Los sapeurs del Congo: moda, locura o religión de poseer un Armani y nada más

March 11th, 201111:54 am @

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(Publicado el 17 de marzo de 1988)

Ser cool en el Congo es ser un ”sapeur.”

Junto al Río Congo, las tardes de domingo, los rebeldes sin causa de África conducen hasta Rapids Café sobre sus bicimotos y se visten con trajes de mil dólares

En slang congoleño, ”la sape” (pronunciado sap) es La Societe des Ambianceurs et Personnes Elegantes, o la sociedad de los creadores de ambiente y personas elegantes.

En este país de África centrooccidental, estos jóvenes dandies –también conocidos como ”les Parisiens” – son una afrenta cultural para las generaciones más viejas, que hablan de “autenticidad”, anticolonialismo y marxismo.

Para los sapeur, el único ”ism” a seguir es el narcisismo. Y su manifiesto son las páginas de sociedad de publicaciones ilustradas en francés como Africa Elite y Jeune Afrique.

Editadas en París, estas publicaciones relatan sin pausa lo que llaman ”le Paris black” o la sociedad negra parisina. Paparazzi capturan la imagen de gente bella de África cenando en restaurantes africanos – Le Fouta Toro, Le Sakkara y Le Dogon – o bailando en nightclubs africanos. Estos sitios, que han existido por décadas, se han vuelto chic recientemente con el crecimiento de una rica burguesía africana.

Para los congoleños que no pueden pagar este mundo de fantasía parisino, ”les Parisiens” traen el chic de París a casa.

“Trajes de Yves Saint Laurent, sacos de Yamamoto, trajes de Marcel Lassance, zapatos de Gresson, pantalones de Cacharel”, dice un sapeur, Rufin Ngakouba, recorriendo una lista de compras de ropa de diseñador que él y sus amigos han traído de París el último otoño.

Sentado, una tarde reciente, en el Rapids Café, Ngakouba, de 23 años, era la imagen del ”sape” con su traje gris de lino con hombreras, camisa de algodón a rayas púrpuras y blancas, medias malva y pañuelo de seda, mocasines negros Jean Marc Wesson y una pizca de colonia Armani.

”Es como un chef preparando un plato”, explicó este boulevardier sobre su atuendo. ”La gente mira y dice ‘mmmm . . .’ ”.

Durante la mayor parte del año, Ngakouba vive en el 18th Arrondissement en París, un barrio con una población africana tan grande que ocho kioscos venden periódicos de Costa de Marfil.

Cada año, a fines de julio y principios de agosto, Ngakouba recorre las ventas de fin de verano en París. Pero en esta capital del África Central, justo al sur del Ecuador, los estilos de verano nunca se acaban.

”A los congoleños les gustan sus ropas sueltas”, indica, señalando a su hermana Georgette, que llegó al café vestida en una amplia blusa de lino de un amarillo de Roma y unos holgados pantalones de lino de París.

En septiembre pasado, Ngakouba llegó aquí con sus 130 libras de exceso de equipaje: ropas para vender a amigos conscientes de la moda.

“La gente en Brazzaville depende de nosotros para su ropa”, dijo Eloi Koutaunda, un camarada ”Parisien” de pantalones de cuero negros. Las tiendas a la moda en Brazzaville venden ropa de París, pero los sapeurs ofrecen precios más bajos y modas más actuales.

Para Navidad, el baúl de Ngakouba estaba vacío. Su corretaje pagó por un pasaje de ida y vuelta desde París y por varios meses de vida en Brazzaville.

”Es una plaga”, admitió Edmund Capionne, otro ”Parisien” vestido en una camisa de lino elegantemente holgada y blue jeans de tamaño superior al suyo con tiradores rojos. “La gente quiere vestirse tan bien que está dispuesta a robar a sus padres”.

En verdad, los medios de los sapeurs –que son, en gran medida, hombres—rara vez son suficientes para sus sueños. La mayoría, como Ngakouba, no tiene empleo estable y gana su dinero de una variedad de fuentes, como changas o puestos bajos en el servicio público.

Con conjuntos que cuestan fácilmente tres veces el salario mensual promedio de 300 dólares, los sapeurs recurren al alquiler, o ”mining”, de sus ropas por una noche. Un alquiler de 24 horas de un traje de diseñador cuesta unos 25 dólares.

En los lugares de reunión de los sapeur, comúnmente uno ve al menos a un joven caminando con un paso estudiado: el cuerpo tirado hacia atrás, la mano izquierda metida en el bolsillo del traje y una mirada de aburrimiento. Después de cosechar el máximo posible de miradas admirativas, el poseur en su traje de mil dólares se sienta con sus amigos y acuna una cerveza de un dólar por el resto de la noche.

