Kailash, la montaña que adora como a un dios un quinto de la humanidad, por Colin Thubron

February 13th, 20113:47 pm @

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Los grandes ríos del subcontinente indio descienden a través de fisuras en el Himalaya para llegar al océano, adelgazados por los canales de irrigación pero todavía inmensos. El Indo y el Brahmaputra, doblándose hacia el este y el oeste durante casi 2.000 millas, mantienen a la tierra toda en dos grandes pinzas, mientras lo tributarios del Ganges se precipitan sobre las llanuras de la India. Quien quiera seguir estas estupendas arterias hasta sus orígenes, penando hacia el norte a través de algunos de los más profundos desfiladeros de la Tierra, llegará, estupefacto, a una montaña solitaria del Tíbet. Se alza más allá del Gran Himalaya, sobre una mesa de un vacío lunar, y su aislamiento sobre dos brillantes lagos azules le da un aire de espantosa belleza. Es el Monte Kailash, sagrado para un quinto de la humanidad.

Si es menos conocido en Occidente que otras montañas sagradas – Olimpo, Sinai, Fuj –, es señal de su casi mítica lejanía.  Pastores tibetanos y ascetas indios han circunvalado su base en veneración por siglos  –su cumbre no ha sido escalada jamás–, pero se halla, recóndita, en la más desolada prefectura del Tíbet. Los dioses paganos que habitan la montaña fueron convertidos al budismo hace más de mil años, y Kailash ha sido identificado hace tiempo en las escrituras Hindu-budistas con el corazón místico del universo. Aún después de la invasión china, durante la opresión de la Revolución Cultural, los peregrinos la han circunvalado en secreto.

Si uno trepa a través del Nepal occidental –como yo—hasta el valle del río Karnali, la más alta fuente del Ganges, se llega a la frontera tibetana después de siete días de caminata. Un avión Twin Otter te lleva por etapas desde Katmandu a la pequeña capital provincial de Simikot (no hay caminos) y de allí uno enfila hacia el Noroeste, en dirección al Tibet. Fui con sherpa, cocinero y jinete: una pequeña procesión, digna de un Rajá, que se une con cuerdas en los caminos más altos. Hasta hace pocos años, la región estaba controlada por guerrillas maoístas, y aún ahora es poco atravesada por escaladores. Los pueblos del camino son pequeños y pobres. A medida que se asciende, sus gentes pierden el color moreno del subcontinente y adquieren los rasgos y vestimentas tibetanos. Banderas de oración flamean en los techos y aparecen muros conmemorativos, cada una de sus piedras inscripta con una oración.

En la frontera, donde los funcionarios chinos caen sobre los pocos viajeros, tropecé con la primer señal inquietante de peregrinaje hindú: el cuerpo de un indio que había muerto en el Monte Kailash, arrojado sobre un camino aledaño al puente de la frontera, esperando que un helicóptero nepalés se lo llevara.

Mientras esperamos a los guardias fronterizos, una peregrina, amargada –una fuerte india del pie del Himalaya– , se quejaba de la ignorancia con la que su gente llegaba al Tíbet. Su gobierno tenía una lotería para quienes querían peregrinar a Kailash, dijo, y a muchos se les rechazaba por razones de salud. Entraban al Tíbet por el noroeste de la India, aclimatándose muy lentamente.

Pero aquí intervenían inescrupulosos agentes de turismo. “A menudo no hacen chequeo médico alguno”, explicó. “Enrolan a cualquiera. Sólo quieren dinero. La gente que se inscribe no sabe cuán duro será. Kailash es santo para el dios Shiava, y muchos peregrinos son shivaístas del sur, de ciudades bajas como Bangalore o  Mumbai. Nunca han trepado más que sus escaleras. A veces son viejos”.

Peregrinos

Vi a estos peregrinos más tarde, bien adentro del Tíbet. Ocupan hostales rústicos, múltiples familias amontonadas en cuartos pequeños, a merced de los funcionarios chinos.  Y, con todo, tienen el aspecto reconcentrado, exaltado de aquellos que peregrinan. Porque están en camino a Kailash, en cuya cima se sienta el dios Shiva en eterna meditación, la diosa a su lado. Circunvalar la montaña aligerará su karma, elevándolos hacia moksha, el nirvana Hindú. Todavía no saben la dureza de los cuatro días de escalada que les aguardan.

