Temor a un colapso rebelde en Libia, por Jon Lee Anderson

12 marzo, 2011

12/3/11

Después de la caída, ayer, de la ciudad de Ras Lanuf en manos de las fuerzas militares de Kadafi, la refinería de petróleo ubicada unas diez millas al este se convirtió en el nuevo foco del ataque. En un enfrentamiento de un día entero de un muy reducido número de combatientes reunidos en torno de un par de edificios y una mezquita, el asalto del gobierno fue lento, metódico y despiadado. Consistió en un par de bombardeos aéreos, olas de artillería y morteros, y, justo antes del crepúsculo, terminó en una huida rápida bajo una cortina de cohetes disparados mientras las tropas de Kadafi parecían avanzar con nueva decisión.

Salía humo negro de un gigantesco tanque de crudo y de gomas quemadas a lo largo del camino por los rebeldes para ocultar posibles blancos a los cazas. No detuvo las ráfagas de cohetes –unas cosas grandes y grises—que hicieron huir a casi todos hacia Brega, y que continuaron cayendo durante varias millas junto a los automóviles en retirada. Si, como parecía, la refinería había caído, bien podía ser que Brega, noventa millas al este, sería la nueva línea del frente en los días por venir. Ayer, mientras el gobierno parecía tomar el control de la ciudad occidental de Zawiya, Seif al-Islam Qaddafi hizo un juramento público que fue texteado y retuiteado extensamente en Libia:

Escuchen, tengo solo dos palabras para nuestros hermanos y hermanas en el Este: estamos yendo.

Un amigo libio me llamó por celular desde Benghazi para preguntar cómo iban las cosas; la gente de allí había oído las noticias sobre el derrumbe del frente y estaba empezando a preocuparse, dijo. Mencionó las amenazas hechas por Seif Qaddafi ayer. Por primera vez, parece, la gente de la Libia “liberada” se preguntaba si su libertad habría durado poco y si pronto verían a las tropas de Kadafi atacándolos en la misma Benghazi.

Hubo muchos menos reporteros y fotógrafos en el frente hoy. Supimos que las autoridades rebeldes habían montado un bloqueo en el camino fuera de la ciudad de Ajdabiya —la última antes de Benghazi— para evitar que llegaran al frente. Una docena de nostros había pasado la noche en Brega, sin embargo, y pudimos llegar al frente, donde fuimos inmediatamente asediados por combatientes que nos pedían que no los fotografiáramos. Zaid, un ingeniero civil que me había acompañado al frente desde Benghazi, explicó: “Creen que las imágenes –especialmente de la televisión—están ayudando a Kadafi a encontrar los blancos de ataque”. Mientras el día pasaba, sin embargo, la preocupación de los combatientes también, y una vez más se aproximaban a cualquiera que pareciera extranjero para ondear la señal de la “V” enfrente de las cámaras y declarar  “Kadafi majnoun“  (loco) “¿Dónde están los Estados Unidos?” y “Digan a Obama que haga algo: ¿por qué no ha hecho nada? Necesitamos una zona de exclusión aérea” (Más tarde, varios automóviles de periodistas lograron atravesar el bloqueo después de ser retenidos durante horas, pero, como los combatientes, su número era muy reducido en el frente. Dos de los que llegaron resultaron heridos durante un ataque con cohetes cuando chocaron de frente contra otro vehículo).

En una escena irreal de la batalla, un grupo de hombres bailaron y cantaron su desafío en rítmicos versos árabes, junto a una batería antiaérea, mientras la artillería enemiga estallaba unos cientos de metros más allá. Algunos jóvenes treparon a un montecillo para sostener una bandera –la “nueva” bandera libia, por supuesto— y celebrando con gritos cuando las armas rebeldes dispararon en respuesta. Muchas veces, el zumbante rugido de los misiles Grad saliendo de los camiones causaba expresiones de deleite, igual que el sonido de un caza, arriba, causaba pánico y la gente se zambullía para cubrirse en las banquinas de tierra. Cuando el caza golpeaba en el borde de la refinería, donde estaban almacenadas las municiones, uno, o posiblemente dos hombres murieron; sólo quedaron pequeños pedazos esparcidos. Un poco después, un combatiente vino con un gran trozo de metal de la bomba en una mano y una fotografía a color de un joven en la otra, y me dijo con una sonrisa de orgullo que el hombre en la foto era un amigo suyo y un mártir, un shaheed, que había muerto en el bombardeo.

Las oraciones del viernes en Benghazi eran multitudinarias, me dijeron, para exhibir el desafío a Kadafi, mientras crece el temor de que el Este colapse.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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