Los sapeurs también enfrentan un problema de locomoción. Brazzaville está en el borde de una jungla tropical y el barro a menudo empantana las calles –un desafío para un hombre en zapatos de 200 dólares. En los primeros días de la sape, a principios de los 80, los sapeurs ocasionalmente contrataban hombres con carretillas para atravesar las calles. Pero el gobierno socialista del Congo desaprobaba esta práctica, y hoy la mayoría de los sapeurs anda por la ciudad en bicimotos, después de enrollar cuidadosamente las botamangas de sus pantalones.

Mientras las cataratas del Congo rugían en la distancia y las luces de Kinshasa, Zaire, titilaban al otro lado del río, Ngakouba rumiaba sobre las raíces históricas de la sape.

Vestirse elegantemente, contó, es algo que se remonta a los días coloniales, cuando la ciudad era la capital de lo que entonces era llamado África Ecuatorial Francesa.

”Cuando Alemania invadió Francia, en la II Guerra Mundial, la burguesía francesa que tenía mucho dinero vino aquí”, apuntó Ngakouba. ”Como no tenían nada que hacer, se cambiaban la ropa cada día”.

Se puede oír una teoría diferente de Francois Ndebani, un profesor de psicología congoleño que publicó un largo artículo sobre los sapeurs en La Semaine Africaine, una revista católica.

”Este margen juvenil ha sido identificado como un caldo de cultivo de la delincuencia”, escribió en su artículo, ilustrado con dibujos de un parisino fumando un gran cigarrillo de marihuana.

A fin de los 70, cuando los sapeurs hicieron su primera aparición, había a menudo una conexión con las drogas. En ese tiempo, el gobierno congoleñó vendió la Casa de Estudiantes Congoleños en París porque había sido invadida de sapeurs que vendían drogas.

El profesor Ndebani atribuyó “este modelo importado” a franceses de vacaciones. Urgió a la prensa congoleña a destacar lo que consideró “la miseria y el estado lamentable de la vida en Francia”.

Enfrentados con tal hostilidad, los sapeurs encontraron refugio en su propia subcultura. Tienen su slang: yambala significa camisa amplia, bumbatio significa pantalones y nkaka significa traje.

”Cuando digo nkaka, mi padre no sabe de qué estoy hablando”, ejemplificó Ngakouba con una risita.

Inicialmente, el gobierno chocó con los sapeurs. Más recientemente, ha adoptado una política de laissez-faire. Cuando viaja al exterior, el presidente del Congo, Denis Sassou Nguesso, cambia habitualmente su ropa de fajina por un traje de Yves Saint Laurent.

Al otro lado del Río Congo, en Zaire, la sape todavía irrita a la vieja generación. Más de una década atrás, el presidente de Zaire, Mobutu Sese Seko, prohibió a los zaireños vestir trajes occidentales. En nombre de la autenticidad africana, ordenó a los hombres vestir una nueva confección: un saco tipo Nehru con un foulard de seda. El saco, que resulta asfixiante en el calor ecuatorial, es llamado ”abacost”, apócope de ”a bas le costume” o “abajo con el traje”.

Hoy en la poco elegante sección Cite de Kinshasha, jóvenes “hip” salen en forma desafiante los sábados por la noche en trajes parisinos con hombreras y muslos desnudos.

En un álbum reciente dedicado a la sape, Papa Wemba, uno de los más importante cantantes de Zaire, entonó con voz suave: “No entreguen la ropa. Es nuestra religión”.

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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Gentlemen of Bacongo, de Daniele Tamagni

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Hay sapeurs, acólitos de este movimiento de 25 años llamado la SAPE, La Societé des Ambianceurs et des Personnes Élégantes (alias Kitendi, la religion de la ropa) que gira en torno de la posesión de la moda más cara, más lujosa, más extravante del mundo. Los seguidores de la SAPE visten sacos de diez mil dólares y zapatos de quinientos, pero estos, en su mayoría, jóvenes congoleños apenas si arañan la supervivencia en los escombros de Kinshasa y Brazzaville o los ghettos de Paris y Bruselas, lavando platos o cuerpos, o, a veces, vendiendo los propios.

