Soy un bravo piloto de la nueva China, por Ernesto Semán

February 25th, 201112:00 am @

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Parte I

LA CIUDAD

Cuando abrí la puerta del departamento, la luz entraba por la ventana en diagonal, de costado, aunque fuera casi de noche. Me pareció raro. A la mañana temprano, por ejemplo, el sol que viene del lado del río y aparece primero por el living deforma las sombras de los muebles y los hace alargados, como jirafas, y aunque no piense tanto en esas cosas, uno termina por tener alguna expectativa sobre la luz y la sombra de cada hora del día. Ahora el reflejo de la ciudad sobre las nubes bajas daba un resplandor claro y artificial, naranja como en las noches calurosas de tormenta. Así que las piernas del cuerpo que colgaba en el centro de la sala dejaban una sombra estirada, que se arrastraba por el suelo hasta la pared y se me pegaba al cuerpo, a mí que estaba ahí parado, sin terminar de entrar ni de cerrar la puerta.

Durante muchos años había pensado en un suicidio de mi padre, en varios. Tan habitual se había hecho esa idea, que me preguntaba si el resto del mundo no tenía esas mismas imágenes en la cabeza, con idéntica insistencia. A veces imaginaba que yo estaba en el patio de una casa indistinta, sentado en una hamaca o en un sillón, escuchaba un disparo y entraba corriendo para encontrarlo a él, al soldado de la pluma y la palabra, tendido sobre una mesa, su escritorio. Otras veces, la imagen era la de una casa a la que yo entraba después de estar todo el día afuera y veía su cuerpo muerto sentado en el sillón del living, a veces sin ninguna herida aparente, otras veces con un hilo de sangre que bajaba de su sien y enchastraba la camisa.

A veces había saltado por la ventana de un edificio de oficinas en la zona de Tribunales, agobiado por algo. O simplemente no había vuelto a casa, se había ido sin dejar ningún rastro o nota, nada. O se mataba de alguna forma no muy específica, pero el centro de la fantasía era una última y larga, íntima conversación entre nosotros. Aunque otras veces, la conversación era íntima pero no reconfortante, y transcurría mientras él, borracho o drogado, zarandeaba un cuchillo en su mano derecha y se reía a carcajadas, descompuesto de miedo.

Otras veces, la escena del suicidio tampoco era clara, ni siquiera podía verla, pero se producía como tributo personal a una causa mayor, inenarrable, dejando un legado heroico y abrumador. O si no, también sin poder ver el suicidio ni la muerte, ni el cuerpo, la fantasía consistía en que yo recibía una llamada al teléfono del trabajo de alguien impersonal, un médico o un abogado, que me avisaba que algo grave había ocurrido con mi padre, que fuera de inmediato a cierto lugar, a un hospital.

También, por supuesto, había imaginado que entraba a mi propia casa y encontraba su cuerpo colgado en el centro de la sala.

Ahora, la sombra deformada de las piernas me protegía del resplandor que entraba por la ventana, a esa hora de la noche. De tanto haberlo imaginado, todo parecía un poco más normal, a su modo. Salvo por el hecho de que el hombre colgado en el living de mi departamento, mi padre, el Camarada Luis Abdela, había muerto treinta años atrás.

 

***

EL CAMPO

Y el bolsito azul es parte obligatoria del uniforme para salir a la calle, hay que figurarlo como la corbata en el traje, crece, es una extensión del brazo morrudo y musculoso, bonaerense. Son apenas unos metros hasta la parada del 86, pero son como tres cuadras hasta el teléfono público, y no hay una casa ni un edificio que frene el viento y la lluvia, con la campera cerrada, ahora que el frío perfora los huesos, y el bolsito azul al hombro.

Capitán entró al kiosco. Sin saludar, el saludo acá es una forma de la distancia, es la forma que tienen de abrir la conversación los que llegan, que no son de acá. Capitán es de acá. Es decir, trabaja por acá. Había una persona frente al mostrador. “¿Tenés fuego?”, le preguntó mientras hurgaba en el bolsillo de adelante del jean. El hombre revolvió a ciegas adentro de la cartera de cuero, un rato largo, hasta que sacó la cajita de fósforos y se la acercó apenas.

Capitán dejó la mano en el bolsillo y con la otra agarró la cajita para prender el cigarrillo que ya tenía en la boca, apagado.

“Gracias.”

Ahora se le hacía más fácil pensar y buscar. Hurgó entre varias monedas, los boletos de colectivo que había enrollado en el viaje de ida, y el piquito azul del capuchón de una birome, porque en el trabajo, en los ratos de tedio, agarraba un capuchón de cualquier birome y se lo ponía entre el índice y el anular, con el dedo mayor abajo ejerciendo presión hacia arriba, y los partía en dos contra el escritorio, de un solo golpe. Nadie que trabajara cerca de él tenía nunca el capuchón de la birome entero, y a veces alguna puntita de capuchón terminaba en su bolsillo.

“¿Me das cospeles? Tres.” Capitán sacó dos billetes del bolsillo de atrás. El quiosquero recién lo miró.

“Acá tenés.”

“Y dame unas pastillas. De mentol.”

Los cospeles y el paquete de pastillas se perdieron diminutos debajo de la mano de Capitán. Sus dedos levantaron todo del mostrador como una grúa, y lo dejaron arriba del teléfono público, al lado de la puerta del kiosco. Alzó el papel que había sacado de la billetera y lo puso a la altura de sus ojos, lo abrió y con los dedos lo estiró sobre el teléfono mientras con la otra mano ponía un cospel.

