde se habían congregado los italianos, unos dos metros cuadrados cubiertos por una sustancia húmeda, viscosa, repugnante, que ciertamente parecía el terreno de cultivo ideal de la enfermedad. El señor Cantor pidió a dos chicos que bajaran al sótano de la escuela en busca de un par de cubos, los llenaran de agua y amoníaco en la portería y echaran el agua en la acera hasta que quedara completamente limpia. Al observar a los chicos que eliminaban los esputos el señor Cantor recordó la ocasión en que, cuando contaba diez años de edad, tuvo que limpiar el suelo tras haber matado una rata en la trastienda del colmado de su abuelo.
–No hay por qué preocuparse –les dijo el señor Cantor a los muchachos–. No volverán. La vida es así –añadió, una frase que su abuelo decía con frecuencia–. Siempre ocurre alguna cosa extraña.
Volvió al patio y se reanudó el juego. Los muchachos que observaban desde el otro lado de la valla metálica de dos pisos de altura que rodeaba el patio se habían quedado muy impresionados al ver que el señor Cantor se enfrentaba a los italianos de aquella manera. Su actitud confiada y decidida, su fuerza de levantador de pesos, el hecho de que cada día jugara a lanzar pelotas con nosotros, y que lo hiciera lleno de entusiasmo, todo ello le había convertido en el favorito de los chavales asiduos al centro de verano desde el día en que empezó a trabajar como director; pero después del incidente con los italianos se convirtió en un héroe, un hermano mayor idolatrado, protector, heroico, sobre todo para los chavales que tenían a sus propios hermanos mayores en la guerra.
Poco después, aquella misma semana, dos de los chicos que habían estado en el patio cuando llegaron los italianos no volvieron a presentarse para jugar a la pelota. La primera mañana, los dos se habían despertado con fiebre alta y el cuello rígido, y la segunda noche, cuando la debilidad de sus brazos y piernas aumentaba sin cesar y tenían dificultades respiratorias, hubo que trasladarlos al hospital en ambulancia. Uno de los muchachos, Herbie Steinmark, era un alumno de octavo llenito, afable y torpe al que, debido a su ineptitud para los deportes, se le solía asignar al exterior derecho del campo y era el último en batear; el otro, Alan Michaels, también de octavo curso, se encontraba entre los dos o tres mejores atletas del grupo, y era el muchacho que había llegado a tener una relación más estrecha con el señor Cantor. El de Herbie y el de Alan fueron los primeros casos de polio en el barrio. Al cabo de cuarenta y ocho horas había once casos más, y aunque ninguno de los niños afectados había estado aquel día en el centro, por el barrio se extendió el rumor de que los italianos habían traído la enfermedad al sector de Weequahic. Puesto que hasta entonces su barrio era el que había registrado el mayor número de casos de polio de la ciudad y en el nuestro no se había producido ninguno, se creía que, fieles a su palabra, los italianos habían cruzado aquella tarde la ciudad de un extremo a otro para infectar intencionadamente a los judíos con la polio, y que lo habían logrado.
La madre de Bucky Cantor había muerto durante el parto, y los abuelos maternos habían criado al niño en un bloque de pisos de alquiler de la calle Barclay, frente a la parte baja de la avenida Avon, que albergaba a doce familias y se encontraba en una de las zonas más pobres de la ciudad. Su padre, del que había heredado una visión deficiente, era contable de unos grandes almacenes del centro y tenía una afición desmedida a apostar en las carreras de caballos. Poco después de la muerte de su esposa y del nacimiento de su hijo fue denunciado por robar a su patrono para cubrir sus deudas de juego, y descubrieron que se había estado llenando los bolsillos desde el mismo día en que empezó a trabajar en la empresa. Pasó dos años en la cárcel y, una vez en libertad, nunca volvió a Newark. A falta de padre, el niño, llamado Eugene, fue instruido en las cosas de la vida por su abuelo, un hombre corpulento como un oso y muy trabajador, en cuya tienda de la avenida Avon el chico trabajaba al salir de la escuela y los sábados. Tenía cinco años cuando su padre se casó por segunda vez y contrató a un abogado para lograr que el niño fuese a vivir con él y con su nueva esposa en Perth Amboy, en cuyos astilleros trabajaba. En vez de contratar a su propio abogado, el abuelo viajó en coche a Perth Amboy, donde hubo un enfrentamiento en el que, según se decía, amenazó a su ex yerno con partirle el cuello si intentaba inmiscuirse de alguna manera en la vida de Eugene. Desde entonces, nunca más llegaron noticias del padre de Eugene.