Esta locura comenzó con el Papa de la SAPE—intermediario entre los dioses de la moda y los practicantes sapeurs—, el músico Papa Wemba, nacido como Jules Shungu Wembadio Pene Kikumba en la región del río Kasai del Congo Belga. Papa Wemba, una estrella pop emergente a fines de los 60, fomentó una revolución en la autopresentación (…) Mobutu fue el primer líder del Zaire después de que fue rebautizado –apenas liberado de Bélgica en 1960 (Zaire es ahora la República Democrática del Congo). Su movimiento de autenticidad, que miraba mal todas las asociaciones con la cultura Occidental, fue parte de un esfuerzo para distinguir al Zaire controlado por africanos del Congo controlado por Bélgica (…)

Para Papa Wemba, esto significa el horror de aparecer en escena con la tradicional pollera raffia skirt y el sombrero de conchas de caracol. La autenticidad estaba bien, pero, desde su perspectiva, carecía de cierta… elegancia. Por suerte, su nuevo grupo, Viva La Musica, se había vuelto tan increíblemente popular tanto en Zaire como en el exterior que se encontró con más dinero y más independencia que la mayoría de los cogoleños. Junto con la importación de las modas de Europa que había admirado de niño, Papa Wemba pudo establecer un pueblo en los suburbios de Kinshasa, en el que se impuso un código de vestimenta, centrado en la boina. Muchos viajes a París a principios de los 80 sólo alimentaron esta fiebre por la moda francesa, y Papa Wemba enseguida desarolló un estilo exhuberante y exagerado, en directa oposición al uniforme aprobado por Mobutu, el temido abacost (…)

En estos días, sin embargo, la pasión por la moda se ha vuelto una locura por las marcas, cuanto más caras mejor. Mientras los fieles de se mantienen en una regla de tres colores –incluyendo accesorios—para todo conjunto, en Kinshasa y entre los inmigrantes de Europa, el look es más hip-hop (…)

En la República Democrática del Congo, el ingreso anual promedio es de unos cien dólares, entre los más bajos del mundo, de acuerdo con el Banco Mundial. Y los inmigrantes congoleños en Europa están entre los más pobres (…)

Aún el rico Papa Wemba ha tenido que recurrir a trucos para pagar sus Cavalli –pidiendo dinero por incluir los nombres de otros sapeurs en sus canciones y, más recientemente, cobrando hasta cuatro mil dólares por contrabandear hombres y mujeres del Congo a Europa disfrazados como miembros de su bando, lo que llevó a su arresto en Francia en 2003 (lo que provocó disturbios en Kinshasa).

Otros sapeurs emplean diferentes métodos (…) Antes de que las visas se volvieran difíciles de conseguir, algunos viajaban a Europa para comprar ropa para vender en Kinshasa o Brazzaville. Algunos se confían a las bandas congoleñas que hurtan de las tiendas en Bruselas y Paris. Muchos han pasado tiempo en la cárcel (…)

Aquí, versión original de este artículo, en inglés.

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(…) El 18 de febrero de 2003, sospechado de participar en una red que habría introducido de contrabando cientos de inmigrantes ilegales de la República Democrática del Congo (ex Zaire) a Europa, Papa Wemba fue arrestado en su casa en París.

Fue encontrado culpable en junio de 2003 y pasó tres meses y medio en prisión, una experiencia que, tras su liberación después de pagar una fianza de 30.000 euros, tuvo un profundo efecto psicológico en él, según declaró. El cantante afirmó haber sufrido una conversion espiritual en la cárcel e incluso contó el episodio en su nuevo álbum”Somo trop” (lanzado en octubre de 2003). En la canción “Numéro d’écrou”, Papa Wemba recuerda el día en que Dios lo visitó en su celda (…)

Aquí, el artículo completo, en inglés.

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Los directores y productores Cosima Spender y George Amponsah hablan sobre Papa Wemba y el culto de la ropa.

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Cosima: Los sapeurs de París y Bruselas están usando estos símbolos de estatus europeos, no para integrarse a la sociedad europea, sino para “ser alguien” en el Congo. Esto los separa de los seguidores de la moda europea. No les preocupa tanto probar algo a la gente exterior a su mundo, sino más bien uno a otro, dentro de su propia comunidad. Esta gente ha crecido sin ninguna estructura social en la que apoyarse. La Sape es un mini estado que provee sus propios estratos sociales: presidente, ministros, acólitos y así sigue.

BBC Four: ¿En qué momento de su producción descubrieron que Papa Wemba, el Rey o Presidente de la Sape, había sido arrestado por contrabandear inmigrantes ilegales a Europa por dinero?

Cosima: Habíamos conseguido el dinero y estábamos literalmente por empezar a filmar. ¡Quedamos petrificados! Fue una suerte que hubiéramos gastado ya dos años estableciendo una relación con él, porque para cuando salió de la cárcel no quería periodistas alrededor. Le escribimos a la cárcel y dijo a su manager que confiaba en nosotros y sabíamos que no estábamos buscando un escándalo, sino hacer un documental en profundidad sobre su arte y su posición en la comunidad.

