A partir de hoy, los lectores de Página/12 comenzarán a tener acceso a todos los cables de Wikileaks sobre la Argentina. Se trata, en su mayoría, de más de dos mil despachos originados en la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires. La publicación es el resultado de una convergencia entre Wikileaks y Página/12 basada en el derecho de los ciudadanos a ser informados.
Este diario se interesó en los materiales de Wikileaks desde que, el año pasado, otros colegas en todo el mundo comenzaron a difundir cables secretos o confidenciales que hilaban la comunicación entre la embajada estadounidense en la Argentina y el Departamento de Estado. A la vez el australiano Julian Assange, alma mater de Wikileaks, definió su papel en el circuito mundial de las noticias: sería un vehículo de la libertad de expresión.
Assange acaba de refirmarlo en medio de una situación personal compleja, porque la Justicia sueca quiere extraditarlo de Londres bajo cargos que el investigador niega. A principios de este mes alentó a sus amigos de todo el mundo a que siguieran haciendo campaña en favor de esa meta. No le faltó buen humor. “Hay cuatro cosas que no pueden ocultarse eternamente: el sol, la luna, la verdad y el postre”, dijo al saber que miles de personas estaban organizando cenas para juntar fondos en su defensa. Por esos días la convergencia entre Wikileaks y Página/12 maduraba hasta transformarse en un convenio de partes.
Los gobiernos y las articulaciones de poder económico trabajan en pos de una ilusión: que muchas de sus acciones queden en secreto. Y los periodistas tienen la suya: romper el secreto. En esa tensión permanente y natural entre las dos ilusiones, a veces se cumple una y a veces otra. Esta vez es el turno de la segunda.
La gran ventaja del convenio entre Página/12 y Wikileaks es que el diario se obliga a deberes que cumple con gusto desde que apareció hace casi 24 años. Por lo pronto, tendrá que develar secretos. Además, deberá hacerlo con rigor. Si un artículo menciona un despacho diplomático, los lectores tendrán acceso al texto completo. No podrá deformar ni manipular el contenido. Protegerá a empleados estatales de bajo rango y evitará poner en riesgo la integridad física y la vida. E iniciará un proceso de difusión de documentos del que ya participan, entre otros, medios como The New York Times, The Guardian y La Jornada de México.
Al divulgar miles de documentos escritos en embajadas estadounidenses repartidas por todo el planeta, Wikileaks usó el criterio de abrir puertas y ventanas. Los postres están ahí en la mesa, pero Assange nunca dijo que a él le gustaba el sabor de cada uno de ellos. Sólo ejerció su derecho a informar para que otros puedan ejercer su derecho a conocer. Por eso Luiz Inácio Lula da Silva, unos días antes de dejar la presidencia de Brasil, dijo que la detención de Assange en Londres era “un atentado a la libertad de expresión”, aseguró que en todo caso había que culpar a quienes escribieron los cables y no a quien los difundía e ironizó sobre que “la diplomacia más poderosa del mundo está, como en el Lejano Oeste, poniendo carteles de Se busca vivo o muerto” para conseguir el silencio de Assange.
Igual que Wikileaks, Página/12 tiene claro que está revelando documentos y no verdades absolutas. La investigación, el conocimiento profundo y el contraste de una documentación con otra y con los hechos son los que acercan a los ciudadanos a la verdad. Ni el documento más exacto es cándido. Los textos obtenidos por Wikileaks fueron escritos por la diplomacia norteamericana. Tienen énfasis y obsesiones. Son notorias sus diferencias de calidad en la apreciación de una situación u otra y el sesgo de sus análisis. Se ve de manera nítida la forma hegemónica de relacionarse con el resto del mundo. Los diplomáticos no sólo preguntan. También influyen y presionan para impulsar sus intereses económicos, estratégicos y militares.
En los documentos desfilan presidentes, funcionarios de menor rango, dirigentes políticos, empresarios, consultores, diplomáticos y periodistas. Algunos, estén de acuerdo o no con las posiciones centrales de Washington, mantienen su dignidad. Otros parecen desesperados por agradar a sus anfitriones. Estos últimos podrán comprobar, a medida que vayan leyendo los cables, que no siempre esa desesperación es correspondida por el respeto y que hasta un tostado fuera de temporada queda registrado con ironía.