Gracias a las cajas de verdura que movía con su abuelo en la tienda se le empezaron a desarrollar el pecho y los brazos, y gracias a que subía y bajaba corriendo innumerables veces a lo largo del día los tres tramos de escaleras hasta el piso se le empezaron a desarrollar las piernas. El arrojo de su abuelo le enseñó a enfrentarse a cualquier obstáculo, incluido el de ser hijo de un hombre al que su abuelo nunca dejó de considerar «un personaje muy turbio». De niño quería ser físicamente fuerte, como su abuelo, y no tener que llevar gafas de gruesos cristales. Pero su vista era tan mala que por la noche, cuando se las quitaba para acostarse, apenas podía distinguir las siluetas de los escasos muebles de su habitación. La primera vez que el desdichado niño se puso las gafas, a los ocho años, su abuelo, que nunca había pensado dos veces en sus propias desventajas, le dijo que ahora su vista era tan buena como la de cualquier otro. Así quedó zanjado el asunto, y desde entonces no hubo nada más que decir sobre el particular.
Su abuela era una mujercita cariñosa, de buen corazón, un firme contrapeso de su abuelo. Soportaba las penalidades con valentía, aunque rompía a llorar cada vez que se mencionaba a su hija, que había muerto de parto a los veinte años. Los clientes de la tienda le tenían mucho afecto, como se lo tenían en casa, donde sus manos nunca estaban quietas, y escuchaba algo distraídamente La vida puede ser bella y los demás seriales que le gustaban, en los que el radioyente siempre se estremece, siempre se pone nervioso ante la perspectiva de la inminente calamidad. Durante las pocas horas del día en las que no ayudaba en la tienda se dedicaba con entusiasmo al bienestar de Eugene: cuidó de él cuando contrajo el sarampión, las paperas y la varicela, se ocupaba de que su ropa siempre estuviera limpia y remendada, le supervisaba los deberes, firmaba los boletines de calificaciones, lo llevaba al dentista con regularidad (algo que en aquel entonces estaba al alcance de pocos niños pobres), le preparaba comidas suculentas y abundantes y se encargaba de pagarle las cuotas de la sinagoga, donde iba después de la escuela a recibir clases de hebreo con el fin de prepararse para su bar mitzvah. Aparte del trío de enfermedades infecciosas corrientes en la infancia, el muchacho gozaba de una buena salud a toda prueba, tenía los dientes fuertes y parejos, una sensación general de bienestar físico que debía de estar relacionada con la manera en que ella le había criado, tratando de hacer todo lo que en aquellos tiempos se consideraba bueno para un niño en fase de crecimiento. Ella y su marido casi nunca reñían, cada uno conocía la tarea a realizar y la mejor manera de llevarla a cabo, y cada uno lo hacía con una energía que al pequeño Eugene no le pasaba desapercibida.
El abuelo se ocupó del desarrollo viril del muchacho, siempre en guardia para erradicar cualquier debilidad que pudiera haberle legado, junto con la vista deficiente, su padre natural, y para enseñarle que todo lo que un hombre se esfuerza por hacer conlleva responsabilidad. La autoridad de su abuelo no era fácil de soportar, pero cuando Eugene satisfacía sus expectativas nunca le regateaba las alabanzas. Tenía solo diez años cuando se encontró con una gran rata gris en el penumbroso almacén que había al fondo de la tienda. En el exterior ya había oscurecido cuando vio la rata que se escabullía, entraba y salía de un rimero de cajas vacías cuyo contenido el abuelo había sacado con la ayuda del nieto. Naturalmente, el muchacho sintió el impulso de echar a correr. Pero, como sabía que su abuelo estaba en la tienda con un cliente, sin hacer ruido empuñó la ahuecada y pesada pala del carbón con la que estaba aprendiendo a alimentar la caldera que calentaba la tienda.
