Suspenso en Benghazi, por Jon Lee Anderson

2 marzo, 2011

Benghazi es una ciudad en el limbo, un lugar de rumores y, con Muammar Kadafi todavía aferrándose al poder en Trípoli, llena de expectativas sobre más dramas por venir. Pero la “revolución” de abogados, hombres de negocios y jóvenes que barrió al régimen de Kadafi en esta ciudad la semana pasada todavía se esfuerza por encontrar una voz coherente; todavía tiene que generar un liderazgo visible. De acuerdo con Abdel Hafiz Goka, un juez que es el vocero apenas designado del consejo revolucionario de la ciudad y el primer miembro nombrado del nuevo “consejo nacional” interino de Libia, esto no es consecuencia de la confusión, sino de unas consultas en marcha. La fuerza militar rebelde, mientras tanto, ha intentado recuperar las armas robadas por la ciudadanía de las varias guarniciones incendiadas de Benghazi para formar un ejército y “marchar sobre Trípoli”.

Más allá de la atmósfera festiva que continúa a lo largo de la costanera cubierta de graffiti –donde el consejo revolucionario ha montado su cuartel–, Benghazi apenas funciona. Sus tiendas y negocios están, en su mayoría, cerrados y hay poca gente en las calles. Los automóviles aceleran por todas partes, sin embargo, y hay ocasionales tiroteos, cuando las armas robadas son disparadas al cielo, en aparente celebración de la súbita libertad para hacerlo (a los libios comunes no se les permite poseer armas, mucho menos dispararlas). Es una ciudad en estado suspendido: familias enteras entran y salen en automóviles de la principal guarnición, donde Kafafi tenía una villa, mirando embobados un lugar que antes les estaba vedado.

Sobre las paredes, la gente ha dibujado el retrato de Kadafi en una variedad de aspectos injuriantes y, en graffiti en árabe y en inglés, dan rienda suelta a toda clase de insultos: Kadafi es un perro, un traidor, un agente –extrañamente, en algunos, de los norteamericanos o, también, de Israel. Paseando ayer, al crepúsculo, con un par de amigos, encontramos a un grupo de jóvenes, de ocho a doce años, quemando un auto en un baldío y haciendo un montón de ruido mientras tanto. No parecía algo que hubieran echo normalmente; algunos adultos observaban, pero no les dijeron que se detuvieran.

En el puerto, varios ferries –griegos, argelinos y sirios –llegaron ayer para  retirar a cientos de trabajadores indios, sirios y bangladeshíes, que se habían congregado con sus pertenencias para ser transportados a salvo en los barcos comisionados por sus respectivos países –es decir, todos menos los infelices bangladeshíes, que parecen no tener autoridad alguna que hable por ellos. Se hallaban en una zona abierta del dock, contemplando débilmente a los sirios e indios, cuya partida no estaba en duda. (Cuando la crisis concluya, habrá posiblemente una falta masiva de trabajadores en Libia: los filipinos trabajan en los campos petrolíferos y las filipinas son enfermeras en los hospitales; los bangladeshíes trabajan en la construcción y como empleados no calificados; los sirios, se dice, predominan en las casas de kebab y shisha).

El lunes por la tarde, llegó la noticia de un ataque aéreo contra un depósito de armas a una hora al oeste de Benghazi. Como todo aquí, los detalles del ataque resultaban difíciles de determinar. Algunos amigos en busca de ellos fueron hoy hasta una base militar donde los soldados se lo confirmaron, pero apuntando más al oeste, y les advirtieron que no fueran allí porque había “bandidos”. Volvieron a Benghazi desconcertados. Cuando intenté preguntar a un oficial de las Fuerzas Especiales qué planeaban hacer más allá de esperar por lo desconocido en sus barracas de Benghazi, se puso a la defensiva y sugirió que realizara un servicio público para los libios y me fuera a “buscar la línea del frente”. También él señaló hacia el oeste.

En una barbería, el martes, entró un religioso barbudo y entregó un volante a los barberos. Les pidió que lo colgaran. Lo leyeron en voz alta para los clientes: era una llamada a la plegaria que pedía a la gente de Benghazi que se reuniera en un estacionamiento cercano al puerto a las 3 A.M. del miércoles. Sugería que si iba suficiente gente, con la voluntad de Dios, el poder de las plegarias podría acelerar la salida de Kadafi y la liberación de su país.

Aquí, versión original de este artículo en inglés.

***

 

La ciudad libia de Benghazi está a dieciséis horas de carretera si uno conduce desde El Cairo, capital de Egipto, dispuesto a romperse el cuello. Las dos ciudades norafricanas están interconectadas por ese listón de camino y, también, por sus respectivas y recientes “liberaciones”, obra de manifestantes antigubernamentales. En ruta hacia allí, el sábado, el lado egipcio de la frontera funcionaba. Esto es, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración, que, en salones atestados por el caos de cientos de refugiados que huían de Libia –en su mayoría, trabajadores bangladeshíes y vietnamitas—, sellaron mi pasaporte y se despidieron de mí y mis compañeros. Allí lo “ordinario” se acababa, porque pasar a Libia suponía atravesar media milla de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo que, una vez cruzado, nos dejaría librados a nuestros propios medios en la “nueva Libia”.

Fuimos recibidos por un puñado de jóvenes entusiastas que actuaban como guardias y que nos ofrecieron tazas de té caliente y dulce. Nos mostraron su bandera –la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, no la simple tela verde de la era Kadafi–, que habían izado. Querían que les tomáramos una foto frente a la bandera, como si, al hacerlo, de algún modo convalidáramos el cambio en su país, que todavía parecía tan precario. Los edificios alrededor estaban cubiertos de graffiti y abandonados, y, más allá, se extendía el desierto.

La libertad conceptual de Libia parecía un espejismo hasta que condujimos otras seis horas a través de una tierra casi desprovista de gente, un paisaje que alternaba desierto y onduladas, fértiles pasturas de granjas, y llegamos a la antigua ciudad fenicia de Benghazi, con sus descuidados edificios itálicos de la era colonial. Fue aquí, la semana pasada, en un castigado tribunal sobre la cornisa que da al mar, donde una revolución tuvo lugar y, después de varios días de violenta confrontación, puso al “pueblo” al frente de Libia oriental.

Dos horas después de llegar, me hallaba en el tribunal, ahora cuartel general del Benghazi revolucionario, afuera del cual pululaba una multitud de cientos. Tres efigies de Kadafi colgaban de un mástil y el mar estruendoso se alzaba al otro lado de la calle. La multitud comenzó a cantar –grandes cantos rítmicos que sonaban a música. Me paré en un cuarto, arriba, observando la escena con uno de los líderes voluntarios de la ciudad, Iman Bugaighis, una mujer de cuarenta años, miembro de la facultad de odontología en la universidad local. Le pregunté qué cantaba la gente. Mientras me lo decía, fue sobrecogida por una súbita e inesperada emoción y comenzó a llorar: deseaban la muerte a Kadafi, dijo. Luego, incapaz de trasladar fácilmente el juego de palabras entre los hombres y mujeres reunidos abajo, que se hallaban en grupos separados intercambiando frases de aquí para allá, en un resonante ida y vuelta, dijo: “Lo que tratan de decir es todo lo que no pudieron decir durante cuarenta y dos años. Lo que dicen es que no están más dispuestos a vivir con vergüenza”. “¿Qué es la vergüenza para ellos?”, le pregunté. “Kadafi”, dijo ella. “Él es nuestra vergüenza”.

Aquí, versión original de este artículo en inglés.

 

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