BBC Four: Les deba haber dado la oportunidad de presenciar de primera mano cómo lo cambió la prisión. La impresión es que él creció de predicar la región e la ropa a la Cristiandad, lo que obviamente altera la dirección de la Sape y su película.

George: Estábamos realmente capturando un momento de transición en la historia de Papa Wemba y la Sape. Lo fijamos en nuestras cabezas mientras hacíamos la película sobre el culto a la ropa, el culto a la elegancia. Como se puede ver en las filmaciones de archivo que incluimos en la película, este es un hombre que ha declarado que la ropa y la moda son una religión. Luego, súbitamente, aparece pregonando a Dios, la Cristiandad y la Biblia. Pensamos: ¡No se supone que diga esto! Estaba guionado que dijera otra cosa. Pero esto es lo que ocurre con los documentales. Esto es cine sobre gente real y la vida real y, como sabemos, la gente cambia constantemente.

(…)

Aquí, versión completa de esta entrevista, en inglés.

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(…) la SAPE, este movimiento extravagante y particular formado esencialmente por jóvenes de la ciudad de Brazzaville, capital de la República del Congo, y también algunos provenientes de Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo cuyo nacimiento se remonta a la década de 1920, en pleno periodo colonial, cuando André Grenard Matsoua, al que se considera inspirador de este movimiento, el grand sapeur, volvió de París vestido con trajes occidentales y creó escuela.

La SAPE —que hunde su raíz en la expresión del argot francés se saper utilizada para referirse a alguien que se viste de forma elegante— es un auténtico espectáculo, un arte dirían algunos, un culto dirían otros, el culto a la apariencia donde la elegancia brillante e impertinente no se improvisa, donde todo está codificado: desde el tono y color del traje con su propia simbología, hasta la marca que uno lleva y que ha elegido para la ocasión. Cuando un sapeur sale a la calle, quiere que le miren. Ésta es su película. Son hombres respetados. Aclamados por el pueblo. Los invitados de honor en cualquier celebración (…)

Algunos la erigen como una verdadera religión en donde las marcas de lujo se convierten en divinidades y los diseñadores en santos patrones. Pero la prenda no es suficiente. Aparte de la marca del traje y de la idéntica importancia de los accesorios, prima la creatividad y el genio individual del saber vestir y comportarse, algo que no se compra: el gesto, las mímicas, las poses, los pasos de baile, la manera de andar y de deambular forman parte del repertorio de los sapeurs. Aunque la elegancia no es el único criterio para aspirar al título de sapeur. Un sapeur es ante todo un caballero y un pacifista.

La SAPE se articula de esta manera como un modo de vivir a partir del cual se construyen nuevas referencias y nuevos códigos de conducta, basados en la no violencia, la higiene, el respeto hacia sí mismo y el saber vivir. Un modelo a través del cual reivindican su derecho a decidir sobre su destino y a luchar por su felicidad. Para alcanzarla, el sapeur no sólo debe asumir estas reglas y respetar tales códigos, sino que debe también transformarse cumpliendo uno de sus mayores sueños: viajar a París. El sapeur se completa a través de la peregrinación a la meca de la elegancia, ya que el mito de la capital francesa sigue alimentando el imaginario de estos sujetos postcoloniales.

Adquiriendo una ropa que ni en sueños muchos podrían permitirse, los sapeurs ocultan su origen social y lo transforman en una victoria a través de una imagen de prosperidad y de éxito social. Una imagen que lleva consigo un mensaje: el rechazo a la pobreza.

Se puede llegar a considerar inmoral e insolidario que estos individuos se preocupen por conseguir marcas de lujo y no por obtener un buen trabajo y así poder sacar adelante a su familia, a su país, pero ¿quién construye los marcos de esta moralidad?, ¿quién establece y delimita las vías de acceso, cuando son nuestros propios sistemas de consumo los que difunden y exportan a todos los confines del planeta ese gran sueño?, ¿quiénes somos para negar a otros el humano deseo de soñar? Y esto es lo que procuran todos los días los sapeurs, construyéndose una vida de sueños en la que a veces viven despiertos y otras con los ojos cerrados.

Aquí, versión completa de este artículo.