Miró el número con atención y empezó a discar. 658-0256.

“Vieja chota y la reputa madre. ¿Por qué tengo que llamarla yo?” Esperó, escuchó cómo sonaba tres veces, hasta que atendieron del otro lado. Capitán se quedó con el tubo en la oreja escuchando como decían “¿hola?, ¿hola?”, sin saber bien qué decir hasta que cortó, salió a la calle y volvió a caminar hasta la parada del 86.

 

***

LA ISLA

En Un mundo de veinte asientos, hay diez arriba y diez abajo. Pero los de abajo están en el subsuelo, “los tumberos” les dicen. “¿Hoy viajaste de tumbero?”, les preguntan. Y los de arriba apenas si asoman a la superfi cie, la cabeza de los pasajeros queda a la altura de los tobillos de los transeúntes, si los hubiera, que no los ven. El conductor, en cambio, está en un punto medio entre los dos pisos, un poco más adelante. El conductor es siempre una mujer (nadie pensó llamarla “la conductora”. Y todos parecen tomar con naturalidad lo de hablar de “el conductor” para referirse a ella). Viaja envuelta en un traje de neoprene apretado, para cuando se inunda la cabinita —por ejemplo, cuando los tramos submarinos son muy prolongados, o muy súbitos, o las dos cosas—, pero eso es lo que se dice, porque en verdad no se ve. La cabinita está cerrada desde adentro y no se puede abrir desde afuera salvo que el comando lo haga a distancia, por razones de seguridad u otros motivos que no son conocidos ni están publicados en ningún instructivo, así que nadie entró nunca a la cabinita, salvo los conductores.

El colectivo hace el recorrido Palermo (Buenos Aires) -Santa Rosa (La Pampa) – Los Álamos (California), y la gente aprovecha el viajecito entre Palermo y Santa Rosa para acomodarse, porque después viene el tramo más largo, que si uno no puso todo en orden antes, termina por ser un incordio. Está el que, por ejemplo, viaja de tumbero, y se acomoda en el anteúltimo asiento de la izquierda, el que va arriba de la rueda y entonces está un poquito más levantado que el resto, por lo que se puede estirar un poco más las piernas, tener la mitad del cuerpo sobre la ventanilla y ver al resto de los pasajeros desde arriba. Eso en los colectivos de este ramal, los que hacen Palermo – Santa Rosa – Los Álamos, que tienen el interior vintage y ponen el anteúltimo asiento como si estuviera arriba de la rueda, aunque los vehículos vayan sobre colchón de aire desde hace tanto tiempo que gente un poco más joven que yo ni siquiera se acuerda de que ahí abajo iba una rueda. En el camino, el paisaje es el de siempre, por eso mismo es reconfortante. Hay muchos basurales, regados de celulares, licuadoras, paredones rotos, zapatillas casi sin uso, tarjetas de crédito, pedazos de cinturones, carpetas, partes de computadoras. Y cuerpos, claro. Un montón de cuerpos a intervalos irregulares. El colectivo de pronto pasa al lado de un cartel tirado en el piso, que dice al mismo tiempo: “Protect and Survive” y “Protest and Survive”, y va cambiando, uno y otro, uno y otro. Es el primero de una larga serie. Muchos kilómetros después, por ejemplo, aparece otro cartel de forma idéntica, pero que dice simultáneamente “Ajapóta yryvu rembiapo” y “Haré el trabajo del cuervo”. La gente, en el colectivo, va con el escáner en la mano, y lo pone sobre la ventanilla, y al final o en el camino de vuelta empieza a hacer la comparación mental con el viaje anterior, tratando de determinar si grabó algo nuevo o no. Al principio, todos miraban al que llevaba el aparatito que tira una lucecita verde y finita. Pero después la gente aprendió a sacarle el sonido, y al poco tiempo todo el mundo tenía el mismo aparato así que a nadie le importaba un pito.

En la terminal, en Los Álamos, bajamos todos. Desde ahí hay que caminar varias cuadras hasta el muelle, que en verdad no es más que una tira de concreto un poco más ancha que un auto. El pequeño muelle sale del bolichito en donde se pueden comprar una coca y sándwiches, y se mete unos cincuenta metros dentro del mar. Ahí hay esperar en el bar, sentado en las mesitas de afuera, abajo de una sombrilla o abajo del sol si no pega tan fuerte, hasta ver que llega el bote y lo amarran. Hasta La Isla es un viaje muy tranquilo, que dura entre treinta minutos y una hora, según cómo esté el agua.

***

Parte II

LA CIUDAD

Cuando El Doctor Enrique Lanotte lo llamó para conversar aparte, mi hermano —Agustín Abdela, alias Pelaca—, se acercó unos pasos más y quedó frente a él, separados sólo por el escritorio en donde descansaba un enorme sobre blanco.

