Haaretz en peligro: ¿puede sobrevivir un diario independiente e idealista a una sociedad dividida que se corre más y más a la derecha?, por David Remnick

March 13th, 20116:05 pm @

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En los primeros días del levantamiento en Egipto, el website de la revista Foreign Policy publicó una lista de los diez líderes mundiales “más espantados”. En primer lugar, delante de todos los autócratas con los nervios crispados y buenas razones para temer que el fervor democrático de Tahrir Square se esparciera, estaba el primer ministro electo de Israel, Benjamin Netanyahu. Desde 1979, Israel ha basado su estrategia de seguridad nacional en un tratado de paz con Egipto, un tratado que ha reducido drásticamente la posibilidad de una guerra regional en Medio Oriente.

Sacudido por las manifestaciones en Tahrir Square, Netanyahu envió un cable a las embajadas israelíes del mundo en el que instruía a los diplomáticos para que promovieran la permanencia de Hosni Mubarak y la prudencia ante cualquier otra alternativa. Shimon Peres, el presidente israelí, alertó en un discurso sobre un posible futuro Egipto con la Hermandad Musulmana en el poder. Y casi todos los medios de comunicación del país —incluyendo a Canal 2, la más grande estación comercial de TV, y los tabloides de circulación masiva— relataron las noticias de Egipto en términos llenos de alarma.

El medio que transmitió mayor sentido de equilibrio, incluso de optimismo, fue Haaretz (“La Tierra”), un diario sábana que se puede definir fácilmente como el periódico más liberal (progresista) de Israel y, podría decirse, la institución liberal (progresista) más importante en un país que se ha movido inexorablemente a la derecha en la década pasada. La familia Schocken, que posee el periódico desde 1935, no es abrumadoramente rica, pero invierte cuantiosamente en la calidad de un diario que es fidedigno en sus noticias, de izquierda en su ideología e insistentemente opositor en su temperamento. Golda Meir dijo una vez que el único gobierno que Haaretz apoyó en toda su existencia fue el Mandato Británico, antes del nacimiento del Estado.

Dov Alfon, editor en jefe de Haaretz, intentó mantener la cobertura sobre Egipto en un tono frío, analítico, de observador. “Este país se sumergió en la paranoia, como si Irán estuviese invadiendo Egipto, como si los manifestantes de El Cairo fuesen Hezbollah”, dijo Alfon, nacido en Túnez y criado en París. “De pronto, en la mañana del domingo, todos los diarios israelíes tenían títulos como ‘UN NUEVO MEDIO ORIENTE’ y ‘EL FIN DE MUBARAK’. Yo era mucho más cauteloso. Fui influido por mi infancia en París. Recuerdo los carteles de mayo de 1968 proclamando la revolución y el fin de De Gaulle, y los padres en la escuela anunciando el fin. Pocas semanas después, fue exactamente al revés”.

El levantamiento egipcio planteó un desafío a Haaretz, como a todos los medios israelíes. No hay corresponsales israelíes en Egipto, como tampoco en ningún otro lugar del mundo árabe. Los reporteros israelíes pueden llegar rápido a El Cairo sólo si llevan un segundo pasaporte (Haaretz tuvo un reportero en El Cairo por un breve lapso, a fines de los ’80, pero fue expulsado del país). Así que, cuando, a fines de enero, Alfon advirtió cómo se formaba la primera manifestación callejera, movilizó a Anshel Pfeffer, un periodista de temas de defensa de casi cuarenta años, nacido en Manchester, que porta un pasaporte británico. Pfeffer ha hecho de bombero para el periódico cubriendo los ataques terroristas de Mumbai, la guerra entre Rusia y Georgia, y el brote de gripe porcina en México. Acababa de volver del levantamiento en Túnez y Alfon le pidió que suspendiera sus vacaciones y se fuera a Egipto.

Pfeffer fue el primer reportero israelí en llegar a El Cairo. Se registró en el Ramses Hilton, a cinco minutos de Tahrir Square a pie, y, durante los primeros días, habló con tantos manifestantes, soldados y ciudadanos como pudo, absorbiendo un espectáculo que comparó con “una cortina que se levanta y descubre un mundo secreto”. Sus primeros artículos fueron puro reporteo. Dado que el régimen había clausurado el acceso a Internet, envió “a la manera antigua” –por fax o dictando los artículos a un operador en la redacción de Tel Aviv. La policía secreta egipcia estaba en el hotel, pero los miembros del personal que enviaron y recibieron sus faxes, y que lo oyeron dictando en hebreo, se mantuvieron amigables. Pfeffer habla algo de árabe, pero sentía que era más efectivo en la calle si se presentaba “como un inglés tarado”.

Como periodista especializado en temas de defensa, Pfeffer entendía por qué una amenaza al tratado de paz con Egipto causaba tanta ansiedad en el mando militar israelí, pero también veía que lo que se transmitía y publicaba en su país no reflejaba la realidad de Tahrir Square. “El lado más populista de tabloide de los medios israelíes estaba empeñado en buscar manifestaciones anti-israelíes y antijudías”, dijo. “De diez mil emblemas en la calle, hubo quizás dos con la Estrella  de David escrita sobre la cara de Mubarak –y eso es lo que mostraban”.

Pfeffer quería asegurarse de que sus lectores entendieran que las protestas no eran, de hecho, anti-israelíes y escribió una columna titulada: “¿POR QUÉ ISRAEL DEBERÍA SER LA ÚNICA DEMOCRACIA EN EL MEDIO ORIENTE?”: “El difunto estudioso Edward Said parece haber estado en lo cierto”, escribió. “Sufrimos todos de Orientalismo, por no decir racismo, si el espectáculo de un pueblo entero arrojando el yugo de la tiranía y exigiendo elecciones libres nos llena de miedo en lugar de alentarnos, sólo porque son árabes… ¿Egipto no merece democracia, también?”.

Las páginas editoriales, mientras tanto, representaban una amplia variedad de perspectivas. Tanto el editor de la sección Aluf Benn como el columnista Ari Shavit atacaban a Barack Obama por no haber apoyado a un aliado crucial. Benn escribió: “Barack Obama será recordado como el presidente que ‘perdió’ Turquía, Líbano y Egipto, y durante cuyo mandato las alianzas de los Estados Unidos en Medio Oriente se derrumbaron”. Shavit, un progresista de centro que ha sostenido durante largo tiempo la necesidad de un enfrentamiento con Irán, sonaba spengleriano en su pesimismo: escribió que el no apoyo de Obama a un “moderado” como Mubarak, junto con su falta al no defender públicamente el movimiento democrático en Teherán, señalaba nada menos que la caída de Occidente.

Pero las voces que predominaban en Haaretz alababan al movimiento democrático egipcio. Bradley Burston, un ex radical de Berkeley cuyo primer trabajo en Israel fue como pastor de ovejas, escribió una columna agradeciendo a los egipcios por sacudir las ideas fijas de los israelíes. “Mi gente, los israelíes, está empezando a caer en la cuenta de que libertad para los árabes puede no tener que ver con la aniquilación de los judíos”, escribió Burston. “Alguna gente aquí está reconociendo que el mundo árabe y esta gran nación, que es su epicentro cultural, son vastamente más complejos que su idea sobre un gran mar de fanáticos de ojos ensangrentados, apenas contenidos por los frágiles diques de un batallón de déspotas subsidiados”. E, insistió, “Benjamin Netanyahu y Avigdor Lieberman”—canciller de Israel—“se parecen, cada vez más, a los gobernantes de los regímenes abiertamente no democráticos de Medio Oriente”.

Finalmente, el diario publicó un editorial sin firma que reflejaba la opinión acordada entre el propietario y director, Amos Schocken, y el consejo de redacción:

Los líderes israelíes han preferido siempre negociar con Mubarak y gente de su calaña, bajo el supuesto de que “preservarían la estabilidad” y reprimirían obligadamente las fuerzas radicales que buscaran el cambio en la región. Esta perspectiva llevó a Israel a desatender a los ciudadanos de los países vecinos, considerándolos como vacíos de toda influencia política en el mejor caso o como hostiles enemigos de Israel en el peor. Israel se considera como una vanguardia occidental y no muestra interés alguno en la lengua, la cultura o la opinión pública de sus alrededores. La integración en Medio Oriente parece una fantasía trivial, si no completamente dañina.

Pero esa era ha terminado, concluía el editorial. Ha llegado el momento para la política exterior de Israel de “adaptarse a una realidad en la que los ciudadanos de los estados árabes, y no sólo los tiranos y sus acólitos, influyen en la dirección del desarrollo de sus países”.