Mi primer avistaje de Kailash fue desde el paso Thalladong, a 4.500 metros, en las estribaciones al sur. Es una vista de extrañeza planetaria. A mis pies se extendía el  embrujado Rakshas Tal –el Lago de los Demonios, hogar de malévolos espíritus del agua –, curvándose fuera de alcance, en un creciente azul de pavorreal. Más allá, flotaba el cono nevado de Kailash. Su soledad abrupta, suspendida 50 millas por encima de la brillantez del lago, le daba el aire de algo que se hubiera creado a sí mismo. Era fácil imaginarlo sagrado para cualquier persona en cualquier era. Nada –ni un árbol ni una morada—había alrededor del lago. Su pequeño monasterio había sido aplanado hasta ser parte de las rocas durante la Revolución Cultural y nunca fue reconstruido.

Pero un poco más allá brilla el lago Manasarovar, su contraparte sagrada. Una santidad antigua ha liberado estas aguas de intrusión alguna. Nadie puede pescar aquí, nadie puede cazar en sus costas. A medida que se desciende, se halla su orilla poblada por pájaros tan dóciles que apenas se mueven cuando uno llega. Gavionetas de cabeza negra y archibebes se pasean por la arena; correlimos vadean las aguas bajas y los tarros canelos flotan en pares entre los nidos de somormujos.

En estas costas tranquilas acampé con una partida de escaladores británicos que habían venido, como yo, sin fe a lo que era tierra santa para otros. Las noches alrededor del lago están llenas de portentos para quienes permanecen despiertos. Las estrellas fugaces son dioses hindúes del cielo que descienden a bañarse en las aguas. Un peregrino indio me contó que su noche fue interrumpida por extraños gritos y luces.

Los hindúes y los budistas ven diferentes países aquí. Los tibetanos creen que la madre de Buda se bañó en el lago antes de su nacimiento, y las costas todavía son un lugar favorito para los eremitas. Pero para los hindúes, Manasarovar tiene una santidad intensa y redentora. Al amanecer, divisé a un distante peregrino, hundido hasta la rodilla en una purificadora quietud. Cuando llegué al sito en que se había bañado, ya no estaba. Sólo una pequeña pila de horas de oraciones votivas flotaba sobre las aguas. La tradición hindú está llena de magia practicada por estas aguas. Bañarse en ellas es lavar los pecados de todas las vidas pasadas; beberla, entonces, redime los pecados de otras cien. En el rito de agua oftarpan, las almas de los ancestros de los peregrinos son liberadas en la eternidad.

Dos días más tarde, cuando llegamos a la base de la montaña, mi sherpa, mi cocinero y yo redujimos nuestro equipaje a una sola tienda. El paso más alto, más adelante, estaba más allá de los 5.700 metros. Mientras íbamos, los mundos del budista tibetano y del hindú indio comenzaron a separarse. Los tibetanos se dirigieron alegremente a rodear la montaña, como si fuera una meseta. Giraban ruedas de oración y murmuraban mantras. Algunos llevaban bebés en la espalda, otros guiaban a niños pequeños. Su fe era práctica y sensorial. Cada formación rocosa era un dios para ellos, o conmemoraba alguna acción mítica. La tierra misma era sagrada: las hierbas que crecían de ella, aún el polvo. En los cuatro pequeños monasterios que se alzan de los puntos cardinales de la montaña, ofrecieron incienso o cebada a un panteón de deidades. Rezaron por mejor fortuna –un hijo, otro yak—y quizás murmuraron a los fieros dioses de la montaña que expulsaran a los invasores chinos. Completar el circuito puede llevar cuatro días a los hindúes y los occidentales. Un tibetano puede hacerlo en menos de 36 horas.

Pero en nuestro primer día alrededor de la montaña, quedé perplejo al no ver, casi, tibetano alguno. El día anterior, en un valle cercano, se habían reunido por cientos alrededor del mástil sagrado levantado cada año en el mes budista sagrado. Pero ahora, mientras caminamos temprano en la mañana a lo largo del Lha Chu, el Río de los Espíritus, vimos el valle desplegarse en un corredor a 900 metros de altura, del que los devotos budistas habían desaparecido.