En los cables, el pensamiento y la actitud de cada interlocutor aparece en el marco del vínculo con los diplomáticos estadounidenses y tal como es descripto por el embajador de turno, su segundo o el consejero político. Los lectores tendrán la posibilidad de sacar sus propias conclusiones y Página/12 hará lo de siempre: ayudarlos. Porque Assange tiene razón: las cosas no pueden ocultarse eternamente.
Aquí, editorial de Página/12.
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Un minuto antes, por poco me caigo de la silla. Por eso, cuando entró a mi celular una llamada del exterior sabía de qué se trataba.
— Hola, ¿Fidel?, te estoy llamando desde Londres.
— Sí, estaba pendiente, Santiago me contó todo.
— Ah, qué lástima no poderte dar la sorpresa. Bueno, ya sabes, estamos buscando un aliado en Colombia y quisiéramos que fuera El Espectador. ¿Te interesa?
— Sí, definitivamente sí.
— Excelente. Entonces tienes que viajar a Londres. Me avisas cuando estés listo.
— Me iría mañana mismo, pero ya sabes, somos colombianos, nos exigen visa. ¿Cómo te aviso?
— Envíame una nota al correo.
— Perfecto, ¿cómo me dijiste que te llamabas?
— No te he dado mi nombre a propósito.
Cuando colgué, llegaron a mi mente todas las preguntas que debía haber hecho. Demasiado tarde. La información era mínima, todo podía ser una farsa, pero ya estaba transitando un viaje a lo desconocido.
Envié mi primer correo confirmando el interés de El Espectador en ser el “aliado” de Wikileaks en Colombia. En cuestión de minutos leí en mi bandeja de entrada: “¡¡¡¡¡WIKILEAKS!!!!!! RE: Partner Colombia”. Sentí un frío seco que se desvaneció al abrir el mensaje: “Tenga en cuenta que estamos recibiendo un volumen de correos muy grande… Puede tomar un tiempo la respuesta. Por favor acepte nuestras excusas. Equipo de Wikileaks”.
Comenzaba a sonar verosímil. De cualquier manera, ya estaba enganchado en un juego de suspenso, en el que no podía faltar la jugada del destino. Por pura casualidad, mi pasaporte estaba ya en la embajada británica en Bogotá, pues tenía prevista para la semana siguiente una reunión en el Financial Times, para revisar nuestro contrato que cumple su primer año. Al menos, si nada era cierto, no sería un viaje perdido.
Días después, cuando todo estaba dispuesto, informé el día de mi llegada a Londres: martes 1° de febrero a las 5:30 a.m. “Estaré martes y miércoles, tengo regreso jueves en la madrugada”, dije en mi último mensaje. “Excelente. Te contactaremos. La transacción puede ser el propio martes”. Respondí de inmediato: “¿Y cómo me contactarán”. No hubo respuesta.
Me quedó revoloteando en la cabeza esa palabreja “transacción”. ¿Estarían acaso pensando en un pago? En El Espectador la regla es clara: nunca pagamos por obtener información; esta no iba a ser la excepción. Ya en el avión, pensando de nuevo en ello, sentí que en esa decisión quedaba ya implícita la relación que tendríamos con este “aliado”. Era simplemente una fuente con información valiosa e íbamos a trabajar bajo los mismos términos que lo hacemos con cualquier otra.
No alcanzó para aliviarme. Todas las reflexiones que hemos venido teniendo los periodistas desde que comenzó el escándalo de Wikileaks me atropellaban. Una cosa es escribir editoriales opinando sobre el fenómeno y otra es estar a punto de recibir información secreta que podía resultar desestabilizadora.