Con el corazón en un puño, el niño avanzó de puntillas hasta que hubo acorralado a la asustada rata en un rincón. Cuando levantó la pala en el aire, la rata se irguió sobre las patas traseras e hizo rechinar sus espantosos dientes, disponiéndose a saltar. Pero antes de que pudiera alzarse del suelo, Eugene descargó velozmente la pala, alcanzó al roedor en el cráneo y le partió la cabeza. La sangre, mezclada con fragmentos de hueso y sesos, se introdujo en las hendiduras de las tablas del suelo, mientras el niño –que no había logrado reprimir por completo el impulso de vomitar–, utilizaba la pala para recoger el animal muerto. Era pesado, más pesado de lo que hubiera imaginado, y tendido en la pala parecía más grande y largo que cuando se erguía sobre las patas traseras. Resultaba extraño que nada, ni siquiera la cola inerte y las cuatro patas inmóviles, pareciera tan muerto como los delgadísimos y ensangrentados bigotes. Cuando tenía la pala alzada por encima de la cabeza no se había fijado en los bigotes, no había reparado en nada más que en la palabra «¡Mátala!», como si el abuelo la pronunciara en su cerebro. Esperó hasta que el cliente se hubo ido con su compra y entonces, sosteniendo la pala extendida delante de él –y con cara de palo para mostrar que no se había inmutado–, cruzó la tienda con la rata muerta en la pala para que su abuelo la viera antes de salir por la puerta. En la esquina, sacudió la pala para que la rata se desprendiera, y la empujó a través de la reja bajo la que circulaba el agua del arroyo. Regresó a la tienda y, con un cepillo de fregar, jabón marrón, trapos y un cubo de agua, limpió su vómito y los restos de rata del suelo y enjuagó la pala. Después de este triunfo, su abuelo, por las connotaciones de obstinación y agallas, ánimo y firme voluntad que tenía el sobrenombre de Bucky, empezó a llamar así al gafoso niño de diez años.
El abuelo, Sam Cantor, llegó solo a Estados Unidos en la década de 1880, un niño inmigrante que procedía de una aldea judía en la Galitzia polaca. Su carácter se había vuelto intrépido en las calles de Newark, donde más de una vez le habían roto la nariz en peleas con bandas antisemitas. La agresión violenta a los judíos, frecuente en la ciudad durante su adolescencia –que transcurrió en un barrio pobre–, contribuyó en gran medida a modelar su visión de la vida y, posteriormente, la de su nieto. Alentaba al muchacho a que se defendiera como hombre y como judío, y a que comprendiera que sus batallas nunca terminan y que, en la implacable escaramuza que es la vida, «cuando tienes que pagar el precio, lo pagas». La nariz rota de su abuelo siempre había sido para el muchacho una prueba de que, aunque el mundo lo había intentado, no había podido aplastarlo. En julio de 1944, cuando los diez italianos llegaron al patio del colegio y el señor Cantor los rechazó sin ayuda de nadie, el anciano ya había fallecido de un ataque al corazón, pero eso no significaba que no hubiese estado allí durante el enfrentamiento.
Un chico como él, que había perdido a su madre al nacer y cuyo padre estaba en la cárcel, un chaval cuyos padres no figuraban para nada en sus recuerdos más tempranos, no podría haber sido más afortunado con los sustitutos que heredó para fortalecerle en todos los aspectos, y solo en raras ocasiones permitía que le atormentara el pensamiento de los padres desaparecidos, aun cuando su biografía hubiera estado marcada por tal ausencia.
El señor Cantor tenía veinte años y estudiaba el tercer curso de la universidad cuando el domingo 7 de diciembre de 1941 la f lota norteamericana en el Pacífico fue bombardeada y casi destruida por el ataque sorpresa japonés en Pearl Harbor. Al día siguiente el joven se presentó en la oficina de reclutamiento instalada frente al Ayuntamiento. Pero debido a su problema visual nadie le aceptó, ni el ejército, ni la marina, ni la guardia costera, ni la infantería de marina. Le clasificaron como no apto para el servicio, y le enviaron de regreso a la Universidad Panzer, donde seguiría preparándose para ser profesor de educación f ísica. Su abuelo había muerto recientemente y, por muy irracional que fuese la idea, el señor Cantor tenía la sensación de que le había defraudado, de que no había satisfecho las expectativas de su mentor, aquel hombre que jamás se desviaba de la línea trazada. ¿De qué le servían su musculoso f ísico y su destreza atlética si no podía explotarlos como soldado? No había estado levantando pesos desde el comienzo de su adolescencia tan solo para lanzar la jabalina, sino que se había convertido a sí mismo en alguien lo bastante fuerte para ser infante de marina.