Era inquietante. Ni mi sherpa ni yo podíamos entenderlo. El ritual requiere que los fieles rodeeen la montaña en el sentido de las agujas del reloj, pero prácticamente las únicas personas a la vista eran unos pocos escaladores alemanes y austríacos, y un salpicón de peregrinos morenos bajando por el otro lado. Al principio pensé que estos peregrinos debían ser Bon, adherentes a la fe tibetana pre-budista, que adoran a la montaña caminando en sentido contrario a las agujas del reloj.

Pero mi sherpa replicó: “No. Estos ya terminaron. No pueden hacerlo”.

Entonces comprendí que eran hindúes, volviendo por el mismo camino que habían emprendido. Lucían totalmente agotados, las caras grises y sin poder hablar. Muchos montaban ponis manejados por nómades locales y estaban tan cortados por el frío que sus caras desaparecían en espirales de cicatrices. Algunos acuñaban pequeños tubos de oxígeno, que descartaban, vacíos, entre las rocas.

Una india solitaria se detuvo a mi lado, ajustando su balaclava contra  el viento. Sobre su boca cubierta y sus anteojos oscuros, en la frente, brillaba una tikka púrpura como una perdida esperanza.  Su grupo venía de Bangalaore, dijo, y nada los había preparado para esto.

“No sé qué nos ocurrió. Pasamos por pruebas de salud del gobierno –pulmones, corazón, todo… Éramos 68 al comenzar, pero la mitad se volvió en el Lago Manasarovar por razones de salud –el pecho, tosían sangre. Dos murieron allí, uno de ellos una mujer de apenas 40 años. Algo le ocurrió en el pecho. Así que empezamos a asustarnos”.

Lo que quedaba de su grupo pasaba detrás nuestro. Una mujer en pantalones voluminosos se inclinaba, desmayada, sobre su caballo, sostenida por su marido, que caminaba a su lado. El parecía a punto de llorar.

“No estamos acostumbrados a este frío. Supongo que en Occidente ustedes sí”. La mujer a mi lado miraba a los escaladores rubios que marchaban hacia arriba, contra la marea oscura de su gente. “Estoy muy triste. El resto de nosotros siguió y llegó a 17.000 pies (5.000 metros), y no pudimos subir más. Teníamos los nervios destrozados. Por eso nos volvimos antes de terminar nuestro parikrama. Estoy muy triste, y más bien avergonzada”.

Se quitó los antejos oscuros de unos ojos que brillaban de vida. “De todos modos, ¡el Lago Manasarovar era maravilloso! Nos metimos un poco y nos bañamos, de la cabeza a los pies y, ¿sabe?, no lo sentimos frío, sino más bien caliente, por su santidad”. Sonrió levemente. “Al menos tuvimos eso”.

Desde el siglo XIX, y sin dudas mucho antes, peregrinos indios han caminado al Kailash penosamente preparados. Algunos llegaban medio desnudos, suplicando. Unos pocos venían deseando la muerte, que podría elevarlos a la salvación. Desde los ’30, muchos miles de hindúes circunvalaron la montaña cada año, hasta que la invasión china selló el paso. En 1981, un puñado de peregrinos, elegidos por la lotería india, obtuvo el permiso para cruzar la frontera. Ahora, los traen a Kailash por avión, de Katmandú a Lhasa –un ascenso de casi 8.000 pies en unas pocas horas—y, luego, en camión durante tres días, a través del aire cada vez más delgado. En los días previos, ocho habían muerto en la montaña.

Acampamos debajo del paso más alto, y al amanecer comprendimos por qué los peregrinos tibetanos habían parecido tan pocos el día anterior. Habían arrancado mucho antes de la salida del sol e iban mucho más adelante que nosotros. Pero ahora había otros reptando por el camino, muchos vestidos con los abolsados chaquetones tradicionales hasta los tobillos, con fajas o cinturones de cuero tachonados de turquesa. Algunos vestían zapatos delgadísimos o zapatillas rotas.