El edificio de Haaretz, un bloque bajo de cemento gris y blanco que podría ser confundido con un depósito o una fábrica, está ubicado en una calle del sur de Tel Aviv que lleva el nombre de la familia Schocken. El barrio está lejos del centro Bauhaus de la vida activa de Tel Aviv, y tiene poco más que unos puestos de falafel y talleres mecánicos alrededor. La redacción, como las redacciones en todas partes, está llena sobre todo de jóvenes que trabajan en un arco ascendente de urgencia; el día empieza con llamadas telefónicas desganadas, chismes de oficina y concertación de citas, y el paso se acelera a medida que se aproxima el cierre. Lo que es inusual acerca de la redacción de Haaretz es la colección de arte. Amos Schocken es uno de los mayores coleccionistas de arte israelí, en alguna porción espectacular, en buena parte políticamente subversivo. Al ingresar por la entrada principal, se pasa el cuerpo partido de un cerdo que cuelga de un gancho de carnicero. El animal está hecho de palitos de caramelo multicolores. “No estoy seguro de qué significa”, me dijo Schocken, con su peculiar y enigmática sonrisa. Hay mapas de Israel astutamente desfigurados, pinturas hechas de avisos de sexo telefónico despedazados, un retrato de David Ben-Gurion, Golda Meir y Moshe Dayan flotando sobre soldados muertos. Por todas partes están las fotografías homoeróticas de soldados israelíes tomadas por Adi Nes y, en la oficina de Shocken, una gran tela del artista palestino Durar Bacri, que muestra a un árabe y una cabra. Durante la segunda intifada, una época de atentados suicidas e incursiones militares, Schocken colocó una pintura, hecha por David Reeb, de soldados en combate con la leyenda mordientemente irónica: “TENGAMOS OTRA GUERRA”.

Schocken tiene sesenta y seis años, es delgado y aristocrático de una forma judeoalemana, a la vez tímido y seguro de sí mismo. No luce hambriento de aprobación, al menos de los lectores o avisadores. Cuando responde cartas de queja de sus lectores, es capaz de escribir: “Parece, simplemente, que Haaretz no es para usted”. Como propietario de periódico, Schocken enfrenta todos los desafíos familiares de sus pares en todo el mundo: un mercado de avisos clasificados que desapareció, la incierta posibilidad de ganancia de la edición online. Su enfoque ideológico, en cambio, es específico e inamovible. Está completamente comprometido con terminar la ocupación de Israel de Jerusalén Oriental, Gaza y Cisjordania, que ya lleva 44 años. Es una fuerza única dentro del periodismo israelí en temas como libertad de expresión, derechos iguales para árabes israelíes, la independencia de la Corte Suprema y la exposición del abuso militar. En el sesenta aniversario de la independencia de Israel, Schocken publicó un artículo en el que afirmaba que “Hatikvah,” el himno nacional, debía ser cambiado, dado que su letra sólo se refiere a las aspiraciones judías. “¿Cómo puede identificarse con un himno semejante un ciudadano árabe?”, escribió, y añadió:

“¿No ha llegado el momento de reconocer que el establecimiento de Israel no es sólo la historia del pueblo judío, del sionismo, del heroísmo de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y del sufrimiento? Que es también la historia del efecto del sionismo y del heroísmo de los soldados de las FDI sobre las vidas de los árabes: la Nakba —la “catástrofe” palestina, como los árabes llaman a los eventos de 1948–, la pérdida, las familias divididas, el quiebre de vidas, la propiedad tomada, la existencia bajo el gobierno militar y otros elementos de la historia compartidos por judíos y árabes, que son presentados en el Día de la Independencia, y ahora sólo ese día, de un modo completamente unilateral”.

Schocken es acusado rutinariamente en su país de ser un traidor radical, un arrogante “post-sionista”, un aristócrata del Viejo Israel, que pasa por alto las preocupaciones israelíes en torno de su seguridad y muestra sólo desdén por los ortodoxos, los colonos y todos los no-lectores de Haaretz, que viven en ciudades provinciales como Ashdod, Be’ersheva o Ashkelon. “Schocken vive en una fantasía utópica de miles estudiantes árabes asistiendo a universidades israelíes y miles de estudiantes israelíes asistiendo a universidades árabes”, escribió un columnista en el Jerusalem Post.

Recientemente, partició en un encuentro del consejo de redacción con Tzipi Livni, líder del partido centrista de oposición Kadima. Schocken era, fácilmente, el menos amable de los interrogadores de Livni. Ese mes, la prensa estaba cubierta por la noticia de que decenas de rabinos ortodoxos importantes habían firmado una carta en la que llamaban a los judíos a rehusarse a alquilar o vender propiedades a los no judíos. El diario de Shocken denunció el texto como racista (también lo hizo Netanyahu) y, durante el encuentro, preguntó una y otra vez a Livni por qué no decía a los árabes de Israel: “Estamos con ustedes”. Pese a todo lo que Livni intentaba para escabullirse, Schocken insistía. Unos pocos editores se sonreían discretamente. Ya habían visto esta película antes.

Después, Dov Alfon se rió y me dijo: “Creo que Amos estaba montando un show para vos”. Pero añadió: “Por supuesto, él tiene razón –y cree en cada palabra (que dijo)”.

Hay muchas voces en Haaretz que enfrentan la ocupación, y todo posible escenario para resolverla ha sido ensayado y debatido allí mil veces. El más vivaz e inconmovible columnista en la materia es Gideon Levy, quien, por muchos años, ha atacado ferozmente al gobierno israelí por auspiciar la “empresa criminal” de las colonias [NdT: judías en los territorios palestinos ocupados], al ejército israelí por crímenes de guerra cometidos durante el bombardeo de Gaza, hace dos años, a los medios israelíes por “deshumanizar” a los palestinos, y a la población israelí por su complacencia con la injusticia.

Levy, de unos 55 años, me dijo que pertenecía al “promedio en Israel”. Su padre huyó de los nazis en 1939 y pasó seis meses como refugiado en un barco antes de aterrizar en Palestina. De joven, Levy fue “miembro completo de la orgía religiosa nacionalista” e incluso soñaba con llegar a ser primer ministro. De 1978 a 1982, trabajó como asistente de Shimon Peres, un político al que ahora condena por su rol en la construcción de las colonias. Levy es fácil de caracterizar como el más típico de los radicales a la moda, y muchos lo hacen. Vive en la próspera zona de Ramat Aviv en Tel Aviv –un barrio que, apunta, fue construido sobre las ruinas de Sheikh Munis, uno de los más de cuatrocientos pueblos palestinos destruidos después de 1948. Goza de una especie de glamour libertino de campera de cuero en Tel Aviv y en el circuito de conferencias en el extranjero. Aparece regularmente en televisión. Aun algunos progresistas que aceptan la justeza de su causa y la gracia de su prosa lo critican por ser “músico de una sola tecla”, un reprochador auto-centrado que ignora el sufrimiento israelí y gana sus más fuertes aplausos en el exterior. Ha sido llamado “el nieto de Hitler” –más temprano o más tarde, casi todos en Haaretz son acusados de nazis— y hay quien ha deseado cáncer para toda su familia. Ha sido amenazado en el mercado, acosado en la calle, y los soldados israelíes le han disparado. Cuando escribe, por ejemplo, que los cohetes Qassam disparados a las ciudadanos israelíes por militantes palestinos “tienen un contexto”, se renuevan las acusaciones. No le importa.

La Operación Plomo Fundido, la invasión israelí de Gaza, “no fue una guerra”, dice. “Fue un asalto brutal sobre una población impotente y encarcelada. Supongo que se podría llamar boxeo a un encuentro entre Mike Tyson y un chico de cinco años, pero ¡las proporciones, las proporciones!”.

Levy viaja a reportear en Cisjordania cada semana. Se considera aquel que fuerza a la sociedad israelí a ver. “La deshumanización de los palestinos en los medios israelíes permite al público sentirse bien con todo esto”, me dijo una noche en la redacción. “Con la ayuda de los medios israelíes, hemos construido un mundo propio, en el que todas las críticas al gobierno de Israel es antisemisitismo, en el que, ‘igual, todos están contra nosotros’ –lo que no es verdad. Somos el Estado más malcriado del mundo”.

“Considero a los territorios el oscuro patio trasero de Israel”, prosiguió. “Ahora está en una etapa fácil. La libertad de movimiento es más fácil, hay menos derramamiento de sangre, una mejor economía. Pero la ocupación es brutal por la forma en que gobierna a los palestinos en cada terreno de sus vidas, del nacimiento a la muerte, desde su moneda a sus documentos de identidad. Nunca olvidaré la escena en la primera intifada” –a principios de los ochenta— “cuando vi a un soldado de un puesto de control revisando la radiografía de una señora de edad, como si fuera a decidir si estaba suficientemente enferma para ir al hospital de Cisjordania. Esta escena, de un chico de 19 años que tiene el derecho a decidir el destino de ella y juega a Dios y mira la radiografía sin saber la menor cosa, sólo para humillarla o para darse ese poder –esas cosas pueden ocurrir hoy también”.

