Diario de una protesta: tropas extranjeras en Bahrein, por Jacqwi Campbell

15 marzo, 2011

A las 6 PM del domingo [13 de marzo de 2011], en Riffa, Bahrein, iba a Jasmis, la cadena local de fast-food, cerca de hospital militar y el palacio real, cuando cinco hombres con máscaras de esquí, uniforme militar y armas me detuvieron. Después de averiguar adónde iba, me condujeron al autoservicio para vehículos; por suerte, Jasmis no exige un pase de alta seguridad. Mientras me metía en el acceso para vehículos, vi patentes KSA (Kingdom of Saudi Arabia, Reino de Arabia Saudita) y una flota de camionetas 4×4. Luego, esta mañana, vi a jóvenes con garrotes, y uno con un hacha, gritando: “Protegeremos nuestros hogares”. Más abajo, en la misma calle, hombres en uniformes verdes, y uno en un thobe, la vestimenta tradicional de los hombres del Golfo, empuñando piezas de artillería. También recibí un mensaje texto de la embajada norteamericana:

“El consejo previo se mantiene. Confirmada la entrada de elementos militares extranjeros en Bahrein a lo largo de King Fahad Cwy. Los ciudadanos norteamericanos deben permanecer en sus residencias hasta nuevo aviso”.

Enseguida, el gobierno de Bahrein confirmó que fuerzas del Consejo de Cooperación del Golfo, que incluye a Arabia Saudita y a los Emiratos Árabes Unidos, estaban en el país.

La introducción de tropas extranjeras vino después de un fin de semana de confrontaciones violentas. En la madrugada del domingo, manifestantes contra el gobierno se despertaron con la advertencia de que salieran de la Bahía Financiera, donde habían estado bloqueando las carreteras, y que volvieran a la Rotonda de la Perla. Unos quince minutos más tarde, el gas lacrimógeno se mezcló con la niebla de la mañana. La fuerza de seguridad empujó con éxito a los manifestantes hacia la rotonda, donde, a las 8 AM, continuaban atacando a la multitud con balas de goma y gas. Un hombre recibió un disparo de gas lacrimógeno en la cara a corta distancia. Eventualmente, los manifestantes se reagruparon y sobrepasaron a las fuerzas de seguridad, recuperando la rotonda. Al mediodía, los manifestantes recibieron mensajes de texto sobre cómo estudiantes de la Universidad de Bahrein, en Sakhir, habían sido atacados por parapoliciales pro-gobierno. Algunos hombres se amontonaron en una camioneta blanca y en otros vehículos y se dirigieron a la universidad, a unos quince minutos en coche de Manama.

Los caminos secundarios a Sakhir estaban llenos de bocinas que sonaban al ritmo del eslogan “Abajo, Abajo Hamad”. La policía anti-motines bloqueaba el paso hacia la Universidad, y los profesores quedaron atrapados en el fuego cruzado del gas lacrimógeno y los hombres armados.

Los estudiantes que escaparon hacia la Rotonda contaron sus historias sobre una tarima. Dijeron que hombres de civil con largas barbas y cuchillos golpearon a estudiantes en el campus. Nadie sabía con certeza quiénes eran –algunos sospechaban que eran batlijya, miembros de la Policía secreta disfrazados— pero los estudiantes sunnitas y chiitas estaban aterrorizados por igual. “Lloré al ver a alguien con sangre en la cara”, me contó una estudiante llamaba Fatima.

Había más de doscientos pacientes esa mañana en el Hospital Salaminya. Para la tarde, los pacientes tenían que acostarse en colchones en el estacionamiento del hospital por falta de camas –tres graves heridas de cráneo y un caso crítico de falla respiratoria fueron las bajas más severas ocasionadas por los acontecimientos del domingo. Un doctor en la clínica improvisada en la Rotonda me dijo que el gás lacrimógeno que estaba usando la policía es de un tipo potencialmente más letal que el que habían estado usando antes.

Aún así, hombres y mujeres marchaban por la Rotonda con residuos bancos en la cara. “Marchen como grupo, no solos, porque es más seguro”, decía un hombre a la multitud. “Nunca nos iremos de esta rotonda”.

El rey Hamad bin Isa Al Khalifa, decía la cinta de noticias de la TV de Bahrein, urge al diálogo nacional. Pero, después de un mes de protestas, varias muertes y cientos de manifestantes heridos, muchos activistas han perdido la paciencia con la monarquía. “Viven dentro de la psicología beduina. Piensan que pueden disparar a la gente y salir impunes”, dijo una mujer llamada Ayat, que pidió que no utilizara su apellido. Ayat y su madre, con ayuda de tiendas locales, montaron la Revolución de las Mujeres para Bahrein, un centro de terapia en la Rotonda para mujeres que lamentan la muerte o las heridas de manifestantes. Las mujeres se reúnen a rezar, hablar y, ocasionalmente, a escuchar conferencias dentro de una tienda ampliada. Dicen que, en vista del ascenso de la temperatura en las próximas semanas, quieren instalar un aire acondicionado –una indicación de su intención de permanecer allí.

(Aquí, versión original de este artículo, en inglés)

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