Después de que Estados Unidos entrara en la guerra, él seguía caminando por las calles mientras todos los demás hombres sanos de su edad estaban en centros de instrucción donde se entrenaban para luchar contra los japos y los alemanes, entre ellos sus dos mejores amigos de la universidad, que habían hecho cola con él ante la oficina de reclutamiento la mañana del 8 de diciembre. Su abuela, con la que seguía viviendo mientras iba diariamente a la universidad, le oyó sollozar en su dormitorio la noche en que sus amigos Dave y Jake se trasladaron a Fort Dix sin él para iniciar el entrenamiento básico, le oyó sollozar como nunca lo había hecho hasta entonces. Al joven le avergonzaba que le vieran vestido de civil, se sentía avergonzado cuando veía en el cine el noticiario sobre la guerra y cuando tomaba el autobús de regreso a Newark desde East Orange al final de la jornada escolar y se sentaba al lado de alguien que leía en el periódico vespertino la noticia más importante de la jornada: «Cae Batán», «Cae Corregidor», «Cae la isla Wake». Sentía la vergüenza de alguien cuya intervención podría cambiar el rumbo de las cosas mientras las tropas norteamericanas en el Pacífico sufrían una colosal derrota tras otra. Debido a la guerra y al reclutamiento, los puestos de trabajo en los colegios para profesores de gimnasia eran tan numerosos que incluso antes de licenciarse por la Universidad Panzer, en junio de 1943, había conseguido empleo en la escuela elemental Chancellor Avenue, inaugurada hacía diez años, y firmado como director del centro de verano. Su objetivo era enseñar educación f ísica y entrenar en Weequahic, el instituto de secundaria que se había establecido al lado de Chancellor. El señor Cantor se sentía atraído por ambas escuelas debido a su abrumadora mayoría de alumnos judíos y a sus excelentes credenciales académicas. Quería enseñar a aquellos niños para que sobresalieran tanto en las actividades deportivas como en sus estudios, para que valorasen la deportividad y cuanto podía aprenderse mediante la competición. Quería enseñarles lo que su abuelo le había enseñado: resistencia y determinación, valor y buena forma física, y a no permitir jamás que los zarandearan o que les llamaran judíos enclenques y mariquitas solo porque sabían usar el cerebro.
Una noticia corrió por el patio después de que a Herbie Steinmark y a Alan Michaels los llevaran en ambulancia al pabellón de infecciosos del Hospital Beth Israel: la de que ambos estaban totalmente paralizados y, como ya no podían respirar por sí mismos, los mantenían vivos en pulmones de acero. Aunque no todo el mundo se había presentado aquella mañana en el patio, había un número de niños suficiente para organizar cuatro equipos y disputar un torneo de todos contra todos, un partido de cinco turnos de lanzamiento tras otro a lo largo de la jornada. El señor Cantor calculaba que, en conjunto, además de Herbie y Alan, faltaban quince o veinte de los aproximadamente noventa habituales del centro, y suponía que sus padres los retenían en casa por temor a la polio. A decir verdad, como conocía lo protectores que eran los padres judíos del barrio y la preocupación que sentían las vigilantes madres, le sorprendía que fueran tantos los que no se habían quedado en casa. Probablemente las palabras que les dirigió el día anterior habían surtido efecto.
–Muchachos –les había dicho, tras reunirlos en el patio antes de que se dispersaran para ir a cenar–, no quiero que empecéis a sentir pánico. La polio es una enfermedad con la que tenemos que vivir todos los veranos. Se trata de una enfermedad grave que siempre ha estado ahí. La mejor manera de enfrentarse a la amenaza de la polio es mantenerse sano y fuerte. Procurad lavaros a fondo todos los días, comer bien, dormir ocho horas, tomar ocho vasos de agua diariamente y no ceder a las preocupaciones y los temores.Todos queremos que Herbie y Alan se repongan lo antes posible. Todos lamentamos que les haya sucedido esto. Son dos chicos estupendos, y muchos de vosotros sois buenos amigos suyos. Sin embargo, mientras ellos se recuperan en el hospital, los demás tenemos que seguir adelante con nuestra vida. Eso significa venir aquí, al centro, todos los días y participar en los deportes como siempre. Si alguno se encuentra mal, por supuesto debe decírselo a sus padres, quedarse en casa y cuidarse hasta que el médico le haya examinado y tratado, y se haya restablecido. Pero si os encontráis bien, no hay ninguna razón para que no estéis tan activos como queráis durante todo el verano.