No por casualidad había guardado para el viaje la lectura de los apartes del libro Open Secrets: Wikileaks, War and American Diplomacy, de Bill Keller, el editor de The New York Times, que esa semana había salido en la revista dominical de ese periódico. Con su lectura reforcé muchas ideas desordenadas que me atormentaban. Primero sobre la distancia frente a una fuente tan poderosa. Pero, más importante, sobre el valor de la transparencia que, creo, es lo que debe perseguir cualquier periodista cuando se enfrenta a la decisión de publicar o no. El viejo debate de si los periodistas deben tomar partido del lado de las instituciones, tan presente en la Colombia de los últimos años, estaba en el centro del manejo de una información como la que esperaba recibir en unas horas. En ese debate, siempre he creído que el derecho a la información es prevalente. Las palabras de Keller al respecto resultaron reconfortantes: “No tenemos dudas sobre dónde están nuestras simpatías en esta tensión de valores. Y, sin embargo, no podemos dejar que esas simpatías nos transformen en propagandistas, incluso de un sistema al que respetamos”.
Subrayé la frase cuando ya volábamos sobre una Londres absolutamente encapotada. Era de madrugada cuando entregué mi pasaporte en la inmigración. No eran nervios lo que sentía, pero sí algo de ansiedad. Cuando la chica me entregó el pasaporte y me dio la bienvenida con una sonrisa, sentí alivio. Que no duró mucho, pues al llegar al carrusel de las maletas ya sólo giraban un par, no la mía. La inmigración en Washington había tardado casi una hora y la maleta no había alcanzado el avión.
Entré a mi habitación, agotado. ¿Y ahora qué? Envié el correo de rigor: “Estoy en Londres. Hotel Sheraton Heathrow. Habitación 3124. Espero instrucciones”.
Me recosté en la cama y caí profundo. Me despertó el ruido del teléfono, fuerte, agudo, como en todos los hoteles. Salté de la cama, vi la hora en el reloj sobre la mesa, 12:40 p.m., contesté aún somnoliento.
— Debes llegar a Diss; es un pueblo como a dos horas de Londres. El tren sale de la estación Liverpool. Anota este teléfono.
— ¿Y nos vamos a ver hoy o mañana?
— Tiene que ser hoy mismo.
Al bajar del tren en la estación de Diss me sacudió el golpe de la brisa. Atardecía ya y el frío me recordó que era invierno. También, que la ropa apropiada venía en la maleta extraviada. No sé qué me hizo pensar que alguien me estaría esperando. En segundos mis compañeros de viaje se perdieron y quedé solo en la plataforma. Marqué el teléfono y me recibió el equivalente a “buzón de mensajes, tendrá cobro…”. Varias veces, y el mismo mensaje. Cuando ya tiritaba del frío, noté que había un pequeño salón de espera, con calefacción. Vi que el último tren de regreso salía poco antes de la medianoche. Ya eran más de las ocho. ¿Y si no aparecen?
Mandé un correo informando que ya estaba allí. Tenía el correo de otro contacto que sabía que se podía comunicar con ellos. También le mandé un correo, que me contestó de inmediato. “Voy llegando a la casa, me conecto y les cuento”. Pasó más de una hora cuando entró un mensaje. “No recibimos llamadas. Por favor toma un taxi a Ellingham Hall”.
Creí que sería algún hotel en el pueblo, pero el taxi tomó una autopista por la pradera británica. Veinte minutos después comencé a pensar en los precios insólitos del transporte inglés. ¿Cuánto me irá a costar este viaje, si del aeropuerto al hotel, no más de 4 kilómetros, me habían cobrado 25 libras? Llevaba 100 en la billetera. Ya veremos qué hacer. Una media hora después, estimo, por fin escuché el ruido de las direccionales. El taxi entró en un camino destapado. La noche era muy oscura. Un par de kilómetros y tropezamos con un portón de finca, cerrado con una gruesa cadena y un candado. Eloise, la taxista, se pegó al pito cual camionero en paro. No se movía ni una hoja.
— Debe entrar a pie. Son 90 libras. ¿Va a pasar la noche?
— No, debo regresar. ¿Me llevaría de vuelta?
— ¿Cuánto se demora?
— Me han dicho que no más de una hora.
— Voy entonces a tomar un té por acá cerca; me avisa cuando vaya a salir.