“Soy pesimista con Rosa”, dijo el médico en un susurro firme. Rosa, Rosa Gornstein de Abdela, alias La Petisa, alias La Polaca, alias La Turca, era mi madre y la de Agustín, y el pesimismo de Lanotte salía de ese sobre blanco que tenía enfrente, una resonancia magnética que iluminaba el interior de Rosa, y mostraba, a quien pudiera entenderlo, una serie de tumores que se habían esparcido por detrás de la zona abdominal y aparecían ahora adosados a los riñones y el estómago, colgados de las costillas inferiores, esas mismas de las que Dios había arrancado una de un hombre para hacer una mujer similar a ésta. En ese momento, mi madre estaba un piso más abajo, en la clínica de la calle Paraguay, frente a un mostrador en donde empezaba de nuevo la cadena de trámites con la cobertura médica para ponerle fecha a las sesiones de quimioterapia. Eran las primeras de esta nueva, segunda etapa. Veinte años atrás, en 1982, en esa misma clínica y probablemente en el mismo consultorio, ella había escuchado este mismo diagnóstico. Un pecho menos, una guerra, seis marchas de la multipartidaria, diez sesiones de cobalto más tarde y tres meses de quimioterapia después, una versión mutilada pero victoriosa de esa mujer que había sido antes emergía ahora de entre los tratamientos y los hospitales y las rituales extremaunciones familiares que mantenían unido al clan, con la prepotencia de la voluntad pero con la vulnerabilidad de quien ya ha estado al borde de algo.

Esta vez era distinto, Lanotte sintió la necesidad de puntualizar, con la lengua austera y sumaria que se espera de su profesión. Los tratamientos habían avanzado mucho, pero el cáncer parecía mucho más agresivo que la primera vez, como suele suceder con las segundas. El desarrollo de los tumores había sido tan rápido que a Lanotte le resultaba imposible saber con exactitud si éstos eran derivados de los extirpados en los 80 o si se trataba de una cepa enteramente nueva, y tanto habían avanzado que la distinción, en el fondo, dejaba de importar, o al menos ésa era su sensación, daba a entender.

Todo eso podría determinarse en los próximos días con unos estudios que mi madre también tendría que autorizar en ventanilla, un piso más abajo, al día siguiente. Y en cualquiera de los dos casos, el doctor le recomendó a Agustín llamarme cuanto antes para ponerme al tanto de la situación y conversar sobre la mejor forma de acompañarla en estos momentos y de paliar en lo posible los efectos simultáneos del tratamiento y de la enfermedad.

Así supe, dos horas después de esa conversación con Lanotte, cuando mi hermano por fi n me llamó esa misma tarde, que mi madre tenía un cáncer avanzado, neoplasma maligno, y que los médicos veían muy difícil que sobreviviera. Era agosto de 2002, o sea que ella tenía 61 años.

***

Wasteland/Wetland. Se había despertado, otra vez, con el olor del hígado de pollo picado y saltado en cebolla. Tardó unos segundos en distinguirlo de los aromas del mundo real. Abrió los ojos, reconoció las formas de la habitación, las cortinas pesadas de la ventana, el sonido ínfimo de la calefacción, y al fin el olor de la alfombra y el cubrecamas. Alguien había golpeado unos minutos antes, avisó que dejaba la mesa rodante con el desayuno del otro lado de la puerta. Y entonces venían esos segundos largos hasta despertarse por completo y dejar atrás el regusto imaginario del hígado frito, la transición hasta hallarse en medio de los sentidos y la materia, ahora sí perfectamente alineados. Desayunó café, pan y frutas en la cama. Tenía una mano adherida al control remoto de la televisión, recorriendo un centenar de canales, la mayoría incomprensibles, con un volumen ofensivo a esa hora de la mañana. Abrió y cerró las cortinas, quería comprobar cuánta oscuridad puede producir el cortinado de un buen hotel.

Oscuridad total, hotel cinco estrellas. Miró por la ventana el patio oscuro y las otras ventanas semicerradas, se bañó y bajó a la ciudad.

Había querido comprar el diario para sentarse a leerlo en algún café, pero cuando lo vio sintió que la compañía que buscaba era más ocasional que la presencia invasiva de todos esos suplementos y secciones y folletos de publicidad, acarreados por la calle durante todo el día. Quizás llevaba más de una hora caminando, y empezaba a sentirse cansada cuando sonó su celular.

“Hey, bienvenida. ¿Estabas despierta?”, le dije desde el otro lado de la línea.

“Pero sí, querido, ¿qué pregunta es ésa? Lo que sí parece es que soy la única.”

“Es domingo a la mañana, ma. Que no haya nadie en la calle es uno de los pocos síntomas de buena salud que vas a encontrar por acá. ¿Cómo está el hotel?”

“Bien, hermoso. Me acomodaron en una habitación del contrafrente y tengo dos camas enormes, no sé bien para qué. ¿Viste qué grandes que son las camas de los hoteles? Y las toallas.”

“Escuchame, tengo que almorzar a eso de la una con los otros delegados, ¿querés que te pase a buscar y desayunamos juntos?”

Ella caminó en círculos, estirando las circunferencias para unir las veredas de un lado y otro de la calle. Así hasta que llegaron esas punzadas como tincazos sobre la carne viva del órgano. El cuerpo entonces se resiente, mucho más allá de la zona afectada. Clínicamente, “debilitamiento general”. En los hechos, una sensación de abatimiento que se posa repentina sobre la persona. Se apoyó primero contra una pared, hasta que se sentó en el escalón de una casa vieja, de espaldas al río, calculando el tiempo que le llevaría recuperar una respiración normal. Yo arranqué por la ciudad a una velocidad exageradamente lenta, la versión suburbana de un ejercicio respiratorio de relajación. Prendí el iPod conectado en el auto. Bob Dylan, One More Cup of Coffee. “Your voice is like a meadowlark/But your heart is like an ocean/Mysterious and dark.” Crucé el puente distrayéndome con las luces de los autos que venían de frente, vi un patrullero en la bajada, después otro, y el vapor saliendo de la boca de los policías apoyados sobre la parte de atrás, varias sirenas a las que en otra ocasión no les hubiera dado importancia pero que ahora me parecieron la señal de algo que no alcanzaba a interpretar.