El redactor de Haaretz usualmente mencionado junto con Levy es Amira Hass, quien ha vivido durante tres años en Gaza y durante trece en Ramallah—la única judía israelí que vive en, y reporta desde, los territorios. Hass, hija de sobrevivientes del Holocausto, se crió tanto en Jerusalén como en Tel Aviv, pero, a diferencia de Levy, era marginal. Nunca soñó con ser primer ministra. Sus padres eran comunistas. “Era lo que podrías llamar ‘un bebe rojo’”, dice. Sus amigos israelíes son, en su mayoría, de la izquierda. “Mi tribu son los izquierdistas, no los sionistas progres”, explicó. “David Grossman y los demás están siempre despertando demasiado tarde. Esa es su característica –comprender demasiado tarde”.

Había conocido a Hass en anteriores viajes periodísticos, y acordamos ir juntos a Nabi Samwil, que se halla donde existía un pueblo palestino ocupado en 1967. Nabi Samwil, el lugar donde fue enterrado el profeta Samuel, es típico de Cisjordania, donde siglos de historia y anhelos religiosos se mezclan y entran en conflicto. En Nabi Samwil, hay una fortaleza de los cruzados y una mezquita. En 1971, los israelíes pasaron una aplanadora sobre las casas árabes y unos pocos palestinos, indicó Hass, vendieron sus tierras a Israel. Una tarde fría y gris de invierno, Hass se dirigió allí para recolectar información con vistas a un retrato del pueblo, en el que habían estado trabajando por meses.

Mientras manejaba, me contó detalles de su carrera. Después de abandonar la universidad, se ofreció como voluntaria para una hot line sindical, manejada por un grupo que defendía los derechos de los trabajadores palestinos en Israel. En 1989, cuando tenía unos treinta y cinco años, ingresó en Haaretz como correctora, y en 1993, cuando los Acuerdos de Oslo parecían augurar una paz duradera, se fue a vivir a Gaza, como reportera para el periódico. En lo que calificó como una llegada “folklórica”, ingresó en Gaza en un auto con una patente palestina falsificada para ella por sus amigos del campo de refugiados de Jabaliya. “Gaza era intensa, pero más fácil, en un sentido, que Cisjordania”, dijo. “Como una típica judía europea, ví en Gaza una suerte de diáspora, una suerte de vida de sthtetl”.

En Gaza, Hass adquirió un poco de árabe y escribió cientos de despachos sobre el entretejido de la vida bajo la ocupación israelí. “Mi énfasis es que estas son noticias israelíes”, indicó. “No escribo tanto sobre la miseria de los palestinos como sobre el efecto de la política israelí”. No es sobre ‘el pobre pueblo palestino’. Es sobre nosotros”. Escribió sobre lo obvio –las batallas, los atacantes suicidas y sus familias, las políticas intestinas de Hamas y Fatah–, pero también sobre el doble sistema de caminos en Cisjordania, los casos de depresión en el campo de refugiados de Balata, las restricciones a la importación de comida para Gaza, los detalles concretos de la fragmentación y la desconexión.

Hass salió de la autopista y emprendió el camino escarpado que lleva a Nabi Samwil. Desde esta colina barrida por el viento, podíamos ver Jerusalén y más allá; los cruzados lo llamaron la Montaña de la Alegría. Se detuvo en una tienda destartalada, donde un viejo palestino vendía sus mercancías –comida envasada, detergente, caramelo. Es una fuente de ella; hablaron durante un rato en árabe sobre familiares fallecidos, casas abandonadas, las duras injusticias de la vida cotidiana.

Con excepción de los colonos, los israelíes rara vez van a los territorios, a menos que tengan la obligación del soldado o del periodista. Cuando pregunté a Amos Schocken, el mayor sostén de Amira Hass en el diario, cuándo había visitado por última vez Ramallah, que se halla a quince minutos en coche de Jerusalén, me dijo: “Nunca estuve allí”.

“¿Por qué no?”, le pregunté. Ramallah es, en cierto sentido, la capital de su indignación.

Schocken sonrió. “Leo acerca de ella en Haaretz”, respondió.

Mientras nos dirigíamos al norte, hacia Ramallah, Hass mencionó que unos años antes casi fue despedida. Algunos editores del periódico me habían dicho que ella había empezado a entregar artículos con menos frecuencia y que sus reportes tenían menos hechos y más comentarios, lo que no era su fuerte. Ella explicó que había ido acumulando frustración. “Me cansé de pelear”, dijo. “Era humillante ir mendigando de un editor a otro con la esperanza de conseguir un poco de atención para estas historias”.

No es un conflicto inusual entre reporteros y editores, pero adquirió un peso ideológico. “Durante Oslo, los editores pensaron que yo estaba aguando la fiesta”, relató. “Publicaban las historias, por lo común, pero las enterraban, los ponían en el sótano, como decimos. Durante la segunda intifada” –después del colapso de las conversaciones de paz de 2.000—“ocurrieron todos esos atentados terroristas y los israelíes no querían lidiar con ningún hecho que contradijera sus emociones o la forma en que veían las cosas”.

Hace muchos años, Hass preparó el diario de su madre, Hanna Levy-Hass, sobre el campo de concentración. El libro es un relato extraordinario de una judía de Sarajevo que se une a los guerrilleros de Tito, es capturada por los nazis y, en el verano de 1944, es colocada en un tren de Montenegro a Bergen-Belsen. Levy-Hass solía describir a su hija el espectáculo de las alemanas paradas al lado del camino, tratando de no ver a los enfermos y los moribundos que marchaban hacia las puertas del campo. La imagen se imprimió en Amira; ella dice que su trabajo como reportera está enraizado en “el pavor de ser una mera espectadora”.

“No quiero ser vista como algo exótico –la extraña mujer que vive con los salvajes”, dijo. “Yo quiero reportear –ver”.

Después de una discusión con Amos Schocken, a principios de 2008, Hass se tomó una licencia. No duró. Ese noviembre, con su país a punto de enviar tropas a Gaza, esquivó las restricciones israelíes y, portando un pasaporte holandés de un matrimonio terminado tiempo atrás, entró en Gaza por mar, vía Chipre, a bordo de un barco de “Gaza libre”, junto con algunos miembros del parlamento británico. Bajo fuerte vigilancia, envió artículos desde Gaza durante tres semanas, hasta que funcionarios de Hamas le dijeron que se fuera –“por su seguridad”. Frustrada de tener que cubrir el bombardeo israelí desde fuera de Gaza, encontró eventualmente la manera de volver, ilegalmente, a través de Rafah, en la frontera con Egipto.

Esa noche, después de dejar Nabi Samwil, condujimos a través de los puestos de control rumbo a Ramallah, donde nos sentamos en un café para la cena. Ramallah todavía está cercada por puestos de control israelíes y colonias judías, pero ningún visitante frecuente de la ciudad puede dejar de advertir el efecto causado por el primer ministro palestino, Salam Fayyad, un tecnócrata que ha conseguido enormes donaciones e inversiones del exterior; la ciudad es más rica y está llena de construcciones en marcha. Para Hass, sin embargo, Ramallah sigue siendo “una prisión cinco estrellas”.

Ella lleva una vida desconectada. Cuando va a Tel Aviv, ve al médico y al dentista, se detiene en la redacción para decir hola, y eso es todo. No soporta que le pregunten tonterías sobre su vida en Palestina (“Preguntan cosas como ‘¿Dónde comprás comida?’ Y yo digo: ‘¡En la tienda!’”). Una expresión triste le hunde la cara. “Si no fuera por mis amigos izquierdistas, que en general son auténticos activistas –algunos han ido a parar a la cárcel–, no lo soportaría”, dijo. “Si no, cuando estoy en Tel Aviv, me siendo como una zombie”. Tiene muchos amigos palestinos, pero es claro que es una visitante. Cuando intentó estudiar árabe en la Universidad de Birzeit, fue rechazada, lo que resultó hiriente.

“En Ramallah, soy y no soy aceptada”, contó. “Para la elite burguesa local, la presencia de una judía israelí que puede ir y venir como le place sólo subraya los privilegios que tenemos y que ellos no”. Ella lo entiende. “Es un Soweto mejor, pero todavía un Bantustan”, afirmó. “Para mis vecinos en Ramallah, el mar no existe. Jerusalén no existe. Me avergüenza decirles que me voy a Tel Aviv  y que estaré allí en menos de una hora”.