Oración

Los hindúes más fuertes también estaban subiendo, todavía entusiastas con el esfuerzo. Para ellos, las rocas y picos poseían un poder diferente. La imagen del santo fundador del Tíbet ofreciendo una torta a Kailash se convertía en el dios mono Hanuman profiriendo incienso. El palacio invisible de la cima de la montaña no pertenecía a una deidad guardiana del budismo, sino al gran dios Shiva, que destruye y recrea el universo en una danza cósmica.

Entre las rocas desparramadas arriba de los 5.000 metros, budistas e hindúes dejan una prenda –o un manojo de cabellos, incluso un diente— como símbolo del pasado que dejan atrás, antes de trepar hasta los 5.700 metros del paso de Tara, la diosa de la compasión, que les abrirá una nueva vida.

Fue después de este paso con banderas esparcidas, mientras comenzaba la bajada que hace crujir las rodillas hacia el valle que se halla 400 metros más abajo, que un peregrino hindú me llamó débilmente. Nos sentamos juntos un rato, exhaustos por la subida, deliberando sobre lo abrupto de la bajada que teníamos por delante en el crepúsculo que ya se asomaba.

“¿Qué tan lejos es el valle?”, preguntó. “¿Cuántas horas?”

Yo no sabía. Era un indio de Malasia, habituado a costas suaves, plantaciones de caucho. Dijo: “No entiendo. Pensé que sería fácil. Sin embargo, aquí estoy”. Parecía apenas capaz de moverse. “Los otros se han ido”.

“¿Adónde?”

“Sólo siete de nuestro grupo lo lograron, de veintitrés… Nos dijeron que si nos bañábamos en Manasarovar y terminabamos el parikrama de Kailash, todo estaría bien…”

“¿Que ganarían mérito? ¿Quizás moksha?”

“Quizás”. Pero estaba atormentado por los que se habían vuelto, quizás por los muertos. Y ahora lo obsesionaba el descenso. “¿Habrá caballos abajo?”

“Sí, habrá caballos”. Estaba suponiendo, por supuesto. “Y el camino será llano. Es un valle de río. Hermoso”.

Pero no ví sensación alguna de triunfo en su rostro demacrado.

Aquí, la versión original de este artículo en inglés.

***

Colin Gerald Dryden Thubron (Londres, 14 de junio de 1939) es un novelista y escritor de viajes. To a Mountain in Tibet, libro que relata el viaje mencionado en este artículo, fue publicado por Chatto & Windus en Londres.

En 2008, The Times lo ubicó en el puesto 45 en una lista de los 50 más grandes escritores británicos posteriores a la II Guerra Mundial. Es colaborador habitual de The New York Review of Books, The TimesThe Times Literary SupplementThe New York Times. Sus libros han sido traducidos a más de 20 lenguas. En 2010, fue nombrado presidente de la Royal Society of Literature.

Es considerado uno de los últimos “caballeros-viajeros”. Educado en Eton, erudito y dispuesto a sumergirse en los países que le interesan por largos períodos de tiempo. Sus travesías son duras y a menudo peligrosas. Thubron fue nombrado Comandante de la Orden del Imperio Británico en diciembre de 2006.

Su primer libro de viajes, Mirror to Damascus, fue publicado en 1968, seguido de The Hills of Adonis: A Quest in Lebanon, un recuento del viaje del autor a través de Líbano antes de la guerra civil.

Su primer trabajo de ficción fue la novela The God in the Mountain, publicada en 1977. Otra de sus novelas, A Cruel Madness, ganó elPEN/Macmillan Silver Pen Award en 1985. Su libro de viajes Behind the Wall ganó el Hawthornden Prize y el Thomas Cook Travel Book Award en 1988. En 2006, publicó Shadow of the Silk Road, el cual narra su viaje de 7,000 millas a través de la ruta de la seda.

Su novela de 2002, To the Last City, fue nominada al Premio Booker y fue su primer trabajo de ficción que combinaba elementos de sus viajes. La novela narra la historia de un grupo de personas que viajan a explorar las ruinas de la ciudad inca de Vilcabamba en Perú. Sus novelas, sin embargo, suelen ser muy diferentes de sus libros de viajes.

Para más datos sobre Thubron, ver aquí.

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