Por fin tenía un ángel de la guarda. Cuando se alejó quedé ciego, solo. No veía ni la carretera. Daba pasos diminutos a tientas, sentía que me iba a doblar el tobillo, siempre me pasa. Otra vez la ansiedad. Y la ‘colombianada’: esperaba los ladridos de unos perros bravos que nunca aparecieron. Casi tropiezo con un establo y se encendió un reflector con sensor de movimiento. Vi una mansión de tres pisos a un costado. Del siglo XVII, vine a saber después. Se apagó el reflector. Sólo se veía una luz encendida en un costado. Me asomé discreto. Un hombre y una mujer daban de comer a un par de menores en una cocina. No debe ser aquí, imposible. Al fin me atrevo a tocar a la puerta. Me abren. ¿Y ahora qué les digo? La chica me saca de problemas. “¿De Colombia?”. Suspiro agradecido.
Me lleva por un corredor y me entra a un salón amplio, enchapado en madera oscura, rodeado de óleos de, supongo, nobles caballeros. “Él no te puede saludar, está en una reunión. Ellos no han llegado”, me dice como si fuera de la familia.
— ¿Tomas coñac?
— ¿Perdón?
— ¿Quieres un coñac?
— Bueno, gracias.
Trae dos copas, cierra la puerta de la cocina, hablamos un rato. El coñac y el calor del salón reconfortan. Se oyen pasos y entran tres jóvenes con sus computadores bajo el brazo.“¡Fideeeeeel!”, dice una muchacha. Me abraza. Supongo que es mi contacto y me uno a su emoción. Cuando me volteo, ya los otros dos muchachos están concentrados en sus pantallas. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa. Mi contacto me alcanza un contrato para que lo revise. “¿Trajiste tu computador? Dámelo, que te voy a instalar un programa de chat encriptado, esa va a ser nuestra única vía de comunicación”. Le entrego, no sin vergüenza, mi pequeño notebook personal. “Yo no existo. Ni mi mamá sabe que estoy en esto”, me murmura cómplice.
El contrato tiene tres páginas en tamaño oficio. Las reglas son sencillas pero precisas. El Espectador se compromete a borrar los nombres de cualquier persona que juzguemos que corre peligro de muerte o que puede ser objeto de un juicio sin garantías. Cualquier edición debe ser reemplazada por 12 equis mayúsculas, ni una más ni una menos. Wikileaks se reserva el derecho a revelar esa información si considera que hubo razones diferentes a las dos citadas para borrarla. El Espectador se compromete a no compartir con nadie la información y a trabajarla con personal de máxima confianza, en un computador que no tenga conexión a internet y que quede bajo llave cuando no se esté trabajando en él. Cualquier información que utilicemos debe ser alimentada en la página de Wikileaks…
Sólo se escucha el rápido tecleo de los computadores. No tengo reparos al contrato, salvo que el nombre del periódico está mal escrito. En casa de herrero… No hay una impresora para obtener una copia corregida. Mi contacto hace la enmienda con un estilógrafo y me pide que lo firme. Al lado queda el espacio en blanco para la de Julian Assange.
De pronto entra el señor que me abrió la puerta con una cámara de video y hace unas tomas mientras uno de los muchachos me muestra la página de Wikileaks y me enseña a subir la información. Veo que están listas para entrar en circulación historias del Telegraph y de La Jornada de México. Me dice que luego me darán las claves. Casi al instante, el otro joven expulsa de su computador una USB y me la entrega. “Aquí tiene. Por su seguridad y la nuestra, todo está encriptado. Cuando estemos seguros de que todo ha salido bien, le entregaremos las instrucciones”.
Levantan sus computadores, entran a la cocina, cierran la puerta. Mi contacto toma el contrato y me pide que la espere. “Tengo que interrumpir una reunión, ya regreso”. Me quedo solo en el gran salón tratando, sin éxito, de reconocer alguno de los retratos que me observan desde las paredes. Oigo carcajadas a lo lejos. Luego, pasos. Se acerca el final de esta aventura y el comienzo de otra, pienso. Volteo a mirar y veo entrar una figura conocida, flaco, alto, pelo liso, canoso, la barba incipiente, sonrisa plena. Julian Assange me estira su mano.
— ¿Todo en orden?
— Sí, señor, mucho gusto.