Lo doloroso de su vida periodística es que tantos lectores israelíes la minimicen –incluso algunos lectores de Haaretz. La crítica usual es que es abiertamente partidista, demasiado izquierdista, demasiado aburrida, machacando siempre sobre lo mismo. Taghreed el-Khodary, un periodista palestino que ha trabajado durante muchos años en Gaza, dice: “Todos los israelíes que conozco en la derecha o el centro –ni siquiera la leen. Lo que es trágico”. Y, sin embargo, Amos Harel, el corresponsal militar en jefe de Haaretz, me contó un día, mientras visitábamos el cuartel central de la ocupación en Cisjordania, que “los militares más inteligentes admiran a Amira por su rigurosidad”.

Más tarde en la noche, observé a Hass que debía ser extremadamente difícil vivir como ella. No lo negó. “A veces estás tan ocupada que te olvidás qué sola estás”, dice. “En Yom HaShoah”—día de conmemoración del Holocausto—“me siento realmente sola. Ese día, una sirena conmemorativa suena en la colonia judía de Beit El, cerca. Pero yo no puedo estar con ellos. No puedo unirme a ellos para conmemorar el día, simplemente no puedo. Y aquí, en Ramallah, la sirena no significa demasiado”.

El patriarca de Haaretz fue Salman Schocken, un magnate de las tiendas que era tan imperativo que Hannah Arendt lo llamó alguna vez “Bismarck personificado”. Nacido en 1977, Salman Schocken era el hijo del pobre e inculto dueño de un almacén. Sólo completó un ciclo escolar, pero era un implacable autodidacta; consumía Göethe y Nietzche aun mientras trabajaba como viajante de comercio. En la ciudad sajona de Zwickau, él y su hermano Simon comenzaron la primera de las que serían las mayores cadenas de tiendas en Alemania, ofreciendo mercancías de calidad a precios razonables. A medida que ganaba dinero, acumulaba una vasta biblioteca de libros únicos en alemán y hebreo. Esta, como apunta Anthony David, biógrafo de Schocken, fue la semilla de su verdadera ambición. Como los príncipes mercaderes del Renacimiento, Schocken pretendía poner su sello en su época como emprendedor político y cultural.

Después de un recorrido por Palestina en 1921, comenzó a contribuir al yishuv, la comunidad judía pre-estatal, ayudando a construir el puerto de Haifa y la Universidad Hebrea. Una década más tarde, Schocken creó una editorial, Schocken Verlag; compró los derechos de las obras de Franz Kafka y actuó como una suerte de Medici judío, enviando dinero, e incluso ropa y comida, a los escritores que valorable. A medida que se interesó más profundamente en el movimiento sionista y en sus propias raíces judías, publicó el trabajo de amigos como los teólogos Franz Rosenzweig y Martin Buber, el estudioso de la Kabbalah Gershom Scholem, y el novelista S. Y. Agnon.

En 1933, Hitler se convirtió en canciller, y Schocken aterrizó en Palestina. Nunca aprendió a hablar hebreo de forma fluida, pero intentó hacerse valer como algo más que una fuente de dinero para el movimiento sionista. Fue simpatizante de la facción Brit Shalom, que apoyaba la creación de un estado binacional con los árabes. En búsqueda de un vehículo político, Schocken comenzó a hablar con Moshe Glickson, propietario de Haaretz, que existía desde 1919.

En 1935, Schocken compró el periódico con la intención de pasarlo a su hijo Gustav (que cambió su nombre a Gershom cuando llegó a Palestina). Soñaba con crear una versión hebrea del Frankfurter Zeitung anterior a la guerra: sobrio, analítico, con un fuente énfasis en la alta cultura. Veía el periódico como un instrumento para la creación de una nueva sociedad. El periódico, dijo, debe ayudar a convertir a “serviles subordinados en seres humanos” y guiar a los lectores “en sus opiniones fundamentales de modo que adopten, sin pensarlo, nuestra perspectiva”. Haaretz publicó noticias junto con ensayos académicos de Scholem y Buber; serializó la novela de Agnon “El anfitrión de la noche” en ciento treinta entregas. En 1942, una de las estrellas del periódico, Robert Weltsch, escribió un reporte excepcional para la época sobre la masacre de los judíos en Polonia y Ucrania; la misma edición incluía un poema de Goethe y consejos sobre el cuidado de los niños.

Salman Schocken nunca encontró realmente un hogar en Israel. En una era de nacionalismo judío, él era el cosmopolita por excelencia, viviendo en hoteles y casas, de Scarsdale a Suiza. Expandió su imperio editorial, estableciendo Schocken Books en Nueva York; en algún momento, nombró a Hanna Arendt como editora. Pero esto pareció darle poca satisfacción. Gershom Scholem escribió que Schocken era “un ser humano quebrado y miserable que había logrado enemistarse con todos en América”.

Para sus hijos y nietos, Schocken era una presencia oculta, contento, durante sus viajes a Jerusalén, con vivir entre los libros de su biblioteca. La hermana de Amos Schocken, Racheli Edelman, que ahora dirige la compañía editorial Schocken en Tel Aviv, escribió en Haaretz: “El abuelo estaba más cerca de sus libros que de su familia”. Cuando sus hijos intentaban decirle algo, él sonreía desdeñoso y decía, en sarcástico alemán: “Grossartig, grossartig”. ¡Qué importante!

Durante un matrimonio de cincuenta años, Schocken fue un mujeriego incansable y cuando finalmente dejó a su mujer, declaró: “Ahora soy un hombre libre”. Cinco años más tarde, en 1959, murió solo, en una habitación de hotel en Suiza. El personal del hotel lo encontró en la cama, aferrado a dos libros: las historias del rabino Nachman de Bratslav y el Fausto de Goethe. Gershom Schocken dijo a su hijo Amos que la muerte de su padre fue uno de los acontecimientos más liberadores de su vida, equivalente a la adquisición de su licencia de conducir. En años posteriores, cuando Gershom Schocken publicó artículos en el periódico, lo hizo a menudo bajo un seudónimo que apenas escondía su resentimiento filial: Ben-Dam —Hijo de Sangre.

A mitad de junio de 1967, poco más de una semana después del fin de la Guerra de los Seis Días, cuando casi todo el periodismo de Israel se unió al resto del país en lo que se convirtió en un prolongado período de euforia, Amos Elon, entonces un joven reportero en Haaretz, viajó a Aqbat Jabar, un campo de refugiados cerca de la ciudad cisjordana de Jericó.

Elon había nacido en Viena y emigrado a Palestina siendo niño, durante el ascenso de Hitler. Encaró su encargo con recelo, sensible a la mezcla de rendición, resentimiento y aprensión existente entre los palestinos. Mientras caminaba por Aqbat Jabar, una pequeña multitud de palestinos salió de las chozas de arcilla roja y se detuvo cerca de sus huertos para saludarlo en hebreo: “Shalom! Shalom!”. Algunos habían colgado telas blancas en sus puertas como señal de rendición a las Fuerzas de Defensa de Israel. Le ofrecieron café y conversación. Antes, Elon había visitado Gaza, que había encontrado mucho más tensa, una “atmósfera psicopatológica de claustrofobia”. Escribió acerca de un estudio noruego que comparaba a los palestinos de Gaza, primero bajo los egipcios, ahora bajo los israelíes, con convictos cumpliendo una sentencia a cadena perpetua. Unos refugiadados tras otros hablaron a Elón de su anhelo de trabajar, irse, respirar.

El reporteo de Elon en Haaretz fue un reproche a la euforia nacional. Por todo Israel, la gente celebraba no sólo la victoria instantánea sobre Egipto, Siria y Jordania, sino también la conquista de territorio que había estado en manos árabes desde 1948. Hubo peregrinaciones a parajes bíblicos que antes había sido imposible visitar: la Vieja Ciudad de Jerusalén y el Muro Occidental; la Cueva de los Patriarcas en Hebrón; la tumba de Raquel en Belén. A los ojos de Elon, la sociedad israelí estaba en peligro de glorificar la fuerza y permitir que el fervor religioso se infiltrara en la política. Los territorios recién ocupados eran un cáliz envenenado, advirtió a los lectores de Haaretz en esos despachos, escritos hace más de cuarenta años:

Sea cual fuere el destino de los territorios ocupados que actualmente están en nuestras manos –podemos hacer algo ya respecto del problema de los refugiados que han permanecido en las áreas bajo control del Estado de Israel. Tenemos una obligación moral de hacerlo. Porque la independencia de Israel fue sembrada sobre las espaldas de esta gente, que pagó con sus cuerpos, su propiedad y su futuro por los pogroms en Ucrania y las cámaras de gas nazis. Tenemos una enorme deuda con estos desesperados, aun si a sabiendas fueron conducidos por mal camino, aun si ellos, o sus padres, siguieron ciegamente a líderes irresponsables. Son las víctimas de nuestra independencia.