“¿No vas a salir para saludarme?” fue lo primero que dijo cuando me vio llegar.

Empezó a pararse.

“Me cago de frío, ma. Dale, subí.”

“¡Mirá que lindo que estás!”

Se sentó y empezó a tocarme la gorrita, la bufanda desatada que colgaba del cuello, la campera, confirmando con el tacto lo que acababa de decir. Cuando subió al auto, el sol ya se había vuelto a esconder y con el cielo nublado parecía de madrugada. Acomodó en la guantera un manojo de sobres sin abrir y otros papeles que estaban sobre el asiento y estuvo unos segundos antes de tantear el cinturón de seguridad. “¿Y Clara? ¿No va a venir?” “Se quedó durmiendo. Pero se junta con nosotros más tarde. Te manda saludos.” Era cierto que Clara dormía, como todos los días que no tenía que estar a las 7:15 en el hospital.

Clara también sabía que yo siempre prefería recibir solo a Rosa, que por alguna razón todo me ponía nervioso en esos momentos, mucho más ahora. Clara tiene, sobre todo, un sexto sentido para saber dónde meterse y dónde no, qué callar y cuánto preguntar. Cualquiera podría confundir a Clara con una persona parca, pero yo no dejaba de ver en su recato, en sus pocas palabras, otra forma desmesurada del amor.

Bajamos del auto unos veinte minutos después. La agarré fuerte como hacía siempre y empezamos a caminar del brazo por el sendero de asfalto junto al río.

La miraba de costado, en pequeñas ráfagas, buscando un diagnóstico rápido.

“¿Y vos? ¿Cómo te sentís?”

“Bastante bien, considering the circumstances.” Rosa bajó los ojos redondos antes de seguir. “Quiero decir, ya sabés. Ahora estoy perdiendo el gusto. Y el olor. Y cuando me levanto tengo el olor de la infancia, como el hígado picado de la casa de la abuela, por ejemplo. Eso me vuelve todo el tiempo. O el revuelto de zapallitos con huevo, cebolla y morrones. ¿Te acordás de ese plato? Tu padre lo llamaba ‘pesadito’. ‘Haceme un pesadito’, decía.”

“Me lo contaste mil veces, ma. Debo ser el mejor chef de pesaditos del mundo, sino el único.”

“Sí, ya sé.”

Es más fácil manipular los olores que las imágenes, pensé.

“Un pesadito” es algo imposible de precisar en un punto fijo de la experiencia. Una buena memoria debería lograr que uno no se dé cuenta de esos trucos.

La música de un auto que se estacionó cerca nos distrajo y giramos la cabeza como patos, al mismo tiempo, para el mismo lugar. “¿Y el médico qué dice?” “El médico es implacable, viste cómo hablan. Dice que es ‘normal’. El déjà vu va a aumentar mientras siga perdiendo los sentidos, hasta estabilizarse en algún punto, imposible de prever. Pero los tratamientos tampoco ayudan. Y en cualquier caso, y eso no me lo dice el médico sino que te lo digo yo, el estado de deterioro general es tan avanzado que no hay mayores chances de recuperar algo de lo que se vaya perdiendo.”

Ya habíamos conversado la posibilidad de que se mudara conmigo, hacía unos meses, por teléfono, cuando empezó todo. “Soy como los elefantes, nene. No me vas a quitar ese privilegio.” La voz desde Buenos Aires me había llegado nítida, pero retrasada, lo sufi ciente como para puntuar la conversación con silencios y superposiciones. “Mirá que a mí me hace falta alguien que me ayude con los papeles, ordenando las investigaciones, todo.”

“Decile a Clara. O contratate una secretaria, querido”, me había cortado aquella vez, dando el tema por terminado.

“Vine preparada”, me decía ahora, en un café sobre una calle arbolada alejada de la avenida principal. “Leí todo sobre la ciudad. ¿Sabías que toda esta parte, de acá para el Sur, en el siglo XIX estaba abajo del agua? Se fue rellenando con el tiempo. Pusieron basura y tierra, del pueblo mismo, pero es todo relleno.”

Su llegada había sido el último capítulo de una negociación telefónica extenuante a los dos extremos del planeta. Ella había resistido seis meses de insistencia, hasta que aceptó la invitación bajo un rígido estatuto de condiciones, que incluían alojarse en un hotel, por no más de una semana, y sin que yo suspendiera nada de mi vida habitual ni, en general, hiciera ningún gesto que transformara el viaje en un evento. Era, textual, el decálogo de su antítesis. Sus muchos viajes habían implicado siempre alojarse en mi casa, expandir magmáticamente su presencia hasta el último segundo y el último rincón posibles, creando una atmósfera en la que cualquier otra actividad que no fuera estar con ella fuera no sólo superflua e innecesaria, sino también, veladamente, una traición.

El mozo llegó con los cafés y jugos, dijo que en un segundo estarían las tortas, manzana y queso con frutillas. “Así es, más o menos. Después se agrandó más todavía, con la idea de ganar espacio para una avenida de circunvalación, cuando algún funcionario se dio cuenta de que agrandar la tierra, con todo lo pomposo que podía sonar, era más fácil que tirar abajo una docena de barrios.”

