La historia se repite, por Kenzaburo Oé

21 marzo, 2011

Por azar, el día antes del terremoto escribí un artículo que fue publicado pocos días después en la edición matutina del Asahi Shimbun. El artículo se refería a un pescador de mi generación, que había sido expuesto a la radiación en 1954, durante las pruebas de la bomba de hidrógeno en el Atolón Bikini. Escuché por primera vez sobre él cuando tenía 19 años. Después, dedicó su vida a denunciar el mito de la contente nuclear y la arrogancia de aquellos que la defendían. ¿Fue algún tipo de sombrío presentimiento lo que me llevó a evocar a ese pescador en la vigilia de la catástrofe? Él también luchó contra las plantas nucleares y el peligro que implican. He contemplado por largo tiempo la idea de mirar la historia reciente de Japón a través del prisma de tres grupos de personas: los que murieron en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, los que fueron expuestos a las pruebas de Bikini y las víctimas de accidentes en instalaciones nucleares. Hoy, podemos confirmar que el peligro de los reactores nucleares se ha vuelto una realidad. No importa como este desastre termine –y con todo el respeto que siento por el esfuerzo humano desplegado para contenerlo–, su significado no será menos inequívoco: la historia japonesa ha entrado en una nueva fase, y otra vez debemos mirar las cosas a través de los ojos de las víctimas del poder nuclear, de los hombres y mujeres cuyo coraje fue sometido a la prueba del sufrimiento. Las lecciones que aprendamos del desastre actual dependerán de que aquellos que sobrevivan no repitan sus errores.

Este desastre une, de manera dramática, dos fenómenos: la vulnerabilidad de Japón a los terremotos y el peligro planteado por la energía nuclear. La primera es una realidad que este país ha tenido que enfrentar desde los inicios del tiempo. El segundo, que puede resultar más catastrófico que el terremoto y el tsunami, es obra del hombre. ¿Qué aprendió Japón de la tragedia de Hiroshima?

Al hablar de las bombas atómicas y los reactores nucleares, Shuichi Kato, una de las grandes figuras del pensamiento japonés contemporáneo que murió en 2008, recordó una frase del “Libro de la Almohada”, escrito mil años atrás por una mujer, Sei Shonagon, en la que la autora evoca “algo que parece muy lejano pero está, en realidad, muy cerca”. El desastre nuclear parece una hipótesis distante, improbable; la perspectiva de ello está, sin embargo, siempre con nosotros. Los japoneses no deberían pensar la energía nuclear en términos de productividad industrial; no deberían extraer de la tragedia de Hiroshima una “receta” para el crecimiento. Como los terremotos, los tsunamis y otras calamidades naturales, la experiencia de Hiroshima debería estar inscripta en la memoria humana: fue una catástrofe aún más dramática que aquellas naturales precisamente porque fue obra del hombre. Repetir el error exhibiendo, en la construcción de reactores nucleares, la misma falta de respeto por la vida humana es la peor traición posible a la memoria de las víctimas de Hiroshima.

Tenía diez años cuando Japón fue derrotado. Al año siguiente, la nueva Constitución fue proclamada. Por años, seguí preguntándome si el pacifismo inscrito en ella, que incluye la renuncia al uso de la fuerza y, más tarde, los Tres Principios No Nucleares (no poseer, manufacturar o introducir en territorio japonés armas nucleares) eran una representación acertada de los ideales fundamentales del Japón de post guerra. En los hechos, Japón ha reconstituido progresivamente su fuerza militar, y acuerdos secretos realizados en los años 60 permitieron a los Estados Unidos introducir armas nucleares en el archipiélago, quitando todo sentido a esos tres principios oficiales. Los ideales de la humanidad de post guerra, sin embargo, no han sido completamente olvidados. Los muertos, vigilándonos, nos obligan a respetar esos ideales, y su memoria nos previene de minimizar la naturaleza perniciosa del armamento nuclear en nombre del realismo político. Nos oponemos. Ahí subyace la ambigüedad del Japón contemporáneo: es una nación pacífica refugiada bajo la sombrilla nuclear norteamericana. Uno espera que el accidente en la instalación de Fukushima permitirá a los japoneses reconectarse con las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, reconocer el peligro del poder nuclear y poner fin a la ilusión de la eficacia de la detente que defienden los poderes nucleares.

Cuando llegué a una edad que es comúnmente considerada madura, escribí una novela llamada “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” (1995). Ahora, en la etapa final de la vida, estoy escribiendo una “última novela”. Si logro sobrevivir a la locura actual, el libro comenzará con la última línea del Infierno del Dante: “Y entonces salimos a contemplar de nuevo las estrellas”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

 

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