Uno de los “nuevos nombres” mencionados como posible alternativa al presidente Hosni Mubarak de Egipto, Omar Suleiman, no es, en verdad, tan nuevo para quien haya seguido la política norteamericana de entregas de sospechosos de terrorismo. Después de disolver su gabinete, Mubarak nombró vicepresidente a Suleiman y, de acuerdo con muchos comentaristas, está en posición de ser un eventual sucesor y una alternativa a Gamal Mubarak, hijo y pretendido heredero de Mubarak hasta la crisis actual.
Suleiman es una incógnita muy bien conocida en Washington. Delicado, sofisticado y de inglés fluido, ha servido por años como el principal conducto entre los Estados Unidos y Mubarak. Aunque tiene una reputación de lealt y eficiente, también carga con algún equipaje polémico desde el punto de vista de quienes buscan una nueva página en derechos humanos. Como describo en mi libro “The Dark Side” (El Lado Oscuro), desde 1993 Suleiman ha conducido el temido servicio de inteligencia egipcio. En tal cargo, fue el hombre apuntado por la CIA en Egipto para las entregas –el programa encubierto en el que la CIA secuestraba sospechosos de terrorismo en el mundo y los enviaba a Egipto y otros lugares para ser interrogados, a menudo en condiciones brutales.
Como fue expuesto en gran detalle por Stephen Grey en su libro “Ghost Plane” (Avión Fantasma), desde comienzo de los 90s, Suleiman ha negociado directamente con los más altos funcionarios de la Agencia. Cada entrega fue autorizada en los más altos niveles de los servicios de inteligencia egipcio y norteamericano. Edward S. Walker, Jr., un ex embajador norteamericano en Egipto, describió a Suleiman como “muy brillante, muy realista”, y añadió que sabía que había una contracara para “alguna de las cosas negativas en que los egipcios se metían, la tortura y demás. Pero, por cierto, no era remilgado”.
Técnicamente, la ley norteamericana requiere que la CIA busque “reaseguros” de que los sospechosos entregados a Egipto no sufrirán torturas. Pero bajo el reino de Suleiman en el servicio de inteligencia, tales seguridades eran consideradas cercanas a cero. Como testificó más tarde ante el Congreso Michael Scheuer, un ex funcionario de la CIA que ayudó a establecer la práctica de las entregas, aún si tales “seguridades” hubieran estado escritas en tinta indeleble, “no valían un balde de saliva tibia”.
ACTUALIZACIÓN: Más documentación del rol de Suleiman en el programa de entregas aparece en el libro de Ron Suskind, “The One Percent Doctrine” (La Doctrina del Uno Por Ciento). Katherine Hawkins, una abogada de derechos humanas de buen ojo que hizo investigación legal para mi libro, señala que, de acuerdo con Suskind, Suleiman fue la conexión de la CIA para la entrega de un sospechoso de Al Qaeda conocido como Ibn Sheikh al-Libi. El caso de Libi es particularmente polémico, en gran parte porque jugó un rol en construir el argumento para la invasión norteamericana de Irak.
A fines de noviembre de 2001, las autoridades paquistaníes capturaron a Libi y lo entregaron a funcionarios norteamericanos en la Base Aérea Bagram, en Afganistán, para interrogatorio. Allí fue interrogado por dos agentes del FBI de Nueva York que habían trabajado en casos de terrorismo durante años. Ellos estaban convencidos de que hacían grandes progresos –obteniendo de Libi información valiosa y sobre la que se podía actuar. Pero en Washington había estallado una batalla entre el FBI y la CIA sobre quién debería encargarse del interrogatorio. Suskind escribe:
“El debate llegó a(l director del FBI, Robert) Mueller y (al director de la CIA, George) Tenet, y Tenet –apelando directamente a Bush y Cheney—prevaleció. Al-Libi fue maniatado y vendado para un viaje a El Cairo, donde sería entregado a Omar Suleiman, el jefe de inteligencia de Egipto y amigo de Tenet”.
Lo que ocurrió a Libi en Egipto, mientras estaba en poder del servicio de inteligencia egipcio, está documentado en detalle en el informe bipartidista dado a conocer en 2006 por el Comité Selecto del Senado sobre Inteligencia. De acuerdo con el informe, Libi dijo más tarde a la CIA que las autoridades egipcias se sintieron insatisfechas con su nivel de cooperación, así que lo encerraron en una pequeña jaula durante 80 horas. Luego lo sacaron, lo tumbaron y lo golpearon durante quince minutos. Los funcionarios egipcios presionaban a Libi, que conocía a Ben Laden. Personalmente, para que confirmara la afirmación de la administración Bush de que había lazos entre Al Qaeda y Saddam Hussein. En particular, los egipcios querían que Libi confirmara que los iraquíes estaban en proceso de entregar a Al Qaeda armas químicas y biológicas. En esta línea de investigación, los egipcios parecían estar actuando de acuerdo con los deseos de los Estados Unidos, que querían documentar su caso para ir a la guerra contra Irak. Bajo presión, Libi eventualmente accedió. Detalles de su confesión acabaron en el discurso clave que el entonces secretario de Estado Colin Powell dio en Naciones Unidas en febrero de 2003 para justificar la guerra.
Varios años más tarde, sin embargo, después de que la invasión norteamericana en Irak no encontrara tales armas de destrucción masiva o lazos entre Ben Laden y Saddam Hussein, Libi se retractó. Cuando, más tarde, el FBI le preguntó por qué había mentido, él echó la culpa a la brutalidad del servicio de inteligencia egipcio. Como reportaron primero Michael Isikoff y David Corn en su libro “Hubris,” Libi explicó: “Me estaban matando”” y “tenía que decirles algo”.



February 3rd, 2011 → 9:12 am @ elpuercoespín
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