“Eso no lo sabía, ¿ves? Quiero escucharte en la conferencia, si se puede.” “Se puede, no hay problemas. Tendrías que ver los diarios de la época, parecía que hubieran llegado a la luna.”

“¿Quiénes?”

“Éstos”, le dije, señalando con el mentón hacia el más allá, por fuera de la ventana.

El mozo bajó sobre la mesa la bandeja con las dos porciones de torta. Tenía el rictus de los mozos porteños, de nobleza impostada, bigotes oscuros. Mi mamá parecía mucho más chica y endeble que lo que yo recordaba. No estaba encorvada ni nada que se le pareciera. El pelo le había vuelto a crecer con mucha más fuerza y menos color que antes, así que ahora la cabeza mostraba un saludable cepillo de alambre compacto y plateado, más y mejor que lo que podía decirse de mi propia cabeza. La piel se había hecho algo más traslúcida, los ojos más grandes, el hueco de los ojos más grande aún. Tenía los labios un poco partidos y otro poco encogidos hacia adentro de su boca enorme. El cuerpo debe cambiar cuando sabemos que nos vamos a morir, esa información circula como un anuncio o recordatorio, para prepararse de alguna manera. La torta de manzana estaba de su lado. Empujé el plato un poco más cerca suyo.

Corté un pedazo de la punta con mi tenedor y lo levanté a la altura de su cara, estirando un poco el brazo y mi cuerpo sobre la mesa. Ella cerró los ojos y estiró una sonrisa de placidez mientras le entraba la comida y empezaba a transformar las manzanas en una masa compacta y almibarada.

“¿Cómo está Clara?” “Muy bien. Con ganas de verte.” “Cómo me quiere esa chica. A la distancia, por supuesto.” Clara tenía una mezcla de afecto y distancia con todo lo que fuera de Buenos Aires, una especie de subvida a la que ella, inteligentemente, se había resignado a tener un entendimiento oblicuo. Ese acceso restringido llegaba incluso hasta mi madre, aun si, de todo lo que fuera yo más allá de dónde estuviera, ella era por lejos lo más permanente. Mi mamá, en cambio, reafirmaba su lugar y su logro en este mundo en la devoción a mí que ella misma le atribuía a Clara. “Y a vos, cómo te quiere a vos, Ruby.” Lo de Ruby era el sello de esa devoción, para ella al menos. Llamarme “Ruby” surgió un poco después de que nos conocimos con Clara, una noche a la salida de un bar. Ella había tomado bastante y me empezó a llamar Ruby.

“¿Te gusta Ruby, que te llame Ruby?”

“Sí, sí. Es de mujer, igual.” Caminábamos hacia el auto, por esa época yo buscaba oportunidades como ésa para abrazarla. “Sí, pero Rubén no existe, y suena a sándwich. Ruby es lindo.” Era cierto. Había un sándwich que se llamaba Reuben, eso era lo más cercano a ‘Rubén’ que alguien podía llegar a pronunciar.

Mis opciones eran un sándwich o un nombre de mujer. “Sí. Ruby está bien. Para mí, perfecto.” Estaba tan atento a cómo hacer para abrazarla que no me había dado cuenta de que Clara llevaba un rato colgada de mi brazo, y de que ahora canturreaba mientras jugaba con las llaves del auto, “who could hang a name on you…”

Tierra firme, pasando la posta de una generación a otra. Mamá golpeó el piso con su pierna dos o tres veces, el mismo gesto de apisonar el terreno que hubiera tenido en la casucha de Tafí del Valle, circa 1966, donde todas las mañanas había que regar el piso de tierra seca de la única habitación con una botella de agua. Llevaba unas zapatillas nuevas y brillosas, de cuerina blanca, y un jogging color crema, que, para mi propia sorpresa, recién ahora notaba. En el bar había una música de fondo que no alcanzaba a distinguir, pero de pronto volví a tener la sensación de que todo se escuchaba como Bob Dylan. No sólo la música, sino el grito del mozo, la voz de mi madre mientras me decía algo a lo que yo no podía prestar atención, pero también el clic de la cámara, el subte llegando, el motor del camión parado frente al café, todo sonaba a Dylan a veces.

Yo había copiado, en la primera página de mi presentación para esa tarde, una frase de Brecht: “Von diesen Städten wird bleiben: der durch sie hindurchging, der Wind.” Lo que quedará de estas ciudades es lo que pasó por ellas, el viento.

Ella lo leyó de reojo y volvió a acomodarlo delante mío.

“Llevame y contame qué vas a decir en la conferencia.” Rosa usaba la palabra “conferencia” para cualquier cosa que hicieran sus hijos, la pronunciaba de forma entera y redonda. Decía “conferencia” pero se escuchaba “Premio Nobel”.

“Es una charla de mierda, ma, no es una conferencia.”

Después, cuando llegamos al hotel, mientras caminábamos como dos viejitos en el lobby y la gente que me conocía nos sonreía al pasar, escuchamos a alguien diciendo que la tierra ocupada por espacios urbanos es actualmente menos del uno por ciento del total de la superficie del planeta (incluyendo, supongo, la tierra ganada a los mares y los ríos), pero esa proporción está creciendo rápidamente en la medida en que más y más ciudades se expanden sobre ecosistemas naturales y zonas agrícolas, y que esta cantidad y esta proporción de conversión afecta los ecosistemas a escala local y regional, el clima, la biogeoquímica tanto como la producción de alimentos.