Elon consideraba a los territorios “detonadores” que inevitablemente causarían una explosión. Los más altos editores de Haaretz, incluído Gershom Schocken, decidieron imprimir los reportes y advertencias de Elon, aunque no estaban del todo de acuerdo con ellos –no al principio. Como casi todo el mundo en Israel, veían la victoria militar como un milagro. Schocken había estado entre aquellos que llamaron al primer ministro, Levi Eshkol, para que incluyera a Moshe Dayan en la conducción de la guerra, y ahora Dayan era la más prominente figura en la “pacificación” de los territorios ocupados. Dayan usaba una desembozada retórica colonialista y los líderes religiosos santificaban la conquista militar con un lenguaje mesiánico; pocos veían el peligro inherente en retener los territorios.

Como escribió Elon más tarde, “se dijo que el Imperio Británico nació de un momento de distracción. La intrusión colonial israelí en Cisjordania llegó en circunstancias igualmente oscuras. Poca gente lo tomó en serio al principio. Algunos se engañaron con que sería temporario. Los responsables de que ocurriera la realizaron de forma sistemática”. El proyecto de las colonias, que creció de modo terrorífico aún durante las negociaciones de paz de los noventa, radicalizó al movimiento nacional palestino. Y la ocupación misma socavó la reputación y la seguridad del Estado como refugio para personas desperdigadas y oprimidas. En las primeras décadas de Israel, el kibutz ejemplificó su espíritu pionero; ahora los colonos reclamaban ese galardón, y ningún gobierno israelí dejó de rendirles homenaje.

La distancia entre Haaretz y la opinión pública mayoritaria se agrandó en los 80s. Durante la Guerra del Líbano de 1982, cuando el primer ministro Menachem Begin y su ministro de Defensa, Ariel Sharon, rompieron sus promesas de realizar una incursión limitada y enviaron a las tropas bien adentro del Líbano para aplastar a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), el periódico adoptó una posición firme contra el gobierno. Cientos cancelaron su suscripción y escribieron cartas furiosas a Gershom Schocken, acusándolo de traicionar al ejército y al Estado. Durante la primera intifada, a fin de los 80 y principios de los 90, el periódico también adoptó una posición firme a favor de los derechos palestinos. Haaretz publicó informes sobre las bajas que desafiaban el recuento oficial del ejército yeditoriales que expresaban simpatía hacia el fervor político que había detrás de quienes arrojaban piedras en las calles. La posición del periódico era, para entonces, clara.

La política de la familia Schocken era, y sigue siendo, izquierdista en cuestiones como la palestina y las libertades civiles, pero aboga por el libre mercado, una posición difícil en un país donde el socialismo democrático prevaleció durante décadas. La familia se opuso en especial a la dominación de sindicatos como el Histadrut, que ejercían un tremendo poder sobre los negocios israelíes. A principios de los años 70, el editor de Economía del periódico, Avram Schweitzer, observó a Amos Schocken que “el edificio existe sólo para las imprentas”. Las ganancias eran pequeñas y los sindicatos eran un obstáculo para contratar jóvenes que pudieran operar nuevas impresoras digitales. “Estábamos pagando por protección a la vieja usanza”, recordó Schocken una noche, durante una cena en Tel Aviv. “Decidí que ese no era el modo en que quería vivir mi vida. En ese momento, pasaba el treinta por ciento de ella negociando con los sindicatos”. Durante esas negociaciones, Haaretz enfrentaba huelgas y demoras. Mientras su padre conducía todavía el periódico, Amos comenzó tres periódicos locales agresivos, Kol Ha’ir y Hadashot en Jerusalem, y Ha’ir en Tel Aviv; todos, empresas sin sindicatos. En 1984, cuando los gráficos y los periodistas sindicalizados rodearon la planta impresora Shocken e intentaron impedir la distribución de Hadashot, Schocken usó helicópteros para llevar los ejemplares a los puntos de reparto. Finalmente, la familia llegó a un acuerdo con los gráficos y pudo adoptar las nuevas tecnologías que estos habían resistido. También ganaron el derecho de contratar y despedir a cualquier nuevo empleado.

En 1990, Gershom Schocken, que había manejado Haaretz por más de medio siglo, murió de cáncer de hígado. Amos Schocken sintió profundamente su pérdida. Su padre había sido un hombre formal y distante –“No nos recuerdo, de niños, sentándonos en sus rodillas, del modo en que mis niños lo hacen”–, pero no el frígido rigorista que había sido su abuelo. En la shiva, una gran ocasión en los círculos de Tel Aviv, Hannah Zemer, editor del periódico liberal (ya desaparecido) Davar, se acercó a Amos y le susurró que debía convertirse en el siguiente editor.

Schocken no dijo palabra. Se sentía un poco incómodo en la redacción, reino de su padre. Estaba más en casa en el mundo internacional de los negocios. Entre 1968 y 1972, vivió en los Estados Unidos, estudiando primero un M.B.A. (maestría de negocios) en Harvard y luego trabajando como aprendiz en Fairchild Communications, en Nueav York. Después de completar su deber en el ejército, fue a trabajar en Haaretz, pero del lado de los negocios. No sabía tanto como su padre y no tenía habilidades como periodista profesional. Puso al segundo de su padre, Hanoch Marmari, como editor y, no mucho después, se designó director y presidente.

Muy pronto, fue claro para el personal de Schocken que éste había adquirido los valores esenciales de esa raza única –el propietario de medios cuya prioridad es la integridad e independencia del periodismo de su diario. “Cuando era joven, mi padre tuvo una pelea con su hermano”, recordó. “Haaretz publicó un artículo negativo sobre una papelera norteamericano-israelí. El hermano de mi padre era el ingeniero en jefe y sintió que este debería haberlo protegido. No se hablaron durante unos años”. Muchos años más tarde, cuando Amos estaba a cargo, ocurrió un incidente similar. Hubo una competencia de arquitectura para diseñar la nueva oficina del Primer Ministro. Uno de los competidores, se reveló, no tenía certificado profesional. El arquitecto en cuestión era Hillel Schocken, hermano de Amos. Amos recibió una nota en su casilla de correo en la que decía que el editor no quería publicar el artículo sobre un tema especialmente embarazoso. A Amos le quedó una sola opción: Haaretz destacó el artículo, bajo el titular “ARQUITECTO VETERANO SIN DIPLOMA”

Amos Schocken empezó a asistir a reuniones del consejo editorial en 1992, principio de un período en la que la suerte tanto del país como de Haaretz parecía boyante. La perspectiva de una paz final entre israelís y palestinos coincidía con el rápido crecimiento del sector de alta tecnología, el final de los monopolios estatales, la privatización de los bancos, una caída en el déficit presupuestario, el flujo del turismo, inflación casi cero –y el periódico lleno de avisos.

“En los tiempos de Oslo, Haaretz estaba en el centro de la opinión pública”, afirmó Shocken. No sólo estaba en sintonía con una amplia gama de sus lectores, sino también en condiciones de expandirse, y amplió inmensamente su cobertura de negocios, propiedades, tecnología, cultura y sociales. Modernizó su diseño. No era ya el estólido periódico de Salman y Gershom Schocken. En una década, Haaretz había triplicado sus páginas y su staff; la circulación subió un cincuenta por ciento; y, en 1997, en sociedad con el International Herald Tribune, añadió una edición en inglés. Súbitamente, un periódico que antes era sólo conocido por los lectores de hebreo, era ampliamente citado en el mundo como el “New York Times de Israel.” El website en inglés se convirtió en un poderoso instrumento internacional. David Makovsky, un ex reportero diplomático para el periódico y ahora experto en política en Washington, me  dijo: “Cuando voy al mundo árabe, la primera cosa que un canciller árabe dice es ‘¿Leyó Haaretz esta mañana?’ Saben todo sobre Israel por Haaretz”.

Cuando Schocken visitó la redacción del Washington Post, preguntó a un alto ejecutivo cuánto personal editorial tenían. “Demasiado”, se quejó el ejecutivo. Shocken descubrió que el staff del Post era minúsculo en comparación con el suyo, que equivalía a un cuarenta por ciento de aquel con sólo un diez por ciento de su circulación —trescientos periodistas para un periódico de 73.000 lectores. Pero, pese a sus costos desproporcionados, Haaretz florecía.

Debía tocar a Amira Hass señalar el fin de la fiesta. En la primavera de 2000, cuando un acercamiento final entre Ehud Barak y Yasser Arafat parecía posible, viajó a Boston a recoger un premio en Faneuil Hall y, como discurso de aceptación, dijo a todo el mundo que las negociaciones terminarían en fracaso y convulsión política. Tenía razón. La segunda intifada comenzó enseguida. Ariel Sharon reemplazó a Barak como Primer Ministro. Ahora, las noticias de Israel hablaban de atacantes suicidas, represalias militares y poblaciones desilusionadas y aterradas en ambos lados. La burbuja high-tech estalló. El negocio del turismo se desvaneció. En esa época, Shocken dijo: “Quizás la única área que crece en el mercado laboral es la de guardias de seguridad para la entrada de las tiendas, restaurantes y edificios de oficinas”.