— Lleva mucha información. Es bueno que se conozca en su país.
— Seguro.
Entramos a la cocina, donde todos trabajan en silencio en sus computadores. Todos menos el señor de la cámara, que toma vino al fondo y conversa con otro visitante de claro acento americano. Assange se queda recostado sobre el marco de la puerta. Mi contacto hace un ácido comentario sobre el expresidente Uribe. “Y Santos es la continuación de lo mismo, hay que desvelarlos”, dice convencida. “¿Lo es?”, pregunta Assange. “Hay muchas diferencias, pero digamos que ganó con un programa de continuidad”, digo. “Estuvimos siguiendo el fenómeno de Mockus, creímos que podía ganar”, dice mi contacto. “Pudo, pero él mismo se fue hundiendo cuando entró en el fragor de la campaña”, comento. “Debería seguir insistiendo”, opina Assange.
No sé si es por influencia de la lectura de Keller, pero no me produce confianza. Se nota que sabe que es una estrella y explota su personalidad. No puedo evitar pensar en las rasgaduras de condón que hoy lo tienen en problemas en Suecia y pienso que tiene toda la pinta de ser verdad. La admiración de sus muchachos es evidente, casi chocante. Mi contacto habla de tener países verdaderamente independientes. Assange la interrumpe para decirle que es peor cuando uno cree que su país es independiente. “Si observas la ‘coronación’ del presidente de los Estados Unidos —dice circunspecto—, todo está muy bien planeado. Lo ponen allá, arriba, y todos los demás abajo para que el mundo sepa que debe ser sumiso, que a él es a quien se debe obedecer. Es una escena muy bien diseñada”.
— ¿Has probado mi coñac?
— Sí, gracias, tomé una copa.
— ¿Cuándo regresas?
— Viajo el jueves temprano, pero estaré unos días en Washington.
— Ja, Washington. Debes tener cuidado.
Assange sube el tono de la voz. “No se le pueden dar claves sino cuando estemos seguros de que está en Colombia”.
Entiendo que ya es hora de partir. Llamo a Eloise y, fiel, me dice que está en el portón. Pasada la medianoche llego al hotel. La maleta me espera en el vestíbulo.
Ahora estoy en Bogotá preparándome para ir a trabajar. Enciendo el radio. Darío Arismendi y su gente entrevistan en Caracol a Javier Moreno, director de El País de España, de visita en Colombia. Wikileaks domina las preguntas. Quieren saber sobre los cables de Colombia. De nuevo escalofríos. Dice que aún están trabajando los documentos, que la mayoría de la información es irrelevante, que si no publican nada en las próximas semanas es porque no hay nada de interés. Cuando termina la entrevista, son otros los temores. ¿Habré perdido el viaje? ¿Será que no hay nada realmente interesante?
Ya en la oficina, solicito las claves para abrir el primer paquete. Ya está el computador que había solicitado. Conecto la USB y pongo a rodar el programa. “Esta no es una aplicación Win32”, me dice. ¡Auxilio! Cambio a mi computador, me conecto de nuevo al chat y pido ayuda. “Bájalo de internet”, me contestan. Me dan la dirección y logro descargar el programa. Creo haber desencriptado el archivo con los datos. Lo abro, tarda bastante, me aparece un Excel repleto de signos; parece una grosería interminable. Noooooo. Me he pasado el día en estas, entre asuntos represados de trabajo tras la ausencia. Echo llave, debo salir.
Al otro día abro de nuevo la USB y me doy cuenta de que hay un archivo llamado “lea esto primero”. Qué torpe he sido. Allí están las instrucciones detalladas. Por fin tengo los cables de 2006 frente a mis ojos. Llamo al editor general, Jorge Cardona. Llega el presidente del Consejo Editorial, Gonzalo Córdoba. Empezamos a hacer búsquedas selectivas: parapolítica, Corte Suprema, ejecuciones extrajudiciales, DAS, Noguera, Gaviria, Moreno, Palacios… Nos divertimos un rato, algunas revelaciones, comentarios sorprendentes, también generalidades conocidas, muchas generalidades. Coincidimos en que así no es como debemos trabajar. Son chispazos de información sin ningún contexto. El Espectador no es un periódico de titulares estridentes que al final no terminan informando. La decisión es unánime. Leeremos todos los cables, así nos demoremos un poco, e iremos desarrollando informes por temas, todo enmarcado en su contexto adecuado.