“Voy a entrar a la reunión ahora. Vos podés pasear por acá, mi gran conferencia magistral es en dos horas.” Miró alrededor y me dijo que no había problema, que iba a leer en el bar de la planta baja. Le conté que el hotel también tenía una confi tería en la terraza, que desde ahí se abría una vista a toda la ciudad.

“Igual a la noche volvemos a hablar sobre lo de venirte a vivir acá, ¿sí?”

“Ni en pedo.”

“Bueno.”

Me lo dijo con medio cuerpo dentro del ascensor, mostrando los dientes un poco espaciados en una enorme sonrisa, mientras sacudía un papelito como quien sacude un pañuelo apoyado en la barandilla de un barco.

Cuando ella bajó a la sala de conferencia yo ya estaba hablando, con el podio a oscuras y una imagen del mundo en la pantalla, donde se iluminaban unos cincuenta puntitos distribuidos por todos lados. “One more cup of coffee ’fore I go / to the valley below.” Rosa Abdela llegó a escucharme decir que de todas las ciudades que componen este estudio, apenas tres o cuatro, dependiendo de qué datos se utilicen, llegan a establecer una relación sustentable entre consumo, producción de basura y políticas públicas. Y no hace falta que les diga que todas ellas están en el Norte.

“Vos no querés que me venga a vivir acá. Lo que me estás pidiendo es que me venga a morir acá”, me dijo a la noche, sentados en la confitería de la terraza del hotel, debajo de una de esas sombrillas a gas que bajaba sobre nosotros una sombra de calor en medio de una noche helada. “Lo increíble, nene —siguió, sin mirarme, perdida en el millón de luces que seguían hasta el infi nito—, lo increíble es cómo en medio de todo, la constancia del dolor, como la conciencia de estar viva, hay momentos en los que no tienen ninguna importancia.Muchos. Vienen cuando me agarran enojos insignificantes, odios insignifi cantes, algo que no encuentro, una noticia en la televisión, el tiempo del día que pasó sin que me pusiera a trabajar, la ropa limpia que debí haber recibido por la mañana y ya son las cuatro de la tarde, algo mal escrito en el diario. No sabés la cantidad de cartas de lectores que llevo publicadas en este tiempo.” Se quedó en silencio, algo adentro suyo le interrumpió una enumeración que recién empezaba, y siguió después de unos segundos.

“Supongo que lo que quiero decirte es que morirme de cáncer no es lo único que hago de mi vida.”

***

Viaje a una socavación. Eso había sido hace tanto tiempo, me parecía. Ahora, en el Café Británico, sobre una de las ventanas abierta a Defensa, me esperaba mi hermano con unos anteojos que no le había visto la última vez, de marco muy grueso y carey común, una remera que había sido blanca con el dibujo de una caja azul atada con sogas y la inscripción “Weimar” adentro y unos jeans gastados que cuando se paraba mostraban la bragueta rota o abierta. En la vista que se tiene yendo por Brasil, había delante suyo un pocillo de café, o un café chiquito como se llamaba ahora, y un plato vacío delante del diario que estaba leyendo. Las puntas de las hojas se levantaban con el viento que llegaba por las ventanas abiertas en todos los costados. Cuando me vio entrar, levantando la mirada del diario por arriba de los anteojos, se le abrió una sonrisa en la cara, y se paró mientras golpeteaba un título del diario con el índice de su mano derecha.

“Mirá, acá dice que el cuarenta por ciento de los pueblos rurales está en riesgo de desaparición. ¿Me querés decir a vos qué carajo te importa?”

Ése es mi hermano, Agustín Abdela, alias Agus, El Turquito, El Pelado, Pelaca, Mumia Abu-Jamal, Ben Bellita, según el caso. De pie, la mesa le cubría el cuerpo hasta por arriba de la cintura. Desde donde yo estaba no tenía piernas.

Agitó los brazos para que me acercara. Nos atropellamos con la silla y apenas si nos miramos fijo. Tenía los ojos verdes que le brillaban debajo de los párpados caídos y se había dejado crecer la barba de unos pocos días, poblada de manchones blancos. “Decime que nada de eso te importa un carajo, confesáselo a tu hermano. Ahora.” Llevábamos algo más de un año sin vernos, pero habíamos vuelto a hablar por teléfono varias veces al día desde la advertencia del doctor Lanotte.

“Me importa un huevo. Pero tengo otras cosas para decir.”

“Sí, ya sé: Mamá murió de nuevo.”

Nos hacía gracia antes de decirlo, y así empezaba cada uno de nuestros encuentros desde que habíamos visto la película, quince años atrás. Un gag de Billy Crystal y David Paymer en Mr. Saturday Night. Dos hermanos ya ancianos que se encuentran después de muchos años para el velorio de la madre. Al día siguiente del funeral, uno llama al otro, agitado  porque tiene algo importante que decirle. El otro lo para al instante: “Ya sé: Mamá murió de nuevo”. Nos recostábamos en ese chiste desde siempre. Mucho más ahora, desde que este viaje se había puesto en marcha hace ya un año, cuando el Doctor Lanotte empezó a revolear las campanitas. Agustín no tiene mucha fe en la geografía, ni en la geografía aplicada al crecimiento de la población urbana, que era mi especialidad, ni lo desesperan las prédicas más conservadoras que llaman a preservar el planeta tal cual está, o mejor incluso, como estaba ayer. Por algún motivo que excede lo gnoseológico, necesita hacérmelo saber periódicamente, sobre todo al comienzo de algo. La geografía, el trabajo con imágenes satelitales, y estudiar afuera, “mi hijo, el que estudia en el exterior”, son las etiquetas que cuelgan de mí, o de las que cuelga mi nombre en la familia. O forman una cadena asociativa que dispara las fantasías más excitantes de mi familia, geografía/imágenes satelitales/estudiar/exterior/yo/éxito. Y me da, frente a una variedad indescriptible de personajes y situaciones, una razón de ser.