Haaretz cubrió todos los ataques terroristas, pero muchos lectores israelíes, que ahora temían por su propia seguridad, estaban furiosos de que el periódico continuara reportando el punto de vista palestino. Contenía, sin falta, los artículos de Danny Rubenstein desde Jerusalén del Este, los reportes detallados de Amira Hass sobre la vida cotidiana bajo la ocupación y las columnas indignadas de Gideon Levy. Las cartas denunciaban esa falta de sentimiento y simpatía nacionales; Shocken fue llamado “antijudío”, “antisionista” e, inevitablemente, “nazi”. El periódico empezó a perder miles de lectores a manos de Yedioth AhronothMaariv, tabloides que estaban decididos a ser las fuentes de la solidaridad y el consuelo nacionales.

Durante la segunda intifada, Amnon Dankner, que alguna vez trabajó para Haaretz y ahora editaba Maariv, escribió sobre su anterior periódico: “¿Es errado pedir a los reporteros de un país que está en medio de una guerra difícil que muestren un poco más de empatía con su gente y su país?”. Ben-Dror Yemeni, editor de la página de opinión de Maariv, calificó a Levy como uno de los “propagandistas de Hamas”. Y la novelista popular  Irit Linur escribió una carta abierta al periódico diciendo: “Haaretz ha llegado al punto en que su antisionismo se ha convertido en estúpido y malvado”. Añadió: “He llegado a la conclusión de que ustedes y yo no vivimos en el mismo lugar. Una gran y creciente porción de los reportes y artículos en su periódico apestan a prensa extranjera, que considera al Estado de Israel como un territorio diferente, distante y repulsivo”.

Dentro de la redacción, la atmósfera era apenas menos tensa. El editor Hanoch Marmari ya estaba enfrentado en secreto con Shocken por el website de negocios que éste había decidido lanzar sin consultarlo (“Fue la primera grieta en la confianza entre Amos y yo”, dice Marmari). Ahora, Schocken y Marmari discutían sobre el tono de Haaretz mismo. Se enfrentaban en las reuniones editoriales, en las que Marmari insistía en que estaban siendo demasiado fríos respecto de sus propios lectores.

“Era también el dilema constante: ¿Cómo se edita un periódico cuando tus lectores están con los nervios de punta?”, recordó Shocken en un discurso. “¿Hasta qué punto incluir este hecho en las decisiones editoriales? Teníamos en Haaretz la increíble situación en la que yo, el propietario, me quejaba a nuestro editor de que estaba tomando demasiado en cuenta a los lectores –y él replicaba: ‘Tengo un suicida fanático por dueño’”.

En tiempos menos exigidos, Marmari y Schocken habían estado en desacuerdo sin incidentes. Una noche del verano de 1997, Schocken advirtió que Marmari, como cualquier otro editor del mundo, planeaba encabezar el periódico con la muerte de la Princesa Diana. Schoken objetó altivamente: “No parece muy Haaretz”. Marmari le informó que, si no encabezaban el periódico con la historia de Lady Di, se destacarían como idiotas. Schocken retrocedió. Pero durante la turbulencia de la segunda intifada ninguno retrocedió. Las batallas eran frecuentes y legión. Marmari sentía que Schocken estaba socavando su conducción del periódico.

“La integridad del staff editorial estaba dañada”, me dijo Marmari. “Había una ruptura en la práctica entre Amos y yo. El editor había perdido su soberanía”. Extrañamente, era un conflicto en que el editor parecía más preocupado por no alejar a los lectores que el mismo propietario. “Amos estaba disgustado porque yo era menos radical que él”, dijo Marmari. “Yo sentía que el periódico se podía descarrillar y terminar en la irrelevancia. Haaretz tiene el talento y las capacidades del New York Times, pero a veces se vuelve marginal e incluso ridículo… Durante lo peor de los ataques terroristas, la gente estaba realmente aterrada. Tenía que decirle al staff que no podíamos sólo contar los muertos y heridos y llorar por los palestinos. También teníamos que mostrar empatía con los israelíes, más allá de quién pudiera tener razón”.

El jefe de redacción del periódico, Yoel Esteron, escribió un editorial en que defendía la decisión de Israel de actuar fuerte contra el terror; Amos Schocken se mostró en desacuerdo. “Amos defendía un enfoque de extrema izquierda, un enfoque de extrema izquierda sobre el problema palestino y muchos otros temas”, me dijo Esteron. Schocken no sólo estaba alejando a los lectores –“Era contra los propios intereses comerciales de su periódico”.

Los tres hijos de Gershom Schocken —Amos, Hillel y Racheli— componían la mayoría del consejo directivo, y Esteron y otros me dijeron que Racheli, en particular, criticó a su hermano repetidamente por gastar demasiado dinero. “Siempre estaba gritando sobre el personal y el gasto de dinero y mandar gente al exterior. Decía ‘Pueden usar Reuters’, esa clase de estupidez”, recordó Esteron. Amos Schocken admitió: “Mi hermana piensa que podría manejar el negocio un poco mejor. Piensa que el periódico es demasiado grande y que tenemos demasiados empleados”.

En 2004, Schocken reemplazó a Marmari con David Landau, un ex editor del Jerusalem Post. Landau, nacido en Inglaterra y considerado izquierdista, entraba en el rango de un típico miembro de Haaretz. Pero en una redacción dominada casi completamente por judíos seculares, resultaba atípico. Usaba un yarmulke y cumplía con el Sabbath. A diferencia de Marmari, Landau no tenía problemas con la estrategia de Schocken de poner más y más recursos en la nueva sección e negocios, llamada El Marcador. Bajo el liderazgo de un jóven e hiperambicioso editor llamado Guy Rolnik, El Marcador trajo una nueva y más joven audiencia a Haaretz —interesada en la industria high-tech industry al menos tanto como en la cuestión palestina— justo cuando se desató la crisis mundial de los periódicos. El Marcador, que podia ser comprado en forma separada, ha ayudado desde entonces a salvar al periódico. Rolnik ha sido especialmente bueno en publicar artículos de investigación sobre lo que llama “oligarcas israelíes”, un pequeño grupo de multimillonarios y sus familias, que controlan buena parte de la economía nacional.

Pero, mientras Landau concedía independencia a Rolnik, terminó teniendo las mismas peleas políticas con Schocken que su predecesor. “No quiero que Amos comprometa sus ideales y valores, pero no creo –y aquí es donde estoy fuera del plato respecto del espíritu del periódico actual—que se pueda brindar estas posiciones políticas sin alejar a enormes porciones de la sociedad israelí”, dijo Landau. “No hace falta suavizar la posición sobre el tipo de racismo o xenophobia o tendencias fascistas que está inundando partes de la sociedad israelí, pero no es posible hacerlo sin presentarse como un antagonista. Hace falta una retórica de mayor elaboración y empatía. El objetivo es hacer del periódico un lugar en que la gente sea confrontada, pero también se sienta bienvenida”.

Las ansiedades y sueños febriles de Amos Schocken parecen, en parte, las de Donald Graham (del Washington Post) y Arthur Sulzberger (del New York Times). No puede predecir con absoluta certeza que Haaretz sobrevivirá, que habrá un periódico que pasar a la siguiente generación. Schocken dice que él, su hermano y su hermana hicieron “un buen trabajo en no mandar el sitio por los aires cuando mi padre murió –a veces uno ve que las familias se disgregan después de que muere el fundador. Uno se pregunta qué pasará con la siguiente generación. Respecto de nosotros, no sé”. Cuando le pregunté si la familia posee las reservas de dinero que podrían ayudar a proteger a Haaretz y asegurar su independencia, respondió que usaría la palabra amimut —ambigüedad, opacidad—, táctica del gobierno israelí cuando quiere evitar preguntas sobre su arsenal nuclear.

Es difícil ver cómo puede crecer su base de lectores. Los lectores seculares y liberales (progresistas) dispuestos a pagar más de 800 dólares al año por una suscripción viven, sobre todo, en el gran Tel Aviv y tienen una tasa de nacimiento modesta. Los colonos leen Makor Rishon y los ultra-ortodoxos Hamodiya. Los israelíes “promedio” leen Maariv, que está decayendo; Israel Hayom, un tabloide gratis que es propiedad del derechista magnate de casinos Sheldon Adelson; y Yedioth Ahronoth, propiedad de la familia Mozes y periódico dominante en el país.