Han sido muchos días de lectura, de clasificar cables, de hacerles guías de contenido, de confrontar en el archivo la agenda noticiosa de cada momento. No hemos siquiera terminado este primer bloque de 2006. Es mucha información. Nos han entregado más de 16.000 cables, de Colombia y de Venezuela. Al fin esta semana nos sentimos seguros de poder empezar a publicar. Hacemos hoy el primer informe y luego dedicaremos cada miércoles a desarrollar un tema. Puede tomarnos más de un año, por lo que calculo. Desde los tiempos de reportería en la calle, no me había sentido tan feliz manejando una información. Que me disculpen si no paso al teléfono, si quiero terminar las reuniones rápido, si no acepto invitaciones.
Las preocupaciones, empero, no ceden. Aunque no ha aparecido nada explosivo, sabemos que después de 2006 el país entra en épocas tumultuosas. Sé que tenemos el equipo para estar a la altura de la responsabilidad en el manejo de esta información. Vuelvo a repasar mis resaltados en el artículo de Keller y de nuevo encuentro coincidencias, reafirmaciones. “Soy el primero —escribe— en admitir que las organizaciones de medios, incluyendo esta, a veces hacemos mal las cosas. Podemos ser demasiado crédulos o demasiado cínicos sobre los asuntos y las motivaciones oficiales… Hacemos los mejores juicios que podemos. Cuando son equivocados, tratamos de corregir. Una prensa libre en una democracia puede ser un lío. Pero la alternativa es entregarle al Gobierno un poder de veto sobre lo que sus ciudadanos tienen derecho a saber”. No podría decirlo, ni pensarlo, mejor. Basados en esos principios iniciamos este camino.
Aquí, publicación original de este relato.
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Sunshine Press Productions, que preside Julian Assange, fundador deWikileaks, entregó a La Jornada un archivo que contiene cerca de tres mil despachos elaborados por personal diplomático estadunidense, en los que se abordan asuntos políticos, económicos y de seguridad pública de nuestro país. Ese acervo documental reviste, en conjunto, un interés público fundamental, en la medida en que constituye una ventana al fondo y al tono de la relación bilateral entre México y Estados Unidos, el vínculo más importante, el más conflictivo y el más definitorio de la nación con el exterior.
Este diario considera que la difusión de la verdad y el derecho de la ciudadanía a la información es un factor irrenunciable de legalidad, normalidad democrática, rendición de cuentas y soberanía nacional, además de una obligación básica del ejercicio periodístico. Con esa convicción, La Jornada ha emprendido una tarea de lectura, sistematización y elaboración periodística de los datos contenidos en la información recibida –unas ocho mil páginas de texto–, con el propósito de dar a conocer a la sociedad hechos, dichos y puntos de vista que resultan fundamentales para la comprensión del acontecer nacional y para el ejercicio de los derechos ciudadanos.
La tarea requiere, ciertamente, de responsabilidad y profesionalismo. Las consideraciones básicas en la edición de la información han sido, en este espíritu, apegarse a citar fielmente lo que se consigna en los cables, deslindar los hechos relevantes de los que no lo son y evitar la divulgación de nombres que pudiera constituir un riesgo a la integridad y a la seguridad de ciudadanos privados, personas indefensas y empleados públicos de baja jerarquía que son mencionados en los textos.
A partir de esta fecha, La Jornada entrega a su público los resultados de este empeño. En forma simultánea a la publicación en estas páginas de las notas elaboradas a partir de los cables, éstos irán siendo liberados y colocados a la consulta del público en los sitios de Wikileaks en Internet. El doble compromiso de no alterar el contenido de los documentos y de preservar la identidad de personas que pudieran correr peligro rige para ambas partes.
Es pertinente reiterar, por último, la convicción de que la ciudadanía tiene el derecho de conocer los trasfondos del poder público y que el deber de contarla es parte sustancial de todo ejercicio periodístico profesional y ético.