Mi hermano tampoco hacía nada útil. En su caso, justificaba su existencia y la insistente recodificación de sus actos bajo la sombra del Camarada Abdela en la forma de sociólogo y periodista. El poder seductor de estas profesiones hay que pensarlo en el contexto de un tramado familiar que se extendía desde mi madre hasta centenares de Gornsteins y sus asociados, y que apreciaba con facilidad todo lo que fuera, o pareciera ser, progreso, conocimiento, cultura. Geografía inspiraba un respeto más bien gélido y jerárquico, una distancia y veneración por aquellos que sin lugar a duda basan su vida en su inteligencia, y se dedican a una ciencia compleja y esforzada, que, aun en su versión no aplicada, contribuiría a una indeterminada mejora mundial. En mi familia, la idea de que la educación es un instrumento de progreso era una verdad tan arraigada e improbable como la de que los pueblos que olvidan repiten su pasado. Así que nuestra educación era también, como nuestra memoria, un aporte al avance de la humanidad. Las arenas por las que se movía Agustín eran más coloquiales, admiradas de forma más campechana, cualquiera cree saber cómo funciona una sociedad y la puede explicar en lo que dura un viaje en taxi entre Palermo y Palermo. Pero lo que él ganaba a cambio de la mayor simpleza era la fama y la intervención política, la asesoría, el nombre en el diario, las citas en internet, la referencia simpática de un cierto ambiente que tarde o temprano se superponía con el nuestro. A él lo preocupaba la cosa pública, resolver los problemas (siempre enormes, urgentes, únicos) del país, mejorar a la comunidad, pero aquí y ahora, no con las proyecciones satelitales sobre el futuro del mundo el siglo que viene. Así que en nuestras manos estaban, ni más ni menos, el progreso y la comunidad, aun si nada de eso edulcoraba la mirada sobre nuestras rutinas.

“Muriéndose y todo”, me dijo cerrando el diario en una nota en la que un centro de estudios anunciaba los detalles de un nuevo plan contra la desnutrición rural, “la vieja toda vía mira con sorna al tío Carlos porque es abogado. ¿Podés creer? Eso es regocijo para la judería, como alimentar jirafas en el zoológico, creéme. Pero alguna vez va a venir alguien con las pelotas bien puestas a decir que la sociología es la escribanía de la pobreza, y ahí vamos a ver quién es el que ríe último.”

“Los geógrafos, vamos a reír último.”

“Pero porque tardan más.”

“No me importa eso ahora, Pelaca. ¿Mamá murió de nuevo?”

“No, no murió de nuevo, pero esta vez la cosa viene en serio.”

Bajó los párpados mientras lo decía, incapaz de sostener la mirada ni ante sí mismo sin llorar. Tardamos unos segundos en acomodarnos, buscando algo más que decir que pusiera el encuentro en un estatus especial, después de tanto tiempo y en estas circunstancias, pero mientras seguíamos hablando nos sentamos como en una mañana cualquiera. Agustín era un perdedor nato y eso le daba una bonhomía estructural, ganas de abrazarlo y sacarle la pelusa de la camisa y decirle que se suba la bragueta mientras tanto. Se reía ahí parado y dijo de pronto que yo tenía la misma cara de boludo de siempre.

“Estás igual. Tenés la misma cara de boludo de siempre.”

Me agarró la cabeza y la apretó muy fuerte, exprimiéndola contra su hombro.

Desde ahí podía sentir el latido de su corazón, cómo tiraba sangre a borbotones.

La moza pasó justo al lado de él, enfundada en un pantalón negro de tiro bajo que dejaba al aire una lengua roja de los Rolling Stones colgando de la parte superior de su ombligo marrón. Pedí mi primer café con leche en Buenos Aires y recién ahí miré alrededor, en la calle la chica boliviana vendiendo especies que veo por esta ventana desde siempre, en la mesa por detrás de mi hermano una pareja de viejos leyendo el diario y cuatro mesas más de gente perdiendo el tiempo. Todos leyendo el diario, cómo si la noticia no estuviera acá, en esta mesa, frente a sus narices. Que Buenos Aires es sólo un escenario en el que actúo yo para ser observado por la ciudad es una sensación o mandato que abarca siempre el periodo inicial de mis visitas, un reflejo de la proclama familiar “Mi Hijo Que Estudia En El Exterior”, que tiene su secuela en “Hoy Vuelve Mi Hijo, El Que Estudia En El Exterior”, pero que en todo caso es una sensación que desaparece cuando el resto de los habitantes muestra su total y previsible indiferencia. De pronto, encuentro mis gestos ampulosos. Esta vez, Agustín parecía jugar el mismo juego que yo, si no por la visita al menos por el evento que la motivaba.

Doña Rosa Gornstein de Abdela está por dejar este mundo y ustedes leyendo el diario como si nada, papafritas.