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(…) A partir de los años ochenta, los sapeurs desaparecieron del paisaje que tres guerras internas se encargaron de devastar. Hasta principios de este siglo. Finalizados los últimos conflictos, regresaron al grito de “Dejemos las armas y vistámonos elegantemente”. “Solo hay SAPE si hay paz” es otro de sus lemas. Así es esta liga constituida por hombres estilosos. Su código de vestimenta conlleva un determinado patrón de comportamiento. Sus reglas no escritas imponen obligaciones estéticas: no se pueden combinar más de tres colores en el mismo atuendo, y éticas: los sapeurs son hombres de una moralidad intachable. La diferencia entre sus condiciones de vida y su manera de vestir será abismal, pero porque la SAPE se corresponde con un modo de pensar y sentir. De ser. Esta es una comunidad emocional que aleja a sus miembros de la exclusión social. Desde el pacifismo anima a la autosuperación. Su voluntad es la de dignificar. Actualmente, la SAPE está legitimada por las instancias políticas. El actual presidente de la República del Congo, Denis Sassou-Nguesso, es considerado un buen sapeur. En honor al modista francés, le llaman Pierre Cardin (con el matiz que añade el sobrenombre de “el comunista”).

Este es un movimiento de aluvión. Sincrético. Que ha construido su lenguaje a base de préstamos. En él resuenan ecos de los Buena Vista Social Club, los paninaros italianos de los años ochenta y de Tony Montana. Hasta de Michael Jackson. Y aunque viva ajeno a la moda internacional, contempla sus propias tendencias. Antes se llevaban los mocasines de la firma Weston; ahora, los de Crochet and John’s. Dior ha tomado el relevo de Cavalli. Y entre los jóvenes, cada vez es más popular un subgrupo llamado Picadilly que ha hecho de la falda escocesa su particularidad. “Llevamos kilt para rendir homenaje al príncipe Carlos de Inglaterra, uno de los personajes más elegantes del planeta, quien, tras casarse con Camila Parker Bowles, se fue de luna de miel a Gales vestido con esta falda”, le comentó uno de sus miembros, Ferol Ngouabi, a Tamagni. Sin embargo, ninguna de sus asimilaciones se convierte en un ejercicio de mímica. Los sapeurs dan nueva vida, llena de ironía, a todas estas referencias.

Aunque tenga lo gregario implícito, la SAPE potencia las individualidades. Es la suma de estas. Cada miembro se pone un apodo y elige un determinado look. No hay guardarropa masculino que no exploren. Hay sapeurs que recuerdan a un presentador de telediario de la transición española mientras otros parecen escoltas del cuerpo diplomático. Pero siempre son ellos los que llevan la ropa, no la ropa a ellos. Además, su campo de expresión no lo delimitan las costuras de los trajes. Cada estilo se resuelve en el propio cuerpo del sapeur. Su condición va acompañada de una determinada gestualidad: andares elásticos, miradas altaneras… Tienen que ser gallitos y moverse como tales. Llevar la actitud pegada a la piel y defenderla. El puro y el bastón, dos de sus complementos indispensables, les ayudan a subrayar esa actitud chulesca. Con ellos alargan sus movimientos, los redondean.

(…) Son hombres respetados. Aclamados por el pueblo. Los invitados de honor en cualquier celebración. La gente los para por la calle. Los niños quieren ser como ellos. Las mujeres, estar con ellos. De hecho, esto es cosa de hombres. Ellas son sapeurs en tanto en cuanto sus maridos lo son. Como Ghislée, que con su corte de pelo en tres picos, su traje y bolso de Gucci, siempre va a juego con su pareja Michel. Ellos son lo más parecido a un star system que hay en Congo; famosos locales que con su presencia modifican el entorno. Organizan la vida colectiva. Cuando ellos llegan, pasan cosas. Algo así como el “¡que viene el circo!” de antes. Son agentes provocadores. Agitadores sociales con un halo de misioneros. Los catalizadores de un mensaje de paz. Ahora que los quince minutos de fama warholianos están de oferta, ese golpe de efecto que buscan los sapeurs parece más auténtico que nunca. Lo suyo es el vivo y el directo (…)

Actualmente, la SAPE se ha desparramado fuera de sus fronteras. En Bruselas y Londres hay comunidades de sapeurs. Y en Internet, el mito vuela libre. En un tiempo en el que todo corre el riesgo de convertirse en fenómeno (hasta vaciar de significado este término), la SAPE se considera uno. Diseñadores de moda como Paul Smith se inspiran en ella a la hora de confeccionar sus colecciones, y los comisarios de arte la convierten en museizable: la Ciudadela de Pamplona les dedicó una exposición dentro de sus jornadas África imprescindible; al sur del Sáhara.

Aquí, versión original de este artículo.

 

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