Aquí puede hallarse la versión original de este editorial.
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El primer mensaje llegó el 25 de diciembre, casi como regalo de Navidad: “Me han pedido de Wikileaks que encuentre a los más indicados para sacar los cables latinoamericanos. No lo pensé dos veces y creí que Ciper era el lugar adecuado. Es por ello que quiero preguntar si estarían ustedes interesados”. Claro que lo estábamos.
No éramos de esos fanáticos de Wikileaks que se multiplicaban por las redes sociales. Como periodistas observábamos con interés las filtraciones de cables diplomáticos a algunos de los diarios más importantes del mundo. Se mezclaban sorprendentes revelaciones sobre las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo, datos desconocidos sobre Irak y Afganistán e historias pequeñas pero incómodas para la diplomacia estadounidense.
¿Qué decían sobre Chile los cables de Wikileaks? Algo se sabía gracias a El País, el único medio en español que posee todo el paquete, pero que sólo ha publicado una veintena de documentos relacionados con Chile. En la segunda etapa del cablegate era clave la alianza con medios locales interesados en tomar la información relevante para sus países. Y ahí entró Ciper.
A fines de enero, partimos a buscar los cerca de 1.600 cables relativos a Chile. Viajamos hasta los cuarteles temporales de Wikileaks en una mansión de East Anglia, en Inglaterra. Ahí el líder de la organización, Julian Assange, vive su arraigo luego que desde Suecia se pidiera su extradición.
El celo por el resguardo de la información fue extremo. Las comunicaciones previas se realizaron a través de un chat encriptado y los cables entregados en un pendrive cifrado, cuya clave no recibimos hasta que ya estaba seguro en Chile. Se nos pidió trabajar en computadores sin conexión a internet y que el material fuera procesado por periodistas experimentados.
Pueden parecer medidas exageradas, pero si de algo se han preocupado en Wikileaks es de ser cuidadosos. Antes fueron acusados de publicar información que podía poner en riesgo vidas. Ahora toda la responsabilidad recae en los periodistas.
El proceso de difusión es largo y engorroso. Por eso sólo se han revelado 4.077 de los 251.287 cables. Quienes reciben los cables deben comprometerse a borrar las señas de cualquier persona que pueda verse en peligro, y sólo una vez que cada documento es evaluado y publicado en los medios, Wikileaks lo sube a su sitio. Así se evita también la difusión de cables falsos.
Wikileaks sólo hace de intermediario de la información. Por eso resulta absurdo que tras la primera publicación de Ciper algunos políticos chilenos dijeran que Wikileaks estaba desprestigiada y su información distorsionada. Se puede discutir acerca de la mejor traducción de algunos términos, e incluso criticar el trabajo de los diplomáticos que redactaron los cables, pero se trata de comunicaciones oficiales. Claro, siempre es más fácil culpar al mensajero.
El rol que juega Wikileaks es nuevo e implica un desafío para los medios. El periodismo sigue siendo vital para que esa información sea procesada responsablemente y entregada de manera comprensible a los ciudadanos.
Aún no terminamos de revisar los cables chilenos. Son más de 160.000 líneas de un archivo Excel que contiene las comunicaciones entre la embajada de Estados Unidos en Santiago, otras sedes diplomáticas y el Departamento de Estado. Nuestro trabajo es jerarquizarlas, ordenarlas, contextualizarlas e identificar aquellas que constituyen historias relevantes periodísticamente.
Tomamos los cables de Wikileaks como un regalo, una oportunidad que hay que aprovechar, pero que no reemplaza el trabajo periodístico que hacemos a diario. Fueron las herramientas tradicionales del periodismo las que dieron acceso a otros cables y documentos que permitieron revelar verdades mucho más relevantes para nuestro país, como el papel de Estados Unidos en el golpe de Estado de 1973. Hoy la misión de Ciper es salir a buscar e investigar aquellas historias que impactan la vida de los ciudadanos y que no se encuentran en otros medios. Es lo que nos distingue y lo que seguiremos haciendo.
Aquí, publicación original de este relato.