Pero aun así hablamos largo del diario. Agustín recorría el espinel. Lo irritaba la cantidad de putos y turistas que hay en San Telmo ahora, y que lo peor de las crisis no se ve durante las crisis sino después, no durante la caída sino en la amnesia de la recuperación. Su exasperación parecía desmesurada, pero pasados unos días en Buenos Aires, cuando uno llegaba a entender los motivos últimos, era el primer síntoma visible de buena salud. Estaba obsesionado con la velocidad con la que los argentinos se habían lanzado a viajar al exterior y la voracidad con la que arrasaban con todos los bienes que después ingresaban por la porosa aduana local. “Es ‘Déme dos, Parte Tres’, un acto refl ejo a toda prueba. Seis meses de recuperación del salario real y éstos recuperan todos y cada uno de sus hábitos en una versión cada vez más desesperada. Escuchame, en el 80 el Déme dos, porque el dólar estaba barato y había que equipar el living, la tele, la videocasetera. En el 90 porque el dólar estaba barato de nuevo y aparecían las computadoras y quién no quería una computadora en casa y afuera están a la mitad de precio que acá y en Ezeiza no te miran por menos de un kilo de coca. Y ahora que el dólar ni siquiera está tan bajo y la aduana trata de pararte, igual tenés a los chiquitos traficándose una cámara con una desesperación y un aire de justicia, parece que fuera penicilina lo que se están trayendo.”

“Eso se llama renovación de capital.”

“Pero con deuda.”

“Y al pedo.”

“Eso digo.”

La moza trajo dos cafés y le sonrió a Agustín, o hizo una sonrisa cuando lo vio gesticulando sin parar mientras ella limpiaba la mesa. Recién entonces me fi jé mejor en él. Me pareció diez años más viejo que hace un año, con la carne fl áccida y agrietada que empezaba a colgarle de las mejillas mal afeitadas y se podía ver también abultada entre la pera y la nuez. Había perdido casi todo el pelo, y la obstinación o la indiferencia hacían que le quedara una especie de corona delgada de un vello débil que acentuaba más el vacío. Pero seguía teniendo los mismos irresistibles ojos verdes.

Mamá estaba mal, me dijo, por eso quería que nos encontráramos antes en el café.

“Las cosas van muy mal. ¿Estás preparado?”

Cuando era chico y mi mamá me preguntaba: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”, yo le decía: “Una vacuna para que no te mueras nunca y para que nunca, nunca, nunca te pase nada.” Estábamos a las 6:45 de la mañana en la parada del 106 sobre Segurola, antes de llegar a Jonte, como para que ella pudiera entrar al Israelita a las 7:30 y yo llegara al colegio con media hora de adelanto. Cada vez que le decía lo de la vacuna ella miraba alrededor con los ojos bien abiertos y brillosos, calculando cuánta gente podía haber escuchado.

“Ojo, la vacuna es para que nadie se muera nunca. Pero cuando la invente te la voy a dar a vos.” Ella seguía mirando alrededor y cantaba desentonando de risa: “Que se va el cartero, que se va, que se va”, moviendo la cola como el lagarto de la televisión que había inventado esa canción. Eso fue Antes del Cáncer, AC, porque Después del Cáncer, DC, el que la iba a salvar era El Monstruo, no sé bien cómo. Lo del Monstruo llegó, efectivamente, con el primer cáncer, en el 82, un mes antes de Malvinas, cuando yo ya no creía en la medicina. Íbamos a las sesiones de quimioterapia como quien va al cine, y volvíamos diferente. El Monstruo era algo de lo que no se hablaba con tanta claridad como de la vacuna, porque al fi n y al cabo se trataba de un monstruo que de alguna manera rara debía eliminar de un saque los tumores que desde hacía unos meses y sin que nadie lo hubiera notado crecían en el seno izquierdo de mi madre. El Monstruo asumía distintas personalidades, según el momento. Y en muchos momentos, soñando despierto, en el colectivo por ejemplo, El Monstruo que salvaba a mi mamá era el mismo que se había llevado a mi papá, como para compensar o enmendar las cosas quizás. O para demostrar que todos pueden hacer el bien. Hasta El Monstruo.

“Sí, estoy listo.”

Miré el reloj del bar y vi que todavía no eran las diez de la mañana. Quería ir a cambiarme, ponerme los pantaloncitos y salir a correr. Sentía que no había llegado del todo hasta que no hubiera trotado un rato, cambiado el aire. Clara, pensé, tengo que llamarla. No porque ya la estuviera extrañando, sino porque cuando se me hacen evidentes las obsesiones a las que aferro mi vida, me acuerdo de Clara.

Agustín vio que me distraía y empezó a revolear la mano llamando a la moza.

***

Ernesto Semán nació en la Argentina en 1969. Su trabajo abarca obras de ficción, historia y política. Trabajó durante diez años en Clarín y Página/12, y hoy sus artículos aparecen frecuentemente en diarios y revistas de la Argentina, el resto de América Latina y los Estados Unidos. En el año 2000, publicó Educando a Fernando. Cómo se construyó De la Rúa Presidente, una crónica política de la campaña electoral de 1999. También es el autor del guión Mayo. Los sonidos de la Plaza, la instalación del grupo Buenos Aires Sonora que se montó en la Plaza de Mayo en el año 2003.

En el 2005, Semán publicó su primera novela, La última cena de José Stalin, finalista del premio Sudamericana-La Nación 2001. Su segunda novela, Todo lo sólido (2007), fue finalista del premio Emecé.

Vive en Brooklyn, Nueva York.

 

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