La familia Mozes —los Murdoch de Israel— es conducida por una figura misteriosamente retirada, Arnon (Noni) Mozes, a menudo llamado el hombre más poderoso de Israel. Con una circulación de más de doscientos cincuenta mil, Yedioth bien puede ser el más grande periódico del mundo respecto de su población, excepto por Corea del Norte. Tiene una inclinación a usar titulares estridentes e historias sensacionalistas, pero también contiene el trabajo del columnista más influyente del país, Nahum Barnea, y, se podría decir, su mejor reportero de investigación, Ronen Bergman. (“A veces pienso que si solo hubiera contratado a esos dos tipos todos mis problemas con la competencia se habrían acabado”, dijo Dov Alfon). La familia Mozes también posee un grupo de revistas locales sobre sociales, un website llamado Ynet, un periódico en ruso, dos plantas impresoras, una editorial, agencias de modelos y varias empresas de cable. La política de Yedioth cubre todo el espectro y su valor máximo parece residir en cambiar (de valores) con sus lectores.

Ideológicamente, Schocken tiene cierto desdén por Mozes y Adelson, pero ha comenzado a sorprender a sus colegas con su disposición a hacer negocios con ambos. En 1990, necesitado de efectivo, Schocken tomó en secreto un préstamo de la familia Mozes. En 1998, construyó una planta impresora al norte de Tel Aviv, y su principal cliente es el derechista diario gratuito de Adelson. Este es un norteamericano que no habla hebreo pero tiene una tremenda influencia en Israel. Schocken no se inmuta. “¿En qué es diferente de Salman Schocken comprando un diario en Israel?”, dijo, encogiéndose de hombros. Schocken aceptó que Adelson no parece muy bien informado, especialmente acerca de los palestinos. En su más reciente encuentro, le llevó un regalo: un ejemplar de “Lo que queda” de Walid Khalidi, una historia de los cientos de pueblos palestinos destruidos o absorbidos por Israel después de 1948.

Schocken imprime incluso Besheva, un semanario leído principalmente por colonos religiosos en Cisjordania. Cuando asistió a una celebración del Día de la Independencia en la colonia de Kedumim, la atmósfera le recordó, al principio, “los viejos, buenos días de los kibbutzim”. Pero, cuando habló la alcaldesa, una notoria ideóloga llamada Daniella Weiss–dijo–, “era, de pronto, como estar en un manicomio”.

Como lo ven los periodistas de Haaretz, hay una profunda división en Schocken entre el hombre de negocios, reservado e incluso implacable, y el idealista, a quien difícilmente importa que sus convicciones disten tanto del centro de la opinión pública israelí. “Amos es un hombre complejo”, me dijo Dov Alfon, “tanto un político radical como un rompehuelgas, un verdadero izquierdista y, al mismo tiempo, el vástago de una familia aristocrática, y un poco snob al respecto, que piensa que Haaretz no es para todo el mundo”.

En 2006, Schocken vendió el 25 por ciento del Haaretz Group a la compañía editorial alemana DuMont Schauberg, que tiene un pasado nazi. Cuando dejábamos un restaurante, una noche, y nos dirigíamos a su auto, le pregunté si le molestaba que tanta gente lo acusara de “venderse a los nazis”.

Otra vez la sonrisa enigmática.

“Mire mi auto”, dijo. Schocken conduce un Audi. “Alemania es un aliado de Israel ahora. Un aliado casi demasiado bueno”.

Abrió la puerta y entró.

Aluf Benn, editor de opinion de Haaretz, es prolijo y rápido, y su calva brilla como un poroto pulido. Su trabajo es mantener el rigor y el equilibrio en sus páginas, a la vez que preservar el sentido, por sobre todo, de diario opositor. Experimentado reportero diplomático, es también un enviado editorial que lidia no sólo con símiles de Hass y Levy sino con columnistas bien a su derecha, como Yisrael Harel, líder del movimiento de colonos, y Moshe Arens, un ex ministro de defensa de ala dura (Un miembro de la redacción llamó  a Harel y Arens los “shabbes goys”) [NdT: Shabess goys son las personas no judías empleadas por religiosos judíos para hacer por ellos las actividades que tienen prohibidas en el Sabbat].

Benn es un buen conocedor de la historia del conflicto árabe-israelí, pero, a diferencia de Alfon y otros en lo alto de la redacción, dice que el problema predominante en la sociedad israelí no es el tema palestino sino la inclinación hacia el tribalismo –una inclinación que, incidentalmente, es de mal augurio para el periódico. “Mírelo políticamente”, dice. “Hace treinta años, después de la elección de 1981, los dos principales partidos” –Laborista y Likud—“tenían casi toda la Knesset (parlamento). Ahora, hay muchos más partidos pequeños. Los seculares son más seculares, los nacionalistas religiosos son más, y los árabes(-israelíes) son más explícitos en su expresión política. Los ultraortodoxos y los árabes están saliendo de sus aldeas y pueblos, y reclaman una parte de la torta. Con la inmigración rusa de los noventa, hay un influjo de gente que se ve como más desarrollada que la sociedad que los ha absorbido. Triplicaron el número de médicos, ingenieros y jugadores de ajedrez. Son muy seculares –muchos ni siquiera son judíos según la ley rabínica— y también cambiaron la sociedad. Ese es el centro del debate político”.

Una mirada al periódico dejó en claro que Benn había dado con un punto. Había artículos acerca de conflictos entre poblaciones seculares y religiosas; acerca de manifestaciones en Tel Aviv en demanda de derechos civiles para los inmigrantes africanos; acerca de rabinos poderosos y sus declaraciones racistas; acerca de la adicción al trabajado extranjero barato (“Las calles del sur de Tel Aviv lucen más como un mercado de esclavos por la mañana”, comenzaba un artículo).

Más temprano ese día, yo había asistido a una reunión editorial con un rabino liberal (progresista) y un magnate textil que habían venido a discutir sus planes para hacer que las escuelas ortodoxas, que reciben financiamiento estatal, enseñen temas que vayan más allá de la Torá y el Talmud. “La gente que vino hoy está preocupada por cómo la sociedad se está partiendo”, apuntó Benn. El sistema educativo israelí está fracturado: hay escuelas del Estado, que son seculares; escuelas estatales religiosas, que están identificadas con las colonias; escuelas independientes ultra-ortodoxas, que sólo enseñan a los niños temas religiosos; y escuelas árabes, que son mayormente pobres.

Benn publica incontables columnas sobre los palestinos, las colonias y el futuro del conflicto árabe-israelí, pero, cuando el grado de “fuego cruzado” es bajo, como ahora, la discusión se desvanece. Los israelíes hablan sobre sus problemas internos, como si el conflicto, de algún modo, hubiera desaparecido detrás… de una pared. “En períodos como el actual, ¿ves a algún palestino?”, observó Benn sarcásticamente. “Nadie va a Jenin y Nablus. Así que, ¿dónde están estos palestinos? Son aliens, gente que no existe. La cuestión es vista como algo que hay que tratar con los Estados Unidos”.

Desde que colapsaron las conversaciones entre Arafat y Barak, hace una década, la opinión pública mayoritaria en Israel se ha vuelto paradojal: la mayoría apoya la idea de una solución de dos Estados, pero también hay una desconfianza generalizada sobre las intenciones palestinas. El promedio israelí siente que, después de que se abandonó el Líbano, en 2000, vinieron los misiles de Hezbollah; y que, después de que se dejó Gaza, en 2005, vinieron los misiles de Hamas. El bando de la paz, a pesar de manifestaciones ocasionales y la propuesta de dos Estados, está agotado. Así que dónde encaja Haaretz en el futuro israelí es una pregunta abierta.

Hay un precio en escribir lo que uno piensa, en Israel como en cualquier otro lugar del mundo. Zeev Sternhell, un historiador sobre los orígenes del fascismo, casi pagó el precio más grande de todos. Sternhell pasa de los setenta y enseña en la Universidad Hebrea. Casi todo el staff de Haaretz vive en Tel Aviv o en sus suburbios, al norte. Sternhell, un columnista habitual, vive en el barrio Old Katamon de Jerusalén.

Una mañana de este invierno (septentrional), Sternhell me dio la bienvenida en la puerta de su modesto departamento. Nació en Polonia en una familia judía secular de dinero. Después de la Operación Barbarroja, la familia fue enviada a vivir en el ghetto. Siendo pequeño, Sternhell vio cómo otros niños caían muertos de los árboles después de que los soldados nazis los descubrieran escondidos allí y abrieran fuego. Cuando tenía siete años, los nazis se llevaron a su madre y su hermana a un campo de concentración, donde murieron. Un tío lo sacó de contrabando a Lvov, en Ucrania occidental. Durante el resto de la guerra, vivió escondido en la casa de un oficial del ejército polaco; fingía ser católico y hacía de monaguillo. El fin de la guerra no acabó con el terror: Sternhell recuerda a una polaca gritando a los judíos “¡Sucios animales, salieron de sus agujeros, qué mal que no los acabaran de una vez!”. Cuando emigró a Israel, en 1951, a la edad de dieciséis años, la transformación fue, dice, “metafísica”. En Europa, durante la guerra, contó Sternhell a su colega de Haaretz Ari Shavit, los judíos eran “polvo humano. Eran gente a la que se disparaba como no se hacía con los perros y los gatos… Y ahora, sólo unos años más tarde, el judío volvía a ser un ser completo, entero”.