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Es importante que El Comercio no solo mencione las informaciones de los cables de la embajada que tiene en su poder sino que también publique la reproducción original de los mismos.
El grupo El Comercio lamentablemente no es de mucha credibilidad. Un ejemplo de cómo mueve su ajedrez fue con la salida del Álvarez Rodrich en el contexto de petroaudios.La voz de un influyente del internet peruano como Marco Sifuentes, fue finalmente humillada en su llamado a hacerle un boicot al diario de los Miro Quesada y termino escribiendo debajo del director los días domingos. El grupo EL COMERCIO puede someter a muchos con el poder económico. El ejemplo anterior muestra cabalmente la forma en que acostumbran trabajar.
Sospechamos que en esos Wikileaks existirá dinamita sobre Toledo y Fujimori.
Veremos cuanto tardan en salir. Si no lo leemos en El Comercio seguiremos esperando su publicación en otros medios extranjeros de comunicación.
Aquí, el post original.
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El diputado Jorge Tarud (PPD), miembro de comisiones de Relaciones Exteriores y Defensa, acusó “manipulación” de la Cancillería peruana en la publicación de Wikileaks en el diarioEl Comercio referido al supuesto “temor de Chile por juicio limítrofe en La Haya”".
El parlamentario sostuvo que “estamos frente a una manipulación que está haciendo Torre Tagle, la Cancillería peruana, y el diario El Comercio para reflejar que durante el gobierno de Alan García las cosas van bien”
“Este cable fue tomado con pinzas para crear esa sensación”, dijo el diputado PPD, quien aseguró se trata de un número reducido de cables, a diferencia de los que favorecen a Chile. “Entre la decena de cables que hay de la embajada norteamericana en Lima, la mayoría de ellos son propicios y favorables a Chile” sentenció Tarud.
El parlamentario agregó que “Alan García deja el gobierno en julio, por lo tanto le deja a su sucesor la responsabilidad de continuar ante La Haya”. Mientras que en Chile “ni el gobierno de Michelle Bachelet ni de Sebastián Piñera tienen o han tenido temor por lo que significa el fallo de La Haya”, aseguró.
El cable de Wikileaks publicado ayer por el diario peruano El Comercio menciona la opinión pesimista que habría tenido un diplomático chileno respecto al juicio con Perú en La Haya.
El funcionario -que no aparece identificado- habría dicho que el gobierno chileno “estaba preocupado de que la Haya pudiera hacer concesiones a Perú después de la decisión unánime de la Corte, en diciembre, al fallar en una disputa marítima similar entre Colombia y Nicaragua”.
El documento tiene como fecha el 31 de enero de 2008, es decir, 15 días después que Perú presentara la demanda ante la Corte Internacional de La Haya. Cabe recordar que Perú demandó a Chile sosteniendo que los límites marítimos no están establecidos. Santiago sostiene que sí lo están y son los vigentes, por acuerdos firmados en 1952 y 1954, pero Lima responde que esos documentos no tienen alcance delimitatorio. El caso está en proceso.
Aquí, publicación original de este artículo.
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El Comercio reiteró que los cables diplomáticos que la organización Wikileaks le ha entregado corresponden a información que la Embajada de Estados Unidos en Lima envió a su Gobierno entre los años 2006 y 2010, como se informó anteriormente.
En ese sentido, negó tener en su poder un reporte diplomático que date de noviembre del 2005, pues fue Sunshine Press Productions, la rama encargada de las publicaciones de Wikileaks, la que decidió por política propia qué material entregar.
La editora central de este diario, Rossana Echeandía, recordó en el programa “La Hora N”, que la mayoría de cables diplomáticos fueron con anterioridad a otros medios internacionales por la organización dirigida por Julian Asange.
Aquí puede hallarse este post y la entrevista en video a Echandía.
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Tweets that mention Wikileaks en América Latina: ¿sobrevivirá? -- Topsy.com
2 años atrás
[...] This post was mentioned on Twitter by elpuercoespin, Philia Digital Blog. Philia Digital Blog said: Wikileaks en América Latina: ¿sobrevivirá? (el puercoespin) http://bit.ly/fnJaB3 [...]