Aquella noche, desde el teléfono de la cocina, intentó varias veces ponerse en contacto con las familias Steinmark y Michaels para expresarles su preocupación y la de los chicos del centro y para recabar más información sobre el estado de los dos enfermos. Pero no obtuvo respuesta en ninguna de las dos casas. Eso no era una buena señal. Los familiares debían de seguir en el hospital a las nueve y cuarto de la noche.
Entonces sonó el teléfono. Era Marcia, y le llamaba desde las montañas Pocono. Se había enterado de lo sucedido a los dos niños.
–He hablado con mis padres y me lo han dicho. ¿Estás bien?
–Sí, muy bien –respondió él, y extendió el cordón del teléfono para situarse en un lugar donde el calor no fuera tan fuerte, más cerca del mosquitero de la ventana abierta–. Todos los demás chicos están bien. He intentado ponerme en contacto con las familias de los niños hospitalizados para saber cómo siguen.
–Te echo de menos –le dijo Marcia–, y estoy preocupada por ti.
–También yo te echo de menos, pero no tienes por qué preocuparte.
–Ahora lamento haber venido aquí. –Por segundo año consecutivo, aquel verano Marcia trabajaba como monitora jefe en Indian Hill, un campamento para chicos y chicas judíos en las montañas Pocono de Pensilvania, a poco más de cien kilómetros de la ciudad. El resto del año era maestra de primaria en Chancellor, y los dos se habían conocido como nuevos miembros del profesorado el otoño anterior–. Parece terrible –le dijo.
–Es terrible para los dos muchachos y sus familias –replicó él–. Pero la situación no está fuera de control, ni mucho menos. No deberías pensar que lo está.
–Mi madre me ha hablado de los italianos que fueron al centro para propagarla.
–Los italianos no han propagado nada. Estuve allí, y sé lo que ocurrió. Solo eran un puñado de gamberros. Llenaron la calle de escupitajos, y luego los limpiamos. La polio es la polio…, nadie sabe cómo se propaga. Llega el verano y ahí está, y no podemos hacer gran cosa por evitarla.
–Te quiero, Bucky. No dejo de pensar en ti.
Discretamente, para que ninguno de los vecinos pudiera oírle a través de la ventana abierta, él bajó la voz.
–Yo también te quiero –replicó.
Le resultaba difícil decírselo, porque se había disciplinado (juiciosamente, a su modo de ver) para no suspirar en exceso por ella mientras estaba ausente. También le resultaba dif ícil porque nunca se había declarado con tanta franqueza a otra chica, y seguía avergonzándole decir esas cosas.
–Voy a tener que colgar –le dijo Marcia–. Hay una persona esperando detrás de mí. Cuídate, por favor.
–Lo hago y lo haré, pero no te preocupes. No estés asustada. No hay ningún motivo para estarlo.
Al día siguiente corrió por la comunidad la noticia de que en el distrito escolar de Weequahic había once nuevos casos de polio, tantos como los que se habían registrado allí en los tres años anteriores juntos, y solo estábamos en julio y aún faltaban dos largos meses para que finalizara la temporada de la polio. Once nuevos casos, y durante la noche Alan Michaels, el favorito del señor Cantor, había muerto. La enfermedad había acabado con él en setenta y dos horas.
(…)
***
Philip Milton Roth (Newark, Nueva Jersey, 19 de marzo de 1933) es un escritor estadounidense de origen judío, conocido sobre todo por sus novelas, aunque también ha escrito cuentos y ensayos. Entre sus obras más conocidas se encuentran: la colección de cuentos de 1959 Goodbye, Columbus, la novela Portnoy’s Complaint (1969), y su “trilogía americana”, publicada en los años 1990, compuesta por las novelas Pastoral americana (1997), ganadora del Pulitzer, Me casé con un comunista (1998), y La mancha humana (2000). Muchas de sus obras reflejan los problemas de asimilación e identidad de los judíos de Estados Unidos. La marca registrada de su ficción es el monólogo íntimo. Némesis es su libro número 31.
Más sobre Roth, aquí.




PONS Idiomas
8 mess atrás
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