Sternhell me indicó que se hizo cada vez más radical en los 80s, durante la guerra en Líbano y la primer intifada. “Nuestro falla básica, en 1967, fue no entender que lo que era bueno y legítimo hasta 1949 había dejado de serlo después de eso”, me dijo. “¿Por qué estaba bien asentarse en la alta Galilea y no en el Golan? ¿Por qué Ramla y no Ramallah? Ésa era la cuestión. Si el sionismo es la conquista de la tierra, ¿qué hay de sagrado en la Línea Verde [NdT: que separa Israel de los territorios ocupados]?”.

Sternhell fue uno de los fundadores del movimiento Paz Ahora y ha sido tanto celebrado como denunciado por sus fuertes columnas en Haaretz sobre las tendencias antidemocráticas en Israel. En 2008, en el sesenta aniversario del Estado, Sternhell ganó el más alto honor, el Premio Israelí, y el anuncio enfureció a los colonos, que afirmaban que apoyaba la insurrección armada. Sternhell no hacía tal cosa, pero había escrito en Haaretz que los palestinos no tenían otro recurso que la resistencia armada. “Mi intención no era decir que podían matar civiles”, recordó. “No. Lo importante es que dije que el movimiento de colonos era ilegal e ilegítimo, y que la resistencia palestina contra las colonias era entendible”.

Alrededor de la 1:30 A.M. del 25 de septiembre de 2008, Sternhell fue a la puerta de su casa para echarle llave antes de ir a la cama. Cuando la abrió, estalló una bomba casera. Él y su mujer acababan de regresar de París, así que el hall estaba lleno con su equipaje, que protegió a Sternhell de lo peor de la explosión. Sólo sufrió heridas menores. “Lo más feo de esa historia es que se trató de puro terror”, dijo. “Podrían haber sido mi mujer o mi hija más joven, que nos trajo del aeropuerto”. Un año más tarde, la Policía arrestó a un colono religioso nacido en Florida, de nombre Yaakov (Jack) Teitel, que estaba pegando volantes en un barrio ortodoxo de la ciudad elogiando el asesinato de hombres en un bar gay de Tel Aviv. La Policía descubrió que Teitel también había asesinado a pastores palestinos en Cisjordania y a un taxista árabe.

Sternhell ve el atentado contra su vida como un síntoma de las tendencias antidemocráticas en la vida política israelí. En su óptica, un tercio entero de la Knesset está “infectado” de tales tendencias; compara al canciller, Avigdor Lieberman, y al ministro del Interior, Eli Yishai, líder del partido religioso Shas, con los nacionalistas extremos de Europa. “La última vez que políticos de ideas similares a las suyas estuvieron en el poder después de la II Guerra Mundial en Europa occidental fue en la España de Franco”, apuntó.

“Todavía soy sionista –un súper sionista”, añadió. “Eso nunca cambió para mí, sabés. Si no quisiera mantener a Israel como un Estado para los judíos –un Estado en que los judíos son mayoría y disfrutan de soberanía–, hubiera vivido en otra parte. Esto fue un renacimiento judío. Y quise ser parte de él. Ese fue el significado del sionismo para mí. Si el resultado es el fin del Estado judío, mediante la creación de un Estado con apartheid o, incluso, de un estado binacional, uno u otro me resultan inaceptables. Sería el fin”.

En los últimos años de su vida, Amos Elon vivió en una villa en las colinas de Toscana. Había dejado Haaretz; había dejado Israel. En una entrevista con Ari Shavit, explicó por qué vivía en el exilio: “Nada ha cambiado aquí en los últimos cuarenta años. Los problemas son exactamente los mismos que fueron siempre. Las soluciones ya eran conocidas entonces. Pero nadie les prestó atención. Y me encontré repitiéndolas. Me encontré diciendo las mismas cosas todo el tiempo… Era una voz solitaria en el desierto”. Elon murió en Italia, en 2009, como un intelectual exhausto.

Algunos lectores y ex empleados que se han desencantado de Haaretz creen que, en cierto sentido, el periódico se ha vuelto un envejecido exiliado en su propia tierra. “Hay una comunidad de lectores en torno a Haaretz que piensa que, si desaparece, significará, esencialmente, que Israel se va por el caño”, dijo Shmuel Rosner, ex director de la división de noticias y ex corresponsal en jefe en los Estados Unidos, quien fue despedido después de que Landau fuera reemplazado. “La gente que siente eso son más ricos y educados que el resto, pero también más viejos. No creo que la nueva generación piense de ese modo. No hay mucha gente joven que piense que no puede vivir sin Haaretz”.

Rosner, que es decididamente más conservador que sus ex colegas, despotrica contra Haaretz, pero, como muchos ex empleados y actuales rivales, acepta que es, todavía, el periódico más serio del país. Nahum Barnea, el popular columnista de Yedioth, pasó largo tiempo describiéndome qué tan “falto de contacto” con la opinión pública estaba Haaretz, pero luego admitió que comienza cada mañana leyéndolo, y no a su propio periódico.

En un país pequeño y tribalizado, Haaretz es un sobreviviente improbable –desafiante, heterodoxo, opositor, sin temor a investigar lo que sea, desde un multimillonario austríaco sospechado de coimear a políticos israelíes hasta los abusos militares en Gaza. Desde que está a cargo del periódico, hace tres años, Dov Alfon, que comenzó como corresponsal cultural, ha levantado el metabolismo investigativo del periódico. Las quejas pueden ser fuertes. Lean los comentarios bajo las columnas de Haaretz.com; están entre las más salvajes que se encuentran en Internet. Pero, “para muchos lectores, Haaretz no es solo un periódico –es algo más”, me dijo Alfon una tarde, mientras almorzábamos. “Hay lectores que escriben: ‘Si cierra Haaretz, no tiene sentido seguir viviendo en Israel. La desaparición de Haaretz mataría el Estado democrático y el Estado autocrítico’. No hay un solo periodista en el staff que diga ‘¿Qué estoy hacienda aquí?’. Tenemos una misión –decir la verdad al público israelí y explicar las consecuencias de estas verdades. No estoy siquiera seguro de que todos nuestros suscriptores quieran oírlas”. Más tarde, añadió: “Haaretz solo no puede garantizar la democracia israelí”.

Pero puede intentarlo. Después de regresar a Israel de Egipto y la caída de Mubarak, Anshel Pfeffer escribió una columna mordaz en la que comparaba, favorablemente, a la Hermandad Musulmana con muchos de los influyentes rabinos de derecha que escupen veneno anti-árabe y tienen considerable poder en la Knesset. Los objetivos de la Hermandad son “aborrecibles”, escribió, “pero es deber de los partidarios de la democracia egipcia luchar contra ellos. Nuestro trabajo es lidiar con nuestros propios fundamentalistas religiosos y sus ideas despreciables”.

El destino de Haaretz, su futuro y su independencia, dependen absolutamente de Amos Schocken. “Amos es un hombre muy privado, discreto, cuidadoso, y su compromiso personal con el diario es total”, indicó David Landau, quien está trabajando ahora en una biografía de Ariel Sharon, “pero es consciente de que sólo es un eslabón en la cadena. No puede dejar a la próxima generación librada a su suerte. Su estrategia de fondo es la calidad. Piensa que uno crea un nicho y, al hacerlo, fortalece la lealtad de sus lectores y avisadores, y genera un sentido de pertenencia. No es un producto masivo”.

En los noventa, cuando Schocken intentaba concebir un slogan para un campaña de márketing, sugirió: “Haaretz: ¡un diario que no es para todo el mundo!”.

Los ejecutivos de publicidad lo miraron como si se tratara de un desquiciado.

Finalmente, se pusieron de acuerdo en “Haaretz: no lo que usted creía”.

Una noche, cuando Schocken y yo hablábamos en su oficina, le pregunté si alguna vez imaginó el efecto de que Haaretz quebrara o tuviera que ser vendido a un propietario con principios diferentes. Se sacó las lentes y se frotó los ojos. Su expresión impasible, sin embargo, no cambió. “La capacidad de publicar un periódico que no sirve a ninguna agenda externa, excepto a aquella en que sus editores creen, está en el interés del país”, dijo. “Si ya no estuviéramos, sería… triste”. Finalmente, no pudo resistir una metáfora local. Algunas veces, deslizó, sostener la carga de Haaretz “es como cargar una cruz”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

 

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